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‘El ocupante’, de Sarah Waters

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Sí, algo o alguien ocupa Hundreds Hall. Se manifiesta de forma insospechada, casi tan elegante como en tiempos lo fue la familia Ayres, en forma de crujidos, sombras, quemaduras en paredes y techos y, ocasionalmente, de formas más estridentes.

Y, ¿adivinan?, será el médico, el científico, la persona ajena a la familia, el doctor Faraday quien se convierta en testigo de esos fenómenos. Y, a través de él, nosotros. Pero, ¡ay!, ¿es el buen doctor un testigo y, a la postre, un narrador del que nos podamos fiar?

Reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/el-ocupante.html

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‘Rey de picas, una novela de suspense’, de Joyce Carol Oates

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Joyce Carol Oates escribe muy bien, magníficamente bien, eso está fuera de toda duda. Sus obras podrán gustar más o menos -en realidad, la mayoría son bastante desasosegantes y es posible que nos veamos impelidos a abandonar su lectura en algún momento-, pero esta autora puede elegir cualquier tema, cualquier anécdota, por banal o trillada que parezca (de hecho, esto es algo que ella ha llevado a la práctica en muchas ocasiones; ¿o alguien puede decir que en los relatos de Infiel, por ejemplo, se narraba algo verdaderamente original?), y dará probablemente igual, porque cautivará al lector sensible de inmediato. Un buen ejemplo de ese arte o magia lo tenemos en Rey de Picas, que viene a contar una historia que seguramente ha sido contada miles, si no cientos de miles de veces, o quizá incluso más: el descenso de un hombre a los infiernos, como un ciego pastoreado por un lazarillo también ciego, su propia mente ofuscada.

Leer la reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/rey-de-picas-una-novela-de-suspense-de-joyce-carol-oates.html

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‘Final de trayecto’, de Emmanuel Grand

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La gran diferencia entre el terror que cultiva King y el que elabora aquí Emmanuel Grand es que los monstruos de King son siempre de origen netamente humano; pocas veces se apoya en elementos folklóricos, en leyendas, en entidades que existen en contra del hombre, sino que crea sus horrores a partir del hombre. El monstruo de King es siempre una transposición de la materia oscura del alma y de la psique del hombre, y eso hace que, aparte de infundirnos mucho miedo, nada de lo humano le sea ajeno. El terror que nos ofrece Final de trayecto, por el contrario, es un terror que surge de fuera de los confines del hombre y al que éste se enfrenta.

Reseña completa aquí: http://www.librosyliteratura.es/final-de-trayecto.html

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Cuentos completos de E.A.Poe

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Los Cuentos completos de Poe nos permiten seguir la evolución de este autor en cuanto autor, es decir, en cuanto creador que cultiva diversos estilos, sigue -o finge seguir- determinadas corrientes estilísticas de moda en su época –superándolas en nivel de logro y aportando a la literatura piezas bellísimas en las que se adivina mucho de Poe, la persona, más allá de las morbosidades que cultivaba, tanto por inclinación personal como por –y esto también se desprende de la lectura del libro así como por el conocimiento de su biografía– su sujeción y dependencia económica a las publicaciones que decidían adquirir sus relatos. Respira en estos relatos el Edgar Allan Poe como escritor libre, capaz de imaginar, de viajar al futuro y al pasado para criticar los vicios y las veleidades de su época; de soñar dulces idilios bucólicos; de concebir mundos hermosos, sin iras ni venganzas de ultratumba; de filosofar sobre Dios, su naturaleza y sus mecanismos; en fin, de hacer literatura en estado puro, por la mera razón de la necesidad de escribir que siente un escritor de raza.

Leer la reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/cuentos-completos-5.html

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‘El silencio de las tierras altas’

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Un mensaje no debería necesitar de varias repeticiones para llegar razonablemente al receptor. Viene esto al hilo de las reflexiones que me ha suscitado la lectura de este extraño, misterioso y sugerente libro titulado El silencio de las tierras altas. No es que haga falta leerlo más de una vez -el nivel de claridad y de oscuridad de sus pasajes y de toda la historia en general no varía a mayor número de lecturas-, pero es, sin embargo, un libro que sí invita a una relectura. A mí me ha pasado, y eso es muy raro; pero este libro lo he vuelto a leer inmediatamente después de acabada la primera lectura. Algo quiere decir eso.

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Lo pobre

Anoche vi una película australiana titulada “El túnel” (sí, estaba en inglés, “The tunnel”). Para los que gustan del terror cinematográfico, sin ser algo extraordinario, es del todo recomendable. Podéis informaros sobre ella aquí.

De todos modos, mi interés por traer aquí hoy a colación “El túnel” es otro. La película me dio algo en que pensar y, de paso, me ayudó a responder a una autopregunta: ¿a qué tenemos miedo, aquí, hoy, en este joven siglo en el que estamos siempre como 5 minutos antes de que se acabe el mundo, sin saber si queremos que acabe de una vez y ya o mejor nos desdecimos de todos nuestros reniegos y preferimos seguir tirando?

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Pues aquí, hoy, la mayoría de la gente que conozco tiene miedo de ser pobre.

Ahí está. Pensadlo, y, si vivís en el mismo contexto que yo, seguramente os podréis sentir identificados con esa afirmación, con ese miedo, ya sea como sujetos de ese miedo o como testigos de que, en efecto, existe y se va expandiendo como un virus.

A medida que nos hemos acostumbrado a vivir mejor con cada vez menos esfuerzo, a recibir siempre mucho más de lo que hemos dado y a cosechar casi de regalo, nuestro umbral de lo que significa ser pobres ha ido subiendo en la misma o en una mayor proporción. Además, en España, en Europa y en lo que se llama el “mundo occidental”, la pobreza siempre ha sido algo muy distante, algo que no sólo les pasaba a otros, como sucede con todas las desgracias, sino que ni siquiera compartía espacio ni tiempo con nosotros; simplemente, no pertenecía a nuestra realidad. Era algo que les pasaba a los negritos y a los chinitos de lejanos continentes y para los cuales muchos, de niños, aprendimos a depositar una humilde limosna en la hucha colectiva del parvulario.

Esto no iba con nosotros, ¿verdad?

Esto no iba con nosotros, ¿verdad?

Ahora, casi finalizado el 2012, ya llevamos unos cuantos años sabiendo que eso no es así. Ahora la pobreza ha llegado aquí y se ha convertido en una enfermedad infecciosa que se propaga a grandísima velocidad. Así que el día menos pensado, ¡te puede tocar a ti! Todo lo que has construido y te has ganado (o has recibido), mucho o poco, lo puedes perder a causa de esta nueva pandemia. Puedes verte en la calle, sin casa, sin nada que comer, sin poder alimentar o educar a tus hijos… pero, sin llegar a extremos tan dramáticos, también puede que te quedes sin vacaciones este año, o que te recorten el sueldo, que tengas que pagar dos veces (impuestos y bolsillo) por algunos derechos que, de repente, de derechos sólo tienen el estatus oficial… cosas así.

Me ha dado por pensar en eso a raíz de esa película, “El túnel”.Ahora, los que quieran verla sin que se la destripe, pueden saltarse este párrafo. En “El túnel”, un equipo de cuatro periodistas y técnicos se cuelan en la red de túneles de Sydney, de la cual se publicó que iba a utilizarse para un plan de reciclado de agua para la ciudad, proyecto que de repente quedó descartado sin que ningún representante del gobierno quiera hablar de él. Y resulta que los periodistas tienen razón al sospechar que hay algo escabroso detrás de ese silencio, como comprobarán en sus propias carnes: hay una criatura, un humanoide (lo que es no se revela terminantemente), que mata a los humanos visitantes del submundo.

En esta película, no es ya una criatura sobrenatural o extraterrestre, ni monstruo ni zombi alguno lo que amenaza al hombre, sino -a mi modo de ver- una personificación de “lo pobre”: una forma pseudohumana, degradada, animalizada y brutal, que existe de algún modo en ese entramado de oscuras galerías conectadas entre sí y en las cuales no penetra el menor rayo de luz del exterior. La película no da ninguna respuesta, pero sí aporta información que el espectador puede utilizar como quiera: por ejemplo, se afirma al principio que muchos indigentes sin techo se habían instalado en los túneles, e incluso los periodistas descubren rastros, pruebas de vida humana allá abajo: camastros miserables, utensilios de uso común. Ya no es sólo la criatura hostil (aunque quizá tan sólo está defendiendo su territorio de intrusiones de extraños) la amenaza; todo ese entorno de miseria, oscuridad, mugre, desarraigo y degradación de lo humano forma parte de esa amenaza que envuelve a los incautos periodistas y, por extensión, a cualquier persona que entre allí.

Sí, a ti también te puede pasar.

Sí, a ti también te puede pasar.

¿De qué tenemos miedo? De lo pobre.

Lo pobre como escalón ínfimo de la pérdida de dignidad y de todo lo que nos hace humanos. Lo pobre como valor sin valor, la no-naturaleza, pues nos niega cualquier caracterísica individual, nos despoja de nuestra identidad y de nuestra propia estima, de un modo irreparable, irredimible. La criatura de ese túnel es nada, es nadie; ni siquiera recibe un nombre, e incluso después de las consecuencias que sufren los periodistas en el túnel, ni siquiera entonces la atención se centra en saber qué o quién acecha allá abajo; simplemente, se acallan las voces, se cierran todas las entradas al túnel y aquí no ha pasado nada; todo el mundo puede seguir viviendo de espaldas a ese submundo; lo que pase allí abajo en nada concierne a los de aquí arriba. A esos efectos, nada importa, además, que ese submundo exista como consecuencia de un supramundo; que sea obra exclusivamente humana es algo que o hemos olvidado, o no interesa hacer recordar.

Los monstruos de otros mundos o de naturaleza artificial ya no nos dan miedo; sabemos demasiado, tenemos demasiada información, hemos destripado demasiado todas las cosas con el machete del intelecto; no hemos dejado misterio alguno, ni siquiera en la naturaleza, que creemos conocer tan bien; ya no dejamos que nada desconocido nos asuste. O, al menos, no todavía. Y hace mucho que dejamos de mirar a las estrellas en busca de ovnis, cuando sentimos que lo que tenemos bajo nuestros pies -y, mucho más importante… en nuestra vida, en nuestro entorno inmediato, en nuestra casa, en nuestra empresa…- está a punto de estallar.

Lo pobre es nuestro nuevo enemigo, el monstruo que nos aterra. Esa nueva pandemia se cobra rápidamente una víctima tras otra; pero la víctima somos nosotros, los que quedamos, los no afectados: somos nosotros los que vamos perdiendo nuestra humanidad, nuestra capacidad de empatizar, nuestras ganas de actuar, nuestra generosidad. Al igual que las personas de esa estación civilizada, ya al final de “El túnel”, que se paran a mirar impasibles lo que está pasando; al igual que la humanidad protagonista de “La tierra de los muertos”, que erige vallas y abre canales para protegerse de los zombis, pero también para vivir de espaldas al mundo retorcido y aberrante que ella misma ha construido…

Abrid zanjas, de nada os ha de servir...

Abrid zanjas, de nada os ha de servir…

O al igual que esos señores del primer mundo que acuden a África para sofocar una erupción zombi, en otra película en la que tal cosa sucedía.

Aunque, claro, ¿hace falta un apocalipsis zombi para que de una vez hagamos algo?

¿Ha hecho falta que me convirtiera en zombi para que me hicieras caso?

¿Ha hecho falta que me convirtiera en zombi para que me hicieras caso?

La pobreza es el modernísimo Prometeo, la criatura que los hombres hemos creado, pero más indigna, porque no nació como consecuencia de ningún afán de superación, sino como excremento moral y social del afán de consumo, de la indiferencia hacia los demás, de la avaricia.

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