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El otro final feliz

Recientemente he visto la película “El exótico hotel Marigold”. Menciono el título para que los que quieran verla puedan, si así lo desean, pararse en esta coma, porque voy a destripar todo su intríngulis. Gracias.

La vi y me gustó, en un sentido fáctico y algo superficial. En realidad, muy superficial. Me gustó de esa forma en que, nada más poner el pie fuera de la sala de cine, en una encuesta a pie de puerta, te preguntan, “¿Te ha gustado esta película?”, y respondes, “Sí”, sabiendo que se acerca más a la verdad que el “No” y que se te pide una respuesta sencilla y no un análisis más detenido.

Pero no tuve que detenerme mucho a pensar. En realidad, es una película de muy buena factura, muy colorista y muy, muy bien interpretada. No me suelo fijar nada en quiénes son los actores de un filme, y menos aún en su forma de actuar. A duras penas distingo una buena interpretación de una pasable. Y, claramente, no me podría importar menos el nivel de los actores. Me da igual, si la película me entretiene o me aporta lo que en ese caso concreto he ido a buscar. Pero, bueno, en “El hotel Marigold”, hay que reconocer que los actores eran (supongo) de primera categoría; algunos de los mejores actores ingleses (o eso dicen, y como yo no sé ni media palabra de arte dramático, lo creo). Sí; la película tenía mucha emoción, mucho amor de todo tipo (correspondido, no correspondido, platónico, erótico, picarón, sereno, juvenil, maduro, romántico, prosaico, filial, fraternal, amical… de todo). Tenía también mucha humanidad, digo: emociones, trances, crisis, dilemas, alegrías, nostalgias, encuentros y reencuentros, reivindicaciones, minúsculas vendettas, tristezas, rencores… muy humanos. Situaciones -magnificadas, claro está, porque es una película- en las que todos nos podemos reconocer. Además, había muchas frases de ésas que te hacen sentir bien al momento, de las que te hacen creer con los ojos cerrados y el cerebro apagado, creer con el corazón, que es la única manera de creer y de atreverse a hacer nada que merezca la pena: al final, todo termina bien, y si no ha terminado bien, es que no es el final; ese tipo de frases que cualquier manual de autoayuda sin duda ha de reproducir.

No lo estoy despreciando, no desprecio en absoluto el buen rollito que desprendía toda la película en sí y desde su inicio hasta su final (que, lo han adivinado, es feliz y todo en él, efectivamente, está bien). Yo necesito de vez en cuando que me digan que la vida puede ser así; es más, que todos podemos ser así, y que, en efecto, los malos van a perder al final y que Dios pagará a cada uno como se merece, otorgándole el cumplimiento de sus sueños -no sin arduo trabajo previo, porque sabido es que Dios sólo ayuda a los que se ayudan, y digo esto no sólo porque sea creencia popular, sino también mía personal. Todos necesitamos que nos recuerden esto de vez en cuando; tanto da que sea uno de los maestros que nos encontramos en nuestra vida como que sea John Madden a través de su película.

Pero, pero, pero… a pesar de que yo valore las películas principalmente en función de su capacidad de entretenerme o no, tras ver “El exótico hotel Marigold” no pude evitar sentirme algo decepcionada, quizá porque veía en esta película potencialidad suficiente para ser, a su manera, íntimamente revolucionaria, hablando al espectador de tú a tú, intentando remover su conciencia, y haciéndolo mediante una mayor audacia, un mayor descaro a la hora de plantear y resolver las historias de sus personajes.

Así, me habría encantado, eché de menos otro devenir de los acontecimientos y otros posibles desenlaces que, a vuelapluma, se me ocurren: me habría gustado, por ejemplo, que el maduro homosexual que fue a la India en pos del recuerdo de su primer amante (a quien, naturalmente, nunca ha dejado de amar platónicamente y en la distancia) no lo hubiera encontrado, o que sí, pero que éste lo hubiera olvidado o, desde luego, no le hubiera reconocido que tampoco él había dejado de amarlo; que el hombre en un matrimonio-infeliz-pero-de-toda-la-vida, súbitamente enamorado de su compañera de viaje, no hubiera acabado encontrando una salida fácil con el abandono de su mujer, terreno abonado para -como al final sucede- emparejarse con su nuevo amor; que la madre del muchacho indio no hubiera cambiado de opinión sobre la joven elegida por él como novia y hubiera seguido desaprobando ese casamiento, como efectivamente no sucede, y todo en el medio minuto que tarda el viejo sirviente de la familia en recordarle que también ella fue desaprobada por los padres de quien luego fue su marido; que la anciana de hondas convicciones racistas no se hubiera transformado de pronto en viejecita progre y de mente abierta sólo porque resulta tener una criada india la mar de servicial; o, en fin, que el hotel hubiera sido derribado por los malvados especuladores y no rescatado in extremis por las habilidades de la susodicha ancianita inglesa.

Me habría conformado con que sólo una de las historias que se nos plantean en la película hubiera seguido por alguno de esos cauces; con que sólo una no hubiera terminado de la forma tan convencional, tan de cuento de hadas, tan fácil, con tantas concesiones. Porque, en la realidad, es así como suelen desarrollarse la mayoría de situaciones análogas a ésas en las que alguien ama a otro alguien, alguien tiene un sueño de difícil consecución práctica o alguien se enfrenta a un sistema o a una forma de pensar socialmente refrendado.

Ojo; con esto no quiero decir que abogo por que las historias terminen mal, con personajes infelices o sueños frustrados. No. Lo que digo es que me gustaría ver historias en las que la felicidad, o la vía hacia ella, se nos presente de forma más realista, menos cómoda, menos dada. Porque la felicidad no consiste en que nos den lo que queremos de buenas a primeras, en que queden barridos de un plumazo todos los obstáculos que se nos presentan, en que la solución provenga de manos de otras personas, de la Providencia, de una casualidad, de algo inverosímil o muy poco probable. Puede suceder todo eso, pero mi experiencia me dice que es así las menos veces. En la mayoría de los casos, la felicidad llega por caminos más intrincados, menos obvios; y, desde luego, por caminos que exigen algo más que un bonito discurso lacrimógeno o un cúmulo de afortunadas circunstancias. Es ese final feliz el que echo de menos ver reflejado en la sociedad, en los mensajes que nos llegan de todas partes. Porque es ése el final feliz en el que creo.

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“The Room” (21-I-2012)

The Room is one of the most important films of our era, and if you have been alive in these times, I think you might find it an engrossing watch. Every cultural and social, and even psychological and emotional expression that is typical of today’s Western civilization’s members can be subsumed in and allegorized by The Room.

What is more crudely descriptive of most of today’s apparent friendships than Johnny and Mark’s “You’re my best friend” kind of relationship whereby the claim of bestfriendship is much more important than the actions that silently go under that label -undermining the very essence of it?

"Maybe I already have a girl... and it's *your* girl!"

What can be more in-your-face real than Johnny’s and Lisa’s ill-fated love story, with the passional fireworks occupying about 5% of it, and indifference, boredom, lack of understanding or even hate making up for the rest?

This is where 99.99% of Hollywood movies end. Doesn't mean the story is over.

What could be a better mirror reflection of the person obsessed by appareance and physical perfection than the super-musculated, seemingly around-the-clock airbrushed and not-completely-real-but-hey-he’s-real looks of Johnny? Is there any better expression of our painfully superficial caring for ourselves and for others than the “I definitely have breast cancer” “Oh mom that’s a shame, would you like more coffee?” dialogue?

Oh, this coffee is so good! Oh, yeah, and I have breast cancer.

Is real life casual sex the epitome of physical pleasure and carefree, enjoyable young-and-urban lifestyle, the way most movies depict it, or is it rather the prelude to the ridiculous “I lost me underwears” monologue in this movie?

Draw your own conclusions. I will just say this, and I’m very aware of my tone and choice of words: Everything that is typical of the time we’re living is in The Room. Everything *is* The Room. It is not a movie -it is the ultimate cultural experience of our times.

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