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Michael Jackson: Esto es

Hay una expresión en inglés que no tiene sólo una traducción en español y, probablemente, en la mayoría de otras lenguas, pero que es muy elocuente: “This is it”. Es una de esas expresiones cuya traducción más acertada nos la dará cada contexto, y, aun así, cada maestrillo la traducirá según su librillo. “This is it” es, además, también un nombre propio o título: el de la gran gira de 50 conciertos que Michael Jackson estaba preparando cuando falleció. Desgraciadamente, no vivió lo suficiente para ofrecer ni uno solo de esos conciertos, pero hay un buen reportaje-resumen de lo que fueron los exhaustivos ensayos, con decorados y vestuario completos, que MJ hizo en Los Angeles rodeado de su equipo y de los bailarines seleccionados en un masivo casting. El reportaje da buena idea de que se perdió un espectáculo grandioso, repleto de ilusión, fantasía, luz, color y un baile aún asombroso por parte del músico.

Visto en retrospectiva, la gira misma y el comportamiento y las palabras de MJ durante los ensayos se nos revelan como plenamente premonitorios. Cuando se trata de un mito del calibre de Michael Jackson, es muy difícil separar el grano de la paja y dilucidar la verdad en torno al propio Jackson. Dicen que “estaba cansado de vivir”, que había “tirado la toalla” y que tenía la obsesión de que iba a acabar igual que Elvis Presley, padre de quien fuera su mujer, Lisa Marie Presley. Dicen que padecía diversas enfermedades -de la piel, de los pulmones- y dolores insoportables -en el cuero cabelludo, en una pierna que se había roto, en la espalda- y que continuaba siendo adicto a los analgésicos y a los calmantes. Dicen, dicen, dicen. La rumorología que Michael Jackson siempre odió, que le amargó y casi le destrozó la vida -nunca sabremos hasta qué punto su vida habría podido ser diferente de no haber sido objeto de tantas mentiras, calumnias, acusaciones terribles, campañas interesadas- arreció con especial virulencia en el momento de su muerte. Ni así lo dejaron en paz.

Pero Michael Jackson nos dejó su testamento, y buena parte de él es precisamente lo que podemos ver y oír en el reportaje “This is it“. MJ nos legó a sí mismo, sin trampa ni cartón, para que sus fans y también quienes no lo son pudieran verlo tal como era y tal como se comportaba con sus colaboradores, con sus bailarines, con sus músicos, con gente a quien no conocía y de la que no dependía, es decir, gente a la que trataba de forma totalmente desinteresada.

“This is it” dura 111 minutos; menos que cualquier película que se estrena hoy en día. Además, la mayor parte del metraje la ocupan los números musicales protagonizados por MJ. Una parte relativamente pequeña se dedica a las conversaciones de MJ con miembros de su equipo, mientras ensayan y hacen todos los preparativos para la gran gira. Es muy poco. Pero esos minutos son suficientes para conocer un poco, lo suficiente, a Michael Jackson; para “calarlo”, como se dice en lenguaje coloquial.

Y es asombroso. En “This is it”, Michael Jackson no está en casa, siendo entrevistado, ni va por la calle con 200.000 periodistas siguiéndole, situaciones, ambas, en las que se basaba “Viviendo con Michael Jackson“, por ejemplo. Allí, la estrella hablaba sobre sí mismo, respondía a preguntas, se explicaba, se justificaba, era observada, su vida diseccionada para ser escrutada por los autores del reportaje y, después, por toda la audiencia. En “This is it”, MJ está en su elemento: la música, el baile, la creación. Y ya no vemos al hombrecillo frágil, refugiado en un mundo a caballo entre la realidad y la fantasía, asediado por una prensa insaciable, padre que protege a sus hijos con velos tal como él mismo se protege del mundo con gafas, sombreros y guardaespaldas. No es el hombre de color indefinible, el hombre al que vimos arder en las tomas para el malogrado anuncio de una marca de refrescos, el que corría para no ser fotografiado con la famosa actriz que era su gran amiga, aquel hombre de vocecilla algo aguda y a ratos quebradiza que inspiraba compasión, curiosidad y, en algunos, hilaridad cruel. No; en “This is it”, Michael Jackson es creador, artista que está cabalgando la ola de la inspiración, el trabajo a conciencia, el perfeccionismo, la ambición. Es hombre, alguien que sabe lo que quiere, lo pide y, si algo no le gusta, lo dice, pero siempre con amabilidad y utilizando esa voz -ahora no es vocecilla, es una voz melodiosa y amable, pero firme- para trabajar, para comunicarse; es miembro de un equipo, perfectamente sincronizado con los demás miembros; y es, sobre todo, líder, y no sólo eso, sino que es líder carismático, dirigiendo, tomando el control, dando su opinión, reprendiendo cariñosamente, como un padre o como si hubiera sido el mayor de los Jackson Five en lugar del pequeño.

En “This is it”, vemos a MJ entrar en el estudio y atraer las miradas, que automáticamente se posan en él, con naturalidad, no porque sea Michael Jackson, sino porque atrae esas miradas, porque es un líder y los demás quieren complacerlo, quieren que todo esté a su gusto. No porque les vaya a pagar más o menos, se nota, sino porque de verdad quieren hacerlo bien para él. Los inspira, los llena de energía, los hace superar el cansancio. Porque él también está cansado; no, está agotado, absolutamente al límite de sus fuerzas, pero ahí está, al pie del cañón, conociendo de pe a pa su música, sus canciones desde la más antigua hasta el último single.

Si uno de los nombres que se le da a Dios es “creador”, quiere decir que la creatividad es uno de los atributos cumbre, ser creativo es algo deseable y el don de la creatividad es eso, un don, no sólo un talento, sino un talento al que se le ha echado una gota de misticismo; no es algo que se consiga a fuerza de trabajar -aunque el trabajo sea imprescindible y algo que nada puede sustituir-, es… algo más. Y Michael Jackson era eso: un hombre creativo. Creó algo nuevo e innovador en música y en baile, algo que no se podrá olvidar ni obviar, por muchos artistas que hayan surgido después de él. Como todos los auténticos creadores y artistas, cuando estaba plenamente concentrado en su arte -como es el caso de su gira-, MJ no se ocupaba de sus detractores, ni se le pasaba por la cabeza rivalizar o competir con nadie. Si acaso, competía con la mejor versión de sí mismo hasta ese momento. Quería superar lo mejor que había dado, ir más lejos cada vez. Era un perfeccionista, según confesión propia, y ese perfeccionismo fue, seguramente, uno de los motivos de que se obligara a dar, a trabajar todavía más cuando ya las fuerzas físicas le fallaban. Dicen -otra vez, ese dicen…- que sufría de insomnio y que por eso tenía un médico personal que le suministraba potentes medicamentos para mitigar los síntomas de sus males. Resulta fácil imaginar a este hombre, en la soledad de su lujosa habitación, rodeado de objetos bonitos que no podían proporcionarle ningún consuelo estando a oscuras, dando vueltas y vueltas en la cama, sin poder dormir; quizás pensando en los pequeños defectos del ensayo de ese día, en lo que de ninguna manera podía o debía ir mal, en el terror imaginario de defraudar a sus fans. De que sus millones de fans, de repente, decidieran dejar de quererlo. Eso es, seguramente, lo que más asustaba a Michael Jackson: no sentirse querido.

Y hay algo más, un paso más allá, un nivel superior a ése. Michael Jackson era un buen hombre. De eso no me cabe ninguna duda. No me hace falta conocerlo para saber que es así. Era un buen hombre, humilde, que, según nos muestra la película, trata a sus empleados y colaboradores de igual a igual, sin divismos ni caprichos en los que otros artistas con una estrella mucho menor que la de él caen una y otra vez. Ni una sola vez levanta la voz, nunca le oímos protestar ni caer en la queja o la crítica improductivas. Siempre habla con suavidad y franqueza, colabora con los demás para solucionar los problemas, y a menudo da las gracias, pide para ellos bendiciones y les dice que les quiere. (Algo que a la gente, hoy en día, le parece de cursis y de débiles, y que viene a desmentir la absurda -y dañina- teoría de que los buenos jefes tienen que ser unos desagradables y unos maleducados.) Y ese buen hombre tenía un mensaje: cuidar la Tierra, cuidar los unos de los otros, sobre todo de los niños; fue lo que intentaba transmitir a través de lo que mejor se le daba: su música y su baile. En “This is it” hay numerosas manifestaciones de esa preocupación que tenía. Quería proporcionar a sus fans el mayor espectáculo del mundo, un despliegue de arte y de talento que les hiciera olvidar sus problemas y, también, que los concienciara acerca de todo lo que está mal a nuestro alrededor.

Era un hombre bueno que tenía un don y un mensaje, y que quería utilizar su don para transmitir su mensaje. Al final, el mundo al que él amaba y que tan terrible le resultaba le rompió el corazón, pero no pudo destruir su espíritu.

Y entonces, el “This is it” -que se puede traducir como “Esto es todo”, “Aquí está”, “Allá vamos”, “Es esto”, “Es el momento”, y mil maneras más, incluido el castizo “Esto es lo que hay”-, se convirtió en su epitafio.

En un mundo lleno de odio, debemos seguir atreviéndonos a tener esperanza. En un mundo lleno de ira, debemos seguir atreviéndonos a dar consuelo. En un mundo lleno de desesperación, debemos seguir atreviéndonos a soñar. Y en un mundo lleno de desconfianza, debemos seguir atreviéndonos a tener fe.

Si llegas a este mundo sabiendo que eres amado y abandonas este mundo sabiendo lo mismo, todo lo que pase entre medias se puede sobrellevar.

Cuando dicen que el cielo es el límite, para mí, es verdad.
Voy a empezar con el hombre del espejo / le voy a pedir que cambie / y ningún mensaje podría haber sido más claro / si quieres hacer del mundo un lugar mejor, mírate a ti mismo y cambia.

Tenemos que sanar nuestro mundo herido. El caos, desesperación y destrucción sin sentido que vemos hoy son consecuencia de la alienación que sienten las personas entre sí y hacia su entorno.

La gente me pregunta cómo hago música. Les digo que me limito a subirme a ella. Es como meter los pies en el río y unirte a la corriente. Cada momento del río tiene su canción.

La conciencia se manifiesta a través de la creación. Este mundo en el que vivimos es el baile del creador. Los bailarines vienen y van en un instante, pero el baile continúa. Muchas veces, cuando estoy bailando, me siento tocado por algo sagrado. En esos momentos, siento cómo mi espíritu se eleva y se funde con todo lo que existe. Me convierto en las estrellas y en la luna. Me convierto en el amante y el amado. Me convierto en el vencedor y en el vencido. Me convierto en el amo y en el esclavo. Me convierto en el cantante y en la canción. Me convierto en el que sabe y en lo sabido. Sigo bailando y es el baile o la creación eternos. El creador y la creación se funden en una unidad de alegría. Sigo bailando… y bailando… y bailando. Hasta que sólo está… el baile.

En su inocencia, los niños muy pequeños saben que son luz y amor. Si les dejamos, pueden enseñarnos a vernos a nosotros mismos de esa manera.

Dar a alguien un trozo de tu corazón vale más que toda la riqueza del mundo.

Y eso es la inocencia. Es sencilla y tiene confianza, igual que un niño; no juzga y no está limitada a un punto de vista estrecho. Si estás encerrado en un modelo de pensamiento y respuesta, tu creatividad queda bloqueada. Te pierdes la frescura y la magia del momento. Aprende a ser inocente otra vez, y esa frescura nunca desaparecerá.

Pero yo nunca dejaré de ayudar y de querer a las personas, como Jesús nos dijo que hiciéramos.

Michael Jackson

MJ-El amor es eterno

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Ni puertas, ni cerraduras, ni cerrojos

“Lock up your libraries if you like, but there is no gate, no lock, no bolt that you can set upon the freedom of my mind.”
Virginia Woolf, A Room Of One’s Own

Siendo la libertad un anhelo natural -quizá el más exigente de todos, el primero de todos, el que da origen a todos los demás- y siendo como es una utopía, ¿cuál es tu forma particular de hacerte libre?

No lo sé, pero puede que el arte y todas las formas de creación humana espontánea y sincera no sean más que un intento de hacernos libres en un mundo que nunca nos permite serlo.

El medio es hostil; nada nos invita a la creatividad; antes bien el mundo nos pone mil trabas. El mundo moderno es deprimente, prosaico y amazacotado. De tan práctica y orientada, nuestra forma de vida ha acabado siendo nuestro enemigo. Nada fluye realmente; todo tiende a remansarse, el agua de la vida se estanca, forma lagos de quietud en los que nada nuevo puede nacer.

Sin embargo, no sólo se coartan (coartamos) las expresiones lúdicas, hermosas, de nuestra creatividad; también vamos reprimiendo la expresión natural de quienes realmente somos. Nos metemos en corsés imposibles, acabamos siendo lo que los demás esperan, o lo que los demás creen que somos. Al final, somos actores que acaban creyendo ser su personaje; perdemos la razón en el proceso.

La verdad es ésta: hemos nacido, todos, para ser libres.

Por desgracia, la realidad construida por nosotros mismos sólo nos permite serlo hasta cierto punto, lo cual quiere decir que no nos lo permite en absoluto. Media libertad, cierta libertad, mucha libertad, es lo mismo que nula libertad.

Viktor Frankl aprendió -y para ello hubo de pasar por la experiencia de ser prisionero en un campo de concentración nazi- que hay un reducto de libertad que nada ni nadie nos puede arrebatar jamás: está en nuestra mente. Dentro de nosotros mismos, podemos ser libres; podemos elegir cómo procesar, cómo gestionar y qué respuesta dar a todo lo que nos pasa (o lo que nos hacen). Y podemos elegir también mantener el lazo con nosotros mismos; ser siempre conscientes de quiénes somos, de qué pensamos y sentimos. Y esa verdad siempre saldrá a nuestro encuentro: cuando no queremos mirarla, nos asaltará al final de la fiesta, al final de la jornada de trabajo, al final de las distracciones del día, cuando apaguemos las luces y estemos a solas en la noche con nosotros mismos.

Crear puede ser esa forma de respirar libertad. Pero nunca será más que un medio. Y tampoco debemos caer en el error de pensar que la libertad se nos dará, que vendrá de la mano de personas, entidades, proyectos, lugares físicos, acciones; ni siquiera de aprendizajes ni experiencias. Es, sencillamente, algo que somos y que debemos tener presente a cada momento.

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