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La revolución como acción individual

La revolución no es algo que hacen las masas. De hecho, nunca pueden hacerla las masas. Sólo puede hacerla cada uno de nosotros.

La revolución bien entendida empieza por uno mismo. Y no mañana, ni el año que viene, ni cuando se presente el momento propicio, no; ahora, hoy.

La revolución contra la injusticia, que es hoy por hoy el gran emperador del mundo, no puede ser sino un acto profundamente individual; hilando más fino, ni siquiera puede ser un acto, sino una forma de ser, de pensar, de estar en el mundo.

Cada uno de nosotros no puede borrar a golpe de varita mágica todo el mal que nos asalta día a día. Cada uno de nosotros pasará por el mundo, y nuestro nombre no quedará más que en la memoria de nuestros seres queridos que nos sobrevivan. La inmensa mayoría de nosotros no será nunca un personaje histórico (y, si eso es lo que nos motiva… apaga y vámonos). Pero somos de vital importancia. Cada una de nuestras acciones en la dirección correcta lo es.

La revolución empieza por la rebelión, y ésta, por la rebeldía. Es así como cada ínfima gotita se va sumando a otras, formando un torrente y, al final, un océano.

Casi todo lo que hagas será insignificante, pero es muy importante que lo hagas. – Mahatma Gandhi

En cada cosa que hagamos, digamos y pensemos hoy, podemos rebelarnos.

No hay reglas sobre qué es lo correcto y qué no lo es. La situación misma nos lo dirá.

Algunas veces, ponernos en pie y denunciar una injusticia será lo que haga falta.

Sin embargo, otras veces -probablemente muchas, según el tiempo tan marcado por intensas e innaturales relaciones de poder, que nos ha tocado vivir, en el que muchos de nosotros estaremos a menudo en el lado que más tiene que perder-, deberemos callarnos. No significa que debamos transigir, ni permanecer indiferentes; también el silencio puede ser un silencio rebelde; puede ser una forma de esperar. (Nota a mí misma: otro día quiero ahondar un poco en esto, si me acuerdo).

No importa que no nos sintamos capaces de hablar. Podemos actuar. Podemos ir aprendiendo y acostumbrándonos a elegir a favor de lo justo y lo bueno. Podemos hacernos cada vez más conscientes de lo que hacemos, de qué cosas elegimos en nuestra vida diaria y cuáles rechazamos; de qué acciones decidimos tomar en detrimento de otras.

Por ejemplo, algo tan simple como no hacer clic en las noticias banales con que nos bombardean algunos medios de comunicación, porque sólo son distracciones intencionadas. O como ejercer nuestra libertad de elección cuando compramos algo, rechazando otra opción. Es más: hoy en día, la opción no se plantea en términos de qué comprar, sino en términos de si comprar o no; pues muchísimos productos por los que pagamos no nos hacen falta y sólo estamos alimentando un sistema productivo y comercial injusto.

Esas rebeliones cotidianas son las primeras que nos pueden venir a la cabeza; pero hay otras menos conocidas: por ejemplo, tender la mano a alguien que está abandonado y repudiado por nuestro círculo, y que necesite ayuda o compañía o, sencillamente, que reconozcan su dignidad intrínseca como ser humano. Alguien que sea invisible a ojos de aquellos que conforman nuestro grupo de referencia, por ejemplo, pero que nosotros sepamos que no merece ese trato. Con ello, ayudaremos a equilibrar un poco más la balanza a favor de los débiles del mundo. Pensemos en los grandes revolucionarios de la historia: ¿acaso no fueron ellos también marginados, al principio, o tenidos por locos o por estúpidos?

Esa acción puede ser un desafío. La presión puede ser grande. ¿Nos atreveremos?

Sé el cambio que quieres ver en el mundo.
-Mahatma Gandhi

La más importante es, con todo, ser nosotros mismos siempre. Y con ello no me refiero a renunciar a enmendar nuestros defectos con la excusa fácil de “es que yo soy así y no puedo (no quiero) cambiar”; sino al hecho de resistirnos y de negarnos siempre a ser aquello que el poder que perpetúa la injusticia pretende que seamos.

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Romper la baraja… pero ¿cuándo?

No hace falta ni buscar; los medios están llenos de casos de, cuando menos, actuaciones poco ejemplares y muy reprobables, a gran y a pequeña escala. Hoy mismo, en un medio que suelo leer en Internet, encuentro éste y éste, y eso sin esforzarme mucho. Me llamó la atención este otro, publicado el fin de semana. En fin, el pan nuestro de cada día.

Por desgracia, muchos de ellos son casos protagonizados por las personas que, por su cargo. responsabilidad pública -así como sueldo pagado con dinero público, nuestro-, deberían dar ejemplo de austeridad, de honorabilidad y de sacrificio. Ya se sabe: aquello de no sólo ser honesto, sino parecerlo.

Por desgracia también, nuestra cultura y nuestra mentalidad no sólo comprenden, sino que hasta favorecen tales comportamientos. Sí: hemos aprendido a admirar y a tratar de emular a quienes se salen con la suya a base de trampas o de maniobras oscuras, ilícitas o simplemente inmorales. Vamos, a “medrar” a base de bien y sin miramientos. Cargos públicos, currantes de a pie… todo el mundo hace lo que puede o lo que le dejan. ¿No?

Puedo entender, hasta cierto punto, que nada de eso cause ninguna reacción en época de bonanza, que nadie se extrañe por que el alto funcionario de turno ni se plantee dimitir y por que no rueden cabezas.

Ahora bien: cuando la pobreza llama a nuestra puerta, cada vez hay más familias con todos sus miembros en paro y de la taza y media hemos pasado a las dos tazas (y lo que te rondaré, morena), no entiendo qué más nos hace falta para movilizarnos. Y no me refiero sólo, ni sobre todo, a la crisis en sí; son cíclicas y todo eso, prácticamente inevitables, como los fenómenos atmosféricos. Me refiero a las injusticias y a las medidas de difícil comprensión que han arreciado desde que empezó la crisis: los recortes de derechos de los trabajadores y de los pensionistas (así, porque sí), las inyecciones masivas de capital público a bancos en apuros (que no son más que empresas que han gestionado mal la crisis) y los sueldazos y pensiones vitalicias de sus directivos; las crecientes desigualdades sociales; etc.

Después de todo lo que nos ha caído encima, para ahora deberíamos estar echando mano de palos, piedras, hoces y martillos y clamando por nuestros derechos pisoteados; y, cada vez que se destapara un caso de engaño, distracción de fondos públicos, poca ejemplaridad, trampa o picaresca, pedir cuentas a esa persona y hacer que la despojaran de todas sus prebendas y beneficios interesados.

Me cuesta entender por qué esta apatía generalizada. ¿Estamos anestesiados con telebasura, consumismo, superficialidad y fútbol a todas horas? ¿Es que no nos queda ya ni un átomo de rebeldía? ¿Es que preferimos gastar nuestros ahorros, cada vez más menguantes, en objetos que nos hagan olvidar nuestra ansiedad y nuestro vacío por un momento, a tomar las riendas de nuestra vida y nuestro mundo?

Quizá ya sea demasiado tarde y no nos quede sino esperar a tener hambre, a comprender que, esta vez, papá Estado (o gobierno, o diputación, o ayuntamiento… vale cualquier administración pública) no nos va a sacar del apuro, que se terminaron todas las subvenciones, cheques y ayudas; que esta vez va en serio, que es el sálvese quien pueda. Me pregunto cuánto más tendrá que pasar hasta que se llegue al momento de romper la baraja, puesto que está claro que nunca hemos jugado todos.

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