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¿Cómo no creer?

Hay noticias, muchísimas noticias, muchas historias, muchas cosas que mucha gente dice, que quedan sepultadas bajo un aluvión de chorradas o, sencillamente, de noticias que hoy son el no va más, son importantes, son incluso interesantes, pero son desesperadamente caducas; por mucho que nos interese saberlas hoy, o por mucho que vengan a cuento con las cosas que están pasando ahora -y la gran cosa que está pasando ahora es la crisis-, no nos brindan ningún conocimiento que nos vaya a servir de algo mañana. En realidad, es dudoso que la mayoría de las noticias de alcance a las que nos exponemos y somos expuestos diariamente nos aporten otra cosa que reafirmarnos en que el mundo es un vertedero, una ratonera en la que casi todos somos los ratones y sólo unos pocos manejan el cepo.

Una de esas historias que me parece merecedora de mayor atención es, por ejemplo, esta entrevista al físico Patrick Drouot (publicada por La Vanguardia en su sección La Contra, serie de entrevistas siempre muy interesantes, inhabituales, provocadoras, escuetas, al grano y bien hechas). Se publica poco después de otra entrevista del mismo estilo y parecidos contenidos, hecha a Annie Marquier, investigadora de la conciencia. Recomiendo leer ambos, porque los mensajes son hermosos, están llenos de conceptos bellos y muy sugerentes y, por tanto, a quien sea descreído recalcitrante de “estas cosas” le puede producir, aunque sea, cierto placer estético.

En fin, ambos entrevistados tratan de lanzar un mensaje similar, a saber, que el corazón piensa, que el corazón sabe, y que corazón, cuerpo y cerebro están más conectados de lo que parece; además, que existe una inteligencia mayor que nosotros mismos o, por mejor decir, que todo y todas las formas de inteligencia son en realidad parte de esa única inteligencia suprema.

En los mismos comentarios a esas entrevistas no faltan aquellos de quienes no creen, ni quieren abrir su mente a la posibilidad de que nada de eso sea cierto. Es respetable. Sin embargo, la cada vez mayor popularidad y aceptación de verdades (para mí lo son) como que el corazón sabe, como que la intuición es siempre exacta, como que es esa inteligencia suprema quien nos habla directamente cada vez que oímos la voz de esa intuición, como que hay algo más, o de que no somos sólo cuerpo y cerebro… esa aceptación me indica que cada vez somos más los que tenemos fe o, cuando menos, los que abrimos nuestra mente a la posibilidad de que no todo se reduzca a lo que nuestros sentidos y nuestro cerebro nos señalan como única realidad.

Creo que jamás se podrá probar de manera fehaciente que existe algo más, esa inteligencia envolvente que todo lo sostiene y que todo lo impregna; jamás se podrá desentrañar el ADN de Dios. Siempre habrá una zona de sombra, de misterio, en el que sólo la fe pueda pronunciarse. Quienes hablen desde la fe deberán aceptar y admitir que sólo ella les ampara, y quienes demandan pruebas objetivas y científicas tendrán que resignarse a no tenerlas nunca.

Ahora bien, ¿tan descabellado es tener fe en lo que no podemos ver, tocar, ni medir, en lo que sólo podemos experimentar como algo individual, casi íntimo? Pues la intuición ¿qué otra cosa puede ser, sino una voz que oímos o desoímos sólo cada uno de nosotros? Y es que ¿acaso no nos han fallado todos los becerros de oro que hemos adorado hasta ahora? ¿Adónde nos han llevado los principios intocables del modelo de sociedad, de economía y de política de los últimos decenios? ¿Qué es lo que hemos obtenido finalmente de ellos? ¿Acaso han mejorado nuestras vidas, como humanidad, como sociedad, como civilización? ¿O más bien han tenido su apocalipsis en esta crisis tras la cual nada volverá a ser lo que era?

Uno puede decir que cree, que tiene fe. Uno no puede esgrimir pruebas exhibibles públicamente para apuntalar esa fe. Sin embargo, existe una modalidad de prueba que, aunque no es observable por el mundo, aunque no se puede exhibir, es la más decisiva que existe. Se trata de la experiencia personal.

El creyente más devoto y más convencido es aquel que ha experimentado en su propia vida aquello que predica. Yo creo en las cosas que he sentido, vivido, que me han cambiado la vida, y que me han cambiado a mí, a veces volviéndome de dentro afuera, de fuera adentro, transformándome y mutándome del derecho y del revés. ¿Cómo puedo no creer en lo que yo he vivido?

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Impromptu sobre la justicia

Leo, miro, escucho, pienso. Así pues, ¿estamos hoy más cerca, algo más cerca de saber qué es la justicia? ¿Lo estás tú?

Hay gente que escoge no creer en Dios, pero todos preferimos creer cuanto más tiempo podamos en la justicia; en cierta forma de justicia.

Los escarmentados de las leyes humanas invocan la justicia divina, o la “justicia poética” (donde las dan, las toman). Los más impacientes y, casi siempre, los más perjudicados por la parcialidad inherente a las leyes luchan por cambiarlas; o, quizá, se contentan con apretar los dientes, levantarse y seguir caminando.

Otros van más allá y aspiran a cambiarlo todo: los revolucionarios.

Desde todas partes, a poco que nos haya salpicado el barro del lamentable estado de cosas que vivimos, somos invitados y azuzados a la revolución. Echarlo todo abajo y empezar de nuevo. Protestar contra lo que está mal, contra lo injusto, dicen. Acabar con eso tan perverso, ese invento llamado Sistema, del que nadie medio decente admite ser parte.

Los malos siempre son los otros. El mundo contra mí.

Yo también me considero rebelde; a mi manera (y quién se reclamaría rebelde a la manera de otros, ¿no?) un tanto sui generis, pero rebelde. Te diría que enarbolo la bandera de la justicia.

Claro, pero ¿eso qué es?

¿Justo es lo que lo es, o lo que nos conviene?

¿Hay algo por encima de nuestra humana pequeñez que dicte lo que es justo?

¿Acaso es justo que alguien que lucha toda su puñetera vida por un objetivo equis tenga que morirse sin haberlo conseguido? ¿Es justo cualquier resultado o dictamen en el que alguien cuya lucha ha sido digna y sin malicia tenga que salir perdiendo?

Yo puedo llamarme a mí misma justiciera y rebelde; pero ¿acaso lo soy para alguien más necesitado que yo, que parte de un lugar más desventajoso que el mío? ¿Acaso esa persona y yo tendríamos la misma visión de lo que hay que revolucionar, destruir o sustituir, o hasta qué punto es necesario hacerlo?

Son preguntas que lanzo sin esperar respuesta. No espero saber esa respuesta nunca. Puede que el egoísmo que nos es innato como seres humanos prevalezca siempre. Y que, cuando decimos que nosotros sabemos lo que es mejor, simplemente estemos diciendo que sabemos cómo a nosotros nos gustaría que fueran las cosas. Y que, cuando invocamos un bien superior, un interés común, o incluso un orden moral inmanente a la existencia, estemos hablando siempre desde el interés propio puro y duro, cuando peor, o desde la completa ceguera de la conciencia, cuando mejor.

Sin embargo, que estemos ciegos no quiere decir que tengamos que quedarnos sentados en nuestra caverna, disponiendo a nuestro antojo la balanza. Debemos perseverar.

Hubo, según mi fe y mi intuición, un hombre que sí estaba en posesión de la verdad, sabía qué es justo y qué no lo es, y no se andaba con medias tintas; él era el verdadero, el auténtico revolucionario. Ya saben ustedes, amigos, cómo terminó: torturado y muerto en una cruz. Habiendo logrado una revolución en algunas conciencias, pero no habiendo establecido la justicia general. Quizá lo dejó así para que quien quisiera siguiera su misión. Tal vez algún día seamos lo bastante buenos para completarla.

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