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“Y conoceréis la verdad…”

If only night was day, if only prayers were answered.
Then we would hear God say.
No matter what they tell you, no matter what they do.
No matter what they teach you, what you believe is true.
And I will keep you safe and strong, and sheltered from the
storm.
–Jim Steinman

Si la noche fuera día, si las oraciones tuvieran respuesta,
oiríamos a Dios decir:
Da igual lo que te digan, da igual lo que hagan,
Da igual lo que te enseñen, aquello en lo que tú crees es verdad.
Y yo te mantendré fuerte y a salvo de la tormenta.

En verdad os digo que una de las citas bíblicas incorrectas que más me solivianta oír es ésa que atribuye a Jesucristo la afirmación siguiente: “La verdad os hará libres”.

Poner en Su boca esa frase, con ese final y, sobre todo, con ese principio, es tan veraz como decir que “Pilatos fue crucificado, muerto y sepultado, y al tercer día, resucitó”. En ambos casos, se parafrasea sólo parte de la verdad, pero el resultado es peor que si se hubiera mentido.

Lo cierto es que, según nos dicen las sagradas escrituras, lo que Jesucristo dijo fue más bien esto:

—Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.

-Juan 8:31-32

Claro, pero cogemos lo que nos interesa de cada casa, y lo que nos dificulta o matiza un tantito el mensaje lo dejamos fuera, ¿no?

Y, sin embargo, debería ser claro al primer vistazo que la versión más popular está truncada, porque, de no ser así, seríamos libres siempre, incluso a pesar nuestro y de forma independiente a nuestros actos. Nuestra vida de esclavitud espiritual, moral, social y de cualquier otra especie es el testimonio y recordatorio constante de lo contrario.

Es cierto que, si debemos hacer caso de la Biblia, Jesucristo fue glorioso profeta (además de muchas otras cosas), pero no un gran exégeta, sin duda porque prefería predicar con el ejemplo que con el verbo (a pesar de ser ése su origen). Al margen de chistes malos, lo bueno de esa oscuridad en la que nos quedamos quienes tenemos en la Biblia un faro de nuestra fe es que nos da libertad para imaginar, para ver y verter nuestros propios significados en el Evangelio -una vez más, libertad… ¿no será ése el mayor regalo que Dios nos hizo, más aún que la vida biológica? Porque, ¿qué es la existencia si no hay libertad? Nada que merezca la pena. Sin duda, Dios tuvo muy presente, al enviarnos Su mensaje, que nadie escarmienta en cabeza ajena y que cada hombre iba a necesitar, más que verse retratado, sentirse reflejado y contenido en esas palabras.

La lengua española diferencia entre saber y conocer, y muy acertadamente se nos dice que conoceremos la verdad, no que la sabremos… porque saber una cosa es tenerla en la mente, pero conocerla es hacerla formar parte de ti… así que, según parece, para liberarnos debemos ser uno con la verdad, ser verdaderos, vivir una vida auténtica.

No sé si los doctores de las diversas Iglesias sabrán realmente a qué se refería Jesús cuando habló así, pero alguien me dijo que alguien más le había dicho, o que había leído en alguna parte, que cuando San Juan (el del Apocalipsis) era muy viejo y estaba a punto de morirse, en Grecia, y estaba tan débil y tan decrépito que sus discípulos tenían que llevarlo y traerlo en brazos entre varios de acá para allá; y él, que tenía las capacidades físicas y sensoriales mermadas, parece que les decía constantemente: “Amaos, amaos, amaos…”

O, dicho de otra manera: Conoced la verdad por vosotros mismos.

Amaos los unos a los otros, pero empezad por amaros a vosotros mismos.

No tengo ni idea de cuál es el verdadero mensaje que se nos quiso dejar; pero, para mí, ése es el mensaje. Es el que yo veo.

Conocer la verdad es conocer el amor, y conocer el amor es experimentarlo, y experimentar el amor verdadero tiene como condición indispensable amarse a uno mismo.

Amarse como Él nos ama, es decir, de forma incondicional y por encima de todas las cosas.

Mucha gente malinterpreta este principio (este mandamiento, en realidad). Creen que tiene que ver con la egolatría y la soberbia. En verdad, es su opuesto más opuesto. Yo no conozco a ninguna persona arrogante ni prepotente en la que vea signos de amarse y aceptarse a sí mismo de forma incondicional, sin exigencias, sin reproches, sin odiarse a sí mismo ni intentar forzarse a ser distinto de como es. En mi experiencia, es arrogante quien necesita de la admiración ajena para compensar el poco amor que se tiene a sí mismo.

Nada más duro que aprender a amarse a uno mismo; pero nada más necesario. Es mi lección más difícil y la más importante. Y los frutos se hacen de rogar, pero son los más hermosos; compensan de la dureza de la espera.

En el amor a uno mismo se contienen todas las promesas, todos los parabienes. Y la liberación, el mayor regalo: de la esclavitud de la imagen pública, de las exigencias sin límites, de las comparaciones desventajosas, de la mezquindad con uno mismo, de la envidia, de la inseguridad. También del sentido del ridículo, de la seriedad acartonada y envejecedora, de la rutina y del aburrimiento. De las expectativas con las que lastramos a nuestra propia persona y a otras. De perdernos en ensoñaciones de un futuro que no es futuro, sino inexistencia, irrealidad, fantasía engañadora.

Y muchas más cosas que no se pueden nombrar ni describir cabalmente en ningún idioma.

Todo eso está contenido en el primer mandamiento:

—Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de todos?

Jesús le respondió: —El primer mandamiento, y el más importante, es el que dice así: “Ama a tu Dios con todo lo que piensas y con todo lo que eres.” Y el segundo mandamiento en importancia es parecido a ese, y dice así: “Cada uno debe amar a su prójimo como se ama a sí mismo.” Toda la enseñanza de la Biblia se basa en estos dos mandamientos.

-Mateo 22, 36-40

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Ojos de niño

La prueba infalible para saber si una cosa tiene sentido o no es mirarla desde los ojos de un niño.

Dijo Jesús:

«Si no cambiáis y no os hacéis como los niños no entraréis en el reino de los cielos.» (Mateo 18,3)

¡Cuántos significados en tan pocas y tan sencillas palabras! Y palabras de miles de años de antigüedad son más actuales que casi toda la palabrería vacua y ruidosa con que nos atontan desde tantos falsos púlpitos, todos los días. De hecho, esa palabrería existe para una finalidad: precisamente, hacernos olvidar que dentro de nosotros hay un niño; que nosotros somos ese niño, aunque nos hayamos ido alejando de él.

El niño sabe lo que tiene sentido y lo que es ridículo. Sabe si algo es una estupidez o si es de inteligentes. Sabe cuándo están siendo sinceros con él y cuándo está delante de un hipócrita. Y lo sabe de forma natural y sin que le hayan estropeado el cerebro con teorías o técnicas para ello; teorías y técnicas que no nos sirven para nada ahora, de adultos, aunque queramos creer que sí.

Si al niño le diéramos su paga, sabría que no puede gastar más de lo que tiene, si quiere tener una economía saneada. Es de cajón. Y, sin embargo, muchísima gente ha vivido durante años -alguna de esa gente aun hoy, cuando estamos en época de economía de guerra, lo sigue haciendo- gastando más de lo que tenía. Una majadería, ¿verdad? El niño te lo diría inmediatamente. Se reiría de ti.

El niño te diría, con la misma confianza en sí mismo del más anciano de la tribu, que no puedes estar sano de cuerpo y de mente si te envenenas cuerpo y mente con sustancias y con hábitos perniciosos y compulsivos todos los días; te diría que no puedes pretender que te den si no has hecho nada para merecer esa generosidad; que no puedes recoger fruto si antes no has sembrado la semilla.

La escuela de la vida y la enseñanza mística vienen a decir lo mismo: debemos recuperar la inocencia, porque sólo así podremos ver la verdad. Y ése es el primer paso para empezar a cambiar las cosas: identificar cuáles son exactamente las mentiras que nos rodean.

¿Por qué hemos olvidado algo tan simple?

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Impromptu sobre la justicia

Leo, miro, escucho, pienso. Así pues, ¿estamos hoy más cerca, algo más cerca de saber qué es la justicia? ¿Lo estás tú?

Hay gente que escoge no creer en Dios, pero todos preferimos creer cuanto más tiempo podamos en la justicia; en cierta forma de justicia.

Los escarmentados de las leyes humanas invocan la justicia divina, o la “justicia poética” (donde las dan, las toman). Los más impacientes y, casi siempre, los más perjudicados por la parcialidad inherente a las leyes luchan por cambiarlas; o, quizá, se contentan con apretar los dientes, levantarse y seguir caminando.

Otros van más allá y aspiran a cambiarlo todo: los revolucionarios.

Desde todas partes, a poco que nos haya salpicado el barro del lamentable estado de cosas que vivimos, somos invitados y azuzados a la revolución. Echarlo todo abajo y empezar de nuevo. Protestar contra lo que está mal, contra lo injusto, dicen. Acabar con eso tan perverso, ese invento llamado Sistema, del que nadie medio decente admite ser parte.

Los malos siempre son los otros. El mundo contra mí.

Yo también me considero rebelde; a mi manera (y quién se reclamaría rebelde a la manera de otros, ¿no?) un tanto sui generis, pero rebelde. Te diría que enarbolo la bandera de la justicia.

Claro, pero ¿eso qué es?

¿Justo es lo que lo es, o lo que nos conviene?

¿Hay algo por encima de nuestra humana pequeñez que dicte lo que es justo?

¿Acaso es justo que alguien que lucha toda su puñetera vida por un objetivo equis tenga que morirse sin haberlo conseguido? ¿Es justo cualquier resultado o dictamen en el que alguien cuya lucha ha sido digna y sin malicia tenga que salir perdiendo?

Yo puedo llamarme a mí misma justiciera y rebelde; pero ¿acaso lo soy para alguien más necesitado que yo, que parte de un lugar más desventajoso que el mío? ¿Acaso esa persona y yo tendríamos la misma visión de lo que hay que revolucionar, destruir o sustituir, o hasta qué punto es necesario hacerlo?

Son preguntas que lanzo sin esperar respuesta. No espero saber esa respuesta nunca. Puede que el egoísmo que nos es innato como seres humanos prevalezca siempre. Y que, cuando decimos que nosotros sabemos lo que es mejor, simplemente estemos diciendo que sabemos cómo a nosotros nos gustaría que fueran las cosas. Y que, cuando invocamos un bien superior, un interés común, o incluso un orden moral inmanente a la existencia, estemos hablando siempre desde el interés propio puro y duro, cuando peor, o desde la completa ceguera de la conciencia, cuando mejor.

Sin embargo, que estemos ciegos no quiere decir que tengamos que quedarnos sentados en nuestra caverna, disponiendo a nuestro antojo la balanza. Debemos perseverar.

Hubo, según mi fe y mi intuición, un hombre que sí estaba en posesión de la verdad, sabía qué es justo y qué no lo es, y no se andaba con medias tintas; él era el verdadero, el auténtico revolucionario. Ya saben ustedes, amigos, cómo terminó: torturado y muerto en una cruz. Habiendo logrado una revolución en algunas conciencias, pero no habiendo establecido la justicia general. Quizá lo dejó así para que quien quisiera siguiera su misión. Tal vez algún día seamos lo bastante buenos para completarla.

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