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El precio

Tu vida transcurre ya en los márgenes, se alimenta de los resquicios de luz, de las gotas de humedad, de las migas que sobran.

Te aferras a los minutos sin salvoconducto, minutos que nadie quiso, y te cubres de esos harapos de tiempo como si fueran seda y raso de oriente.

Exprimes los minutos, los haces durar horas.

Ya no te sumerges en el sueño, sino que caes en él como en un lodazal. Arenas movedizas que te engullen y no te sueltan hasta un amanecer prematuro.

Deambulas por pasillos semiiluminados, buscando a tientas alimento para otros, aire para otros, vida para otros.

Eres una jardinera que cuida de una hermosa flor con espinas. Te arañas, pero no dices nada. Cubres tus rasguños y sonríes.

El espejo te devuelve la cara de otra persona.

Veo ahora en ella la anciana en la que me estoy convirtiendo.

La piel es más dura, la mirada más cansada, a veces sin color; el color se ha agotado.

Perder kilos, ganar canas, arrugas, ganar dolores que se repiten cada mañana.

Un cuerpo que ya se empieza a hacer notar. Un cuerpo-autopista, cuerpo-peaje. Un cuerpo-viaducto, instrumento, artefacto, quizás artefacto poético.

No ser ya protagonista de nada. Ser un accesorio; cuando mejor, un adorno.

Pero sonreír, sonreír mucho. Ahogar los ayes y seguir sonriendo.

Escribir en trocitos de papel desgarrado. Escribir en el reverso de las hojas. En las toallitas perfumadas, en los pañuelos de usar y tirar. Escribir con un ojo guiñado y el otro por guiñar. Escribir con la mano izquierda, sostenerlo con la derecha.

Acunarlo, acunarlo una vez más.

Darte cuenta de que la juventud es una etapa clausurada. Ya no hay tiempo, y, sobre todo, no hay excusas. Tampoco motivos.

Y no querer volver.

Desesperarte, también, por qué no decirlo.

Cerrar la puerta pero no poder estar nunca sola como solías estar.

Tu mundo ya no es solo tuyo, el reino tiene su nuevo heredero.

Darte cuenta de muchas cosas. De más cosas de las que nunca se escribió en todos los libros.

Estar aquí, estar ahora. Meditar. Advertir que te has convertido en yoguini, aunque tú no lo buscaras.

El precio de haberte tenido, el precio de tenerte.

El precio de ser tu madre.

Y saber que, aunque pudiera, no cambiaría nada.

Ser contigo, ser para siempre. Y basta.

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La profesión más difícil del mundo

Sé padre, sé madre. Atrévete a fracasar.

Carrera sin salidas, valor que cotiza siempre a la baja,

la profesión más antigua del mundo y la menos agradecida:

mal pagada, cotizando hasta que te mueres, explotado,

metiendo horas por un tubo.

Sé madre, sé padre: siéntate en el banquillo, siéntete juzgado.

Hazlo lo mejor que puedas y comprueba cómo el esfuerzo es un pozo  sin fondo

en el que pareces destinado a hundirte y desaparecer

porque así de pesada es la condena del mundo.

Hagas lo que hagas, errarás el paso, o eso te dirán.

Dilemas tantos como días vivirás desempeñando el oficio, y sentirás que siempre has tomado la opción peor.

Si le diste biberón, lo mejor era el pecho;

si en la cuna, lo mejor era el colecho.

Si le diste puré, resulta que eso es un invento nuevo

(lo suyo era haberle dado el alimento puro y duro);

el cochecito que elegiste era de lejos el peor.

Sus resfriados son por tu negligencia al vestirle, y sus calenturas, por tu exceso de celo.

Las madres de sus amiguitos lo hacen siempre mejor.

Quizá hasta te miran con condescendencia, o con compasión.

Pasar demasiado tiempo con él lo hará un niño mimado;

pasar demasiado poco hará que sea frío y despiadado.

Si lo llevas a la guardería, eres un mal padre; si lo dejas con los abuelos, eres un explotador; si lo crías tú mismo, eres un antiguo y un consentidor.

Concederle sus deseos quiere decir que pretendes sustituir el cariño con objetos;

no concederle nada significa que tienes un corazón de acero.

Sucesivos dilemas te esperan en cada uno de los hitos de su crecimiento:

escolarización, dentición, socialización, comunión,

primeros deberes, primeras preguntas, primeros amigos, primeras novias.

En cada uno de esos episodios tendrás la sensación de haber fallado,

de haber hecho algo -no se sabe qué- mal.

Leíste demasiadas revistas sobre cómo Ser Padres, o demasiados manuales sobre Qué Esperar.

Escuchaste demasiados cuentos de viejos y de viejas, hiciste demasiado caso a quien hablaba por hablar.

Y a pesar de saber que lo haces lo mejor posible, te molestará esa pregunta inconsciente:

“¿habré hecho algo mal?”

Pero el mundo está lleno de padres y madres, y aún más lleno de hijos.

Hijos que hacen de superestrellas para vídeos de Youtube.

Hijos que se atragantan con su primera naranja, que ríen, que lloran, que se desgañitan

y que son grabados sin ellos saberlo y luego puestos en la plaza pública.

Quizá está bien, quizá está mal, ¿cómo voy yo a saberlo? ¿Quién soy yo para juzgar?

Hay también hijos que se atiborran de comida basura y se convierten en obesos.

Hijos a los que alimentan a base de dietas crudiveganas y salen en documentales.

Hijos a los que no se manda a la escuela y son instruidos (aparte de educados -se supone-) en su casa.

Hijos por los que se clama no tener qué darles de comer y se encomienda a las instituciones y a los comedores escolares.

Hijos a los que se permite, hijos a los que se restringe.

Y de todo eso se habla, hablan, hablamos. Opinamos, juzgamos, nos acaloramos, nos implicamos.

Sentimos todo eso como si fuera nuestro, nos sentimos investidos de razón aunque nos pueda la emoción.

Hijos que nacen, hijos que crecen. Hijos que enferman, hijos que se rebelan.

Padres que se esfuerzan, padres que ignoran, padres que aman, padres que deciden.

Inevitablemente, deciden.

Y todo eso ya es un triunfo:

amar, decidir.

Se han convertido en una sola cosa que no hace explicar.

Simplemente amar y luego decidir.

Escuchar al instinto y actuar.

No hay nada más.

Y que hablen.

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Bob

Aquel día -y no era el primero-, su jefe le había pedido a Marta que se quedase más tarde de su hora. Ella había podido arreglarlo, sin tener otro remedio. Así que al final, salió casi una hora más tarde. Se metió en su coche sin más dilación, mientras hacía recuento del día: había terminado de redactar aquel tostón de informe que tanto se le resistía, había corregido y mejorado varios emails de su jefe directo y de otros adjuntos, y había dejado apuntadas algunas ideas que dejaría caer en la reunión del día siguiente.

En casa faltaban algunos víveres y artículos domésticos de uso común, o estaban a punto de empezar a faltar, pero aquel día no podía pasarse ya por el supermercado. Tendría que bajar un momento a la carnicería-ultramarinos de emergencia de al lado de casa, a la mañana siguiente. Era todo mucho más caro, pero qué se le iba a hacer.

Antes de sentarse en el coche, tuvo cuidado de coger la bolsa con el traje para el tinte y dejarlo en el maletero. Tampoco podría ir aquella tarde a la tintorería. Al día siguiente todavía andaría a tiempo, porque la reunión era el viernes, y estábamos a miércoles… Habría que pagar un poco más por el servicio exprés, pero se dio por satisfecha; un año atrás ni siquiera había tintorerías que no enviaran todo el género fuera y que, por tanto, tardaran menos de dos días en entregar la ropa de vuelta.

Ya en tránsito, Marta se encontró con algo más de tráfico que cuando salía puntualmente a su hora. Maldijo a su jefe y sus veleidades, pero luego se acordó de su tensión arterial y de su tensión en general y se recordó que de nada servía destilar odio, tenía que destilar amor o, cuando menos, comprensión.

Con un poco de comprensión y un mucho de paciencia, Marta llegó al domicilio de su “arreglo” de aquella tarde: su prima Nita, de 16 años, a la que había prometido un buen soborno si pasaba a recoger una vez más a la guardería a su (de Marta) hijo de 13 meses, Daniel (tenía a todo el mundo prohibidísimo que lo llamaran Dani; si hubiera querido que lo llamaran Dani, argumentaba ella, le habría puesto directamente Dani). Dani no estaba ni medio dormido cuando llegó. Además, la recibió con un chillido y varios manoteos y patadas al aire, como quien deja claro quién es y cuáles son sus preferencias personales. Y eso, pensó Marta, que Nita se dedicaba a echarle un ojo mientras con el otro controlaba la pantalla de su móvil autista; ni besos, ni abrazos, ni juegos colaborativos.

-Son 75.

-La semana pasada me cobraste 50.

-Es el plus por desgaste acumulativo. A este paso voy a empezar a aparentar 19.

-Toma -“pequeña sanguijuela”, dijo-pensó Marta. Era muy generosa (“tonta”). Nita ni siquiera la miró mientras luchaba denodadamente por sentar y atar a Daniel en su sillita. Un día tenía que hablar seriamente con los padres de Nita sobre la educación que le estaban dando.

El coche que usaba Marta para desplazarse al trabajo y del trabajo a casa era un utilitario de tres puertas, que de ninguna manera podía contener la grandeza física de una sillita Maclaren, así que Marta tuvo que dejar el coche aparcado frente a la casa de sus primos e ir caminando hasta su casa mientras empujaba a Daniel en su sillita. Profirió mentalmente la segunda maldición de la tarde, en este caso contra el día que se dejó convencer por el pariento para comprar la Maclaren. El pariento no tenía toda la culpa, había que admitirlo; ella se había dejado arrastrar por la moda y por el prurito de parecer ser tan pija como sus vecinas y compañeras de trabajo. La Maclaren no costaba como un Bugaboo, pero casi; aquello la había hecho parecer aceptablemente pija, ni siquiera 100% pija. Se había quedado a medio camino, ni para ti ni para mí, y eso la hacía sentir aún peor. Maldijo sus mediocres intentos de aparentar; y ya iban tres. “Paz y amor, soy una nube”, se dijo a sí misma la Marta más pacífica y budista.

Eso sí, menos mal que a Daniel le encantaba su silla. Siempre daba buena y expansiva muestra de su conformidad y satisfacción con su Maclaren, haciendo partícipes de ellas a todo viandante que se les cruzara, mediante chilliditos, aspavientos y medias palabras.

“Menos mal que es guapísimo”, pensó Marta para sí una vez más al advertir las miradas de cuantos peatones se cruzaban y eran atraídos por las manifestaciones de alegría de Daniel.

Eso la compensó del hecho de que el niño se estaba poniendo y estaba poniendo la silla como un Ecce Homo manchado de babas de galleta, la misma que Nita le había dado como despedida, sin consultar con la madre; ya se sabe que los adolescentes de ahora son muy autónomos.

Lo bueno de vivir en aquel edificio tan viejo que no tenía ascensor era que Marta estaba así exenta de apuntarse a gimnasio alguno o de hacer aerobic en casa y por su cuenta. Plegar una silla y hacer varios viajes -primero con el niño, luego con la silla y los extras para acarrear compras o cualquier otra cosa- era ideal de la muerte para tonificar todos los músculos del cuerpo y alguno más.

El marido y padre trabajaba de tarde esa semana, como eventual, claro; así pues, Marta y Daniel estaban solos en casa hasta las once, por lo menos.

En ese momento, el tiempo tiene la virtud de espesarse como una sopa de tomate. El tiempo, pero no Marta; Marta se hacía totalmente líquida, como agua del grifo. Aparcar la silla-tirar el bolso sobre el respaldo-dejar las llaves en un sitio alto-dejar la bolsa para el tinte (mierdasemehaolvidadoenelcocheporlocualnossaltamosestepaso)-ponerle el chupete a Daniel-quitarle el abriguito a Daniel intentando que no proteste-quitarme la chaqueta con una mano mientras que con el brazo izquierdo sujeto a Daniel-sacar el tomate del frigorífico para la cena de Daniel-cerrar la persiana de su habitación (con una mano)-quitarle los mocos (con una mano)-cerrar la puerta, que se me había olvidado-arreglar un poco sus sábanas-consolarle para que deje de chillarme en el oído-cambiarle el pañal intentando que llore y se mueva lo menos posible-cambiarle de ropa-ponerle su música favorita (con una mano)-dejarle en el suelo con sus juguetes intentando que llore lo menos posible.

Respirar…

Preparar su ensalada-tostarle el pan pero sin pasarse-darle agua-buscar su chupete, que lo ha tirado-hacerle unas cucamonas para que deje de protestar-vestirle el tapalotodo para que no se ponga perdido el pijama.

Respirar…

Sentarle en la trona (no quiere)-ponerme el delantal porque todavía estoy vestida de calle-sentarle en mi regazo-darle de cenar…

Respirar porque está cenando a gusto y con apetito y por tanto ha dejado de protestar…

Limpiarle la cara y las manos a medida que cena-mierda, me ha agarrado de la manga de la blusa, y es aceite, adiós blusa-no enfadarme porque él no tiene la culpa-soy una nube, soy una nube-quitarle el tapalotodo (con una mano)-tratar de hacer como si no me crispara los  nervios el hecho de que esté absolutamente todo manga por hombro-calentar el biberón-llevarle a la habitación-darle la leche…

… se ha dormido…

Respirar profundamente.

Recoger todo-pasar la bayeta por la mesa-cambiarme-lavarme la cara-quitarme este puto moño que me está dando dolor de cabeza-a ver qué hay para cenar… lata de atún, mayonesa y dos rebanadas de pan de molde: bocadillo de atún-rezar para que no se despierte-seguir rezando-recoger todo-ponerme a fregar-el crío está llorando, dejarlo todo-ponerle el chupete; se calla-reanudar el fregoteo-espray por las paredes y la encimera-escobazo por el suelo…

… y llegó el momento.

Silencio. El tiempo vuelve a su estado normal. Se desespesa, se licúa como pasado por una batidora.

Marta enciende el televisor, baja el volumen,hace zapping. En la uno: debate de actualidad. En la dos: documental sobre la ucronía de qué habría pasado si nunca se hubiera producido el putsch de Múnich. En la tres: informativos. En la cuatro: película, Lo que el viento se llevó. En la cinco: película iraní con subtítulos en farsi. En la seis: debate de actualidad política. En la siete: entrevista a un ministro. En la ocho: concierto de la Filarmónica de Viena.

Marta pasa por todos esos canales y sintoniza ClanTV.

Comienza su programa favorito, su gran secreto, algo que ni el marido sabe: Bob Esponja.

Lo descubrió cuando intentaba calmar a Daniel mediante los dibujos animados y se dio cuenta de que a Daniel (todavía) no le gustaban los dibujos animados.

Pero que ella se estaba riendo un montón con aquella chorrada.

En el episodio de hoy, Bob y Patricio Estrella vuelven al cole después de las vacaciones.

De repente, la vida es maravillosa.

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