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Nos comerá la mierda, claro que sí

El augurio de tantas mujeres, amas de casa (amén de, casi todas ellas, población activa ocupada) de que cuando ellas no estén “nos comerá la mierda” se va a cumplir; ya se está cumpliendo, de hecho, aunque no exactamente de la literal forma en que ellas lo pronosticaban.

Las madres y esposas que pronuncian esa advertencia nos hacen evocar mierda, basura, porquería, roña, de forma literal, consecuencia de la vagancia en todo lo tocante a ser limpios, ordenados y a seguirle a la casa según ésta lo necesita. Pero no será la mierda autoproducida en nuestra casa la que se nos venga encima, sino la mierda que vamos dejando por ahí y, a la par y a la postre y, siempre, como condición previa sine qua non para el advenimiento del apocalipsis higiénico, las consecuencias de nuestra propia hipocresía.

Porque es todo este nuevo ecologismo el ejemplo y la materialización perfectos de esa hipocresía que nos es connatural, como raza, a los seres humanos civilizados. Ahora hay que reciclarlo todo -aunque no sepamos distinguir el medio del fin y confundamos el uno con el otro-, reutilizarlo después, transformarlo y, en el proceso, ahorrar (o incluso crear) energía y dinero. Para eso, cada territorio gobernable supuestamente elige su sistema preferido. Vale. Pero todo eso, al menos aquí, que es donde he vivido toda mi vida, se aplica solamente a la basura que producimos en casa o, como mucho, en nuestra empresa. Porque, cuando estamos en la calle o donde nadie nos ve -por ejemplo en un enclave natural donde esa Madre Tierra que tanto decimos amar se muestra en toda su belleza-, y podemos ser unos vulgares fuera-de-la-ley, esparcimos nuestros desechos por doquier. Y vale todo: desde tirar chicles de la boca al suelo -anteriormente habremos hecho lo propio con su envoltorio, claro- hasta latas vacías, pañuelos de papel usados, cáscaras de pipas escupidas directamente allá donde caigan o, en fin, lo que sea que nos sobre y no podamos esperar a tirar a una de las muchas papeleras a nuestra disposición (hace no mucho también estuvo de moda desenganchar las papeleras de sus soportes y tirar las propias por el suelo, como si nada; ahora igual eso ya les da un poco de vergüenza) hasta, al abrigo de la noche y con la excusa de una buena juerga, orinar o vomitar en donde sea. En mi pueblo, un rincón especialmente grato a esas gentes parece ser el exterior de la iglesia parroquial, supongo que será porque queda muy progre.

Quizá esas personas que actúan con tan poco respeto no se dan cuenta, pero ellas personifican en un grado supremo toda esa morralla de contradicciones que nos enferma, como sociedad. Llevando la cultura del reciclamiento y de la reutilización hasta el mismo límite, sin embargo, cuando se creen liberados de las normas sociales, actúan como quienes son, como les sale. No se paran a pensar en nadie, y no les importa maltratar la calle, el monte, la playa, es decir, la casa de todos, nuestra tierra y nuestro patrimonio, porque total, detrás ya viene alguien que lo limpiará todo. Y ya sé que no se puede generalizar y que no todo el mundo incurre en esa contradicción; pero, en esa conciencia general de cuidar el medio ambiente, de racionalizar recursos, de eliminar basura y de ser más limpios, veo ese vacío, esa falta de civilización y una denuncia pública de esos comportamientos tan lamentables.

Y lo que más me preocupa es que esa falta de civilización se extiende a otros ámbitos, porque, en el fondo, es la misma actitud, la misma visión de la vida, que nos lleva a ser diferentes de los habitantes de otros países -y en esto se nota el verdadero progreso, la verdadera ventaja que nos llevan- y, por ejemplo, colarnos en un transporte público sin pagar, o robar un puto paraguas a quien se lo había olvidado cinco minutos apoyado en una esquina de la calle -y sí, eso mismo me pasó a mí.

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Dame obras, no razones

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.

Así también vosotros por fuera,a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.

-Mateo 23:27,28.

Por eso, cuando des limosna, no toques trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa.

-Mateo 6:2

 Obras son amores y no buenas razones.
-Refrán

Y así podemos seguir hasta llenar todo el ciberespacio, porque la hipocresía es también -junto con la esperanza inquebrantable, la lucha sobrehumana e instintiva por la supervivencia y la capacidad casi insuperable de superación de obstáculos- uno de los rasgos humanos más característicos. Nacemos siendo inocentes, y una de las secuelas más dolorosas que nos queda de la pérdida de la inocencia es la capacidad de fingir virtud con todo el descaro del mundo.

Las madres no son nunca hipócritas, y ellas son quienes mejor personifican el extremo opuesto al hipócrita. Las madres, aun siendo ejemplo del amor más grande que puede haber de un ser humano a otro, no dicen mucho sobre ese amor. No es muy habitual oírles decir a sus hijos que los quieren, ni hacerles muchas muestras histrónicas y muy aparatosas de ese amor de madre. De hecho, el amor de una madre muchas veces se manifiesta mediante regañinas, reconvenciones, palabras que no son agradables de oír y que hacen enfadar a los hijos. Pero decir palabras efusivas, dicen bien pocas. Ni falta que les hace. A nosotros tampoco.

La madre, con su amor incondicional y gratuito, es un parámetro perfecto para calibrar nuestro comportamiento. Así, vemos que en la vida, los que más se llenan la boca con un ideal, una política concreta (entendiéndose en el sentido original, ideal, de la palabra política, no en el poder por la sed de poder), una promesa, son los que menos hacen cuando llega la hora de la acción. Esto nos dice que la palabra se usa como maquillaje, como arma, como escudo, como escaparate, como cebo y como pequeña campaña de imagen personal. Porque la palabra, por sí misma, no sirve para nada.

Podemos amar y admirar la palabra todo lo que queramos, pero, si nos quedamos en ella, estamos siendo unos reaccionarios de tomo y lomo. Lo que el hipócrita pretende no es otra cosa que quedarse en la palabra y que los demás, la gente que lo mira, lo ve y se ve afectada por su comportamiento, se quede con él en esa fase de la palabra, de la apariencia.

Ejemplos tenemos muchísimos, y el más paradigmático es el del representante político que habla y habla y habla, prometiendo, jurando, asegurando, diseñando y proclamando grandes proyectos para mejorar la vida de la sociedad, y a la hora de la verdad no sólo no hace lo que prometió, sino, muchas veces, lo contrario. Así pueden funcionar no sólo individuos, sino organizaciones enteras: hacen, por ejemplo, de una causa su caballo de batalla y hasta su seña de identidad: ellos son, ellos encarnan esta y la otra causa; cuando lleguen al poder, ellos harán esto y lo otro. Todo en el futuro, no en el presente, no aquí y ahora, que es el único momento que jamás tendremos. Luego, si es que llegan a ese poder, muchas veces no hacen nada; sólo reproducen los esquemas conservadores, profundamente reaccionarios, continuistas e injustos de quienes los precedieron. El quítate tú pa’ ponerme yo de toda la vida.

Hipócritas, están siendo unos hipócritas los que así actúan, y nosotros, aunque las más de las veces no podamos hacer otra cosa que protestar (y a veces, ni eso, por barreras externas o internas, mentales; por miedo, por ignorancia, por costumbre, porque las cosas siempre han sido así), al menos debemos ser conscientes de lo que está pasando: que son unos hipócritas fariseos, que sólo hablan y se cubren con la apariencia de las cosas, fingiendo hacerlas, haciendo ver que las llevan a cabo, pero en el fondo todo es una farsa. Esto lo podemos constatar porque esas mismas injusticias que aquellos prometieron hacer desaparecer no han desaparecido. Tampoco nosotros hemos despertado, al final: tal vez porque es más cómodo y más fácil que otro cambie las cosas, no nosotros.

Pero no nos adormilemos ni cerremos los ojos voluntariamente. Debemos ser plenamente conscientes de esta realidad. La verborrea, palabras sin contenido y palabras sin intención sincera de acción personal o de mover a la acción a toda la sociedad, nos debe alertar de que estamos posiblemente ante una muestra de hipocresía.

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