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Aguante

Es muy propio del ser humano, hasta del más templado y reflexivo, levantar los brazos al cielo y exclamar, al recibir el azote del infortunio: “¿Por qué a mí?” Todos llevamos dentro el espíritu de la autocompasión, del sentirnos castigados, del victimismo; algo inevitable, porque somos protagonistas de nuestra vida; nosotros y nadie más sentimos en nuestro pellejo lo que duelen los embates de la vida. ¿Cómo no lamentarnos y sentirnos el saco de las hostias?

Y luego se nos dice: a todo el mundo le pasan cosas malas; cada uno lleva su cruz.

Puede ser. Pero no es eso lo que parece, ni mucho menos.

Si miramos lo más objetivamente posible la vida de una persona y la comparamos con la de otra cualquiera, y luego otra, y otra más, saltará a la vista algo que todos sabemos: algunas personas parecen tener buena suerte, y otras, mala, con toda la gama de matices entre medias.

La cuestión es si verdaderamente es tan simple la cosa.

Si medimos no la cantidad, sino la calidad subjetiva de los reveses que cada persona debe soportar a lo largo de su vida -un ejercicio que siempre será meramente especulativo y abstracto, porque jamás podremos efectuar esa medición-, quizá encontraremos que sí existe esa igualdad.

Pongamos que esa igualdad es real. Entonces, podemos definir esa cuota de sufrimiento como X. Así, cada persona tendría a lo largo de su vida diferentes sucesos adversos, pero su percepción subjetiva sería en todos los casos igual a X. O, lo que es lo mismo: el aguante de cada persona a la adversidad es lo que hace que, por ejemplo, una persona perciba la pérdida de unas llaves como otra percibe la pérdida de su puesto de trabajo, por poner un ejemplo.

Puede que no en todos sea de igual capacidad la copa del sufrimiento. En algunos desborda muy pronto, en otros parece un pozo sin fondo.

No sé si nada de esto tiene sentido, pero es la única forma de reparto justo que se me ocurre y la única posible explicación a por qué unos siempre parecen llevarse palos, y otros, flores. Por qué unos parecen haber nacido para dar, y otros, para recibir. (A lo mejor es que, como no vemos lo que pasa en cada casa, juzgamos la vida de los demás según la parte limitada de lo que vemos o inferimos, o según lo que cada uno quiere dar a entender o aparentar.)

Bueno, no es la única, no. La otra es la explicación trascendental: la de que todo tiene un porqué, la de que todo este galimatías que es la vida terrenal es sólo parte de una realidad cuyo total nunca vemos, por lo cual no podemos entender muchas cosas que nos parecen arbitrarias, injustas.

No creo que nadie tenga la respuesta; al menos, no aquí.

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Boanerges

Y a Jacobo, hijo de Zebedeo, y a Juan hermano de Jacobo; y les apellidó Boanerges, que es Hijos del trueno.

Marcos 3:17

En verdad que hay muchas cosas que se me cruzan y me encienden la mecha. Todavía (¡y lo que me queda!) soy en exceso permeable a lo que el mundo nos va arrojando a cada paso.

Podría decir que no lo puedo evitar.

En gran medida, estaría diciendo la verdad: No lo puedo evitar.

Y es más: creo que, ante determinadas situaciones e injusticias que se han hecho estructurales (o que ya lo son, debido nada más a que existe el ser humano), uno no lo debe evitar. Uno tiene que enfadarse. Uno tiene que responder con rabia. Es el único reducto del ser humano civilizado, y es, además, la única actitud que yo entiendo en consonancia con la ética: es necesario enfadarse. Lo difícil es discernir ante qué es legítimo y necesario enfadarse y ante qué no. Para hacer la distinción, seguramente hace falta sólo algo de práctica y experiencia de la vida.

Dios no nos creó para que fuéramos sus marionetas. Y Dios nos bendijo con la imperfección. Si nos hubiera querido perfectos, ¿acaso no nos habría creado perfectos? Si somos falibles y no somos, cada uno, un compendio de todas las virtudes, es porque tal fue el designio divino. Somos así porque debemos ser así. Podemos superarnos y mejorar hasta cierto punto.

Dios nos creó iracundos. La iracundia puede ser como la espada de un samurái, un arma noble. O puede ser una guillotina de la cual nosotros somos las primeras víctimas. Si se usa bien, yo creo que sirve para señalarnos aquello que está mal y para querer corregirlo. Puede ser el paso previo a la acción, aunque esa acción no alcance la extensión de esa injusticia que nos ha sublevado; pero siempre nos moverá en la dirección correcta. Si uno no se indigna ante las injusticias, ¿qué otra postura le cabe adoptar? ¿Qué otra postura moral lo azuzará lo suficiente para querer hacer algo al respecto, o para apoyar cualquier movimiento, palabra, o acción que vea proveniente de otros, encaminado a remediar esa injusticia?

Al fin y al cabo, aun en las situaciones -que son muchas- en las que nada podemos hacer, en las que estamos condenados a acabar aceptando que no podemos cambiar nada, al menos podremos ofrecernos el consuelo de la llama de nuestra rebeldía interior, que nos permitirá ser y sentirnos libres, como siempre lo somos en nuestra última soledad.

Se nos ha hecho creer que es propio de virtuosos decir a todo que sí, asistir a todo con aparente complacencia o aceptación callada. No decir, no hablar, no dar un paso al frente, no hacernos sentir. Pero, si no fuimos creados para ser marionetas en un espectáculo cósmico de guiñol, tampoco lo fuimos para ser meapilas ni santurrones, para pasar por la vida comulgando con ruedas de molino.

Aun en los casos en que no tengamos nada que ofrecer, ¿debemos dejarnos llevar al matadero con la cabeza gacha?

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Acciones para cualquier día

Voy a escribir un artículo de utilidad inmediata: voy a hacer una lista de acciones efectivas, inmediatas y muy sencillas que todos podemos realizar para ser un poco más justos y solidarios, y  un poco menos consumistas, menos irracionales, menos manipulados/manipulables y menos parte de la injusticia.

  1. No gastar por encima de nuestras posibilidades en cada momento. De este modo, evitamos endeudarnos y convertirnos en rehenes de otra persona o entidad.
  2. Consumir con conciencia crítica, preguntándonos si compramos algo porque lo necesitamos objetivamente (no vale decir “es que tengo que tener el nuevo cacharrito tecnológico porque no puedo vivir sin él”). En caso contrario, no comprarlo; o, para empezar a acostumbrarnos, hacerlo así gradualmente.
  3. Ayudar a alguien que sabemos que no va a poder devolvernos el favor de ninguna manera.
  4. Cuando tengamos varias marcas donde elegir, optar por el producto que más se adecúe a nuestra necesidad, y no por aquél cuya marca está más de moda o creemos que nos da una imagen más cool.
  5. Darle algo a alguien y no contárselo a nadie.
  6. No tirar la comida que no queramos, no nos guste o esté de sobra. Si todavía está en buen estado, guardarla para otro momento, congelarla o dársela a alguien que la necesite.
  7. Mirar la ropa que tenemos: ¿qué nos hace falta, verdaderamente? Proponernos gastar menos de lo que gastamos el año pasado, por ejemplo.
  8. Si queremos hablar con una persona y si está a nuestro alcance, hablar con ella en persona en lugar de mandarle un correo electrónico o un mensaje de teléfono móvil.
  9. Agotar la vida útil de todos los aparatos eléctricos y electrónicos que tenemos, y no sustituirlos por otros más nuevos sólo porque queremos el más nuevo.
  10. Animar a otra persona a que cuestione sus hábitos de consumo.
  11. Rechazar las canciones, películas, series y cualquier otro producto de consumo cultural en el cual percibamos mensajes perniciosos que nos animen al consumismo (de objetos, de personas, de drogas, de hábitos), a la instrumentalización y cosificación del ser humano, al hedonismo, etc.
  12. Tratar todas nuestras pertenencias con el cuidado, el respeto y el esmero que les debemos por ser afortunados de tenerlas, recordando que millones de personas no tienen nada.
  13. Leer desde el espíritu crítico y contestatario: preguntarnos quién envia el mensaje, qué objetivo intenta conseguir. Por ejemplo, podemos empezar a hacerlo con revistas de cotilleos, con las dirigidas a las mujeres, con panfletos propagandísticos o con folletos comerciales.
  14. Aplicar lo antedicho a los informativos de televisión, radio, Internet, etc. Preguntarnos quién dice qué, y qué es lo que intenta conseguir con ello.
  15. Hoy, rebelarnos ante una muestra de injusticia cualquiera que veamos, poniéndola de manifiesto ya sea sólo para nosotros mismos o a alguien más.

¡Necesito más ideas! ¿Quién se anima?

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