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Leyendo algunos reputados clásicos, uno a veces se pregunta por qué lo son. Sin duda e indefectiblemente, es porque alguien así lo ha dicho. Y uno sigue preguntándose el porqué. Dicen que algo tendrá el agua cuando la bendicen. ¿Será siempre así?

(Dado que el inglés y la cultura anglosajona son las dominantes en el mundo a día de hoy, no es tontería sospechar que las listas de “clásicos que debes leer antes de morir” están superinfladas por obras escritas en esa lengua; es decir, que el inglés y la cultura anglosajona están injusta y desequilibradamente sobrerrepresentadas en perjuicio de las demás lenguas cultas, incluso del francés, al que siempre se trata con especial deferencia.)

No voy a decir cuál es la obra tenida por clásica y de lectura obligada y necesaria (cuánto odio esos dos adjetivos cuando se aplican a la producción cultural, Dios) que más recientemente me ha producido esa sensación de decepción, pero sí diré que no he encontrado en ella ni una sola cualidad que no haya encontrado en al menos igual medida en obras tenidas por mediocres, despreciables o adocenadas. Ni una sola. Ni valores universales, ni mensaje moral especialmente digno de tenerse en cuenta, ni personajes inolvidables y únicos, ni siquiera una prosa particularmente bella. No lo llamo pérdida de tiempo porque, en efecto, ha sido una lectura igual a cualquiera otra de menos rimbombambo; pero igual, no superior. Ni por asomo.

En inglés, tienen un término: trashy. En este caso, trashy literature. ¿Literatura basura? Aquí entramos en un terreno muy personal: la basura de uno es el oro de otro, ¿no? De gustibus et coloribus non disputandum, y todo eso (y no “para gustos los colores” o “sobre gustos no hay nada escrito”, porque lo hay; de hecho, es de lo que más se escribe). ¿Qué es literatura basura? ¿Qué es algo trashy? ¿Leer y tirar, como si nos sonáramos la nariz con las hojas del libro-desecho en cuestión? Parece más bien algo como un placer culpable, algo que haces a hurtadillas, una y otra vez. Hay hasta recomendaciones de libros-basura (en inglés).

Si leer cierto tipo de libro es malo, culpable soy y no quiero cambiar.

Es que, a veces, tanta seriedad y tanta profundidad son emmmm… ¿malos para la salud? Lo que es yo, no sirvo para vivir a base de una dieta de literatura considerada de calidad, menos aún de clásicos. Sencillamente, acabaría friéndome el cerebro. Y no quiero ser la prueba viviente de que tal cosa puede suceder.

Entonces, a veces, uno va a la página web de Goodreads, donde la gente valora libros dándoles entre una y cinco estrellas y escribe sus críticas, y ve que hay autores que son calificados repetidamente y por muchas personas como trashy. Su escritura, aseguran, es trashy, “¡pero es taaaaan deliciosa!”, “es basura, pero me encanta”, etc.

Ahora estoy leyendo a V.C.Andrews. Quien no sepa quién fue esta autora y qué tipo de libros escribió se está perdiendo algo, cuando menos, interesante.

Y, bueno, me encanta. Creo que a todo el mundo le encanta. Le puede encantar como te encanta una comida demasiado sabrosa y poco nutritiva que te deja quizá hasta con ardor de estómago, pero vuelves a tomarla cuando tienes la oportunidad; o le puede encantar con total sinceridad y candor de espíritu. Yo creo que, para los lectores que entran en el segundo supuesto, es una cuestión de edad.

Es una autora como ninguna otra, a pesar de que hay muchas que escriben mejor y han producido libros mucho mejores. Da igual. Ella era única. Cultivaba el supermelodrama humano como nadie. Muchachas rubias de aspecto angelical y corazón inocente teniendo que sufrir todo tipo de adversidades a manos de parientes malvados y depravados, compañeras de internado, cónyuges con preocupantes impulsos e hijos que les salen sumamente inquietantes. No, describirlo no sirve para dar idea de cómo es su escritura. Hay que leerla para saberlo realmente.

Y, parafraseando a un personaje de otro autor trashy, como dicen que es Stephen King, “¡mierda en pote! ¡Me encanta!”.

Ahora bien; si alguien disfruta con un libro (estamos hablando de leer, algo que -dicen- siempre es bueno, independientemente del grado de bondad del libro), ¿a qué viene ese pequeño sentimiento de culpa o de desaprovechamiento del tiempo? (No por nada lo llaman “placer culpable”). ¿No estamos quizá demasiado mediatizados por… en fin, por las opiniones autorizadas, por el mundo que nos rodea? Seguramente porque todo lo que hacemos, todas nuestras elecciones, dicen -o eso creemos- algo de nosotros, a tenor de lo cual seremos -eso creemos- juzgados.

No nos damos cuenta de que el tiempo es oro, ni de algo mucho más prosaico y quizá más práctico: cada uno está demasiado ocupado en sí mismo para fijarse en cómo ejecuta el de al lado el baile.

Además, y porque no me gusta que me toquen a mis autores, ¿hay muchos escritores que hayan descrito los efectos de la mala educación y de la desestructuración familiar de forma más impactante y a la vez más respetuosa con sus víctimas que V.C. Andrews? ¿O muchos autores más ingeniosos y con una prosa más hipnótica que Agatha Christie? ¿O mejores narradores de historias que el ya mencionado Stephen King? (Juro que no puedo imaginarme a muchos escritores en la piel del ancestral cuentacuentos alrededor del cual se reunían nuestros antepasados de las tribus cavernarias; muchos aburrirían hasta a los dinosaurios; King es uno de los pocos a los que le va ese papel de maravilla) ¿Puede alguien, habiendo oído sin prejuicios “La milla verde” -que están echando ahora mismo en la tele-, decir que no cuenta algo trascendente, algo importante, algo profundamente humano y conmovedor?

No, no me gustó la trilogía de Millennium, pero admito que me la leí de cabo a rabo y que encontré en ella cosas interesantes (aunque ahora no me acuerde de ellas). Y no tengo intención de leer las 50 (ni las 150, porque también es trilogía) sombras de Grey (no es mi estilo, eso es todo), pero Dios me libre de juzgar a quien lo hace y le gusta. Porque podría ser yo y, de hecho, en gran medida, lo soy.

Toda obra literaria es un cuento fundamentalmente narrado, pues la literatura no es otra cosa que la transcripción de historias que eran, en su origen, historias orales y que fueron transmitidas oralmente. En el momento en que una historia no suena bien, es que no está bien escrita. Puede constituir una bella pieza de prosa, pero eso es algo diferente.

(Vuelvo a decirlo: quien no haya leído a V.C. Andrews debería dejar de desperdiciar su tiempo y hacerlo ya).

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La cultura es gratis

En un día muy reciente, en estos tiempos de sangre, sudor y lágrimas, hay quien, desde una posición ventajosa sobre la opinión pública, ha afirmado que, debido a la situación económica cada vez peor de la mayoría de los españoles, la cultura se está convirtiendo en un lujo.

Ésas fueron las palabras. Esa persona, alguien que goza de fama y dinero y, por tanto, no pertenece a las clases medias y bajas a las que parecía querer adoctrinar y convencer, no dijo “los productos de la industria cultural”, ni “los libros, los discos, las entradas de cine y los libros electrónicos”, ni nada parecido, no; dijo eso, “la cultura”. ¡Nada menos! ¡Y se quedó tan ancho!

Me pregunto a cuánta gente le chirriaron los oídos y el cerebro cuando oyó tan lapidaria sentencia. Igual nos hemos acostumbrado a hablar de ciertas cosas como si fueran mercancía. A lo mejor, tanto vivir y pensar en términos de compraventa nos ha pasado factura y nos ha dejado encallecido el cerebro. Quizá hemos acabado pensando en la cultura como algo que se puede comprar y vender, y, por tanto, es susceptible de convertirse en lujo. Lo cual implica esto otro: que la cultura puede ser un distintivo de clase, una forma de discriminar a las personas según su poder adquisitivo.

Pero me rebelo, me resisto a creerlo así. Porque todavía hemos de ser, debemos de ser mayoría los que, no disfrutando de un tren de vida como el del señor que afirmó lo antedicho, tenemos un presupuesto limitado para gastar en productos de la industria cultural, y no por eso nos cortamos a la hora de leer todos los libros que queramos, navegar por Internet e informarnos de lo que queramos y adquirir toda la culturilla a la que nuestra curiosidad y nuestra inquietud nos impulsen. Y eso, porque, gracias a Dios, existen las bibliotecas públicas, existen las tarifas planas para conectarse y, en su defecto, muchos lugares preparados para que cualquiera pueda navegar a coste nulo o muy modesto; existen periódicos on-line y también todo tipo de prensa disponible en lugares públicos; existen libros escolares, enciclopedias, material de consulta, todo gratuito o casi; existe, además, una oferta televisiva, no diré que amplísima, pero sí bastante variada, de reportajes, documentales, programas divulgativos y didácticos para todas las edades y sobre todo tipo de temas. Y no sé de nadie que no tenga acceso a la tele, ya sea en su formato habitual de monitor de televisión o en emisión digital.

Nada de eso es un lujo para la inmensa mayoría del pueblo, a día de hoy.

Y, antes de que existiera la televisión en España, antes de todas las trifulcas y contubernios propagandísticos e interesados, de todas las pugnas por el poder y por los arengamientos insinceros al pueblo, antes que todo eso existía, afortunadamente, la letra impresa, vehículo de ideas y, sí, de cultura. Y, aun antes que esa, existía la narración oral, la literatura no escrita; literatura que, como la de hoy, como la de siempre, se nutría de la sabiduría de otros seres humanos que, a su vez, quisieron transmitirla a través de relatos, de crónicas, de narraciones totalmente fieles a los hechos o levemente retocadas, metáforas que, a fin de cuentas, venían a contar la misma verdad. Es eso, el saber humano transmutado en prosa o poesía y transmitido de persona a persona, de padres a hijos, de abuelos a nietos; es eso, señor mío, lo que llamamos cultura, y no lo que usted pretende que sea: productos de una industria concreta, creados con el fin de recaudar beneficios pecuniarios. Los productos llamados culturales no tienen nada que ver con la cultura.

Esa cultura siempre nos ha rodeado y ha estado ahí para quien quisiera cogerla. Ha estado al alcance hasta de los más pobres, de los perdedores de la Guerra Civil española, de los miembros de las familias republicanas, de los niños que nacieron en la posguerra y que no pudieron ir a la escuela o continuar sus estudios más allá de un nivel rudimentario; también de los padres de esos niños, cuya escolarización fue aún más rudimentaria a causa de la guerra y que, a pesar de todo, pudieron seguir y, muchos, siguieron alimentándose a manos llenas de ese caudal de cultura. Porque, incluso para el que no tenga un mal libro que llevarse a las manos y a los ojos, hay algo todavía más importante y más fuerte que el amor a la lectura: la curiosidad, el afán por saber, por entender la vida y el mundo; el pequeño vértigo que nos cosquillea la boca del estómago cuando miramos alrededor y nos maravillamos, o nos asustamos, o nos admiramos de lo que vemos, y queremos saber más, queremos comprender mejor, queremos crecer; y, entonces, preguntamos al que está al lado, porque quizá sepa; y charlamos; y aprendemos.

El día que eso tenga precio y sea un lujo, ese día se habrá acabado el mundo tal y como merece la pena, tal y como, a pesar de todo, sigue siendo hermoso.

P.D.: Por si no hubiera quedado bastante claro, señor Bardem y demás señores a los que se ha (mal) dado en llamar representantes de la cultura: no vamos a pagar precios abusivos y desproporcionados por ver sus películas, por leer sus libros y sus artículos, por asistir a sus obras de teatro y a sus escasos conciertos ni por comprar las canciones que ustedes producen. En suma, no estamos dispuestos a seguir manteniéndolos a ustedes a cambio de precios injustificados más de lo que estamos dispuestos a pagar por el aire que respiramos.

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¡Pásalo!

Ayer, la biblioteca local seguía estando tranquila. El curso escolar ya ha terminado para la mayoría (creo) y parece que eso se nota en el trasvase de gente de los templos del estudio y la lectura obligada a los de la estampa típica de la diversión estival, a poder ser chapoteante. En efecto, había muchísima más gente bañándose o remojándose los pies o tomando el sol en la presa que pasando el rato en la biblioteca (lo sé porque también estuve en la presa).

Puestos a elegir, o sin ponerse a ello, siempre ha sido y en el futuro seguirá siendo dificilísimo pillarme dándome un chapuzón o agotando mi tiempo de ocio, cualquiera que sea la duración total de éste, en una presa o cerca de cualquier cuerpo acuático natural, quizá a excepción de una playa en la cual tenga opción de estar el rato suficiente -para mí, dos horas, si no me canso antes y tengo cómo volver a casa (ésa es otra)- y luego marcharme a toda prisa. Y, al contrario: con frecuencia voy a la biblioteca, muchas veces para tomar prestado un libro o devolver uno, pero se me conoce por haber utilizado la biblioteca como lugar de evasión, relajo mental y terapia silenciosa, allá en la época en que buscaba algo más e intuía la meditación, pero aún no me había dado de bruces con ella; el silencio, la belleza sabia y ordenada creada por manos humanas, la blancura de las paredes, el recogimiento de sus rincones y su terraza para la lectura… debía yo de intuir la correlación entre todo eso y lo que vendría después -o lo que hubo antes, vaya usted a saber.

El simple estar entre libros, sin necesidad de leerlos -sin necesidad, diré más, de que me gusten esos libros concretos-, es hoy para mí aún una necesidad casi orgánica. Hoy, cuando el mundo tal como lo conocemos nos parece a cada segundo a punto de sanseacabarse, viene bien recogerse un minuto, reducir el ritmo, darnos cuenta de que la historia de la humanidad es una historia llena de historias, y de que todas son ínfimas, y la nuestra, también; y, además, de que todas las personas que han escrito todos estos libros son personas que han vivido para contar su historia. Un libro es la obra de un superviviente; es un testamento vital.

Volviendo a la disyuntiva entre piscina (o pantano) y biblioteca (o sillón de leer), no voy a plantearlo como dialéctica, porque no hay tal y, además, sería una contraposición absurda y simplista. Sí dire, pero, que me encantaría ver a la gente tan entusiasmada, tan impaciente y tan amigablemente en disputa -¡eh, ese libro lo he visto yo primero!- por llenar las bibliotecas, por tomar libros prestados, por intercambiárselos, por hacerse con un libro, por recomendarse lecturas entre ellos, por “picarse” de forma sana entre ellos por los libros que unos y otros han leído o dejado de leer, como la veo por ir a la playa y darse el primer remojón, ponerse morenos, comprarse un helado en el chiringuito, saltar desde el trampolín o desde el saledizo de las rocas. Nunca lo he visto, y temo que nunca lo veré. Sólo digo que me gustaría ver ese día, nada más.

Me gustaría que la gente leyera más. Creo necesario que la gente lea más. Un libro nos hace más inteligentes, y la inteligencia es a la vez espada y escudo. Un libro nos enseña lengua, vocabulario, ortografía, puntuación y sintaxis. Un libro nos hace pensar; aun los libros malos lo hacen, porque ejercer el sentido crítico también es pensar, es practicar el discernimiento. Un mal libro nos puede ayudar a darnos cuenta de que, en la vida, van a intentar engañarnos, darnos gato por liebre, contarnos milongas. También puede enseñarnos que, si otros han conseguido que les escuchen y que les hagan caso, nosotros podemos conseguirlo también.

Por favor, leed; leed algo, lo que sea, pero leed, y no dejéis de hacerlo el resto de vuestra vida, y decidle lo mismo a vuestros hijos.

¡Pásalo!

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