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Talentos ocultos (y V)

Carla y Scott no eran los únicos que recibían el nuevo día como si fuera una fiesta.

En el otro extremo de la ciudad, dos muchachas brindaban con champaña.

–¡Por nosotras!

–¡Por nosotras… y por papá!

Eran pelirrojas, aunque una iba teñida de rubio. Sus cejas, sin embargo, delataban su color natural. Esto habría debido bastar para que hasta un observador poco agudo como Charles Huntington–Whaley pensara aquello de “algo huele a quemado en el norte de Dinamarca”. O en su despacho y en su casa, respectivamente.

Pero él estaba tan obnubilado por la melena rojo pasión de su secretaria, Jackie, y había relacionado tanto ese color con sus más bajos instintos –pues en sus fantasías todo era de ese color, desde la ropa interior de los protagonistas hasta, por supuesto, el pelo de la secretaria salvaje que lo azotaba con su bloc de notas mientras gritaba aquello tan excitante de “El presidente le llama por la línea dos… la línea dos… la línea dos…”– que nunca se le ocurrió relacionarla con las cejas tímidamente rosadas de su humilde criada, Dolly. Tampoco encontró parecido alguno en cierta forma de entornar los ojos, en cierto modo de llevarse la mano a los labios cuando algo las sorprendía o cuando querían acallar algún secreto que pugnaba por salírseles de la boca. Fijarse en eso habría sido pedir demasiado a Huntington–Whaley.

Pero sólo el color del pelo habría debido ser suficiente.

Y había otro dato que debía haberlo puesto sobre la pista, pues el pelo de color rojo no sólo le había procurado placer en esta vida, sino también quebraderos de cabeza. Claro que, para tener esto presente, Huntington–Whaley tendría que haberse remontado al pasado. Y, así como su imaginación, también su memoria era pobre. Por supuesto, no toda la culpa era de su materia cerebral; también había factores psicológicos, como acertadamente habría señalado su entrañable amigo Christopher Travis –que esa mañana iba a llevarse una grata sorpresa; tan grata, que no se le ocurriría otra cosa que cerrar la consulta y telefonear a su querida amiga Rebecca Huntington–Whaley para preguntarle delicadamente cómo se encontraba y ofrecerle asesoramiento profesional, totalmente gratis, por supuesto…–: y es que los ofensores tienden a olvidar la ofensa y al ofendido, mientras que es éste el que carga con la losa del recuerdo del momento aciago, en una operación de escasa lógica y menor justicia, pues, en un mundo ideal, sería el culpable el que no pudiera olvidar jamás el pecado, siendo así que éste le atormentaría para siempre. En cambio, en el caso que nos ocupa, y siguiendo la lógica de lo ilógico –pero tristemente real–, había sido el señor Johnson, padre de dos hijas, Jacqueline y Dorothy, el que se había llevado a la tumba el disgusto y la humillación de haber sido pisoteado por un mocoso con aires de grandeza.

Había sucedido veinte años atrás. Por aquel entonces, Charles Huntington–Whaley era simplemente Chuck Whaley (ni siquiera Charles Huntington, pues eso llegaría después-, secretario del concejal de Obras Públicas de Rathole, Alabama (365 hab.), y aspirante a Algo Grande Que La Vida Me Tiene Reservado. Ese algo grande se situaba sin duda a gran distancia del ayuntamiento de Rathole, pero el siguiente peldaño hacia él estaba a unos metros del pequeño despacho que entonces compartía con otros nueve secretarios. Esos metros eran los que separaban aquel despachito de la alcaldía, a la sazón detentada por Patrick Johnson, un guardaagujas de toda la vida, de los que habían aprendido el oficio por vía familiar, y que se había presentado a alcalde porque quería hacer algo por su pequeña y entrañable comunidad. Naturalmente, ninguno de los cargos públicos de Rathole lo era a tiempo completo; era una cuestión de vocación, una palabra que no figuraba en el diccionario de Chuck Whaley.

Lo que hizo fue muy simple: como sabía que sus conciudadanos jamás votarían a otro candidato que no fuera el viejo y conocido guardaagujas, Chuck Whaley, estudiante de Derecho y Ciencias Políticas, revisó hasta el último albarán que había en el ayuntamiento para encontrar las piedrecillas con las que el alcalde había tropezado. Hasta que encontró una lo bastante significativa: Johnson no había cumplido con los requisitos reglamentarios para aprobar los presupuestos del año en curso.

De esta forma, Whaley presentó una querella contenciosa-administrativa contra Johnson. Con el reglamento en la mano, nadie podía defender a Johnson; éste sólo contaba con el respaldo de todos sus conciudadanos, además de con el sentido común, que le daba la razón; pero eso no fue suficiente, y Johnson fue obligado a renunciar a su cargo. Hubo un asomo de rebelión en el pueblo, pero se apagó espontáneamente. Cuando todo hubo vuelto a la normalidad, Whaley fue investido alcalde.

El guardaagujas se encontró con que sus antiguos compañeros en la labor pública habían tardado muy poco en olvidar aquella afrenta. No sólo eso: habían acabado por dejarse imbuir de la idea de que el honrado Johnson había hecho algo mal.

Había muchas cosas que el honrado guardaagujas y exalcalde podía soportar, pero entre ellas no figuraba la humillación y el oprobio, como sucede con todo hombre bueno que ve embarrado su nombre. Fue más que él. Se hundió. Empezó a ser descuidado en su trabajo de guardaagujas. Fue despedido. Ahora debía acudir diariamente al Ayuntamiento, pero, en lugar de ir al despacho de la alcaldía, debía pasar por la ventanilla para recoger su subsidio de jubilación anticipada. Algunas veces, se cruzaba con antiguos compañeros, que apenas si le saludaban; otras veces incluso veía a Charles Whaley –ahora se hacía llamar Charles– dirigiéndose al que ahora era su despacho.

El viejo Patrick Johnson no se suicidó, pero se fue apagando lentamente, sin hacer mucho ruido. Nadie se sorprendió verdaderamente cuando lo encontraron muerto una mañana. Ah, pero ¿no era ya muy viejo? Y no, su cuerpo no lo era aún.

Jackie y Dolly se quedaron huérfanas de padre a los siete y cinco años, respectivamente. Todo el mundo creyó que eran demasiado pequeñas para darse cuenta, pero ellas sabían que los niños nunca son demasiado pequeños para darse cuenta de las cosas importantes de la vida.

Y ahora, veinte años después de aquello, ambas brindaban con champaña, porque se acababa de cerrar un círculo que había empezado a trazarse tanto tiempo atrás.

Todavía tenían un as en la manga: las fotos de Charles Huntington–Whaley con una joven pelirroja, en actitud comprometedora y nada favorecedora para su campaña de imagen. Ellas creían que no haría falta utilizarlas, pues su enemigo estaba ya acabado.

Sólo había hecho falta escoger la llave adecuada y hacerla girar dentro de la cerradura adecuada.

* * *

Jordan F. Jordan, a bordo del coche patrulla 134, estaba a punto de tomarse su tercer desayuno de la mañana, a pesar de que todavía eran las siete. Sus horarios biológicos estaban completamente trastornados, aunque él ya lo consideraba normal. Su compañera, Laura, había salido hasta la cafetería de al lado para agenciarse un par de cafés y bollitos con los que seguir alegrando aquella mañana de vigilancia. Jordan no podía evitar pensar que no lo estaban haciendo demasiado bien, si es que habían transcurrido ya casi tres horas desde que se dio la orden y todavía no habían encontrado nada. Esto, en cierto modo, era tan inquietante o más que la profusión de hallazgos, de la misma manera que no encontrar un cadáver cuando se tienen motivos para pensar que debe de aparecer uno es la posibilidad más turbadora de todas.

El jefe había sido claro y tajante, como siempre:

–Chicos, quiero que agucéis todos los sentidos que tengáis. Puede que nos estemos enfrentando al asesino de las escamas plateadas. Su descripción es: metro ochenta, 68 kilos, pelo rubio hasta los hombros, ojos verdes, separación entre los incisivos. No lleva pendientes, tatuajes ni ningún signo distintivo. No pertenece a ninguna tribu urbana. Lo más probable es que vista bien, puede que incluso lleve ropa de marca.

Lo único que le había faltado añadir, pero que sin embargo prefería callarse por el momento, era que aquella descripción correspondía a la de Scott Marsalis, hijo menor del juez David P. Marsalis. Pero, después de enterarse de que él también había desaparecido, y conociendo un poco la personalidad apocada de Carla Huntington–Whaley, Kaminski sólo podía señalar a Scott Marsalis como instigador de aquella rocambolesca fuga en medio de la noche.

Todo concordaba: los crímenes, crueles pero refinados, sin demasiada sangre ni mutilaciones o marcas en los cadáveres, que aparecían limpios y en posiciones dignas, normalmente sedentes, delataban un espíritu elegante o convencido de serlo. A aquel tipo no le gustaban los alardes de truculencia. Mataba queriendo dar a entender que lo hacía por una buena causa, y que en el fondo odiaba lo que hacía; lo hacía como una especie de misión. Chalados como aquél había visto Kaminski unos cuantos. Pero, con sangre o sin ella, todos eran repugnantes. La mierda más maloliente de todas. Y aquel espíritu supuestamente fino y elevado correspondía perfectamente al extraño y huidizo hijo del juez Marsalis. ¿Cómo no lo había pensado antes?

Naturalmente, porque estaba cargado de prejuicios. Kaminski tuvo que admitir esto, y hacerlo le supuso una derrota personal.

Pero pudiera ser que todavía no fuera demasiado tarde para Carla.

La pobre.

Estaba pensando en ella y bebiéndose el noveno café –en eso, Kaminski les ganaba por la mano a todos sus subordinados– cuando le informaron de la llamada:

–Jefe, ha llamado el coche 134 pidiendo refuerzos. Parece ser que los han visto camino de la playa. Al sospechoso con una joven. Es muy probable que se trate de la desaparecida.

Kaminski se levantó de su sillón de un salto.

–¡A todas las unidades! ¡A todas las unidades! ¡Diríjanse a la playa!

* * *

Kaminski pretendía liquidar aquel asunto con la máxima discreción. Sin embargo, se trataba de una batalla perdida. Porque no era él el único que, en aquellos momentos, sabía de la operación policial.

En el edificio de la cadena “News Galaxy” existía un pequeño cuarto cuya puerta lucía el cartel de “Prohibido el paso”. Todo el mundo estaba convencido de que era una especie de cuarto oscuro para el revelado de carretes. Tonterías. Se trataba de una salita equipada con los más modernos aparatos de captación de radiofrecuencias. Constantemente, las antenas parabólicas “inteligentes” clavadas en la azotea del rascacielos rastreaban el espectro radioeléctrico y descodificaban todas las señales, enviándolas luego al aparato receptor–lector de aquella salita.

Rosalind Mendoza estaba sentada allí. Era una de los cuatro periodistas de la casa, además del director–jefe del medio, que conocía el verdadero propósito de la sala. Y le sacaba el máximo provecho, ¡vaya si se lo sacaba!

En aquellos momentos, con los auriculares puestos, escuchaba con avidez las instrucciones y las explicaciones que los policías se daban entre sí. Daba igual que utilizaran códigos: Rosalind se sabía los significados de memoria.

–¡Diríjanse a la playa! –oyó. Entonces, se quitó los auriculares y salió disparada de la salita, frotándose mentalmente las manos.

Había conseguido muchas y muy sensacionalistas primicias en toda su carrera, pero ninguna de ellas podría compararse a la que estaba en ciernes.

–¡Rod, coge el equipo!

–¿Adónde vamos? –preguntó el técnico, mentalizado de que podía recibir nuevas órdenes de Rosalind a cualquier hora.

–A la playa. Afila bien tu cámara. Esta vez no puedes fallar.

–¿Alguna vez te he fallado, jefa?

No, Rod era el mejor en su oficio, y eso había que reconocérselo. Más le valía demostrar todo su talento esta vez.

El resultado de todo este cruce de instrucciones, órdenes y explicaciones fue que, a eso de las siete de la mañana, tres grupos de personas diferentes se dirigían a la playa: los policías, por un lado; Rosalind y Rod, del canal de noticias, por otro; y, finalmente, Carla y Scott, protagonistas y causantes del enredo a la par que completamente ajenos a la que se estaba montando a su alrededor. 

De todos modos, y a pesar de que la ilusión embriagaba a Carla y a Scott, no les nublaba la vista ni los sentidos, por suerte para ellos. Fue por eso por lo que se dieron cuenta de que algo raro pasaba. Y es que las calles de la ciudad registraban demasiada actividad policial para las horas que eran y lo tranquilo que parecía presentarse el día. No era extraño oír sirenas de vez en cuando, pero sí lo era oírlas constantemente mientras uno va caminando por la calle. Más que constantemente, de forma ininterrumpida. Y además, en volumen gradualmente ascendente. Esto ya dejaba de ser azar y pasaba a constituir un motivo de preocupación, porque podía querer decir dos cosas: que un criminal iba en la misma dirección que uno, o que el criminal era uno mismo. Y ninguna de las opciones tenía nada de halagüeño.

–Qué extraño todo ese alboroto de sirenas, ¿no?

–Estarán siguiendo a alguien. No te preocupes. Para eso están, ¿no?

–Pero es raro que las oigamos todo el rato. ¡Mira, allí están! Vienen en esta dirección.

–Irán a la playa.

–Sí, es posible. No obstante…

–¿Qué?

–Si algo bueno he sacado de mis viviencias familiares es que lo mejor que puedes hacer es ponerte en lo peor.

–¡Scott…!

–¿Te acuerdas de lo que te dije aquella noche, en la fiesta?

–Sí. Me dijiste que fuera hacia donde quería ir, aprisa, sin distraerme… pero sin llamar la atención.

–Pues tienes que hacer lo mismo ahora. No corras, sobre todo no corras. Eso es muy importante. Éstos son igual que los perros: huelen tu miedo. Si te ven correr, correrán tras de ti, aunque no tengan ni idea de por qué lo hacen. Así que no te pongas nerviosa.

Pero Carla ya lo estaba. Aceleró el paso para igualarlo con el de Scott, pero le resultaba muy difícil seguirle el ritmo, porque él tenía las piernas más largas. De ese modo, sin darse cuenta, acabó corriendo.

Para entonces, ya estaban a un palmo de la playa. Podían verla desde donde estaban. Les separaban apenas unos metros.

Carla lo achacó al esfuerzo. El caso es que las piernas comenzaron a estallarle otra vez. Era como tener alojado un tendido eléctrico en cada una de ellas. Cada vez que daba un paso, la recorrían cientos de miles de chispazos de dolor. Tuvo que apoyarse en el brazo de Scott. Ya no podía reprimir las lágrimas.

–¡No puedo más…!

El acoso de los policías se había hecho evidente ya. Uno de ellos vociferaba:

–¡Deténgase, es una orden! ¡Deténgase y suelte a la chica!

–¡Dios mío, Scott, tenías razón! ¡Vienen a por nosotros… bueno… a por ti!

–¡Imbéciles! Creen que te he secuestrado o algo así… Esto tiene que ser cosa de mi padre… ¡pues no conseguirá lo que se propone! Carla, sé que te duelen mucho las piernas, pero tienes que conseguir llegar hasta la playa. Es lo más importante que hayas hecho en tu vida, ¡créeme! Venga, vamos, apóyate en mí. Yo te ayudaré.

Sujetó a Carla por el brazo izquierdo. Luego, girándose a los coches patrulla que los perseguían, les mostró el dedo corazón de la mano que tenía libre.

Al cabo de medio minuto, los dos peatones llegaron a la arena. Una docena de coches de policía y una camioneta negra con el logotipo de “News Galaxy” pintado en ambos laterales confluyeron en el aparcamiento del malecón. Los coches patrulla formaron una barrera en la que la camioneta de la televisión encontró su primer obstáculo de la mañana. La periodista y el cámara salieron y se pusieron a emitir en directo.

–Estamos asistiendo a una operación policial de máxima importancia. Lo que están presenciando es, ni más ni menos, que la caza y captura del asesino en serie conocido como “asesino de las escamas plateadas”, apodado así por dejar una estela de piel de pescado sobre los cadáveres de cada una de sus víctimas. Todas las pistas apuntan a que la identidad del asesino sea la de alguien muy conocido, no sólo para los habitantes de esta ciudad, sino para muchos norteamericanos de este estado. Se da la circunstancia de que el sospechoso tiene retenida a una de sus víctimas en potencia, la hija menor del conocido congresista Charles Hun…

–¡Apague eso! ¡No puede grabar! –bramó un agente de policía, al tiempo que empujaba a Rosalind y se abalanzaba hacia el cámara, tapando el objetivo con una mano enguantada en negro.

–¡Eh, oiga! ¡Esto es libertad de prensa!

–¡Está interfiriendo en una operación policial, señora! No sé si se da cuenta de que esto puede ocasionarle consecuencias gravísimas.

Rosalind, la periodista más aguerrida de cuantas se hubieran visto en aquella ciudad, sin bajar el micrófono ni la guardia por un segundo, intentó tenazmente hacer valer su libertad de información sobre las razones “de fuerza mayor” que el agente no atinaba a expresar como cabría esperar de un representante de la Ley. Al final, sin embargo, éste hizo buenos sus argumentos recurriendo a la oratoria del férreo brazo de la Ley, que se mostró ciertamente férrea en lo tocante a desmontar por la vía rápida aparatos de imagen y sonido.

–¡Le voy a denunciar, amigo! –advirtió Rosalind cuando vio la cámara tirada en el suelo. Rod se agachó, mesándose los cabellos como un padre que ha dejado caer a su bebé. Comprobó las constantes vitales de la cámara, y suspiró aliviado:

–Todavía está viva. Ésta nos la pagan, Ros, te lo juro.

–Tranquilo. Tenla encendida y enfoca cuando yo te diga, ¿de acuerdo?

–Siempre a tus órdenes, jefa.

Mientras este diálogo en susurros tenía lugar, otra escena de no menor tensión se estaba desarrollando en la arena. Carla y Scott finalmente habían conseguido alcanzarla, tal como los policías querían. Desde allí, no tenían ninguna escapatoria. El ratoncito, en su afán por huir, se había metido él solito en el cepo. Sólo era cuestión de tiempo el que el gato lo cazara.

Carla tenía la cara mojada de sudor, mocos y lágrimas. Sentía que las piernas iban a desintegrársele de un momento a otro. Ahora, el dolor lamía su carne y sus músculos con lenguas de fuego y de acero. Derrotada, se dejó caer sobre la arena. Scott, jadeante, se agachó a su lado y la abrazó. El teniente que estaba al mando de la operación volvió a lanzar su admonición:

–¡Atención! ¡Aléjese de la chica, Marsalis! ¡No intente nada, le tenemos acorralado!

–¡Aún no! ¡Aún no, maldita sea! –masculló Scott.

–No sé por qué te persiguen, Scott, pero no te dejaré solo. Mi padre… mi padre pagará al mejor abogado. No te pasará nada. Yo les explicaré lo que pasó. Nos dejarán tranquilos. Y después de esto, mi padre ya no se meterá más conmigo, porque ya le habré perjudicado todo lo que podía perjudicarle. Nos dejarán en paz. Podremos irnos… a Europa… a Australia… ¡dime adónde quieres ir, y yo iré contigo!

–No hagas más planes disparatados. No nos tienen ni nos tendrán jamás, Carla. Todavía somos libres. Hemos nacido para ser libres. Tú todavía sólo lo intuyes; yo lo sé.

Estaban muy cerca el uno del otro, sentados en la arena cálida mientras el sol se derramaba sobre ellos con todas sus bondades. Carla sólo tenía ganas de llorar contra la injusticia del mundo; pero Scott esbozó una sonrisa. Primero, sólo era un borrón en su cara; luego se ensanchó, y se convirtió en la sonrisa más deslumbrante de todas cuantas ella le había visto. Tenía todo el brillo del cosmos metido en los ojos. Entonces, Carla supo que podía abandonarse a él, porque él estaba en lo cierto y ella se había equivocado.

9. Talentos ocultos

–¿Qué vamos a hacer ahora, Scott?

–Tienes que seguirme un poco más, Carla. Sólo unos metros.

–¿Quieres decir… quieres decir… hasta…?

–Sí. Hasta el agua.

Miraron hacia el horizonte. El mar estaba en calma, como siempre. Por algo lo llamaban el océano pacífico. Con su nombre y su calma, era el mensajero portador de buenas nuevas, de buenos augurios. ¿Cómo tener miedo de un ser tan lleno de bondad?

Carla le tendió ambas manos a Scott y se pusieron de pie. Ahora ya no hacía falta apresurarse: tenían todo el tiempo del mundo. Carla sonrió: por primera vez se sentía segura de sí misma, por primera vez no necesitaba del aplauso o la aprobación de los demás para saber cuál era su lugar, quién era ella. Para afirmarse a sí misma.

–¡Es la última advertencia…! –voceó el teniente, lejos, a sus espaldas.

Entre sí, los policías empezaron a murmurar al comprender lo que estaba pasando.

–¡Están locos! ¡Los dos!

–Jefe, ¿hay alguna posibilidad de que nos estemos confundiendo de tipo?

El teniente, tan confuso como sus hombres, pero sin opción a demostrarlo, se comunicó inmediatamente con Kaminski:

–Señor, están pasando cosas muy raras aquí. Estos dos parecen estar de acuerdo. No creo que el tipo la haya hipnotizado. Parece que ella está siguiéndole por propia voluntad.

Kaminski miraba fijamente el suelo de su despacho. Quería ver una sima abrirse allí mismo, a sus pies.

Por la otra línea, le habían confirmado que un patrullero había abatido a tiros al “asesino de las escamas” cuando estaba a punto de matar a una universitaria.

–Retírense de inmediato. La operación ha terminado.

–Entendido, señor.

El teniente dio la orden de retirada. Aquellas cosas pasaban. Errare humanum est, como decían los romanos, y si un ser humano está dispuesto a impartir justicia, o al menos a intentarlo, debe enfrentarse al hecho de que puede equivocarse. Pero esto no tenía tanta importancia como el mantenerse fiel a unos principios y rectificar con el corazón lleno de humildad.

Además, al fin y al cabo, habían cumplido su misión.

Aquella noche, Kaminski rezó tres padrenuestros y tres avemarías, tal como le había enseñado su abuela polaca. Los caminos del Señor son inescrutables, fue lo último que pensó antes de quedarse dormido.

Pero, antes de que esto sucediera en casa del comisario Kaminski, algo más insólito y más extraordinario –sí, más extraordinario que el que un hombre reconozca su error, pida perdón por él y rece antes de acostarse– tuvo lugar en la playa. Sí, allí donde dejamos a Carla y a Scott.

–Se marchan –le dijo Carla a Scott.

–Se marchan. Coge los trastos y larguémonos –le dijo una cansada Rosalind Mendoza a su operador de imagen y sonido. Pensaba que todavía no eran más que las siete y media de la mañana, y que le quedaba toda una jornada de trabajo por delante. En días como aquel, deseaba ser un ama de casa. Pero luego, siempre se congratulaba de estar donde estaba: ser una estrella del periodismo y cobrar en proporción no es algo que se deba despreciar.

Además, aquel trabajo también tenía sus compensaciones. Porque ser periodista supone tener el privilegio de ver las cosas siempre antes que los demás; de disponer del tiempo y la libertad de prejuicios y opiniones ya formadas suficiente para explorar tranquilamente la realidad en sus diversas facetas. Rosalind conocía diariamente historias reales de gente que vivía, sufría, disfrutaba y hacía cosas. De gente que vivía la vida, en suma. Asistir a ese espectáculo divino era un manjar delicado y rarísimo que a pocos les era dado saborear y que menos aún sabían apreciar en su justo valor. Rosalind era de los elegidos. Y además, la pagaban por hacerlo. Sólo recordar esto servía para llenarla de energía en los días bajos.

Pero es que había más. Porque, en ocasiones, a un periodista, al primer testigo de los hechos desnudos, le es otorgada la gracia de ser testigo de cosas que jamás olvidará. Cosas que se le quedarán grabadas en la memoria del alma y moldearán su actitud ante el mundo cuando se cree que ésta ya no puede cambiar, igual que el agua blanda moldea la dura piedra.

Rosalind estaba a punto de vivir uno de esos momentos de gloria íntima. Lo estaba cuando Rod, su compañero, le palmeó el brazo y balbució:

–Ro… Ros… mira eso… míralo…

Rosalind Mendoza se dio la vuelta y fijó sus cansados ojos en el mar tranquilo. En la playa ya no había ni rastro de los dos jovencitos fugados. En realidad, no había ni rastro de nadie. Tan sólo la arena y el agua, eternos y eternamente vivos. El horizonte seguía siendo una línea que Dios había trazado con regla. Excepto por un detalle.

A lo lejos, dos enormes colas de pez, muy juntas, azules y resplandecientes bajo el sol, se alzaron por un instante y trazaron sendos arcos de gotas inmaculadas. Luego, se sumergieron en el océano para siempre.

FIN

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Talentos ocultos (IV)

  1. El asesino de las escamas plateadas

–¿Qué quieres ser en la vida?

–No lo sé. Quiero ser… he querido ser muchas cosas.

–Sí, a todos nos pasa, pero, si te fijas bien, verás que hay un hilo muy fino que une todas esas cosas, esos deseos, entre sí.

Carla se lo pensó un poco, pero no le hizo falta mucho tiempo.

–¡Es verdad! Hay un hilo…

–Y bien, ¿qué te dice?

–Pues… Quiero caerle bien a la gente. Que me quieran.

–Sigue.

–Y quiero… quiero ser útil para los demás. Quiero poder ayudarles sin que me lo pidan. Saber cuándo me necesitan.

–¿Y qué más?

–Quiero que ellos me hagan felices, también. Que reconozcan quién soy y cómo soy. Que me acepten a pesar de que no nos guste hacer las mismas cosas. Mmmm… También me gustaría llevarme bien con todo el mundo. Incluso…

No acabó la frase, y Scott no le pidió que lo hiciera.

–Tienes unos pensamientos muy positivos, Carla. Siempre supe que eras así.

–¿Así cómo?

–Pues como un ángel. Exactamente igual. No sé si eres mejor o peor que los demás, sólo sé que eres rara… en el buen sentido. Eres rara porque eres poco común. No te pareces a nadie que haya conocido antes.

–Pues sí me parezco a alguien. Me parezco a ti.

–No es verdad…

–Sí lo es, y no te pongas rojo. ¡Sí lo es! A los dos nos gustan las mismas cosas… nos gusta estar a solas y que nadie nos moleste… no tener que hablar con nadie que esté más interesado en lo que va a decir luego que en lo que nosotros le estamos diciendo… apreciar lo que estamos haciendo a cada momento y que los demás nos aprecien por cómo somos. Que no nos exijan ser como ellos quieren que seamos.

–Pero a eso es a lo que aspira todo el mundo.

–Ya. La diferencia es que nosotros nos hemos atrevido a luchar por ello. Claro que…

–¿Qué?

–Ahora no podríamos estar luchando por ello a menos que alguien me hubiera abierto la puerta.

–¿La puerta del destino?

–No, la puerta de mi cuarto.

–¡Ah! Sí, también en eso nos parecemos: somos demasiado sencillos para que nos gusten las mismas tonterías rebuscadas que al resto de la gente.

Los dos se echaron a reír. Luego, Carla volvió a ponerse seria, y dijo:

–No, en serio. Cuánto me gustaría saber… quién fue. ¿Sabes? Estoy convencida de que fue mi ángel de la guarda. Me escuchó y bajó por la noche para dejarme salir. No porque yo sea mejor que cualquiera y me lo merezca más, sino porque, al tener la puerta cerrada, perdía la oportunidad de equivocarme, y eso es algo que a nadie se le puede negar, ¿no crees? Podía haber preferido quedarme en mi cuarto, hacer lo que mi padre me había ordenado, es decir, irme formalita al internado. Pero, en lugar de eso, preferí salir de allí. Y ahora estoy aquí contigo. Por cierto, ¿tienes alguna idea de qué vamos a hacer ahora?

–Yo había pensado en un buen desayuno en cuanto acabe de hacerse de día. No aquí, claro.

Es que estaban sentados en un banco de un parque cuyo nombre no sabían. El nuevo día ya empezaba a despuntar. A lo lejos, o tal vez no tan a lo lejos, se oía el tubo de escape de un coche que petardeaba. Según pasaran los minutos, los ruidos del tráfico se irían multiplicando y amontonando unos encima de otros, hasta formar el hilo musical de la gran ciudad, que algunos encuentran insufrible, y otros, indispensable. Así es la vida.

Y allí estaban ellos, Carla y Scott, mirando el suelo alfombrado de hojas secas, preguntándose por su destino inmediato, pero sin ansiedad, sabiendo que sólo ellos escribirían sus renglones, con la tinta que eligieran.

–¿Y no nos reconocerán?

–Descuida. Donde yo estoy pensando, no hay patrullas de policía ni familias adoptivas. Confía en mí.

Scott le palmeó la mano, y Carla apoyó la cabeza en su hombro. ¿Cómo no iba a confiar en él? Era su reflejo, su otra mitad.

Se parecían en todo: ambos habían sido adoptados para promover las carreras de sus respectivos padres; a ambos se les había considerado estúpidos y faltos de talento; ambos habían sobresalido –a su pesar– por sus “excentricidades”, y a ambos los había amenazado un futuro igual de opresor y tiránico: a la una, el ingreso forzoso en un internado; al otro, un destierro de cuatro años en una facultad de Empresariales de Francfort.

Ahora que se habían convertido en un estorbo para sus padres, ahora que habían sacado de ellos todo el provecho posible, los tiraban a un rincón. Como muñecos rotos.

Además, tenían una buena excusa: ellos dos estaban “desequilibrados”. Enajenados. Una había intentado comerse medio acuario; el otro soñaba con bailar la samba con un pulpo. ¿Habíase visto prueba más ostensible de locura total? Demasiado grunge, demasiada televisión digital vía satélite, demasiada MTV, demasiados videojuegos… Eso dirían sus padres, a pesar de que ninguno de ellos dos había sido especialmente dado al consumo de ninguno de los productos anteriores.

Sin embargo, algo estaba decididamente mal en ellos dos, habían decidido los demás.

Algo fallaba.

O eso, o algo era decididamente diferente en ellos dos.

Demasiado diferente para que el mundo lo pudiera asimilar. Así que los eructaba.

De repente, los rayos del sol se hicieron más consistentes y se derramaron sobre ellos, como si fueran miel recién sacada del panal. Carla se desperezó, y Scott se puso en pie.

–Vamos. Tenemos que ponernos en marcha.

–¿Adónde vamos?

–A la playa.

* * *

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Talentos ocultos (III)

¡El dolor!

Muchas veces la había visitado antes. Había empezado hacía poco tiempo, apenas unos meses… justo cuando acabó el verano. Un dolor intenso que empezaba en los dedos de los pies y se abría paso tortuosamente por todo su cuerpo, hacia arriba, hacia abajo, un hormigueo de puntas afiladas de acero, un ciempiés maligno carcomiéndole las terminaciones nerviosas. Sus piernas… sus piernas parecían arder. Intentaba calmarlas mediante masajes, pero el dolor nacía de muy adentro… desde el centro de los músculos y los huesos. No podían ser crecederas, pues ya no estaba en edad.

–Un tumor –se diagnosticó a sí misma una de aquellas noches de insomnio provocado por el dolor.

Empezó a darle vueltas y más vueltas, y se familiarizó con la idea de tal forma, que de alguna manera había aceptado la idea de que no iba a durar mucho. A veces, eran sólo las piernas lo que le dolía; otras veces, el dolor se extendía por su columna vertebral, como si el cuerpo quisiera partírsele en pedazos espontáneamente. Y le retumbaban los oídos y la cabeza.

Se sentía a punto de estallar.

Había habido un período de tregua. Entonces, Carla había estado más tranquila y había llegado a olvidarse de sus miedos. La noche en que conoció a Scott fue la mejor de todas: gracias a él, se sintió llena de fuerza otra vez.

Y ahora que iba a ser desterrada de su propia casa, por su propia familia…

Los ojos se le llenaron de lágrimas. ¿Qué podía hacer?

Se levantó y accionó el picaporte una, dos veces, sabiendo que sería inútil. Había oído cómo Pedro la encerraba, siguiendo exquisitamente las órdenes de su padre. ¿Qué clase de padre era aquel que buscaba el momento adecuado para desembarazarse de sus hijos cuando éstos tenían problemas?

Y ella no se había metido el alga en la boca porque tuviera hambre, aunque así se lo había hecho creer a aquel inepto comecocos que le habían contratado. Lo había hecho porque… porque… porque sentía que era lo que había que hacer. Parte de su destino, como si dijéramos. Es decir, en aquel momento, no tragarse el alga le pareció imposible. Además, Scott la animó a hacerlo. Es decir, ella dijo:

–¡Menuda pinta tiene esa alga! ¿Me la puedo comer?

–¡Pues claro! Para eso está. Se muere de asco ahí, la pobre, en medio de peces aburridos. ¡Cómetela! Así, a secas, está rica. Aunque yo suelo echarle un poco de sal, ya sabes, para alegrar. Si no, tiene un regusto a cloro… pero puede pasar.

Y ya está. Cosa más natural no había en el mundo. Comer algas era igual de natural para ella como comer manzanas recién cogidas del árbol lo era para la gente que tiene manzanos en su jardín. Lo antinatural era comer pedazos de carne quemados, o cadáveres de peces pasados por una parrilla. Lo antinatural era darle vueltas y vueltas a los despojos cárnicos de un cerdo hasta que se pusieran marrones, y luego comerlos enjugados con su propia sangre. ¡Puaghhh!

Así que ¿desde cuándo hacer lo natural era indicador de locura? Carla quiso gritarle a aquel psiquiatra que debería ser él el que se tumbara en el diván, pues ella le haría el diagnóstico en un santiamén. Sólo hacía falta verlo: un fanático más de aquella competición absurda entre las personas, una carrera sin fin para ver quién era el corredor más rápido, el más esforzado, el que más estaba dispuesto a sacrificar para ganar una medalla. Era tan absurda aquella competición, que ganaba el que más se dejaba por el camino: más salud, más amor, más amistad. El premio era más dinero.

¿Qué clase de persona cuerda se prestaría a aquel juego?, se preguntaba Carla.

Sin embargo, su padre no le pagaba a aquel hombre para oír eso. Carla sabía lo que el hombre quería oír, y sabía que no la dejaría en paz hasta que no lo oyera de sus labios, de modo que se lo dijo con toda la tranquilidad del mundo. Mintió. Y por eso, su padre la enviaba al internado. Era lo que llevaba deseando hacer desde hacía años: mandarla al internado, a un manicomio, a un reformatorio o a cualquier lugar donde la tuviera fuera de su vista.

–Scott… ¿dónde estarás ahora? –gimió para sí misma– Sólo tú me comprendes.

* * *

El reloj del vestíbulo dio las tres, y fue como la cuenta atrás de un hipnotizador, porque Carla se despertó al instante.

Miró alrededor, buscando a la persona que le había dado el beso en la frente.

Porque Dios podía existir o no, el día siguiente podía traer una borrasca o un día digno de verano, la Tierra podía ser redonda o plana, pero una cosa era cierta: alguien le acababa de dar un beso en la frente.

Sin embargo, allí no había nadie: seguía estando sola en su cuarto, conservando, medio deshecha, la misma postura del loto que había adoptado al entrar.

Pero, si tan sola estaba, ¿cómo es que se había despertado así, de repente, cuando ella siempre dormía de un tirón? Además, siendo como era de las que podía quedarse dormida en el palo de un gallinero, ¿cómo no podría conciliar un sueño profundo sentada en un suelo enmoquetado? Ni siquiera hacía frío o calor en el cuarto. Las condiciones ambientales eran perfectas.

Sólo cabía una respuesta: que alguien la había conminado a despertarse. Y eso había hecho ella. Obediente hasta en el sueño.

Se levantó y se desperezó. Ahora estaba completamente despabilada. Sentía que la cabeza le funcionaba a cien por hora. Era la persona más lúcida sobre la faz de la tierra.

Su mente podía abarcar cualquier cosa; todos los saberes de la humanidad podían caer sobre la delicada malla de neuronas que tenía en el quinto piso, que ninguno de ellos se escaparía. Podía aspirar a saber todo lo que quisiera. Lo que ocurría era que no le interesaba saber la mitad de las cosas que había allí fuera.

Lo único que sabía con seguridad era que acababan de dar las tres de la madrugada y que esa puerta estaba abierta. Sólo hacía falta accionar el picaporte. Ahora, no después.

Después podía ser demasiado tarde.

Lo sabía porque se lo había murmurado el ángel que la había despertado con un beso protector.

Las cosas suelen suceder con naturalidad; es la gente la que se empeña en buscar explicaciones complicadas a un mundo sencillo. Por eso, Carla avanzó hasta la puerta y accionó el manillar. La puerta se abrió. No podía ser de otro modo.

Calzada sólo con zapatillas de deporte, vestida con un chándal, parecía una estudiante becada que acabara de saltarse las lecciones. O una colgada más de tantas que había en aquella ciudad y en todas las del mundo. O, simplemente, una chica normal. Ésa era su meta: empezar pareciendo una chica normal y respetada, y acabar siéndolo.

Salió de aquella habitación y de la casa. Para siempre. Sin hacer ruido.

Desde una ventana, alguien, el otro único habitante de aquella galaxia desierta y silenciosa, siguió sus pasos hasta que se perdieron en la oscuridad, y murmuró una oración por ella.

* * *

7. ¡Malditos periodistas! ¡Malditos polizontes!

Nadie sabía cómo lo hacía, pero Rosalind Mendoza era siempre la primera en enterarse de todo. Por eso, fue ella la autora de la llamada telefónica que arrancó a Charles Huntington–Whaley de sus sueños, los de grandeza y los otros.

–Buenas noches, Charles… Supongo que estaréis conmocionados… ¿Cómo ha sido? –preguntó Rosalind, metiéndose a saco en materia aprovechando que su adversario estaba atontado. Ella sabía perfectamente que aquella era la primera noticia del hecho para Huntington–Whaley.

–¿Cómo ha sido el qué? ¿Quién llama? ¿Eres tú, Rosalind? –Podía identificarla por la rapidez con la que hablaba. Igual que una ametralladora.

Así economizaba tiempo y llegaba antes a la noticia, que era su razón de ser.

–¡Charles! No me digas que… ¡Vaya, no sabes cuánto lo siento!

El hombre supo leer cada una de las notas de alarma y morbo que había en la voz de la periodista, y esto le bastó para ponerse en guardia.

–Rosalind, dime ahora mismo de qué estás hablando, o…

–Lo de tu hija, Charles. Ha desaparecido.

–¿Qué?

–No está en su habitación. Un testigo afirma haberse cruzado con ella en las inmediaciones de la boca del metro más cercana a tu casa. Su pista se pierde más allá de las tres y media de la madrugada.

–¡Por Dios bendito! ¡Pero si son apenas las cuatro!

–Ya lo sé, Charles. Creo que deberías hacer algo al respecto. Me refiero a lo de tu hija, por supuesto.

Rebecca Huntington–Whaley ya se había despertado, y acababa de encender todas las luces de la habitación. Como mujer que era, no tardó en adivinar qué conversación estaba sosteniendo su marido, lo cual le indujo un estado de ansiedad e histeria que tuvo que calmar de la única forma que conocía: corriendo hasta el cuarto de baño y tomándose una ración doble de tranquilizantes. Salud.

La mansión se convirtió en cuestión de segundos en un centro de operaciones cuasi–castrense, en el que el señor Huntington–Whaley era el comandante en jefe, y el resto de la gente, sus soldados: la disciplina militar rasaba a su mujer con el último de los criados. Daba igual quién se hubiera sido en la vida real, civil: aquello era una operación de emergencia. Se trataba de salvar del hundimiento al buque llamado “Prestigio de Charles Huntington–Whaley”, para lo cual el capitán, haciendo honor a su apellido, tenía que dar caza a la ladrona que había robado su honra y se había dado a la fuga con ella. Aunque, en su fuero interno, el hombre sabía muy bien que se estaba enfrentando a molinos de viento. Si Rosalind Mendoza conocía la historia, significaba que nada podía hacerse ya. El primer noticiario de “News Galaxy”, la cadena de noticias para la que ella trabajaba como periodista estrella, se emitiría a las seis en punto, y Huntington–Whaley podía apostar a que aquella mujer había movilizado ya a media redacción.

Por otro lado, los propietarios de la cadena de noticias eran también accionistas mayoritarios del periódico “The Morning Echo”, que se surtía del mismo material que la emisora. Eso se traducía en al menos cien periodistas de dos medios trabajando a destajo bajo la supervisión de Mendoza. No era de extrañar que fuera la periodista mejor pagada de la ciudad, pues era la que más exclusivas cazaba para su medio de comunicación.

En la mesa de Huntington–Whaley había seis teléfonos, entre convencionales, inalámbricos y celulares, y todos estaban siendo utilizados desde uno u otro lado de la línea. El propio interesado sostenía un supletorio en cada mano, e intentaba llevar dos conversaciones al mismo tiempo sin tener que partir su cerebro en dos en el proceso.

Eso es difícil de hacer cuando tienes al jefe del cuerpo de policías de la ciudad en la oreja izquierda y al mayordomo de David P. Marsalis, supuestamente tu mejor amigo y confidente, en la derecha, y cuando estás intentando sacar a relucir tus dotes de convicción para adherir a tu causa –aunque no necesariamente la misma en ambos casos– a tus dos interlocutores. (Estudios recientes corroboran lo que todos sospechamos: que la multitarea mata neuronas y reduce la inteligencia.)

En este caso, Huntington–Whaley intentaba persuadir al jefe de los polis de que tratase el caso de Carla como desaparición, a pesar de que no habían transcurrido las 24 horas requeridas por la ley para considerarlo así.

El jefe de policía, Les Kaminski, estaba malhumorado, y no se lo ocultaba a aquel, en su opinión, “politicastro lameculos de Washington”. En opinión de los habitantes del resto del estado, los políticos naturales de la ciudad que lo venden todo con tal de llegar al distrito federal son gentuza, demagogos con un ojo en el talonario y el otro en la Casa Blanca, cazadores de altos vuelos que persiguen la pieza mayor pero van disparando a matar contra cuantas se cruzan en su camino. La gente de provincias desconfía de los arribistas en general, y de los arribistas metidos en política, en particular, y disfruta cuando la vida paga a éstos con el mismo estipendio con que ellos han pagado a los demás, o, dicho de otra forma, cuando son ellos los que reciben en el culo el perdigonazo de otro cazador. Kaminski estaba gozando de aquel momento. Cuántas veces, cuando Huntington tenía un apellido no compuesto y no era más que el secretario del concejal de Finanzas del consistorio, se le había negado al cuerpo de policía el pago de las subvenciones que por justicia le correspondían, aduciendo problemas burocráticos o menudencias de trámite que en realidad no eran tales. Lo dicho: el tipo era un rastrero y un trepa. Pero se podía ser trepa sin ser torpe, y éste no era precisamente de los más iluminados. Ahora estaba pagando cara su torpeza.

–¿Es que no lo entiende? ¡Es mi hija la que está en peligro! ¡Quién sabe lo que puede haberle pasado… en sólo dos horas!

–Vamos, señor. A estas horas, hasta los malhechores están durmiendo la mona. No creo que a su encantadora hija le haya sucedido nada malo. Además, usted ya sabe cómo es la ley. Se exige que pasen 24 horas. Antes de eso, no podemos hacer nada… nada más que indicar a los patrulleros que, si ven una chica de metro sesenta y cinco… ¿o era setenta…? vestida con chándal… ¿de qué color me dijo que era?

–Ya le he dicho que no lo recuerdo.

–Bien, si ven a una chica de altura indeterminada, vestida con un chándal de cualquier color… que le llamen la atención y le digan que vuelva a casa cuanto antes, por favor. ¿He entendido bien?

–Comisario… ¡váyase a tomar por el culo!

–Siempre a sus órdenes, señor –dijo Kaminski con toda la pachorra del mundo, y colgó el teléfono antes de darle a aquel estreñido con ínfulas de superioridad el gustazo de ser el primero.

Luego, se levantó y se vistió rápidamente. En menos de diez minutos, estaba en su despacho de la comisaría, cursando la orden de búsqueda a todas las unidades.

Kaminski ya conocía a Carla personalmente, y no sólo le había causado una inmejorable opinión, sino que ésta se había visto reforzada por comparación con su esperpéntica familia. Carla le había parecido una muchacha sensible, razonablemente desconfiada pero sin que esa desconfianza hubiera minado su interés hacia el mundo. La muchacha no se había limpiado la mano después de estrechársela, a pesar de que él sabía que su higiene personal dejaba algo que desear y que su sencillo traje de alpaca comprado en las rebajas de los grandes almacenes desentonaba en medio del desfile de Guccis, Armanis y Diors, que hacían que aquello, más que una recepción oficial, pareciera un escaparate de una boutique parisina. La hija de Huntington no sólo le había saludado, como tocaba, sino que además había iniciado una conversación con él. Se había interesado por su trabajo y le había dado la enhorabuena “por ser tan valiente”, según sus propias palabras. Kaminski se sorprendió al darse cuenta de lo bien informada que estaba la joven acerca de las últimas operaciones policiales. No estaban teniendo mucha suerte con el llamado “asesino de las escamas plateadas”, que había vuelto a escapárseles, pero estaban sobre la pista.

–Estoy segura de que no tardarán en cogerle –le había animado Carla. Luego, se había interesado por su salud, sugiriéndole muy delicadamente que tal vez no era buena idea mezclar café con cigarrillos. Claro, había visto su tez demacrada, sus ojeras. Era una buena chica, sí, él sabía reconocerlas a la legua. Aquella familia de culos estrechos no semerecía una hija como ella. Después supo que era adoptada, y no le extrañó. La compadeció un poco y se la imaginó encerrada en un mundo a medida, construido sobre cimientos de cientos de libros, de discos especiales, de secretos ocultos en rincones que sólo ella conocía y que hacían que la fría mansión–museo donde sobrevivía fuera menos inhóspita.

Claro que se preocuparía de buscar a aquella chica.

Sobre todo, sabiendo como sabía que “el asesino de las escamas plateadas”, que tenía fijación con los peces y que siempre dejaba un rastro de escamas encima de los cadáveres troceados de sus jóvenes víctimas, todavía andaba suelto.

–Pero si la encuentro antes que tú, Huntington… –dijo en voz alta. Tenía delante un ejemplar de la primera edición de “The Morning Echo”. Una foto de archivo del protagonista del día, circunspecto y convenientemente ojeroso, ocupaba un ángulo de la plana. –Si la encuentro antes que tú… me las pagarás todas juntas.

Eso era por el teléfono inalámbrico.

El señor Huntington–Whaley lo colgó doblemente enrabietado: por un lado, por no haber conseguido doblegar a aquel policía (“hacerle entrar en razón”, lo llamaba él), y por otro, por no haber sido más rápido al colgar, dejando que aquel “memo” le tomara la delantera.

Sí, estaba rojo de ira, pero pronto dejaría de estarlo por ese motivo y pasaría a estarlo de puro susto.

Por fin había conseguido “hacer entrar en razón” al mayordomo de los Marsalis y que éste accediera a despertar al señor, que tenía el sueño muy profundo y se malhumoraba si se lo interrumpían por tonterías. Huntington había logrado convencer al criado de que aquello no era ninguna “tontería”. Marsalis era el único de sus conocidos al que Huntington había decidido hacer partícipe de toda la historia, porque resultaba ser que el antiguo compañero de instituto tenía muy buenos contactos en la ciudad, tanto en el paraíso de la buena sociedad como en los infiernos de los bajos fondos. Además, Marsalis había sido testigo de la “debilidad” de Carla. Inútil ocultarle nada.

Ahora estaban charlando, tan amigable y serenamente como el estado de ánimo de Huntington se lo permitía.

–Todo esto tiene que ver con lo que pasó en la fiesta, Charles –sugirió Marsalis, que había pasado del fastidio a la animación; no en vano se tenía por un Sherlock Holmes frustrado por la vida moderna que no dejaba sitio para el misterio–. Te lo digo yo. A tu hija no la han secuestrado, ni corre peligro. Te apuesto lo que quieras a que mi hijo Scott está metido en este berenjenal. ¡A lo mejor se han fugado a Las Vegas para casarse! Entonces seríamos consuegros. ¿No te hace gracia? ¡Ja, ja, ja, ja! –Evidentemente, a Marsalis sí se la hacía, y mucha.

El tono rojo de las mejillas de Huntington subió un grado, así como su temperatura corporal.

–¡Ya basta! Pues no, no me hace ninguna gracia. Te agradecería que dejaras de decir gilipolleces y te pusieras a mover tus contactos.

–Charles, Charles… Eres un hombre de acción, pero no tienes ni pizca de imaginación. Espera un segundo…

Y Marsalis dejó el supletorio sobre la mesilla, sin prestar atención a los gritos de su camarada.

Al lado de Marsalis, su mujer empezaba a despertarse. Abrió los ojos a tiempo de ver cómo su marido, vestido en pijama y sin siquiera echarse la bata por los hombros, se escabullía del dormitorio.

–Estate quieta. Voy a ver una cosa.

Más que de ver, se trataba de corroborar una sospecha que tenía. Y la corroboró: su hijo Scott no estaba en su cuarto. La cama estaba deshecha. Tocó las sábanas: todavía guardaban restos de calor humano. Era evidente que había sido desocupada hacía relativamente poco. Lo que fuera que había sacado a Scott de la cama había tenido que surgir aquella misma noche. Y, para Marsalis, estaba claro que aquel “lo que fuera” llevaba nombre de mujer: Carla.

Se apoyó en la pared y lanzó un suspiro de alivio y de agradecimiento.

Scott, su “hijo difícil”, había dejado de ser un problema para él. Adiós a sus extrañas conductas. Adiós a sus caprichos alimenticios. Adiós –¡adiós, hasta nunca! ¡No volváis!– a los gastos y molestias ocasionados por una estancia indefinida en el extranjero. Y a Huntington–Whaley, que le dieran, pensó Marsalis con sádico placer.

Se sonrió. Había pasado años soñando con este momento: el momento en que la estatua que Charles Huntington–Whaley había erigido en su propio honor empezara a desplomarse. Marsalis siempre había sabido que la monumental mole “Charles Huntington–Whaley” era más aparato que sustancia, más apariencia que solidez. Sólo polvo solidificado, orgulloso de sí mismo, infatuado, apoltronado en un sillón giratorio de una oficina en un edificio de rascacielos, desde la cual oteaba la ciudad y se creía su rey sólo por estar encerrado en una jaula más alta.

Estúpido gilipollas.

Si su hija, o lo que fuera, se había largado rompiendo de paso su imagen, bien por ella.

Y si había tenido la gentileza de llevarse consigo a Scott en su huida, bienvenida fuera la huida. Total, él sólo era juez federal –“sólo”, como le recordaba la mirada de suficiencia de su “amigo” Huntington–Whaley, como le recordó el retintín que puso en la voz al felicitarlo (“Vaya, enhorabuena, David; ¡juez federal a los 49!, más vale tarde que nunca, je–je–je, ¿verdad?”)–, y su cargo era vitalicio. No tenía que preocuparse por su conducta, por su imagen pública. Tener unas aspiraciones modestas ofrecía sus compensaciones: uno podía permitirse la relajación de sus hábitos.

Lo único que ahora deseaba Marsalis con todas sus fuerzas era que Carla y Scott no aparecieran nunca más.

Aquel minuto de regocijo le proporcionó un aplomo que a Huntington–Whaley jamás le enseñarían dos mil asesores de imagen:

–Lo que te decía, Charles. Están juntos.

–¿Qué quieres decir?

–Mi hijo Scott no está en su habitación. Creo que se han fugado. Es un caso de amor pasional entre jovencitos. No creo que sea nada especialmente grave. Puestos en lo peor, nada que no se pueda solucionar con una estancia de fin de semana en un hospital privado.

–¡David! ¡No puedo creer que estés hablando así!

–Lo que yo no puedo creer, Charles, es que seas tan poco perspicaz. Es tu hija, por Dios santo. Deberías conocerla más. Ser capaz de predecir sus movimientos.

–Pues si tú eres un padre tan ejemplar, dime entonces dónde están esos dos mocosos.

–Ah, eso ya no lo sé… pero lo que sí sé es que harán exactamente lo que les dé la gana. Nosotros no les importamos ni un pimiento, Charles, reconozcámoslo. Son jóvenes y quieren vivir su vida. Y están en su derecho. Al fin y al cabo, nosotros ya hicimos nuestra elección cuando estuvimos en el momento. Ahora les toca a ellos. ¿Quiénes somos nosotros para imponerles un futuro?

–Ahora te las das de padre progre y permisivo, ¿no? Pues déjame decirte que no te va nada el papel. Lo que creo es que, con esa capa de pseudoprogresismo, estás intentando encubrir un fracaso vital absoluto, David. Has fracasado en tu vida pública y en la privada. ¡Juez federal! ¡Bah! ¡Como si no supiéramos que tu ambición era el Tribunal Supremo! Pero, con los cincuenta cumplidos y un ascenso… por llamarlo así… a estas alturas, David, seamos sinceros, no tienes ninguna posibilidad.

–Tu charla de manual para ejecutivos agresivos me aburre soberanamente, Charles. Comprendo perfectamente a tu pobre hija. Lo que me extraña es que toda tu familia no se haya fugado ya. Buenas noches, Charles.

–¡Escu…!

Tarde. Era la segunda vez en menos de media hora que dejaban a Charles Huntington–Whaley con la palabra en la boca.

¡Dong, dong, dong! El reloj del vestíbulo dio las cinco.

La edición de “The Morning Echo” estaba a punto de llegar a los kioscos.

En ese momento, su mujer entró, vestida con su salto de cama rosa de palo de Givenchy, llevando una pequeña tetera que escupía humo por todos los orificios y resquicios a la vista.

–Toma un poco de tila, querido…

Justo cuando la mujer había acabado de pronunciar la o de “querido”, irrumpió otro personaje en escena. Era el único que faltaba: Woodrow. Y no podía haber escogido un momento peor para hacerlo.

Su caro pijama azul discordaba claramente con su actitud, más propia de un imberbe en la noche de su primera cita que de una persona que acaba de despertarse de un sueño supuestamente profundo y reparador, con ronquidos incluidos en el lote. Pues bajó los escalones a saltitos, y por si eso fuera poco, silboteando una canción de moda:

–¿Qué pasa? ¿Una fiesta de madrugada? –preguntó.

–¡NOOOOOOOOOOOO!

Charles Huntington–Whaley se acodó en su escritorio y enterró la cabeza bajo sus manos sudorosas.

Acababa de darse cuenta de que su hijo era idiota.

Por primera vez, echó de menos a Carla, y supo, en un arranque de lucidez insólito en él, que la había perdido para siempre. Y, con ella, cualquier opción que le quedara de entrar en la Casa Blanca como su legítimo ocupante.

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