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El primer cerebro

Le llaman ‘el segundo cerebro’. Cuenta con cien millones de neuronas, más que las existentes en la médula espinal, y produce el 90% de la serotonina, la ‘hormona de la felicidad’. Es nuestro sistema digestivo.

En 1999, Michael D, Gershon, investigador, profesor y director del Departamento de Anatomía y Biología Celular de la Universidad de Columbia, en Nueva York, publicó ‘The second brain’ (El segundo cerebro). Gershon ha sido el precursor de una nueva ciencia denominada ‘neurogastroenterología’, que se ocupa de los síntomas de los trastornos psicosomáticos con expresión gastrointestinal, y los relaciona con el sistema nervioso central.

Según los nuevos datos, la cifra de neuronas que se encuentran en la red del intestino delgado llega a situarse en los 100 millones. «Esta cifra representa un número considerablemente mayor que el de las neuronas de la médula espinal. El cerebro de las tripas es la mayor fábrica responsable de la producción y almacenamiento de las sustancias químicas conocidas como ‘neurotransmisores’, la mayoría de las cuales son idénticas a las del sistema nervisoso central, tales como la acetilcolina, la dopamina y la serotonina. Son sustancias que regulan nuestro ánimo, bienestar emocional y psicológico y resultan esenciales para la correcta comunicación entre las neuronas y el sistema de vigilancia. Representan a las ‘palabras’ en el idioma neuronal».

Uno de los intensos retos que Michael D. Gershon relata en su libro es el de demostrar, ante la comunidad científica, que el 90% de la serotonina, la famosa hormona de la felicidad y el bienestar corporal, se produce y se almacena en el intestino. «Allí regula los movimientos peristálticos y la transmisión sensorial», recuerda Matveikova. «Y solamente el 10 por ciento restante de la serotonina del cuerpo se sintetiza en las neuronas del sistema nervioso central, es decir, en el cerebro superior».

Los libros

‘The Second Brain’, de Michael D. Gershon (Ed. Harper).

‘Inteligencia digestiva’, de Irina Matveikova (Esfera de los libros).

‘La digestión es la cuestión’,de Giulia Enders (Urano).

Fuente: http://www.diariovasco.com/san-sebastian/201511/06/segundo-cerebro-20151106064419.html

Nota: Yo diría más bien que es el primero. Lo que pasa es que resulta más fotogénico para nuestra mente imaginar que pensamos con la cabeza, una región noble y elevada del cuerpo humano, que con las prosaicas tripas.

Pero las primeras impresiones, las corazonadas, los pálpitos, las intuiciones, el bienestar cuando hemos tomado una decisión plenamente de acuerdo con nuestra forma de ser y nuestra naturaleza o el malestar cuando hacemos lo contrario… todo ello se manifiesta en primer lugar en las tripas.

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Vegas

El problema de las leyes no escritas es que ya no usamos la intuición como deberíamos, y los lectores electrónicos no sirven para este caso. Pero esas leyes no escritas son más importantes que las otras, y son aún más infringidas.

A diferencia de las otras, éstas no tienen ni policías, ni jueces que velen por su cumplimiento. Nadie puede obligarte. Pero, si las cumples, tu guía interior estará muy contento. Y, lo que es más importante para los que no creen en el guía interior: uno mismo estará más contento.

Ése es el quid. Pueden obligarte a hacer lo que debes, pero no a hacer lo que deberías. Que es lo que, al final, cuenta. Es lo que contará cuando estés en tu lecho de muerte (si eres tan afortunado como para llegar a tener un lecho de muerte).

De vez en cuando debería uno escribir cien veces una de esas agráficas leyes. A ver si así nos entra en la mollera esto, por ejemplo:

“No te llevarás trabajo a casa; ni a la calle; ni a los recados; ni a la vuelta de la esquina. No te llevarás trabajo de ningún tipo afuera del horario de trabajo”.

Por ejemplo.

O bien:

“No te preocuparás de lo que no sea directamente asunto tuyo o tu responsabilidad. Actuarás dando por sentado que cada palo aguanta su vela, y así, te concentrarás en aguantar la tuya, desentendiéndote de las reacciones que puedan sobrevenir de la dejación de cualquier otra persona de sus responsabilidades (y asuntos)”.

O:

“Sabrás que todo lo que otras personas te dan es un regalo, y recordarás tratarlo como tal. Si alguien te da un ramo de flores muertas, sabrás que también eso es un regalo. Si te dan una caja de bombones llenos de grava, sabrás que es un regalo. Si te dan un dolor de corazón o cuarenta años de oscuridad, te recordarás a ti mismo que es un gran regalo”.

Cosas así.

Pero yo no puedo decirle a nadie cómo escribir cien veces su ley no escrita del día. Porque lo bueno es que no hay una formulación que sirva para todos. Al no estar escritas, cada uno es libre de escribirlas como mejor le parezca.

Y, una vez acabada la tarea, es importante romper el papel o, al menos, dejarlo boca abajo en un rincón donde no salte a nuestra vista durante un rato. Llevárnoslo consigo a todas partes, pero sin darle vueltas en la cabeza, sin habernos aprendido de memoria las palabras, porque las palabras son las pinturas que usamos para nuestro cuadro, pero también son el exceso de barniz que mata la vida y la convierte sólo en un montón de pintura. No te las aprendas. Recítalas si quieres, pero cambia de orden las frases, o invéntalas de nuevo.

Llévatelas a todas partes, pero déjalas sentadas un rato, de cara a la pared.

Dales esquinazo, sal corriendo, vete a cualquier otro lugar, y empieza otra vez.

Y recuerda: cuando salgas de Las Vegas, deja atrás todo lo que pasó en Las Vegas.

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Decidir sin pensar

Aquí está mi secreto. Es muy simple: sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

-“El Principito” –Antoine de Saint Exupéry

Lo que tenga que hacerse se hará en el momento justo. No te preocupes.

Permanece en tu corazón y deja que lo divino se ocupe de tus actos.

Ramana Maharshi

-¡Qué preciosos son los vestidos nuevos del Emperador! ¡Qué magnífica cola! ¡Qué hermoso es todo!

Nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que nada veía, para no ser tenido por incapaz en su cargo o por estúpido. Ningún traje del Monarca había tenido tanto éxito como aquél.

-¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño.

-¡Dios bendito, escuchen la voz de la inocencia! -dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.

-¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!

-¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero.

“El traje nuevo del emperador”

Hans Christian Andersen

Crecemos, todos, en un sistema establecido en el que se nos educa para escuchar y para hacer caso de lo que nos dicen. Desde muy pequeños, aprendemos a cubrir la desnudez de nuestra inocencia primigenia con las hojas de parra de la educación, entendida ésta como sistema de valores construido por la sociedad de que se trate. La inocencia es vista como la veían en los tiempos del Antiguo Testamento: como algo vergonzoso y hasta pecaminoso -u ofensivo, según la creencia de cada cual.

Al educar al niño, seguramente le enseñamos muchas cosas que le serán muy útiles, pero, al mismo tiempo, al desbrozar ese terreno virgen, arrancamos flores preciosas, divinas, que ya no volverán a brotar con la misma espontaneidad, el mismo aroma sencillo y sagrado… nunca más. Educar es también destruir: avasallar la inocencia y, con ella, la conexión espontánea con la intuición, con la sabiduría del ser humano, con la desnudez del corazón que identifica claramente y sin titubeos la verdad, aunque esté envuelta en los aparatosos ropajes de la mentira y de la falsedad. A cambio de la cultura, de la simbiosis con la sociedad en la que crecemos, de la preparación académica, entregamos nuestro tesoro más valioso, y no nos damos cuenta de nada.

Seguimos sin darnos cuenta, mucho más tarde, de que ese tesoro nos falta, pero, sin lugar a dudas, algo sí echamos a faltar: porque nos han engañado ya unas cuantas veces; porque nos han traicionado; porque nos han roto el corazón, por haber creído en quienes no lo merecían; porque nos hemos equivocado al no saber calibrar bien situaciones, personas, decisiones; porque, en suma, no teníamos brújula interior. Y por eso, de adultos, intentamos aprender, enseñarnos a nosotros mismos a hacer las cosas bien, a ser listos, a estar preparados, a verlas venir de lejos, a desenmascarar a la gente falsa; nos entrenamos y aprendemos técnicas, o bien, simplemente, optamos por adiestrar nuestro cerebro, haciéndonos más lentos en nuestra toma de decisiones; a pensar bien las cosas, decimos; a pedir consejo y a escuchar a quienes nos rodean; a dejarnos guiar por quienes saben más, o, incluso, simplemente, por quienes son más, porque, si todo el mundo dice una cosa o piensa de una manera y nosotros de otra, será que estamos equivocados, ¿no? Y si en el pasado nos hemos tropezado tantas veces en situaciones parecidas, será que en lo sucesivo deberemos evitar esas situaciones, o bien a actuar como personas adultas, sensatas, racionales, reflexivas… ¿no?

Pues no, si esas actuaciones no son las que nos nacen de nuestra sabiduría profunda, del saber de la inocencia. Podemos enfrentarnos una y otra vez a situaciones muy parecidas y actuar en todas de la misma forma, pero eso no quiere decir que en todas obtengamos resultados análogos. Mi experiencia me ha enseñado que es posible tomar decisiones muy parecidas, pero que sólo acertaremos cuando la decisión esté en consonancia con lo que sentimos en lo más profundo de nosotros mismos; cuando sea algo que no necesitemos pensar, cuando no nos haga falta consultarlo con la almohada, pedir opiniones a otras personas, pensarlo con calma… en fin, ninguno de esos procesos convencionales -y todos ellos erróneos, a mi modo de ver- de toma de decisiones.

A los niños no los veremos nunca reflexionando mucho antes de decidir si quieren A o B. Saben inmediatamente lo que quieren. Y precisamente, lo saben con tanta seguridad y confianza en sí mismos porque no lo piensan. Apagan el cerebro y actúan. Es tan simple como eso. Al crecer, parafraseando a “La Bola de Cristal“, nos desenseñan a desaprender cómo se deshace eso, y los resultados son de todos conocidos: inseguridad, cacaos y pajas mentales, pérdidas ingentes de tiempo, arrepentimientos, preocupación, sentimiento de culpa… Nada de eso es necesario, sino más bien muy innecesario y sumamente perjudicial; tóxico, lesivo, acortador de vidas y chupador de sangre y de ganas de vivir.

Para cuando nos damos cuenta de que no sabemos qué hacer con nuestras vidas, porque no sabemos cómo decidir nuestro siguiente paso, y porque estamos paralizados por nuestro armazón cerebral, social y educacional, igual ya se nos ha pasado el arroz y todo lo demás, y sólo nos queda lamentarnos por haber pasado demasiado tiempo recapacitando.

Realmente, nadie sabe qué va a ser de sí mismo, ni de los demás. Sólo sabemos que tenemos esta única oportunidad para vivir. Ésa es la pura verdad. No por mucho leer, por mucho estudiar, por mucho reflexionar y por mucho sopesar vamos a estar mejor equipados para hacer frente a la dura prueba que es la vida. Puede que todo eso no sea más que peso muerto que nos lastra, nos roba agilidad y energía.

Digo precisamente que se puede hacer las cosas sin pensar, porque sabemos muy bien lo que queremos. Quizá las cosas no salgan como nos gustaría, pero el corazón sabe. El corazón no se equivoca jamás. Y conocemos la diferencia: cuando decidimos con la cabeza, la decisión sigue con nosotros, se alarga, la bifurcación vuelve a aparecer, nos sentimos tentados de volver atrás y ver qué había en el otro camino, por si acaso… Cuando decidimos en consonancia con nosotros mismos, el otro camino sencillamente desaparece, es como si nunca hubiera existido.

Pero que sea fácil decidir no significa, ni mucho menos, que el camino resulte llano y agradable. Lo será seguramente al final, pero no al principio. Será un camino probablemente solitario. El retorno a la inocencia no puede ser fácil; se trata de deshacer lo hecho, nada menos.

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¿Cómo no creer?

Hay noticias, muchísimas noticias, muchas historias, muchas cosas que mucha gente dice, que quedan sepultadas bajo un aluvión de chorradas o, sencillamente, de noticias que hoy son el no va más, son importantes, son incluso interesantes, pero son desesperadamente caducas; por mucho que nos interese saberlas hoy, o por mucho que vengan a cuento con las cosas que están pasando ahora -y la gran cosa que está pasando ahora es la crisis-, no nos brindan ningún conocimiento que nos vaya a servir de algo mañana. En realidad, es dudoso que la mayoría de las noticias de alcance a las que nos exponemos y somos expuestos diariamente nos aporten otra cosa que reafirmarnos en que el mundo es un vertedero, una ratonera en la que casi todos somos los ratones y sólo unos pocos manejan el cepo.

Una de esas historias que me parece merecedora de mayor atención es, por ejemplo, esta entrevista al físico Patrick Drouot (publicada por La Vanguardia en su sección La Contra, serie de entrevistas siempre muy interesantes, inhabituales, provocadoras, escuetas, al grano y bien hechas). Se publica poco después de otra entrevista del mismo estilo y parecidos contenidos, hecha a Annie Marquier, investigadora de la conciencia. Recomiendo leer ambos, porque los mensajes son hermosos, están llenos de conceptos bellos y muy sugerentes y, por tanto, a quien sea descreído recalcitrante de “estas cosas” le puede producir, aunque sea, cierto placer estético.

En fin, ambos entrevistados tratan de lanzar un mensaje similar, a saber, que el corazón piensa, que el corazón sabe, y que corazón, cuerpo y cerebro están más conectados de lo que parece; además, que existe una inteligencia mayor que nosotros mismos o, por mejor decir, que todo y todas las formas de inteligencia son en realidad parte de esa única inteligencia suprema.

En los mismos comentarios a esas entrevistas no faltan aquellos de quienes no creen, ni quieren abrir su mente a la posibilidad de que nada de eso sea cierto. Es respetable. Sin embargo, la cada vez mayor popularidad y aceptación de verdades (para mí lo son) como que el corazón sabe, como que la intuición es siempre exacta, como que es esa inteligencia suprema quien nos habla directamente cada vez que oímos la voz de esa intuición, como que hay algo más, o de que no somos sólo cuerpo y cerebro… esa aceptación me indica que cada vez somos más los que tenemos fe o, cuando menos, los que abrimos nuestra mente a la posibilidad de que no todo se reduzca a lo que nuestros sentidos y nuestro cerebro nos señalan como única realidad.

Creo que jamás se podrá probar de manera fehaciente que existe algo más, esa inteligencia envolvente que todo lo sostiene y que todo lo impregna; jamás se podrá desentrañar el ADN de Dios. Siempre habrá una zona de sombra, de misterio, en el que sólo la fe pueda pronunciarse. Quienes hablen desde la fe deberán aceptar y admitir que sólo ella les ampara, y quienes demandan pruebas objetivas y científicas tendrán que resignarse a no tenerlas nunca.

Ahora bien, ¿tan descabellado es tener fe en lo que no podemos ver, tocar, ni medir, en lo que sólo podemos experimentar como algo individual, casi íntimo? Pues la intuición ¿qué otra cosa puede ser, sino una voz que oímos o desoímos sólo cada uno de nosotros? Y es que ¿acaso no nos han fallado todos los becerros de oro que hemos adorado hasta ahora? ¿Adónde nos han llevado los principios intocables del modelo de sociedad, de economía y de política de los últimos decenios? ¿Qué es lo que hemos obtenido finalmente de ellos? ¿Acaso han mejorado nuestras vidas, como humanidad, como sociedad, como civilización? ¿O más bien han tenido su apocalipsis en esta crisis tras la cual nada volverá a ser lo que era?

Uno puede decir que cree, que tiene fe. Uno no puede esgrimir pruebas exhibibles públicamente para apuntalar esa fe. Sin embargo, existe una modalidad de prueba que, aunque no es observable por el mundo, aunque no se puede exhibir, es la más decisiva que existe. Se trata de la experiencia personal.

El creyente más devoto y más convencido es aquel que ha experimentado en su propia vida aquello que predica. Yo creo en las cosas que he sentido, vivido, que me han cambiado la vida, y que me han cambiado a mí, a veces volviéndome de dentro afuera, de fuera adentro, transformándome y mutándome del derecho y del revés. ¿Cómo puedo no creer en lo que yo he vivido?

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