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El deporte es malo para la salud

La organización de la Behobia – San Sebastián confirmó las malas noticias que saltaron pasadas las 11.30 horas de la mañana del domingo, cuando un corredor sufrió un desvanecimiento y una parada cardiorrespiratoria nada más concluir los 20 kilómetros de la prueba.

La fiesta popular de la Behobia-San Sebastián se tiñó de luto hace dos años con la muerte de una joven atleta navarra. Arantza Ezquerro Lecumberri, natural de Zizur Mayor y residente en París, de 30 años, se desvaneció a la altura del kilómetro 19, cerca del Palacio Kursaal de la capital guipuzcoana. A pesar de que el personal sanitario de la prueba le atendió con rapidez, no se pudo hacer nada por salvar su vida.

No era la primera vez que la Behobia San Sebastián se teñía de luto. De hecho, tres años antes el corredor vizcaíno César E.B. murió en la zona del Kursaal.

El anterior fallecimiento se produjo en la edición de 2002, cuando el joven de Ventas de Irun y jugador del Hondarribia Fútbol Elkartea de la categoría Prefente Asier Torrente murió a pocos metros de la meta a consecuencia de un paro cardíaco.

Dos años antes, en la carrera celebrada en 2000, la desgracia se cebó con la organización puesto que uno de sus voluntarios falleció también de un ataque al corazón, el joven Kintxo Urreisti, que estaba colaborando en la zona de meta.

(Fuente: El Diario Vasco).

El triatleta francés Laurent Vidal, quinto en los Juegos Olímpicos de Londres de 2012, murió de un paro cardíaco la pasada noche en su domicilio de Gigean, cerca de Montpellier (sur), un año después de sufrir una arritmia que le produjo un coma y le apartó de la competición. El periódico ‘Le Midi Libre’ explicó en su página web que los servicios de urgencia que acudieron a su casa del sur de Francia no pudieron hacer nada para reanimar a Laurent Vidal, que tenía 31 años.

En abril de 2014, durante un entrenamiento en una piscina de Sète, sufrió una arritmia cardíaca que le llevó al coma. Él mismo contó que ese día había estado haciendo dos horas y media de bicicleta y que después de la piscina tenía programada una sesión de carrera.

Fuente:  http://www.elconfidencial.com/deportes/atletismo/2015-11-10/fallece-laurent-vidal-londres-2012-triatlon_1091073/

Un  futbolista australiano de la Liga Essendon District murió este sábado tras sufrir un infarto durante un partido en un suburbio de Melbourne, informó ‘Herald Sun‘.

El capitán de reserva del Northern Saints, Mohamed Alí Jamil Allouche, de 21 años, marcó un gol e iba a celebrarlo cuando se desplomó en los brazos de un compañero.

Fuente: https://actualidad.rt.com/ultima_hora/176276-joven-futbolista-australiano-morir-infarto-gol

Cristian Gómez, futbolista de tan solo 27 años del Atlético Paraná, falleció el pasado domingo  tras caerse desplomado durante el partido que el conjunto argentino disputaba contra Boca Unidos. Según confirmó la Dirección del Hospital Escuela de Corrientes a Clarín, el jugador falleció tras haber sufrido una parada cardiorrespiratoria durante el choque de la Nacional B.

http://noticias.lainformacion.com/deporte/futbol/muere-un-futbolista-argentino-tras-desplomarse-durante-un-partido_2MFC7kvQRF5ZxIOKNSZCk/

Cientos de miles de individuos de ambos sexos y de todas las edades corren decididos en pos de un accidente cardiovascular o, cuando menos, de un empeoramiento significativo y prematuro de su estado físico y de salud general.

Corren disputándose el liderazgo, corren sin saber que su destino real es ése.

Ellos lo ignoran todo. Van en pos de otra cosa: de la mejor foto de Instagram, de la mayor cantidad de “megusta”s de Facebook, de las flores virtuales y reales, de sentirse superiores a los demás, aunque sólo sea por un día. Quieren reivindicarse, demostrarse a sí mismos que también ellos pueden dejar su huella en el mundo.

O quizá es otra cosa. Tal vez a ellos les han imbuido la idea de que ese exceso es sano. Cuanto más sudes, mejor; cuanto más te duela, mejor; cuanto más te falte la respiración, mejor. Hay que darle caña al cuerpo; si no, no estás mejorando, no te estás currando la salud y la perfecta integridad psicosomática. ¿Quieres llegar fibroso, sano y joven a los 60, 80 años? ¿Quieres llegar a los 100 años, llegar a secas, como sea? Pues deslómate, déjate la piel (literalmente), déjate el alma (también literalmente, aunque tú no lo sepas), sé un hombre (o mujer) de verdad.

Demuéstrales que tú puedes, que contamos contigo pero que participar no es lo que cuenta. Lo que cuenta es ganar. Ganar a lo que sea -llegar primero de todos, llegar primero de tu grupo de amigos, llegar en menos tiempo de lo que llegaste el año pasado, sacar la mejor foto, terminar sin comer, sin beber, sin respirar, terminar sin aire, terminar…- pero ganar. La cuestión es ser, también tú, un número uno.

Y quien dice correr dice jugar a cualquier otro deporte.

Fijémonos en que el verbo es jugar. Algo lúdico. Pero, hoy en día, hasta en sus categorías más ínfimas, en las que se supone que nadie gana realmente nada que no sea la honrilla, la gente salta al terreno de juego como si saltara a un campo de batalla.

En muchas ocasiones, el daño ya está hecho. Personas jóvenes llevan acumulado tanto machaqueo a sus pobres cuerpos y corazones, que mueren en un segundo.

Se habla mucho más del cáncer, pero el infarto es el enemigo que nunca da señales de aviso, es la muerte silenciosa y súbita. Ante él no hay tratamiento posible, y -no nos engañemos- tampoco hay prevención posible a base de dietas ni estilo de vida saludable. Bueno, sí hay una prevención: practicar deporte con cabeza.

Porque el deporte, dicho sea de una vez, es malísimo para la salud. El deporte practicado como disputa, como ejercicio para el afán de superación -eso que nos han inculcado que es buenísimo- sólo puede ser malo. Porque cada uno es como es, con sus limitaciones, ya sean innatas o adquiridas por la edad, que nos va erosionando en todas nuestras capacidades naturales y nos va -nos debería- ir puliendo en todas aquellas que son y pueden ser aprendidas; nadie debería dejarse convencer para competir contra los demás, no digamos ya contra sí mismo. Es una aberración y es, además, un sinsentido sin lógica alguna. ¿Cómo va nadie a superarse a sí mismo? Es imposible y una falacia. Pero, lamentablemente, alrededor de esos estúpidos axiomas absurdos está montada una industria que crece. Una industria que vende productos alimenticios, suplementos dietéticos, ropa deportiva y accesorios cada vez más sofisticados y caros, dorsales, derechos de participación, cuotas de federación, viajes a lugares donde se disputan pruebas, etc.

¡Abramos los ojos! Personas jóvenes están cayendo como moscas. Y lo peor es que lo estamos asumiendo como si fuera algo natural, un peaje que hay que pagar. Gajes del oficio, vaya.

El deporte sólo es bueno cuando, como todo lo demás, se practica desde el respeto hacia uno mismo. Caminar, nadar, jugar al fútbol o a cualquier otra disciplina, deportes en solitario o en equipo, sí, pero escuchando al cuerpo y con la intención de pasarlo bien y de disfrutar del propio cuerpo, de la actividad, de sentirse en movimiento, de habitar un cuerpo, de estirar los músculos, de mover el corazón a la par que las piernas. Fuera de ahí, todo lo que implique extralimitarse es un abuso a uno mismo, es un maltrato a uno mismo y es un boleto para una lotería macabra.

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Justicia antideportiva

De que los señores y señoras que han condenado a Alberto Contador sin pruebas que demostraran su culpa, le han quitado por toda la cara los títulos ganados en el plazo de tiempo al que afecta la sanción (y se los han dado a otros corredores se supone más de su agrado, por sus orígenes o porque sí, como alguno que otro que llevaba tiempo aspirando al Tour, sin conseguirlo) y han manchado su imagen y su honor sin despeinarse se la tenían jurada desde hace tiempo no me cabe ninguna duda. Y no me hace falta ser muy aficionada al ciclismo en particular (lo soy lo justo) ni a la competición deportiva en general (no lo soy nada) para saber que entran en juego intereses que nada tienen que ver con la sana competitividad, el aspecto lúdico-festivo, el mens sana in corpore sano y demás tonterías de ese jaez. Entran en juego intereses nacionales, económicos, y probablemente también otros cuantos inconfesos que tienen más que ver con nuestra naturaleza humana que con nuestra cualificación, la altura de nuestra responsabilidad o cualquier otro accidente mundano.

La única cosa que hasta ahora veo de positivo a todo este penoso tema es que -consuelo de tontos- no sólo aquí padecemos una administración de justicia lenta, parcial, descaradamente movida por intereses espurios y que pasa como una apisonadora por encima de quien sea y lo que sea, sin importar si mancilla honores que luego nunca se van a poder limpiar del todo (“calumnia, que algo queda”, nos recuerdan los sabios). Se ve que es un fenómeno bastante universal.

Administraciones de justicia que no responden a la justicia ordinaria -o sea, que tienen su propia ley, sus propios jueces y su propio código moral-, con lo cual se sitúan no sólo en un plano paralelo, sino por encima de aquélla. Sistemas de legislación y de actuación que recuerdan a los sistemas medievales: no se respeta la presunción de inocencia, ni la necesidad de demostrar la culpa del acusado más allá de toda duda razonable. En este caso, al acusado le han pedido que ofrezca pruebas de que no cometió deliberadamente la acción punible. Como no ha podido, porque la prueba que él aducía ya no existe, se ha dado por hecho que se cometió esa ilicitud. Y todo eso, aun admitiendo que la cantidad de sustancia ilícita era insuficiente para producir el rendimiento suficiente.

Lo más grave es el hecho de que existan tales sistemas aislados e intocables, que se guían por principios que ya debían haber sido borrados del mapa. ¿Es que no hemos aprendido nada? ¿Por qué no se generalizan a todos los ámbitos los principios o los aprendizajes tenidos por mejores? De no hacerlo, ¿no estamos admitiendo implícitamente que ese sistema es inferior? Entonces, ¿por qué seguimos manteniéndolo? Es una lógica circular sin fin.

Otro debate es el de que permitamos la existencia de un deporte-espectáculo en el que se dé por hecho el uso muy extendido de drogas entre los deportistas como cuasi necesidad para que ese espectáculo sea posible. Algo que parece largamente aceptado y que, si bien por un lado se persigue y se condena, por el otro, de alguna forma, se alienta o, cuando menos, se tolera.

La pregunta es cómo podemos permitir que funcione una industria así de hipócrita. Será porque el espectáculo gusta, y porque todo lo que es un fenómeno de masas mueve muchísimo dinero. Ahí está el quid.

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