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Periodista en busca de sentido

Decía la leyenda que la Virgen María en carne mortal se había aparecido a un humilde pastorcillo, y le había hecho saber que aquel lugar perdido para el hombre civilizado, aunque no para Dios, era un lugar mágico, especial. No le había pedido expresamente que edificara allí un templo -los santos y la Virgen jamás piden nada, eso lo hacemos nosotros-, pero eso ya había sido un extra sobrevenido cuando las autoridades eclesiásticas supieron de la historia del pastorcillo, que hizo a todo correr y sin detenerse los ocho kilómetros que separaban el pueblo de aquella masa kárstica, aquel amasijo ascendente de colinas y erupciones de piedra caliza que la Virgen había ungido con su manto.

Lo llamaron Santuario del Espinar, en honor a la maleza en la cual había aparecido envuelta Nuestra Señora.

Quinientos años después, Marta había recorrido aquella carretera -un poco demasiado estrecha y, en cualquier caso, tan retorcida como era posible- infinidad de veces, igual que cualquier nativo de aquel pueblo, pues el antiguo lugar de aparición era hoy un popular santuario, que se erigía al fondo de una explanada no natural, sino edificada por la mano del hombre, a fin de que el santuario pudiera estar adecuadamente rodeado de tres coquetos hotelitos y hospederías, algunos restaurantes con sabor montañés, una tienda de recuerdos y regalos y una oficina de turismo, además de doscientas plazas de aparcamiento. Y sin embargo, aquella asiduidad no aminoraba ni una pizca la probabilidad de taponamiento de oídos y la pereza que le daba tragarse aquellos ocho kilómetros de subida.

Y el objeto de su trabajo le producía dos veces más pereza aún y le daba ganas de empotrar su coche contra el quitamiedos para así poder librarse del rollazo de tener que cubrir el consabido concurso anual de productos hortenses, donde, como en tantas otras cosas en la vida, ganaba aquel que presentaba el ítem más grande.

La gran novedad de este año, y que hacía que su jefe estuviera que no cabía en sí de nervios y que ella misma afrontara la tarea con gran emoción, era que el ámbito, de ser exclusivamente local, había pasado a extenderse a toda la comarca. El jurado había tenido que hacer una preselección, debido al gran número de participantes que se habían presentado, y aun así habían aumentado la lista de finalistas de los tradicionales 20 a 30. El interés noticioso del evento era doble; por un lado, el propio certamen, hito local de indiscutible nombradía y raigambre, y por el otro, y la parte que interesaba de verdad a los medios de comunicación, que se temía que los caseros disconformes con el cambio de universo -muchos de los cuales habían quedado fuera del concurso en la criba inicial- intentaran reventarlo con un acto de boicot muy vistoso. A la redacción habían llegado emails anónimos avisando de ello, e incluso una cuenta anónima en Twitter había tuiteado al respecto.

(Nada de toda esa movida tenía en absoluto nada que ver con el clima preelectoral que se respiraba en todo el país; así lo habían asegurado propios y ajenos. No obstante lo cual, todos en la oficina tenían sus dudas, porque todo tenía todo que ver con el clima pre y postelectoral que se respiraba en todo el país durante todo el año.)

Medios de toda la provincia, incluso algún medio nacional que se preciaba de “dar protagonismo a las pequeñas historias de los pequeños lugares” (así, como suena) habían desplazado equipos al lugar de la gran competición. Incluso se decía que el medio nacional por excelencia iba a enviar a Rosi Barroso en persona, la periodista de televisión de moda. Pero el medio de Marta, currándose “las pequeñas historias” de su pueblo y comarca todos los días del año, tenía a su favor la gran baza de su carácter local, más local que el queso de oveja lacha con denominación de origen que se producía en los caseríos del valle. Por eso, llegaban adonde los demás sólo podían acercarse, por muy nacionales que fueran.

En el caso que nos ocupa, esa ventaja consistía en una ubicación privilegiada desde la cual Marta y su técnico, el becario Iñaki, tenían una vista incomparable y perfectamente panorámica de la explanada donde tendría lugar la exposición y concurso, una especie de plaza de medianas dimensiones encajada entre el pie de un pequeño acantilado y el dique formado por los muros posteriores del santuario soñado por aquel zagalillo que vivió quinientos años atrás. Esa ubicación era el amplio balcón, esculpido directamente en la roca, al cual se accedía desde el refectorio de los frailes franciscanos para cuya hermandad el santuario había sido hogar desde el inicio de su existencia (del santuario, no de la hermandad). Los frailes franciscanos eran como hermanos -de sangre, por añadidura- para los periodistas locales, con los cuales había un sano toma y daca -los periodistas tenían un fichaje estrella en el hermano Diluviano, el fraile meteorólogo, una celebrity en toda la comarca, y a cambio de predicciones gratuitamente radiadas desde el entorno incomparable del Santuario del Espinar, el medio local hacía publicidad de las bondades del calendario, los anuarios, las agendas, las postales y los libros de historia que los franciscanos editaban bajo su propio sello, Ediciones Espinares, SL. Ese buen entendimiento -con su aliciente comercial y todo- había forjado una alianza a prueba del relumbrón de focos de mayor potencia que los del modesto medio local.

-Tú espérame aquí, que voy a anunciarnos -instruyó Marta a su becario, que se quedó, en efecto, al volante del Skoda Roomster que tenían como único coche de empresa a compartir por toda la plantilla.

Fray Telésforo, el fraile que había permanecido al pie del cañón de la recepción y de la centralita casi desde que el santuario se inauguró, allá por 1510, volvió a no reconocer a Marta a pesar de tenerla a dos palmos y a haber mantenido con ella la misma conversación decenas de veces en los últimos años. Marta ya iba preparada para una repetición más -se sabía su parte del diálogo de memoria- y, sin embargo, la aguardaba una sorpresa:

-Buenos días, hermano Telésforo. Venimos a cubrir el concurso. ¿Nos puede anunciar al hermano Patrocinio, por favor? -dijo, refiriéndose al fraile encargado de Relaciones con los Medios y señalando la centenaria centralita que ella siempre había conocido allí. Pero, para su sorpresa, en lugar de echar mano de las clavijas que eran como una extensión de las artríticas manos del hermano Telésforo, éste agarró del mostrador un smartphone, que en aquel momento estaba en modo suspensión pero que volvió a la vida nada más tocarlo el anciente fraile.

-Perdone usted, señorita, disculpe mi lentitud con el tecleo -dijo, mientras sus dedos se desplazaban sobre el teclado virtual a la velocidad de la luz.

-Más despacio, por favor, me estoy mareando. Y, oiga, ¿qué hace usted, no me va a anunciar a fray Patrocinio, que nos estará esperando?

El hermano telefonista levantó la mirada del teléfono y la depositó en Marta como si acabara de ver un ser de otro mundo.

-Es lo que estoy haciendo, señorita. Uso el guasa.¿No ha oído hablar usted del guasa? Es que hoy tenemos aquí un barullo impresionante, señorita, y si intentamos hablar con él a viva voz, dudo mucho que consigamos inteligirnos mutuamente. ¡Ay, cáspita! Ahora no encuentro el chat que tenía abierto…

“Vaya con el frailecillo”, se dijo Marta para su coleto.

-Si me permite… -y, estirando el brazo, se hizo limpiamente con el aparato. En efecto, el buen fray Telésforo había perdido el whatsapp abierto con su congénere y la pantalla mostraba ahora la lista de contactos, que estaba en la A. Marta deslizó el dedo de arriba abajo por la lista alfabética, haciendo que las letras fueran destacándose lumínicamente al contacto con su índice. Adalberto, Hno.; Ambulatorio; Apolonio, Hno.; Ayuntamiento; Bernabé, Hno.; Crispín, Hno.; Crispiniano, Hno.; Dionisio, Hno.; Dios; Diosdado, Hno…. ¡Un momento! Marta volvió atrás. ¿Dios? ¿Qué demonios de nombre de contacto era ése? ¿Sería posible que fuera…? Pero… no, de ninguna manera racional podía ser… Pero, ¿y si…?

Ni corta ni perezosa, hizo clic en el contacto denominado “Dios”. Su memoria fotográfica registró al momento la cifra de nueve dígitos. Se la repitió por lo bajini, para estar completamente segura: seis, seis, seis, siete, cuatro…

En aquel momento, se abrió otra vez la puerta de entrada. Eran fray Patrocinio e Iñaki, departiendo amigablemente.

-¡Ah, vaya con el guasa, sí que es eficaz! -opinó fray Telésforo, desentendiéndose del problema ya resuelto.

Los dos periodistas siguieron a fray Patrocinio hasta el privilegiado lugar de promisión, donde Iñaki instaló su trípode y su cámara.

-Eh, ¿estás bien? ¿Tienes vértigo? -le preguntó Iñaki.

-Ah, no, no pasa nada. Aquella es Rosi Barroso, ¿no? -dijo Marta para despistar, aludiendo a la estrella ascendente de los noticiarios de la cadena nacional. El comentario funcionó para desviar la atención del becario a otra parte. En efecto, estaba distraída desde que había visto el número de Dios en la agenda de fray Telésforo. Aprovechando el momento de privacidad, cogió su propio teléfono y grabó el número memorizado. Lo hizo bajo el nombre “Dios”, sintiéndose un poco ridícula, pero no sabiendo qué otra etiqueta ponerle.

Era verdad que la ubicación era privilegiada; desde allí, no se les escaparía ripio. Se dominaba toda la explanada donde se celebraría el concurso, y, como extra, todos los aledaños donde se habían apostado los medios rivales. Por si eso fuera poco, se controlaban todos los accesos y salidas y las vías de tráfico rodado durante varias decenas de metros, con lo cual ellos serían los primeros en advertir -y grabar- el menor movimiento extraño por tierra, mar o aire por parte de quien quisiera reventar el evento.

Aquella era su gran oportunidad, el gran acontecimiento que podía catapultar la carrera de Marta desde las profundidades abismales de lo local al raso cielo cuajado de estrellas donde merecía figurar. Y sin embargo, su mente estaba lejos de ocuparse de aquel reportaje en ciernes; no podía apartar su pensamiento de…

-Un segundo, tengo que… -dijo, y entró al refectorio y salió de él a continuación, sin darle tiempo a Iñaki de poner la menor objeción.

Con el teléfono en la mano, abrió Whatsapp, buscó el contacto “Dios” y escribió su mensaje con dedos temblorosos.

“Si estás ahí y eres quien parece que eres, me gustaría que me dijeras cuál es el sentido de mi vida.”

Ya está. Lo había escrito. Un segundo después, lo había enviado.

Casi al instante aparecieron las dos tildes azules que confirmaban que su mensaje había sido leído.

Sintiéndose en paz consigo misma, volvió al balcón.

La cosa tardaba en arrancar, a pesar de que todo estaba listo y todos los participantes habían llegado puntualmente. Pasó un rato muy largo y después otro más. Luego, por fin, anunciaron por megafonía que se daba comienzo oficialmente al concurso de quesos y productos hortofrutícolas de la región, donde serían premiados indefectiblemente aquellos productores que aportaran el o los frutos más grandes y hermosotes. Iñaki se puso a lo suyo haciendo planos largos, planos con zoom, picados, panorámicas, barridos y contrapicados artísticos.

Durante todo lo cual (estaba siendo todo muy aburrido y previsible), Marta no pudo dejar de pensar en su mensaje y en lo que podría pasar a continuación. Lo más seguro era que no pasara nada, o quizá que alguien le contestara con una frase amable mientras se partía la caja a su costa. El consuelo era que ella nunca oiría aquellas risas, ni que su interlocutor sabría quién había sido la pazguata que le había enviado aquel estúpido mensaje. Porque, como era bien sabido, hoy día ya nadie creía en Dios ni nad…

-¡Eh, tía, mira eso! -exclamó de pronto Iñaki. Marta salió -más bien, saltó- de su sopor meditabundo. Algo estaba sucediendo, efectivamente: por una carretera vecinal, poco más que un camino de cabras con unas paladas de cemento por encima, se aproximaba una caravana de tractores, Land Rovers y Mobylettes, en medio de una barahúnda de bocinazos, proclamas vociferadas por megafonía, carracas y -Marta casi lo habría jurado- zambombas.

Venían muchos y -sin duda- venían cabreados.

De repente, Marta sintió la vibración del teléfono en el bolsillo. Le echó mano y miró la pantalla: un mensaje de Whatsapp. Un mensaje de… Dios.

La belísona presentación de los caseros en pie de guerra sonó mucho más cerca. La adrenalina, propulsada y bombeada por un corazón acelerado por la emoción, surcó sin freno ni obstáculo las arterias de Marta, que se puso en pie con su cámara de fotos dotada de superobjetivo sujeta como si fuera su propia vida.

El teléfono hizo “ploc” al chocar contra el suelo.

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Talentos ocultos (y V)

Carla y Scott no eran los únicos que recibían el nuevo día como si fuera una fiesta.

En el otro extremo de la ciudad, dos muchachas brindaban con champaña.

–¡Por nosotras!

–¡Por nosotras… y por papá!

Eran pelirrojas, aunque una iba teñida de rubio. Sus cejas, sin embargo, delataban su color natural. Esto habría debido bastar para que hasta un observador poco agudo como Charles Huntington–Whaley pensara aquello de “algo huele a quemado en el norte de Dinamarca”. O en su despacho y en su casa, respectivamente.

Pero él estaba tan obnubilado por la melena rojo pasión de su secretaria, Jackie, y había relacionado tanto ese color con sus más bajos instintos –pues en sus fantasías todo era de ese color, desde la ropa interior de los protagonistas hasta, por supuesto, el pelo de la secretaria salvaje que lo azotaba con su bloc de notas mientras gritaba aquello tan excitante de “El presidente le llama por la línea dos… la línea dos… la línea dos…”– que nunca se le ocurrió relacionarla con las cejas tímidamente rosadas de su humilde criada, Dolly. Tampoco encontró parecido alguno en cierta forma de entornar los ojos, en cierto modo de llevarse la mano a los labios cuando algo las sorprendía o cuando querían acallar algún secreto que pugnaba por salírseles de la boca. Fijarse en eso habría sido pedir demasiado a Huntington–Whaley.

Pero sólo el color del pelo habría debido ser suficiente.

Y había otro dato que debía haberlo puesto sobre la pista, pues el pelo de color rojo no sólo le había procurado placer en esta vida, sino también quebraderos de cabeza. Claro que, para tener esto presente, Huntington–Whaley tendría que haberse remontado al pasado. Y, así como su imaginación, también su memoria era pobre. Por supuesto, no toda la culpa era de su materia cerebral; también había factores psicológicos, como acertadamente habría señalado su entrañable amigo Christopher Travis –que esa mañana iba a llevarse una grata sorpresa; tan grata, que no se le ocurriría otra cosa que cerrar la consulta y telefonear a su querida amiga Rebecca Huntington–Whaley para preguntarle delicadamente cómo se encontraba y ofrecerle asesoramiento profesional, totalmente gratis, por supuesto…–: y es que los ofensores tienden a olvidar la ofensa y al ofendido, mientras que es éste el que carga con la losa del recuerdo del momento aciago, en una operación de escasa lógica y menor justicia, pues, en un mundo ideal, sería el culpable el que no pudiera olvidar jamás el pecado, siendo así que éste le atormentaría para siempre. En cambio, en el caso que nos ocupa, y siguiendo la lógica de lo ilógico –pero tristemente real–, había sido el señor Johnson, padre de dos hijas, Jacqueline y Dorothy, el que se había llevado a la tumba el disgusto y la humillación de haber sido pisoteado por un mocoso con aires de grandeza.

Había sucedido veinte años atrás. Por aquel entonces, Charles Huntington–Whaley era simplemente Chuck Whaley (ni siquiera Charles Huntington, pues eso llegaría después-, secretario del concejal de Obras Públicas de Rathole, Alabama (365 hab.), y aspirante a Algo Grande Que La Vida Me Tiene Reservado. Ese algo grande se situaba sin duda a gran distancia del ayuntamiento de Rathole, pero el siguiente peldaño hacia él estaba a unos metros del pequeño despacho que entonces compartía con otros nueve secretarios. Esos metros eran los que separaban aquel despachito de la alcaldía, a la sazón detentada por Patrick Johnson, un guardaagujas de toda la vida, de los que habían aprendido el oficio por vía familiar, y que se había presentado a alcalde porque quería hacer algo por su pequeña y entrañable comunidad. Naturalmente, ninguno de los cargos públicos de Rathole lo era a tiempo completo; era una cuestión de vocación, una palabra que no figuraba en el diccionario de Chuck Whaley.

Lo que hizo fue muy simple: como sabía que sus conciudadanos jamás votarían a otro candidato que no fuera el viejo y conocido guardaagujas, Chuck Whaley, estudiante de Derecho y Ciencias Políticas, revisó hasta el último albarán que había en el ayuntamiento para encontrar las piedrecillas con las que el alcalde había tropezado. Hasta que encontró una lo bastante significativa: Johnson no había cumplido con los requisitos reglamentarios para aprobar los presupuestos del año en curso.

De esta forma, Whaley presentó una querella contenciosa-administrativa contra Johnson. Con el reglamento en la mano, nadie podía defender a Johnson; éste sólo contaba con el respaldo de todos sus conciudadanos, además de con el sentido común, que le daba la razón; pero eso no fue suficiente, y Johnson fue obligado a renunciar a su cargo. Hubo un asomo de rebelión en el pueblo, pero se apagó espontáneamente. Cuando todo hubo vuelto a la normalidad, Whaley fue investido alcalde.

El guardaagujas se encontró con que sus antiguos compañeros en la labor pública habían tardado muy poco en olvidar aquella afrenta. No sólo eso: habían acabado por dejarse imbuir de la idea de que el honrado Johnson había hecho algo mal.

Había muchas cosas que el honrado guardaagujas y exalcalde podía soportar, pero entre ellas no figuraba la humillación y el oprobio, como sucede con todo hombre bueno que ve embarrado su nombre. Fue más que él. Se hundió. Empezó a ser descuidado en su trabajo de guardaagujas. Fue despedido. Ahora debía acudir diariamente al Ayuntamiento, pero, en lugar de ir al despacho de la alcaldía, debía pasar por la ventanilla para recoger su subsidio de jubilación anticipada. Algunas veces, se cruzaba con antiguos compañeros, que apenas si le saludaban; otras veces incluso veía a Charles Whaley –ahora se hacía llamar Charles– dirigiéndose al que ahora era su despacho.

El viejo Patrick Johnson no se suicidó, pero se fue apagando lentamente, sin hacer mucho ruido. Nadie se sorprendió verdaderamente cuando lo encontraron muerto una mañana. Ah, pero ¿no era ya muy viejo? Y no, su cuerpo no lo era aún.

Jackie y Dolly se quedaron huérfanas de padre a los siete y cinco años, respectivamente. Todo el mundo creyó que eran demasiado pequeñas para darse cuenta, pero ellas sabían que los niños nunca son demasiado pequeños para darse cuenta de las cosas importantes de la vida.

Y ahora, veinte años después de aquello, ambas brindaban con champaña, porque se acababa de cerrar un círculo que había empezado a trazarse tanto tiempo atrás.

Todavía tenían un as en la manga: las fotos de Charles Huntington–Whaley con una joven pelirroja, en actitud comprometedora y nada favorecedora para su campaña de imagen. Ellas creían que no haría falta utilizarlas, pues su enemigo estaba ya acabado.

Sólo había hecho falta escoger la llave adecuada y hacerla girar dentro de la cerradura adecuada.

* * *

Jordan F. Jordan, a bordo del coche patrulla 134, estaba a punto de tomarse su tercer desayuno de la mañana, a pesar de que todavía eran las siete. Sus horarios biológicos estaban completamente trastornados, aunque él ya lo consideraba normal. Su compañera, Laura, había salido hasta la cafetería de al lado para agenciarse un par de cafés y bollitos con los que seguir alegrando aquella mañana de vigilancia. Jordan no podía evitar pensar que no lo estaban haciendo demasiado bien, si es que habían transcurrido ya casi tres horas desde que se dio la orden y todavía no habían encontrado nada. Esto, en cierto modo, era tan inquietante o más que la profusión de hallazgos, de la misma manera que no encontrar un cadáver cuando se tienen motivos para pensar que debe de aparecer uno es la posibilidad más turbadora de todas.

El jefe había sido claro y tajante, como siempre:

–Chicos, quiero que agucéis todos los sentidos que tengáis. Puede que nos estemos enfrentando al asesino de las escamas plateadas. Su descripción es: metro ochenta, 68 kilos, pelo rubio hasta los hombros, ojos verdes, separación entre los incisivos. No lleva pendientes, tatuajes ni ningún signo distintivo. No pertenece a ninguna tribu urbana. Lo más probable es que vista bien, puede que incluso lleve ropa de marca.

Lo único que le había faltado añadir, pero que sin embargo prefería callarse por el momento, era que aquella descripción correspondía a la de Scott Marsalis, hijo menor del juez David P. Marsalis. Pero, después de enterarse de que él también había desaparecido, y conociendo un poco la personalidad apocada de Carla Huntington–Whaley, Kaminski sólo podía señalar a Scott Marsalis como instigador de aquella rocambolesca fuga en medio de la noche.

Todo concordaba: los crímenes, crueles pero refinados, sin demasiada sangre ni mutilaciones o marcas en los cadáveres, que aparecían limpios y en posiciones dignas, normalmente sedentes, delataban un espíritu elegante o convencido de serlo. A aquel tipo no le gustaban los alardes de truculencia. Mataba queriendo dar a entender que lo hacía por una buena causa, y que en el fondo odiaba lo que hacía; lo hacía como una especie de misión. Chalados como aquél había visto Kaminski unos cuantos. Pero, con sangre o sin ella, todos eran repugnantes. La mierda más maloliente de todas. Y aquel espíritu supuestamente fino y elevado correspondía perfectamente al extraño y huidizo hijo del juez Marsalis. ¿Cómo no lo había pensado antes?

Naturalmente, porque estaba cargado de prejuicios. Kaminski tuvo que admitir esto, y hacerlo le supuso una derrota personal.

Pero pudiera ser que todavía no fuera demasiado tarde para Carla.

La pobre.

Estaba pensando en ella y bebiéndose el noveno café –en eso, Kaminski les ganaba por la mano a todos sus subordinados– cuando le informaron de la llamada:

–Jefe, ha llamado el coche 134 pidiendo refuerzos. Parece ser que los han visto camino de la playa. Al sospechoso con una joven. Es muy probable que se trate de la desaparecida.

Kaminski se levantó de su sillón de un salto.

–¡A todas las unidades! ¡A todas las unidades! ¡Diríjanse a la playa!

* * *

Kaminski pretendía liquidar aquel asunto con la máxima discreción. Sin embargo, se trataba de una batalla perdida. Porque no era él el único que, en aquellos momentos, sabía de la operación policial.

En el edificio de la cadena “News Galaxy” existía un pequeño cuarto cuya puerta lucía el cartel de “Prohibido el paso”. Todo el mundo estaba convencido de que era una especie de cuarto oscuro para el revelado de carretes. Tonterías. Se trataba de una salita equipada con los más modernos aparatos de captación de radiofrecuencias. Constantemente, las antenas parabólicas “inteligentes” clavadas en la azotea del rascacielos rastreaban el espectro radioeléctrico y descodificaban todas las señales, enviándolas luego al aparato receptor–lector de aquella salita.

Rosalind Mendoza estaba sentada allí. Era una de los cuatro periodistas de la casa, además del director–jefe del medio, que conocía el verdadero propósito de la sala. Y le sacaba el máximo provecho, ¡vaya si se lo sacaba!

En aquellos momentos, con los auriculares puestos, escuchaba con avidez las instrucciones y las explicaciones que los policías se daban entre sí. Daba igual que utilizaran códigos: Rosalind se sabía los significados de memoria.

–¡Diríjanse a la playa! –oyó. Entonces, se quitó los auriculares y salió disparada de la salita, frotándose mentalmente las manos.

Había conseguido muchas y muy sensacionalistas primicias en toda su carrera, pero ninguna de ellas podría compararse a la que estaba en ciernes.

–¡Rod, coge el equipo!

–¿Adónde vamos? –preguntó el técnico, mentalizado de que podía recibir nuevas órdenes de Rosalind a cualquier hora.

–A la playa. Afila bien tu cámara. Esta vez no puedes fallar.

–¿Alguna vez te he fallado, jefa?

No, Rod era el mejor en su oficio, y eso había que reconocérselo. Más le valía demostrar todo su talento esta vez.

El resultado de todo este cruce de instrucciones, órdenes y explicaciones fue que, a eso de las siete de la mañana, tres grupos de personas diferentes se dirigían a la playa: los policías, por un lado; Rosalind y Rod, del canal de noticias, por otro; y, finalmente, Carla y Scott, protagonistas y causantes del enredo a la par que completamente ajenos a la que se estaba montando a su alrededor. 

De todos modos, y a pesar de que la ilusión embriagaba a Carla y a Scott, no les nublaba la vista ni los sentidos, por suerte para ellos. Fue por eso por lo que se dieron cuenta de que algo raro pasaba. Y es que las calles de la ciudad registraban demasiada actividad policial para las horas que eran y lo tranquilo que parecía presentarse el día. No era extraño oír sirenas de vez en cuando, pero sí lo era oírlas constantemente mientras uno va caminando por la calle. Más que constantemente, de forma ininterrumpida. Y además, en volumen gradualmente ascendente. Esto ya dejaba de ser azar y pasaba a constituir un motivo de preocupación, porque podía querer decir dos cosas: que un criminal iba en la misma dirección que uno, o que el criminal era uno mismo. Y ninguna de las opciones tenía nada de halagüeño.

–Qué extraño todo ese alboroto de sirenas, ¿no?

–Estarán siguiendo a alguien. No te preocupes. Para eso están, ¿no?

–Pero es raro que las oigamos todo el rato. ¡Mira, allí están! Vienen en esta dirección.

–Irán a la playa.

–Sí, es posible. No obstante…

–¿Qué?

–Si algo bueno he sacado de mis viviencias familiares es que lo mejor que puedes hacer es ponerte en lo peor.

–¡Scott…!

–¿Te acuerdas de lo que te dije aquella noche, en la fiesta?

–Sí. Me dijiste que fuera hacia donde quería ir, aprisa, sin distraerme… pero sin llamar la atención.

–Pues tienes que hacer lo mismo ahora. No corras, sobre todo no corras. Eso es muy importante. Éstos son igual que los perros: huelen tu miedo. Si te ven correr, correrán tras de ti, aunque no tengan ni idea de por qué lo hacen. Así que no te pongas nerviosa.

Pero Carla ya lo estaba. Aceleró el paso para igualarlo con el de Scott, pero le resultaba muy difícil seguirle el ritmo, porque él tenía las piernas más largas. De ese modo, sin darse cuenta, acabó corriendo.

Para entonces, ya estaban a un palmo de la playa. Podían verla desde donde estaban. Les separaban apenas unos metros.

Carla lo achacó al esfuerzo. El caso es que las piernas comenzaron a estallarle otra vez. Era como tener alojado un tendido eléctrico en cada una de ellas. Cada vez que daba un paso, la recorrían cientos de miles de chispazos de dolor. Tuvo que apoyarse en el brazo de Scott. Ya no podía reprimir las lágrimas.

–¡No puedo más…!

El acoso de los policías se había hecho evidente ya. Uno de ellos vociferaba:

–¡Deténgase, es una orden! ¡Deténgase y suelte a la chica!

–¡Dios mío, Scott, tenías razón! ¡Vienen a por nosotros… bueno… a por ti!

–¡Imbéciles! Creen que te he secuestrado o algo así… Esto tiene que ser cosa de mi padre… ¡pues no conseguirá lo que se propone! Carla, sé que te duelen mucho las piernas, pero tienes que conseguir llegar hasta la playa. Es lo más importante que hayas hecho en tu vida, ¡créeme! Venga, vamos, apóyate en mí. Yo te ayudaré.

Sujetó a Carla por el brazo izquierdo. Luego, girándose a los coches patrulla que los perseguían, les mostró el dedo corazón de la mano que tenía libre.

Al cabo de medio minuto, los dos peatones llegaron a la arena. Una docena de coches de policía y una camioneta negra con el logotipo de “News Galaxy” pintado en ambos laterales confluyeron en el aparcamiento del malecón. Los coches patrulla formaron una barrera en la que la camioneta de la televisión encontró su primer obstáculo de la mañana. La periodista y el cámara salieron y se pusieron a emitir en directo.

–Estamos asistiendo a una operación policial de máxima importancia. Lo que están presenciando es, ni más ni menos, que la caza y captura del asesino en serie conocido como “asesino de las escamas plateadas”, apodado así por dejar una estela de piel de pescado sobre los cadáveres de cada una de sus víctimas. Todas las pistas apuntan a que la identidad del asesino sea la de alguien muy conocido, no sólo para los habitantes de esta ciudad, sino para muchos norteamericanos de este estado. Se da la circunstancia de que el sospechoso tiene retenida a una de sus víctimas en potencia, la hija menor del conocido congresista Charles Hun…

–¡Apague eso! ¡No puede grabar! –bramó un agente de policía, al tiempo que empujaba a Rosalind y se abalanzaba hacia el cámara, tapando el objetivo con una mano enguantada en negro.

–¡Eh, oiga! ¡Esto es libertad de prensa!

–¡Está interfiriendo en una operación policial, señora! No sé si se da cuenta de que esto puede ocasionarle consecuencias gravísimas.

Rosalind, la periodista más aguerrida de cuantas se hubieran visto en aquella ciudad, sin bajar el micrófono ni la guardia por un segundo, intentó tenazmente hacer valer su libertad de información sobre las razones “de fuerza mayor” que el agente no atinaba a expresar como cabría esperar de un representante de la Ley. Al final, sin embargo, éste hizo buenos sus argumentos recurriendo a la oratoria del férreo brazo de la Ley, que se mostró ciertamente férrea en lo tocante a desmontar por la vía rápida aparatos de imagen y sonido.

–¡Le voy a denunciar, amigo! –advirtió Rosalind cuando vio la cámara tirada en el suelo. Rod se agachó, mesándose los cabellos como un padre que ha dejado caer a su bebé. Comprobó las constantes vitales de la cámara, y suspiró aliviado:

–Todavía está viva. Ésta nos la pagan, Ros, te lo juro.

–Tranquilo. Tenla encendida y enfoca cuando yo te diga, ¿de acuerdo?

–Siempre a tus órdenes, jefa.

Mientras este diálogo en susurros tenía lugar, otra escena de no menor tensión se estaba desarrollando en la arena. Carla y Scott finalmente habían conseguido alcanzarla, tal como los policías querían. Desde allí, no tenían ninguna escapatoria. El ratoncito, en su afán por huir, se había metido él solito en el cepo. Sólo era cuestión de tiempo el que el gato lo cazara.

Carla tenía la cara mojada de sudor, mocos y lágrimas. Sentía que las piernas iban a desintegrársele de un momento a otro. Ahora, el dolor lamía su carne y sus músculos con lenguas de fuego y de acero. Derrotada, se dejó caer sobre la arena. Scott, jadeante, se agachó a su lado y la abrazó. El teniente que estaba al mando de la operación volvió a lanzar su admonición:

–¡Atención! ¡Aléjese de la chica, Marsalis! ¡No intente nada, le tenemos acorralado!

–¡Aún no! ¡Aún no, maldita sea! –masculló Scott.

–No sé por qué te persiguen, Scott, pero no te dejaré solo. Mi padre… mi padre pagará al mejor abogado. No te pasará nada. Yo les explicaré lo que pasó. Nos dejarán tranquilos. Y después de esto, mi padre ya no se meterá más conmigo, porque ya le habré perjudicado todo lo que podía perjudicarle. Nos dejarán en paz. Podremos irnos… a Europa… a Australia… ¡dime adónde quieres ir, y yo iré contigo!

–No hagas más planes disparatados. No nos tienen ni nos tendrán jamás, Carla. Todavía somos libres. Hemos nacido para ser libres. Tú todavía sólo lo intuyes; yo lo sé.

Estaban muy cerca el uno del otro, sentados en la arena cálida mientras el sol se derramaba sobre ellos con todas sus bondades. Carla sólo tenía ganas de llorar contra la injusticia del mundo; pero Scott esbozó una sonrisa. Primero, sólo era un borrón en su cara; luego se ensanchó, y se convirtió en la sonrisa más deslumbrante de todas cuantas ella le había visto. Tenía todo el brillo del cosmos metido en los ojos. Entonces, Carla supo que podía abandonarse a él, porque él estaba en lo cierto y ella se había equivocado.

9. Talentos ocultos

–¿Qué vamos a hacer ahora, Scott?

–Tienes que seguirme un poco más, Carla. Sólo unos metros.

–¿Quieres decir… quieres decir… hasta…?

–Sí. Hasta el agua.

Miraron hacia el horizonte. El mar estaba en calma, como siempre. Por algo lo llamaban el océano pacífico. Con su nombre y su calma, era el mensajero portador de buenas nuevas, de buenos augurios. ¿Cómo tener miedo de un ser tan lleno de bondad?

Carla le tendió ambas manos a Scott y se pusieron de pie. Ahora ya no hacía falta apresurarse: tenían todo el tiempo del mundo. Carla sonrió: por primera vez se sentía segura de sí misma, por primera vez no necesitaba del aplauso o la aprobación de los demás para saber cuál era su lugar, quién era ella. Para afirmarse a sí misma.

–¡Es la última advertencia…! –voceó el teniente, lejos, a sus espaldas.

Entre sí, los policías empezaron a murmurar al comprender lo que estaba pasando.

–¡Están locos! ¡Los dos!

–Jefe, ¿hay alguna posibilidad de que nos estemos confundiendo de tipo?

El teniente, tan confuso como sus hombres, pero sin opción a demostrarlo, se comunicó inmediatamente con Kaminski:

–Señor, están pasando cosas muy raras aquí. Estos dos parecen estar de acuerdo. No creo que el tipo la haya hipnotizado. Parece que ella está siguiéndole por propia voluntad.

Kaminski miraba fijamente el suelo de su despacho. Quería ver una sima abrirse allí mismo, a sus pies.

Por la otra línea, le habían confirmado que un patrullero había abatido a tiros al “asesino de las escamas” cuando estaba a punto de matar a una universitaria.

–Retírense de inmediato. La operación ha terminado.

–Entendido, señor.

El teniente dio la orden de retirada. Aquellas cosas pasaban. Errare humanum est, como decían los romanos, y si un ser humano está dispuesto a impartir justicia, o al menos a intentarlo, debe enfrentarse al hecho de que puede equivocarse. Pero esto no tenía tanta importancia como el mantenerse fiel a unos principios y rectificar con el corazón lleno de humildad.

Además, al fin y al cabo, habían cumplido su misión.

Aquella noche, Kaminski rezó tres padrenuestros y tres avemarías, tal como le había enseñado su abuela polaca. Los caminos del Señor son inescrutables, fue lo último que pensó antes de quedarse dormido.

Pero, antes de que esto sucediera en casa del comisario Kaminski, algo más insólito y más extraordinario –sí, más extraordinario que el que un hombre reconozca su error, pida perdón por él y rece antes de acostarse– tuvo lugar en la playa. Sí, allí donde dejamos a Carla y a Scott.

–Se marchan –le dijo Carla a Scott.

–Se marchan. Coge los trastos y larguémonos –le dijo una cansada Rosalind Mendoza a su operador de imagen y sonido. Pensaba que todavía no eran más que las siete y media de la mañana, y que le quedaba toda una jornada de trabajo por delante. En días como aquel, deseaba ser un ama de casa. Pero luego, siempre se congratulaba de estar donde estaba: ser una estrella del periodismo y cobrar en proporción no es algo que se deba despreciar.

Además, aquel trabajo también tenía sus compensaciones. Porque ser periodista supone tener el privilegio de ver las cosas siempre antes que los demás; de disponer del tiempo y la libertad de prejuicios y opiniones ya formadas suficiente para explorar tranquilamente la realidad en sus diversas facetas. Rosalind conocía diariamente historias reales de gente que vivía, sufría, disfrutaba y hacía cosas. De gente que vivía la vida, en suma. Asistir a ese espectáculo divino era un manjar delicado y rarísimo que a pocos les era dado saborear y que menos aún sabían apreciar en su justo valor. Rosalind era de los elegidos. Y además, la pagaban por hacerlo. Sólo recordar esto servía para llenarla de energía en los días bajos.

Pero es que había más. Porque, en ocasiones, a un periodista, al primer testigo de los hechos desnudos, le es otorgada la gracia de ser testigo de cosas que jamás olvidará. Cosas que se le quedarán grabadas en la memoria del alma y moldearán su actitud ante el mundo cuando se cree que ésta ya no puede cambiar, igual que el agua blanda moldea la dura piedra.

Rosalind estaba a punto de vivir uno de esos momentos de gloria íntima. Lo estaba cuando Rod, su compañero, le palmeó el brazo y balbució:

–Ro… Ros… mira eso… míralo…

Rosalind Mendoza se dio la vuelta y fijó sus cansados ojos en el mar tranquilo. En la playa ya no había ni rastro de los dos jovencitos fugados. En realidad, no había ni rastro de nadie. Tan sólo la arena y el agua, eternos y eternamente vivos. El horizonte seguía siendo una línea que Dios había trazado con regla. Excepto por un detalle.

A lo lejos, dos enormes colas de pez, muy juntas, azules y resplandecientes bajo el sol, se alzaron por un instante y trazaron sendos arcos de gotas inmaculadas. Luego, se sumergieron en el océano para siempre.

FIN

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