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Rey David

Decidme cielos, si es verdad que yo,

yo que no soy nada, que  no soy nadie

soy el amado de su corazón,

que me ama aquel a quien nadie sabe cómo amar.

Él me ama y quiero gritarle que se equivoca,

que no puede ser todopoderoso ni omnisciente,

que no puede ser omnímodo ni imparcial,

que no puede ser supremo ni absolutamente lleno de gloria, saber, verdad y gracia

porque ha elegido amarme a mí.

A mí que no soy nada y sin embargo lo soy todo,

a mí que soy todas las cosas personas seres y criaturas,

a mí cuyo tiempo de vida no significa nada y se reducirá a la nada en el momento en que exhale mi último aliento,

a mí ha elegido vestir de brillantes y ricos ropajes,

a mí ha elegido colmar la copa de néctar y ambrosía,

a mí me ha ofrecido la mesa llena de manjares y regalos,

a mí ha querido defender de todos los enemigos y hostilidades,

a mí ha dado alas para ser libre, y pies para recorrer la alfombra de pétalos de rosa delante de todos los que me quieren mal,

y a mí ha elegido castigar y hacer caminar por brasas encendidas,

por hielos candentes,

por noches eternas,

para obligarme a recordar que sólo él brinda consuelo,

que sólo él es mi hogar.

Dulce penalidad que a él me ha acercado, bendita sea.

Y ahora no me avergüenza mostrar mis arreos y mis alhajas,

para que sepan todos que es a mí a quien ama,

para que yo sepa que hurtarme a la mirada del mundo es ultraje y ofensa a su nombre.

Sí, mundo, escucha, aunque luego haya de callarme para siempre, atiende este segundo:

él me ama, ya nada más necesito, ya solo nosotros bastamos.

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La verdad

Cada vez estoy más cierta de que hay Dios, más segura de su presencia constante en mi vida. No puedo hablar por otros, pienso que cada experiencia de Dios es única e íntima. Pero, según mi experiencia, un atisbo de comprensión de Dios y de reafirmación de la fe en él consiste en experimentar la paradoja que es él. En mi vida, en mi experiencia íntima y personal, Dios se manifiesta en forma de paradoja, en forma de verdad rotunda pero ilógica, pero tan manifiesta, que es más verdad, más potente que cualquier regla lógica.

Una de las citas peor citadas -valga la redundancia- y por tanto más falseadas de la Biblia es aquélla que, según los malcitadores, dice eso tan bonito de “la verdad os hará libres”. En realidad, Jesucristo no dijo eso; dijo “conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. Escamotear la mitad de esa sentencia es tanto como negarla por entero. Ya que la verdad, si no se experimenta, no influye en nuestras vidas en absoluto.

Se pasa uno media vida, o más, creyendo a pies juntillas eso con lo que lo bombardean por todos lados las 24 horas del día: que serás más feliz, o, al menos, vivirás mejor y estarás más a gusto cuanto más tengas, cuanto más joven seas, cuanto más te dediques a ti mismo, cuanto más te cuides, cuanto más puedas gastar en tu propia persona, cuanta más lozanía tengas, cuanto más popular seas (por el motivo que sea) y cuanta mejor salud tengas. Luego, uno puede descubrir – o no- que todo eso es mentira. Cierto: también eso -que todo eso es mentira- nos lo repiten por activa y por pasiva en todo tipo de artículos, libros, charlas y similares dirigidos a descubrirnos los secretos de una vida más feliz. Pero creo que hasta que uno no lo experimenta, no llega a ver todos los matices, no llega a darse cuenta ni a creérselo realmente. Piensa que puede uno simplificar su vida y será más feliz, pero en eso no consiste la verdad, no es ésa la contradicción aparente cuyo secreto palpita escondido en el destino de toda persona (otra cosa es que esa persona, caminando a ciegas como vamos todos, se tope con esa verdad, llegue a distinguir su latido sutil pero inequívoco y pueda quitarse la venda de los ojos).

Lo cierto es que uno puede perder muchas cosas. Puede perder cosas importantísimas para su vida, incluso para su concepto y su visión de sí mismo. Puede uno perder posesiones, me refiero a posesiones no materiales, cuya pérdida es la que más duele y la que más inconcebible nos resulta a priori, que consideraba imprescindibles para su felicidad. Puede uno perder tiempo, juventud, vigor, entusiasmo, facultades, estatus, frescura, fama, amistades, afectos. Puede uno incluso perder salud. Sí, salud, digo bien. Y, habiendo perdido todo eso y, por añadidura y como consecuencia, habiendo perdido en comodidad y bienestar objetivo, salir al otro lado siendo más feliz y dándose cuenta de que no querría cambiarse por quien era antes de todo eso. ¿Cómo se puede entender? No se puede. La lógica no puede abarcar un cambio así. Es una transformación. La lógica jamás puede entender que dejar morir una parte de quien uno ha sido para sí mismo, dejar morir la imagen que uno tenía de sí mismo, laboriosamente construida durante toda una vida desde el momento en que destelló por primera vez en su mente la luz de la razón, puede ser la llave que abra las puertas de una nueva vida, más auténtica, más real, más profunda, más densa, más sabrosa, más sólida.

Toda pérdida conlleva tristeza, y luto. Es necesario guardar luto por aquello que se ha perdido. Una cosa no quita la otra. La tristeza por lo que se ha perdido es real, es una presencia casi personal, corpórea. Una tristeza suave, nada brutal ni violenta, que puede que no te haga llorar y, sin embargo, se instala y se adueña de tu corazón, tomándose su tiempo para señorear en él. Un día te miras en el espejo, lees cosas que escribiste hace años, pasas revista a algunos recuerdos y quizá te reconozcas, sí, pero como a un amigo muy querido, casi un hermano, que se acaba de ir. Alguien a quien conociste de dentro afuera, como la palma de tu mano, como si hubiera sido tu otro yo. Porque era tu otro yo. Era tu yo, pero era también otro; no era tú. Lo dejas partir, elaboras el duelo necesario por él. Entonces esa dulce tristeza puede empezar a disiparse y, aunque adivines que no se va a ir nunca del todo, ya puedes vivir con ella, ya no te molesta ni te impide ser feliz. No; la pérdida nunca nos hace felices por sí misma.

Pero sí la superación de ella. Puedes un día darte cuenta de que te has enamorado de este que ahora eres. Aun con tus roturas, tus pliegues, tu sorda melancolía, tu nuevo ritmo, tus evocaciones. Eres el gran amor que siempre anhelaste. Eres tú. Por fin te has convertido en aquel que naciste para ser. Por fin te has convertido en ti mismo.

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Justin

Puedes observar cómo la divinidad fulmina con sus rayos a los seres que sobresalen demasiado, sin permitir que se jacten de su condición; en cambio, los pequeños no despiertan sus iras. Puedes observar también cómo siempre lanza sus dardos desde el cielo contra los mayores edificios y los árboles más altos, pues la divinidad tiende a abatir todo lo que descuella en demasía.

Heródoto, Historia VIII.10

La justicia es cosa de peso. Por eso se la representa con una romana en la mano. Por eso. No porque ella establezca o reestablezca el equilibrio, impartiendo justicia, no; sino porque siempre va a ganar el pez más gordo. Y para decidir cuál es el pez más gordo, necesitamos una romana. Clarísimo.

El pez gordo impone su ley, y, al hacerlo, muchas veces es él quien restablece el orden y asegura el imperio de la justicia, ese imperio asaltado, atacado por golpe de estado (o de imperio), desmandado, asediado por algún bárbaro con exceso de hubris (o hybris). Esto puede parecernos bien o mal, pero tengamos en cuenta lo siguiente: el pez chico fue antes a su vez pez gordo que impuso su propia ley sobre otro, y el pez gordo de esta ocasión será el chico para otro pez futuro. Dicho de otra manera: en realidad, no hay desequilibrio ni desmán ninguno más que de forma pasajera y, por tanto, ilusoria. Existe un equilibrio total, sólo que diacrónico; como sucede en distintos tiempos, nosotros, con nuestra existencia tan relativamente breve, no siempre alcanzamos a verlo, salvo en contadas ocasiones en que sí sucede que vemos cómo un desequilibrio que clama a los Cielos se corrige notoriamente. Es lo que en román paladino llamamos ver que alguien se lleva su merecido.

Y por eso, el héroe de la semana e incluso del mes puede muy bien ser Justin.

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Justin, oh, Justin. Conozco poco tu música (no voy a cometer la mentecatez de decir que es basura, o que no la escucho nunca porque es basura; he oído y me gustan las versiones que has hecho o te han hecho Skrillex y Usher) y a ti no te conozco de nada, pero has puesto en su sitio a varia gente que quizá lo necesitaba, y eso me gusta. No has hecho nada deliberado, no lo creo; simplemente, has sido tú mismo. Porque podías serlo. Eres una megaestrella, y ser una megaestrella le da a uno automáticamente patente de corso para… en fin, para todo. Siguiendo con Justin, es de admirar su total franqueza. Hace lo que quiere, pero no se le nota ninguna impostura. Es exactamente igual que cualquier otro veinteañero. ¿No es eso lo que pide la gente? Sinceridad, autenticidad. Be yourself. ¡Pues helo ahí! Le llueven las críticas, pero a él le da igual. Es una megaestrella. Quien quiera pisarle se va a estrellar. O va a quedar abrasado por su luz de fuego. Es lo que hay.

Justin, Justin. Hoy te has convertido en tu nombre. Has encarnado tu nombre a la perfección. Mejor que cualquier letra de cualquiera de tus canciones. Mejor, incluso, tal vez, que la señora de los ojos vendados con la romana en la mano. Te has sentado en tu platillo y has ganado por KO. Pero no has desbaratado nada; simplemente, has restaurado el equilibrio que se había perdido.

Justin, no sólo has dado cuerpo y notoriedad a un concepto tan carca y tan pasado de moda como la justicia; también te has convertido en un arquetipo. Dentro de muchos, muchísimos años, se hablará aún de Justin y de cómo le bastó ser él mismo para impartir cierta clase de justicia; una justicia poco espectacular y bastante jocosa, pero justicia al fin y al cabo. Bueno, dejémoslo en correctivo; son juegos de palabras, una opción como otra cualquiera; las palabras son inocentes, se puede llamar como uno prefiera. Porque el sistema es simplicísimo. Uno puede elegir libremente -Dios nos dotó de libre albedrío por una razón; por la razón, mejor dicho y para ser justos- cómo se comporta en cada ocasión, qué actitud adopta, qué papel quiere interpretar en el teatro de la vida, cómo trata a aquellos que no pueden hacer nada por él (ni contra él); pero debe estar preparado para apechugar con las consecuencias. El tiempo pone cada cosa -y a cada persona- en su sitio. Y el destino se cumple, ya se llame Justin, tribunal de Estrasburgo, mordisco en el culo o el consabido quien mal anda, mal acaba. Un destino que nos está marcado desde que somos un garabato en el cuaderno que Dios se lleva siempre en el bolsillo de sus vaqueros, para cuando se le ocurre alguna nueva idea.

Sí, claro que hay desequilibrios que no se corrigen. Hay peces gordos que se sitúan al final de la cadena alimentaria. O eso pensamos. Que todo lo que han hecho les ha salido gratis al final. Eso es lo que parece, la apariencia que da. Pura apariencia. Dios nos espera tras el telón, entre bambalinas, para encargarse de corregir también eso. Él es el gran arquitecto, el director, pero también es el gran corrector y el equilibrador supremo. Él tira de los hilos; no podemos ver cómo lo hace, pero sí podemos ver los hilos moviéndose, y podemos intuir cuáles han sido los desplazamientos exactos desde el otro lado, desde arriba del escenario. Sus dedos se mueven en la sombra, pero arrojan luz. En forma de justicia divina o de justicia poética. O de Justin, sencillamente.

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“Desde ahora empezaría el paraíso…”

“Mámaschka, sangrecita mía, ¿es verdad que todos, ante todos, por todos somos culpables? No saben las criaturas eso… que, si lo supiesen… desde ahora empezaría el paraíso. ¡Señor! Pero ¿es que no es verdad? -lloro yo y pienso-. Verdaderamente, yo, por todos, puede que sea más que todos culpable y peor que todas las criaturas del mundo.” (…) “Afanasii -le digo-, anoche te pegué dos bofetadas en la cara. ¡Perdóname!”, le digo. Él dio un respingo, como asustado; se me quedó mirando, fijo… y veo yo que aquello era poco, poco, sí, y de repente, con mis charreteras y todo, voy y le hago una reverencia hasta tocar el suelo con la frente: “¡Perdóname!”, le digo. Entonces ya acabó él de desconcertarse. “¡Excelencia, padrecito, señor!, ¿cómo usted… es que me merezco yo eso?” Y rompió a llorar; él también, de pronto, exactamente lo mismo que yo antes, y con las palmas de las manos, se cubrió la cara, fuese a la ventana, y todo él temblaba, sacudido por el llanto; en tanto, yo corrí a reunirme con mi compañero, monté en el coche al vuelo, y “arrea”, grité. “¿Has visto -le grité- a un vencedor? Pues delante de ti le tienes.”

Los hermanos Karamazov

Fiodor Dostoyevski

El aforismo olvida una parte esencial: errar es humano y perdonar, divino, pero perdonar es el pináculo de la proporción de divinidad que Dios puso en el hombre.

Perdonar es una herramienta divina al alcance de cualquier hombre. Y esparce su divinidad por partida doble y en doble sentido: acerca a Dios a quien lo otorga y también -el gran olvidado del aforismo- a quien lo pide. En sólo ese sencillo gesto -pedir perdón, dar perdón- nos elevamos un poco más.

Pedir perdón es casi más divino que darlo, porque al hacerlo, disminuye forzosamente en cierta medida nuestro ego, es decir, nuestra soberbia. Por un momento, contravenimos el instinto más fuerte -el de supervivencia, que nos empuja a darnos siempre la razón a nosotros mismos, por temor a que nuestra dignidad sufra algún daño- y nos olvidamos de nosotros mismos, recriminándonos algo que hemos hecho mal, o lamentándonos de haber obrado mal. Incluso hay más: nunca como en la petición de perdón hay gran empatía con la persona dañada.

Pedir perdón es como encontrarse con ese alguien en el punto central mismo de un puente. Ni siquiera importa que el ofendido nos perdone. Si no quiere hacerlo, siempre le quedará esa mitad del camino por recorrer. El hecho importante y vital es que uno mismo haya hecho su propio recorrido.

Los hermanos Karamazov, de Dostoyevski, es un canto maravilloso a la fuerza del perdón. Dostoyevski retrata lo hermoso y lo feo, lo más hermoso y lo más feo, pero su genialidad indiscutible y única consiste en que sabe hacerlo de forma simultánea, casi en un mismo trazo. Así es la experiencia humana. Su obra susodicha habla del perdón como gran rasgo divino del hombre, capaz de borrar todo lo malo, incluso lo peor, de la cuenta de su vida.

Y en realidad, así es. Dostoyevski también habla de la libertad, y el perdón es a la libertad -auténtica- lo que la puerta es al umbral: si no hubiera una, no habría el otro. El perdón libera: pedirlo y darlo: de distinta manera liberan, pero los dos liberan.

Aunque uno pida perdón, el daño hecho no se puede reparar; ni siquiera Dios quiere -porque puede, debemos creerlo, ya que Él todo lo puede- borrarlo. Quedará el recuerdo, cuando mejor; el recuerdo de la relación que nos unía a la otra persona y que queda, casi siempre, rota, en función de la gravedad del error o de la falta que se han cometido.

Sin embargo, cuando uno pide perdón -siempre y cuando lo haga con total sinceridad-, puede perdonarse a sí mismo y puede empezar a ser alguien nuevo; en realidad, es ya alguien nuevo, sólo por el hecho de haberse perdonado (pero sólo si se ha perdonado de corazón y por completo).

Junto con esa absolución a uno mismo va, como si fuera una misma cosa y sólo una, el propósito de enmienda. Y puede suceder que se vuelva a cometer el mismo error. Pues entonces, habrá de volver a exigirse a sí mismo el perdón; pedirlo y dárselo a sí mismo. Tantas veces como haga falta. Porque el verdadero ofendido es uno mismo; pues incurrir en el mismo error daña el orgullo y la estima inocente que uno se tiene a sí mismo.

Si la relación perdida se convierte en la consabida vasija rota que, aunque con pedazos pegados, no es la misma vasija más, sino una vasija rota y recompuesta, entonces deberemos perdonarnos el haberla roto, y aprender a vivir con ello y creer en el hecho cierto de que también eso estaba en nuestro destino.

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Hay un ancianito de encorvada figura,

hombre viejo que cultiva un campo de trigo.

Todos los días se levanta por la mañana, muy temprano, para cultivar su campo de trigo.

Vive en una cabaña, lejos de todo, en medio de nada,

delante de un campo de trigo que él cultiva.

Día tras día, bajo el sol o la lluvia,

el hombre se levanta, muy temprano, para cultivar su campo de trigo.

Y a veces el tiempo le es propicio, y a veces, no.

Este anciano se sienta luego, cada anochecer, en una silla delante de su casa,

y, mientras sorbe el té caliente, contempla cómo se pone el sol.

No tiene perro, no tiene amigos, no tiene nada

más que esa cabaña y ese campo de trigo, y sus herramientas de trabajo,

y el sol, la lluvia, el cielo sobre su cabeza, la tierra bajo sus pies,

y el dolor en los huesos, la sequedad de la carne, el agotamiento del cuerpo y de los órganos

y de los ojos y de la espalda

cuando se acuesta y se va a dormir.

Pero por la noche, este hombre pequeño y callado

cría alas en la espalda, y se yergue, y sostiene

una espada flameante  en la mano, que ya es inmune al dolor y al tiempo,

y así, sólo él puede

matar al monstruo

matar al monstruo

matar al monstruo,

y es el único que puede

mover esa roca negra

mover esa roca negra

mover esa roca negra,

y es el único que puede

barrer la marea pútrida

barrer la marea pútrida

barrer la marea pútrida,

y es el único que puede

limpiar el mundo y limpiar mi corazón.

Este hombre que, otra vez, por la mañana

acabada la batalla (por ahora) contra los monstruos

(pues siempre hay más),

se levanta, y rastrilla los restos de tallos resecos de los cereales que produce la mente,

y recoge las cáscaras de los frutos que produce el alma,

y todo ello pulverizado y maloliente, él lo quema y purifica

y luego contempla el sol y el mundo

una vez más, hasta mañana.

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Atrévete a dar gracias

Quejarse no tiene nada que ver con protestar. Protestar es una acción positiva, porque se centra en el cambio, lo enfoca y lo busca; quejarnos, por el contrario, es una muestra de autoconmiseración y de puerilidad con el cual sólo pretendemos quedarnos quietecitos, revolcándonos en el barro de nuestro negativismo y secretamente sentirnos bien por ello, pues, al quejarnos, intentamos convertirnos en el centro de atención. En realidad, cuando nos quejamos, no estamos buscando soluciones, ni siquiera un sano desahogo para remangarnos, apretar los dientes y seguir adelante. Por eso, la queja es como un gas paralizante que nos retrotrae a cuando éramos pequeños y no teníamos otra forma de pedir ayuda. Una vez somos adultos hechos, derechos y responsables de su vida y sus actos, la quejosidad debería causarnos tanto sonrojo como cualquier otro comportamiento infantil.

Pero la protesta tampoco es la única arma de la que disponemos para cambiar las cosas y sacudir las conciencias -empezando por la nuestra, porque la inercia de toda una vida con el piloto automático puede ser muy fuerte y porque sólo somos humanos, eternamente falibles y llenos de vicios y defectos.

La gratitud es un modo de estar muy saludable, y profundamente revolucionario. Claro está, no me refiero a pronunciar fórmulas sociales de agradecimiento que cualquiera puede repetir como un lorito. Me refiero a que deberíamos adquirir la costumbre de mostrar gratitud sincera más a menudo y, seguramente, como modo de comportarnos, como forma de ser. Gratitud ¿a quién? Mi respuesta es “a Dios”, pero quien no tenga esa fe puede dar gracias a la vida (que es lo mismo que Dios).

La gratitud es revolucionaria porque, para empezar, nos impide caer en la tentación de la autocompasión plañidera y totalmente inútil: el agradecimiento y la quejosidad no pueden darse al mismo tiempo. Si das las gracias, no te puedes estar quejando y lamentándote de ti mismo, y viceversa. Por tanto, la gratitud es salvadora.

Después, al dar gracias por lo que somos, tenemos, por lo que nos dan, nos centramos en lo afortunados que somos, en todo lo bueno y lo hermoso que nos rodea. El mundo sigue siendo tan injusto como antes, pero la vida nunca es injusta; estamos en ella y, por alguna razón, estamos vivos. Eso quiere decir que podemos seguir trabajando para barrer las injusticias de nuestro alrededor y de nuestros propios hábitos. Al dar gracias, enfocamos nuestra mirada en la vida (lo natural) en lugar de en el mundo (lo construido). Tenemos la oportunidad de recobrar la consciencia de estar aquí y ahora, de disponer de unas facultades y de unos recursos, sean los que sean, para mejorar nosotros mismos y ayudar a transformar el mundo. Quizá empezando por reconocer y apreciar lo que somos y tenemos podemos dar otro paso, en algún momento, y ser más generosos, ser más humanos, estar más abiertos y más atentos, querer aprender de los demás. Estar agradecido a la vida es simplemente tener una actitud positiva. Y, como sabemos que la vida es un valle de lágrimas y nunca faltan los malos tiempos, el agradecimiento apuntala nuestra fortaleza interior.

Las personas que más admiración suscitan son precisamente las que dan ejemplo de agradecimiento aun en las circunstancias más adversas. Se me ocurre el ejemplo de Nick Vujicic, un joven que nació desprovisto de las cuatro extremidades. Éste es su sitio de Internet y aquí está el de su organización, Life without Limbs (vivir sin extremidades). Hay muchísimos artículos y vídeos sobre Nick en Internet; éste fue el primero que vi yo y a través del cual supe de este hombre increíble. Tras haber pasado por la desesperación y tras haber tenido deseos de suicidarse, hoy en día es una inspiración para miles de personas.

Lo mejor de todo es que Nick Vujicic es sólo un caso, pero no es el único: hay muchas personas que nos enseñan que el agradecimiento siempre es posible.

Con los primeros rayos de luz oigo cantar a los pájaros
Es una señal que Él me da de que todo va a ir bien
A veces, cuando me despierto, me pregunto
Cómo sería mi vida si no cantase.
De vez en cuando me agobio un poco
Pero los problemas vienen y van cuando estoy cerca de Él
Me bendice por la mañana
Me bendice por la tarde
Y, una vez más, me doy cuenta de por qué canto.

Bendecida, fui bendecida.

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