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Lo pobre

Anoche vi una película australiana titulada “El túnel” (sí, estaba en inglés, “The tunnel”). Para los que gustan del terror cinematográfico, sin ser algo extraordinario, es del todo recomendable. Podéis informaros sobre ella aquí.

De todos modos, mi interés por traer aquí hoy a colación “El túnel” es otro. La película me dio algo en que pensar y, de paso, me ayudó a responder a una autopregunta: ¿a qué tenemos miedo, aquí, hoy, en este joven siglo en el que estamos siempre como 5 minutos antes de que se acabe el mundo, sin saber si queremos que acabe de una vez y ya o mejor nos desdecimos de todos nuestros reniegos y preferimos seguir tirando?

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Pues aquí, hoy, la mayoría de la gente que conozco tiene miedo de ser pobre.

Ahí está. Pensadlo, y, si vivís en el mismo contexto que yo, seguramente os podréis sentir identificados con esa afirmación, con ese miedo, ya sea como sujetos de ese miedo o como testigos de que, en efecto, existe y se va expandiendo como un virus.

A medida que nos hemos acostumbrado a vivir mejor con cada vez menos esfuerzo, a recibir siempre mucho más de lo que hemos dado y a cosechar casi de regalo, nuestro umbral de lo que significa ser pobres ha ido subiendo en la misma o en una mayor proporción. Además, en España, en Europa y en lo que se llama el “mundo occidental”, la pobreza siempre ha sido algo muy distante, algo que no sólo les pasaba a otros, como sucede con todas las desgracias, sino que ni siquiera compartía espacio ni tiempo con nosotros; simplemente, no pertenecía a nuestra realidad. Era algo que les pasaba a los negritos y a los chinitos de lejanos continentes y para los cuales muchos, de niños, aprendimos a depositar una humilde limosna en la hucha colectiva del parvulario.

Esto no iba con nosotros, ¿verdad?

Esto no iba con nosotros, ¿verdad?

Ahora, casi finalizado el 2012, ya llevamos unos cuantos años sabiendo que eso no es así. Ahora la pobreza ha llegado aquí y se ha convertido en una enfermedad infecciosa que se propaga a grandísima velocidad. Así que el día menos pensado, ¡te puede tocar a ti! Todo lo que has construido y te has ganado (o has recibido), mucho o poco, lo puedes perder a causa de esta nueva pandemia. Puedes verte en la calle, sin casa, sin nada que comer, sin poder alimentar o educar a tus hijos… pero, sin llegar a extremos tan dramáticos, también puede que te quedes sin vacaciones este año, o que te recorten el sueldo, que tengas que pagar dos veces (impuestos y bolsillo) por algunos derechos que, de repente, de derechos sólo tienen el estatus oficial… cosas así.

Me ha dado por pensar en eso a raíz de esa película, “El túnel”.Ahora, los que quieran verla sin que se la destripe, pueden saltarse este párrafo. En “El túnel”, un equipo de cuatro periodistas y técnicos se cuelan en la red de túneles de Sydney, de la cual se publicó que iba a utilizarse para un plan de reciclado de agua para la ciudad, proyecto que de repente quedó descartado sin que ningún representante del gobierno quiera hablar de él. Y resulta que los periodistas tienen razón al sospechar que hay algo escabroso detrás de ese silencio, como comprobarán en sus propias carnes: hay una criatura, un humanoide (lo que es no se revela terminantemente), que mata a los humanos visitantes del submundo.

En esta película, no es ya una criatura sobrenatural o extraterrestre, ni monstruo ni zombi alguno lo que amenaza al hombre, sino -a mi modo de ver- una personificación de “lo pobre”: una forma pseudohumana, degradada, animalizada y brutal, que existe de algún modo en ese entramado de oscuras galerías conectadas entre sí y en las cuales no penetra el menor rayo de luz del exterior. La película no da ninguna respuesta, pero sí aporta información que el espectador puede utilizar como quiera: por ejemplo, se afirma al principio que muchos indigentes sin techo se habían instalado en los túneles, e incluso los periodistas descubren rastros, pruebas de vida humana allá abajo: camastros miserables, utensilios de uso común. Ya no es sólo la criatura hostil (aunque quizá tan sólo está defendiendo su territorio de intrusiones de extraños) la amenaza; todo ese entorno de miseria, oscuridad, mugre, desarraigo y degradación de lo humano forma parte de esa amenaza que envuelve a los incautos periodistas y, por extensión, a cualquier persona que entre allí.

Sí, a ti también te puede pasar.

Sí, a ti también te puede pasar.

¿De qué tenemos miedo? De lo pobre.

Lo pobre como escalón ínfimo de la pérdida de dignidad y de todo lo que nos hace humanos. Lo pobre como valor sin valor, la no-naturaleza, pues nos niega cualquier caracterísica individual, nos despoja de nuestra identidad y de nuestra propia estima, de un modo irreparable, irredimible. La criatura de ese túnel es nada, es nadie; ni siquiera recibe un nombre, e incluso después de las consecuencias que sufren los periodistas en el túnel, ni siquiera entonces la atención se centra en saber qué o quién acecha allá abajo; simplemente, se acallan las voces, se cierran todas las entradas al túnel y aquí no ha pasado nada; todo el mundo puede seguir viviendo de espaldas a ese submundo; lo que pase allí abajo en nada concierne a los de aquí arriba. A esos efectos, nada importa, además, que ese submundo exista como consecuencia de un supramundo; que sea obra exclusivamente humana es algo que o hemos olvidado, o no interesa hacer recordar.

Los monstruos de otros mundos o de naturaleza artificial ya no nos dan miedo; sabemos demasiado, tenemos demasiada información, hemos destripado demasiado todas las cosas con el machete del intelecto; no hemos dejado misterio alguno, ni siquiera en la naturaleza, que creemos conocer tan bien; ya no dejamos que nada desconocido nos asuste. O, al menos, no todavía. Y hace mucho que dejamos de mirar a las estrellas en busca de ovnis, cuando sentimos que lo que tenemos bajo nuestros pies -y, mucho más importante… en nuestra vida, en nuestro entorno inmediato, en nuestra casa, en nuestra empresa…- está a punto de estallar.

Lo pobre es nuestro nuevo enemigo, el monstruo que nos aterra. Esa nueva pandemia se cobra rápidamente una víctima tras otra; pero la víctima somos nosotros, los que quedamos, los no afectados: somos nosotros los que vamos perdiendo nuestra humanidad, nuestra capacidad de empatizar, nuestras ganas de actuar, nuestra generosidad. Al igual que las personas de esa estación civilizada, ya al final de “El túnel”, que se paran a mirar impasibles lo que está pasando; al igual que la humanidad protagonista de “La tierra de los muertos”, que erige vallas y abre canales para protegerse de los zombis, pero también para vivir de espaldas al mundo retorcido y aberrante que ella misma ha construido…

Abrid zanjas, de nada os ha de servir...

Abrid zanjas, de nada os ha de servir…

O al igual que esos señores del primer mundo que acuden a África para sofocar una erupción zombi, en otra película en la que tal cosa sucedía.

Aunque, claro, ¿hace falta un apocalipsis zombi para que de una vez hagamos algo?

¿Ha hecho falta que me convirtiera en zombi para que me hicieras caso?

¿Ha hecho falta que me convirtiera en zombi para que me hicieras caso?

La pobreza es el modernísimo Prometeo, la criatura que los hombres hemos creado, pero más indigna, porque no nació como consecuencia de ningún afán de superación, sino como excremento moral y social del afán de consumo, de la indiferencia hacia los demás, de la avaricia.

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Sobre el miedo (2)

Yo lo ignoro todo y la mitad, pero quizá sea cierto que todas nuestras emociones negativas provienen del miedo.

Y tal vez sea cierto, además, que el miedo y, con él, todas las emociones negativas, son reflejos en un espejo; son sensaciones ilusorias, engaños, pañuelos de colores que se suceden unos a otros, un espectáculo pirotécnico que alumbra la noche y oculta las estrellas, pero sólo por un momento, antes de apagarse para siempre y dejar paso a la serena belleza de verdad.

Tal vez sea cierto, porque es el miedo lo que más frustra nuestra vida. Todo lo que podíamos, querríamos haber hecho y no hemos hecho lo hemos evitado por miedo, o por su ojito derecho, su hija más poderosa: la ira.

En mi ignorancia, en la limitada potestad para opinar que me da una sola experiencia vital, diría que sí es cierto: que el miedo es un Hombre del Saco que hemos inventado nosotros, y luego de investirlo de un poder absoluto, lo hemos olvidado todo, hemos olvidado nuestra primacía, como esos viejos actores que, dicen, enloquecidos, cayeron presas de sus propios personajes.

¿Tan aburrida era la vida en el Jardín del Edén, tan vacíos nos sentíamos, que tuvimos que inventarnos a la serpiente?

Ahora nos cuesta deshacernos de nuestro propio mito. Es comprensible: nos ha ayudado, como especie, a librar batallas, una tras otra, durante siglos. Hemos jugado a golosos juegos de poder, olvidando que nadie iba a salir vivo de ésta, que en realidad todas las victorias humanas son tan pasajeras como un suspiro.

“Al terminar el juego , el rey y el peón vuelven a la misma caja”

El medio (miedo) se ha acabado convirtiendo en el fin, y el fin, en el nuestro propio. El arma creada por el hombre se ha vuelto en su contra, y ahora ya nos viene (casi) de fábrica, desde que nacemos. El casi marca una diferencia esencial: no nos viene de fábrica, todavía no la hemos incorporado a nuestra naturaleza, y, si es verdad que hay Dios y somos Sus hijos, no formará jamás parte de ella. Porque el ser humano y el miedo, aunque conviven desde la cuna -que no desde el útero-, son, no obstante, opuestos polares. Nadie nace teniendo miedo, es luego cuando se adquiere, igual que el idioma, igual que el llanto. El primer miedo surge, quizá, cuando comprendemos que ya no estamos en el vientre materno, y nos aterroriza la separación, vernos sumidos en un entorno radicalmente distinto, alejados de nuestra fuente de alimento, calor, refugio, salud y amor. ¿Acaso hay algo más horrible y más temible que esa sensación de pérdida del amor, de no ser ya más amados? ¿Acaso es posible recuperarse de ese trauma alguna vez?

Sin embargo, si supiéramos -y no sólo a título informativo, como quien aprende una lección de memoria, sino si lo interiorizáramos, si lo sintiéramos de veras- que somos amados siempre, incondicionalmente, y que ese amor nos asegurará el alimento, el cobijo, el calor, el bienestar y la invulnerabilidad a todo, para siempre, ¿acaso conoceríamos alguna vez lo que es el miedo? Éste se extinguiría de inmediato, no existiría ni como noción.

La mente pensante es la que hilvana una idea tras otra, la que nos bombardea con recuerdos propios y postizos de horribles experiencias, con fobias e histerias colectivas, con pesadillas enfermizas y peliculeras, con pensamientos autodestructivos que, en realidad, son inoculaciones de los sucesivos sistemas sociales en que hemos vivido. Esa mente pensante que es también ajena a nosotros, porque no está cuando nacemos; sólo estamos nosotros, puros, limpios, inocentes y… sí, plenamente valientes y dispuestos a vivir, felices de estar vivos. La mente se va formando después.

Tan sólo pensemos: ¿qué haríamos si no tuviéramos miedo [de las consecuencias, de resultar heridos, de hacer daño a alguien a quien queremos, de posibles represalias, de caer enfermos, de perder hacienda o empleo, del qué dirán, de deshonor, de hacer el ridículo, de que se rían de nosotros, de morir, de que alguien que creemos que nos quiere deje de querernos, de añádase lo que corresponda]?

¿Habríamos tenido todos esos miedos, o el que toque esta vez, de haber estado en esa misma situación cuando éramos niños?

Y, cuando éramos niños, ¿cómo habríamos respondido a esa situación?

Nunca es demasiado tarde. Mientras estamos aquí, seguimos teniendo cuantas segundas oportunidades necesitemos.

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