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Psicotopología

Psicotopología

Nosotros estamos y pasamos por los sitios, pero ellos también pasan y están en nosotros.

Estar en algunos lugares, incluso verlos, incluso hasta imaginarlos, surte el mismo efecto que un aroma: va directamente desde los sentidos hasta el alma.

No he encontrado en Google la palabra psicotopología. (No, no tiene nada que ver con los psicotrópicos). Pues la propongo desde ya como neologismo para incluir en el diccionario de la RAE y, más aún, como realidad.

El estudio de la relación entre los espacios y el alma.

No me refiero a la mente, ni siquiera a la psicología. Al fin y al cabo, la mente es racional, sólo puede ser racional. Incluso cuando sueña, la mente está obligada a circunscribirse a aquello que conoce; al mundo sabido, al mundo percibido y a la información procesada por el cerebro.

El alma, sin embargo, no tiene límites. Pero no todo lo que experimente puede ser explicado. De hecho,

Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.

Ludwig Wittgenstein

Y sí, pero no. En cualquier caso, serán los límites del mundo que yo puedo expresar, pero no del que puedo sentir o adivinar.

Porque ¿cómo explicas lo que te inspira un aroma? ¿Lo que se puede concentrar en un milisegundo de evocaciones y sentimientos? ¿El huracán de emociones que puede desatar? Recuerdos de la infancia, quizás, pero no sólo visualizaciones de escenas de aquel tiempo, sino exactamente cómo te sentiste en aquellos momentos. Una mezcla de realidad y ensueño, ser transportados por un segundo a un espacio de dicha infinita en el que sientes con toda su intensidad la perfección de estar vivo, el milagro que eres y te rodea.

Algo así.

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Quedarse mirando algunos lugares e imaginar cómo sería vivir en ellos; levantar las persianas, hoy mismo, y ver este paisaje lluvioso, con bruma, pero desde ahí.

¿Serías una persona diferente si hubieras vivido en un lugar diferente, aun en tu misma ciudad, en tu mismo pueblo? Quizá sí. ¿Si hubieras visto las mismas cosas, pero desde otro punto de vista? Puede que sí.

Hay lugares que nunca he pisado pero que sólo verlos me dan la sensación de pertenecer a otra dimensión. Mejor dicho: de que, si los pisara, entraría directamente en una dimensión aparte. Aquí mismo, aparentemente inmutada, pero no exactamente igual.

Como si el tiempo estuviera reconcentrado y hubiera dejado de existir. Tiempo y espacio eternamente remansados.

Como si se hubieran juntado todas las primaveras de tu vida, todos los pequeños momentos de alegría que has vivido, y se hubieran hecho madera, piedra, aire, y estuvieran aquí, rodeándote, entrando en tus pulmones y en tu corazón, convirtiéndose en parte orgánica de ti.

No es que sea una vida diferente; sino que es otra forma de existir. Como ser aire. O como ser un fantasma feliz que vive eternamente en el lugar que de verdad amó más en su vida.

Algún día moriremos e iremos a ese momento/lugar.

No soy capaz de describirlo de otra manera, lo juro.

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Sobre el miedo (2)

Yo lo ignoro todo y la mitad, pero quizá sea cierto que todas nuestras emociones negativas provienen del miedo.

Y tal vez sea cierto, además, que el miedo y, con él, todas las emociones negativas, son reflejos en un espejo; son sensaciones ilusorias, engaños, pañuelos de colores que se suceden unos a otros, un espectáculo pirotécnico que alumbra la noche y oculta las estrellas, pero sólo por un momento, antes de apagarse para siempre y dejar paso a la serena belleza de verdad.

Tal vez sea cierto, porque es el miedo lo que más frustra nuestra vida. Todo lo que podíamos, querríamos haber hecho y no hemos hecho lo hemos evitado por miedo, o por su ojito derecho, su hija más poderosa: la ira.

En mi ignorancia, en la limitada potestad para opinar que me da una sola experiencia vital, diría que sí es cierto: que el miedo es un Hombre del Saco que hemos inventado nosotros, y luego de investirlo de un poder absoluto, lo hemos olvidado todo, hemos olvidado nuestra primacía, como esos viejos actores que, dicen, enloquecidos, cayeron presas de sus propios personajes.

¿Tan aburrida era la vida en el Jardín del Edén, tan vacíos nos sentíamos, que tuvimos que inventarnos a la serpiente?

Ahora nos cuesta deshacernos de nuestro propio mito. Es comprensible: nos ha ayudado, como especie, a librar batallas, una tras otra, durante siglos. Hemos jugado a golosos juegos de poder, olvidando que nadie iba a salir vivo de ésta, que en realidad todas las victorias humanas son tan pasajeras como un suspiro.

“Al terminar el juego , el rey y el peón vuelven a la misma caja”

El medio (miedo) se ha acabado convirtiendo en el fin, y el fin, en el nuestro propio. El arma creada por el hombre se ha vuelto en su contra, y ahora ya nos viene (casi) de fábrica, desde que nacemos. El casi marca una diferencia esencial: no nos viene de fábrica, todavía no la hemos incorporado a nuestra naturaleza, y, si es verdad que hay Dios y somos Sus hijos, no formará jamás parte de ella. Porque el ser humano y el miedo, aunque conviven desde la cuna -que no desde el útero-, son, no obstante, opuestos polares. Nadie nace teniendo miedo, es luego cuando se adquiere, igual que el idioma, igual que el llanto. El primer miedo surge, quizá, cuando comprendemos que ya no estamos en el vientre materno, y nos aterroriza la separación, vernos sumidos en un entorno radicalmente distinto, alejados de nuestra fuente de alimento, calor, refugio, salud y amor. ¿Acaso hay algo más horrible y más temible que esa sensación de pérdida del amor, de no ser ya más amados? ¿Acaso es posible recuperarse de ese trauma alguna vez?

Sin embargo, si supiéramos -y no sólo a título informativo, como quien aprende una lección de memoria, sino si lo interiorizáramos, si lo sintiéramos de veras- que somos amados siempre, incondicionalmente, y que ese amor nos asegurará el alimento, el cobijo, el calor, el bienestar y la invulnerabilidad a todo, para siempre, ¿acaso conoceríamos alguna vez lo que es el miedo? Éste se extinguiría de inmediato, no existiría ni como noción.

La mente pensante es la que hilvana una idea tras otra, la que nos bombardea con recuerdos propios y postizos de horribles experiencias, con fobias e histerias colectivas, con pesadillas enfermizas y peliculeras, con pensamientos autodestructivos que, en realidad, son inoculaciones de los sucesivos sistemas sociales en que hemos vivido. Esa mente pensante que es también ajena a nosotros, porque no está cuando nacemos; sólo estamos nosotros, puros, limpios, inocentes y… sí, plenamente valientes y dispuestos a vivir, felices de estar vivos. La mente se va formando después.

Tan sólo pensemos: ¿qué haríamos si no tuviéramos miedo [de las consecuencias, de resultar heridos, de hacer daño a alguien a quien queremos, de posibles represalias, de caer enfermos, de perder hacienda o empleo, del qué dirán, de deshonor, de hacer el ridículo, de que se rían de nosotros, de morir, de que alguien que creemos que nos quiere deje de querernos, de añádase lo que corresponda]?

¿Habríamos tenido todos esos miedos, o el que toque esta vez, de haber estado en esa misma situación cuando éramos niños?

Y, cuando éramos niños, ¿cómo habríamos respondido a esa situación?

Nunca es demasiado tarde. Mientras estamos aquí, seguimos teniendo cuantas segundas oportunidades necesitemos.

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Ni puertas, ni cerraduras, ni cerrojos

“Lock up your libraries if you like, but there is no gate, no lock, no bolt that you can set upon the freedom of my mind.”
Virginia Woolf, A Room Of One’s Own

Siendo la libertad un anhelo natural -quizá el más exigente de todos, el primero de todos, el que da origen a todos los demás- y siendo como es una utopía, ¿cuál es tu forma particular de hacerte libre?

No lo sé, pero puede que el arte y todas las formas de creación humana espontánea y sincera no sean más que un intento de hacernos libres en un mundo que nunca nos permite serlo.

El medio es hostil; nada nos invita a la creatividad; antes bien el mundo nos pone mil trabas. El mundo moderno es deprimente, prosaico y amazacotado. De tan práctica y orientada, nuestra forma de vida ha acabado siendo nuestro enemigo. Nada fluye realmente; todo tiende a remansarse, el agua de la vida se estanca, forma lagos de quietud en los que nada nuevo puede nacer.

Sin embargo, no sólo se coartan (coartamos) las expresiones lúdicas, hermosas, de nuestra creatividad; también vamos reprimiendo la expresión natural de quienes realmente somos. Nos metemos en corsés imposibles, acabamos siendo lo que los demás esperan, o lo que los demás creen que somos. Al final, somos actores que acaban creyendo ser su personaje; perdemos la razón en el proceso.

La verdad es ésta: hemos nacido, todos, para ser libres.

Por desgracia, la realidad construida por nosotros mismos sólo nos permite serlo hasta cierto punto, lo cual quiere decir que no nos lo permite en absoluto. Media libertad, cierta libertad, mucha libertad, es lo mismo que nula libertad.

Viktor Frankl aprendió -y para ello hubo de pasar por la experiencia de ser prisionero en un campo de concentración nazi- que hay un reducto de libertad que nada ni nadie nos puede arrebatar jamás: está en nuestra mente. Dentro de nosotros mismos, podemos ser libres; podemos elegir cómo procesar, cómo gestionar y qué respuesta dar a todo lo que nos pasa (o lo que nos hacen). Y podemos elegir también mantener el lazo con nosotros mismos; ser siempre conscientes de quiénes somos, de qué pensamos y sentimos. Y esa verdad siempre saldrá a nuestro encuentro: cuando no queremos mirarla, nos asaltará al final de la fiesta, al final de la jornada de trabajo, al final de las distracciones del día, cuando apaguemos las luces y estemos a solas en la noche con nosotros mismos.

Crear puede ser esa forma de respirar libertad. Pero nunca será más que un medio. Y tampoco debemos caer en el error de pensar que la libertad se nos dará, que vendrá de la mano de personas, entidades, proyectos, lugares físicos, acciones; ni siquiera de aprendizajes ni experiencias. Es, sencillamente, algo que somos y que debemos tener presente a cada momento.

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