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Acontecimiento planetario

-Vaya resacón tienes, chica -le dijo Marta a su reflejo en el espejo. No era una resaca etílica, sino una informativa: una resaca electoral. Que, a pesar de su nombre, no era de libre elección, sino de obligatoria fatalidad. Se había hecho periodista por muchas razones -ninguna de las cuales recordaba ahora– y estas cosas iban en el (exiguo) sueldo.

Ahora tocaba encender la tele y empaparse con los análisis, debates, conclusiones, inferencias, deducciones, predicciones y entrevistas preparados por las estrellas de los magacines matinales y sus redactores a (exiguo) sueldo. No había elección tampoco en esta cuestión.

Además, se notaba que los políticos alfa del país eran todos hombres e iban a mesa puesta, porque aquel año las elecciones las habían convocado para el domingo día 23 de diciembre, o sea, víspera de Nochebuena. Se notaba que ninguno de los presidenciables pensaba apartarse lo más mínimo de su agenda poselectoral. Para eso ya tenían a sus mujeres.

Aprovechando que Daniel tenía el sueño pesado y hábitos propios de adolescente juerguista, encendió la tele, el portátil y el móvil, todo ello casi en un único gesto. La cocina americana y el minisaloncito-comedor-living se inundaron con la voz de pito de la moderadora de turno. Presentaba un debate poselectoral entre los candidatos a presidente del Partido Pop, del Partido Social Operístico, de Bailemos y Ciutat Dance. Había más líderes y colíderes que habrían querido participar, pero todos no cabían en el plató, y es sabido que una mesa redonda de más de cinco participantes provoca cacofonía y nula inteligibilidad.

Marta consultó las cifras que había apuntado antes de dar la noche por terminada -justo cuando ella y su marido, Isma, habían conseguido que Daniel se durmiera, al filo de la medianoche- y comprobó que no había habido variaciones de última hora: el pastel parlamentario se repartía casi matemáticamente al 20% entre los cuatro partidos en liza. Ergo, cada uno de los cuatro candidatos a presidente veía posibilidades muy serias y factibles de ser investido y tocar la gloria.

En el debate, que ya estaba empezado, los cuatro hombres (todos hombres) tenían cara de cansancio, descolgamiento, palidez, ojeras y rastros de barba afeitada deprisa y corriendo, así que era de presumir que no estaban siendo especialmente brillantes con su oratoria. Uno hablaba de que los demás querían un allegro y su partido prefería el moderato, para “hacer las cosas despacio y bien”; otro decía que, si le dejaban, su partido daría el do de pecho; el tercero recordaba que hacían falta al menos dos para bailar el tango (de un tango a tres o a cuatro no dijo nada, no fuera que la moderadora le preguntara su opinión sobre las orgías), y el cuarto, que no era el mejor dotado en cuestiones de retórica, se limitaba a repetir su eslogan: “Menos samba, más trabajar”.

Así estaba la cosa, o sea, en punto muerto, cuando la presentadora tuvo una idea que ya nunca se sabría si estaba guionizada o fue más bien que se marcó un Günter Schabowski, pero que quedaría para la posteridad. Y fue la cosa que, animada por el ambiente navideño a la par que musical, propuso:

-Oigan, ¿por qué no organizamos un juego de sillas y el que gane será el nuevo presidente del gobierno?

No se sabría jamás qué les pareció de verdad de la buena a los cuatro representantes, pero, por aquello de que un No suena a maldito, poco espiritual y, peor aún, poco popular y enrollado, uno saltó y dijo que sí y ninguno de los demás tuvo lo que hay que tener para negarse. En un pis pas la presentadora los puso a los cuatro en movimiento para apartar la mesa del desayuno-tertulia y colocar tres sillas formando un pequeño corro.

-A ver, compañeros, un poco de música -pidió a alguien que estaba fuera de plano. Enseguida fue obedecida y sonó un villancico. “A Belén, pastores”. Los cuatro candidatos se pusieron a corretear como niños de jardín de infancia.

Fue justo el momento que eligió Daniel para reclamar la presencia de su madre. Marta se debatió un nanosegundo entre su privilegiada posición de espectadora de aquel momento inigualable de la historia del país y su responsabilidad como madre. Ganó, como siempre, la segunda. Dejó todo atrás -la tele, el portátil y el  móvil que ya estaba empezando a zumbar con, no hacía falta mirarlo para saberlo, mensajes de WhatsApp de su jefe y de algunos colegas que querían comentar el histórico y trascendental momento que todos estaban compartiendo- y acudió presurosa a abrazar a Daniel y darle los buenos días.

-Patata -exclamó Daniel al ver a su madre, al tiempo que estiraba los bracitos para ser abrazado.

-Buenos días, mi amor -dijo ella. Abrazó su cuerpecito calentito, todavía con restos de sueño, y le dio un beso muy sonoro. -¿Abrimos la ventana para ver qué día tan bonito hace? ¿Sí?

Daniel apoyó la moción y Marta lo agarró con el brazo izquierdo, mientras con el derecho subía la persiana y dejaba entrar los rayos de sol.

En el momento en que abría la ventana para ventilar un poco la habitación, estalló un petardo y -lo nunca visto- fuegos artificiales iluminaron la ya luminosa mañana del día de Nochebuena. Se empezó a oír un rumor indefinido que fue adquiriendo definición segundo a segundo. En la salita, el teléfono de Marta empezó a sonar. El rumor dejó de serlo y se convirtió en ruido de tumulto. Y es que la calle se estaba empezando a llenar de gente.

Gente de todas las edades, condiciones, humores, estados de salud y de dinero… en fin, todo el mundo mundial estaba saliendo a la calle en tromba. Agitaban banderas, pañuelos, trapos de cocina, incluso había gente con matasuegras y trompetas de juguete. Desde los balcones, quienes no podían corretear por la calle lanzaban lluvias de confeti y serpentinas. Pronto afloraron los primeros globos y balones gigantes de playa que botaban de mano en mano, uniendo a completos desconocidos en una fiesta sin igual.

-Algo acaba de pasar, algo gordo -le dijo Marta a Daniel.

Aquello tenía todo que ver con lo que había sucedido en el programa de televisión, no podía ser otra cosa. Un acontecimiento planetario de dimensiones hasta entonces desconocidas se había producido, de tal modo que había empujado a toda aquella gente a tomar la calle, pero no para protestar, sino para ponerse a festejar y a dar salida a tanta euforia y alegría como sentían. Nadie había visto nunca algo así.

Marta se encaminó hacia la sala con Daniel en brazos. La cara de la presentadora, ahora sonriente, ocupaba la pantalla. Ahora estaba claro que hablaba sin la ayuda del telepronter, y la verdad es que no lo hacía nada mal:

-¡Es un día histórico, señoras y señores! ¡Por primera vez en toda la historia, todos los partidos políticos se han puesto de acuerdo y van a acatar el resultado! ¡Gobernarán todos juntos y revueltos y tomarán las decisiones de forma conjunta y colegiada! ¡No habrá necesidad de votar nada en el congreso porque no habrá votos en contra! ¡Señoras y señores, estamos asistiendo a un momento único en toda la historia del universo! ¡Oigamos ahora al próximo presidente, que será…!

Daniel estaba protestando y de repente su voz había subido varios decibelios, como sólo él sabía hacer cuando quería o no quería algo. En este caso, lo que quería era ver su canal. El canal infantil. Era el canal número 25, su favorito de entre los cuatro temáticos que se sintonizaban en casa.

Marta le dio el mando y el niño, ipso facto, pulsó los dos botoncitos, el del 2 y el del 5, y el televisor pasó a mostrar una escena de “Los osos amorosos”.

Daniel, mágicamente, había dejado de protestar y miraba la pantalla con sonrisa beatífica. Una sonrisa que superaba la de cualquier líder político que saborea las mieles del triunfo.

Marta se concentró en la serie favorita de su hijo. Cuatro osos amorosos jugaban en aquel momento al juego de las sillas.

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Esa cosa sindical

A medida que el Estado se aleja de su finalidad, que no es otra que servir al interés público (o sea, a nosotros, que lo sostenemos con nuestro dinero), se convierte en una superestructura anquilosada que acaba siendo un fin en sí misma. Así, acabamos olvidando para qué todo ese aparato, todos esos trabajadores de la función pública, todos esos concursos-oposición, todos esos impuestos. El pago de impuestos sería hasta algo de agradecer si la gente viera, percibiera en su vida diaria, que la administración sirve exactamente para lo que fue concebida. Acabamos viendo al estado, la burocracia y a los funcionarios (de “función pública”) como enemigos o, a lo sumo, como entidades que nada tienen que ver con nosotros; un engorro que, para más inri, nos chupa nuestros dineros.

Después, vemos el tema como un chollo: ser miembro o parte de esa superestructura burocrática se convierte en una aspiración, y quien consigue pasar a formar parte de sus filas es envidiado o mirado con recelo, o ambas cosas.

Irónica y tristemente, la deformación ha llegado al punto de que los sindicatos, instituciones creadas desde la más pura espontaneidad -al menos, originariamente-, como respuesta inmediata a una necesidad perentoria como pudiera ser la ausencia de derechos de los trabajadores, la falta de una conciencia gremial, etc. se han convertido también en parte de esa superestructura de hormigón armado. Ahora ya no sirven a aquellos a quienes dicen servir, o sea, los trabajadores (la gran mayoría, aún, y afortunadamente). Los grandes sindicatos -recordemos: cuanto más grandes y cuanto más formalmente estructurados, peor y más difíciles de controlar desde una democracia real- son empresas en sí mismas, que sólo sirven a sus propios intereses.

No hace falta ser expertos en nada para comprobar algo tan sencillo. Desde el momento en que los máximos representantes y dirigentes de los dos mayores sindicatos son a su vez afiliados a uno de los grandes partidos políticos; desde el momento en que esos sindicatos son financieramente sustentados por el estado, con subvenciones aprobadas por esos gobiernos con los que aseguran estar en democrática oposición; desde el momento, en fin, en que son capaces de callarse y permanecer desaparecidos de combate durante años, incapaces de movilizarse con convicción contra la injusticia social y económica que supone un paro galopante… no puedo creerme ninguna de sus proclamas. Tampoco me puedo creer su protesta de ahora contra la reforma laboral. Todos sabemos que a los máximos dirigentes de esas instituciones no les afectará nunca, en absoluto, esa reforma laboral. Ellos seguirán teniendo su puesto de trabajo asegurado y bien remunerado. Lo malo es que todavía hay mucha gente que los sigue, que cree de buena fe en su palabrería, transida de una ideología tardofranquista cuando mejor, y obsoleta por nostálgica, cuando mejor. En todo caso, un concepto de lucha de clases que ya ha quedado sobradamente superado y que sólo puede perdurar por una de dos: la nostalgia bienintencionada de algunos o la voluntad peor intencionada de unos pocos.

Se echa de menos una regeneración del movimiento de protesta y, sobre todo, la retirada de líderes que nada constructivo aportan ya a la lucha por conquistar y mantener los derechos de los trabajadores. Algo de eso hubo en el (malogrado) movimiento 15-M, pero no tardaron en usurparlo individualidades de todos los colores, sobre todo de aquellos colores que, en principio, menos sospechas debían haber despertado.

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