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Novelista

En realidad, yo lo que siempre quise es escribir novelas.

De pequeña, es cierto, me inventaba artículos periodísticos y los firmaba con distintos nombres de guerra; nombres que se me figuraban pertenecientes a personas intrépidas, reporteras. Escribí decenas y decenas de artículos. Es cierto.

Pero, antes de eso, cuando era más pequeña aún, escribía relatitos o amagos de relatos. Cualquier cosa que se me ocurría valía para darle a las teclas de la máquina de escribir. Ahí no había edición posible, como no fuera la de la tira de tipp-ex. Y, como mucho, se podía encalar una palabra, no más. O sea, que había que pensarse muy bien lo que se escribía. La otra opción era despilfarrar el papel. Pero formaba parte de la ilusión y del encanto de ser escritora.

Luego se me ocurrió apuntarme a un curso de escritura creativa o de aprender a escribir. Me lo creí todo y aquello me arruinó, como suele pasarles a los chicos y chicas cantantes que pasan por Operación Triunfo. Te tocan la naturalidad y eso es una sentencia de muerte, o casi.

Puedes resucitar, claro; pero no vuelves igual a como eras antes. Pasa como -dicen- a las personas que vuelven de la muerte: no son exactamente iguales a como eran antes. Porque has pasado por la crisis suprema y eso te cambia. Pero quizás, como a ellos, también te enriquece.

La cuestión, sin embargo, es que ya no he podido dedicarme a cultivar aquel sueño mío que, a fuerza de no pensarlo, rumiarlo ni reflexionarlo, formaba parte de mi identidad. A partir de aquel curso, mi escritura ya no era la mía; me la habían robado y la habían sustituido por otra. Me preocupaba demasiado del cómo, del cuándo, del dónde. Me obsesionaba por leer a otros -los buenos, según venían recogidos en el canon- y, a poder ser, parecerme a ellos.

Luego me dio por pensar que tal vez aquello no era lo mío y nunca lo fue. Y entonces, cuando abandoné, me relajé.

Poco a poco empezaron a fluir de nuevo cosas de mi pluma, del teclado. Seguía sin ser igual que antes; no había esa alegría, ahora había más recapacitación, más concentración, más racionalidad. La pluma había adquirido trazas de bisturí. Diseccionaba el lenguaje, las frases; analizaba cada palabra, cada punto; trataba de seguir las recomendaciones establecidas para escribir: hacer croquis, esquemas, hacer resúmenes, tener bien claro lo que vas a decir y cómo decirlo, tener bien claro el mensaje, aspirar a cambiar el mundo, aspirar a descubrir grandes verdades, aspirar a descubrir qué es lo que piensas y sientes acerca de ese tema sobre el que estás escribiendo; esforzarte en construir personajes creíbles; esforzarte en dotarlos de pasado, presente y futuro; esforzarte -con denuedo- en dotarlos de carne y hueso; tomar prestada de la vida real lo suficiente para dar realismo a tu escritura, pero no tanto que aquello se convierta en una crónica periodística, en una descripción de hechos reales o en -¡horror!- una autobiografía.

Luego las palabras se liberaron y comenzaron a formarse en poemas, en párrafos de una única línea, en frases yuxtapuestas o en frases truncadas. Sin aparente hilazón, aunque para mí estaba siempre bien clara. ¿Técnica del flujo de autoconciencia? Pues no sé. ¿Inspiración? Quizás. ¿Esfuerzo? Sí, todavía sí, ahí estaba siempre, el maldito esfuerzo consciente. A mayor esfuerzo, menor diversión. Y yo que pensaba que de eso se había tratado siempre… Pues no; se debía tratar de trabajo, de trascendencia, de profundidad. De semiología, de significado, de transformación. ¡De alquimia!

Luego vino el “blogueo del escritor”, un paso más adelante que el “bloqueo del escritor”. Una salida cómoda y fácil; un camino a medio idem entre el anonimato y la privacidad (el secreto y la vergüenza, el ninguneo y el rechazo) y la gloria de los ojos del mundo y la publicación, aunque sea a escala mínimal. Un compromiso con uno mismo tan sólo; una luz a medias, un sí es, no es. Satisfactorio, sí, pero quizás tanto o tan poco como una comida prefabricada y calentada en el microondas, como tomar café descafeinado. Caliente y vivo, ma non troppo.

Y los poemas. Que no son una elección, sino un modo de ver, más allá de la mirada que uno elija. Salen así y se los quiere sean como sean, como a los hijos. Los poemas son como lanzar un guijarro al agua y mirar la onda que crean. Como ver la luz de la puesta de sol reflejada en las aguas. Sentarse en el muelle y tocar la superficie del lago con la punta de los pies. Sentir que saltas, pero saberte a salvo, sentada sobre la madera. Saber que no te vas a hundir, pero sentir todavía el impulso de nadar hasta ganar la otra orilla. Verla desde lejos y saber que quizá ésta es tu patria, pero añorar aquella tierra que te prometieron hace tanto tiempo.

Yo siempre quise escribir la novela que lo dijera todo, la novela donde poner todo lo que anhelaba crear, los mundos, los personajes; las palabras suyas, que serían también las mías; sus verdades, también las mías; sus mentiras, también las mías, sólo algunas de ellas piadosas. Crear un mundo, un universo, el cosmos entero. Hermoso o feo, pero mío, de mi creación.

 

 

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