Archivo de la etiqueta: periodismo

Sin hacer ruido

Antes del quebrantamiento es la soberbia, Y antes de la caída la altivez de espíritu.

Proverbios, 16:18

La caída en desgracia no siempre es fragorosa. Hace ruido, sí, pero es un coro de ruidos desparejos, discretos, incluso inaudibles para muchos. Les pasan inadvertidos hasta que se dan cuenta de que todo ha cambiado, de que algo que daban por sentado y por eterno ya no está. La caída en desgracia se suele producir por un proceso casi mediocremente rutinario. Nos imaginamos la decadencia y la desaparición como algo trágico, tremebundo, súbito, que causa un impacto dramático, y resulta que es algo vulgar y aburrido, aunque no por eso menos cargado de significado.

Pero para todos hay un momento de iluminación. Darse cuenta sucede en un instante, y para cada uno será un instante diferente de ese proceso gradual de desmoronamiento. Habrá un momento en que veremos y constataremos que, en efecto, algo está tocando a su fin y es irreversible, y ese algo es irrescatable. Ese momento contiene una gran belleza, la belleza de ser testigos de algo irrevocable, del cumplimiento de un destino o de una fatalidad. Constatamos que la vida sigue su curso a pesar de lo grande que sea aquello que ha caído; cuanto más grande fuera el ídolo, tanto más hermoso es el momento, porque vemos que, a pesar de todo, el mundo realmente no cambia, la naturaleza no cambia, y nosotros no cambiamos; nada es insustituible.

Yo he tenido uno de esos momentos recientemente. El momento se dio en dos movimientos, por así decir; fueron como dos caras de una sola moneda. Y el dios de barro que vi caer fue el periódico con mejor reputación del país. Sí, así es. Yo ya había oído y leído decir a muchos que este periódico, antaño algo más que un periódico, una institución en la vida política, social, institucional de todo un país, un medio que era capaz de modelar el devenir de la historia del país y de influir en sus actores más importantes, estaba en crisis total y que era inevitable su caída en desgracia. Oía chistes, leía noticias sobre los errores -o las malas acciones- que cometieron sus máximos dirigentes y responsables, sobre sus problemas financieros, su errática línea editorial, sus devaneos con partidos políticos y gobiernos de distinto signo para intentar ganarse sus simpatías y mantenerse a flote, sus movimientos empresariales a la desesperada, sus constantes pérdidas de dinero y de lectores y , por consiguiente, de poder; pero, al no ser lectora habitual de ese diario, no era algo que yo misma pudiera constatar. Eran ecos que me llegaban y a los que no daba más importancia ni atraían más mi interés que otras decenas de noticias que oía a diario.

Hasta el pasado fin de semana, en que, leyendo en diagonal ese diario en su formato digital, como hago con otros varios, fui a hacer clic en un reportaje de tema ligero y frívolo, pero no exento de carga humana (claro). El título picó mi curiosidad: se refería a los sex symbols de los años 90 y qué había sido de ellos.

 

Lo que me llamó la atención casi más que el contenido prepotente, ofensivamente frívolo y superpopero del artículo fueron las reprimendas, bien merecidas, por parte de los comentaristas. Y todo ello en su conjunto me iluminó con respecto a la siguiente cuestión: este periódico ha tocado fondo, y sí, es irreversible.

Se trata de un medio de comunicación -uno más, no el único, ni el último, si bien sí el de mayor fama y mejor reputación, malamente dilapidada en estos recientes años- que se creyó por encima del bien y del mal, se creyó a la altura de los grandes ideales de cualquier estado, nación o comunidad y se creyó también, en ocasiones, más poderoso que los propios poderes establecidos. En sus páginas se encontraban firmas muy reputadas -no diremos grandes firmas, pues no todas lo eran y no en todas la reputación era merecida, pero dejémoslo ahí- que pintaban mucho en la política y en el devenir democrático del país, sobre todo en tiempos en los que la democracia no estaba del todo establecida en las mentes ni en el subconsciente colectivo. Y también después de todo eso. Leer ese diario no estaba al alcance de cualquiera, y su manejo del lenguaje era objeto de estudio y de imitación. No cualquiera podía entender un artículo allí publicado.

Y ahora nos encontramos con esto: un vulgar despellejamiento en plaza pública de figuras conocidas, y todo en base a ¿qué? Pues a que están cumpliendo años, ni más ni menos. Al lado de ese reportaje -descuidadamente escrito y con un muy mal entendido sentido del humor- podemos encontrar otros de semejante nivel, y todos esos contenidos, puestos juntos y en el mismo saco, dan una idea exacta de la concepción del mundo que ahora alienta esta versión 2.0 de este periódico: un mundo frívolo, superficial, materialista, consumista, con valores sin raíz, con personas que tienen mucha prisa por llegar no se sabe adónde, que quieren comer en los sitios más selectos, que quieren llevar el móvil más sofisticado, que quieren ser padres fetén pero que se note, y no dar por perdida su juventud ni dejar sus costumbres juveniles aunque hace tiempo que están peinando canas; que están continuamente intentando adelgazar (pero sin esfuerzo), medrar (sin trabajar), que sus hijos sean los mejores (y llevarlos a desfilar por programas de televisión, si se puede). De su concepción de la política, de la justicia social y de lo deseable para el buen devenir de un país mejor ni hablamos. En estos tiempos en los que la arena partitocrática se ha convertido en una fuente más -y entre las más generosas- de historias sentimentales, lúdicas y/o sensacionalistas, los medios -incluido aquél del que hablamos- aventan historias de corrupción de todo tipo según les interese y en la medida en que les interese; se hacen eco de sucesos criminales que son una minúscula gota en un océano que habla de cambios y de estados sociales, psicológicos y económicos verdaderamente alarmantes, pero que nadie se ocupa de analizar y de explicar globalmente. En los foros albergados en los espacios virtuales de estos medios se montan las mismas broncas que en un foro de coches cualquiera, quizá con un lenguaje algo menos barriobajero (o no); es como asistir a una reyerta entre borrachos en un club de rotarios en lugar de en la tasca del barrio, pero, para el caso, es lo mismo.

Recién en los mismos días en que leía ese lamentable reportaje que ensalzaba una vez más el valor intrínseco de la juventud y de la apariencia juvenil y relegaba a la categoría de infamia, crimen o pecado el terrible acto de envejecer (y de aparentarlo), me enteraba de que la decisión estaba tomada: este medio del que hablamos dejará de publicarse en papel y sólo lo hará en Internet. Y me dije que la publicación de noticias sólo en su formato digital va pareja a la sensación, totalmente enrevesada y falsa, de que en lo digital podemos bajar el listón de autoexigencia porque las palabras digitales es como si se las llevara el viento de lo inmediato; hoy hay una cosa en portada y con titulares de cinco columnas, dentro de diez minutos habrá otra cosa y nadie se acordará de lo anterior, a pesar de que en su momento hubiera habido cientos de personas dispuestas a batirse en duelo a garrotazos por llevar la razón sobre el tema en cuestión. La verdad es que es justo al contrario: es lo digital lo que permanece, mientras que el papel sólo queda en unas hemerotecas físicas que ya nadie va a revisar.

Anuncios

2 comentarios

Archivado bajo Artículos

Siempre fieles

Noticias que nunca faltan:

5. Expertos de la Universidad de Berkeley/La Sorbona/Maryland han descubierto que el pescado blanco/el huevo/el café/la leche de vaca/el sol/las antenas de telefonía móvil/los esprays/el aire es malo para la salud

4. Ha sido el verano/invierno más caluroso/lluvioso/frío/ventoso desde que hay registros/de la última década/del último medio siglo

3. Ha subido el IPC por el pollo/el material escolar/la fruta y la verdura/la gasolina y el gasóleo

2. Hoy se jugará el partido del siglo/el entrenamiento a puerta cerrada del Real Madrid convocó a cientos de seguidores/será baja fulanito de tal en el Barsamadrid por rotura de ligamento/tendinitis/contractura muscular

1.Hoy se atrasan (no “se retrasan”) los relojes y el cambio de hora provoca distimia estacional/jaqueca/insomnio/diarrea/resfriados/sonambulismo/gripe

3 comentarios

Archivado bajo vida real

Local

–¿Dónde está el centro? –preguntó/se preguntó la primera vez que estuvo allí.

Más que una pregunta, era una exclamación. No había nada que preguntar sobre algo que no existía. Curiosamente, aquello que no existía era lo primero que saltaba a la vista cuando uno llegaba allí. Era una ausencia tangible que todo lo devoraba y que era imposible de dejar de ver, igual que un cráter.

Una de las cosas que he aprendido en las sucesivas veces que he estado allí es que la no existencia de un centro urbano es algo que no podía dejar de ser así y que no es sino el trasunto urbanístico de una realidad propia. Negarlo sería lo mismo que pedirle a alguien que vista como quien no es. La sociedad es primero, su hábitat construido viene después; y, si existe de antes, la sociedad lo adapta a sí misma.

Así funcionan las cosas y, entre ellas, el periodismo. Hablo de él porque es lo que conozco, dado que es mi profesión y la que llevo ejerciendo casi toda mi vida adulta. Averiguar cosas, a veces investigación mediante, y contarlas tal como uno honestamente las ha entendido, ¿cabe imaginar algo más fácil? Y sin embargo, no lo es. Por doquier se abren trampas, cepos que quieren atrapar al pobre periodista. Uno siempre se mueve como en una zanja, pasando de puntillas por entre cristales rotos y flanqueado por zarzas, alambre de espino y montones de arena que caen de un lado y de otro y que amenazan con enterrarlo. Y es que ¿no lo hemos dicho?, el periodista se mueve dentro de un reloj de arena. Casi siempre está a punto de ahogarse. Todo es para ayer.

Pero las trampas de las que hablaba no son las referidas al factor tiempo, que es inocente, porque es eso, sólo tiempo. No. Las trampas son los poderes establecidos. Y los poderes establecidos pueden ser unos u otros según el marco en el que se mueva el periodista. Si es un periodista local, seguramente nunca en su vida deberá habérselas con jefes de estado, gobiernos, ministros, grandes lobbys y partidos políticos principalísimos, ni con CEOs de grandes corporaciones ni con grupos de presión de los que oímos hablar todos los días y que controlan nuestras vidas. Pero sí se las habrá con el pueblo, sus vecinos, la gente que lo rodea. Y a ver quién es el guapo que se muestra inescrupuloso y totalmente recto y entregado a su deber cuando quien le pide cuartelillo es alguien que mañana va a volver a ver en el supermercado, o a quien va a tener que pedirle otro favor. Es el periodismo local, el que yo ejerzo.

Allí, en ese lejano lugar, todo es igual, pero es distinto. Lo he comprobado. Es la ausencia de dicho centro físico y tangible lo que lo marca todo. Todos quieren vivir juntos, pero a prudencial distancia. No suele ser una distancia fácil de recorrer, ni física, ni psicológicamente. Pueden ser encantadores y saludarte y preguntarte qué tal estás sin haberte visto jamás en su vida, pero eso no significa que te hayan tendido un puente; te has dado la vuelta y ellos ya te han olvidado. Es su cultura, ellos son así. Ni mejores, ni peores.

El periodismo local es también así. Hablan de las mismas cosas (“lo que importa e interesa a la gente del pueblo”), pero no de la misma forma. Puede que una manera más precisa de expresarlo sea decir que la sensación que obtiene uno –el rigor me obliga: la sensación que obtengo yo– al leer sus noticias locales no sea la misma que la que tengo al leer y producir las noticias locales de aquí.

El centro, el centro…

Aquí somos centrípetas, allí son centrífugos. No puedo decirlo de forma más clara (para mí).

Leyendo su prensa local, tengo la sensación de puntitos dispersos que quizás forman alguna figura distinguible e identificable desde el espacio, pero no necesariamente, o no es una figura de significado universal. Es algo que sólo quienes lo forman pueden entender.

La diferencia estriba en que ellos no se sienten parte de un todo, y nosotros, sí. Ellos son comunidad, igual que lo somos nosotros, pero son una comunidad de individuos. Nosotros, cuando formamos comunidad, nos sentimos uno. Con disensiones, es cierto. No todas las partes de ese uno son iguales. Tiene dedos de distinta longitud, tiene muchos ojos de distintos colores, tiene hasta varias bocas que hablan cada una a su manera. Pero, a la hora de la verdad, es una sola entidad. Cuando una persona de aquí dice que es de aquí, quiere decir algo diferente (algo más) a cuando dice lo propio alguien de allí. Allí, es casi siempre sólo una indicación objetiva y geográfica o biográfica; aquí, es una declaración de principios. Allí casi nadie dice que se siente de tal o cual sitio; aquí, sí. Ni dice que es “muy de” tal sitio; aquí, sí. Como mucho, se identificarán con rasgos de tal o cual raza, etnia, nacionalidad, barrio, modo de vida, cultura urbana…

Todo eso se refleja en la prensa, que no es sino el reflejo del pueblo que la alimenta y consume. Y, muy especialmente, en la prensa local. Aquí nos gusta estar juntos y revueltos y sentirnos juntos; allí les gusta estar unidos, pero separados. Son formas totalmente diferentes de estar, de ser, de existir, de convivir. Incluso los problemas propios de cada estilo de vida vendrán definidos por esta característica. Los temas por los que se interesan y los matices que adquieren, también. La forma en que hablan, el modo en que encaran sus necesidades y problemas como pueblo. Todo es distinto, todo. Y todo viene influido por esa disparidad de tendencias de la que hablamos.

La prensa local se diferencia de la nacional o internacional en que no tiene mucho donde elegir y tiene que hacerse eco de todo, o casi todo, y dar voz a todos, o casi todos los que se presentan con algo que contar. Y suelen ser muchos, pero es lo que hay. Es un periodismo muy democrático, porque todos los protagonistas cuentan. Lo mismo quien llama a la redacción con una historia que contar que la empresa (o el taller) local que los concejales de turno que la persona a la que haces una encuesta callejera o aquella que te manda una carta confiando en su publicación. Los temas suelen repetirse, pero por eso esta prensa es un reflejo mucho más fiel de lo verdaderamente humano, de lo que en realidad preocupa e importa a la persona de la calle, que la prensa de mayor prestigio y ringorrango. Aquí, al menos según lo que yo conozco y practico, es así. El entrevistado es siempre alguien igual al propio lector, alguien que está a su mismo nivel. Todos nos conocemos y no hay engaño posible cuando alguien intenta situarse por encima de ti, porque lo conoces, e incluso conoces a sus padres, a sus hijos; y ay del que intente vender la moto o parecer quien no es; en un santiamén será despojado de sus fatuos ropajes y expuesto al oprobio público. Y es que todos nos conocemos. Aquí, es así. Somos un gran clan, para lo bueno y para lo malo. Allí, no; como todos siguen conservando su naturaleza de individuos separados del resto, con un espacio vital necesario mucho más amplio que no se puede franquear en vano, todos siguen siendo el Sr. o la Sra. Tal-y-tal antes, durante y después de aparecer en el medio local que sea. (Por no mencionar el hecho de que la población, allí, es mucho más nómada, con lo cual arraiga e intima mucho menos entre sí.)

Yo no concibo no ya la posibilidad, sino siquiera la fantasía de todo punto extravagante y descabellada de cultivar otro tipo de periodismo, ni siquiera un tipo de periodismo local distinto a éste que he mamado y que se corresponde con la cultura en la que yo misma he nacido y de la cual soy parte, tanto en lo que de ella me gusta como en lo que no (y soy muy crítica con ella, que conste). Quizá la razón última de que, a pesar de sus defectos y sus limitaciones, admire esta forma de hacer periodismo sea que, al fin y a la postre, estoy contribuyendo a escribir la historia de la gente normal, la gente de la calle que no sale en ningún libro, wikipedia ni enciclopedia de papel o virtual de ahora ni del futuro. La única enciclopedia en la que figurarán ellos, sus necesidades, sus historias, sus vidas, sus costumbres, sus mentalidades, sus idiosincrasias, sus preferencias, sus rituales, sus creencias, sus festejos… la forman estos periódicos, estos sitios web, estos noticiarios y magazines televisivos que hacemos. Miles de personas, con sus nombres y sus mensajes, quedarán inmortalizadas y lo que nosotros escribimos y contamos sobre ellas constará a todos los efectos como historia, algo real y fiable que se podrá leer, ver, consultar y estudiar en un futuro cualquiera. Esto no ha existido en otras épocas, pero preguntémonos: ¿cuán fascinante y mucho más interesante y cercano habría sido poder saber quiénes eran las personas normales y corrientes de las épocas históricas más conocidas, o de otras cualesquiera, que no los nombres de los reyes de turno, los políticos, los mandamases, los que decidían todo pero que nos resultan terriblemente extraños, lejanos y poco humanos?

Nosotros, los periodistas locales, poco reconocidos y muchas veces olvidados, cuando no utilizados por los medios grandes, nos encargamos de que la gente común y corriente también tenga su parcela de inmortalidad. Aquí y allí, en todas partes, somos los dedicados escribas de la historia de verdad.

Deja un comentario

Archivado bajo Artículos

Mala prensa

Mucho se habla del “fin del periodismo”. Yo añadiría a esa hecatombe esta otra: la del fin del lenguaje escrito como herramienta de comunicación.

Quiero decir que sí, el lenguaje todavía sirve para comunicar cosas, pero ya no es -y hablo en términos generales- delicada pluma, sino basta brocha con la que se garrapatean los signos gráficos del lenguaje en la tábula rasa que luego se ha de entregar al receptor del mensaje.

Qué otra cosa se puede decir de un lenguaje salpicado de incorrecciones gramaticales, ortográficas y sintácticas, amén de vaguedades léxicas y términos hermosos o rebuscados cuyo significado verdadero ha sido relegado arbitrariamente o quizá, probablemente, desde el principio ignorado por el redactor.

Qué otra cosa se puede exclamar cuando uno oye que los leones viven en la sábana (por parte de una mujer-busto parlante, supuesta periodista cuya obligación y responsabilidad comprende, entre muchas otras, enterarse de qué está diciendo, aunque sólo sea poco más o menos y para salir del paso, además de haber aprendido tiempo atrás los significados de “sábana” y de “sabana”); o cuando se lee “¡Métete en el agua gorda!”, saltándose a la torera la coma que dota de su pleno sentido, racional y lógico, a una frase que debería indignarnos, por lo que sugiere, y no mover a risa o a extrañeza, que es el efecto que debería provocar en casi todos los lectores que la leyeran, eso si tales lectores supieran, en su mayoría, cuál es la función de la coma.

Escribo esos dos ejemplos tal como me han venido a la memoria, pero me sería igual de fácil echar un vistazo a los titulares publicados hoy en Twitter o en la portada de cualquier medio digital de gran tirada y, se supone, grandes cifras de lectura.

De hecho, ahora mismo, mientras redacto esto, sin duda nuestro idioma está muriendo un poco más, por desidia, por pereza mental, por incultura y por incompetencia, todas ellas arduamente practicadas y, sin duda, éstas sí, llevadas a la excelencia.

Cuando yo estaba en la facultad, oí muchas veces a mis compañeros decir que el hecho de que un periodista cometa errores en el desempeño de su misión esencial, que es contar lo que ve o sabe con sinceridad y con imparcialidad, no es muy grave, algo en todo caso nunca jamás comparable con el error de un médico, porque el médico trata con vidas humanas y el periodista sólo con información. (La cursiva debería ser aceptada con todos los honores como un recurso idiomático más). Y estoy de acuerdo… hasta cierto punto. No me parece realista degradar la importancia de la veracidad de la información y de la corrección lingüística. El periodista debe velar por ambas. Son dos valores distintos pero ambos importantes. Cuidar la lengua es esencial, así como lo es velar por su uso lo más preciso y rico posible. Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo. Es cierto que nadie ha muerto por sus múltiples faltas ortográficas o por sus carencias lingüísticas, pero sí es cierto que el buen uso de la lengua puede ser un ariete que te abra las puertas del saber, de la información, de la cultura. Todos ellos son un patrimonio, pero, hoy día, también son un arma. Las personas más libres -en su interior, que es la única libertad verdadera- suelen ser también las que mejor comprenden su mundo, y cuanto más domines el lenguaje humano, más fácil te será esa comprensión (que nunca puede ser completa, pero, por eso mismo, puede expandirse indefinidamente, hasta tu muerte).

Veo cada día en la tele gente que no tiene ni idea de periodismo, que ni siquiera ha terminado la carrera, quizá; que no sabe entonar, que no sabe hilar dos oraciones con sentido completo, que no sabe ni acentuar fónicamente las palabras donde corresponde.
Y lee uno los titulares que escriben supuestos periodistas y se le cae la cara de vergüenza propia y ajena… qué faltas de ortografía, qué poca idea de nada, no sólo de lengua y gramática elementales, sino -por supuesto- de puntuación… ni una puñetera coma la saben poner bien para darle sentido a la oración, por Dios… ni tampoco tienen una culturilla básica y elemental, eso que es lo que queda después de haber olvidado todo lo que aprendiste en el colegio y memorizaste y luego olvidaste después de aprobar el examen; eso que te sirve para no dar el cantazo, eso que hace que digan de ti, como se decía antes, que “se te puede llevar a cualquier sitio”; lo que puede hacer de ti, como se decía antes, cuando la buena conversación era un concepto aún vigente, “un buen conversador”.
Viendo eso, me resulta muy difícil creer que la gente lea, y tampoco tengo ninguna fe en las instituciones educativas, en la educación como sistema. Aquí, oiga, o se acostumbra usted a leer desde pequeñito o apague y vayámonos. Tengo varias personas muy cercanas que no pudieron estudiar, no tuvieron esa suerte ni esa oportunidad, pero se han preocupado de adquirir una cultura y una formación, y leen, leen mucho… y les dan cien mil vueltas a muchísimos titulados.
Los periodistas tenemos como herramienta principal la lengua. Y somos, además, depositarios y transmisores privilegiados de ella. Pero, en este mundo donde la latría por lo material sí que se expande indefinida y exponencialmente, sólo puedo ser pesimista con respecto al esplendor futuro del lenguaje humano inteligente; su perspectiva futura es ser inteligible, no inteligente.

Deja un comentario

Archivado bajo Otros

El periodismo y tú

Cuando era estudiante de periodismo, y también antes y después de eso, me harté y me sigo hartando cada día más de repetir que la educación, la formación humanista y la información veraz también salvan vidas. Todavía hay gente que cree que son competencias menores y que con médicos, ingenieros y trabajadores que produzcan cada vez más y mejores productos tecnológicos ya está salvado el mundo.

Pues tengo que comunicarles que no. Se equivocan quienes así piensan. La medicina, en efecto, y la ciencia pura y hardcore salvan vidas, sí; la educación y el saber, también. La diferencia es que unas pueden suponer la diferencia entre la vida y la muerte, o entre una calidad de vida peor y otra mejor, en cuestión de días, de semanas, o de segundos, y los efectos saltan a la vista; las otras no producen un resultado tan impactante ni tan fácilmente apreciable, ni, por sí mismas, pueden rescatar a nadie de la muerte. Son, en cambio, arma y escudo, coraza sin igual y fórmula mágica para la mente, y poderoso alimento y acicate para el talento, la motivación y la inteligencia. En suma, el saber es un poder que podemos adquirir y administrar libremente, y hacer que nuestra vida sea, quizá no más larga, pero sí más ancha y más agradable.

Un ejemplo muy sencillo y actual nos lo proporciona la crisis y el caso de Bankia. Uno puede ignorarlo todo acerca de las finanzas, la macroeconomía, la banca, la bolsa, el funcionamiento de la Unión Europea, la alta política y las sutilezas de la diplomacia interpueblos, que es lo que nos pasa a casi todos. Entonces, tiene dos opciones: o hacer como Vicente y dejarse llevar por el pánico, prestando oídos a las campanas de “corralito”, “quiebra”, “devaluación”, “recorte”, “ruptura de Europa”, “rescate”, etc. y metiendo todos esos términos en el saco sin fondo de los oscuros presagios, o bien hacer por informarse, preguntar a quienes saben más por el significado de esos términos, leer cuanto más mejor (aunque todavía tropiece con todos esos tecnicismos) y, en suma, tratar de entender qué es lo que está pasando, qué quiere decir cada cosa. Cuanta más información comprensible -recalco esa última palabra- tenga una persona, cuanto mayor sea su dominio de un tema, más poderosa será y, por consiguiente, más independiente y más fuerte.

Y a mayor independencia, menor peligro de convertirse en víctima. Porque una persona ignorante es una persona vulnerable: al engaño, a la violencia, al sectarismo, al prejuicio, a la maldad. Si la educación es considerada pilar del desarrollo y de la dignidad de la persona en todos los países civilizados no es por casualidad. Es porque lo que aprendes es un arma que, a diferencia de las armas materiales, tangibles, nadie te podrá quitar nunca.

Ahí radica parte del valor que tiene el periodismo, la propagación de información veraz y lo más ecuánime posible, como profesión, y el reconocimiento que merece como labor de personas cualificadas para ello. El periodismo no se limita a retuitear mensajes, a grabar vídeos o sacar fotos con nuestro móvil o nuestra cámara y subirlos a la red y que los vean en Youtube, ni, en suma, a prestar testimonio de algo que ha pasado. Es un ejercicio que implica un código deontológico, ético, de obligado cumplimiento, tan vital para la profesión de periodista como el juramento hipocrático lo es para los médicos. Porque la información clara, veraz y contrastada puede mejorar la vida de las personas y ayudar a hacer un mundo mejor. Por eso no sólo es importante que los periodistas seamos conscientes de cuál es la esencia de nuestra labor, sino que también debe serlo el consumidor regular de medios (que hoy día somos todos, lo queramos o no). Aunque no sea más que por afán de supervivencia, por saber que la información de calidad puede hacer que la vida de uno mismo sea mejor.

Deja un comentario

Archivado bajo Otros

Transformar Internet, la asignatura pendiente

Muchos historiadores, sociólogos y psicólogos han escrito largo y tendido y con honda preocupación acerca del precio que el hombre occidental ha tenido que pagar y tendrá que seguir pagando por el progreso tecnológico. Señalan, por ejemplo, que la democracia difícilmente puede florecer en sociedades donde el poder político y económico se concentra y centraliza progresivamente. Y he aquí que el progreso de la tecnología ha llevado y sigue llevando todavía a esa concentración y centralización del poder.

Aldous Huxley

 

Internet es la avanzadilla, la muestra en miniatura de en lo que ha devenido la comunicación social (“de masas”, que también le dicen): es más rápida, tiene mayor capacidad para acoger un volumen mucho mayor de tráfico, pero, además, de condensar ese volumen y transmitirlo en paquetes más compactos, donde lo transcendente y lo banal, lo elevado y lo grotesco bailan juntos en algarabía. Y a todos nos ha llegado a parecer tan normal.

No estoy de acuerdo con que los nuevos medios de comunicación hayan supuesto un gran cambio mental. Aun quedando mucha gente que no sabría desenvolverse en Internet ni sabría cómo acceder a los nuevos canales/mensajes/mensajeros -las megarredes sociales, los buscadores, los agregadores, los blogs (éstos no tan nuevos)-, sin embargo, en casi todos ellos se habrá operado un cambio mental, propio del nacimiento de las nuevas eras. Puede que sea una sensación mía (por la deformación profesional del periodista), pero diría que pensamos y vivimos la comunicación de una forma diferente, los que estamos más inmersos en Internet y los que lo están menos: hay un estilo más acelerado de comunicarnos los unos con los otros; hay mayor celeridad y, sí, también mayor impaciencia; lo comunicado ya es un producto neto, y, con nuestra mentalidad netamente consumista y producto de un sistema capitalista (en el cual hemos nacido cada vez más generaciones), lo queremos ya, lo queremos sin esfuerzo, y queremos que nos guste, que nos satisfaga, que nos divierta, que nos proporcione el vergonzante placer del morbo… Además, podemos mercadear con él, utilizándolo a cambio de reputación, a cambio de otros productos similares, a cambio de cierta clase de atención, y, más que nunca, para alimentar nuestro ego y hacer que el mundo entero nos mire y se dé cuenta de lo únicos que somos, cada uno de nosotros en nuestra conmovedora pequeñez.

Los informativos de televisión no se parecen en nada a lo que se nos ofrecía bajo el mismo nombre y la misma etiqueta hace 20 años, por ejemplo. Entonces, los periodistas, los corresponsales, eran profesionales a los que se exigía más, a quienes se suponía unas habilidades perfeccionadas y que gozaban de respeto: el periodismo no era, de ninguna manera, algo que podía hacer cualquier juntaletras -como sí se tiende a pensar ahora, degradando la labor periodística a la mera narración o retransmisión de datos. Nunca olvidaré a aquellos reporteros de TVE que, como artesanos de la noticia, no sólo nos contaban un punto de vista lo más imparcial que podían sobre lo que estaba pasando, sino que además nos ofrecían información de contexto y su propio análisis para ayudarnos a comprender por qué estaba sucediendo eso.

Eran tiempos más calmados, en los que -en mi opinión- no existía el sentido de premura que tenemos ahora. Todos vamos corriendo, no sabemos muy bien adónde ni por qué o para qué, pero corremos, y no nos queremos detener en nada: ¡no hay tiempo! Además, ¿a quién le importa? Si no nos molestamos en leer, ¿cómo podemos pretender comprender nada con nuestra plena capacidad? Y, para rematarlo todo, ¿verdad que ya no tenemos la misma capacidad ni la misma actitud inicial para escuchar o para leer que teníamos antes? De repente, el flujo de la información se desarrolla sobre una autopista de infinito número de carriles: no bien empieza a acercarse un vehículo, otro asoma ya por otro carril, y más allá no tardará en entrar otro en la competición… No sabemos, ni queremos detenernos en nada.

Por otro lado, personalmente Internet me encanta y me parece un invento imprescindible. Nos ahorra trámites innecesarios, nos obliga a aprender a economizar, y a sacar lo mejor de nosotros mismos, a plantearnos desafíos constantemente, porque el objetivo es que nuestro importante mensaje llegue a su destinatario; y, si los destinatarios son muchos, hemos de aguzar nuestro ingenio y nuestra inteligencia para conseguirlo. Además, Internet nos ayuda, no diré que a comunicarnos todos en pie de igualdad, pero sí, al menos, a comunicarnos todos; cualquiera con un ordenador y una conexión puede llevar un blog, mandar un mensaje de correo electrónico, dar información sobre lo que está pasando y hacerlo con menos cortapisas que cuando los medios estaban más fuertemente verticalizados.

Nos hemos adaptado a Internet. Pero todavía no lo hemos puesto del todo a nuestro servicio; y, a veces, se diría que estamos nosotros al servicio de Internet.

El modelo de plasmación de los grandes medios en Internet está totalmente equivocado; o es totalmente interesado, una de dos. Está equivocado porque sencillamente es imposible que una persona que no tiene nada que hacer las 24 horas del día llegue hasta los contenidos que le puedan interesar. Y eso es así porque falla el sistema de selección: hay demasiado de donde elegir, el bombardeo de titulares, datos, notas al pie, últimas horas, reportajes intemporales, artículos sobre temas concretos… es constante. Y el volumen de texto de los artículos informativos sigue estando completamente desajustado al medio y al objetivo: si se trata de informar con corrección y exactitud, los medios fallan. No hay más que sentarse enfrente del ordenador y ponerse a mirar las portadas de los grandes medios: los titulares donde se puede hacer clic son incontables, y se van actualizando con el tiempo. El lector no sabe muy bien por dónde empezar, o, si empieza, no sabrá cuándo terminar: siempre hay algo más que reclama su atención, que le interesa. Más vano es aún el propósito si el lector amplía su abanico de medios: podemos acceder a casi todos los medios más influyentes de muchísimos países. Y eso sin contar con blogs, medios de menor audiencia (pero de tanta o mayor influencia que los “grandes”), canales de vídeo y demás.

El verdadero agujero negro, con todo, se abre cuando al incauto se le ocurre hacer clic en un titular: párrafos y más párrafos de información. Termina de leer el artículo completo y se da cuenta de que se le ha ido el tiempo. Entonces, ve los comentarios al pie: aunque a veces parecen grescas de taberna, son el verdadero valor añadido, la posibilidad de saber qué piensa la gente. Se pone a leer unos cuantos y, para cuando termina, ya no tiene tiempo para empezar a leer otra noticia. Time’s up!

Como periodista, mi hipótesis es que son razones empresariales y mercantiles las que siguen retrasando la transformación de Internet en un medio plenamente eficaz y al servicio del pueblo. Los grandes grupos mediáticos no escapan de la crisis, y sus periodistas se ven sobrecargados de trabajo, o bien se los contrata como mano de obra manufacturera (con todos mis respetos para los manufactureros, pero la información no es ese tipo de materia prima), mal pagada, degradada, sin recompensa económica, social o moral suficiente. El periodista ya no es respetado como profesional cualificado capaz de transformar la incomprensibilidad y el galimatías absurdo del mundo en mensajes digeribles, comprensibles y capaces de tocar la mente y el corazón de la gente; ahora es… un becario, un pulsateclas, un redactor cuyo papel ni se comprende, ni se valora, ni se agradece en lo que merece.

Y, claro: nos encontramos así con un medio de comunicación que ya no es primeramente tal cosa, sino, ante todo, una empresa con mucho ánimo de lucro, dirigida por accionistas que ni entienden ni se interesan por el periodismo y la comunicación; o, peor que eso, es un lobby que busca ejercer su influencia en un país, un gobierno, un estado (de cosas). En fin, un grupo de personas sedientas de poder, ni más ni menos.

Los medios de menor tamaño podrían ser un refugio; pero ¡ay!, a menor tamaño, menor capacidad económica. Y la mejora de capacidades requiere financiación.

Y la consecuencia de eso es que el periodista sincero y concienciado, o no tiene motivación, o no tiene medios y tiempo para transformar Internet.

Así pues, se da esta paradoja: que en la época del supuesto cambio rápido de las cosas, las que más nos interesa cambiar son las que más lentamente cambian.

Deja un comentario

Archivado bajo Otros