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Lo pobre (2)

Cuando la pobreza vino a por otros, yo no dije nada, porque yo no era ellos.

Cuando finalmente vino a por mí, nadie dijo nada, porque ellos no eran yo.

Eso es (casi) todo, y eso es lo primero que me viene a la cabeza como resumen de lo que está pasando.

Ya lo dije aquel día y lo pienso con mayor convencimiento cada vez: la pobreza es el nuevo monstruo.

¿Y cómo se puede escribir nada sobre él, ni sobre nada de lo realmente grave y crucial para el hombre, sin caer en la frivolización? No se puede. No se puede, porque el hecho de estar hablando sobre ello significa que el que habla se encuentra a una distancia relativamente segura. Pero, al mismo tiempo, debemos hablar sobre ello, es decir, no hacer como si la pobreza creciente ya fuera algo normal, algo natural.

Ya no hacen falta guerras ni purgas de población. Tampoco grandes y elaboradas guerras psicológicas ni propagandísticas. Basta con la pobreza. Basta con apretar las tuercas cada vez más. Este es el miedo más democrático e igualitario de la civilización: la pobreza. Mañana puedes ser tú, y, pasado, tú. No hay garantías de nada; la seguridad es sólo relativa.

Y, ya lo dije aquel día, pero es que lo constato en mi vida cotidiana: estamos perdiendo la capacidad de empatizar. (La culpa no la tienen los ordenadores desos que llaman tablet ni tampoco los móviles inteligentes, bla bla bla… ellos no son nosotros ni nos quitan ni ponen nada.) Y no debería ser tan difícil empatizar mínimamente con alguien que está delante de ti, a quien puedes ver o a quien puedes, como mínimo, oír cuando te habla. No debería ser nada difícil; estamos hechos para eso. Pero momentos, sucesos más o menos chocantes (o ya no) que veo con cierta asiduidad me demuestran que esto se ha convertido en una cuestión de divisiones: ellos o nosotros, o, incluso, ellos contra nosotros. No nos gusta la pobreza: es antiestética, es voraz con nuestra dignidad, es degradante y es embrutecedora. Y, sobre todo, es amenazante.

(Aclaro que, para mí, alguien pobre es el que no tiene suficiente para cubrir sus necesidades básicas y elementales cada día, con dignidad; no el que no tiene para irse de vacaciones o el que no tiene calefacción en casa; eso son grados de tener o no tener, pero alguien cuya única o mayor queja material es que ahora no puede permitirse encender la calefacción, cuando tiene todo lo demás cubierto, para mí, no es pobre. Todos sabemos de qué estamos hablando cuando hablamos de necesidades elementales).

Sin embargo, cuando un pobre que antes era como nosotros, es decir, un nuevo pobre nos pide ayuda, no vemos un reflejo de nosotros, sino que vemos lo que esa persona ha llegado a ser: un pobre. Eso es todo lo que es ahora.

Podría decir algo así como que la crisis nos ha empobrecido ya a todos en cuanto que nos ha quitado parte de nuestra solidaridad, pero, aparte de que me niego a creerlo así y, de hecho, no lo creo (mucha gente nunca ha tenido humanidad), eso sería bastante insultante hacia la gente que ha perdido más que eso; por ejemplo, esa gente que se ve obligada a tragarse su orgullo y a llamar a puerta ajena mendigando ayuda cuando antes tenía probablemente su trabajo remunerado. Hacia ésos, precisamente; que no somos nosotros, por ahora.

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La cultura es gratis

En un día muy reciente, en estos tiempos de sangre, sudor y lágrimas, hay quien, desde una posición ventajosa sobre la opinión pública, ha afirmado que, debido a la situación económica cada vez peor de la mayoría de los españoles, la cultura se está convirtiendo en un lujo.

Ésas fueron las palabras. Esa persona, alguien que goza de fama y dinero y, por tanto, no pertenece a las clases medias y bajas a las que parecía querer adoctrinar y convencer, no dijo “los productos de la industria cultural”, ni “los libros, los discos, las entradas de cine y los libros electrónicos”, ni nada parecido, no; dijo eso, “la cultura”. ¡Nada menos! ¡Y se quedó tan ancho!

Me pregunto a cuánta gente le chirriaron los oídos y el cerebro cuando oyó tan lapidaria sentencia. Igual nos hemos acostumbrado a hablar de ciertas cosas como si fueran mercancía. A lo mejor, tanto vivir y pensar en términos de compraventa nos ha pasado factura y nos ha dejado encallecido el cerebro. Quizá hemos acabado pensando en la cultura como algo que se puede comprar y vender, y, por tanto, es susceptible de convertirse en lujo. Lo cual implica esto otro: que la cultura puede ser un distintivo de clase, una forma de discriminar a las personas según su poder adquisitivo.

Pero me rebelo, me resisto a creerlo así. Porque todavía hemos de ser, debemos de ser mayoría los que, no disfrutando de un tren de vida como el del señor que afirmó lo antedicho, tenemos un presupuesto limitado para gastar en productos de la industria cultural, y no por eso nos cortamos a la hora de leer todos los libros que queramos, navegar por Internet e informarnos de lo que queramos y adquirir toda la culturilla a la que nuestra curiosidad y nuestra inquietud nos impulsen. Y eso, porque, gracias a Dios, existen las bibliotecas públicas, existen las tarifas planas para conectarse y, en su defecto, muchos lugares preparados para que cualquiera pueda navegar a coste nulo o muy modesto; existen periódicos on-line y también todo tipo de prensa disponible en lugares públicos; existen libros escolares, enciclopedias, material de consulta, todo gratuito o casi; existe, además, una oferta televisiva, no diré que amplísima, pero sí bastante variada, de reportajes, documentales, programas divulgativos y didácticos para todas las edades y sobre todo tipo de temas. Y no sé de nadie que no tenga acceso a la tele, ya sea en su formato habitual de monitor de televisión o en emisión digital.

Nada de eso es un lujo para la inmensa mayoría del pueblo, a día de hoy.

Y, antes de que existiera la televisión en España, antes de todas las trifulcas y contubernios propagandísticos e interesados, de todas las pugnas por el poder y por los arengamientos insinceros al pueblo, antes que todo eso existía, afortunadamente, la letra impresa, vehículo de ideas y, sí, de cultura. Y, aun antes que esa, existía la narración oral, la literatura no escrita; literatura que, como la de hoy, como la de siempre, se nutría de la sabiduría de otros seres humanos que, a su vez, quisieron transmitirla a través de relatos, de crónicas, de narraciones totalmente fieles a los hechos o levemente retocadas, metáforas que, a fin de cuentas, venían a contar la misma verdad. Es eso, el saber humano transmutado en prosa o poesía y transmitido de persona a persona, de padres a hijos, de abuelos a nietos; es eso, señor mío, lo que llamamos cultura, y no lo que usted pretende que sea: productos de una industria concreta, creados con el fin de recaudar beneficios pecuniarios. Los productos llamados culturales no tienen nada que ver con la cultura.

Esa cultura siempre nos ha rodeado y ha estado ahí para quien quisiera cogerla. Ha estado al alcance hasta de los más pobres, de los perdedores de la Guerra Civil española, de los miembros de las familias republicanas, de los niños que nacieron en la posguerra y que no pudieron ir a la escuela o continuar sus estudios más allá de un nivel rudimentario; también de los padres de esos niños, cuya escolarización fue aún más rudimentaria a causa de la guerra y que, a pesar de todo, pudieron seguir y, muchos, siguieron alimentándose a manos llenas de ese caudal de cultura. Porque, incluso para el que no tenga un mal libro que llevarse a las manos y a los ojos, hay algo todavía más importante y más fuerte que el amor a la lectura: la curiosidad, el afán por saber, por entender la vida y el mundo; el pequeño vértigo que nos cosquillea la boca del estómago cuando miramos alrededor y nos maravillamos, o nos asustamos, o nos admiramos de lo que vemos, y queremos saber más, queremos comprender mejor, queremos crecer; y, entonces, preguntamos al que está al lado, porque quizá sepa; y charlamos; y aprendemos.

El día que eso tenga precio y sea un lujo, ese día se habrá acabado el mundo tal y como merece la pena, tal y como, a pesar de todo, sigue siendo hermoso.

P.D.: Por si no hubiera quedado bastante claro, señor Bardem y demás señores a los que se ha (mal) dado en llamar representantes de la cultura: no vamos a pagar precios abusivos y desproporcionados por ver sus películas, por leer sus libros y sus artículos, por asistir a sus obras de teatro y a sus escasos conciertos ni por comprar las canciones que ustedes producen. En suma, no estamos dispuestos a seguir manteniéndolos a ustedes a cambio de precios injustificados más de lo que estamos dispuestos a pagar por el aire que respiramos.

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Dos cínicas

Yo era una cínica, y la crisis me ha hecho dos cínicas. O más aún, si contamos el IVA al 18%, el dinero público que se va a utilizar para salvar bancos privados, el menú del día que ahora me cobran a 16 euros, la autosubida de sueldo que se ha marcado cualquier electo de cualquier pueblo de mala muerte, el canto a la vulgaridad, a la propaganda mal que bien encubierta y a la información superficial, poco o nada elaborada y peor contada que nos ofrece la televisión, la hipocresía, la incompetencia generalizada, el pasotismo militante como reacción… Vamos, que me bastaba yo solita pero, aun así, entre todos me mataron.

Somos muchos los nuevos cínicos, o los cínicos redoblados y convencidos hijos de la crisis. No somos la generación perdida, sino la ganada, porque a esta crisis general -financiera, moral, pero también intelectual, social y, en fin, de dimensiones cósmicas nunca vistas; y todavía hay gente que se mofa del calendario maya que pronosticaba el fin del mundo para este año: pues sí, señores, el mundo, tal como lo conocíamos, ya terminó, quod erat demonstrandum- debemos agradecerle una cosa sobre todas las demás, y es la limpieza que ha hecho. La depuración que se reclamaba para tantas instituciones y empresas tipo agujero negro, de las que no pocos cargos se han jubilado con indemnizaciones, entre ellos el caso más flagrante, el presidente que ahora cobra una suculenta pensión vitalicia y, encima, da conferencias en calidad de experto económico; en fin, esa depuración la está haciendo la propia crisis, como si fuera una bendición divina disfrazada de plaga. Porque no hay mal que por bien no venga.

Y a eso me refería yo cuando hablaba del nuevo cinismo. No hay ninguna negatividad en esto, por lo cual tal vez debería utilizar otro término para llamar brevemente a esta sensación de… limpieza, de liviandad generalizada, pero, sobre todo, mental.

Los que somos genética y socialmente proclives al pajeo mental vamos dejando de practicarlo tanto. Es fácil ver el porqué: no nos sobra energía, ni tampoco motivos para ello. Hemos visto derrumbarse nuestros ídolos, nuestras referencias. Los ideales y aquellos que los encarnaban han ido desapareciendo ante la apisonadora del mundo real. Un mundo hecho de objetos, pero, sobre todo, hecho de dinero y de quienes viven por y para él, quienes lo tienen erigido en los altares y le profesan idolatría. La marea del dinero, de la codicia, del hedonismo, del afán de posesión y del amor por el mundo y la gloria del mundo lo ha barrido todo, se ha llevado por delante toda otra consideración. Como nosotros, la mayoría de la gente, somos los damnificados, las víctimas de todos los nuevos reyes paganos con sus nuevos becerros de oro, y cada vez tenemos menos recursos para vivir y, además, permitirnos nuestra pequeña cuota diaria de holganza, jolgorio, filosofía de andar por casa y dar rienda suelta a nuestra pequeña idiosincrasia personal, ahora nos limitamos cada vez más a sobrevivir y a dejar las florituras y las acrobacias mentales para otro momento.

Pero, sobre todo, creo que hemos perdido el respeto a todo aquello a lo que aspirábamos una vez. No a todos nos ha tocado de lleno la crisis en el momento en que terminábamos los estudios y nos lanzábamos a buscar nuestro primer trabajo, pero tanto a unos como a otros, creo -al menos es mi caso-, se nos ha caído el velo de los ojos. Porque la crisis ha dejado el mundo hecho un páramo, y ya no queda nada en pie. ¿Para qué sirve estudiar? Más aún: ¿para qué sirve aplicarse, sacar buenas notas, ser buen estudiante? ¿De qué nos sirve haber leído más que otros, o haber sido de los primeros en llegar a este o a aquel lugar? ¿Qué nos aporta ahora, e, incluso, qué recuerdos, ni buenos ni malos, tenemos ahora de haber visto naves de ataque arder más allá de Orión o rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser, si todos esos momentos se han perdido en el tiempo, si la realidad y los sueños que los hicieron posibles son como lágrimas en la lluvia?

Yo no sé vosotros, pero, para mí, el mundo sí se terminó en algún momento indefinido, hace poco, y pasó sin que nos diéramos cuenta, y sin que nos importara. Ya nada será como era antes, porque antes había aún cosas inmateriales que valían algo, que se respetaban, que suponían un bien no sólo individual, sino común, colectivo. Ahora he visto que a nadie le importan el talento, el esfuerzo, el arte, la belleza, la bondad; todos estamos demasiado ocupados en tratar de sobrevivir y en tratar de esquivar a quienes quieren impedírnoslo.

Y, sinceramente, tal vez sea mejor así. Por lo pronto, más fácil; porque menos, no podría serlo.

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Ya nada será igual

Se nos ha gastado la crisis, de tanto usarla, de tanto llamarla, de tanto querer exorcizarla con palabras.

Sólo porque no hemos sabido comprender, jamás hemos comprendido, que las palabras son sólo punteros que señalan, y, a veces, son puntadas en cuyo hilo nos quedamos enredados, hasta que viene a por nosotros la araña, y nos come.

Y porque hay demasiado egoísmo todavía, y demasiada cortedad de miras. Si es voluntaria o no, eso habrá que preguntárselo a los interesados.

Que de eso -interesados e intereses- hay mucho; casi tanto como tramposos y trampas. Menudean ahora a la sombra de ese gran paraguas agujereado: nuestra dichosa crisis.

Dirán luego, con mucha risa, que eso del 2012 es una paparrucha, y lo utilizarán como argumento para un par de películas de mucho rimbombambo. Bien cierto: el mundo no se va a acabar; en realidad, ya ha acabado. Con la crisis global -en su doble sentido: internacional y de varios tipos (monetaria, financiera, social, política, moral, de valores)- nuestro mundo, tal como lo conocíamos, ha muerto, y parte de nosotros con él. Los que éramos en ese mundo de riqueza ilimitada, de hedonismo a tope, de culto a la mundanidad y a lo que a cada uno le diera la gana hacer, el mundo del lloriqueo al ventilarnos los ahorros y del extender la mano vacía para recibir una propina y seguir la fiesta, ese mundo murió y jamás volverá. Pero la crisis debía contener en sí misma la semilla del nuevo mundo, y resulta que esa semilla está ya atrofiada, cansada de esperar a que la veamos y la sembremos, cansada de esperar a que rasguemos los velos que nos hemos puesto delante de los ojos.

Bailamos y festejamos como si nada hubiera cambiado. Pero este mundo es un muerto viviente, es un resto mortal que hiede cada vez más. No somos incapaces de reaccionar, pero hemos muerto por dentro. El mundo está poblado de muertos vivientes, walking dead, parecen vivos, hacen todo como si estuvieran vivos, pero están muertos por dentro (y ellos no lo saben), porque han perdido su humanidad, han perdido su capacidad de conmiseración, su capacidad de ser generosos, su empatía, su inocencia. Lo han sacrificado todo en el altar del Ego, en el altar de un becerro de oro.

Nos piden que nos sacrifiquemos, y lo que hacemos es holgar; nos piden que nos esforcemos, y respondemos tirándonos al suelo y gritando “¡que llueva maná!”, porque hemos aprendido que, en el pasado, sólo nos hacía falta gritar para que lloviera, no sé si maná, pero sí un tentempié para engañar el estómago: ayudas públicas, dinero de todos, dinero de nadie; paños calientes, vendas y más vendas, pero no en la herida, sino en los ojos. ¡Qué fácil era seguir bailando!

Éramos unos nuevos ricos y queríamos presumir de ello. Dimos la vuelta al mundo, nos rodeamos de lujos, compramos todo lo que quisimos, todo lo que relucía tras los escaparates, todo lo que nos prometían y más.

Ahora que ya se acabó, seguimos pensando que aquí no pasa nada, que todo es una pequeña mentira para que nos portemos bien; que ya se acabó la tele por hoy, se acabó el trasnochar, ahora hay que acostarse y mañana volver a trabajar… pero no, no creemos en viejas leyendas, sin darnos cuenta de que lo terrible que nunca iba a pasar ya está aquí. Así que seguimos tirando la casa por la ventana, con fastos privados y públicos, desbarrando en las fiestas del pueblo y pidiendo que se gaste, que se haga, que es como si no hubiera mañana, sin creernos de verdad que la hemos cagado, pero sí, es así.

Esta vez era verdad que venía. Y nosotros le hemos abierto la puerta.

Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.

-Edgar Allan Poe

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Romper la baraja… pero ¿cuándo?

No hace falta ni buscar; los medios están llenos de casos de, cuando menos, actuaciones poco ejemplares y muy reprobables, a gran y a pequeña escala. Hoy mismo, en un medio que suelo leer en Internet, encuentro éste y éste, y eso sin esforzarme mucho. Me llamó la atención este otro, publicado el fin de semana. En fin, el pan nuestro de cada día.

Por desgracia, muchos de ellos son casos protagonizados por las personas que, por su cargo. responsabilidad pública -así como sueldo pagado con dinero público, nuestro-, deberían dar ejemplo de austeridad, de honorabilidad y de sacrificio. Ya se sabe: aquello de no sólo ser honesto, sino parecerlo.

Por desgracia también, nuestra cultura y nuestra mentalidad no sólo comprenden, sino que hasta favorecen tales comportamientos. Sí: hemos aprendido a admirar y a tratar de emular a quienes se salen con la suya a base de trampas o de maniobras oscuras, ilícitas o simplemente inmorales. Vamos, a “medrar” a base de bien y sin miramientos. Cargos públicos, currantes de a pie… todo el mundo hace lo que puede o lo que le dejan. ¿No?

Puedo entender, hasta cierto punto, que nada de eso cause ninguna reacción en época de bonanza, que nadie se extrañe por que el alto funcionario de turno ni se plantee dimitir y por que no rueden cabezas.

Ahora bien: cuando la pobreza llama a nuestra puerta, cada vez hay más familias con todos sus miembros en paro y de la taza y media hemos pasado a las dos tazas (y lo que te rondaré, morena), no entiendo qué más nos hace falta para movilizarnos. Y no me refiero sólo, ni sobre todo, a la crisis en sí; son cíclicas y todo eso, prácticamente inevitables, como los fenómenos atmosféricos. Me refiero a las injusticias y a las medidas de difícil comprensión que han arreciado desde que empezó la crisis: los recortes de derechos de los trabajadores y de los pensionistas (así, porque sí), las inyecciones masivas de capital público a bancos en apuros (que no son más que empresas que han gestionado mal la crisis) y los sueldazos y pensiones vitalicias de sus directivos; las crecientes desigualdades sociales; etc.

Después de todo lo que nos ha caído encima, para ahora deberíamos estar echando mano de palos, piedras, hoces y martillos y clamando por nuestros derechos pisoteados; y, cada vez que se destapara un caso de engaño, distracción de fondos públicos, poca ejemplaridad, trampa o picaresca, pedir cuentas a esa persona y hacer que la despojaran de todas sus prebendas y beneficios interesados.

Me cuesta entender por qué esta apatía generalizada. ¿Estamos anestesiados con telebasura, consumismo, superficialidad y fútbol a todas horas? ¿Es que no nos queda ya ni un átomo de rebeldía? ¿Es que preferimos gastar nuestros ahorros, cada vez más menguantes, en objetos que nos hagan olvidar nuestra ansiedad y nuestro vacío por un momento, a tomar las riendas de nuestra vida y nuestro mundo?

Quizá ya sea demasiado tarde y no nos quede sino esperar a tener hambre, a comprender que, esta vez, papá Estado (o gobierno, o diputación, o ayuntamiento… vale cualquier administración pública) no nos va a sacar del apuro, que se terminaron todas las subvenciones, cheques y ayudas; que esta vez va en serio, que es el sálvese quien pueda. Me pregunto cuánto más tendrá que pasar hasta que se llegue al momento de romper la baraja, puesto que está claro que nunca hemos jugado todos.

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