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Sin hacer ruido

Antes del quebrantamiento es la soberbia, Y antes de la caída la altivez de espíritu.

Proverbios, 16:18

La caída en desgracia no siempre es fragorosa. Hace ruido, sí, pero es un coro de ruidos desparejos, discretos, incluso inaudibles para muchos. Les pasan inadvertidos hasta que se dan cuenta de que todo ha cambiado, de que algo que daban por sentado y por eterno ya no está. La caída en desgracia se suele producir por un proceso casi mediocremente rutinario. Nos imaginamos la decadencia y la desaparición como algo trágico, tremebundo, súbito, que causa un impacto dramático, y resulta que es algo vulgar y aburrido, aunque no por eso menos cargado de significado.

Pero para todos hay un momento de iluminación. Darse cuenta sucede en un instante, y para cada uno será un instante diferente de ese proceso gradual de desmoronamiento. Habrá un momento en que veremos y constataremos que, en efecto, algo está tocando a su fin y es irreversible, y ese algo es irrescatable. Ese momento contiene una gran belleza, la belleza de ser testigos de algo irrevocable, del cumplimiento de un destino o de una fatalidad. Constatamos que la vida sigue su curso a pesar de lo grande que sea aquello que ha caído; cuanto más grande fuera el ídolo, tanto más hermoso es el momento, porque vemos que, a pesar de todo, el mundo realmente no cambia, la naturaleza no cambia, y nosotros no cambiamos; nada es insustituible.

Yo he tenido uno de esos momentos recientemente. El momento se dio en dos movimientos, por así decir; fueron como dos caras de una sola moneda. Y el dios de barro que vi caer fue el periódico con mejor reputación del país. Sí, así es. Yo ya había oído y leído decir a muchos que este periódico, antaño algo más que un periódico, una institución en la vida política, social, institucional de todo un país, un medio que era capaz de modelar el devenir de la historia del país y de influir en sus actores más importantes, estaba en crisis total y que era inevitable su caída en desgracia. Oía chistes, leía noticias sobre los errores -o las malas acciones- que cometieron sus máximos dirigentes y responsables, sobre sus problemas financieros, su errática línea editorial, sus devaneos con partidos políticos y gobiernos de distinto signo para intentar ganarse sus simpatías y mantenerse a flote, sus movimientos empresariales a la desesperada, sus constantes pérdidas de dinero y de lectores y , por consiguiente, de poder; pero, al no ser lectora habitual de ese diario, no era algo que yo misma pudiera constatar. Eran ecos que me llegaban y a los que no daba más importancia ni atraían más mi interés que otras decenas de noticias que oía a diario.

Hasta el pasado fin de semana, en que, leyendo en diagonal ese diario en su formato digital, como hago con otros varios, fui a hacer clic en un reportaje de tema ligero y frívolo, pero no exento de carga humana (claro). El título picó mi curiosidad: se refería a los sex symbols de los años 90 y qué había sido de ellos.

 

Lo que me llamó la atención casi más que el contenido prepotente, ofensivamente frívolo y superpopero del artículo fueron las reprimendas, bien merecidas, por parte de los comentaristas. Y todo ello en su conjunto me iluminó con respecto a la siguiente cuestión: este periódico ha tocado fondo, y sí, es irreversible.

Se trata de un medio de comunicación -uno más, no el único, ni el último, si bien sí el de mayor fama y mejor reputación, malamente dilapidada en estos recientes años- que se creyó por encima del bien y del mal, se creyó a la altura de los grandes ideales de cualquier estado, nación o comunidad y se creyó también, en ocasiones, más poderoso que los propios poderes establecidos. En sus páginas se encontraban firmas muy reputadas -no diremos grandes firmas, pues no todas lo eran y no en todas la reputación era merecida, pero dejémoslo ahí- que pintaban mucho en la política y en el devenir democrático del país, sobre todo en tiempos en los que la democracia no estaba del todo establecida en las mentes ni en el subconsciente colectivo. Y también después de todo eso. Leer ese diario no estaba al alcance de cualquiera, y su manejo del lenguaje era objeto de estudio y de imitación. No cualquiera podía entender un artículo allí publicado.

Y ahora nos encontramos con esto: un vulgar despellejamiento en plaza pública de figuras conocidas, y todo en base a ¿qué? Pues a que están cumpliendo años, ni más ni menos. Al lado de ese reportaje -descuidadamente escrito y con un muy mal entendido sentido del humor- podemos encontrar otros de semejante nivel, y todos esos contenidos, puestos juntos y en el mismo saco, dan una idea exacta de la concepción del mundo que ahora alienta esta versión 2.0 de este periódico: un mundo frívolo, superficial, materialista, consumista, con valores sin raíz, con personas que tienen mucha prisa por llegar no se sabe adónde, que quieren comer en los sitios más selectos, que quieren llevar el móvil más sofisticado, que quieren ser padres fetén pero que se note, y no dar por perdida su juventud ni dejar sus costumbres juveniles aunque hace tiempo que están peinando canas; que están continuamente intentando adelgazar (pero sin esfuerzo), medrar (sin trabajar), que sus hijos sean los mejores (y llevarlos a desfilar por programas de televisión, si se puede). De su concepción de la política, de la justicia social y de lo deseable para el buen devenir de un país mejor ni hablamos. En estos tiempos en los que la arena partitocrática se ha convertido en una fuente más -y entre las más generosas- de historias sentimentales, lúdicas y/o sensacionalistas, los medios -incluido aquél del que hablamos- aventan historias de corrupción de todo tipo según les interese y en la medida en que les interese; se hacen eco de sucesos criminales que son una minúscula gota en un océano que habla de cambios y de estados sociales, psicológicos y económicos verdaderamente alarmantes, pero que nadie se ocupa de analizar y de explicar globalmente. En los foros albergados en los espacios virtuales de estos medios se montan las mismas broncas que en un foro de coches cualquiera, quizá con un lenguaje algo menos barriobajero (o no); es como asistir a una reyerta entre borrachos en un club de rotarios en lugar de en la tasca del barrio, pero, para el caso, es lo mismo.

Recién en los mismos días en que leía ese lamentable reportaje que ensalzaba una vez más el valor intrínseco de la juventud y de la apariencia juvenil y relegaba a la categoría de infamia, crimen o pecado el terrible acto de envejecer (y de aparentarlo), me enteraba de que la decisión estaba tomada: este medio del que hablamos dejará de publicarse en papel y sólo lo hará en Internet. Y me dije que la publicación de noticias sólo en su formato digital va pareja a la sensación, totalmente enrevesada y falsa, de que en lo digital podemos bajar el listón de autoexigencia porque las palabras digitales es como si se las llevara el viento de lo inmediato; hoy hay una cosa en portada y con titulares de cinco columnas, dentro de diez minutos habrá otra cosa y nadie se acordará de lo anterior, a pesar de que en su momento hubiera habido cientos de personas dispuestas a batirse en duelo a garrotazos por llevar la razón sobre el tema en cuestión. La verdad es que es justo al contrario: es lo digital lo que permanece, mientras que el papel sólo queda en unas hemerotecas físicas que ya nadie va a revisar.

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Twitbookgramtube (y WordPress)

Las redes sociales e Internet, así, a bulto, tienen mala fama o, mejor dicho, está bien visto hablar mal de ellos. Desde el “yo no tengo tiempo para eso” a “es todo postureo” o lo de los inicios de Internet, “está lleno de friquis y raros”, cualquier frase despectiva sirve y es bienvenida. La gente se somete a desintoxicaciones de Internet y emergen de ellas plenos de sabiduría y jurando haber “descubierto cosas nuevas y maravillosas” que el malvado Internet les había impedido ver antes. Otra gente -como una profesora rusa, según publicaba hoy un digital- se “quita” de redes sociales y utiliza todo ese tiempo para aprender un idioma nuevo y para mejorar su nivel en otros cuatro, diciendo a continuación que se han dado cuenta de “la cantidad de tiempo que perdemos en las redes sociales” (como si el tiempo invertido en aprender o mejorar el dominio de cinco lenguas diferentes fuera siempre e inevitablemente “tiempo ganado”; a lo mejor la familia de esa persona, incluida su, al parecer, hija de sólo meses de edad, tiene una opinión completamente distinta –no en vano la mujer, siempre según el artículo, afirmaba sin ningún reparo que para conseguir los objetivos de aprendizaje “hay que quitar tiempo de otras tareas cotidianas”–, pero el periodista no le había preguntado a su familia). En fin, una época de luditas, iluminados y posturitas de corte mecanoclasta pretendidamente “in” y superior a la gente común y corriente que sí está en redes sociales.

No tengo cuenta en Instagram, pero suelo visitar las cuentas de algunas personas que publican contenidos que me interesan.

Tengo Twitter y, aparte de entretenido, me parece muy práctico para los momentos en que no tengo tiempo de leer los periódicos digitales uno por uno, como acostumbro a hacer por trabajo y por interés personal.

Frecuento muchísimo Youtube y me conozco al dedillo los canales de contenidos infantiles; tengo mis favoritos y he aprendido unas cuantas decenas de canciones sobre vacas, gallos, hurones y marineros bailongos en los meses recientes.

No tengo Facebook desde hace bastante tiempo, porque -y lo digo sin cinismo alguno- me di cuenta de que me hacía perder el ídem, aunque no por el hecho mismo de tener cuenta en esa web, sino porque mi actividad en ella no me reportaba ningún beneficio a casi ningún nivel. En otras palabras: Facebook había dejado de parecerme divertido y me molestaba el hecho de tener un perfil en una web que no me interesaba, así que lo cerré. Lo mismo que hice con Facebook lo hago con cualquier otra afición o actividad de mi vida, fuera de las actividades necesarias, ineludibles y obligatorias que todos tenemos: en el momento en que no me sirve para nada, la elimino, la dejo a un lado. No por eso soy mejor ni peor que nadie. No por no tener cuenta de Facebook soy superior a quienes sí la tienen. Pero tampoco por tener perfil de Twitter o de Instagram soy peor que quienes no la tienen. Ni más tonta, ni más vulgar, ni menos culta, ni, en resumidas cuentas, menos valiosa, digna ni interesante como persona. Pero, por alguna razón, la parte lúdica de Internet está investida de ese malditismo que hace que se vea como un tipo de entretenimiento de baja estofa, propio de gente que no lee, que ve mucho Telecinco, que no sabe redactar una frase de siete palabras sin cometer diez errores ortográficos y sintácticos, y que pega patadas a transeúntes desconocidos o tortura animales para grabarlo y lanzarlo luego a los cuatro vientos virtuales. Y no, no es así en absoluto.

Cuando Internet comenzó a popularizarse y el minuto de conexión costaba caro (tenías que pensártelo cada vez que navegabas, y tenías que ser muy consciente de para qué estabas usando tu tiempo de conexión, porque cada segundo tenía su precio), había gente que se indignaba moralmente cuando oía decir a otros que, para ellos, Internet era para el entretenimiento y para el ocio. Aunque hoy en día todo el mundo goza de tarifas planas que le permiten navegar a un precio módico y, quien no, tiene servicio de Internet a cargo del contribuyente en bibliotecas y otras instalaciones públicas, parte de aquella actitud aún prevalece a día de hoy. Está bien visto ir a pasear, leer o nadar por el puro placer de hacer esas actividades, sin tener como objetivo prioritario y declarado entrenarse para una maratón o un Ironman ni meterse Guerra y Paz entre pecho y espalda, pero sigue sin estar bien visto (normalizado, dirían algunos) usar Internet por el mismo motivo. Se recela -aunque sea de modo inconsciente- cuando uno navega para pasar el rato, para ver vídeos de gatitos o para usar su red social sin otro objetivo en mente que ver fotos de sus amigos o reírse con el último meme sobre temas de actualidad. Tal vez porque es el signo de los tiempos esa manía de que siempre tenemos que estar trabajando, haciendo algo de provecho, haciendo buen uso de cada segundo de nuestro tiempo. Y a eso hay que añadir el carácter furtivo, de entretenimiento oscuro, que tiene Internet. Es casi algo que uno hace a puerta cerrada, a solas consigo mismo. Nada bueno puede salir de ahí, parece decirnos esa estampa.

Y, sin embargo, es algo bueno que el mayor invento de las recientes décadas tenga una vertiente lúdica tan inagotable. Es algo estupendo y es, además, muy provechoso. Maestros, pedagogos y psicólogos de infancia podrían hablar mucho mejor sobre esto, pero el juego es una de las mejores formas que tiene el ser humano de aprender, de desarrollar y explotar todas sus potencialidades. Los niños aprenden mejor cuando el aprendizaje se hace a través del juego. Es, además, algo innato. Así que, sí, usamos Internet y las redes sociales para jugar, para ver lo que hacen otros en este inmenso parque de juegos de los ordenadores interconectados, para aprender tendencias, para reírnos con tonterías inofensivas.

Cuando llegamos a casa después de un largo día de trabajo, y una vez que hemos despachado las obligaciones y deberes que nos esperaban en casa, seguramente no nos apetece leernos el Tractatus logico-philosophicus, ni tampoco -por lo menos, a mí, aunque sé que a mucha gente sí- sintonizar noticias políticas en la tele, ni tampoco programas de sátira política (porque la sátira política es, después de todo, política), sino meternos en este túnel multicolor de duendecillos, globos y sorpresas que es Internet. Podemos encontrar una canción que nos ponga una sonrisa en la cara, una página en blanco que nos inspire, un artículo que nos mueva a reflexión o un vestido monísimo tirado de precio. O quizá sólo un rato de relax y de evasión,algo que siempre será mucho más grato que una lección de un idioma que quizá nunca vayamos a necesitar.

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Plaga

Una criatura diminuta, recién nacida; ojillos vivaces, inteligencia portentosa.

Criatura acuática envuelta en su propio corazón.

Rodeada de repente por doscientos imbéciles, no aguanta el asedio.

Unos cuantos flashes y cientos de selfis después, yace ahí al lado.

Como si fuera un pingajo, como si fuera una basura.

Los cielos deberían llorar esta afrenta.

Pero no es la única; el rito de iniciación a la idiotez se repite

día tras día y hora tras hora.

Un rótulo de neón que se enciende cuando cerramos los ojos:

Cuidado con el imbécil, porque no descansa jamás.

Ahí tienes tu foto, ahí tienes tu vídeo.

Quema tu feisbuk, quema tu guasap, quema tu instagram.

Decenas y decenas de pulgares hacia arriba, viva tú y tu popularidad.

¿Qué importa todo lo demás?

Golpea al pequeño, róbale su dignidad, patéalo, reduce su amor propio,

píntalo de negro y púrpura.

Y grábalo todo, eso es lo más importante.

Osadía al desnudo, un videojuego para ti mismo, eres el mejor.

¡Que no se diga!

Que los demás vuelen sin motor. Que se estrellen sus sueños; el tuyo ya se ha cumplido.

Nadie te toca, nadie te molesta

mientras pisoteas cuanto te sale al paso, sintiéndote grande, sintiéndote invencible.

Quema tu tuiter, quema tu yutub, quema las calles con tu música a todo volumen.

Písale más, dale duro.

Consigues casi todo lo que quieres, haces colección de tus trofeos, retratas todos tus grandes momentos.

Criaturas pequeñas de ojos inocentes y ávidos dan la vida -qué remedio- por ti.

Décadas después, un día, de repente, una tosecilla seca, o un rastro de sangre en las heces,

y al cabo de seis meses estás en un agujero,

allí donde no vas a poder hacer más daño.

La naturaleza te separa y clasifica: la parte orgánica alimentará la misma tierra cuyas flores tú maltrataste, arrancaste, quemaste.

Ellas son las que ahora te devoran.

El resto va a desecho, no sirve para nada:

cuando naciste, olvidaron ponerte alma.

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Lugosi

Los ordenadores son herramientas maravillosas para manejar información. Sólo para eso. En todas aquellas funciones vitales en que la información sea importante, los ordenadores lo serán. Pero la inteligencia humana no se limita a utilizar información. Necesita comprenderla, valorarla, integrarla en planes personales, mantener el esfuerzo para dirigir la acción, tomar decisiones, asimilar valores. Los ordenadores son herramientas mentales. Lev Vigotski, el psicólogo más genial del siglo XX, explicó que la inteligencia humana inventa herramientas que amplían sus posibilidades. Unas le sirven para hacer cosas, y otras para ampliar la inteligencia. Herramientas mentales son el lenguaje, la escritura, el álgebra, los sistemas conceptuales, la notación matemática, las calculadoras, el ordenador. Nos permiten pensar cosas que sin ellas no podríamos pensar. Lo que debemos hacer en la escuela es enseñar a manejar esas poderosísimas herramientas que la técnica nos ofrece y las que aún no se han inventado. No sustituyen a nada: amplían. Me gusta repetir que “un burro conectado a Internet, sigue siendo un burro”, pero que si delante de la pantalla hay una persona sabia, las posibilidades que ofrece son maravillosas.

José Antonio Marina – “Educación: Ordenadores en el aula: ¿sí o no? ¿En qué quedamos?”

Una leyenda urbana -falsa, a todas luces, como buena leyenda urbana- achaca al actor Bela Lugosi haber perdido la razón en el ocaso de su vida y haberse creído conde Drácula. La imaginería que acompaña a la tal leyenda lo describe paseándose vestido de tal y durmiendo en un ataúd. Historia inventada, parece ser, pero que bien merecería ser real, y no porque le desee al Sr. Lugosi semejante final (aunque no parece implícita la infelicidad en dicha versión de locura), sino porque viene de perlas como metáfora de nuestro tiempo.

La falsa locura de Lugosi tiene mucho que ver con la verdadera locura colectiva que aqueja al mundo sesenta años después. La cultura pop recurre a la palabra zombi para describir muchos comportamientos, caracterizados por la ausencia de razonamiento, de sensatez, de sentido común y de inteligencia; comportamientos tales que éstos:

móviles en restaurante

smartphones-table

416274-smart-phonesPues, en mi modesta opinión, más a propósito sería usar la palabra “vampirizados” en lugar de “zombis”. Y aquí es donde viene a cuento la historia de la falsa decadencia de Lugosi.

Nuestra -como sociedad- obsesión por las TICs nos ha llevado a ser vampirizados por ellas.

Cada día, en cualquier lugar, vemos dispositivos móviles parasitando a personas, adueñados de personas, señoreando sobre personas.

Vemos dispositivos móviles paseando personas, llevando gente a trabajar, de compras, a comer, al parque, de compras, a esperar el autobús… Vemos dispositivos móviles que se reúnen y llevan consigo a personas que supuestamente han quedado para pasar un rato juntas, es un suponer. Para compartir una actividad social, familiar o amical cualquiera. Una en la que se supone que los participantes se miran, se ven, dan muestras de reconocer la presencia ajena, se hablan, se miran a los ojos en señal de atención… Bueno, todo eso era antes. Ahora son los dispositivos móviles los que se reúnen, hablan entre sí, forman grupo, intercambian gestos de complicidad y códigos grupales, hacen cosas juntos… Y las personas a las que pertenecen/que pertenecen a ellos van a remolque. Claro, es que los dispositivos móviles, mal llamados así, todavía no tienen patas ni ruedas. No pueden moverse de un lado a otro; para eso necesitan a las personas.

De la misma forma, los vampiros necesitaban a las personas para tener esclavos, para perpetuarse, para expandir su dominio. Los zombis pueden parecer mucho más repugnantes, más terroríficos si cabe, pero al menos se limitan a dar buena cuenta de su presa y, luego, se olvidan de ella. No arrastran a su víctima de un lado para otro, apropiándose a cada rato de su dignidad. No la utilizan.

Pero dentro de cada ser vampirizado late, nos dicen, el deseo inconsciente de haber sido vampirizado. No en vano es preciso e imprescindible que alguien invite al vampiro a trasponer un umbral o una ventana; no puede entrar en una casa sin haber sido invitado. Uno desea ser vampirizado; uno desea ser poseído por su dispositivo móvil. Lo desea porque el dispositivo móvil y la conexión a Internet y las redes sociales que trae consigo -la gente que va con móvil por la calle, usándolo, no lo hace para leer noticias o para enterarse de algo importantísimo, ni siquiera para hablar por teléfono como no sea de perfectas banalidades; lo hace para sacarse autofotos o para chatear o cotillear lo último de su red social- son un fuelle para su ego. La persona ha confiado las señas de su identidad construida por él mismo a ese soporte, y, en última instancia, le ha vendido su alma, ha dejado que su personaje crezca demasiado y lo devore. El personaje usurpa el papel del autor. El móvil usurpa el papel de la persona.

Por más que lo intento, no consigo imaginarme a Jesucristo usando un móvil ni una red social. No me lo imagino intercambiando whatsapps con sus discípulos. Ni creando una página de Facebook para expandir Su mensaje. No lo consigo ni lo conseguiré jamás, pero no porque el Jesucristo del siglo XXI que me imagino esté de vuelta de todo o se crea por encima de esas cosas, sino porque es un ser sin ego. Como no tiene ego, no necesita alimentarlo.

Las redes sociales y todas aquellas herramientas similares que nos brinda Internet y las TICs son para el ego, porque sitúan al usuario en el centro del universo. Son un mundo en sí mismos, donde el rey soberano es el usuario. Guionista, director y protagonista de su propia película, puede basarla -o no- en su vida real, y la distancia que el guión puede tomar con respecto a la realidad será la que quiera el usuario. Podrá tener cientos de “amigos”, que sólo le dedicarán palabras elogiosas siempre y cada vez; podrá tener la vida perfecta, el trabajo perfecto, el ocio perfecto. Podrá también usar Internet para arremeter contra lo que no le gusta, situándose a pie de igualdad con cualquier persona con más autoridad sobre cualquier tema. Será a la vez rey absolutista y presidente de su propia república perfectamente democrática: aquélla en la que lo que él dice vale exactamente igual que lo que diga cualquier otro, aunque tenga más conocimiento, más sabiduría y más experiencia.

En última instancia, en lo más profundo de esa adicción que, como sociedad, tenemos para con las tecnologías de la comunicación individuales -matiz muy importante- hay una total ignorancia de nuestras capacidades como persona individual y de lo que queremos obtener de la vida como personas maduras, y un pánico infantil y desatado a no ser nada, a no ser nadie. Lo uno va con lo otro. Vivimos en un mundo -construido- tan irreal, hemos comprado tan absolutamente el sueño y la aspiración de la celebridad y la fama, de que uno sólo ha triunfado si ha conseguido colocarse más arriba que todos los demás en el escalafón y que todo el mundo lo sepa (condición sine qua non; puesto que no sabemos qué sentido tiene la vida, es necesario que los demás sancionen nuestra vida, así nos aseguraremos de que tiene sentido; yo puedo estar equivocado con respecto a mi propia vida, pero los demás, no), que sólo sentimos que somos alguien en tanto en cuanto somos para otros.

El ateísmo corre rampante en nuestro tiempo y nuestra sociedad, y hay cierto esnobismo pueril en declararse ateo, cuanto más ateo y más nihilista, mejor; pero es un falso ateísmo. El hombre necesita a Dios y, a falta de Dios, intenta llenar el vacío con dioses. En esta época, le ha tocado al dios del ego, que surca ahora los mares de Internet.

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A distancia

Dicen que hay gente que cree en la generosidad ejercida sin sacrificio y a distancia, casi como si fuera un videojuego, pulsando un botón. Como quien llama por teléfono (celular, eso siempre) o cuelga la llamada.

Parece que hay aún muchos que creen ciega y sinceramente, seguro que con toda su buena voluntad, pero con una falta de realismo sorprendente, que basta teclear cuatro palabras desde su casa para dar de comer a un niño para todo el mes.

Hay gente que hace muchísimas cosas: comprar pulseras o camisetas, meter limosnas en cuentas corrientes, pintarse lemas o símbolos en los brazos y sacar fotos para publicarlas luego en Internet, hacer clic aquí, firmar allá, reenviar un mensaje a 100 personas o a 20 ó a 5, corear proclamas, rellenar solicitudes, escribir cartas o correos electrónicos pidiendo que se haga justicia o que no se cometa tal o cual injusticia y otras muchas acciones. Pero, en el 99% de los casos, esas acciones morirán antes que las (buenas) intenciones que les dieron vida. Y morirán porque no servirán para nada bueno ni útil. Quizá, marginalmente, para reforzar la autoestima de sus autores, y su confianza en la línea de acción que deben seguir para cambiar el mundo.

Hay gente que escribe cosas, que dice cosas. Hay gente que arenga a otra gente, de forma más o menos estentórea o visible, con más o menos medios. Hay gente que trata de convencer a otros; los hay -muchos- que hacen tal cosa con intereses espurios en su ánimo, no otros que utilizar a los demás como trampolín o como plataforma sobre la cual ponerse de pie y descollar sobre todo el resto del humilde mundo. Y los hay también que no; que, movidos por la alarmante falta de realismo que comentábamos antes, sencillamente creen que el mundo se puede cambiar con comodidad, con mayor o menor facilidad y sin meterse en él de hoz y coz.

Hay gente que escribe cosas: libros, manifiestos, cartas, mensajes de texto, poemas de espíritu más o menos abiertamente y ostensiblemente revolucionario, blogs. Ninguna de esas cosas, ninguna palabra de todas las antedichas servirá para mucho, a menos que vaya acompañada de acciones.

Todos querríamos ser así o de aquella otra manera, ser héroes, ser líderes; todos querríamos salvar a esa mujer, a ese hombre, proporcionar padres a ese niño, borrar su dolor, el de todos ellos. Todos querríamos hacer algo; y, en descargo de nuestra conciencia, lo hacemos… sin movernos.

Apagar la tele o el ordenador, quedar con los amigos, leer algo entretenido, comprarnos alguna chuchería que nos distraiga o nos ponga contentos un rato… todo eso es fácil, cómodo y divertido, y hace que esa mujer condenada a muerte, ese hombre mendicante, ese niño enfermo desaparezcan de nuestra vista.

¿Qué hace por los demás?
He colaborado 21 años con Unicef, he recorrido campamentos de refugiados por medio mundo, en un coche, con aire acondicionado, viendo niños desnutridos, y he querido parar pero no ha podido ser. Luego, al cabo de cuatro días, empiezas a despreocuparte.

Me sorprende su sinceridad.
Si tuviéramos todos mayor conciencia, no nos gastaríamos el dinero en porquerías, sino en alimentar al que se muere de hambre.

-Julio Iglesias, La Vanguardia, 2-7-2012

Mi teoría, en la cual creo firmemente y de la cual veo muy difícil ser apeada, es que no hacemos realmente nada por cambiar esas cosas porque no nos importan lo suficiente y, en el fondo de nuestro corazón, lo sabemos. No hay más que ver quiénes son la mayoría de quienes pasan a la acción ante un hecho cualquiera: normalmente, los afectados directos. Es cuando nos toca a cada uno de nosotros, con todas nuestras circunstancias, nuestra subjetividad y, con frecuencia, nuestro bolsillo cuando de verdad enarbolamos la bandera de la justicia y exigimos que se haga cumplir aquélla sobre nosotros, ofendidos.

Mientras eso no pase, el activismo a distancia ya nos va bien para acallar la voz de nuestra conciencia que, a pesar de todo, habla.

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100% Todo

Al principio fueron mayoría los apocalípticos, pero hace tiempo que se callaron o se pasaron al bando de los integrados, los normales, el ciudadano común y corriente que ve, usa y piensa Internet con la misma, ya, indiferencia que le inspira el aparato de televisión, el teléfono (móvil o inmóvil), el secador de pelo o la lavadora. Constato esto en la misma contemporaneidad en que las noticias sobre los peligros de ese submundo del chat, presuntamente hogar exclusivo de fracasados vitales, adefesios sin redención social posible o maniáticos de los ordenadores desde los tiempos del primer Macintosh ya hace tiempo que son materia de hemeroteca.

Y esa aceptación, esa integración de Internet en nuestra forma de vida, ha sucedido de la forma más natural, y con gran rapidez. No ha supuesto ningún shock cultural, de valores, ni nada. Casi nadie tiene dificultades para familiarizarse con el manejo de Internet y el resto de las llamadas “nuevas tecnologías” (que de nuevas ya no tienen tanto): los móviles, ahora los móviles inteligentes, las tabletas, el mundo 2.0, la cultura de la inmediatez y la conectividad total, estés donde estés. Contrariamente a lo que se suele presuponer, tampoco las personas mayores tienen el menor problema para desenvolverse con soltura en ese mundo. Han pasado la posguerra; todavía muchos, la guerra; luego, la explosión tecnológica -aún hoy sin parangón en cuanto a densidad e intensidad- a partir de los tardíos 50… ¿de verdad creemos que esto les ha pillado a contrapié?

En fin; que, una vez superado el miedo a lo desconocido, ha llegado el miedo al abuso de Internet como fuente de información, no tanto porque la información sea incorrecta como porque es demasiada. Y aquí se encuadra el fenómeno de doctor Google, de la mayoría conocido: uno tiene dolores de cabeza más frecuentes de lo normal, hace una búsqueda para informarse mejor y, en algunos casos, acaba aterrorizado por un posible tumor cerebral, por poner un ejemplo. No es que la información que hayamos encontrado sea falsa, sino más bien que Internet no discrimina: nos ofrece todas las posibilidades, todas las respuestas, sean pertinentes o no.

Pero hay más ventajas que inconvenientes. Todavía estamos en la fase de aprender a gestionar todo ese caudal. Pero, de entrada, es bueno que haya mucho de donde coger: ya sabemos que la información es poder, y el poder es libertad. Esto se aplica a todo tipo de información: a qué pueden deberse unos síntomas que tengo; si no estamos conformes con lo que nos dice nuestro médico, podemos informarnos por nuestra cuenta y preguntarle por lo que hemos encontrado, o saber cuáles son nuestros derechos y dónde pedir una segunda opinión; podemos buscar ofertas de viajes más económicas o más amplias de las que tenemos en la agencia de al lado; podemos enterarnos de cómo abrir una lata con un abrelatas mariposa, o de cómo lavar un edredón sin que se nos eche a perder, o cómo maquillarnos los ojos correctamente sin tener que acudir a un salón de belleza… hay miles de ejemplos. Es un pozo sin fondo de información, y ¿cómo va a ser malo tener toda la información del mundo? No puede ser malo, y encuentro ofensivo que se sugiera que lo es. Los usuarios no somos tontos; sabemos que tenemos que discriminar entre todo el aluvión de datos que podemos obtener, pero no queremos que nadie nos ponga filtros ni nos dé sopitas.

Creo que Internet es lo más aproximado a una buena metáfora de lo que -dicen algunos, y yo creo que dicen verdad- realmente es la vida: Todo-Aquí-Ahora. Lo que creemos que va a pasar ya ha pasado, está pasando; lo que pasó hace cien, hace quinientos, hace millones de años también está pasando; es sólo que lo percibimos como una secuencia, pero no porque lo sea, sino porque nosotros somos así. Internet lo contiene todo, aquí y ahora, pero a cada momento vemos sólo un trocito infinitesimal. No podemos abarcarlo todo -ni falta que nos hace-, pero sí podemos, y debemos tomar a cada momento lo que necesitamos.

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Transformar Internet, la asignatura pendiente

Muchos historiadores, sociólogos y psicólogos han escrito largo y tendido y con honda preocupación acerca del precio que el hombre occidental ha tenido que pagar y tendrá que seguir pagando por el progreso tecnológico. Señalan, por ejemplo, que la democracia difícilmente puede florecer en sociedades donde el poder político y económico se concentra y centraliza progresivamente. Y he aquí que el progreso de la tecnología ha llevado y sigue llevando todavía a esa concentración y centralización del poder.

Aldous Huxley

 

Internet es la avanzadilla, la muestra en miniatura de en lo que ha devenido la comunicación social (“de masas”, que también le dicen): es más rápida, tiene mayor capacidad para acoger un volumen mucho mayor de tráfico, pero, además, de condensar ese volumen y transmitirlo en paquetes más compactos, donde lo transcendente y lo banal, lo elevado y lo grotesco bailan juntos en algarabía. Y a todos nos ha llegado a parecer tan normal.

No estoy de acuerdo con que los nuevos medios de comunicación hayan supuesto un gran cambio mental. Aun quedando mucha gente que no sabría desenvolverse en Internet ni sabría cómo acceder a los nuevos canales/mensajes/mensajeros -las megarredes sociales, los buscadores, los agregadores, los blogs (éstos no tan nuevos)-, sin embargo, en casi todos ellos se habrá operado un cambio mental, propio del nacimiento de las nuevas eras. Puede que sea una sensación mía (por la deformación profesional del periodista), pero diría que pensamos y vivimos la comunicación de una forma diferente, los que estamos más inmersos en Internet y los que lo están menos: hay un estilo más acelerado de comunicarnos los unos con los otros; hay mayor celeridad y, sí, también mayor impaciencia; lo comunicado ya es un producto neto, y, con nuestra mentalidad netamente consumista y producto de un sistema capitalista (en el cual hemos nacido cada vez más generaciones), lo queremos ya, lo queremos sin esfuerzo, y queremos que nos guste, que nos satisfaga, que nos divierta, que nos proporcione el vergonzante placer del morbo… Además, podemos mercadear con él, utilizándolo a cambio de reputación, a cambio de otros productos similares, a cambio de cierta clase de atención, y, más que nunca, para alimentar nuestro ego y hacer que el mundo entero nos mire y se dé cuenta de lo únicos que somos, cada uno de nosotros en nuestra conmovedora pequeñez.

Los informativos de televisión no se parecen en nada a lo que se nos ofrecía bajo el mismo nombre y la misma etiqueta hace 20 años, por ejemplo. Entonces, los periodistas, los corresponsales, eran profesionales a los que se exigía más, a quienes se suponía unas habilidades perfeccionadas y que gozaban de respeto: el periodismo no era, de ninguna manera, algo que podía hacer cualquier juntaletras -como sí se tiende a pensar ahora, degradando la labor periodística a la mera narración o retransmisión de datos. Nunca olvidaré a aquellos reporteros de TVE que, como artesanos de la noticia, no sólo nos contaban un punto de vista lo más imparcial que podían sobre lo que estaba pasando, sino que además nos ofrecían información de contexto y su propio análisis para ayudarnos a comprender por qué estaba sucediendo eso.

Eran tiempos más calmados, en los que -en mi opinión- no existía el sentido de premura que tenemos ahora. Todos vamos corriendo, no sabemos muy bien adónde ni por qué o para qué, pero corremos, y no nos queremos detener en nada: ¡no hay tiempo! Además, ¿a quién le importa? Si no nos molestamos en leer, ¿cómo podemos pretender comprender nada con nuestra plena capacidad? Y, para rematarlo todo, ¿verdad que ya no tenemos la misma capacidad ni la misma actitud inicial para escuchar o para leer que teníamos antes? De repente, el flujo de la información se desarrolla sobre una autopista de infinito número de carriles: no bien empieza a acercarse un vehículo, otro asoma ya por otro carril, y más allá no tardará en entrar otro en la competición… No sabemos, ni queremos detenernos en nada.

Por otro lado, personalmente Internet me encanta y me parece un invento imprescindible. Nos ahorra trámites innecesarios, nos obliga a aprender a economizar, y a sacar lo mejor de nosotros mismos, a plantearnos desafíos constantemente, porque el objetivo es que nuestro importante mensaje llegue a su destinatario; y, si los destinatarios son muchos, hemos de aguzar nuestro ingenio y nuestra inteligencia para conseguirlo. Además, Internet nos ayuda, no diré que a comunicarnos todos en pie de igualdad, pero sí, al menos, a comunicarnos todos; cualquiera con un ordenador y una conexión puede llevar un blog, mandar un mensaje de correo electrónico, dar información sobre lo que está pasando y hacerlo con menos cortapisas que cuando los medios estaban más fuertemente verticalizados.

Nos hemos adaptado a Internet. Pero todavía no lo hemos puesto del todo a nuestro servicio; y, a veces, se diría que estamos nosotros al servicio de Internet.

El modelo de plasmación de los grandes medios en Internet está totalmente equivocado; o es totalmente interesado, una de dos. Está equivocado porque sencillamente es imposible que una persona que no tiene nada que hacer las 24 horas del día llegue hasta los contenidos que le puedan interesar. Y eso es así porque falla el sistema de selección: hay demasiado de donde elegir, el bombardeo de titulares, datos, notas al pie, últimas horas, reportajes intemporales, artículos sobre temas concretos… es constante. Y el volumen de texto de los artículos informativos sigue estando completamente desajustado al medio y al objetivo: si se trata de informar con corrección y exactitud, los medios fallan. No hay más que sentarse enfrente del ordenador y ponerse a mirar las portadas de los grandes medios: los titulares donde se puede hacer clic son incontables, y se van actualizando con el tiempo. El lector no sabe muy bien por dónde empezar, o, si empieza, no sabrá cuándo terminar: siempre hay algo más que reclama su atención, que le interesa. Más vano es aún el propósito si el lector amplía su abanico de medios: podemos acceder a casi todos los medios más influyentes de muchísimos países. Y eso sin contar con blogs, medios de menor audiencia (pero de tanta o mayor influencia que los “grandes”), canales de vídeo y demás.

El verdadero agujero negro, con todo, se abre cuando al incauto se le ocurre hacer clic en un titular: párrafos y más párrafos de información. Termina de leer el artículo completo y se da cuenta de que se le ha ido el tiempo. Entonces, ve los comentarios al pie: aunque a veces parecen grescas de taberna, son el verdadero valor añadido, la posibilidad de saber qué piensa la gente. Se pone a leer unos cuantos y, para cuando termina, ya no tiene tiempo para empezar a leer otra noticia. Time’s up!

Como periodista, mi hipótesis es que son razones empresariales y mercantiles las que siguen retrasando la transformación de Internet en un medio plenamente eficaz y al servicio del pueblo. Los grandes grupos mediáticos no escapan de la crisis, y sus periodistas se ven sobrecargados de trabajo, o bien se los contrata como mano de obra manufacturera (con todos mis respetos para los manufactureros, pero la información no es ese tipo de materia prima), mal pagada, degradada, sin recompensa económica, social o moral suficiente. El periodista ya no es respetado como profesional cualificado capaz de transformar la incomprensibilidad y el galimatías absurdo del mundo en mensajes digeribles, comprensibles y capaces de tocar la mente y el corazón de la gente; ahora es… un becario, un pulsateclas, un redactor cuyo papel ni se comprende, ni se valora, ni se agradece en lo que merece.

Y, claro: nos encontramos así con un medio de comunicación que ya no es primeramente tal cosa, sino, ante todo, una empresa con mucho ánimo de lucro, dirigida por accionistas que ni entienden ni se interesan por el periodismo y la comunicación; o, peor que eso, es un lobby que busca ejercer su influencia en un país, un gobierno, un estado (de cosas). En fin, un grupo de personas sedientas de poder, ni más ni menos.

Los medios de menor tamaño podrían ser un refugio; pero ¡ay!, a menor tamaño, menor capacidad económica. Y la mejora de capacidades requiere financiación.

Y la consecuencia de eso es que el periodista sincero y concienciado, o no tiene motivación, o no tiene medios y tiempo para transformar Internet.

Así pues, se da esta paradoja: que en la época del supuesto cambio rápido de las cosas, las que más nos interesa cambiar son las que más lentamente cambian.

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La biblioteca, la última ágora

Es muy conocido, pero por si acaso: en su novela antiutópica “Fahrenheit 451“, Ray Bradbury esboza una fábula sobre un régimen totalitario que ha proscrito los libros, y tiene un cuerpo de orden público específicamente dedicado a pegar fuego a todos ellos. 451ºF es la temperatura a la que arden.

Hoy en día, esa fábula no sólo está vigente, sino que la amenaza es aún más real, más cercana y con mayores visos de cumplirse.

Digo esto porque ayer estaba convocado un acto que nunca será titular de portada en ningún medio informativo: una concentración ante la Biblioteca Nacional, con el objetivo de dar cuerpo a la Marea Amarilla a favor de una mayor dotación económica (o, por lo menos, para que no se recorte la que hay) para las bibliotecas públicas.

Existe, además, otro ataque contra las bibliotecas públicas o, lo que es lo mismo, contra el libre flujo de la información y de la cultura: el canon por préstamo de documentos.

Las bibliotecas, los libros, el soporte papel, está más vivo que nunca y es más necesario que nunca para preservar la palabra, el saber acumulado, la cultura, la información, la experiencia, la emoción… todo eso junto para lo cual la lectura es el único vehículo posible. Porque, imagínense: si un régimen totalitario cualquiera puede destruir fácilmente el papel, ¿con cuánta mayor facilidad puede destruir los canales de información más modernos, los que han surgido con las nuevas tecnologías? ¿Cuánto más frágil es Internet, el mundo virtual, la nube (en sus propios nombres acuñados advierte de su naturaleza inestable, irreal), que ni siquiera es tangible ni sólido? A diferencia de los personajes amantes y defensores de los libros de “Fahrenheit 451”, que escondían los volúmenes, los escamoteaban y los pasaban y leían en secreto, nosotros jamás podremos poner a salvo la información de un medio tan etéreo.

Etéreo y voluble, totalmente a merced de un gesto. Tan sencillo como sacar una clavija de su enchufe y apagar un aparato, por grande y complejo que éste sea. Tan arbitrario y tan fácil como decretar el cierre de un sitio web, por ejemplo. De la noche a la mañana, la información ya no está. ¿A qué temperatura arden los nodos, los bits, los bytes, el flujo invisible de esta telaraña colosal?

Y ni siquiera hace falta un intento de dominio deliberado del medio: basta con un simple accidente, como un virus que se carga el disco duro o directamente convierte nuestro ordenador en un vegetal para que desaparezca todo lo que en él teníamos almacenado. Esto nos recuerda lo frágil que es el nuevo medio mayoritario de manejo de información, y, una vez más, lo insustituible que es el viejo y confiable papel.

Además, las bibliotecas son todavía hoy uno de los pocos reductos en que prácticamente todo el mundo, de forma independiente a su clase social o su nivel adquisitivo, puede surtirse de información, cultura y entretenimiento, aumentando así su bagaje personal, ése que nadie te puede quitar nunca y que será lo único que te lleves de todas partes. Son, por tanto, un espacio seguro para la creación, para el pensamiento, para el cambio.

Por favor, mantengamos vivas las bibliotecas, y sigamos confiando en nuestro amigo el libro.

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5 de febrero de 2012 · 22:01