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Moraleja del patito feo

Este cuento tan tierno y conmovedor -hace llorar tanto como el cuento de Bambi, si no más- me deja con una interrogante o, mejor dicho, suscita en mí, ahora lectora adulta que vuelve a releerlo por enésima vez, pero por primera vez a esta edad que tengo ahora, una interrogante nueva: ¿dónde está el castigo?

Dónde está, pregunto, el castigo a todos aquellos animales que se rieron del patito feo, que lo despreciaron en su época de patito feo. ¿Qué ha sido de ellos? ¿Vinieron a pedirle perdón por haberse mofado de él y por haberlo arrinconado, ostracizado, humillado y acomplejado?

El cuento no dice nada de eso, y ese silencio, pienso yo, no indica más que una cosa: de ellos no se hizo nada digno de mención, no les pasó nada, no se dieron cuenta de nada ni se arrepintieron de corazón de su pasada actitud.

El cuento indica que el patito se fue a vivir a un estanque -algunas versiones apuntan incluso que tal estanque estaba “muy lejos” de la granja donde había nacido y donde después había sufrido el desprecio y el rechazo de sus congéneres; también el silencio sobre la actitud de su madre adoptiva es un silencio ominoso que sólo puede dar a entender una cosa, nada buena- y que allí encontró a sus verdaderos hermanos de sangre, los cisnes. A partir de allí vivió feliz con su verdadera familia, biológica, cultural y de todo. No se dice nada de que los animales de la granja llegaran a saber de su suerte, de su metamorfosis, de su -digámoslo ya- superioridad -Pues ¿qué otra cosa invita a concluir el cuento, sino que ser cisne es superior a ser pato?- y, mucho menos, de que corrieran a pedirle perdón, ni tan siquiera de que intentaran una aproximación servil y aduladora. El cuento -a no ser que haya una versión original que se haya edulcorado posteriormente, como ha sucedido con la mayoría de los clásicos- no dice ni pío ni se preocupa en absoluto por el destino de los demás animales.

Pues yo me quedo con las ganas de saber. ¿Les vino la vuelta en forma de metafórica patada en el culo por parte del señor Karma? ¿Se arrepintieron en algún momento de su desaforado cuatrerismo y de su miopía mental? ¿Lamentaron la oportunidad perdida de hacer un amigo valioso y, por añadidura, físicamente agraciado, además de exótico y elegante? No sabemos.

Y, en cuanto al cisne, ¿cómo vivió él su nueva vida? ¿Alguna vez se acordó de sus antiguos compañeros y -no lo olvidemos- familiares, de aquellos a quienes tuvo por madre y hermanos? Y, si es que sí, ¿con qué sentimiento los recordó? ¿Con añoranza, con ira, con perdón, con ternura, con indiferencia…? Tampoco sabemos. Es más: ¿acaso el cisne volvió un día a la granja para burlarse de su antigua cuadrilla, para restregarles por la cara su éxito en la vida, para repartir culpas, incluso para batirse en plaza pública con quienes le amargaron la infancia? ¿Hubo venganza, en otras palabras? Ni idea, oigan.

Yo creo que este relato queda incompleto sin ese colofón. O a lo mejor es que mi mente me hace buscar desenlaces significativos donde sólo hay meros desenlaces. No lo sé.

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