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Pequeñas tragedias

Una vez hablé por teléfono con Bagdad,

justo antes de que hicieran volar los postes de telecos.

Desde entonces, no conozco a nadie que viva en Irak,

ni tampoco en Somalia o Afganistán.

No conozco a ninguna niña que se prostituya en Bangkok,

ni tampoco a niños que se alimentan de un muladar en Katmandú.

Sólo conozco a un chico que recorrió diez veces diez mil kilómetros

porque buscaba como un poseso el último lugar donde había sido feliz

(no se acordaba).

Y a una chica que lo más cerca que estaba de la amistad

era cuando rompía a llorar por teléfono mientras pasaba la mopa por su casa vacía.

Y a un chico que se resignó a una vida triste y solitaria

porque pensaba que el amor era un grave pecado.

Y a una chica que enterró su soledad bajo nieve

porque pensaba que sus lágrimas a nadie le importaban.

Y a un chico que decidió ponerse enfermo

para que sus padres por fin se dieran cuenta de que existía.

Y a una chica que jamás dormía ni de noche ni de día

para poder hablar por un ordenador a gente para quien ella no era nada.

Y conozco y he conocido a un montón de gente equivocada,

de gente cuya vida era, de lejos, una comedia

y de cerca la mayor tragedia.

Gente cuyos nombres colecciono como cuentas de una pulsera

y que no olvidaré nunca.

Gente que va y que viene, dejándose poco a poco la piel a su paso

como los guijarros que el agua del río remueve.

Sus voces resuenan aún en mis oídos como el eco de aquellas palabras desde Bagdad.

Que, por cierto, pertenecían a un chico que sólo quería ayudar sin que el mundo conociera su nombre.

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Pueblo

En todo triángulo rectángulo un cateto es media proporcional entre la hipotenusa y su proyección sobre ella. La palabra hipotenusa proviene del término griego ὑποτείνουσα; una combinación de hipo, ‘debajo’ y teinein, ‘alargar’.  Otros autores sugieren que el significado original en griego fue debido a un objeto que soporta algo, o de la combinación de hipo, ‘debajo’ y tenuse, ‘lado’.

Los pueblos son así: todo el mundo se conoce pero nadie se conoce; es, por tanto, un falso conocimiento, y, lo más importante, una falsa sensación de conocimiento que se abre a nuestros pies como un foso poblado por cocodrilos antropófagos.

La vida en un pueblo es una trampa constante en la que estás expuesto a caer por partida doble, porque te arriesgas al exceso y te arriesgas al defecto. La mayoría de la gente pueblerina yerra por defecto, lo cual no es tan grande pecado, porque mal de muchos, consuelo de… muchos. Si muchos caen en la misma trampa y a la vez, es probable que una mayoría se salve porque la trampa no da abasto. Si fallas por exceso, en cambio, la trampa es toda para ti.

Los pueblos -y algunos más que otros, mucho más que otros- son así: si has tenido la mala, malísima suerte de caer en desgracia con tus congéneres de colegio, estás marcado para toda la vida. O hablemos, mejor, de las cosas como son: marcada. Porque no son congéneres, sino congéneras; contemporáneas, coetáneas, compañeras de colegio. Niñas, chicas. Malas, maliciosas, malignas. Unas auténticas puntos suspensivos. No son “cosas de crías”. Son hasta tal punto cosas de adultos, que te siguen marcando quince, veinte, treinta, cincuenta años después. Si no tienes “cuadrilla”, socialmente no existes.

Y si socialmente no existes, nadie te ve, salvo para fijarse en ti e intentar adivinar quién eres, de dónde vienes, de qué pie cojeas, si eres de los nuestros o no.

Para una persona que gusta del trato social moderado y de vivir una vida normal a todos los efectos, la única forma de pecar es pecar por exceso de frenada. O, lo que es lo mismo: acelerar mientras vas dándole al freno de mano e intentas llegar a la línea de meta sin llevarte a nadie por delante ni estamparte contra un árbol. Cosa harto difícil pero cuyo arte -el arte de hacer el suicida sin por ello suicidarse- se va perfeccionando con el tiempo.

Como ejemplo, contaré el siguiente cuadro costumbrista. El otro día, vi por la calle a una chica algunos años más joven que yo que, según había visto poco antes, acababa de ser madre. A esta chica la conocía no sólo “de vista” (forma de conocimiento universal en cualquier pueblo, como bien sabe todo el mundo de pueblo) sino porque, hace un millón de años, compartimos tiempo de ocio en una colonia de verano, donde fuimos amigas a tiempo parcial (léase un par de horas al día de lunes a viernes durante un mes). Ella no se acordaba de mí, yo de ella sí, perfectamente (maldiciones de una memoria obsesiva, a mi pesar). Tras vacilar unos segundos, resolví acercarme a ella para felicitarla; no en vano no se es madre todos los días, y qué demonios. Me recibió con cara de desconcierto, preguntándose a buen seguro “¿quién coño es esta tía y por qué sabe mi nombre?”, y le dije, “fuimos amigas de pequeñas”. Ella no se acordaba; yo, sí, perfectamente. Tras unos momentos de ortopédico diálogo lleno de las consabidas palabras que se pronuncian en estos casos, cada una continuó su camino.

Clásica conducta que casi nadie adopta en un pueblo donde se es conocido por no ser realmente conocido de una parte significativa de la población, porque lo que se espera de alguien que no conoce a nadie es no saludar a alguien a quien conoció hace un millón de años, mucho menos en un territorio tan olvidado como la infancia, del cual, al salir, se nos borra el sello de entrada y se nos conmina a no volver la vista atrás. Cosas como ésa no son lo normal, se ven como algo raro, como cosa estrafalaria. Nadie intenta entrar en lugares donde no ha estado cien millones de veces, nadie pisa terrenos desconocidos, nadie intenta ser amable con nadie nuevo. Porque eso no es algo que se haga, no es algo que se espera de nadie, no es algo normal.

Lo malo es que por hacer algo así, es uno el que acaba sintiéndose -otra vez- bicho raro.

La conclusión a la que forzosamente se llega es que uno es como es, pero también como le dejan ser. Alguien como yo que viviera en una gran ciudad sería, en mayor o menor medida, un poco diferente a como soy yo, que vivo en un pueblo. Porque -y detesto admitirlo, pero es así- las circunstancias tienen una enorme capacidad de decisión, que compite con la del individuo.

Del destino y de los planes de Dios hablaremos otro día, que no se gana en claridad mezclando argumentos de distinto tipo.

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La soledad es el pasajero que queda en el último autobús que ya vacío se va

mientras yo sigo esperando.

Ésa es la separación suprema.

Por la cual reverberaba, en un eco diabólico, la separación primera.

La soledad es sentir que todo tu mundo, que sólo acababa de empezar, se cae a pedazos a tu alrededor.

Y ver los escombros y oír los cascotes.

La soledad es una niña martirizada por sus iguales.

Muchos años después, resulta que el mundo no acabó entonces, pero sí la inocencia.

Y el dolor más agudo, el dolor de la separación, jamás llegó a mitigarse.

Ahora, la soledad es irme y sentir que nunca llega la hora en la que nos volveremos a reunir.

Es ver tu cara minuto tras minuto, ver la sonrisa que no está ahí ya más.

Es estar contigo y no sentirte cerca.

Pero

La soledad no es estar sola contigo, asomándonos juntos a la hora del lobo.

No es otra noche en vela, por mucho sufrimiento callado que pueda caber en ella.

No es la noche inhóspita, porque tenemos mantas, luz y alimento.

Tampoco el invierno que a todos nos espera, porque nos defenderemos hasta el final.

No es saber que lo que los demás han hecho y hacen no servirá para ti.

No es saber que, sí, también tú has nacido outsider y el mundo lo confirmará.

Porque tu camino ya está hollado y abierto, otros lo estamos surcando para ti.

Aunque el pasado retumbe en el presente, yo te protegeré de él.

Tu historia será diferente.

Nada temas.

Mi vacío sirvió para enseñarme a erigir puentes.

Para ti, todos para ti.

Las llamas quedan atrás, las naves esperan amarradas en el magnífico puerto.

Tú partirás hacia destinos que no soy capaz de imaginar.

Tus miedos son para mí, todos para mí.

Tú saltas, vuelas, pisando seguro sobre el aire solidificado.

Rodeado del aroma a lirios, a azahar, a ámbar y a jazmines.

La soledad no es estar solo, porque tú nunca lo estarás

ángel de carne y sangre hecho sueño,

más leve aún que el propio aire, naciste para volar.

Un puñado de letras forma tu nombre, llave que abre el cofre del tesoro,

la rosa cabalística, la flor de la alquimia divina.

Reinas sobre los escaques de oro y plata, y en un rincón, una figura diminuta que te observa:

mi personaje.

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Versos paralelos

Quienes rutinariamente hablan de los renglones torcidos de Dios siempre olvidan hablar de Sus renglones paralelos; o, más probablemente, ni siquiera son conscientes de su existencia. Cuando a mí me los descubrieron, me abrieron un mundo y cambiaron mi percepción de mi propia vida, si bien hoy prefiero llamarlos los versos libres de Dios.

Y si Dios escribe derecho con renglones torcidos, tan verdad es que hace poesía con esos versos libres. No sé si a los propios versos les gusta descubrirse de esa manera, sueltos, sin correlación, rima ni unión con sus compañeros; pienso que no y que necesitan mucho tiempo para aceptarse a sí mismos como libres, y aun para descubrir lo que son; pero Él es así.

Yo me acostumbré, ya digo, a verlo menos poéticamente como una historia de líneas paralelas. Una línea, bien gruesa y claramente dominante en el papel, representa a casi todo el mundo, y la raquítica y solitaria línea paralela representa a quien o quienes se queda(n) fuera de ese grupo. Va tomando cuerpo la metáfora, ¿verdad?

También se puede representar así (es que la soledad y la exclusión son campo fértil para la imaginería): “todo el mundo” es eso mismo, un planeta, y “el que no es del grupo” es el satélite (palabra que no por casualidad, y de forma además harto despectiva, ha adoptado el habla coloquial para designar cierto tipo de relación social no deseada): siempre girando alrededor del planeta o sol dominante, como queriendo cruzar su órbita con la de aquél, pero condenado a no conseguirlo jamás.

El satélite (voy a reivindicar y a resemantizar esa palabra, ¡pardiez!) gira alrededor del planeta, y en ocasiones lo ve tan cerca, que cree, iluso de él, que lo va a poder rozar, que finalmente se va a poder integrar en él y dejar de orbitar a solas en ese espacio tan oscuro y que, estando solo, resulta mortalmente frío.

Four moons over Saturn, de ridingwithrobots

Copyright de Ridingwithrobots en Flickr

Pero todos sabemos lo suficiente de astronomía, o, en su defecto, todos sabemos que nunca hasta ahora la Luna ha entrado en contacto directo con la Tierra.

Y, siguiendo con esta metáfora, siempre es el “verso libre”, el “suelto”, el “satélite”, el que mira a su referente, el poema aparentemente completo, cabal, poblado y autosuficiente; al planeta redondo, orondo y autosuficiente. Es la Luna la que nos parece tan sola y apartada, y la que creemos ver mirando fijamente y con anhelo a la Tierra. Nunca al revés.

Pues todos sabemos también que así en la Tierra como en el cielo, y que la vida de los hombres imita la Naturaleza…

Pero quiero subrayar una cosa: ser un verso suelto (o libre, aunque ese último estatus llega más tarde, muuuucho más tarde, una eternidad más tarde, según nos dice la percepción subjetiva de las cosas, y del tiempo que nos escatima acontecimientos propicios y el consabido viento en popa) no significa sólo estar solo, sino vivir una realidad paralela (y aquí si que me parece de molde e inmejorable el sistema explicativo de las líneas paralelas).

En el caso de una “línea paralela” humana, o sea, de una persona a la que se le ha vedado la entrada y la integración en el grupo social, amical, temporal y de referencia al que estaba destinado por naturaleza y al cual habría pertenecido en circunstancias o con congéneres normales, esa línea se ve obligada a vivir las etapas de la vida, y los sucesos correspondientes a ellas, a su manera y sin los referentes de las personas de su edad que la rodean y que deberían haber sido un sostén y un círculo de seguridad y de identificación para ella. La línea suelta, aún no verso, aún nada lírica ni armónica y, desde luego, nada libre, sino quizá tan sólo, y esto traído por los pelos, bastante original, se ve obligada a trazar ella misma su contexto, y a multiplicarse y ser ella misma su oración, su párrafo, sus signos de puntuación y acentuación, sus vírgulas y sus diéresis, sus sinónimos y sus antónimos, sus hallazgos y, a menudo, sus propios borrones y tachones, y a hacer ella misma sus rectificaciones, sin tener otras líneas en las que inspirarse, mirarse o con las que hacerse fuerte. No tiene nada de eso.

Unos se buscan otros grupos de referencia; muchos no pueden hacerlo, o corren la misma mala suerte de antes, porque ya se sabe que los entornos reducidos pueden generar corrientes de opinión altamente contagiosas (infecciosas, si se me permite), y ahí el solitario forzoso, o el ostracizado, sí que está perdido.

O se hace fuerte en su solitaria soledad, o está rematado.

Si consigue hacerse fuerte, construyendo su castillo a base de sacar todo lo que lleva dentro y de multiplicar los talentos que Dios tuvo a bien darle, y si consigue ingeniárselas para resistir mientras fuera se suceden inviernos y primaveras, y para aprender a hacer crecer su jardín en el patio interior (que nunca será tan grande como las praderas de fuera, ni el sol le dará tan plenamente ni sin recovecos ni aristas ni zonas que siempre quedarán a la sombra) cada año un poco más y mejor, ya tiene hecho lo más difícil.

Cuando mire atrás, se dará cuenta de lo paralela y alternativa que fue su historia: su adolescencia habrá sido adolescencia, pero nunca igual que la de los demás; habrá vivido todas las experiencias propias de cada edad, pero nunca habrán sido experiencias típicas, ni siquiera parecidas o comparables a las de los demás; siempre encontrará que ha habido en ellas una nota de excentricidad, de originalidad, incluso algo sorprendente o asombroso.

Habrá tenido amistades, incluso amigos, incluso algún amigo cercano al que habrá confiado secretos y habrá hecho cómplice de su paralelismo, no por no deseado menos importante en su vida; y todos esos amigos habrán sido forjados con gran esfuerzo, buscados y deseados, incluso anhelados, con el mismo empeño y casi con la obsesión con la que se anhelan las cosas que se tienen por inalcanzables. Eso no significa que tales logros hayan sido mejores que los de los demás, pero sí seguramente más sentidos, más intensos, más memorables, porque han costado más que los de los demás.

Por eso, al cabo de mucho, mucho tiempo, cuando todas las líneas hayan llegado a converger en un punto, o quizá cuando todas se hayan transformado en algo más y cada trazo haya encontrado su razón de ser (o no), cuando se haya revelado la naturaleza “libre” de aquel pequeño y extraño verso que, por alguna razón que ni él mismo sabe, quedó aparte y alejado de los demás, podrán comunicarse entre ellas, y cada una contará una historia que será quizá parecida a la de la otra, pero jamás se podrán superponer, ni podrán conformar un mismo cuadro. Ahora no; ya no. Quizá antes. Pero ya no; nunca.

Y al cabo de todo ese tiempo, seguramente el verso libre ya haya reivindicado su condición y tal vez haya superado los límites de la página en la que habitó durante tanto tiempo, o los del castillo en cuyos pasillos y salones solitarios tuvo que hacerse fuerte y aprender a ser feliz a su manera. Entonces habrá visto que hay un espacio infinito a su alrededor, y que estar solo es la forma primera y primordial para aprender a ser libre.

Sola y bien, gracias

Seguramente, su historia, su condición, no hayan sido perfectas, y sí preñadas de dolor; y resultará inútil e inverosímil fingir que, si hubiera podido elegir, habría elegido lo que no tuvo más remedio que aceptar, porque es lo que fue. No; seguramente habría elegido ser como los demás, ser un verso de rima consonante y métrica regular, quieto y armonioso en su fila, simétrico y casi idéntico a sus compañeros. Pero ahora ya no concibe la vida como otra cosa distinta a lo que es.

lamb

No temas, pues yo te he redimido; te he llamado por tu nombre; eres mío.

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