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El tema de la identidad en las novelas de Ruth Rendell

(En este artículo se desvelan partes importantes de las novelas ‘From Doon with death’, ‘A sleeping life’, ‘Some lie and some die’ y ‘Shake hands for ever’ (‘Juntos para siempre’).

Si toda obra de misterio es, forzosamente y por definición, un enigma y una reflexión en torno a la identidad, entonces debemos considerar a Ruth Rendell la autora de misterio que más se ha acercado al ideal del género. Sus obras son novelas de misterio por partida doble:

  1. por un lado, respetan el principio central de cualquier novela de misterio, según la cual una identidad queda bajo secreto hasta el final, y se plantea la novela como acertijo, desafío o juego con el lector; normalmente, se trata de la identidad del asesino, pero no siempre; la propia Rendell rompió barreras y reinventó varias veces el género, al desvelar de buen principio al lector la identidad del culpable, del malvado -hasta el punto de llegar a hacerlo en la frase inaugural de la novela-, mas haciendo pivotar el misterio sobre otro tipo de identidad: la naturaleza del motivo, la forma en que se cometió el crimen, o un misterio oculto bajo el misterio más evidente, por ejemplo, ¿de verdad fue la cosa como parece, o ha habido algo aún más siniestro detrás?, ¿el inspector Wexford es en verdad inteligente o sólo tiene golpes de suerte -y muchos, hay que reconocerlo?, ¿No es cierto que las novelas de Wexford son en realidad la historia de su aparente segundo, el retrógrado y estólido Michael Burden? Y preguntas todavía más complejas, de respuesta inexistente o impronunciable: ¿Es de justicia la manera en que concluye la historia? ¿Ha sido Rendell tan hábil como para hacerme simpatizar con el personaje más malvado de toda la novela, y alegrarme de que al final las cosas le salgan bien?
  2. Y por otra, reparamos en que muchas de sus novelas giran en torno al tema de la identidad. Se trata de un concepto de límites tan vastos, que da para escribir tantas novelas como hizo Ruth Rendell a lo largo de su vida: unas setenta novelas, además de varias decenas de relatos cortos y obras no detectivescas.

Para empezar, podemos hacerlo por su primera novela: From Doon with death (1964).doon No creo que se haya traducido al español, y, si no lo ha sido hasta ahora, con mucha menos razón lo será en adelante, ya que se trata de una novela que ha quedado superada por el paso del tiempo; sencillamente, el mundo que describe, sus secretos, el origen de gran parte de las neurosis y las infelicidades de los protagonistas, sus alambicados modos de vida, construidos sobre unos cimientos tan frágiles como sus personalidades, hoy en día son sólo un recuerdo, y, en muchos sentidos, no precisamente grato. Posiblemente, el misterio sobre el cual gira la novela no constituya tal a ojos de un lector de hoy en día; sin embargo, para entender el mundo de Rendell, sus temas principales, aquellos que la preocupaban no sólo como autora, sino como persona, resulta una lectura esencial.

En From Doon with death, una esposa y ama de casa de una pequeña ciudad inglesa aparece asesinada. Se trataba de una mujer que no llamaba la atención en ningún sentido, y, sin embargo, poco a poco aparecen pistas que dan a entender que el asesino es un amante despechado, alguien de gran cultura y de buena pluma, que le había mandado cartas apasionadas y poéticas. Iniciando una tónica que va a ser habitual a lo largo de la serie, Wexford seguirá el rastro de pistas que parecen sólidas pero que se revelarán como falsas, hasta que al final descubrirá la verdad -de forma poco clara para el lector, dicho sea de paso, si bien el lector dispone siempre de pistas y de insinuaciones diseminadas por el texto de forma sutil (en ocasiones, muy sutil, y también muy inteligente)-, con un impulso final que, según nos iremos acostumbrando a ver, puede venir de un suceso casual, de un comentario, de una epifanía a deshoras, de una observación de Burden o incluso de una lectura imprevista. En el caso de From Doon with death, esa verdad que a Wexford le cuesta tanto desvelar es que el misterioso amante -o amador, mejor dicho, ya que se trata de un amor no correspondido- de la víctima es una mujer. En toda una declaración de intenciones -ya que será un tema recurrente más adelante-, Rendell hace girar su primera novela en torno a la homosexualidad reprimida, mal entendida, marginada y obviada por parte de la sociedad, incluso en el caso de una persona que, como en el caso de la novela, es de buena familia, de clase alta, rica, con gran patrimonio personal y material, culta y respetada; y no sólo introduce ese tema en 1964, sino que además hace que lo encarne un personaje femenino, posicionándose ya -es mi parecer- con un discurso claramente feminista; pese a que la lesbiana del libro es una asesina, el personaje sirve igualmente para sacar el tema a la palestra. El crimen que comete no es un crimen sobre la homosexualidad, o no principalmente, sino un crimen de un amante despechado al objeto de su amor; el hecho de que el amante es rechazado en sus avances por el hecho de ser del mismo sexo que el amado contribuye a formar el caldo de cultivo que crea la decisión de cometer el crimen, pero no es decisivo; lo es el hecho -ofensa máxima- de que la amada, Margaret Parsons, comete el grave error de quedarse dormida de aburrimiento estando en compañía de la enamorada, a quien ve como nada más que una antigua compañera de internado de la que ha estado desconectada durante muchos años y que ahora acepta volver a ver porque le proporciona agasajos de gran valor. Este hecho crucial de la novela representa el choque de trenes entre ideal y realidad: la amante ha estado enamorada de la imagen mental de cierta persona, de quien sólo pide que le “permita amarla”, y ahora, al verse enfrentada al hecho de que su compañía sólo le provoca un insufrible tedio, la mata porque, por ese gran insulto, ella “tenía que morir”. Así, la pluma magistral y el ingenio de Ruth Rendell hace que una novela que en manos de cualquier otro autor probablemente habría caído en lo predecible, lo tópico y lo mediocre -un morboso asesinato cometido por una lesbiana frustrada- sea un tragicómico resumen de aquello que toda persona debe experimentar al menos una vez (y eso, con suerte): el destrozo de su idea de amor, que es una fragilísima burbuja de jabón que se rompe al menor contacto con la realidad. La mujer enamorada, de talante poético y dada a la ensoñación, ha idealizado a su amada, a quien no ha visto desde que eran jovencitas, y su ira asesina se despierta tan sólo cuando ella se le duerme de aburrimiento. (Incluso escribe un poema -lleno de despecho y sin el menor sentido del humor, ni ironía, ni siquiera tristeza- sobre este episodio decisivo.)

La identidad se convierte a partir de esa primera novela en un tema constante en la obra de Rendell. En sus primeras aventuras de Wexford, es precisamente la identidad aparente como opuesto a la identidad verdadera de la víctima o del asesino lo que desconcierta a la policía; y se trata de facetas de la identidad que pueden ser más o menos importantes, pero que podemos convenir en que no definen a la persona como es, no forman parte esencial de su persona: así, en otra novela, la víctima es una mujer que ha tenido que hacerse pasar por hombre ante toda la sociedad para poder dedicarse a su verdadera vocación, y es asesinada por una joven frustrada al descubrir el engaño; en una tercera, la identidad de la víctima es dada por sabida por Wexford, siendo así que la muerta no era quien él creía que era; en una más, un hombre furioso mata a una joven a quien otra persona ha enviado a casa de aquél para que se haga pasar por su exmujer; el hombre, presa de la ira al verse engañado, la mata en un frenesí de furia y de locura. Resumido en esas pocas palabras, el argumento de cada novela parece muy simple, incluso absurdo; sin embargo, en cada una de las ocasiones, es creíble. Y lo es porque cada persona lleva dentro de sí el germen de una confusión de esa misma clase; cada uno de nosotros, en algún momento de la vida, ha creído ser alguien que no era; cada uno ha actuado, ha aparentado ser alguien que los demás o que otra persona esperaba ver en nosotros, o alguien que nos convenía aparentar ser; hay quienes han acabado creyéndose el papel representado y viven presa de ese autoengaño, incapaces de liberarse; todos los días mueren personas a causa de esos engaños, o mueren sus almas, mueren por tanto en vida, por no lograr deshacer a tiempo ese espejismo.

Las novelas de Ruth Rendell muchas veces llevan a escena personajes tachados de locos, de desesperados; personajes con taras físicas o psicológicas o bien con rasgos que se perciben como taras, marginados por la sociedad o por sus propias familias, maltratados, criminalizados o bien empujados al límite. Las novelas de Rendell son sutiles, pero no son ambiguas; no se nos invita a comprender al criminal, aunque, a veces, sí a compadecerlo. Detrás de cada uno de los crímenes de los personajes de Rendell hay un porqué; puede que no sea justificable, ni siquiera que nos suscite lástima, pero sí es un porqué cuya lógica podemos comprender; y a menudo hunde sus raíces, no en el Pecado Original, sino en el Engaño Original: el de la identidad negada, rechazada, desconocida o autoimpuesta.

 

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‘Retrato de una dama’, de Henry James

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Es sumamente infrecuente encontrar una escritura tan bella, tan cuidada, tan rica, tan preocupada por el detalle y, a la vez, tan deliberadamente ambigua, de tal forma que suscita tantos interrogantes como respuestas proporciona, y deja abierto a la imaginación y a la adivinanza tanto espacio, que casi la mitad de la historia -o de las conclusiones de la historia y de sus diversas secuencias, situaciones y escenas- es obligatoriamente obra del lector, de cada lector, partiendo de la certeza o de la advertencia forzosa de que ni siquiera después de décadas de estudios, aproximaciones, análisis sincréticos y dialécticos de su obra, de contextualizaciones históricas y biográficas, de interpretaciones de literatura comparada… ni siquiera después de todo eso han logrado los expertos en Henry James alzarse con respuestas definitivas que despejen algunas de las más célebres ambigüedades de su obra.

Reseña completa, aquí. http://www.librosyliteratura.es/retrato-de-una-dama-de-henry-james.html

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El libro

Un cuaderno lleno de guijarros es lo que te dejo;

un libro con un reloj, una cápsula del tiempo llena de tinta y amor.

Una larga carta que te escribí cuando aún no sabía que existías;

un crucigrama con la mayoría de casillas en blanco todavía,

la senda de Pulgarcito que lleva al corazón,

al corazón de este bosque intrincado,

al corazón de esta manzana enterrada en blancas nieves,

al corazón de mi mente y de mi corazón.

Tú entenderás lo que yo todavía lucho por entender.

Porque eres y serás

alguien más inteligente´que yo

alguien más visionario que yo

alguien más noble que yo

alguien con más capacidad para amar que yo

alguien con más valor que yo

alguien con el coraje que hace falta para internarse en un mapa humano,

o para caminar a tientas y con la fe suficiente para saber que no caerá.

Alguien con menos prisa que yo, con menos miedo que yo,

alguien con más sabiduría que yo, alguien con más tiempo que yo.

(Aunque no alguien más afortunado que yo: ese don sí es para mí.)

Por eso sabrás leer entre líneas, descifrar lo que está transcrito en un idioma que yo no conozco,

porque es un mensaje para ti.

Sabrás desenterrar lo oculto, sabrás moverte por el desván polvoriento,

pisar sin que crujan las tablas y sin matar arañas.

Sabrás aceptar sin juzgar,

sabrás apreciar el aroma de las obsoletas hojas de papel, que en tu era ya no existirán,

calibrarás el peso del tiempo que flota entre las frases,

el peso de la ilusión, de los sueños, de las fantasías,

que entonces serán todas para ti:

el libro de mi vida, con hojas de otoño caídas del árbol

floreciendo en una nueva primavera,

y tú serás el alfarero místico que insuflará vida en las vidas que yo ahora imagino.

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Novelista

En realidad, yo lo que siempre quise es escribir novelas.

De pequeña, es cierto, me inventaba artículos periodísticos y los firmaba con distintos nombres de guerra; nombres que se me figuraban pertenecientes a personas intrépidas, reporteras. Escribí decenas y decenas de artículos. Es cierto.

Pero, antes de eso, cuando era más pequeña aún, escribía relatitos o amagos de relatos. Cualquier cosa que se me ocurría valía para darle a las teclas de la máquina de escribir. Ahí no había edición posible, como no fuera la de la tira de tipp-ex. Y, como mucho, se podía encalar una palabra, no más. O sea, que había que pensarse muy bien lo que se escribía. La otra opción era despilfarrar el papel. Pero formaba parte de la ilusión y del encanto de ser escritora.

Luego se me ocurrió apuntarme a un curso de escritura creativa o de aprender a escribir. Me lo creí todo y aquello me arruinó, como suele pasarles a los chicos y chicas cantantes que pasan por Operación Triunfo. Te tocan la naturalidad y eso es una sentencia de muerte, o casi.

Puedes resucitar, claro; pero no vuelves igual a como eras antes. Pasa como -dicen- a las personas que vuelven de la muerte: no son exactamente iguales a como eran antes. Porque has pasado por la crisis suprema y eso te cambia. Pero quizás, como a ellos, también te enriquece.

La cuestión, sin embargo, es que ya no he podido dedicarme a cultivar aquel sueño mío que, a fuerza de no pensarlo, rumiarlo ni reflexionarlo, formaba parte de mi identidad. A partir de aquel curso, mi escritura ya no era la mía; me la habían robado y la habían sustituido por otra. Me preocupaba demasiado del cómo, del cuándo, del dónde. Me obsesionaba por leer a otros -los buenos, según venían recogidos en el canon- y, a poder ser, parecerme a ellos.

Luego me dio por pensar que tal vez aquello no era lo mío y nunca lo fue. Y entonces, cuando abandoné, me relajé.

Poco a poco empezaron a fluir de nuevo cosas de mi pluma, del teclado. Seguía sin ser igual que antes; no había esa alegría, ahora había más recapacitación, más concentración, más racionalidad. La pluma había adquirido trazas de bisturí. Diseccionaba el lenguaje, las frases; analizaba cada palabra, cada punto; trataba de seguir las recomendaciones establecidas para escribir: hacer croquis, esquemas, hacer resúmenes, tener bien claro lo que vas a decir y cómo decirlo, tener bien claro el mensaje, aspirar a cambiar el mundo, aspirar a descubrir grandes verdades, aspirar a descubrir qué es lo que piensas y sientes acerca de ese tema sobre el que estás escribiendo; esforzarte en construir personajes creíbles; esforzarte en dotarlos de pasado, presente y futuro; esforzarte -con denuedo- en dotarlos de carne y hueso; tomar prestada de la vida real lo suficiente para dar realismo a tu escritura, pero no tanto que aquello se convierta en una crónica periodística, en una descripción de hechos reales o en -¡horror!- una autobiografía.

Luego las palabras se liberaron y comenzaron a formarse en poemas, en párrafos de una única línea, en frases yuxtapuestas o en frases truncadas. Sin aparente hilazón, aunque para mí estaba siempre bien clara. ¿Técnica del flujo de autoconciencia? Pues no sé. ¿Inspiración? Quizás. ¿Esfuerzo? Sí, todavía sí, ahí estaba siempre, el maldito esfuerzo consciente. A mayor esfuerzo, menor diversión. Y yo que pensaba que de eso se había tratado siempre… Pues no; se debía tratar de trabajo, de trascendencia, de profundidad. De semiología, de significado, de transformación. ¡De alquimia!

Luego vino el “blogueo del escritor”, un paso más adelante que el “bloqueo del escritor”. Una salida cómoda y fácil; un camino a medio idem entre el anonimato y la privacidad (el secreto y la vergüenza, el ninguneo y el rechazo) y la gloria de los ojos del mundo y la publicación, aunque sea a escala mínimal. Un compromiso con uno mismo tan sólo; una luz a medias, un sí es, no es. Satisfactorio, sí, pero quizás tanto o tan poco como una comida prefabricada y calentada en el microondas, como tomar café descafeinado. Caliente y vivo, ma non troppo.

Y los poemas. Que no son una elección, sino un modo de ver, más allá de la mirada que uno elija. Salen así y se los quiere sean como sean, como a los hijos. Los poemas son como lanzar un guijarro al agua y mirar la onda que crean. Como ver la luz de la puesta de sol reflejada en las aguas. Sentarse en el muelle y tocar la superficie del lago con la punta de los pies. Sentir que saltas, pero saberte a salvo, sentada sobre la madera. Saber que no te vas a hundir, pero sentir todavía el impulso de nadar hasta ganar la otra orilla. Verla desde lejos y saber que quizá ésta es tu patria, pero añorar aquella tierra que te prometieron hace tanto tiempo.

Yo siempre quise escribir la novela que lo dijera todo, la novela donde poner todo lo que anhelaba crear, los mundos, los personajes; las palabras suyas, que serían también las mías; sus verdades, también las mías; sus mentiras, también las mías, sólo algunas de ellas piadosas. Crear un mundo, un universo, el cosmos entero. Hermoso o feo, pero mío, de mi creación.

 

 

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‘Gokumon-to’

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Entonces, estábamos de acuerdo en que hay dos grandes tipos de infierno, dos niveles inferiores a todo lo infernal, dos círculos dantescos que el genial poeta de Florencia dejó en el tintero -acaso porque sabía que no hacía falta escribir sobre ellos, puesto que quien más, quien menos, está condenado a sufrirlos en vida-: el infierno que son los otros y el infierno de los pueblos pequeños.

Ahora, imagínense una novela que aúne los dos. Escalofriante, ¿verdad?

Pues esa novela bien podría ser ésta: Gokumon-to, subtitulada La isla de las puertas del infierno. Y no es casualidad que sea una novela japonesa.

Leer la reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/gokumon-to-la-isla-de-las-puertas-del-infierno.html

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‘Vi a un hombre’

Vi a un hombre, de Owen Sheers, en Librosyliteratura.es

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Hay libros que nacen de personajes. Un secreto: éstos suelen ser los mejores. Podemos olvidarnos de los detalles de la trama, incluso de las vueltas y revueltas, de las sorpresas, pero no nos olvidaremos de los personajes. Luego hay otros libros que se escriben porque alguien soñó algo y se le adhirió, de tal forma que sólo al escribir sobre ello e imaginar el resto pudo librarse. Los hay, los habrá, que son extensiones de un título muy ocurrente. Otros son producto de una serie de peripecias, de sorpresas, de hechos dignos de ser contados y que se hilvanan en una historia. Y por fin, hay novelas -y es el caso de Vi a un hombre– que se basan, clarísimamente, en una idea. Son novelas peligrosas, difíciles de manejar, porque su fuerza radica en la idea y, si ésta no tiene la suficiente ídem -o si la fabulación edificada para contarla flaquea o sencillamente es inexistente-, la novela fracasa.

Reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/vi-a-un-hombre.html

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‘Wilt’

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Wilt es más que un libro; es una farsa biográfica, es un espejo distorsionado pero fiel dirigido al lector, es un tiro a ciegas que da en el blanco. Tengo una profunda aversión a esta frase, pero ea, esta vez la usaré, porque es cierta: todos somos Wilt. Y si no lo creen, lean el clásico de Tom Sharpe.

Las mayores genialidades son aquellas que se hacen sin pretender hacerlas. Sharpe quizá lo sabía antes de escribir Wilt, o quizá no, pero poco importa; percibimos en su muy británico e irreverente humor -algo grosero a veces, pero de un modo descacharrante y simpático, un poco al estilo de aquella gloriosa Los jóvenes– un no tomarse a sí mismo demasiado en serio que cae en gracia porque los lectores con algunos libros a cuestas ya tenemos un sensor que nos avisa cuando esa actitud es puro postureo, y en este caso no lo es: Tom Sharpe sólo pretendía escribir un libro divertido, satírico, también crítico con ciertos aspectos de la vida y el establishment británicos, pero que fuera eminentemente gracioso. Y lo consiguió. De hecho, rara como es en mí la ocurrencia de reírme leyendo un libro, Wilt ha conseguido arrancarme la risa, la de verdad, no la del LOL.

Leer la reseña entera en Libros y Literatura.

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Mi reseña de ‘Los papeles de Aspern’

(Contiene una errata grave -el uso del inexistente *andara por “anduviera”-, pero la editorial ya está sobre aviso y ha asegurado que lo corregirá. En cualquier caso, una lectura del todo recomendable.)

Los papeles de Aspern, de Henry James

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Ignara de mí, relacionaba siempre a Henry James sólo y exclusivamente con Otra vuelta de tuerca, dando por sentado que era su obra culmen. Ignara, infelice de mí, todavía tenía por conocer y disfrutar la existencia de esta novella, Los papeles de Aspern, que ahora he podido leer gracias a la editorial Navona.

Y, desde luego, ¡qué buen, qué excepcionalmente buen escritor era Henry James! No hace falta leer varios centenares de páginas de su mano para constatarlo; basta sumergirse en la lectura de Los papeles de Aspern, tarea que nos ocupará desde un par de horas a un par de días, dependiendo del tiempo que tengamos libre para dedicarle. Su lectura será como un oasis para nuestra inteligencia, nuestro sentido del disfrute literario y sintáctico y nuestra avidez de observadores innatos del otro, de nuestro semejante, sabiendo que atisbaremos en él rasgos que también nosotros poseemos.

Leer la reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/los-papeles-de-aspern.html

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‘Tiempos de hielo’ en ‘Librosyliteratura.es’

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Tiempos de hielo, de Fred Vargas (Editorial Siruela)

Entre las múltiples, quizá infinitas maneras en que se podría definir lo que es un escritor, está posiblemente ésta: un escritor es un señor que lucha toda su vida por poner por escrito, en forma de alegoría o ficción, todo lo que sabe -o todo lo que le obsesiona- acerca de un tema, para ver si consigue responderse a las preguntas que se hace a sí mismo sobre tal tema. Ésa es la razón por la que se dice que todo escritor escribe una y otra vez la misma novela, y siempre la misma; son intentos fallidos de desentrañar aquello que él piensa y que quizás sabe, pero que no acierta a expresarse a sí mismo.

Por otro lado, también podemos decir que hay novelas de misterio y novelas de misterio, novelas policíacas para todos los lectores de novelas policíacas y otras novelas policíacas para algunos lectores de novelas policíacas. No es perogrullada y, para demostrarlo, cojamos la nueva novela de Fred Vargas. O, mejor cojamos su nueva novela y otra anterior; el título es lo de menos. Pongamos que esta reseñista lee ambas novelas, primero la otra y luego la más reciente. Cuando lee la otra, se pregunta qué tiene esta agua para que tanto la bendigan, porque, aparte de que la trama policíaca no tenía mucho chiste (la identidad del asesino no constituía ningún secreto digno de tal nombre), la trama daba vueltas como un tiovivo y se perdía por vericuetos rarísimos que acababan en ninguna parte. Eso, para dar una idea en plan muy resumido de la raridad que impregnaba la novela de principio a fin. Cuando la terminé, no sabía si me había gustado o no.

Leer toda la reseña en http://www.librosyliteratura.es/tiempos-de-hielo.html

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Reseña de ‘Una revelación brutal’ en ‘Librosyliteratura.es’

En verdad, un elemento muy interesante de Una revelación brutal (y que también estaba, en cierta medida, en Doctor en Alaska) es el contraste entre pertenecer/no pertenecer, entre miembro de la comunidad/foráneo. En cierto sentido, en esta novela policiaca, se reta al lector a enfrentarse a sus propios prejuicios y a la querencia instintiva que todos tenemos a sentirnos parte de algo mayor que nosotros mismos; algo que nos da seguridad. ¿Quién es verdaderamente el malo de la historia? ¿Es el asesino? ¿O es quizá el foráneo, el distinto, el otro? ¿Por quién nos sentimos más amenazados: por un criminal que es uno de los nuestros, o por un individuo inofensivo pero que es venido de fuera, aunque esté lleno de las mejores intenciones? ¿A quién aceptamos más fácilmente, a quién perdonamos antes su grave pecado?

Leer la reseña entera en http://www.librosyliteratura.es/una-revelacion-brutal.html

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