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Versos paralelos

Quienes rutinariamente hablan de los renglones torcidos de Dios siempre olvidan hablar de Sus renglones paralelos; o, más probablemente, ni siquiera son conscientes de su existencia. Cuando a mí me los descubrieron, me abrieron un mundo y cambiaron mi percepción de mi propia vida, si bien hoy prefiero llamarlos los versos libres de Dios.

Y si Dios escribe derecho con renglones torcidos, tan verdad es que hace poesía con esos versos libres. No sé si a los propios versos les gusta descubrirse de esa manera, sueltos, sin correlación, rima ni unión con sus compañeros; pienso que no y que necesitan mucho tiempo para aceptarse a sí mismos como libres, y aun para descubrir lo que son; pero Él es así.

Yo me acostumbré, ya digo, a verlo menos poéticamente como una historia de líneas paralelas. Una línea, bien gruesa y claramente dominante en el papel, representa a casi todo el mundo, y la raquítica y solitaria línea paralela representa a quien o quienes se queda(n) fuera de ese grupo. Va tomando cuerpo la metáfora, ¿verdad?

También se puede representar así (es que la soledad y la exclusión son campo fértil para la imaginería): “todo el mundo” es eso mismo, un planeta, y “el que no es del grupo” es el satélite (palabra que no por casualidad, y de forma además harto despectiva, ha adoptado el habla coloquial para designar cierto tipo de relación social no deseada): siempre girando alrededor del planeta o sol dominante, como queriendo cruzar su órbita con la de aquél, pero condenado a no conseguirlo jamás.

El satélite (voy a reivindicar y a resemantizar esa palabra, ¡pardiez!) gira alrededor del planeta, y en ocasiones lo ve tan cerca, que cree, iluso de él, que lo va a poder rozar, que finalmente se va a poder integrar en él y dejar de orbitar a solas en ese espacio tan oscuro y que, estando solo, resulta mortalmente frío.

Four moons over Saturn, de ridingwithrobots

Copyright de Ridingwithrobots en Flickr

Pero todos sabemos lo suficiente de astronomía, o, en su defecto, todos sabemos que nunca hasta ahora la Luna ha entrado en contacto directo con la Tierra.

Y, siguiendo con esta metáfora, siempre es el “verso libre”, el “suelto”, el “satélite”, el que mira a su referente, el poema aparentemente completo, cabal, poblado y autosuficiente; al planeta redondo, orondo y autosuficiente. Es la Luna la que nos parece tan sola y apartada, y la que creemos ver mirando fijamente y con anhelo a la Tierra. Nunca al revés.

Pues todos sabemos también que así en la Tierra como en el cielo, y que la vida de los hombres imita la Naturaleza…

Pero quiero subrayar una cosa: ser un verso suelto (o libre, aunque ese último estatus llega más tarde, muuuucho más tarde, una eternidad más tarde, según nos dice la percepción subjetiva de las cosas, y del tiempo que nos escatima acontecimientos propicios y el consabido viento en popa) no significa sólo estar solo, sino vivir una realidad paralela (y aquí si que me parece de molde e inmejorable el sistema explicativo de las líneas paralelas).

En el caso de una “línea paralela” humana, o sea, de una persona a la que se le ha vedado la entrada y la integración en el grupo social, amical, temporal y de referencia al que estaba destinado por naturaleza y al cual habría pertenecido en circunstancias o con congéneres normales, esa línea se ve obligada a vivir las etapas de la vida, y los sucesos correspondientes a ellas, a su manera y sin los referentes de las personas de su edad que la rodean y que deberían haber sido un sostén y un círculo de seguridad y de identificación para ella. La línea suelta, aún no verso, aún nada lírica ni armónica y, desde luego, nada libre, sino quizá tan sólo, y esto traído por los pelos, bastante original, se ve obligada a trazar ella misma su contexto, y a multiplicarse y ser ella misma su oración, su párrafo, sus signos de puntuación y acentuación, sus vírgulas y sus diéresis, sus sinónimos y sus antónimos, sus hallazgos y, a menudo, sus propios borrones y tachones, y a hacer ella misma sus rectificaciones, sin tener otras líneas en las que inspirarse, mirarse o con las que hacerse fuerte. No tiene nada de eso.

Unos se buscan otros grupos de referencia; muchos no pueden hacerlo, o corren la misma mala suerte de antes, porque ya se sabe que los entornos reducidos pueden generar corrientes de opinión altamente contagiosas (infecciosas, si se me permite), y ahí el solitario forzoso, o el ostracizado, sí que está perdido.

O se hace fuerte en su solitaria soledad, o está rematado.

Si consigue hacerse fuerte, construyendo su castillo a base de sacar todo lo que lleva dentro y de multiplicar los talentos que Dios tuvo a bien darle, y si consigue ingeniárselas para resistir mientras fuera se suceden inviernos y primaveras, y para aprender a hacer crecer su jardín en el patio interior (que nunca será tan grande como las praderas de fuera, ni el sol le dará tan plenamente ni sin recovecos ni aristas ni zonas que siempre quedarán a la sombra) cada año un poco más y mejor, ya tiene hecho lo más difícil.

Cuando mire atrás, se dará cuenta de lo paralela y alternativa que fue su historia: su adolescencia habrá sido adolescencia, pero nunca igual que la de los demás; habrá vivido todas las experiencias propias de cada edad, pero nunca habrán sido experiencias típicas, ni siquiera parecidas o comparables a las de los demás; siempre encontrará que ha habido en ellas una nota de excentricidad, de originalidad, incluso algo sorprendente o asombroso.

Habrá tenido amistades, incluso amigos, incluso algún amigo cercano al que habrá confiado secretos y habrá hecho cómplice de su paralelismo, no por no deseado menos importante en su vida; y todos esos amigos habrán sido forjados con gran esfuerzo, buscados y deseados, incluso anhelados, con el mismo empeño y casi con la obsesión con la que se anhelan las cosas que se tienen por inalcanzables. Eso no significa que tales logros hayan sido mejores que los de los demás, pero sí seguramente más sentidos, más intensos, más memorables, porque han costado más que los de los demás.

Por eso, al cabo de mucho, mucho tiempo, cuando todas las líneas hayan llegado a converger en un punto, o quizá cuando todas se hayan transformado en algo más y cada trazo haya encontrado su razón de ser (o no), cuando se haya revelado la naturaleza “libre” de aquel pequeño y extraño verso que, por alguna razón que ni él mismo sabe, quedó aparte y alejado de los demás, podrán comunicarse entre ellas, y cada una contará una historia que será quizá parecida a la de la otra, pero jamás se podrán superponer, ni podrán conformar un mismo cuadro. Ahora no; ya no. Quizá antes. Pero ya no; nunca.

Y al cabo de todo ese tiempo, seguramente el verso libre ya haya reivindicado su condición y tal vez haya superado los límites de la página en la que habitó durante tanto tiempo, o los del castillo en cuyos pasillos y salones solitarios tuvo que hacerse fuerte y aprender a ser feliz a su manera. Entonces habrá visto que hay un espacio infinito a su alrededor, y que estar solo es la forma primera y primordial para aprender a ser libre.

Sola y bien, gracias

Seguramente, su historia, su condición, no hayan sido perfectas, y sí preñadas de dolor; y resultará inútil e inverosímil fingir que, si hubiera podido elegir, habría elegido lo que no tuvo más remedio que aceptar, porque es lo que fue. No; seguramente habría elegido ser como los demás, ser un verso de rima consonante y métrica regular, quieto y armonioso en su fila, simétrico y casi idéntico a sus compañeros. Pero ahora ya no concibe la vida como otra cosa distinta a lo que es.

lamb

No temas, pues yo te he redimido; te he llamado por tu nombre; eres mío.

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“Y conoceréis la verdad…”

If only night was day, if only prayers were answered.
Then we would hear God say.
No matter what they tell you, no matter what they do.
No matter what they teach you, what you believe is true.
And I will keep you safe and strong, and sheltered from the
storm.
–Jim Steinman

Si la noche fuera día, si las oraciones tuvieran respuesta,
oiríamos a Dios decir:
Da igual lo que te digan, da igual lo que hagan,
Da igual lo que te enseñen, aquello en lo que tú crees es verdad.
Y yo te mantendré fuerte y a salvo de la tormenta.

En verdad os digo que una de las citas bíblicas incorrectas que más me solivianta oír es ésa que atribuye a Jesucristo la afirmación siguiente: “La verdad os hará libres”.

Poner en Su boca esa frase, con ese final y, sobre todo, con ese principio, es tan veraz como decir que “Pilatos fue crucificado, muerto y sepultado, y al tercer día, resucitó”. En ambos casos, se parafrasea sólo parte de la verdad, pero el resultado es peor que si se hubiera mentido.

Lo cierto es que, según nos dicen las sagradas escrituras, lo que Jesucristo dijo fue más bien esto:

—Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.

-Juan 8:31-32

Claro, pero cogemos lo que nos interesa de cada casa, y lo que nos dificulta o matiza un tantito el mensaje lo dejamos fuera, ¿no?

Y, sin embargo, debería ser claro al primer vistazo que la versión más popular está truncada, porque, de no ser así, seríamos libres siempre, incluso a pesar nuestro y de forma independiente a nuestros actos. Nuestra vida de esclavitud espiritual, moral, social y de cualquier otra especie es el testimonio y recordatorio constante de lo contrario.

Es cierto que, si debemos hacer caso de la Biblia, Jesucristo fue glorioso profeta (además de muchas otras cosas), pero no un gran exégeta, sin duda porque prefería predicar con el ejemplo que con el verbo (a pesar de ser ése su origen). Al margen de chistes malos, lo bueno de esa oscuridad en la que nos quedamos quienes tenemos en la Biblia un faro de nuestra fe es que nos da libertad para imaginar, para ver y verter nuestros propios significados en el Evangelio -una vez más, libertad… ¿no será ése el mayor regalo que Dios nos hizo, más aún que la vida biológica? Porque, ¿qué es la existencia si no hay libertad? Nada que merezca la pena. Sin duda, Dios tuvo muy presente, al enviarnos Su mensaje, que nadie escarmienta en cabeza ajena y que cada hombre iba a necesitar, más que verse retratado, sentirse reflejado y contenido en esas palabras.

La lengua española diferencia entre saber y conocer, y muy acertadamente se nos dice que conoceremos la verdad, no que la sabremos… porque saber una cosa es tenerla en la mente, pero conocerla es hacerla formar parte de ti… así que, según parece, para liberarnos debemos ser uno con la verdad, ser verdaderos, vivir una vida auténtica.

No sé si los doctores de las diversas Iglesias sabrán realmente a qué se refería Jesús cuando habló así, pero alguien me dijo que alguien más le había dicho, o que había leído en alguna parte, que cuando San Juan (el del Apocalipsis) era muy viejo y estaba a punto de morirse, en Grecia, y estaba tan débil y tan decrépito que sus discípulos tenían que llevarlo y traerlo en brazos entre varios de acá para allá; y él, que tenía las capacidades físicas y sensoriales mermadas, parece que les decía constantemente: “Amaos, amaos, amaos…”

O, dicho de otra manera: Conoced la verdad por vosotros mismos.

Amaos los unos a los otros, pero empezad por amaros a vosotros mismos.

No tengo ni idea de cuál es el verdadero mensaje que se nos quiso dejar; pero, para mí, ése es el mensaje. Es el que yo veo.

Conocer la verdad es conocer el amor, y conocer el amor es experimentarlo, y experimentar el amor verdadero tiene como condición indispensable amarse a uno mismo.

Amarse como Él nos ama, es decir, de forma incondicional y por encima de todas las cosas.

Mucha gente malinterpreta este principio (este mandamiento, en realidad). Creen que tiene que ver con la egolatría y la soberbia. En verdad, es su opuesto más opuesto. Yo no conozco a ninguna persona arrogante ni prepotente en la que vea signos de amarse y aceptarse a sí mismo de forma incondicional, sin exigencias, sin reproches, sin odiarse a sí mismo ni intentar forzarse a ser distinto de como es. En mi experiencia, es arrogante quien necesita de la admiración ajena para compensar el poco amor que se tiene a sí mismo.

Nada más duro que aprender a amarse a uno mismo; pero nada más necesario. Es mi lección más difícil y la más importante. Y los frutos se hacen de rogar, pero son los más hermosos; compensan de la dureza de la espera.

En el amor a uno mismo se contienen todas las promesas, todos los parabienes. Y la liberación, el mayor regalo: de la esclavitud de la imagen pública, de las exigencias sin límites, de las comparaciones desventajosas, de la mezquindad con uno mismo, de la envidia, de la inseguridad. También del sentido del ridículo, de la seriedad acartonada y envejecedora, de la rutina y del aburrimiento. De las expectativas con las que lastramos a nuestra propia persona y a otras. De perdernos en ensoñaciones de un futuro que no es futuro, sino inexistencia, irrealidad, fantasía engañadora.

Y muchas más cosas que no se pueden nombrar ni describir cabalmente en ningún idioma.

Todo eso está contenido en el primer mandamiento:

—Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de todos?

Jesús le respondió: —El primer mandamiento, y el más importante, es el que dice así: “Ama a tu Dios con todo lo que piensas y con todo lo que eres.” Y el segundo mandamiento en importancia es parecido a ese, y dice así: “Cada uno debe amar a su prójimo como se ama a sí mismo.” Toda la enseñanza de la Biblia se basa en estos dos mandamientos.

-Mateo 22, 36-40

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Ni puertas, ni cerraduras, ni cerrojos

“Lock up your libraries if you like, but there is no gate, no lock, no bolt that you can set upon the freedom of my mind.”
Virginia Woolf, A Room Of One’s Own

Siendo la libertad un anhelo natural -quizá el más exigente de todos, el primero de todos, el que da origen a todos los demás- y siendo como es una utopía, ¿cuál es tu forma particular de hacerte libre?

No lo sé, pero puede que el arte y todas las formas de creación humana espontánea y sincera no sean más que un intento de hacernos libres en un mundo que nunca nos permite serlo.

El medio es hostil; nada nos invita a la creatividad; antes bien el mundo nos pone mil trabas. El mundo moderno es deprimente, prosaico y amazacotado. De tan práctica y orientada, nuestra forma de vida ha acabado siendo nuestro enemigo. Nada fluye realmente; todo tiende a remansarse, el agua de la vida se estanca, forma lagos de quietud en los que nada nuevo puede nacer.

Sin embargo, no sólo se coartan (coartamos) las expresiones lúdicas, hermosas, de nuestra creatividad; también vamos reprimiendo la expresión natural de quienes realmente somos. Nos metemos en corsés imposibles, acabamos siendo lo que los demás esperan, o lo que los demás creen que somos. Al final, somos actores que acaban creyendo ser su personaje; perdemos la razón en el proceso.

La verdad es ésta: hemos nacido, todos, para ser libres.

Por desgracia, la realidad construida por nosotros mismos sólo nos permite serlo hasta cierto punto, lo cual quiere decir que no nos lo permite en absoluto. Media libertad, cierta libertad, mucha libertad, es lo mismo que nula libertad.

Viktor Frankl aprendió -y para ello hubo de pasar por la experiencia de ser prisionero en un campo de concentración nazi- que hay un reducto de libertad que nada ni nadie nos puede arrebatar jamás: está en nuestra mente. Dentro de nosotros mismos, podemos ser libres; podemos elegir cómo procesar, cómo gestionar y qué respuesta dar a todo lo que nos pasa (o lo que nos hacen). Y podemos elegir también mantener el lazo con nosotros mismos; ser siempre conscientes de quiénes somos, de qué pensamos y sentimos. Y esa verdad siempre saldrá a nuestro encuentro: cuando no queremos mirarla, nos asaltará al final de la fiesta, al final de la jornada de trabajo, al final de las distracciones del día, cuando apaguemos las luces y estemos a solas en la noche con nosotros mismos.

Crear puede ser esa forma de respirar libertad. Pero nunca será más que un medio. Y tampoco debemos caer en el error de pensar que la libertad se nos dará, que vendrá de la mano de personas, entidades, proyectos, lugares físicos, acciones; ni siquiera de aprendizajes ni experiencias. Es, sencillamente, algo que somos y que debemos tener presente a cada momento.

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