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Matarnos de hambre

Estamos, en apariencia, rodeados de gente triunfadora, famosa, hermosa y delgada sin esfuerzo. Y la sociedad nos invita educadamente a identificar comida con mal, con pecado. Así, “sucumbimos” a la “tentación” del chocolate, o hacemos dieta para “depurar los excesos” de la Navidad, por ejemplo. Estoy más que harta de ver, día sí, día también, en cualquier medio digital que leo a diario, artículos en los que se indica a la gente la necesidad de que se ponga a dieta, de que “coma sano”, de que adelgace. De que se ahorme al modelo de cuerpo único imperante hoy en día; de que sea aséptica, de que no tenga deseos de disfrutar de una comida por el simple hecho de que es un placer; de que vigile lo que come (como si la comida fuera un veneno).

Se nos anima o se nos insta constantemente a ponernos a dieta, a “perder esos odiosos kilos de más” (dando por sentado que esos “kilos de más” son dignos de odio y que en ningún caso esa persona puede querer conservarlos o serle indiferente tenerlos o no), pero cualquier persona que se quiera tomar la molestia de hacer la prueba empírica puede comprobar que hacer dieta con el único objeto de adelgazar o de mantenerse artificialmente delgados no sirve para nada. Bueno, sí: sirve para pasar hambre y privaciones, para perder oportunidades de disfrutar, y para sufrir y hacer sufrir a quienes están alrededor de uno. Por si esto fuera poco, sirve también para que la persona quede alienada con respecto a su cuerpo, para que lo vea como un enemigo, como algo que hay que encorsetar, manipular, manejar a su antojo, castigar y hasta odiar. Se impide crecer y desarrollarse al cuerpo como éste necesita hacerlo, y se lo odia por ser como es. Se posterga el amor y la gratitud al cuerpo, esa increíble máquina que nos mantiene vivos, esa máquina de curación y regeneración, de superación y de fortaleza, esa máquina de supervivencia, al momento en que el cuerpo sea como nosotros queremos que sea. Lo cual, muy probablemente, no sea lo mejor para nosotros.

Y lo más increíble y sensacional es que el cuerpo, cada cuerpo, tiene una horquilla de peso que es la que él naturalmente desea tener, en la que él se siente cómodo y realiza óptimamente todas sus funciones. Y, atención: es muy difícil que el cuerpo engorde más allá de esa horquilla. Sólo lo hace si la persona se pasa el día comiendo incluso sin hambre ni ganas. Esto quiere decir que vivimos inmersos en una mentira perversa y hasta asesina, porque en nombre de esa mentira hay gente que muere de inanición o llega a un punto de locura y de odio a sí misma que prefiere quitarse la vida antes que seguir habitando ese cuerpo maltratado. Pero el cuerpo es una máquina perfecta que, si se le deja funcionar tranquilamente y sin interferencias, se colocará en su peso ideal y además se mantendrá en él durante toda la vida.

Al hacernos conscientes de toda esa trampa en cuyo umbral peligrosamente vivimos, al renunciar a ocupar un espacio disminuido -no ocupamos, luego no somos visibles, luego no molestamos; sé delgado, sé bello, quédate ahí y calla, se nos dice- y al decidir activamente conquistar el espacio que cada uno de nosotros merece y para el cual ha nacido, estamos también ejerciendo una opción política: estamos dándole la espalda a toda esa industria -porque es lo que es- que quiere nuestro dinero y que, para conseguirlo, envenena nuestra mente con mensajes dirigidos a fomentar el odio a nosotros mismos y a nuestros semejantes y a que lleguemos a querer renunciar, en principio, a un poco -un poco de comida, un poco de espacio- y, al final, a todo: felicidad, salud, bienestar, cordura. Renunciar a querer encajar en esos cánones y a vivir en una dieta constante o en un sacrificio constante de tiempo en aras a “la salud física” -pasando un tiempo irrazonable en el gimnasio o haciendo carreras, por ejemplo, en lugar de haciendo cualquier cosa que en realidad deseemos hacer- supone militar en favor de un mundo en el que cabemos todos, en el que todos somos aceptables y aceptados, en el que la talla que vista cada uno no es más que eso, una talla que no significa nada, en la que la báscula no tiene lugar en el cuarto de baño, en el que el aspecto físico es sólo un atributo de la persona y en ningún modo la hace merecedora de aplauso o abucheo; en el que cada uno tiene algo que ofrecer al mundo, pero por lo que es y sabe o puede hacer, no por un físico que es sólo eso y que se va con el tiempo. Un  mundo en el que la belleza nace de dentro de la persona, y desde dentro se desborda y se refleja en su cuerpo, no  al revés.

Y al hacerlo, no sólo nos estaremos ayudando a nosotros mismos, liberándonos de este odioso mátrix, sino también a los demás. Si alguien llama ¡gorda! como insulto a una famosa presentadora que no lo está, lo primero que nos apresuramos a decir es que cómo se puede llamar gorda a fulanita, cuando está estupenda. Ya, pero ¿y si realmente estuviera gorda? ¿Entonces sí sería acreedora a ese insulto? ¿O lo inaceptable es que alguien use la palabra “gorda”, “gordo” para insultar? ¿Es aceptable que la gente se indigne por el presunto gasto en sanidad que produce la obesidad? ¿Es de recibo -y es acaso cierto, debemos preguntarnos ante todo, o quizá una mentira asquerosa y discriminatoria- tragarnos sin cuestionar y también propagar el mensaje, aparentemente bienintencionado, de que la gordura equivale a mala salud y de que uno debe estar delgado porque así estará más sano?

Si tenéis curiosidad por saber qué efectos produce el ayuno prolongado, incluso después de haber terminado, echadle un vistazo a este artículo o a otro cualquiera que hable del Experimento de Inanición de Minnesota. Veréis asimismo que el mejor régimen alimenticio para curarse de una anorexia no es otro que comer de todo, rompiendo así el círculo vicioso de los alimentos “buenos” y “malos”, y que pretender recuperarse “comiendo sano” (es decir, continuando el hábito de proscribir determinados alimentos como “malos”) y limitando la ingesta de calorías no es más que promover la ortorexia y sustituir un desorden alimentario por otro. Tened en cuenta que cualquier dieta o método milagroso que os proponga comer menos de esa cantidad -usualmente 1.000 calorías- en realidad os está proponiendo privar a vuestro cuerpo de la energía que necesita para mantenerse saludable y fuerte, y que 1.000 calorías se considera inanición.

Eso es, ni más ni menos: quieren matarnos de hambre, o, mejor dicho, quieren que nosotros mismos queramos matarnos de hambre y, encima, nos sintamos culpables por no haberlo hecho antes.

¿Es ése el mundo en el que queremos vivir?

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El deporte es malo para la salud

La organización de la Behobia – San Sebastián confirmó las malas noticias que saltaron pasadas las 11.30 horas de la mañana del domingo, cuando un corredor sufrió un desvanecimiento y una parada cardiorrespiratoria nada más concluir los 20 kilómetros de la prueba.

La fiesta popular de la Behobia-San Sebastián se tiñó de luto hace dos años con la muerte de una joven atleta navarra. Arantza Ezquerro Lecumberri, natural de Zizur Mayor y residente en París, de 30 años, se desvaneció a la altura del kilómetro 19, cerca del Palacio Kursaal de la capital guipuzcoana. A pesar de que el personal sanitario de la prueba le atendió con rapidez, no se pudo hacer nada por salvar su vida.

No era la primera vez que la Behobia San Sebastián se teñía de luto. De hecho, tres años antes el corredor vizcaíno César E.B. murió en la zona del Kursaal.

El anterior fallecimiento se produjo en la edición de 2002, cuando el joven de Ventas de Irun y jugador del Hondarribia Fútbol Elkartea de la categoría Prefente Asier Torrente murió a pocos metros de la meta a consecuencia de un paro cardíaco.

Dos años antes, en la carrera celebrada en 2000, la desgracia se cebó con la organización puesto que uno de sus voluntarios falleció también de un ataque al corazón, el joven Kintxo Urreisti, que estaba colaborando en la zona de meta.

(Fuente: El Diario Vasco).

El triatleta francés Laurent Vidal, quinto en los Juegos Olímpicos de Londres de 2012, murió de un paro cardíaco la pasada noche en su domicilio de Gigean, cerca de Montpellier (sur), un año después de sufrir una arritmia que le produjo un coma y le apartó de la competición. El periódico ‘Le Midi Libre’ explicó en su página web que los servicios de urgencia que acudieron a su casa del sur de Francia no pudieron hacer nada para reanimar a Laurent Vidal, que tenía 31 años.

En abril de 2014, durante un entrenamiento en una piscina de Sète, sufrió una arritmia cardíaca que le llevó al coma. Él mismo contó que ese día había estado haciendo dos horas y media de bicicleta y que después de la piscina tenía programada una sesión de carrera.

Fuente:  http://www.elconfidencial.com/deportes/atletismo/2015-11-10/fallece-laurent-vidal-londres-2012-triatlon_1091073/

Un  futbolista australiano de la Liga Essendon District murió este sábado tras sufrir un infarto durante un partido en un suburbio de Melbourne, informó ‘Herald Sun‘.

El capitán de reserva del Northern Saints, Mohamed Alí Jamil Allouche, de 21 años, marcó un gol e iba a celebrarlo cuando se desplomó en los brazos de un compañero.

Fuente: https://actualidad.rt.com/ultima_hora/176276-joven-futbolista-australiano-morir-infarto-gol

Cristian Gómez, futbolista de tan solo 27 años del Atlético Paraná, falleció el pasado domingo  tras caerse desplomado durante el partido que el conjunto argentino disputaba contra Boca Unidos. Según confirmó la Dirección del Hospital Escuela de Corrientes a Clarín, el jugador falleció tras haber sufrido una parada cardiorrespiratoria durante el choque de la Nacional B.

http://noticias.lainformacion.com/deporte/futbol/muere-un-futbolista-argentino-tras-desplomarse-durante-un-partido_2MFC7kvQRF5ZxIOKNSZCk/

Cientos de miles de individuos de ambos sexos y de todas las edades corren decididos en pos de un accidente cardiovascular o, cuando menos, de un empeoramiento significativo y prematuro de su estado físico y de salud general.

Corren disputándose el liderazgo, corren sin saber que su destino real es ése.

Ellos lo ignoran todo. Van en pos de otra cosa: de la mejor foto de Instagram, de la mayor cantidad de “megusta”s de Facebook, de las flores virtuales y reales, de sentirse superiores a los demás, aunque sólo sea por un día. Quieren reivindicarse, demostrarse a sí mismos que también ellos pueden dejar su huella en el mundo.

O quizá es otra cosa. Tal vez a ellos les han imbuido la idea de que ese exceso es sano. Cuanto más sudes, mejor; cuanto más te duela, mejor; cuanto más te falte la respiración, mejor. Hay que darle caña al cuerpo; si no, no estás mejorando, no te estás currando la salud y la perfecta integridad psicosomática. ¿Quieres llegar fibroso, sano y joven a los 60, 80 años? ¿Quieres llegar a los 100 años, llegar a secas, como sea? Pues deslómate, déjate la piel (literalmente), déjate el alma (también literalmente, aunque tú no lo sepas), sé un hombre (o mujer) de verdad.

Demuéstrales que tú puedes, que contamos contigo pero que participar no es lo que cuenta. Lo que cuenta es ganar. Ganar a lo que sea -llegar primero de todos, llegar primero de tu grupo de amigos, llegar en menos tiempo de lo que llegaste el año pasado, sacar la mejor foto, terminar sin comer, sin beber, sin respirar, terminar sin aire, terminar…- pero ganar. La cuestión es ser, también tú, un número uno.

Y quien dice correr dice jugar a cualquier otro deporte.

Fijémonos en que el verbo es jugar. Algo lúdico. Pero, hoy en día, hasta en sus categorías más ínfimas, en las que se supone que nadie gana realmente nada que no sea la honrilla, la gente salta al terreno de juego como si saltara a un campo de batalla.

En muchas ocasiones, el daño ya está hecho. Personas jóvenes llevan acumulado tanto machaqueo a sus pobres cuerpos y corazones, que mueren en un segundo.

Se habla mucho más del cáncer, pero el infarto es el enemigo que nunca da señales de aviso, es la muerte silenciosa y súbita. Ante él no hay tratamiento posible, y -no nos engañemos- tampoco hay prevención posible a base de dietas ni estilo de vida saludable. Bueno, sí hay una prevención: practicar deporte con cabeza.

Porque el deporte, dicho sea de una vez, es malísimo para la salud. El deporte practicado como disputa, como ejercicio para el afán de superación -eso que nos han inculcado que es buenísimo- sólo puede ser malo. Porque cada uno es como es, con sus limitaciones, ya sean innatas o adquiridas por la edad, que nos va erosionando en todas nuestras capacidades naturales y nos va -nos debería- ir puliendo en todas aquellas que son y pueden ser aprendidas; nadie debería dejarse convencer para competir contra los demás, no digamos ya contra sí mismo. Es una aberración y es, además, un sinsentido sin lógica alguna. ¿Cómo va nadie a superarse a sí mismo? Es imposible y una falacia. Pero, lamentablemente, alrededor de esos estúpidos axiomas absurdos está montada una industria que crece. Una industria que vende productos alimenticios, suplementos dietéticos, ropa deportiva y accesorios cada vez más sofisticados y caros, dorsales, derechos de participación, cuotas de federación, viajes a lugares donde se disputan pruebas, etc.

¡Abramos los ojos! Personas jóvenes están cayendo como moscas. Y lo peor es que lo estamos asumiendo como si fuera algo natural, un peaje que hay que pagar. Gajes del oficio, vaya.

El deporte sólo es bueno cuando, como todo lo demás, se practica desde el respeto hacia uno mismo. Caminar, nadar, jugar al fútbol o a cualquier otra disciplina, deportes en solitario o en equipo, sí, pero escuchando al cuerpo y con la intención de pasarlo bien y de disfrutar del propio cuerpo, de la actividad, de sentirse en movimiento, de habitar un cuerpo, de estirar los músculos, de mover el corazón a la par que las piernas. Fuera de ahí, todo lo que implique extralimitarse es un abuso a uno mismo, es un maltrato a uno mismo y es un boleto para una lotería macabra.

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Rueda

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En efecto, siendo el símbolo de la rueda la expresión del movimiento y la multiplicidad, también lo es de la inmovilidad original y de la síntesis. Es, asimismo, la expresión simbólica de la expansión y la concentración. De la energía centrífuga, que parte del centro a la periferia, y de la energía centrípeta, que retorna a su centro, eje o fuente. Para volver a extenderse una vez más, siguiendo una ley universal a la que obedecen las mareas de los mares (flujo y reflujo) y la tierra (condensación, dilatación).

El simbolismo de la rueda – Federico González

“Mi pasión es escribir”; “Viajar es mi vida; si no pudiera viajar, me moriría”; “Estar con mis amigos es lo más importante para mí”; “La naturaleza y mis animales son lo que dan sentido a mi vida”…

Todos hemos oído frases parecidas a ésas. Y todos las hemos dicho alguna vez, siendo sinceros, o creyendo estar siendo sinceros.

Pues

No.

La pasión de la vida de cualquiera no es ninguna de esas cosas ni otras cualesquiera que se nos puedan ocurrir. La pasión de la vida de uno, lo que le da sentido, lo más importante, es estar vivo.

No me refiero a estar respirando y con el cuerpo desempeñando sus funciones orgánicas de una forma tal que nos permita seguir sobreviviendo un momento después de otro. Me refiero a estar vivo, es decir, a gozar de buena salud.

Basta algo tan prosaico como una gastroenteritis aguda que te deja planchado, te hace morder el polvo y te postra en cama durante días -salvo los momentos en que no tienes más remedio que hacer acopio de las pocas fuerzas que te quedan y arrastrarte afuera de ella para cumplir con responsabilidades y obligaciones que sólo tú en ese momento puedes cumplir- para hacer que te des cuenta de las memeces que dices y piensas algunas veces. Como que, por ejemplo, tu pasión en la vida sea otra cosa que estar sano.

Un virus es suficiente para bajarte los humos y recordarte que eres una figurita de barro, y que de Dios sólo tienes la imagen y semejanza, y también la ayuda, pero no el poder.

Basta un pequeño trastorno como ése, una inflamación de las mucosas del estómago y de los intestinos para que tu vida entera se convierta en una emergencia: camina o revienta (y lo que el cuerpo te pide es reventar, reventar de una vez y que se acabe este malestar, esta inutilidad, esta impotencia, esta náusea, este dolor y todas esas obligaciones que te esperan al otro lado de la puerta, incluso a este lado de la puerta). Y tienes que seguir caminando. Al cuerno con todas tus grandes pasiones, con tus elevados ideales, con tus ambiciones, con tus sueños, con tus legítimas aspiraciones, con todo eso que sólo se puede expresar con sustantivos del reino de lo abstracto, palabras de tres o cuatro sílabas (mejor si son esdrújulas); con el edificio que le has construido a tu identidad. La importancia de todo eso ya ni se cuestiona; lo que te golpea en el rostro es ahora su perfecta inexistencia. Nada de eso tiene, en realidad, entidad alguna. Todo depende de otra cosa: de que tu cuerpo -luego tu mente, luego tu espíritu- vuelva a funcionar tal como lo hacía hasta que ese trastorno irrumpió en tu vida.

Ni el plano material te interesa ahora: no puedes pensar en ningún sitio web, en ningún pintoresco lugar o paraíso terrenal, en ninguna serie multipremiada, en ningún evento deportivo de alto nivel, en ninguna comida de tus favoritas que despierte tu atención. Tu nuevo aifon por quitarte esa boa constrictor de alrededor de tu cintura.

El cerebro primitivo, reptiliano, ha tomado el mando: se trata de vivir.

Y, bienvenido de vuelta: ésa es tu gran pasión: vivir.

Hasta que el robot no haya sido reparado, todas sus funciones superfluas han entrado en suspensión. Ya no es un mono sofisticado; sólo es un amasijo de órganos, células, venas y arterias, sistemas, redes, complejas estructuras bioarquitectónicas que han entrado en modo autorreparación.

Hay que agradecer al ancestral virus su capacidad, sólo pareja a la de sembrar el caos y la destrucción, de darnos una cura de humildad y de devolvernos el contacto con la terrosa pero caliente superficie de la realidad. Yo se la agradezco. Porque me recuerda lo que soy, lo que somos todos, y qué es lo importante.

Leo -puedo hacerlo ahora, a diferencia de hace sólo cuatro días- que la mayoría de casos de gastroenteritis vienen producidos por un rotavirus, es decir, un virus con forma de rueda, analogía de la cual adquiere su nombre. Misma forma que tienen millones de cosas, y, entre ellas, el tao; sí, el universal símbolo de la ambigüedad o, si prefieren (yo lo prefiero), del misterio inherente a todo.

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Tal como en lo bueno hay un poco de malo, en lo malo hay también algo bueno, dice el tao (explicado esto con términos muy maniqueos). No hay nada bueno en estar retorcido de dolor sin poder levantarse de la cama a no ser para vomitar, pero sí hay algo bueno en la circunstancia, en el contexto. Lo bueno es que se cierra el círculo. La infraestructura se queda desnuda, la catedral aparece sólo erigida sobre sus muros, sin retablos, sin rosetones, sin deambulatorios, sin arcos, sin oropeles ni figuras. Ni cánticos de coros. Sólo la piedra que resiste a cualquier inclemencia, expuesta como está al cielo y a la tierra. Así es como es posible vivir momentos de gran dicha en medio de la debilidad; es posible vivir con alegría ese estado de indefensión, de dependencia total. Porque depender de quienes verdaderamente te aman es un honor, es un orgullo, una alegría. Y servir a quienes dependen de ti también lo es. Y, aunque para muchos algo más recóndita, existe una gran alegría inherente a hacer limpieza, o a constatar una vez más cómo tenemos los apoyos justos, los amigos justos, justísimos; cualquier situación de debilidad nos pone en situación de pedir favores, y los favores espantan a los falsos amigos. A enemigo que huye, pues, puente de plata.

Al igual que es una alegría inmensa, irracional y, por ello, de calidad suprema, análoga a la alegría franca y expansiva que exteriorizan los niños ante cualquier descubrimiento, la de volver a disfrutar de los alimentos que antes se ingerían sin el menor aprecio. Contradicción en términos, vuelco total del sentido establecido de las cosas, según la cual la gula pasa ahora a ser un mandamiento, y el ayuno y la restricción, pecados que pueden llegar a ser pozos sin fondo. Paradojas de la vida: lo que comúnmente tenía por sustancia aborrecible, ahora es el pan mío de cada día. Pasteles de nata y hojaldre, macarrones con queso (doble ración), croquetas de jamón y huevo para cenar, un cuenco grande de arroz con leche, repetir el postre, comer cuando me dé la gana, saltarme todas mis restricciones.

La rueda de la enfermedad ha resultado ser la de la salud. El mal me ha vuelto a dar la vida.

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Pastillitas

Tengo que escribir esto, y el acicate final para hacerlo es haber leído recientemente un titular tal que así: “¿Cómo hago para dejar de sentirme culpable por haberme puesto la epidural?” Durante el parto, se entiende. Leía y no daba crédito. No hice clic, porque una vez leí que, al hacer clic en un contenido (cualquiera) para seguir leyéndolo o mirándolo, lo que uno está haciendo es elevar su nivel de popularidad en términos internáuticamente computables. Y como en Internet de lo que se trata es sólo y a la postre de quién es el más popular, me negué.

Además de que no estaba yo (y cada vez lo estoy menos) para leer tonterías a esas horas. A cualquier hora del resto de mi vida (y cada vez más).

Pero es un asedio que no cesa.

Y, como todos llevamos a rastras un historial con una cantidad equis de tonterías oídas y sufridas, y son casi todas, además, bastante pegajosas en la memoria, ese titular me recordó cierto otro titular, o artículo, o publicación, sobre cómo deben hacer las madres que han dado a luz por cesárea para superar su sentimiento de inferioridad con respecto a las demás madres biológicas (de las madres por adopción no se decía nada) porque éstas sí, éstas habían parido “como es debido”.

Parece ser que Dios le dijo a Eva: “Parirás tus hijos con dolor” antes de expulsarles a ella y a Adán del Paraíso. Los estudios recientes indican que la traducción correcta de la Biblia es “con molestias…”, y esto es muy distinto.

Gro Nylander – “Nueve meses de espera

Esto es real y existe. Pero, claro, no sé de qué me sorprendo, si una de las aportaciones de Internet es darnos un baño de realismo cada día, enfrentándonos a nuestra inabarcable estupidez y necedad como especie.

Somos, como civilización, un producto muy acabado en algunos aspectos, pero que deja mucho que desear en otros. Encuentro que una de las áreas defectuosas (y mucho) viene sintomatizada por esa contradicción que sufrimos entre nuestra idolatría por los avances científicos y tecnológicos, por un lado, y nuestra aversión profunda y supersticiosa a ellos, por el otro.Hablamos como si el progreso técnico-científico fuera el súmmum, la liberación última de las cadenas de la superchería, el oscurantismo, el fanatismo y el miedo a lo desconocido; pero actuamos como si fuera una maldición, como si fuera una vergüenza y un oprobio necesitar esos avances, encontrarlos útiles y deseables, no digamos ya depender de ellos.

Por seguir con el ejemplo de la maternidad biológica, podríamos decir que, si bien todas las técnicas para el bien de la madre y del niño, las cuales ha costado tiempo, Dios y ayuda desarrollar han redundado en una cada vez menor tasa de mortalidad de madres y neonatos y una mayor calidad de vida de ellos y de sus familias, al mismo tiempo nos avergüenza recurrir a ellas. Ahora queremos volver al parirás con dolor, aunque ello implique jugarse el tipo.

Pero ése es sólo un ejemplo de esa contradicción insana e insalubre; y, en no pocos casos, fomentada además por los propios médicos, muchos de los cuales parecen pensar que las medicinas que ellos o sus colegas han recetado son un mal menor que debe eliminarse de la vida del paciente cuanto antes. Y es cierto que, a veces, los remedios terapéuticos son para un tiempo, pero no siempre es así.

Algunas veces, la gente sencillamente necesita ayuda. Es tan simple como eso. No poder encontrar la solución o el remedio que necesitamos por nosotros mismos no es ninguna debilidad; antes bien, la debilidad está en no pedir ayuda cuando vemos que, solos, no podemos.

Por otro lado, paralelamente a esa actitud de constante inculpación a nosotros mismos y a otros, y al subsiguiente sentimiento de culpa y de no estar a la altura que sentimos cuando somos nosotros los pacientes, existe la opuesta: el convencimiento inconsciente y muy propio de este momento histórico (y quizá de otros, qué sé yo) de que todo se puede solucionar desde fuera hacia dentro, y de que si nos sentimos mal, basta con tomarnos una pastillita; y de que es menester acudir al médico a poco que nuestro cuerpo -que es un ser vivo al margen de nuestra mente y nuestra consciencia, no lo olvidemos, tan sujeto como otro ente cualquiera a variaciones nimias de todo tipo en ininterrumpida sucesión- se deje sentir de alguna diminuta e insignificante manera; de que sólo se es buen padre o buena madre si se medica al pequeño hijo desde su más tierna infancia y por cualquier motivo, incluso sin él, como medida de prevención.

Pues ni una cosa, ni la otra. Pero, ¿por qué nos cuesta tanto hallar el dorado término medio?

Será por algo que la soberbia es el primero de los pecados capitales (¿quizá, en el fondo, sea el único?).

Pienso en la cantidad de gente que convive (y, en gran medida, vive feliz) con una patología, una peculiaridad de su maquinaria. La cantidad de gente que necesita esa ayuda médica, médico-estética, ortopédica, psicológica, etc. para levantarse todos los días y llegar al término de ese día con mayor o menor éxito, pero siempre mayor que si careciera de tales muletas.

Posad la mirada en una persona cualquiera, al azar, conocida para vosotros o no, y lo más probable es que estéis mirando a una persona que tenga al menos una carencia en su salud que precise de un remedio externo. Y pienso que tener sólo una carencia es muy infrecuente. Y además, pienso que ojalá cada persona que detecte esa carencia recurra a todos los medios necesarios para conseguir el remedio. A veces, será una pastilla; otras veces, serán cinco; otras, que le escuchen (aunque el valor terapéutico de la conversación sola está sobrevalorado en esta época de libros de autoayuda mediocres); otras, disponer de un aparato o de varios que ayuden a desempeñar determinadas funciones; otras, algo tan sencillo como una anestesia para sobrellevar un proceso doloroso… La lista es interminable.

Pero muchas veces nos supera la vergüenza, un sentido de vergüenza y del ridículo que no tienen lugar. Por eso, no perdonamos fácilmente a quienes necesitan depender de algo, a veces de por vida. Y mucho menos nos perdonamos cuando esos “dependientes” somos nosotros mismos.

Nos podemos perdonar muchas cosas, pero nunca nuestra propia imperfección.

Nuestra hermosa, divina imperfección.

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