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De profesión, asustador

La de médico es una profesión maravillosa, quizá la profesión suprema si atendemos al valor moral y humano de las profesiones. Ayudar a los demás a restablecerse o, al menos, a que se sientan mejor y a paliar su sufrimiento es la tarea más hermosa que puedo imaginar. Si no fuera por el miedo y la aversión profundos que me inspiran la sangre, los hospitales y las intimidades materiales del cuerpo humano, me habría gustado dedicarme a la medicina y, de hecho, fue lo que respondí la primera vez que me preguntaron, siendo niña, qué quería ser de mayor.

Dicho esto, hay médicos y médicas que desprestigian a su gremio y suponen una deshonra para él, además de un peligro constante para los pacientes, es decir, los usuarios, o sea, los clientes, que, no lo olvidemos, ya sean médicos de la seguridad social o con consulta privada, son quienes les pagan sus estipendios.

Una simple muestra de ello la supone lo que le pasó el otro día a mi prima y sin embargo amiga Marta. Ella acudió con Daniel a la consulta del pediatra, sólo levemente alarmada por unas manchitas rosáceas que le habían aparecido al niño por todo el cuerpo. El pediatra titular no estaba, sino un sustituto, pero era un viernes y, habiendo pasado por la fatigosa experiencia de tener un niño enfermo en casa en fin de semana y tener que llevarlo a urgencias -horror de los horrores para cualquier padre o madre, como bien es sabido-, decidió curarse en salud y llevarlo a consulta, por si acaso. Además de las manchitas, Daniel acababa de pasar un aparatoso dolor de oídos con supuración. Todavía le salía pus en contadas ocasiones, pero el niño no se quejaba y parecía estar como de costumbre: alegre y contento.

Lo que sigue es la reproducción aproximada de lo que sucedió en la consulta del pediatra:

-A ver, dime.

-Pues que al niño le han salido manchitas rosas y además se rasca la cabeza y la oreja. Acaba de pasar una infección de oído.

-Vamos a ver… Pero, pero, pero… ¡joder, digo, cáspita, menuda otorrea! ¿Pero tú has visto esto, mujer?

-¿Cómo? Pero ¿qué tiene?

El pediatra coge un bastoncillo de algodón y lo introduce en el oído afectado. Luego mete el bastoncillo en su tubito y cierra éste.

-Pero, a ver, ¿no trajiste al niño a consulta por otitis? ¿Y no le has dado la amoxicilina?

-Pu… pues sí, pero como ya estaba mejor, dejé de dársela.

-¡Ah, claro! Pues por eso no se ha curado. El antibiótico hay que dárselo a-ra-ja-ta-bla, ¿entiendes? Porque claro, el pus en el oído, ya se sabe, del oído a la cabeza… hay un pasito, ¿me entiendes?

Marta ya estaba poniéndose blanca, ella misma notó cómo la sangre abandonaba la parte superior del cuerpo.

-A ver -siguió el pediatra, mirándola con el ceño fruncido-, quítale la ropa, le vamos a examinar.

Después del examen de todo el cuerpo y de los dos oídos, sin que Daniel dejara un momento de berrear pidiendo que se acabara aquel suplicio, y sin que el cuerpo entero de Marta dejara de temblar por un solo segundo, el médico volvió a sentarse y tecleó algo; luego volvió a mirar a Marta. Todo ello con el ceño muy, muy fruncido.

-Te voy a recetar otro antibiótico más fuerte. Se lo tienes que dar religiosamente, ¿estamos? El cultivo estará la semana que viene.

-Pero, a ver… ¿para qué es el cultivo? ¿Y por qué le han salido las manchitas?

-Bueno, pues el cultivo es para ver el bicho.

-Pe… pe… pero… ¿a qué te refieres con eso?

-A ver, mujer, basta ya, por favor. ¿De qué te sirve que te diga meningococo, neumococo, estafilococo, linfoma, leucemia… te sirve de algo? Se hacen las pruebas para estar seguros, para descartar.

“Para descartar, ¿qué coño?”, se pregunta Marta, a quien ya le tiembla hasta el pensamiento, pero no se atreve a decir nada; mejor no mentar la bicha, o el bicho. Pero ahora la consulta empieza a dar vueltas como si estuviera en un tiovivo. Mira a su hijo y piensa: pero ¿qué he hecho, Dios mío?

-Y… ¿y las manchitas?

.-Las manchitas, pues, es dudoso.

-Du… dudoso, pero ¿de qué?

-A ver, a ver, dudoso, ¿quieres que te dé un diagnóstico que no está claro? Te puedo decir que ha habido algún caso en que el niño tuvo que estar ingresado durante meses, que una niña se quedó ciega, que otro entró en coma… pero ¿te iba a servir eso de algo?

La angustia comenzó a ceder paso a la ira:

-Pero ¿me puede decir al menos si me tengo que preocupar también por eso, como si ya no tuviera bastante con preocuparme por lo del pus?

El médico, lejos de amedrentarse, se creció, pero, a regañadientes, se avino a contestar:

-¡A ver! ¡No son algo malo, si es a eso a lo que te refieres!

“Pues ¿a qué otra cosa me iba a referir?”, pensó Marta.

Cabizbaja, cogió la receta y al niño y se fue corriendo a la farmacia más cercana, para comprar un antibiótico y un cilicio con el cual flagelarse por poner en peligro a su hijo al no darle la anterior medicina tal como se la habían prescrito.

Afortunadamente, Daniel no tenía nada que no se curara con un poco de medicina administrada con el orden y el método de un fabricante alemán de coches. Pero Marta se me quejaba amarga e indignadamente (y, creo, con razón):

-Si detectan algo preocupante, ¿por qué no me lo dicen sin rodeos? Y si no es algo preocupante ¿por qué no me lo dicen claramente también? ¿A qué viene eso de mencionar parálisis, secuelas irreversibles, agonía y muerte, si es una posibilidad tan remota que no debería ni tenerse en cuenta? Parece que a algunos les gusta que sus pacientes se sientan mal. Todavía tuve que oír su último comentario:

-¡Pero tranquilízate, mujer! ¡Es que las madres sois todas unas alarmistas!

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Nudo gordiano

Cada uno de los tres colegios ofrecía sus seductoras ventajas y sus engorrosos inconvenientes. Y no cabía la posibilidad de separar unas de otros y hacer un Colegio Perfecto con las ventajas de los tres puestas todas juntas. No; no surgiría de la noche a la mañana un cuarto colegio que conjugara una metodología y un proyecto atractivos, modernos y afines al ideal de Marta para la educación de su hijo; que, además, estuviera a tiro de piedra de su casa; y que, encima, hubiera resultado ser también el que habían elegido los padres de los compañeritos que había tenido Daniel en la guardería, y con los cuales había hecho Marta tan buenas migas. No; cada una de esas características la tenía uno de los tres centros educativos en solitario.

En contrapartida, el colegio de la metodología ideal de la muerte y el profesorado profesional y atento estaba en el quinto pino; el cercano a casa con horario que venía que ni pintado para la logística de dejar y recoger al niño no había sido elegido por ninguno de sus amigos; y aquél al que por goleada iban a ir los amiguitos de Daniel dejaba que desear, a ojos de Marta, en cuanto a instalaciones y amabilidad y preparación del profesorado.

Días y noches -en vela, claro- dándole vueltas y más vueltas a la matraca. Que en qué colegio matricularlo. Que no es una decisión baladí; que mira que de eso dependen muchas cosas para su futuro; de ahí saldrán sus amigos, su grupo, quizá hasta su primera novia; algún maestro puede influir en él de forma beneficiosa y hacer que encuentre su verdadera vocación; o, si elijo mal, puedo estar colocándolo en medio de un nido de cuervos que le harán bullying y le destrozarán la vida… Con lo pequeño que es, pobrecito mío…

Cosas todas éstas que, palabra arriba, palabra abajo, se decía Marta en un no parar de admoniciones, consejos, exhortos y amenazas a sí misma. Imagínense la tortura mental.

Marta siempre había sido así, un poco tendente a accesos de neurosis y perfeccionismo, y a ataques de responsabilitis: de repente, podía jurarlo, sentía el peso del mundo sobre sus hombros, y el peso más grande y decisivo de todos correspondía a una personita que apenas levantaba un palmo del suelo, pero que, a sus 15 meses de edad, dominaba todo su mundo y era el centro de sus desvelos, esperanzas y preocupaciones.

Isma, su marido, no era así. De hecho, jamás lo había visto ni un pelín inquieto o nervioso por nada relacionado con Daniel ni con cualquier otra cosa bajo el cielo. Era el hombre tranquilo que se tomaba la vida con una serenidad natural, que le salía de dentro y para la cual no le habían hecho falta clases de yoga, viajes al Tíbet o sesiones de terapia grupal; es que él, sencillamente, era así. Por eso, a Marta no le resultaba de ayuda debatir aquellas cosas tan graves y trascendentales con él; porque, en el momento que abría la boca y empezaba a exponer el tema, se sentía como un niño intentando explicar a un adulto su grave problema, dentro de la gravedad que podía tener.

Sin embargo, era tal la magnitud del nudo gordiano, y tal la asfixia que le creaba, que fue el propio Isma el que aludió a él. Una noche, después de acostar a Daniel, estando ella sentada en el sofá mirando la tele sin ver, sencillamente Isma le dijo:

-¿Qué te pasa, Patata Rita? –Usando el sobrenombre cariñoso que Marta se había ganado y que procedía de ciertos vídeos músico-didácticos que habían encontrado cierta vez para Daniel.

Y ella se lo contó todo, claro. Que si el plazo de matriculación terminaba dentro de dos días. Que si todavía no se había decidido. Que si todos sus amiguitos iban a uno. Que si el otro estaba cerca y resultaba conveniente. Que si aquél era el que a ella de verdad le molaba, pero todo lo demás eran desventajas. Que si el día de puertas abiertas, la maestra de uno de los colegios -no iba a decirle cuál- le había cerrado la puerta en las narices porque todavía faltaba un minuto para que empezara la sesión. Que si los padres de sus amiguitos de la guarde hablaban maravillas del que ellos habían elegido, y que a qué esperaba ella. Que si una vecina y amiguita de su infancia -de Marta- era administrativa en otro -el que a ella en  verdad le molaba, pero que no tenía ni una sola ventaja más aparte de esa única ventaja totalmente subjetiva- y que se sentía segura enviando a Daniel allí. Y que si esto y lo otro.

Para cuando pronunció las últimas palabras, ya estaba llorando como una embarazada, sin poderlo evitar.

Isma le pasó un brazo por los hombros.

-Pero, hombre, chica, ¿no habíamos decídido que iba a ir al cólegio B? (Hay que aclarar que, a pesar de todos los años que llevaba en España, y de hablar español como cualquier hijo del vecino del quinto, Isma ponía los acentos en lugares atípicos, y, cuando escribía, las tildes o acentos ortográficos, también; a estas alturas, Marta todavía no tenía claro si lo hacía por gusto y por marcar su propia personalidad o porque, por la razón que fuera, no le entraba el tema de los acentos.)

Y sí, era verdad: allá por el Pleistoceno, Marta le había dicho a Isma que le gustaba el colegio B y que estaba requetedecidido, no había vuelta atrás ni giro posible de 180 grados: aquél era el futuro colegio de Daniel. A él le había parecido fenomenal.

-Ya, pero…

Y empezó a repetirle otra vez los argumentos  a favor y en contra de cada uno.

-¿Qué hago? ¿Qué hago?

-Pues, chica, mujer, yo lo veo bien clárito, pues. Si hábias decídido el B, pues el B.

Dicho así, con el tono de voz pausado de Isma y el ademán calmado y siempre inalterado de Isma, en efecto, sí: parecía bien clarito.

Pero no lo era tanto, y en esto contraatacó Marta, como sin duda tenía que hacerlo:

-Pero es que no es tan fácil. De esta decisión dependen muchas cosas. Daniel se juega su futuro –se vio en la necesidad de subrayar, lo más dramáticamente que pudo. –Según a qué colegio lo enviemos, tendrá unos amigos u otros, tendrá unos maestros o tendrá otros, aprenderá unas cosas o aprenderá otras, le pueden fomentar las aptitudes o arruinárselas… ¿Te das cuenta?

-Bueno, tambien puede ser que en el cólegio al que vaya le caiga una teja en el récreo, o que éncuentre un bóleto con el numero del gordo de Návidad. ¿Cómo saber, éntonces?

-No hagas chistes. Es una cosa muy seria. ¿No te preocupa?

-Yo no me preócupo de lo que no está en mi mano. Mi réligion me lo próhibe.

Lo dijo así, quedándose ipso facto tan ancho y pancho. Ésa era una de las características perdurables de Isma: que, siendo casi siempre tan moderado en su uso de la palabra, y con preferencia por las palabras y frases sencillas, cada una de sus frases era a la vez la aparente y su contraria, de modo que uno nunca podía estar seguro de cuándo hablaba en serio, cuándo en chanza y cuándo mitad y mitad. Probablemente, la mayoría de las veces se movía entre uno y otro extremo sin punto fijo ni intención declarada; sus elocuciones eran una expresión natural de su persona.

-Ya, vale. Pero entonces, ¿qué hago? ¿Qué hacemos, me quieres decir? -insistió Marta, subiendo inadvertidamente un cuarto de octava el tono de voz e indicando claramente ello la escalada hacia el pánico.

-En el fondo no son tres ópciones, son sólo dos, como siempre en la vida; nos puede párecer que hay más de dos ópciones pero son siempre sólo dos. Fíjate bien y te daras cuenta. ¿Verdad?

Pues sí, tuvo que reconocer Marta. En realidad, el colegio C -que le convenía por su cercanía al hogar– no contaba con suficientes puntos a favor. La cercanía no era un factor de suficiente peso para decantarse por él. Así fue como Marta se deshizo de esa opción.

-Vale, bien, ya está.

-Y áhora, fíjate bien, es muy fácil, simplemente élige el que a ti más te guste, es bien fácil, ¿no crees? No pódemos ver el fúturo, así pues, élige lo que tú quieras.

-¿Y tan fácil como eso?

-Sí, mujer, chica. Ay, chica, chica, que te cómplicas la vida por tontérias.

-¿Y si me equivoco?

-No te puedes équivocar. Lo que décidas será, Insh’Allah, lo que tenías que décidir. Y ya está. Mirá lo que te digo: hay que décidir sin pénsar demásiado. Pénsando sólo que no tiene nínguna impórtancia. Acértar, no acértar, ¿qué es eso? Nínguna décisión que tomamos tiene nínguna impórtancia. Decídimos y ya. Eso es lo que de verdad importa.

Y dicho esto, Isma volvió a tornar el foco entero de su atención al episodio de “Águila Roja” que estaba intentando ver.

Marta sentía que lo que le había dicho Isma resonaba con lo que ella misma, en el fondo, sentía, opinaba e intuía. Le dio un codazo a Isma y dijo:

-Oye, ¿y si lanzo una moneda al aire? Saldrá lo que estaba escrito que tenía que salir y por eso no debo preocuparme, ¿verdad?

-Eso mismo –contestó él, guiñándole un ojo. –Pero –continuó– si vas a decídirlo echándolo a suertes, ¿no es mejor decídir por ti misma?

–Tienes razón –dijo ella.

Y eso hizo.

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Lotería de Navidad

Había un contexto, y sólo uno, en el cual las pesetas superaban con autoridad a los euros: en las cantinelas de la lotería de Navidad. “Doscientoscincuentamillooooneeeesdepeseeeeeeeetaaaaaaaaaaaaaaas” sonaba tan bien, tan consonántico, tan bien silabeado, tan melódico, que era imposible olvidar el estribillo aun después de tantos años.

Tales recuerdos de índole sentimental no perjudicaban, por lo demás, el carácter eminentemente práctico de Marta, quien, puestos a ganar, prefería hacerlo en euros contantes y sonantes.

Y este año va a ganar, seguro. No porque se lo haya dicho ningún vidente de esos que se anuncian y atienden por whatsapp (sobre esto también tiene ella cosas que contar, y lo hará cualquier día de estos, aunque no hoy), sino porque le da el pálpito, porque… porque… porque… porque alguna vez le tiene que tocar algo bueno, ¡leches! Todos los años juega religiosamente a la lotería de Navidad, y nunca hasta ahora le ha tocado nada -bueno, alguna vez el reintegro, pero eso no cuenta, porque luego se lo ha solido jugar a la del Niño, que ése sí, es un agujero negro que se traga cualquier resto de ilusión y de miserables ahorros que les quede a los sufridos jugadores-, y ¿por qué este año sí? Pues no tiene ni idea, pero prefiere no pararse a pensarlo, porque sabe que su pálpito no soportará ni medio segundo bajo el rayo de la razón, y va a ser peor.

Isma y ella juegan con un décimo -Daniel no ha aportado nada, pero pase, también él va en el lote- y cada uno de ellos ha puesto cinco euros para jugar con algunos décimos que han comprado los compañeros en sus respectivas empresas.

Marta se ha sentado en el sofá -son las 8 de la mañana-, con el mando a distancia en una mano, el móvil en el reposabrazos y, en la mano derecha, como si fuera un rosario con cuentas en forma de rectangulitos de papel, el manojo de décimos, entre los cuales se han colado también (todos juntos y revueltos) boletos de rifas y sorteos varios que la gente del pueblo ha ido colocando a los vecinos, tan llenos de buena fe y generosidad en estos entrañables días: una cesta, un fin de semana en un spa de la costa, una cena en el mejor restaurante local, un lote de productos de deporte donados por una tienda del pueblo, etc. El verdadero objeto de culto es, sin embargo, el décimo por antonomasia, el suyo, el de casa. El número al que le va a tocar el Gordo este año ella lo tiene delante de sus ojos: el 84939.

Se prepara un café con leche y se dispone a ver el sorteo. Daniel se despierta al cabo de una hora y ella abandona su puesto sólo para recoger al niño y cambiarlo. En ese momento, los niños de San Ildefonso cantan un premio. El corazón le da un vuelco, pero ¡ah!, es sólo un cuarto premio. A pesar de todo, grandes murmullos en la sala del sorteo y aspavientos varios de los presentadores de la tele. Vuelve con Daniel y le da su chocolate hecho mientras sigue el sorteo. El niño, para variar, parece extrañamente igual de hipnotizado por el mágico ritual que está teniendo lugar ante sus vírgenes ojos.

Sigue pasando el tiempo y cantan un tercer premio, un quinto, incluso -al filo del mediodía ya- cae el segundo. Marta, como quien oye llover; nada de eso le  afecta. A ella le está predestinado el gordo, así de claro.

-Mira, cariño, mira cómo giran los bombos. Pronto saldrá nuestro número. Ocho, cuatro, nueve, tres, nueve.

-Weve -dice Daniel agitando los brazos y moviendo la mano derecha en el sentido de las agujas del reloj y la izquierda en sentido inverso, como siempre hace cuando está contento.

A las doce y veinte, el nerviosismo hace que Marta infrinja una de sus leyes no escritas y se sirve una gran porción del pan de Reyes que ha comprado en el supermercado y que normalmente sólo toma para desayunar.

Como si aquello hubiera sido una ofrenda a las deidades de los juegos de azar, en el mismo momento en que está dando un bocado, la niña con trenzas canta el Gordo.

-¡Cuatrocientosmiiiiiiiiiiiiiiiiil eeeeeeeeeeeeeeeeuroooooooooooooooooos!

A esa niña, según vio en un reportaje, luego le darán pastel de chocolate y una Coca Cola, como premio. A Marta, en cambio, no le van a dar ni flores, porque resulta que el número agraciado es el 79410, que, aparte de la coincidencia del 9 y el 4 -y ni siquiera en el mismo orden-, se parece al suyo como un huevo a la castaña que ella se acaba de pegar. Además, ella nunca ha puesto el pie en Roquetas de Mar ni ha comprado el décimo allí, o sea que ya está todo dicho.

No se lo puede creer.

Por si acaso, se abraza más fuerte a Daniel, que sigue tan impertérrito como antes, girando las manitas como si estuviera imitando las rotaciones de los bombos.

-¡Eeeeeeeuoooooooooooooooooosss! -exclama el niño.

Suena entonces el “Ay del Chiquirritín, chiquirriquitín, metidito entre paja”, que Marta ha seleccionado como sintonía navideña de su móvil.

Es Isma, que la llama aprovechando el recreo en su trabajo.

-¡Oye, chica, que me han tocado cien euros!

-¿Cómo que cien euros?

-Sí, tía, en mi décimo, el que me compré yo. Ay, chica, que no te enteras…

-Ah, es verdad -suspira Marta. Claro, se le olvidaba que Isma, tan fiado de la suerte como el que más, se había querido comprar un décimo por su cuenta y riesgo. Y le había salido bien la jugada, al muy. -Pues enhorabuena, chico. Ah, y asegúrate de que se enteren todos ahí -le aconseja.

Cuelga para no sentirse agobiada por la suerte de Isma.

-Ya me podía haber tocado a mí. Si no son 400.000 euros, al menos que sean cien. ¿No te parece, cariño?

Entonces se acuerda de los boletos de las rifas varias del pueblo, que se efectuaban a la par que la lotería de Navidad. Los agraciados serían los números que coincidieran con los cinco primeros premios de la lotería. Los repasa uno por uno con la ayuda de Internet. Nada, ni siquiera un mísero lote de productos corrientitos de charcutería.

Frustrada, rompe los boletos en pedacitos y los arroja en forma de lluvia de confeti o algo. Daniel aplaude con alborozo.

El sorteo acaba de terminar y ahora toca retransmitir los festejos desde Sort, Roquetas de Mar y los demás lugares donde han caído los premios. Pero primero, publicidad.

Sale en pantalla ahora una familia perfecta de rubios finlandeses jugadores todos de baloncesto en sus respectivas categorías: matrimonio e hijos. La mujer -una vikinga de melena ondulada y ojos azules- embarazada de siete meses y con cuerpo de top model, se dirige a los telespectadores: “Nosotros tenemos una vida perfecta. Tenemos dinero, amor y, sobre todo, salud a raudales. Pero, por si alguna vez la salud nos fallara, confiamos en Curitas, la aseguradora médica líder en todo el mundo. Haga usted lo mismo y será tan feliz como nosotros.”

Claro, piensa Marta. Lo que no dice es que abonarse a Curitas cuesta una pasta gansa. Dicho así, suena como si fuera una ONG.

La indignación le sube como una vaharada roja por la garganta. Tiene que desfogarse y, en vez de soltar una palabrota (se ha prohibido a sí misma hacer semejante cosa con Daniel delante), le pega un mordisco al pan de Reyes.

Entonces, sus dientes topan con algo duro. Lo escupe y lo mira: es una figurita. Representa una princesita que se parece muchísimo a Blancanieves. Una Blancanieves navideña, que se representa adornada con espumillón y sosteniendo una ovejita en los brazos.

Daniel mira la figurita, la señala y exclama:

-¡Amá!

Marta sonríe. Ahora ya no siente indignación, ni se siente frustrada, ni nada de eso. Saca con el móvil una foto de la figurita y se la envía a Isma.

“Mira lo que me ha tocado. Chincha y rabia”.

Apaga la tele y pone en el portátil el disco de villancicos. Daniel y ella se ponen a bailar. La figurita de Blancanieves los mira sonriente desde la mesa.

 

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Acontecimiento planetario

-Vaya resacón tienes, chica -le dijo Marta a su reflejo en el espejo. No era una resaca etílica, sino una informativa: una resaca electoral. Que, a pesar de su nombre, no era de libre elección, sino de obligatoria fatalidad. Se había hecho periodista por muchas razones -ninguna de las cuales recordaba ahora– y estas cosas iban en el (exiguo) sueldo.

Ahora tocaba encender la tele y empaparse con los análisis, debates, conclusiones, inferencias, deducciones, predicciones y entrevistas preparados por las estrellas de los magacines matinales y sus redactores a (exiguo) sueldo. No había elección tampoco en esta cuestión.

Además, se notaba que los políticos alfa del país eran todos hombres e iban a mesa puesta, porque aquel año las elecciones las habían convocado para el domingo día 23 de diciembre, o sea, víspera de Nochebuena. Se notaba que ninguno de los presidenciables pensaba apartarse lo más mínimo de su agenda poselectoral. Para eso ya tenían a sus mujeres.

Aprovechando que Daniel tenía el sueño pesado y hábitos propios de adolescente juerguista, encendió la tele, el portátil y el móvil, todo ello casi en un único gesto. La cocina americana y el minisaloncito-comedor-living se inundaron con la voz de pito de la moderadora de turno. Presentaba un debate poselectoral entre los candidatos a presidente del Partido Pop, del Partido Social Operístico, de Bailemos y Ciutat Dance. Había más líderes y colíderes que habrían querido participar, pero todos no cabían en el plató, y es sabido que una mesa redonda de más de cinco participantes provoca cacofonía y nula inteligibilidad.

Marta consultó las cifras que había apuntado antes de dar la noche por terminada -justo cuando ella y su marido, Isma, habían conseguido que Daniel se durmiera, al filo de la medianoche- y comprobó que no había habido variaciones de última hora: el pastel parlamentario se repartía casi matemáticamente al 20% entre los cuatro partidos en liza. Ergo, cada uno de los cuatro candidatos a presidente veía posibilidades muy serias y factibles de ser investido y tocar la gloria.

En el debate, que ya estaba empezado, los cuatro hombres (todos hombres) tenían cara de cansancio, descolgamiento, palidez, ojeras y rastros de barba afeitada deprisa y corriendo, así que era de presumir que no estaban siendo especialmente brillantes con su oratoria. Uno hablaba de que los demás querían un allegro y su partido prefería el moderato, para “hacer las cosas despacio y bien”; otro decía que, si le dejaban, su partido daría el do de pecho; el tercero recordaba que hacían falta al menos dos para bailar el tango (de un tango a tres o a cuatro no dijo nada, no fuera que la moderadora le preguntara su opinión sobre las orgías), y el cuarto, que no era el mejor dotado en cuestiones de retórica, se limitaba a repetir su eslogan: “Menos samba, más trabajar”.

Así estaba la cosa, o sea, en punto muerto, cuando la presentadora tuvo una idea que ya nunca se sabría si estaba guionizada o fue más bien que se marcó un Günter Schabowski, pero que quedaría para la posteridad. Y fue la cosa que, animada por el ambiente navideño a la par que musical, propuso:

-Oigan, ¿por qué no organizamos un juego de sillas y el que gane será el nuevo presidente del gobierno?

No se sabría jamás qué les pareció de verdad de la buena a los cuatro representantes, pero, por aquello de que un No suena a maldito, poco espiritual y, peor aún, poco popular y enrollado, uno saltó y dijo que sí y ninguno de los demás tuvo lo que hay que tener para negarse. En un pis pas la presentadora los puso a los cuatro en movimiento para apartar la mesa del desayuno-tertulia y colocar tres sillas formando un pequeño corro.

-A ver, compañeros, un poco de música -pidió a alguien que estaba fuera de plano. Enseguida fue obedecida y sonó un villancico. “A Belén, pastores”. Los cuatro candidatos se pusieron a corretear como niños de jardín de infancia.

Fue justo el momento que eligió Daniel para reclamar la presencia de su madre. Marta se debatió un nanosegundo entre su privilegiada posición de espectadora de aquel momento inigualable de la historia del país y su responsabilidad como madre. Ganó, como siempre, la segunda. Dejó todo atrás -la tele, el portátil y el  móvil que ya estaba empezando a zumbar con, no hacía falta mirarlo para saberlo, mensajes de WhatsApp de su jefe y de algunos colegas que querían comentar el histórico y trascendental momento que todos estaban compartiendo- y acudió presurosa a abrazar a Daniel y darle los buenos días.

-Patata -exclamó Daniel al ver a su madre, al tiempo que estiraba los bracitos para ser abrazado.

-Buenos días, mi amor -dijo ella. Abrazó su cuerpecito calentito, todavía con restos de sueño, y le dio un beso muy sonoro. -¿Abrimos la ventana para ver qué día tan bonito hace? ¿Sí?

Daniel apoyó la moción y Marta lo agarró con el brazo izquierdo, mientras con el derecho subía la persiana y dejaba entrar los rayos de sol.

En el momento en que abría la ventana para ventilar un poco la habitación, estalló un petardo y -lo nunca visto- fuegos artificiales iluminaron la ya luminosa mañana del día de Nochebuena. Se empezó a oír un rumor indefinido que fue adquiriendo definición segundo a segundo. En la salita, el teléfono de Marta empezó a sonar. El rumor dejó de serlo y se convirtió en ruido de tumulto. Y es que la calle se estaba empezando a llenar de gente.

Gente de todas las edades, condiciones, humores, estados de salud y de dinero… en fin, todo el mundo mundial estaba saliendo a la calle en tromba. Agitaban banderas, pañuelos, trapos de cocina, incluso había gente con matasuegras y trompetas de juguete. Desde los balcones, quienes no podían corretear por la calle lanzaban lluvias de confeti y serpentinas. Pronto afloraron los primeros globos y balones gigantes de playa que botaban de mano en mano, uniendo a completos desconocidos en una fiesta sin igual.

-Algo acaba de pasar, algo gordo -le dijo Marta a Daniel.

Aquello tenía todo que ver con lo que había sucedido en el programa de televisión, no podía ser otra cosa. Un acontecimiento planetario de dimensiones hasta entonces desconocidas se había producido, de tal modo que había empujado a toda aquella gente a tomar la calle, pero no para protestar, sino para ponerse a festejar y a dar salida a tanta euforia y alegría como sentían. Nadie había visto nunca algo así.

Marta se encaminó hacia la sala con Daniel en brazos. La cara de la presentadora, ahora sonriente, ocupaba la pantalla. Ahora estaba claro que hablaba sin la ayuda del telepronter, y la verdad es que no lo hacía nada mal:

-¡Es un día histórico, señoras y señores! ¡Por primera vez en toda la historia, todos los partidos políticos se han puesto de acuerdo y van a acatar el resultado! ¡Gobernarán todos juntos y revueltos y tomarán las decisiones de forma conjunta y colegiada! ¡No habrá necesidad de votar nada en el congreso porque no habrá votos en contra! ¡Señoras y señores, estamos asistiendo a un momento único en toda la historia del universo! ¡Oigamos ahora al próximo presidente, que será…!

Daniel estaba protestando y de repente su voz había subido varios decibelios, como sólo él sabía hacer cuando quería o no quería algo. En este caso, lo que quería era ver su canal. El canal infantil. Era el canal número 25, su favorito de entre los cuatro temáticos que se sintonizaban en casa.

Marta le dio el mando y el niño, ipso facto, pulsó los dos botoncitos, el del 2 y el del 5, y el televisor pasó a mostrar una escena de “Los osos amorosos”.

Daniel, mágicamente, había dejado de protestar y miraba la pantalla con sonrisa beatífica. Una sonrisa que superaba la de cualquier líder político que saborea las mieles del triunfo.

Marta se concentró en la serie favorita de su hijo. Cuatro osos amorosos jugaban en aquel momento al juego de las sillas.

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Periodista en busca de sentido

Decía la leyenda que la Virgen María en carne mortal se había aparecido a un humilde pastorcillo, y le había hecho saber que aquel lugar perdido para el hombre civilizado, aunque no para Dios, era un lugar mágico, especial. No le había pedido expresamente que edificara allí un templo -los santos y la Virgen jamás piden nada, eso lo hacemos nosotros-, pero eso ya había sido un extra sobrevenido cuando las autoridades eclesiásticas supieron de la historia del pastorcillo, que hizo a todo correr y sin detenerse los ocho kilómetros que separaban el pueblo de aquella masa kárstica, aquel amasijo ascendente de colinas y erupciones de piedra caliza que la Virgen había ungido con su manto.

Lo llamaron Santuario del Espinar, en honor a la maleza en la cual había aparecido envuelta Nuestra Señora.

Quinientos años después, Marta había recorrido aquella carretera -un poco demasiado estrecha y, en cualquier caso, tan retorcida como era posible- infinidad de veces, igual que cualquier nativo de aquel pueblo, pues el antiguo lugar de aparición era hoy un popular santuario, que se erigía al fondo de una explanada no natural, sino edificada por la mano del hombre, a fin de que el santuario pudiera estar adecuadamente rodeado de tres coquetos hotelitos y hospederías, algunos restaurantes con sabor montañés, una tienda de recuerdos y regalos y una oficina de turismo, además de doscientas plazas de aparcamiento. Y sin embargo, aquella asiduidad no aminoraba ni una pizca la probabilidad de taponamiento de oídos y la pereza que le daba tragarse aquellos ocho kilómetros de subida.

Y el objeto de su trabajo le producía dos veces más pereza aún y le daba ganas de empotrar su coche contra el quitamiedos para así poder librarse del rollazo de tener que cubrir el consabido concurso anual de productos hortenses, donde, como en tantas otras cosas en la vida, ganaba aquel que presentaba el ítem más grande.

La gran novedad de este año, y que hacía que su jefe estuviera que no cabía en sí de nervios y que ella misma afrontara la tarea con gran emoción, era que el ámbito, de ser exclusivamente local, había pasado a extenderse a toda la comarca. El jurado había tenido que hacer una preselección, debido al gran número de participantes que se habían presentado, y aun así habían aumentado la lista de finalistas de los tradicionales 20 a 30. El interés noticioso del evento era doble; por un lado, el propio certamen, hito local de indiscutible nombradía y raigambre, y por el otro, y la parte que interesaba de verdad a los medios de comunicación, que se temía que los caseros disconformes con el cambio de universo -muchos de los cuales habían quedado fuera del concurso en la criba inicial- intentaran reventarlo con un acto de boicot muy vistoso. A la redacción habían llegado emails anónimos avisando de ello, e incluso una cuenta anónima en Twitter había tuiteado al respecto.

(Nada de toda esa movida tenía en absoluto nada que ver con el clima preelectoral que se respiraba en todo el país; así lo habían asegurado propios y ajenos. No obstante lo cual, todos en la oficina tenían sus dudas, porque todo tenía todo que ver con el clima pre y postelectoral que se respiraba en todo el país durante todo el año.)

Medios de toda la provincia, incluso algún medio nacional que se preciaba de “dar protagonismo a las pequeñas historias de los pequeños lugares” (así, como suena) habían desplazado equipos al lugar de la gran competición. Incluso se decía que el medio nacional por excelencia iba a enviar a Rosi Barroso en persona, la periodista de televisión de moda. Pero el medio de Marta, currándose “las pequeñas historias” de su pueblo y comarca todos los días del año, tenía a su favor la gran baza de su carácter local, más local que el queso de oveja lacha con denominación de origen que se producía en los caseríos del valle. Por eso, llegaban adonde los demás sólo podían acercarse, por muy nacionales que fueran.

En el caso que nos ocupa, esa ventaja consistía en una ubicación privilegiada desde la cual Marta y su técnico, el becario Iñaki, tenían una vista incomparable y perfectamente panorámica de la explanada donde tendría lugar la exposición y concurso, una especie de plaza de medianas dimensiones encajada entre el pie de un pequeño acantilado y el dique formado por los muros posteriores del santuario soñado por aquel zagalillo que vivió quinientos años atrás. Esa ubicación era el amplio balcón, esculpido directamente en la roca, al cual se accedía desde el refectorio de los frailes franciscanos para cuya hermandad el santuario había sido hogar desde el inicio de su existencia (del santuario, no de la hermandad). Los frailes franciscanos eran como hermanos -de sangre, por añadidura- para los periodistas locales, con los cuales había un sano toma y daca -los periodistas tenían un fichaje estrella en el hermano Diluviano, el fraile meteorólogo, una celebrity en toda la comarca, y a cambio de predicciones gratuitamente radiadas desde el entorno incomparable del Santuario del Espinar, el medio local hacía publicidad de las bondades del calendario, los anuarios, las agendas, las postales y los libros de historia que los franciscanos editaban bajo su propio sello, Ediciones Espinares, SL. Ese buen entendimiento -con su aliciente comercial y todo- había forjado una alianza a prueba del relumbrón de focos de mayor potencia que los del modesto medio local.

-Tú espérame aquí, que voy a anunciarnos -instruyó Marta a su becario, que se quedó, en efecto, al volante del Skoda Roomster que tenían como único coche de empresa a compartir por toda la plantilla.

Fray Telésforo, el fraile que había permanecido al pie del cañón de la recepción y de la centralita casi desde que el santuario se inauguró, allá por 1510, volvió a no reconocer a Marta a pesar de tenerla a dos palmos y a haber mantenido con ella la misma conversación decenas de veces en los últimos años. Marta ya iba preparada para una repetición más -se sabía su parte del diálogo de memoria- y, sin embargo, la aguardaba una sorpresa:

-Buenos días, hermano Telésforo. Venimos a cubrir el concurso. ¿Nos puede anunciar al hermano Patrocinio, por favor? -dijo, refiriéndose al fraile encargado de Relaciones con los Medios y señalando la centenaria centralita que ella siempre había conocido allí. Pero, para su sorpresa, en lugar de echar mano de las clavijas que eran como una extensión de las artríticas manos del hermano Telésforo, éste agarró del mostrador un smartphone, que en aquel momento estaba en modo suspensión pero que volvió a la vida nada más tocarlo el anciente fraile.

-Perdone usted, señorita, disculpe mi lentitud con el tecleo -dijo, mientras sus dedos se desplazaban sobre el teclado virtual a la velocidad de la luz.

-Más despacio, por favor, me estoy mareando. Y, oiga, ¿qué hace usted, no me va a anunciar a fray Patrocinio, que nos estará esperando?

El hermano telefonista levantó la mirada del teléfono y la depositó en Marta como si acabara de ver un ser de otro mundo.

-Es lo que estoy haciendo, señorita. Uso el guasa.¿No ha oído hablar usted del guasa? Es que hoy tenemos aquí un barullo impresionante, señorita, y si intentamos hablar con él a viva voz, dudo mucho que consigamos inteligirnos mutuamente. ¡Ay, cáspita! Ahora no encuentro el chat que tenía abierto…

“Vaya con el frailecillo”, se dijo Marta para su coleto.

-Si me permite… -y, estirando el brazo, se hizo limpiamente con el aparato. En efecto, el buen fray Telésforo había perdido el whatsapp abierto con su congénere y la pantalla mostraba ahora la lista de contactos, que estaba en la A. Marta deslizó el dedo de arriba abajo por la lista alfabética, haciendo que las letras fueran destacándose lumínicamente al contacto con su índice. Adalberto, Hno.; Ambulatorio; Apolonio, Hno.; Ayuntamiento; Bernabé, Hno.; Crispín, Hno.; Crispiniano, Hno.; Dionisio, Hno.; Dios; Diosdado, Hno…. ¡Un momento! Marta volvió atrás. ¿Dios? ¿Qué demonios de nombre de contacto era ése? ¿Sería posible que fuera…? Pero… no, de ninguna manera racional podía ser… Pero, ¿y si…?

Ni corta ni perezosa, hizo clic en el contacto denominado “Dios”. Su memoria fotográfica registró al momento la cifra de nueve dígitos. Se la repitió por lo bajini, para estar completamente segura: seis, seis, seis, siete, cuatro…

En aquel momento, se abrió otra vez la puerta de entrada. Eran fray Patrocinio e Iñaki, departiendo amigablemente.

-¡Ah, vaya con el guasa, sí que es eficaz! -opinó fray Telésforo, desentendiéndose del problema ya resuelto.

Los dos periodistas siguieron a fray Patrocinio hasta el privilegiado lugar de promisión, donde Iñaki instaló su trípode y su cámara.

-Eh, ¿estás bien? ¿Tienes vértigo? -le preguntó Iñaki.

-Ah, no, no pasa nada. Aquella es Rosi Barroso, ¿no? -dijo Marta para despistar, aludiendo a la estrella ascendente de los noticiarios de la cadena nacional. El comentario funcionó para desviar la atención del becario a otra parte. En efecto, estaba distraída desde que había visto el número de Dios en la agenda de fray Telésforo. Aprovechando el momento de privacidad, cogió su propio teléfono y grabó el número memorizado. Lo hizo bajo el nombre “Dios”, sintiéndose un poco ridícula, pero no sabiendo qué otra etiqueta ponerle.

Era verdad que la ubicación era privilegiada; desde allí, no se les escaparía ripio. Se dominaba toda la explanada donde se celebraría el concurso, y, como extra, todos los aledaños donde se habían apostado los medios rivales. Por si eso fuera poco, se controlaban todos los accesos y salidas y las vías de tráfico rodado durante varias decenas de metros, con lo cual ellos serían los primeros en advertir -y grabar- el menor movimiento extraño por tierra, mar o aire por parte de quien quisiera reventar el evento.

Aquella era su gran oportunidad, el gran acontecimiento que podía catapultar la carrera de Marta desde las profundidades abismales de lo local al raso cielo cuajado de estrellas donde merecía figurar. Y sin embargo, su mente estaba lejos de ocuparse de aquel reportaje en ciernes; no podía apartar su pensamiento de…

-Un segundo, tengo que… -dijo, y entró al refectorio y salió de él a continuación, sin darle tiempo a Iñaki de poner la menor objeción.

Con el teléfono en la mano, abrió Whatsapp, buscó el contacto “Dios” y escribió su mensaje con dedos temblorosos.

“Si estás ahí y eres quien parece que eres, me gustaría que me dijeras cuál es el sentido de mi vida.”

Ya está. Lo había escrito. Un segundo después, lo había enviado.

Casi al instante aparecieron las dos tildes azules que confirmaban que su mensaje había sido leído.

Sintiéndose en paz consigo misma, volvió al balcón.

La cosa tardaba en arrancar, a pesar de que todo estaba listo y todos los participantes habían llegado puntualmente. Pasó un rato muy largo y después otro más. Luego, por fin, anunciaron por megafonía que se daba comienzo oficialmente al concurso de quesos y productos hortofrutícolas de la región, donde serían premiados indefectiblemente aquellos productores que aportaran el o los frutos más grandes y hermosotes. Iñaki se puso a lo suyo haciendo planos largos, planos con zoom, picados, panorámicas, barridos y contrapicados artísticos.

Durante todo lo cual (estaba siendo todo muy aburrido y previsible), Marta no pudo dejar de pensar en su mensaje y en lo que podría pasar a continuación. Lo más seguro era que no pasara nada, o quizá que alguien le contestara con una frase amable mientras se partía la caja a su costa. El consuelo era que ella nunca oiría aquellas risas, ni que su interlocutor sabría quién había sido la pazguata que le había enviado aquel estúpido mensaje. Porque, como era bien sabido, hoy día ya nadie creía en Dios ni nad…

-¡Eh, tía, mira eso! -exclamó de pronto Iñaki. Marta salió -más bien, saltó- de su sopor meditabundo. Algo estaba sucediendo, efectivamente: por una carretera vecinal, poco más que un camino de cabras con unas paladas de cemento por encima, se aproximaba una caravana de tractores, Land Rovers y Mobylettes, en medio de una barahúnda de bocinazos, proclamas vociferadas por megafonía, carracas y -Marta casi lo habría jurado- zambombas.

Venían muchos y -sin duda- venían cabreados.

De repente, Marta sintió la vibración del teléfono en el bolsillo. Le echó mano y miró la pantalla: un mensaje de Whatsapp. Un mensaje de… Dios.

La belísona presentación de los caseros en pie de guerra sonó mucho más cerca. La adrenalina, propulsada y bombeada por un corazón acelerado por la emoción, surcó sin freno ni obstáculo las arterias de Marta, que se puso en pie con su cámara de fotos dotada de superobjetivo sujeta como si fuera su propia vida.

El teléfono hizo “ploc” al chocar contra el suelo.

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Bob

Aquel día -y no era el primero-, su jefe le había pedido a Marta que se quedase más tarde de su hora. Ella había podido arreglarlo, sin tener otro remedio. Así que al final, salió casi una hora más tarde. Se metió en su coche sin más dilación, mientras hacía recuento del día: había terminado de redactar aquel tostón de informe que tanto se le resistía, había corregido y mejorado varios emails de su jefe directo y de otros adjuntos, y había dejado apuntadas algunas ideas que dejaría caer en la reunión del día siguiente.

En casa faltaban algunos víveres y artículos domésticos de uso común, o estaban a punto de empezar a faltar, pero aquel día no podía pasarse ya por el supermercado. Tendría que bajar un momento a la carnicería-ultramarinos de emergencia de al lado de casa, a la mañana siguiente. Era todo mucho más caro, pero qué se le iba a hacer.

Antes de sentarse en el coche, tuvo cuidado de coger la bolsa con el traje para el tinte y dejarlo en el maletero. Tampoco podría ir aquella tarde a la tintorería. Al día siguiente todavía andaría a tiempo, porque la reunión era el viernes, y estábamos a miércoles… Habría que pagar un poco más por el servicio exprés, pero se dio por satisfecha; un año atrás ni siquiera había tintorerías que no enviaran todo el género fuera y que, por tanto, tardaran menos de dos días en entregar la ropa de vuelta.

Ya en tránsito, Marta se encontró con algo más de tráfico que cuando salía puntualmente a su hora. Maldijo a su jefe y sus veleidades, pero luego se acordó de su tensión arterial y de su tensión en general y se recordó que de nada servía destilar odio, tenía que destilar amor o, cuando menos, comprensión.

Con un poco de comprensión y un mucho de paciencia, Marta llegó al domicilio de su “arreglo” de aquella tarde: su prima Nita, de 16 años, a la que había prometido un buen soborno si pasaba a recoger una vez más a la guardería a su (de Marta) hijo de 13 meses, Daniel (tenía a todo el mundo prohibidísimo que lo llamaran Dani; si hubiera querido que lo llamaran Dani, argumentaba ella, le habría puesto directamente Dani). Dani no estaba ni medio dormido cuando llegó. Además, la recibió con un chillido y varios manoteos y patadas al aire, como quien deja claro quién es y cuáles son sus preferencias personales. Y eso, pensó Marta, que Nita se dedicaba a echarle un ojo mientras con el otro controlaba la pantalla de su móvil autista; ni besos, ni abrazos, ni juegos colaborativos.

-Son 75.

-La semana pasada me cobraste 50.

-Es el plus por desgaste acumulativo. A este paso voy a empezar a aparentar 19.

-Toma -“pequeña sanguijuela”, dijo-pensó Marta. Era muy generosa (“tonta”). Nita ni siquiera la miró mientras luchaba denodadamente por sentar y atar a Daniel en su sillita. Un día tenía que hablar seriamente con los padres de Nita sobre la educación que le estaban dando.

El coche que usaba Marta para desplazarse al trabajo y del trabajo a casa era un utilitario de tres puertas, que de ninguna manera podía contener la grandeza física de una sillita Maclaren, así que Marta tuvo que dejar el coche aparcado frente a la casa de sus primos e ir caminando hasta su casa mientras empujaba a Daniel en su sillita. Profirió mentalmente la segunda maldición de la tarde, en este caso contra el día que se dejó convencer por el pariento para comprar la Maclaren. El pariento no tenía toda la culpa, había que admitirlo; ella se había dejado arrastrar por la moda y por el prurito de parecer ser tan pija como sus vecinas y compañeras de trabajo. La Maclaren no costaba como un Bugaboo, pero casi; aquello la había hecho parecer aceptablemente pija, ni siquiera 100% pija. Se había quedado a medio camino, ni para ti ni para mí, y eso la hacía sentir aún peor. Maldijo sus mediocres intentos de aparentar; y ya iban tres. “Paz y amor, soy una nube”, se dijo a sí misma la Marta más pacífica y budista.

Eso sí, menos mal que a Daniel le encantaba su silla. Siempre daba buena y expansiva muestra de su conformidad y satisfacción con su Maclaren, haciendo partícipes de ellas a todo viandante que se les cruzara, mediante chilliditos, aspavientos y medias palabras.

“Menos mal que es guapísimo”, pensó Marta para sí una vez más al advertir las miradas de cuantos peatones se cruzaban y eran atraídos por las manifestaciones de alegría de Daniel.

Eso la compensó del hecho de que el niño se estaba poniendo y estaba poniendo la silla como un Ecce Homo manchado de babas de galleta, la misma que Nita le había dado como despedida, sin consultar con la madre; ya se sabe que los adolescentes de ahora son muy autónomos.

Lo bueno de vivir en aquel edificio tan viejo que no tenía ascensor era que Marta estaba así exenta de apuntarse a gimnasio alguno o de hacer aerobic en casa y por su cuenta. Plegar una silla y hacer varios viajes -primero con el niño, luego con la silla y los extras para acarrear compras o cualquier otra cosa- era ideal de la muerte para tonificar todos los músculos del cuerpo y alguno más.

El marido y padre trabajaba de tarde esa semana, como eventual, claro; así pues, Marta y Daniel estaban solos en casa hasta las once, por lo menos.

En ese momento, el tiempo tiene la virtud de espesarse como una sopa de tomate. El tiempo, pero no Marta; Marta se hacía totalmente líquida, como agua del grifo. Aparcar la silla-tirar el bolso sobre el respaldo-dejar las llaves en un sitio alto-dejar la bolsa para el tinte (mierdasemehaolvidadoenelcocheporlocualnossaltamosestepaso)-ponerle el chupete a Daniel-quitarle el abriguito a Daniel intentando que no proteste-quitarme la chaqueta con una mano mientras que con el brazo izquierdo sujeto a Daniel-sacar el tomate del frigorífico para la cena de Daniel-cerrar la persiana de su habitación (con una mano)-quitarle los mocos (con una mano)-cerrar la puerta, que se me había olvidado-arreglar un poco sus sábanas-consolarle para que deje de chillarme en el oído-cambiarle el pañal intentando que llore y se mueva lo menos posible-cambiarle de ropa-ponerle su música favorita (con una mano)-dejarle en el suelo con sus juguetes intentando que llore lo menos posible.

Respirar…

Preparar su ensalada-tostarle el pan pero sin pasarse-darle agua-buscar su chupete, que lo ha tirado-hacerle unas cucamonas para que deje de protestar-vestirle el tapalotodo para que no se ponga perdido el pijama.

Respirar…

Sentarle en la trona (no quiere)-ponerme el delantal porque todavía estoy vestida de calle-sentarle en mi regazo-darle de cenar…

Respirar porque está cenando a gusto y con apetito y por tanto ha dejado de protestar…

Limpiarle la cara y las manos a medida que cena-mierda, me ha agarrado de la manga de la blusa, y es aceite, adiós blusa-no enfadarme porque él no tiene la culpa-soy una nube, soy una nube-quitarle el tapalotodo (con una mano)-tratar de hacer como si no me crispara los  nervios el hecho de que esté absolutamente todo manga por hombro-calentar el biberón-llevarle a la habitación-darle la leche…

… se ha dormido…

Respirar profundamente.

Recoger todo-pasar la bayeta por la mesa-cambiarme-lavarme la cara-quitarme este puto moño que me está dando dolor de cabeza-a ver qué hay para cenar… lata de atún, mayonesa y dos rebanadas de pan de molde: bocadillo de atún-rezar para que no se despierte-seguir rezando-recoger todo-ponerme a fregar-el crío está llorando, dejarlo todo-ponerle el chupete; se calla-reanudar el fregoteo-espray por las paredes y la encimera-escobazo por el suelo…

… y llegó el momento.

Silencio. El tiempo vuelve a su estado normal. Se desespesa, se licúa como pasado por una batidora.

Marta enciende el televisor, baja el volumen,hace zapping. En la uno: debate de actualidad. En la dos: documental sobre la ucronía de qué habría pasado si nunca se hubiera producido el putsch de Múnich. En la tres: informativos. En la cuatro: película, Lo que el viento se llevó. En la cinco: película iraní con subtítulos en farsi. En la seis: debate de actualidad política. En la siete: entrevista a un ministro. En la ocho: concierto de la Filarmónica de Viena.

Marta pasa por todos esos canales y sintoniza ClanTV.

Comienza su programa favorito, su gran secreto, algo que ni el marido sabe: Bob Esponja.

Lo descubrió cuando intentaba calmar a Daniel mediante los dibujos animados y se dio cuenta de que a Daniel (todavía) no le gustaban los dibujos animados.

Pero que ella se estaba riendo un montón con aquella chorrada.

En el episodio de hoy, Bob y Patricio Estrella vuelven al cole después de las vacaciones.

De repente, la vida es maravillosa.

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