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El libro

Un cuaderno lleno de guijarros es lo que te dejo;

un libro con un reloj, una cápsula del tiempo llena de tinta y amor.

Una larga carta que te escribí cuando aún no sabía que existías;

un crucigrama con la mayoría de casillas en blanco todavía,

la senda de Pulgarcito que lleva al corazón,

al corazón de este bosque intrincado,

al corazón de esta manzana enterrada en blancas nieves,

al corazón de mi mente y de mi corazón.

Tú entenderás lo que yo todavía lucho por entender.

Porque eres y serás

alguien más inteligente´que yo

alguien más visionario que yo

alguien más noble que yo

alguien con más capacidad para amar que yo

alguien con más valor que yo

alguien con el coraje que hace falta para internarse en un mapa humano,

o para caminar a tientas y con la fe suficiente para saber que no caerá.

Alguien con menos prisa que yo, con menos miedo que yo,

alguien con más sabiduría que yo, alguien con más tiempo que yo.

(Aunque no alguien más afortunado que yo: ese don sí es para mí.)

Por eso sabrás leer entre líneas, descifrar lo que está transcrito en un idioma que yo no conozco,

porque es un mensaje para ti.

Sabrás desenterrar lo oculto, sabrás moverte por el desván polvoriento,

pisar sin que crujan las tablas y sin matar arañas.

Sabrás aceptar sin juzgar,

sabrás apreciar el aroma de las obsoletas hojas de papel, que en tu era ya no existirán,

calibrarás el peso del tiempo que flota entre las frases,

el peso de la ilusión, de los sueños, de las fantasías,

que entonces serán todas para ti:

el libro de mi vida, con hojas de otoño caídas del árbol

floreciendo en una nueva primavera,

y tú serás el alfarero místico que insuflará vida en las vidas que yo ahora imagino.

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Novelista

En realidad, yo lo que siempre quise es escribir novelas.

De pequeña, es cierto, me inventaba artículos periodísticos y los firmaba con distintos nombres de guerra; nombres que se me figuraban pertenecientes a personas intrépidas, reporteras. Escribí decenas y decenas de artículos. Es cierto.

Pero, antes de eso, cuando era más pequeña aún, escribía relatitos o amagos de relatos. Cualquier cosa que se me ocurría valía para darle a las teclas de la máquina de escribir. Ahí no había edición posible, como no fuera la de la tira de tipp-ex. Y, como mucho, se podía encalar una palabra, no más. O sea, que había que pensarse muy bien lo que se escribía. La otra opción era despilfarrar el papel. Pero formaba parte de la ilusión y del encanto de ser escritora.

Luego se me ocurrió apuntarme a un curso de escritura creativa o de aprender a escribir. Me lo creí todo y aquello me arruinó, como suele pasarles a los chicos y chicas cantantes que pasan por Operación Triunfo. Te tocan la naturalidad y eso es una sentencia de muerte, o casi.

Puedes resucitar, claro; pero no vuelves igual a como eras antes. Pasa como -dicen- a las personas que vuelven de la muerte: no son exactamente iguales a como eran antes. Porque has pasado por la crisis suprema y eso te cambia. Pero quizás, como a ellos, también te enriquece.

La cuestión, sin embargo, es que ya no he podido dedicarme a cultivar aquel sueño mío que, a fuerza de no pensarlo, rumiarlo ni reflexionarlo, formaba parte de mi identidad. A partir de aquel curso, mi escritura ya no era la mía; me la habían robado y la habían sustituido por otra. Me preocupaba demasiado del cómo, del cuándo, del dónde. Me obsesionaba por leer a otros -los buenos, según venían recogidos en el canon- y, a poder ser, parecerme a ellos.

Luego me dio por pensar que tal vez aquello no era lo mío y nunca lo fue. Y entonces, cuando abandoné, me relajé.

Poco a poco empezaron a fluir de nuevo cosas de mi pluma, del teclado. Seguía sin ser igual que antes; no había esa alegría, ahora había más recapacitación, más concentración, más racionalidad. La pluma había adquirido trazas de bisturí. Diseccionaba el lenguaje, las frases; analizaba cada palabra, cada punto; trataba de seguir las recomendaciones establecidas para escribir: hacer croquis, esquemas, hacer resúmenes, tener bien claro lo que vas a decir y cómo decirlo, tener bien claro el mensaje, aspirar a cambiar el mundo, aspirar a descubrir grandes verdades, aspirar a descubrir qué es lo que piensas y sientes acerca de ese tema sobre el que estás escribiendo; esforzarte en construir personajes creíbles; esforzarte en dotarlos de pasado, presente y futuro; esforzarte -con denuedo- en dotarlos de carne y hueso; tomar prestada de la vida real lo suficiente para dar realismo a tu escritura, pero no tanto que aquello se convierta en una crónica periodística, en una descripción de hechos reales o en -¡horror!- una autobiografía.

Luego las palabras se liberaron y comenzaron a formarse en poemas, en párrafos de una única línea, en frases yuxtapuestas o en frases truncadas. Sin aparente hilazón, aunque para mí estaba siempre bien clara. ¿Técnica del flujo de autoconciencia? Pues no sé. ¿Inspiración? Quizás. ¿Esfuerzo? Sí, todavía sí, ahí estaba siempre, el maldito esfuerzo consciente. A mayor esfuerzo, menor diversión. Y yo que pensaba que de eso se había tratado siempre… Pues no; se debía tratar de trabajo, de trascendencia, de profundidad. De semiología, de significado, de transformación. ¡De alquimia!

Luego vino el “blogueo del escritor”, un paso más adelante que el “bloqueo del escritor”. Una salida cómoda y fácil; un camino a medio idem entre el anonimato y la privacidad (el secreto y la vergüenza, el ninguneo y el rechazo) y la gloria de los ojos del mundo y la publicación, aunque sea a escala mínimal. Un compromiso con uno mismo tan sólo; una luz a medias, un sí es, no es. Satisfactorio, sí, pero quizás tanto o tan poco como una comida prefabricada y calentada en el microondas, como tomar café descafeinado. Caliente y vivo, ma non troppo.

Y los poemas. Que no son una elección, sino un modo de ver, más allá de la mirada que uno elija. Salen así y se los quiere sean como sean, como a los hijos. Los poemas son como lanzar un guijarro al agua y mirar la onda que crean. Como ver la luz de la puesta de sol reflejada en las aguas. Sentarse en el muelle y tocar la superficie del lago con la punta de los pies. Sentir que saltas, pero saberte a salvo, sentada sobre la madera. Saber que no te vas a hundir, pero sentir todavía el impulso de nadar hasta ganar la otra orilla. Verla desde lejos y saber que quizá ésta es tu patria, pero añorar aquella tierra que te prometieron hace tanto tiempo.

Yo siempre quise escribir la novela que lo dijera todo, la novela donde poner todo lo que anhelaba crear, los mundos, los personajes; las palabras suyas, que serían también las mías; sus verdades, también las mías; sus mentiras, también las mías, sólo algunas de ellas piadosas. Crear un mundo, un universo, el cosmos entero. Hermoso o feo, pero mío, de mi creación.

 

 

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La magdalena

Hace tiempo ya que sé que jamás seré una novelista reconocida. Ni siquiera una novelista publicada; al menos, no por los cauces que todo escritor habitualmente sueña o imagina cuando se regodea en sus deseos para el futuro con respecto a sí mismo. Llegó un momento -no sé cuándo llegó, pero creo que fue en la parte temprana del intervalo entre la última niñez y la primera adolescencia- en el que sencillamente ese deseo dejó de existir en mí. Claro que -y esto suele pasar muchas veces- no fui consciente de ello hasta más tarde. La cosa fue así: inmediatamente después de aquel momento, empecé a dejar de interesarme tanto por escribir tal como lo hacía entonces (aunque no por escribir en su totalidad; de hecho, empecé a escribir más que nunca, pero ya no era ficción con aspiraciones literarias, sino ficción periodística, por así decir, revelando entonces la sabia inconsciencia lo que acabaría siendo de mí en el futuro en el que ahora vivo); algún tiempo después, creo que empecé a dejar de querer ser novelista; más tarde, pasé por un período de negación/indignación en la que intenté llevar la contraria a aquello que no admite ni hace posible ninguna discusión ni marcha atrás; en la etapa siguiente, comencé a admitirme a mí misma y a verbalizar dentro de mí lo que era cierto, aunque seguía resistiéndome; por fin, acepté las cosas como son. Y luego, esto.

“Esto” es darse cuenta de que, a lo tonto, a lo tonto, he hecho un puñado de cosas que están bastante bien, oiga… peeeeeeero que a lo mejor nunca habría hecho, no habría tenido la oportunidad de hacer, o las ganas, o la preparación, o la ocasión, o la excusa, o la motivación, o no habría conocido a las personas adecuadas con las que hacerlo, si en lo profundo de mi cabeza no hubiera estado aún aquel sueño, aquel empecinamiento, aquella vocación irrazonable, aquel amor imposible que tuve cuando niña: ser escritora.

Ser escritora -o, mejor, novelista de postín- ha sido mi magdalena proustiana, mi McGuffin hitchcockiano, o, en plan más castizo, la zanahoria delante de mis morros. Ese deseo -u obsesión, creo que podemos llamarlo sin equivocarnos ni mentir mucho- me llevó a querer leer más, a querer profundizar más en la escritura, en el aprendizaje, en la lectura, y, lo más importante, en mí misma; a empeñarme en sacarle más punta a todo, en escarbar un poco más hondo, indistintamente de si encontraba al final de la excavación un pedrusco sin valor o un pedazo de  carbón convertido en diamante; a estudiar Periodismo y a buscar trabajo en esa área, después; y a seguir explorando esa veta cuanto pudiera. Y siempre he podido; la veta todavía no se ha agotado, y creo que está lejano ese día aún.

Mi caso es el ejemplo más a mano que tengo y el que mejor conozco, pero lo que quiero decir, al final de todo, es que es maravilloso encontrarme con que, en mi camino de persecución de ese ideal, de esa idea fija que, por otro lado, jamás habría podido hacerse realidad, porque era una idea de perfección; en ese proceso, sin darme casi cuenta, he ido recolectando una serie de tesoros, y he ido, además, dejando yo misma parte de mí, haciendo cosas, mayores o menores, da igual, simplemente creando algo donde antes no había nada; creando con mis manos, con mis ojos, con mi mente; creando con mi intuición; creando porque dejaba partículas de vida de dentro de mí en eso que había fuera; alimentaba el terreno de la vida con lo que yo tenía, y ella me alimentaba a mí; y ahora, que llevo recorrido cada vez más y puedo mirar atrás con cierta holgura y perspectiva, veo que hay tanto hecho, tantísimo, y no me ha costado ningún esfuerzo hacerlo, no ha habido ningún sacrificio, no se me ha arrebatado nada ni he perdido nada, porque lo he hecho todo sin darme cuenta, pensando que era sólo un paso más, pero no; cada uno de esos pasos era El gran paso, cada uno de esos pasos era a la vez el primero y el último, y a la vez el más nimio y el más importante; cada uno de esos productos, de esos frutos silvestres, de esas florecillas del bosque, era muy pequeño, y es invisible para el mundo, pero no para mí, sólo porque sé que podían no haber existido nunca, y no habrían existido si yo no hubiera acertado a pasar por ahí.

Y por eso, aunque dentro de cien años sean sólo un grano de arena en el desierto, y aunque dentro de mil no quede nada del último recuerdo de ellos, ahora sí existen, y hay gente que los ha visto también, y quizá los ha disfrutado, y me ha sonreído al verlos, y yo a ellos, y han aspirado su discreto, pequeño aroma, y han vuelto a sonreír tal vez; o quizá no, quizá ese olor los ha enojado o los ha molestado, pero, aun así, han sentido algo, han estado vivos en ese momento; vivos como el pequeño fruto de mi trabajo; vivos como quien trabajaba en ello sin darse cuenta, yo, porque tenía la mirada fija en otra parte; y ahora veo que esa otra parte no existe, pero es la que me ha ayudado a llegar hasta aquí.

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