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Brécol

Hay muchas mentiras socialmente aceptadas -y convencionalmente aceptables- que se repiten sin cesar y que, sin embargo, todos sabemos intuitivamente que son mentira, nada de lo cual parece erosionar su elevado estatus ni, curiosamente, el halo de virtud del que impregnan a quien las pronuncia (aunque sepamos que nos está mintiendo).

Muchas de esas mentiras convencionales están relacionadas con los hábitos alimentarios, la salud y la apariencia física (aunque no son las más irritantes. A todos nos suenan frases como: “Yo es que soy de muy poco comer”, “No me gustan los dulces (o el marisco, o la pizza, o insértese el alimento calórico que sea)”, “Me cuesta mucho engordar” y -la frase que está motivando esta entrada en el blog- “Me encanta la verdura”.

Yo, personalmente, que considero que mi ingesta semanal de platos a base de verdura o con un gran porcentaje de verdura es razonablemente elevada -desde luego, muy por encima de la media nacional-, puedo afirmar categóricamente que es imposible que a uno le encante la verdura, por la sencilla razón de que la mayoría de verduras y hortalizas, por sí solas, así, crudas, recién sacadas de la huerta y lavaditas con agua nada más, no saben a nada. Ergo, no te puede encantar su sabor. Te puede gustar muchísimo, eso sí, lo que piensas y sientes sabiendo que te estás comiendo un plato de verduras (por algo la palabra “verdura” empieza con “v” de “virtud”, conceptos ambos que están firmemente enlazados en nuestro subconsciente colectivo); también puede que te encanten los ingredientes -más sabrosos todos ellos- que conforman el plato cuya base o elemento es la verdura y que realzan el -discretísimo- sabor de ésta, pero poco más. No conozco a nadie que diga que le encantan las hortalizas (que empiezan por “h”, igual que “honor”, aunque también igual que “hambre”) y las tome así, a pelo. Cualquiera de estos amantes irredentos de lo natural puede probar a cenar una ensalada a base de lechuga, tomate y cebolla, sin nada de aliño, y luego contarnos su maravillosa experiencia.

Dentro de la gran familia de nuestras amigas las verduras y hortalizas, sin embargo, las hay más insípidas y algo menos insípidas. Bueno, hay una tercera categoría: están las que no saben a nada y, si eso, saben raro. Directamente raro. El poco sabor que tienen es raro, y eso -y toda la raridad que atañe a la verdura en sí- hace que el acto de comerla sea un acto verdaderamente extraño.

Estoy pensando en el brécol (odio la palabra “brócoli”, innecesaria en español, pues ya tenemos “brécol”). No se me había pasado inadvertida la moda del brécol; de repente, parecía que todo el mundo se había enamorado del brécol. Lo que me decidió a probarlo fue coincidir a la hora de comer con un compañero que se había traído un táper (odio también esta palabra, pero hay que contemporizar) lleno de brécol y declaró que le había “cogido la mano” a esta verdura. Pensé que, si alguien almorzaba un plato único y éste constaba mayormente de brécol, no podía ser tan malo. Esa misma semana compré dos -cómo llamarlos- arbolitos de brécol. Y ésa fue la primera y última vez que comí brécol.

Lo primero que tengo que decir es que la sensación acerca de esta experiencia fue que estaba comiéndome una especie de bonsái un poco más feo, o quizá unas minicoliflores sin la gracia y la exuberancia de la coliflor. A la fealdad estética se sumó enseguida su sabor totalmente vegetal -en realidad, las peores verduras, desde el punto de vista culinario, son las que más recuerdan a un vegetal, será porque nos hacen sentir como vacas pastando. Su sabor se me figuró parecido a una planta silvestre, si alguna vez hubiera comido una planta silvestre. Y el tacto de sus decenas de tentáculos arbóreos tiene que ser muy similar a la sensación de masticar una esponja. Ni el ajo que le añadí consiguió mitigar un poco semejante bodrio.

Unas minicoliflores exóticas, con poco arraigo en nuestra tierra y en nuestra rica y saludable dieta, y cuya popularidad resulta sorprendente habiendo alternativas mucho más sabrosas y tan o más saludables, si es eso -que la mayoría de las veces lo es- el objetivo que se persigue: la misma coliflor, las espinacas, los tomates, las berenjenas, las acelgas… Hasta una lechuga es, si no más sápida, al menos sí mil veces más simpática que el puñetero brécol.

Así las cosas, y siendo el caso que no me considero especialmente exigente en cuestión de comidas -soy de buen conformar y me gusta casi todo, y a la mayoría de cosas que no me entusiasman les encuentro la gracia; hay muy pocas cosas que me disguste comer y que rechace-, mi conclusión es, por fuerza, que, como he dicho, lo del brécol es una moda y, como tal, inexplicable. Si cabe explicación alguna, es seguramente el puro esnobismo con toques de ortorexia inofensiva, a la par que la supuesta sofisticación de habernos apuntado a algo nuevo, foráneo y, por tanto, mejor, mucho mejor que cualquier vulgar plato de vainas con patatas más propio de nuestra cocina.

Ahora bien, puestos a hilar más fino y a buscar otra explicación, me gustaría retomar el apunte que he hecho más arriba. Ya saben: “verdura” – “virtud”. Primas hermanas, en nuestro subconsciente colectivo. Uno que hemos forjado a base de progresivas lavadas de cerebro, no se sabe si autoinfligidas o venidas de fuera, “del sistema”. En realidad, no nos gusta el brécol, a nadie le gusta (salvo que se le añada queso y se gratine, y mucha sal, y otras cositas de mucho gusto y sabor, pero claro, menos “saludables” y con menos macronutrientes), pero queda bien decir que sí nos gusta, que somos unos fans implacables. Nos gustamos a nosotros mismos cuando comemos brécol y muchas otras cosas tan sofisticadas, modernas y saludables, y nos gusta lo que nos decimos a nosotros mismos de nosotros mismos mientras comemos brécol. Nos gusta pensarnos virtuosos, más sanos, más perfectos, con mayor fuerza de voluntad que quien come una hamburguesa con queso para almorzar, por ejemplo. Hemos construido una narrativa repleta de falsas equivalencias, y nos la hemos creído a base de tanto repetirla. Siempre será más sano -objetivamente- comer brécol que una hamburguesa con queso, pero puede que, para la mente, no sea tan sano no comer nunca una hamburguesa con queso o cualquier otra cosa que nos guste. La salud es un concepto muy amplio y lleno de matices. Pero nos valoramos a nosotros mismos en función de lo que creemos aparentar y en función de lo que creemos que los demás piensan de nosotros. El brécol es una elección culinaria que nos eleva un poco sobre todos los demás, o eso pensamos; especialmente, sobre los que comen hamburguesas con queso.

Si estuviéramos solos en el mundo, ¿seguiríamos queriendo comer brécol? He ahí la cuestión.

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Vida nueva

Anoche me metí entre pecho y espalda 800 calorías en unos 15 minutos.

 

Fue maravilloso.

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Rueda

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En efecto, siendo el símbolo de la rueda la expresión del movimiento y la multiplicidad, también lo es de la inmovilidad original y de la síntesis. Es, asimismo, la expresión simbólica de la expansión y la concentración. De la energía centrífuga, que parte del centro a la periferia, y de la energía centrípeta, que retorna a su centro, eje o fuente. Para volver a extenderse una vez más, siguiendo una ley universal a la que obedecen las mareas de los mares (flujo y reflujo) y la tierra (condensación, dilatación).

El simbolismo de la rueda – Federico González

“Mi pasión es escribir”; “Viajar es mi vida; si no pudiera viajar, me moriría”; “Estar con mis amigos es lo más importante para mí”; “La naturaleza y mis animales son lo que dan sentido a mi vida”…

Todos hemos oído frases parecidas a ésas. Y todos las hemos dicho alguna vez, siendo sinceros, o creyendo estar siendo sinceros.

Pues

No.

La pasión de la vida de cualquiera no es ninguna de esas cosas ni otras cualesquiera que se nos puedan ocurrir. La pasión de la vida de uno, lo que le da sentido, lo más importante, es estar vivo.

No me refiero a estar respirando y con el cuerpo desempeñando sus funciones orgánicas de una forma tal que nos permita seguir sobreviviendo un momento después de otro. Me refiero a estar vivo, es decir, a gozar de buena salud.

Basta algo tan prosaico como una gastroenteritis aguda que te deja planchado, te hace morder el polvo y te postra en cama durante días -salvo los momentos en que no tienes más remedio que hacer acopio de las pocas fuerzas que te quedan y arrastrarte afuera de ella para cumplir con responsabilidades y obligaciones que sólo tú en ese momento puedes cumplir- para hacer que te des cuenta de las memeces que dices y piensas algunas veces. Como que, por ejemplo, tu pasión en la vida sea otra cosa que estar sano.

Un virus es suficiente para bajarte los humos y recordarte que eres una figurita de barro, y que de Dios sólo tienes la imagen y semejanza, y también la ayuda, pero no el poder.

Basta un pequeño trastorno como ése, una inflamación de las mucosas del estómago y de los intestinos para que tu vida entera se convierta en una emergencia: camina o revienta (y lo que el cuerpo te pide es reventar, reventar de una vez y que se acabe este malestar, esta inutilidad, esta impotencia, esta náusea, este dolor y todas esas obligaciones que te esperan al otro lado de la puerta, incluso a este lado de la puerta). Y tienes que seguir caminando. Al cuerno con todas tus grandes pasiones, con tus elevados ideales, con tus ambiciones, con tus sueños, con tus legítimas aspiraciones, con todo eso que sólo se puede expresar con sustantivos del reino de lo abstracto, palabras de tres o cuatro sílabas (mejor si son esdrújulas); con el edificio que le has construido a tu identidad. La importancia de todo eso ya ni se cuestiona; lo que te golpea en el rostro es ahora su perfecta inexistencia. Nada de eso tiene, en realidad, entidad alguna. Todo depende de otra cosa: de que tu cuerpo -luego tu mente, luego tu espíritu- vuelva a funcionar tal como lo hacía hasta que ese trastorno irrumpió en tu vida.

Ni el plano material te interesa ahora: no puedes pensar en ningún sitio web, en ningún pintoresco lugar o paraíso terrenal, en ninguna serie multipremiada, en ningún evento deportivo de alto nivel, en ninguna comida de tus favoritas que despierte tu atención. Tu nuevo aifon por quitarte esa boa constrictor de alrededor de tu cintura.

El cerebro primitivo, reptiliano, ha tomado el mando: se trata de vivir.

Y, bienvenido de vuelta: ésa es tu gran pasión: vivir.

Hasta que el robot no haya sido reparado, todas sus funciones superfluas han entrado en suspensión. Ya no es un mono sofisticado; sólo es un amasijo de órganos, células, venas y arterias, sistemas, redes, complejas estructuras bioarquitectónicas que han entrado en modo autorreparación.

Hay que agradecer al ancestral virus su capacidad, sólo pareja a la de sembrar el caos y la destrucción, de darnos una cura de humildad y de devolvernos el contacto con la terrosa pero caliente superficie de la realidad. Yo se la agradezco. Porque me recuerda lo que soy, lo que somos todos, y qué es lo importante.

Leo -puedo hacerlo ahora, a diferencia de hace sólo cuatro días- que la mayoría de casos de gastroenteritis vienen producidos por un rotavirus, es decir, un virus con forma de rueda, analogía de la cual adquiere su nombre. Misma forma que tienen millones de cosas, y, entre ellas, el tao; sí, el universal símbolo de la ambigüedad o, si prefieren (yo lo prefiero), del misterio inherente a todo.

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Tal como en lo bueno hay un poco de malo, en lo malo hay también algo bueno, dice el tao (explicado esto con términos muy maniqueos). No hay nada bueno en estar retorcido de dolor sin poder levantarse de la cama a no ser para vomitar, pero sí hay algo bueno en la circunstancia, en el contexto. Lo bueno es que se cierra el círculo. La infraestructura se queda desnuda, la catedral aparece sólo erigida sobre sus muros, sin retablos, sin rosetones, sin deambulatorios, sin arcos, sin oropeles ni figuras. Ni cánticos de coros. Sólo la piedra que resiste a cualquier inclemencia, expuesta como está al cielo y a la tierra. Así es como es posible vivir momentos de gran dicha en medio de la debilidad; es posible vivir con alegría ese estado de indefensión, de dependencia total. Porque depender de quienes verdaderamente te aman es un honor, es un orgullo, una alegría. Y servir a quienes dependen de ti también lo es. Y, aunque para muchos algo más recóndita, existe una gran alegría inherente a hacer limpieza, o a constatar una vez más cómo tenemos los apoyos justos, los amigos justos, justísimos; cualquier situación de debilidad nos pone en situación de pedir favores, y los favores espantan a los falsos amigos. A enemigo que huye, pues, puente de plata.

Al igual que es una alegría inmensa, irracional y, por ello, de calidad suprema, análoga a la alegría franca y expansiva que exteriorizan los niños ante cualquier descubrimiento, la de volver a disfrutar de los alimentos que antes se ingerían sin el menor aprecio. Contradicción en términos, vuelco total del sentido establecido de las cosas, según la cual la gula pasa ahora a ser un mandamiento, y el ayuno y la restricción, pecados que pueden llegar a ser pozos sin fondo. Paradojas de la vida: lo que comúnmente tenía por sustancia aborrecible, ahora es el pan mío de cada día. Pasteles de nata y hojaldre, macarrones con queso (doble ración), croquetas de jamón y huevo para cenar, un cuenco grande de arroz con leche, repetir el postre, comer cuando me dé la gana, saltarme todas mis restricciones.

La rueda de la enfermedad ha resultado ser la de la salud. El mal me ha vuelto a dar la vida.

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