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Cumpleaños

Lo confieso: me aterra cumplir años. O, más bien, me aterra el día de mi cumpleaños. Espero su advenimiento como quien espera el día de la cita con el dentista: algo ineludible que tengo que pasar. Me alegran muchísimo las felicitaciones de la gente, tanto las más sinceras como las que se hacen por etiqueta o por compromiso; también la persona que nos felicita por compromiso hace un pequeño esfuerzo, se toma un trabajo y un tiempo, y yo lo agradezco. Aparte de eso, y del mero hecho de haber (sobre)vivido otro año (que no es poco), lo que más espero de mi cumpleaños es el día siguiente.

Me sorprendo a mí misma con este sentimiento, pues siempre ha sido así, y nunca he sabido exactamente qué es lo que me provoca esa melancolía. ¿Cumplir años, envejecer? Frío, frío; o, al menos, bastante tibio. En un sentido biológico, no; ese proceso me gusta o me deja de gustar tanto como a la mayoría de la gente, e incluso, cuando era más joven, me asustaba más; ahora ya no. Tras pensar en ello, creo que lo que me agobia es el simbolismo que encierra el cumpleaños: el número que cambia, los 12 meses que han transcurrido, el paso más que se ha dado (aunque, realmente, no se pueda contabilizar así -es el día a día, el momento a momento lo que nos hace avanzar, ¿no?)… las presuntas oportunidades que presuntamente se agotan… Caliente, caliente; por ahí vamos bien.

Hablo de memoria, pero creo que fue en una historia del escritor Juan Bonilla (pido disculpas si me equivoco) donde leí algo que me quedó grabado. Decía algo así como que, cuando uno es muy, muy joven, puede soñar lo que sea sin que nada de ello suene inverosímil: puede decir que va a ser astronauta, por poner el típico ejemplo de cosa aparentemente inalcanzable; o que será un astro mundial del fútbol; o el presidente de Estados Unidos… cosas así. A medida que va creciendo, sin embargo, su capacidad de imaginar con visos de realidad se va limitando, no por sí mismo, sino porque el mundo es como es: lo que antes sonaba casi, casi como proyecto se va convirtiendo en chiste y, poco a poco, en tontería. Llegado el momento, se guardará mucho de hablar de esos sueños, y los abandonará: ya no se cumplirán.

Lo que sucede es que la mayoría de esos sueños o proyectos se convierten por sí mismos en irrealizables. Pero pienso que los que pueden dolernos son aquellos que, aunque posibles, tienen fecha de caducidad: viajar a muchos países, escribir una novela, tener cinco hijos o cuantos sean, montar nuestra propia empresa… esas cosas.

Si buceamos más, nos encontramos con que todos esos proyectos, y todos los que engendramos a lo largo de la vida, tienen seguramente el mismo objetivo: encontrar la felicidad o, al menos, cierto tipo de felicidad, la que se deriva de los logros personales, esa satisfacción íntima y producible sólo de forma individual, para nosotros mismos. Lógicamente, según avanzamos en la vida, las oportunidades para emprender o cumplir proyectos se van agotando o limitando.

Supongo que a todo lo dicho subyace el miedo al futuro y el miedo a lo desconocido, que probablemente sean, en el fondo, la misma cosa. El apremio por triunfar en la vida -no hablo del triunfo medido en términos sociales o materiales-, lo acuciante del reloj cuyas manecillas no paran de avanzar; el deseo, tan antiguo como el ser humano, de detener el tiempo, de tener un sinfín de esas oportunidades; en suma, de nunca tener que descartar opciones, porque, si el tiempo es ilimitado, ¿dónde está la obligación de elegir, dónde está la irreversibilidad de nuestras decisiones?

En fin; otra vez estoy sobreanalizando las cosas, overthinking, que dicen los norteamericanos. No he llegado a ninguna conclusión que no tuviera antes, pero quizá está bien ponerlo todo por escrito.

Feliz día 🙂

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Decidir sin pensar

Aquí está mi secreto. Es muy simple: sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

-“El Principito” –Antoine de Saint Exupéry

Lo que tenga que hacerse se hará en el momento justo. No te preocupes.

Permanece en tu corazón y deja que lo divino se ocupe de tus actos.

Ramana Maharshi

-¡Qué preciosos son los vestidos nuevos del Emperador! ¡Qué magnífica cola! ¡Qué hermoso es todo!

Nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que nada veía, para no ser tenido por incapaz en su cargo o por estúpido. Ningún traje del Monarca había tenido tanto éxito como aquél.

-¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño.

-¡Dios bendito, escuchen la voz de la inocencia! -dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.

-¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!

-¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero.

“El traje nuevo del emperador”

Hans Christian Andersen

Crecemos, todos, en un sistema establecido en el que se nos educa para escuchar y para hacer caso de lo que nos dicen. Desde muy pequeños, aprendemos a cubrir la desnudez de nuestra inocencia primigenia con las hojas de parra de la educación, entendida ésta como sistema de valores construido por la sociedad de que se trate. La inocencia es vista como la veían en los tiempos del Antiguo Testamento: como algo vergonzoso y hasta pecaminoso -u ofensivo, según la creencia de cada cual.

Al educar al niño, seguramente le enseñamos muchas cosas que le serán muy útiles, pero, al mismo tiempo, al desbrozar ese terreno virgen, arrancamos flores preciosas, divinas, que ya no volverán a brotar con la misma espontaneidad, el mismo aroma sencillo y sagrado… nunca más. Educar es también destruir: avasallar la inocencia y, con ella, la conexión espontánea con la intuición, con la sabiduría del ser humano, con la desnudez del corazón que identifica claramente y sin titubeos la verdad, aunque esté envuelta en los aparatosos ropajes de la mentira y de la falsedad. A cambio de la cultura, de la simbiosis con la sociedad en la que crecemos, de la preparación académica, entregamos nuestro tesoro más valioso, y no nos damos cuenta de nada.

Seguimos sin darnos cuenta, mucho más tarde, de que ese tesoro nos falta, pero, sin lugar a dudas, algo sí echamos a faltar: porque nos han engañado ya unas cuantas veces; porque nos han traicionado; porque nos han roto el corazón, por haber creído en quienes no lo merecían; porque nos hemos equivocado al no saber calibrar bien situaciones, personas, decisiones; porque, en suma, no teníamos brújula interior. Y por eso, de adultos, intentamos aprender, enseñarnos a nosotros mismos a hacer las cosas bien, a ser listos, a estar preparados, a verlas venir de lejos, a desenmascarar a la gente falsa; nos entrenamos y aprendemos técnicas, o bien, simplemente, optamos por adiestrar nuestro cerebro, haciéndonos más lentos en nuestra toma de decisiones; a pensar bien las cosas, decimos; a pedir consejo y a escuchar a quienes nos rodean; a dejarnos guiar por quienes saben más, o, incluso, simplemente, por quienes son más, porque, si todo el mundo dice una cosa o piensa de una manera y nosotros de otra, será que estamos equivocados, ¿no? Y si en el pasado nos hemos tropezado tantas veces en situaciones parecidas, será que en lo sucesivo deberemos evitar esas situaciones, o bien a actuar como personas adultas, sensatas, racionales, reflexivas… ¿no?

Pues no, si esas actuaciones no son las que nos nacen de nuestra sabiduría profunda, del saber de la inocencia. Podemos enfrentarnos una y otra vez a situaciones muy parecidas y actuar en todas de la misma forma, pero eso no quiere decir que en todas obtengamos resultados análogos. Mi experiencia me ha enseñado que es posible tomar decisiones muy parecidas, pero que sólo acertaremos cuando la decisión esté en consonancia con lo que sentimos en lo más profundo de nosotros mismos; cuando sea algo que no necesitemos pensar, cuando no nos haga falta consultarlo con la almohada, pedir opiniones a otras personas, pensarlo con calma… en fin, ninguno de esos procesos convencionales -y todos ellos erróneos, a mi modo de ver- de toma de decisiones.

A los niños no los veremos nunca reflexionando mucho antes de decidir si quieren A o B. Saben inmediatamente lo que quieren. Y precisamente, lo saben con tanta seguridad y confianza en sí mismos porque no lo piensan. Apagan el cerebro y actúan. Es tan simple como eso. Al crecer, parafraseando a “La Bola de Cristal“, nos desenseñan a desaprender cómo se deshace eso, y los resultados son de todos conocidos: inseguridad, cacaos y pajas mentales, pérdidas ingentes de tiempo, arrepentimientos, preocupación, sentimiento de culpa… Nada de eso es necesario, sino más bien muy innecesario y sumamente perjudicial; tóxico, lesivo, acortador de vidas y chupador de sangre y de ganas de vivir.

Para cuando nos damos cuenta de que no sabemos qué hacer con nuestras vidas, porque no sabemos cómo decidir nuestro siguiente paso, y porque estamos paralizados por nuestro armazón cerebral, social y educacional, igual ya se nos ha pasado el arroz y todo lo demás, y sólo nos queda lamentarnos por haber pasado demasiado tiempo recapacitando.

Realmente, nadie sabe qué va a ser de sí mismo, ni de los demás. Sólo sabemos que tenemos esta única oportunidad para vivir. Ésa es la pura verdad. No por mucho leer, por mucho estudiar, por mucho reflexionar y por mucho sopesar vamos a estar mejor equipados para hacer frente a la dura prueba que es la vida. Puede que todo eso no sea más que peso muerto que nos lastra, nos roba agilidad y energía.

Digo precisamente que se puede hacer las cosas sin pensar, porque sabemos muy bien lo que queremos. Quizá las cosas no salgan como nos gustaría, pero el corazón sabe. El corazón no se equivoca jamás. Y conocemos la diferencia: cuando decidimos con la cabeza, la decisión sigue con nosotros, se alarga, la bifurcación vuelve a aparecer, nos sentimos tentados de volver atrás y ver qué había en el otro camino, por si acaso… Cuando decidimos en consonancia con nosotros mismos, el otro camino sencillamente desaparece, es como si nunca hubiera existido.

Pero que sea fácil decidir no significa, ni mucho menos, que el camino resulte llano y agradable. Lo será seguramente al final, pero no al principio. Será un camino probablemente solitario. El retorno a la inocencia no puede ser fácil; se trata de deshacer lo hecho, nada menos.

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