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No es eso, soy yo

Es muy frecuente hoy en día oír que los que padecen determinados trastornos o enfermedades, normalmente relativos a adicciones o a comportamientos que se consideran anormales y que son nocivos para la propia salud física y mental, se refieran a sus afecciones como algo totalmente ajeno a ellas, un ser malvado que los controla y que han de combatir.

Aunque entiendo la lógica que infunde esta actitud, no es menos cierto que me parece contraproducente y contraria al objetivo de una sanación completa.

No se debería decir que la bulimia, el alcoholismo o el Trastorno Obsesivo-Compulsivo son “eso”, son “un monstruo”, ni se deberían personalizar como si fueran un ser o una entidad autónoma e inteligente que ha venido a por uno.

No son algo que te ha sucedido, no han venido de fuera y han caído sobre ti como podían haber caído sobre otro cualquiera. No son el hombre del saco.

No son externos a ti, sino que nacieron de ti. Pero la persona que los sufre no tiene un vicio moral, no es “glotona”, ni “vaga”, ni “maniática”, ni “pesada”. Tener alguna de estas afecciones no significa que la persona que los padezca lo haya elegido, ni, por tanto, que pueda dejar de comportarse así con sólo quererlo. Son personas con un trastorno, vale decir con una enfermedad, una alteración que les impide comportarse con normalidad y con convencionalidad en un área concreta de su vida, lo cual deviene en numerosas secuelas y padecimientos de tipo físico, psicológico y espiritual y en verdaderos dramas familiares.

Una enfermedad es algo que te pasa, y, en muchos casos, es algo a lo que estás predispuesto normalmente por genética; en cierto modo, por tanto, esos trastornos son parte de ti, aunque no las hayas espoleado deliberadamente ni por voluntad propia; han cobrado vida de ti, a pesar de que tú no hayas querido. Eras proclive a ellas y se han desarrollado en un momento concreto. En la mayoría de los casos, da igual qué suceso, trauma u ocurrencia estresante concreta les haya dado vida y las haya hecho adueñarse de tu mundo. Algunas veces, no sirve de nada (práctico) averiguar cuál es el origen psicológico del estímulo decisivo que finalmente les ha dado alas y los ha despertado de su letargo, en el que podían haber seguido durante toda tu vida (sin que tú jamás llegaras a enterarte de que eres bulímica/cleptómano/neurótica/comedor compulsivo), pues conocer su origen no sirve para ponerlos bajo control. Otras veces, puede ayudar a la recuperación: si el desencadenante ha sido una relación tóxica con otra persona, por ejemplo, analizar esa situación que provocó el inicio de la enfermedad puede arrojar luz sobre ella y sobre una gestión deficiente de sentimientos, situaciones y emociones que puede continuar a día de hoy y ser culpable de que el trastorno no haya remitido. Pero nunca son algo que uno elige. Las redes están llenas de webs pro anorexia, pero, en muchos casos, la gente que las mantiene y utiliza son falsos anoréxicos; no son enfermos (al menos, no de anorexia), sino que tienen cierto tipo de personalidad. En realidad, ellos no padecen la enfermedad, sino que participan de cierta idea perversa y aberrante de lo que es un fenómeno de moda.

Generalmente, la persona siempre tiene la posibilidad, la oportunidad y el poder de meter estas enfermedades en vereda, ya sea gracias a ayuda externa (hospitalización, grupos o asociaciones de ayuda, terapia cognitivo-conductual, medicamentos, familia y amigos, etc.) o por hercúleo poder propio. Mucha gente lo consigue y, afortunadamente, dado que cada vez hay más recursos a disposición de todo el mundo, cada vez más pueden conseguirlo.

Una de las razones por las que estoy a favor, desde un punto de vista terapéutico (entendiendo esta palabra en su sentido más amplio; no me refiero sólo ni principalmente a la terapia dirigida por profesionales o a la terapia reglada, sino al instinto de supervivencia por el cual uno procura su bienestar), de aceptar que estos trastornos son parte de uno mismo es que me parece la forma más natural y racional de tratarlos. Si te refieres a tu trastorno como algo que aleatoriamente te ha sucedido, quizá no llegarás a sentir que su curación te concierne desde lo más profundo de ti, y sólo desde esa posición se podrá llegar a una remisión de por vida. También es posible que sientas que lo que te ha pasado es algo injusto, que no debería haber pasado. O puedes sentir que has hecho algo mal, que te has equivocado horriblemente y que tienes la culpa de algo de lo cual no es posible encontrar culpables, porque no los hay.

Por añadidura, si aceptas que es un trastorno al cual estabas prácticamente predestinado y que, por alguna razón desencadenante de tu vida, ha estallado, serás más capaz de comprender y asumir que es algo que deberás controlar toda tu vida, de forma consciente, haciendo un esfuerzo constante por no permitir que se adueñe de ti otra vez. No me parece sano ni natural animar a la gente que padece esos trastornos a que los trate como “ese monstruo” y a que los odie con todo su corazón. ¿Para qué estimular el odio, sobre todo en un caso en el que no hay nada que odiar? ¿No es mejor animar a la comprensión, informar bien a la gente y brindarle técnicas y recursos para ayudarla a tener una vida sana? ¿No es lo óptimo ayudarla a enfrentarse a la realidad y a que se revista a sí mismo del poder para mantener su enfermedad bajo control?

La vida no es un videojuego en el que constantemente hay un enemigo encarnizado al que hay que odiar y destruir. No todo descansa sobre la lógica de ganadores contra perdedores. Somos seres humanos con pequeñas peculiaridades y propensiones genéticas. No tenemos la culpa de ellas, y sí la responsabilidad de pedir ayuda cuando la necesitemos y de hacer cuanto esté en nuestra mano para ser libres y felices.

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Matarnos de hambre

Estamos, en apariencia, rodeados de gente triunfadora, famosa, hermosa y delgada sin esfuerzo. Y la sociedad nos invita educadamente a identificar comida con mal, con pecado. Así, “sucumbimos” a la “tentación” del chocolate, o hacemos dieta para “depurar los excesos” de la Navidad, por ejemplo. Estoy más que harta de ver, día sí, día también, en cualquier medio digital que leo a diario, artículos en los que se indica a la gente la necesidad de que se ponga a dieta, de que “coma sano”, de que adelgace. De que se ahorme al modelo de cuerpo único imperante hoy en día; de que sea aséptica, de que no tenga deseos de disfrutar de una comida por el simple hecho de que es un placer; de que vigile lo que come (como si la comida fuera un veneno).

Se nos anima o se nos insta constantemente a ponernos a dieta, a “perder esos odiosos kilos de más” (dando por sentado que esos “kilos de más” son dignos de odio y que en ningún caso esa persona puede querer conservarlos o serle indiferente tenerlos o no), pero cualquier persona que se quiera tomar la molestia de hacer la prueba empírica puede comprobar que hacer dieta con el único objeto de adelgazar o de mantenerse artificialmente delgados no sirve para nada. Bueno, sí: sirve para pasar hambre y privaciones, para perder oportunidades de disfrutar, y para sufrir y hacer sufrir a quienes están alrededor de uno. Por si esto fuera poco, sirve también para que la persona quede alienada con respecto a su cuerpo, para que lo vea como un enemigo, como algo que hay que encorsetar, manipular, manejar a su antojo, castigar y hasta odiar. Se impide crecer y desarrollarse al cuerpo como éste necesita hacerlo, y se lo odia por ser como es. Se posterga el amor y la gratitud al cuerpo, esa increíble máquina que nos mantiene vivos, esa máquina de curación y regeneración, de superación y de fortaleza, esa máquina de supervivencia, al momento en que el cuerpo sea como nosotros queremos que sea. Lo cual, muy probablemente, no sea lo mejor para nosotros.

Y lo más increíble y sensacional es que el cuerpo, cada cuerpo, tiene una horquilla de peso que es la que él naturalmente desea tener, en la que él se siente cómodo y realiza óptimamente todas sus funciones. Y, atención: es muy difícil que el cuerpo engorde más allá de esa horquilla. Sólo lo hace si la persona se pasa el día comiendo incluso sin hambre ni ganas. Esto quiere decir que vivimos inmersos en una mentira perversa y hasta asesina, porque en nombre de esa mentira hay gente que muere de inanición o llega a un punto de locura y de odio a sí misma que prefiere quitarse la vida antes que seguir habitando ese cuerpo maltratado. Pero el cuerpo es una máquina perfecta que, si se le deja funcionar tranquilamente y sin interferencias, se colocará en su peso ideal y además se mantendrá en él durante toda la vida.

Al hacernos conscientes de toda esa trampa en cuyo umbral peligrosamente vivimos, al renunciar a ocupar un espacio disminuido -no ocupamos, luego no somos visibles, luego no molestamos; sé delgado, sé bello, quédate ahí y calla, se nos dice- y al decidir activamente conquistar el espacio que cada uno de nosotros merece y para el cual ha nacido, estamos también ejerciendo una opción política: estamos dándole la espalda a toda esa industria -porque es lo que es- que quiere nuestro dinero y que, para conseguirlo, envenena nuestra mente con mensajes dirigidos a fomentar el odio a nosotros mismos y a nuestros semejantes y a que lleguemos a querer renunciar, en principio, a un poco -un poco de comida, un poco de espacio- y, al final, a todo: felicidad, salud, bienestar, cordura. Renunciar a querer encajar en esos cánones y a vivir en una dieta constante o en un sacrificio constante de tiempo en aras a “la salud física” -pasando un tiempo irrazonable en el gimnasio o haciendo carreras, por ejemplo, en lugar de haciendo cualquier cosa que en realidad deseemos hacer- supone militar en favor de un mundo en el que cabemos todos, en el que todos somos aceptables y aceptados, en el que la talla que vista cada uno no es más que eso, una talla que no significa nada, en la que la báscula no tiene lugar en el cuarto de baño, en el que el aspecto físico es sólo un atributo de la persona y en ningún modo la hace merecedora de aplauso o abucheo; en el que cada uno tiene algo que ofrecer al mundo, pero por lo que es y sabe o puede hacer, no por un físico que es sólo eso y que se va con el tiempo. Un  mundo en el que la belleza nace de dentro de la persona, y desde dentro se desborda y se refleja en su cuerpo, no  al revés.

Y al hacerlo, no sólo nos estaremos ayudando a nosotros mismos, liberándonos de este odioso mátrix, sino también a los demás. Si alguien llama ¡gorda! como insulto a una famosa presentadora que no lo está, lo primero que nos apresuramos a decir es que cómo se puede llamar gorda a fulanita, cuando está estupenda. Ya, pero ¿y si realmente estuviera gorda? ¿Entonces sí sería acreedora a ese insulto? ¿O lo inaceptable es que alguien use la palabra “gorda”, “gordo” para insultar? ¿Es aceptable que la gente se indigne por el presunto gasto en sanidad que produce la obesidad? ¿Es de recibo -y es acaso cierto, debemos preguntarnos ante todo, o quizá una mentira asquerosa y discriminatoria- tragarnos sin cuestionar y también propagar el mensaje, aparentemente bienintencionado, de que la gordura equivale a mala salud y de que uno debe estar delgado porque así estará más sano?

Si tenéis curiosidad por saber qué efectos produce el ayuno prolongado, incluso después de haber terminado, echadle un vistazo a este artículo o a otro cualquiera que hable del Experimento de Inanición de Minnesota. Veréis asimismo que el mejor régimen alimenticio para curarse de una anorexia no es otro que comer de todo, rompiendo así el círculo vicioso de los alimentos “buenos” y “malos”, y que pretender recuperarse “comiendo sano” (es decir, continuando el hábito de proscribir determinados alimentos como “malos”) y limitando la ingesta de calorías no es más que promover la ortorexia y sustituir un desorden alimentario por otro. Tened en cuenta que cualquier dieta o método milagroso que os proponga comer menos de esa cantidad -usualmente 1.000 calorías- en realidad os está proponiendo privar a vuestro cuerpo de la energía que necesita para mantenerse saludable y fuerte, y que 1.000 calorías se considera inanición.

Eso es, ni más ni menos: quieren matarnos de hambre, o, mejor dicho, quieren que nosotros mismos queramos matarnos de hambre y, encima, nos sintamos culpables por no haberlo hecho antes.

¿Es ése el mundo en el que queremos vivir?

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La vampira (y III)

Increíblemente, es cierto: pese a que sigue comiendo, está más delgada.

Al cabo de una semana más, no sólo ha desaparecido del todo la hinchazón, sino que -para su mayúscula sorpresa-, vuelve a menstruar.

“Así que, después de todo, no he tenido la menopausia”, se dice.

Otra semana más, y los cabellos grises han disminuido en número, y su cabello ha ganado en brillo y fortaleza, igual que sus uñas y sus dientes.

Han dejado de dolerle los huesos de las rodillas.

La piel que cubre la pelvis ya no tiene cardenales. De hecho, los propios huesos de la coxis ya no le sobresalen. Tampoco los de la espina dorsal. Ni las costillas. Las nalgas se le han llenado agradablemente. En algunos puntos, la piel presenta hoyuelos -“celulitis”, piensa, pero sonríe al pensarlo, no esboza una mueca de asco. El hueco entre los muslos ha desaparecido; la carne se junta con la carne sin dejar ningún resquicio.

Incluso tiene un poco de pecho donde antes había una lisura igual que la de una tabla de planchar. Su vientre se redondea por debajo del ombligo, pero es una redondez bonita, propia del sexo femenino; no le repugna ni hace que salte su odiosa voz interior profiriendo palabras ofensivas y castigadoras; no le hace tener ganas de cortar trozos de su propia carne con unas tijeras. Ahora ese vientre redondeado pide una caricia, le inspira ternura.

Los ojos ya no aparecen mortecinos, ni están circundados de ojeras grises.

Ve su cuerpo de verdad, ve su cara de verdad, no la impostura que se ha obligado a sí misma a habitar durante más años de los que puede recordar. No ve la cárcel de huesos y pellejo con la que se ha identificado hasta considerar que la cárcel era su hogar. Y llora.

No odia su cuerpo ni su cara. Y tampoco siente odio hacia nadie. No siente amargura, no tiene ganas de publicar mensajes llenos de ira y de rabia -ni siquiera aunque sea una ira justificada-. Piensa en su indignación anterior, que la consumía casi tanto como esa hambre salvaje, primitiva, y siente vergüenza, porque era una indignación inservible que sólo reflejaba el odio que sentía hacia sí misma. Ese odio que ahora la ha abandonado.

Por fin, la vampira ha dejado de serlo: por primera vez desde que era una niña, se ve en el espejo.

De repente, se da cuenta de que tiene una tarea pendiente. Por primera vez desde que se encerró en casa, se ducha, se arregla y sale a la calle. Va al hospital donde estuvo ingresada y pregunta por el médico que la atendió. No sabe su nombre, pero da detalles de su ingreso. La recepcionista lo identifica, pero, aunque el doctor está en el hospital, en estos momentos está en quirófano y es imposible de saber cuándo la podrá atender, puede usted volver en otro momento o esperar, aunque puede ir para largo. No me importa, contesta ella; esperaré lo que haga falta.

Se sienta y espera y, en un momento dado, horas después (ya ha anochecido), el médico sale de un área restringida al personal médico. Ella lo reconoce inmediatamente, pero él a ella, no, aunque, por alguna razón, la mira intensamente y ella ve cómo hace esfuerzos por ubicarla. Ella se pone de pie y se le acerca. Le tiende la mano y él se la estrecha sin dejar de mirarla con igual intensidad.

-Usted no se acuerda de mí, pero yo fui su paciente, y quiero darle las gracias porque me ha ayudado a salvarme la vida. Oh, no, no, no me salvó usted, eso lo he hecho yo sola, pero usted me dio el empujón que me faltaba. Por eso, muchas gracias.

Le sonríe, se da la vuelta y se dispone a marcharse, pero el joven médico la llama:

-¡Señorita! Espere, por favor. Dígame, ¿quién es usted? ¿De qué la traté?

Ella le describe su caso con todo detalle, incluso la conversación que tuvieron. La cara de él es puro asombro.

-No, no puede ser. Sí, recuerdo a esa paciente, pero era una señora mayor, era una anciana, y usted… usted es una jovencita encantadora. Sin duda, el cansancio me ha confundido, no puede ser la misma persona… Pero, ¿qué más da? Escuche, mi turno termina dentro de una hora, ¿querría usted hacerme el honor de esperarme y dejar que la invite a tomar algo?

La ahora-ya-no-nomuerta vuelve a sonreír (ahora lo hace con frecuencia). ¿Por qué no? Acepta la invitación y vuelve a sentarse para esperar a su nuevo amigo. Cuando éste sale, ya sin la bata de médico, parece sólo un muchacho joven y lleno de vida, a pesar del cansancio que acumula. Por primera vez, lo ve sonreír, y la sonrisa le borra la fatiga.

Ella pide un refresco de soda. Le sabe delicioso. Charlan, ella no habla de su enfermedad, no habla de nada que suponga un “no”, sólo habla de síes. De lo que le gusta, de lo que piensa, de lo que le interesa.

Un par de meses más y él le propone matrimonio. Ella acepta. Todavía no se ha muerto, todavía su corazón sigue bombeando. Un año más y está embarazada, algo que jamás habría creído posible.

Diez años más y la flor dormida durante tanto tiempo vuelve a abrirse. Le ha dado una generosa prórroga, pero el corazón es lo único cuyo deterioro no ha conseguido revertir. Mientras se siente morir, esa tarde de domingo junto con su familia, todavía le da tiempo de sonreír una última vez.

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La vampira (II)

La vampira ya ha sido egresada. Normalmente, apenas tiene fuerzas para caminar -pese a lo cual saca energías para sus excruciantes marchas de dos o tres horas-, pero esta vez se siente reanimada, paradójicamente plena de vitalidad ahora que va a palmarla en cualquier instante. Va en dirección a su casa. Sólo tiene una cosa en mente, sólo una.

Va al supermercado más cercano. Compra comida, mucha comida. Nada de lechuga, apio, tomate insípido; los odia, los ha odiado más con cada año que pasaba, pero no dejaba de comerlos. Odia especialmente y sobre todas las cosas la avena que se obligaba a sí misma a desayunar todos los días durante décadas. Y las bebidas de soja, de clara de huevo, de almendras; los complejos vitamínicos; los guisos de tofu; el pescado cocido. Nunca más. Tanta privación no le ha servido para nada. Ahora que va a morir, va a morir feliz, al menos. Compra galletas, tabletas de chocolate, litros de helado de varios sabores, bolsas de magdalenas, pizzas -a los cuatro quesos, con atún, con anchoas, con jamón, con aceitunas-, tortillas de patatas -se le ha olvidado cómo se prepara una simple tortilla de patatas-, empanadillas de atún, tartas rellenas de nata, pasteles de chocolate, pollos asados y más cosas que no me acuerdo. Va a casa con toda esa comida. Cierra la puerta, deja las bolsas en el suelo, abre una caja de helado y empieza a comerlo. Luego abre una bolsa de magdalenas y la emprende con ellas. Calienta una pizza y la prueba; está deliciosa. Un aluvión de sensaciones cae sobre ella, la inunda, la arrastra, la embriaga. Está llorando de placer y de gratitud. Ya no recordaba todos esos sabores deliciosos, la sensación de la saliva impregnando cada bocado, la lengua y la boca que acogen ávidas cada nueva porción, el estómago que ruge y se mueve sutilmente, agradecido por ese festín tras tantos años de privaciones y dietas a pan y agua. La vampira sigue llorando y sigue comiendo, sin pensar, sin parar. Es feliz por primera vez en muchos, muchos años. Total, se va a morir, ¿qué más da cuánta grasa tenga el cuerpo frío que ya se empieza a desintegrar? Nada le importa. Está casi muerta y, sin embargo, está más viva que nunca.

No sabe qué hora del día o de la noche es cuando termina toda esa remesa de comida. Los restos de los envases están tirados por el suelo, entre servilletas de papel usadas y algún cubierto (ha comido casi todo con los dedos). Se mete en Internet y, en un abrir y cerrar de ojos, ya ha comprado más comida que le será entregada, prometen, en dos horas, máximo. No puede esperar. Cuando llega su comida, hace exactamente lo mismo: comer, ser feliz, seguir comiendo, seguir siendo feliz. Piensa en las pobres almas que deambulan, famélicas, por los foros de Delgadaperfeccion y Miamigaana, entre otras webs. Las compadece y las desprecia a partes iguales. Ellas, seguramente, morirán desgraciadas, sin el privilegio de ese momento de redención del que ella sí está disfrutando plenamente.

Pasa una semana de orgía gastronómica indescriptible. Es como una luna de miel, como una escapada con un amante al que no se ha visto en años. No se arrepiente de nada. Come con mayor voracidad, temiendo que cada instante sea el último. No deja de sorprenderse al sentir que, en realidad, come con hambre. Después de tanta comida, sigue notando un vacío en el estómago. ¿Cómo es posible? Es porque ha privado tan sádicamente a su cuerpo de toda esa comida, de toda esa energía, durante décadas. Es porque su cuerpo se siente como si acabara de volver de una travesía de cuarenta años por el desierto. Ella jamás lo entenderá cabalmente, así que no lo intenta; simplemente, se deja llevar. Se siente como la reina del mundo.

Finalmente, al séptimo día, descansa; siente que puede descansar, que el vacío que sentía se ha reducido hasta casi desaparecer. Se levanta, lo recoge y lo limpia todo. Ahora quiere dormir, esperar a la muerte. Piensa que, casi seguro, se morirá mientras sueña.

Pero lo que le llega no es la muerte, sino el edema. Cuando se levanta y se mira otra vez en el espejo, sí ve un cuerpo, pero tampoco es el suyo, sino el de una versión hinchada de sí misma, como una muñeca inflable. Todo está dilatado, hasta las cejas, hasta las uñas, todo. La cara está redonda como un globo, los labios lucen gruesos como si se hubiera inyectado bótox. Pero lo peor es la barriga, una barriga enorme, como de embarazada.

En ese momento, por primera vez desde que salió del hospital, vuelve a oír la voz, esa voz que la ha acompañado y atormentado durante décadas. La voz le llama la atención sobre ese “enorme barrigón” y sobre su “cuerpo de vaca estúpida, gorda y fea”. La voz la increpa con gran ira: “¿De verdad crees que porque vayas a morirte pronto tienes derecho a tirar todo por la borda? ¿Qué van a decir en la morgue? ¿Qué pensarán de ti? Pensarán que toda tu vida has sido una glotona sin dignidad ni amor propio. ¿De verdad quieres eso? Eres débil, fea, inútil y estúpida si lo crees así”. Tiene un impulso de echarse a llorar, pero ¿para qué va a llorar? Por primera vez, desoye esa voz. Pega un puñetazo en la mesa. La voz enmudece.

Además, por increíble que parezca, vuelve a tener hambre. Se pone cualquier ropa holgada que encuentra y sale a la calle a por más comida.

Se siente fuerte, llena de energía y de vida. Enciende el ordenador y se mete en los foros. Publica un nuevo mensaje, el mismo en todos:

“Hola a todos/as, queridos míos. Sólo quiero que sepáis que me voy a morir. Mi trastorno se ha comido mi corazón y todo mi cuerpo y ya no voy a aguantar mucho más.”

Debate consigo misma si revelarles que va a morir comiendo y, lo peor de todo, feliz. Resuelve no decirles nada, pues eso automáticamente invalidaría todo lo anterior y también su fama y buen nombre en los foros, cosa que todavía le importa.

A los cinco minutos le llegan las primeras respuestas, que, al cabo de un par de horas, ya suman varias decenas. Las lee todas mientras engulle un bocadillo de calamares.

Los demás usuarios le profesan admiración. “¿Cómo lo has conseguido?”, le preguntan algunos. “¡Enhorabuena!”, le dicen otros. Muchos más callan; ella sabe que la envidian. Ella ha sido la mejor de todos: ha conseguido morir de pura delgadez. Morir siendo puro hueso, nada de grasa ni de músculo, nada de piel, nada de hormonas, nada de cerebro ni de corazón. Sólo hueso, hueso blanco, luminoso y puro.

Por un segundo, mientras el sistema le informa de que sus cuentas han sido canceladas “y esta operación es irreversible”, se pregunta si debería haber advertido a los demás usuarios de que están perdiéndose un montón de ratos felices, pero no lo hace, por dos razones: primera, sabe que no servirá de nada; segunda, no está totalmente segura de estar haciendo lo correcto. Si no tuviera su sentencia de muerte a punto de cumplirse, ¿aceptaría ella con sinceridad esa experiencia, ese placer tantos años vedado? Sabe que no.

Se mira al espejo antes de acostarse, rendida por la actividad a la que está sometiendo a su cuerpo. Sigue igual de hinchada. Se ve y se siente enorme, pero, al mismo tiempo, sigue teniendo hambre.

La vampira sigue comiendo, aunque no tan vorazmente ni tan ansiosamente como al principio, pero ya no siente ansiedad, no tiene miedo; come lo que le apetece cuando le apetece. Intenta no mirarse al espejo, pero no puede evitar hacerlo al menos una vez al día.

Y un día, nota algo muy curioso: el estómago, tan hinchado como un globo hasta ahora, parece haber disminuido. También ha bajado la hinchazón de sus manos, pies, tobillos, muñecas y cara.

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La vampira (I)

La vampira, esta mujer no muerta que vemos ahora, aparenta una edad (indefinida) entre los 30 y los 80. Puede tener más, o menos. Ella no puede saberlo, porque no se ve reflejada en el espejo.

La vampira vive sola. Una vez tuvo marido, pero huyó despavorido y debe de estar vivo en algún sitio, a salvo de ella. Tampoco tiene hijos, y no porque no quisiera, sino porque la mujer vampiro dejó de ser fértil a una edad temprana. Hace también muchos, muchos años de eso. Dejó de ser mujer y empezó a convertirse otra vez en niña, a medida que su cuerpo fue decreciendo, remitiendo y perdiendo partes de sí mismo, renunciando a ellas como peaje obligado para la supervivencia.

Esta mañana, la vampira ha cumplido fielmente con sus rituales de todas las mañanas: se ha levantado, ha hecho la cama con milimétricas precisión y simetría, se ha mirado -sin verse- en el espejo, ha cumplido con sus tareas de higiene personal, se ha pesado y peinado (con mucho cuidado para no arrancarse demasiados cabellos), ha desayunado su tazón de copos de avena, se ha vestido y ha salido a la calle, con las gafas de sol que tapan y a la vez protegen su piel, del color del marfil un poco añoso, y se ha dispuesto a caminar sus dos horas matinales, a buen paso. Lo hace así cada día porque no se ocupa en nada más; desde que le sustituyeron su fragmentada cadera por una de acero tungstenizado, goza -por decir algo- de la invalidez absoluta y puede dedicarse todo el día a su gran pasión, a aquello que ocupa su pensamiento y sus energías minuto a minuto.

Cuando vuelve a casa, está contenta: ha caminado a buen paso y el calor que hace hoy la ha ayudado a sudar un poco más. Pero ahora está ansiosa por cumplir su siguiente ritual. Así pues, sin siquiera cambiarse de ropa ni secarse, enciende su ordenador. El navegador se abre mostrando por defecto sus sitios web habituales; entre ellos hay varios digitales de actualidad, un par de foros, algunas redes sociales de uso común. Su nombre de usuario es el mismo, con variaciones de grafía, en todos ellos: xo_ninfaeterna_xo. Lee algunos nuevos artículos en los foros que frecuenta y donde es colaboradora estrella. Alguien pregunta por formas de esconder a su familia que está haciendo dieta; otra persona quiere saber cómo puede manejar una fiesta de cumpleaños -la suya propia- en la que la “obligarán” a comer alimentos prohibidos. Responde a esas atribuladas almas de poca voluntad. Se siente un poco mejor. Sigue pensando en aquella joven con la que se ha cruzado en el parque, con su cintura bien definida y sus piernas de bailarina. Se enfada consigo misma. “Seguro que se entrena durante horas todos los días”, se consuela.

A continuación, tiene un océano de horas para llenar. Se quedaría más tiempo navegando, pero hoy no hay nada interesante; los foros están muy tranquilos. La mayoría de usuarias son adolescentes o jóvenes en edad escolar o universitaria, y, como estamos en vacaciones de verano, seguramente se han ido fuera con sus familias y éstas les habrán confiscado sus móviles, con lo cual no podrán conectarse.

A la vampira le gustaría tener algún gato, lo ha pensado más de una vez, pero no está dispuesta a asumir la responsabilidad y el rollazo de tener que cuidar de alguien que no sea ella misma. Bastante tiene ya con lo que tiene.

Se quita la ropa y vuelve a pesarse, tiritando de frío. Se mira en el espejo, estudiándose detenidamente de pies a cabeza y deteniéndose en los puntos conflictivos: tobillos, muslos, cintura, caderas, vientre, nalgas, pecho. Luego examina el cuello, lo masajea; se acerca más al espejo y se observa la tez, se arranca algunos pelos de la barbilla, se depila esas incipientes patillas que le crecen tan rápido, pertinaces. ¡Qué horror! Enciende la calefacción, pues en casa no hace calor. Bebe un par de vasos de agua. Se masajea las pantorrillas; los calambres han amainado un poco. Se toma su taza doble de café de media mañana. Qué hacer, qué hacer.

De repente, un dolor indescriptible en el centro de sí misma viene a solucionarle el problema. No necesita pensar en qué va a ocupar su tiempo, pues el cuerpo da un golpe de estado y decide tirarse al suelo y retorcerse sobre sí mismo. El dolor es como una flor que se abre muy veloz e irradia toda su energía hacia todas las células y rincones de su cuerpo. No hay nada más salvo el dolor. A la vampira le da el tiempo justo de alcanzar el teléfono y llamar a emergencias.

Cuando despierta, inmediatamente se percata de que no está muerta, sino en un hospital, intubada y mantenida con vida y a salvo. La flor venenosa de aquel dolor que jamás olvidará se ha cerrado, pero -ella lo intuye y está segura de tener razón- sigue ahí, escondida en su pecho, dispuesta a abrirse en cualquier momento y acabar con ella.

Aprieta el timbre de llamada a la enfermera, que aparece enseguida y avisa al médico que se ocupa de ella. La vampira manipula el mando que gobierna la cama y hace que se eleve el cabezal, dejándola sentada como en una tumbona. El médico es un joven de mirada seria y cansada. La vampira no pierde el tiempo, no es mujer de rodeos, y tantos años de hambre famélica y de torturarse a sí misma le han enseñado el precioso don de la mezquindad.

-Quiero toda la verdad -exige. Y el médico la complace, quizás con el sádico placer de poder ser cruel con una persona cuya vida ha consistido en refinarse en el arte de la crueldad:

-Señora, su corazón es apenas una membrana. Va a reventar en cualquier momento. Nadie puede saber cuándo, pero tendrá suerte si vive más de un mes. Lo siento.

La vampira sigue sin perder el tiempo:

-Deme el alta. Quiero largarme. Si me voy a morir pronto, no pinto nada aquí.

El médico se encoge de hombros y vuelve a complacerla.

(Continuará…)

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Vida nueva

Anoche me metí entre pecho y espalda 800 calorías en unos 15 minutos.

 

Fue maravilloso.

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