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Doce del destino

Doce Del Patibulo

Doce del Patíbulo es una excelente película de aventuras bélicas, por así decir. Es un filme que consta de prólogo, inicio, nudo, desenlace y epílogo, cada uno con su tono. El nudo, a su vez, está dividido en dos partes netamente diferenciadas y diferentes entre sí, a tal punto que puede hablarse casi de dos películas diferentes.

Lo más interesante de esta película está en la parte final, y es un elemento que no sólo resulta decisivo para el decurso sucesivo, sino que, tras su conocimiento, cambia nuestro punto de vista y el tono con el que vemos la película hasta ese momento. Dicho de otra manera, la información que acabamos de registrar hace que cambie nuestra forma de pensar en lo visto hasta ese momento.

La historia versa sobre doce tipos condenados a muerte o a años de prisión suficientes para que constituyan, en la práctica, una cadena perpetua, que son reclutados por el ejército de EEUU para ser entrenados y convertidos en soldados de elite que se embarcarán en una misión suicida contra el ejército nazi. Ahora bien, son doce protagonistas, con lo cual interesa mucho -y se consigue- dotar a cada uno de personalidad lo bastante fuerte como para que el espectador quiera saber acerca del destino de cada uno de ellos; no son doce figurantes, ni doce soldaditos de juguete, sino doce personas por las que tanto el narrador como el espectador adquieren interés, al menos por la mayor parte de ellas (no se profundiza en la personalidad ni en las acciones de los doce). Al mando de la operación está el orgulloso e individualista mayor John Reisman, acostumbrado a hacer las cosas a su manera y a rebelarse todo lo que puede contra sus propios superiores, siempre sin desacatarlos ni ser desleal.

Ésa es la historia, el argumento; pero uno de los temas principales de la película, y el que me interesa sacar a relucir aquí, es el del destino y su inexorabilidad.

El destino, en esta película, tiene la cara de Telly Savalas y se llama Archer Maggott. Es uno de los doce sucios. Un tipo vulgar, de inteligencia más bien menos que mediana, normalmente silencioso y poco amigo de crear problemas pero con expresión ladina y hostil. La característica más importante de Maggott es que es un monomaníaco peligroso con una marcadísima misoginia, tan simple como peligrosa. Es peligrosa porque es simple; no se puede desmontar, ni se puede razonar con Maggott sobre lo estúpido de sus creencias.

Ahora bien; todos son presidiarios condenados por graves delitos, ninguno es una hermanita de la caridad. Pero todos -excepto Maggott- son hombres cuerdos. Se nos narran los pormenores de los delitos de algunos de ellos, por boca de ellos mismos o en medio de un diálogo que mantienen con Reisman. Asimismo, presenciamos escenas de encontronazos entre los condenados o entre alguno de ellos y la autoridad, normalmente representada por Reisman. Se nos dice y se nos deja claro que son tipos duros, con los que no se puede bromear. Pero, al mismo tiempo y por el mismo artificio, se nos advierte de que Maggott es diferente del resto; es un loco peligroso.

En apariencia, al final de su entrenamiento, los doce presidiarios han entrado en vereda y se han convertido en eficaces soldados fieles a su misión. Si tienen éxito, serán hombres libres. Están dispuestos a jugarse el pellejo por una oportunidad, ya que esa misión de alto riesgo les proporciona algo que antes no tenían: una esperanza, por tenue que pueda ser.

En el helicóptero que los llevará al palacete donde se concentran los altos mandos nazis y que ellos van a asaltar, los doce repasan una y otra vez las claves del plan. Lo estamos viendo: son hombres convencidos de lo que tienen que hacer y decididos a hacerlo bien hasta el final. No importa si lo hacen por convicción o por pragmatismo; si son mercenarios, tanto mejor para la causa, pues el mercenario jamás la abandona, cosa que sí hace el idealista. Si el plan falla, no será por culpa de ninguno de estos hombres.

Pues resulta que sí. El plan inicial falla. Y lo hace porque Maggott, uno de los infiltrados en el palacete y que iba a despejar el camino para los demás, ha visto a una bella mujer. Ella no lo ha visto a él. Vemos cómo la espía desde su escondite, en una suntuosa habitación. Están solos. Y de repente, ocurre: Maggott se deja llevar de su locura y mata a la mujer. Lo curioso es que, aunque los nazis reunidos en el palacete para pasar una agradable velada no se dan cuenta del asesinato, quienes sí se dan cuenta son los propios compañeros de Archer Maggott. Saben que la locura se ha apoderado de él y que los ha traicionado. Es el momento de abandonar el plan; éste ha fracasado. (Montan a toda prisa un plan B, y sí, la misión es un éxito, pero no se trata de eso, sino de que El Plan, ése que tantos meses les había llevado preparar, ha sido un rotundo fracaso que podía haber terminado con la ejecución de todos ellos y un fracaso aliado en la guerra contra los nazis).

La forma en que se llega al momento de la traición de Maggott está magistralmente labrada, y el momento está impecablemente elegido. El hecho de que se produzca en el tramo final causa un estupor en el espectador que no habría sido tan pasmoso si se hubiera producido antes. Ya que el espectador se ha pasado la mayor parte de la película alineado con los doce del patíbulo y su objetivo, compartiendo sus esfuerzos, participando de sus chuscas bromas y ocurrencias, alentándolos en los juegos de guerra que finalmente ganan y alegrándose cuando lo hacen y, finalmente, sintiendo la emoción y la tensión al verlos ya sobre el terreno, metidos de hoz y coz en su peligrosa misión contra los nazis. El momento en el que todo eso se desmorona es eso, sólo un momento, pero basta para que seamos conscientes de lo que significa, del fracaso que significa. Y sucede igual que suceden estas cosas en la vida: en un momento se decide la suerte de algo que se ha soñado, planificado, diseñado, para lo que se ha trabajado durante días, meses o años.

La historia de los Doce del patíbulo es la historia de la victoria incontestable y eterna del destino sobre la voluntad y el esfuerzo del hombre. En un sentido menos fatalista (en la acepción primitiva del término, es decir, despojado del sentido negativo que ahora tiene), se puede ver también como la historia de la tenacidad y de la dignidad del hombre que se levanta al momento de caerse y que persevera hasta la victoria o, al menos, hasta la superación de un revés. Sin embargo, no por ello deja el destino de ser menos inexorable y menos rotundo; cuando se manifiesta, le basta para ello un instante, y puede revestirse de comedia, de absurdo, de tontería, de suceso fácilmente evitable sin que por ello hubiera podido evitarse de ninguna manera. Maggott estaba destinado a encontrarse con una mujer y a no poder refrenar el impulso de matarla, dando con ello al traste con todo, empezando con sus propias posibilidades de seguir viviendo. Se trata de un destino irracional -en la medida en que puede hablarse de racionalidad del destino-, una fuerza sobrehumana; en este caso, su instrumento es un hombre demente, irracional.

El mayor Reisman, aun con toda su fuerza de voluntad, su disciplina, su capacidad de mando, su autoridad y su poder, no puede hacer nada contra esa potencia de la vida. Pero la película no lo culpa ni mucho menos lo condena por no haber previsto lo que podía pasar y por no haberse dado cuenta de que entre sus filas había un loco incontrolable; y es que todos tenemos una vista perfecta cuando juzgamos el pasado, pero sólo entonces. El narrador de la película sabe esto y lo comprende. Y nos insta a comprenderlo y a comprendernos y perdonarnos igual que perdonamos a Reisman.

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“La ventana indiscreta”, un análisis

¿Qué tal tu mujer?, le pregunta el personaje de James Stewart al de Wendell Corey, su escéptico amigo, cuando él mira con ojos de cordero degollado -y lujurioso- a la bailarina que vive enfrente. “Bien, muy bien”, responde él, sintiéndose pillado como un escolar y adoptando una expresión anodina.

Él tiene sus ideas y yo tengo las mías, pero ni un solo día hemos dejado de querernos, le dice a James Stewart en otro momento de la película el personaje de su asistente, Thelma Ritter, quien, además, repetidas veces lo insta a que se case con esa novia tan guapa, elegante, hogareña, servicial y sumamente perfecta con la que él, sin embargo, no acaba de sentir lo que hay que sentir.

Quien no tiene ya esos dilemas es el viajante, Lars Thorwald, otro vecino, porque ha matado a la pesada de su mujer, que le hacía la vida imposible, y ha enterrado los pedazos de su cadáver por ¿toda la ciudad? ¿partes del jardín comunitario? Da igual; el caso es que el hombre, por primera vez en muchos años -quizá, en toda su vida- es feliz. No ha ganado dinero ni estatus, ni tampoco libertad para verse con ninguna querida (¿y quién quiere una querida? ¿Otra mujer? ¡No, gracias!); sigue viviendo en el mismo piso cutre de clase media de Nueva York, y teniendo el mismo trabajo de representante de una empresa de tomavistas, frigoríficos, equipos de aire acondicionado o lo que sea, pero ¡qué bien se está en ese sofá, y qué nuevo le parece, a pesar de lo desvencijado que está, simplemente estando ahí despatarrado fumándose un cigarrillo, después de años de no poder hacerlo tranquilamente porque la parienta estaba erre que erre con que apágalo y no me llenes la casa de humo!

La pobre Señorita Corazón Solitario no sabe bien a qué se está exponiendo, ni la que le puede venir encima si finalmente consigue aquello que tanto ha perseguido: un marido decente, dejar esas cenas de acompañante imaginario -y, sobre todo, esas salidas nocturnas que la otra vez casi acaban con un asalto por parte de un desaprensivo, ¡y en el sofá de su propia casa, nada menos!- y ser feliz para siempre jamás. Tampoco lo sabe bien quizás el compositor de esa música tan bonita al que ha empezado a ver más frecuentemente a raíz del esclarecimiento del horrible asesinato con descuartizamiento que ha habido en el vecindario.

Señorita Corazón Solitario

Quien sí lo sabía todo y a pesar de ello se ha tirado a la piscina es el aguerrido fotógrafo, que ha viajado por todo el mundo y, de no tenerlas todas consigo con respecto a su bella y glamurosa novia, ha pasado a rendirse a sus pies. Ahora, él está feliz; emasculado, con las dos piernas escayoladas, y castigado mirando cara a la pared y no a la ventana, como a él le gusta, pero feliz, vigilado atentamente por su ahora esposa, Lisa, que lee Harper’s Bazaar mientras se relame de gusto porque ya ha conseguido llevárselo al huerto. (Miren ustedes la secuencia final de la película y no me digan que no se relame de gusto).

Lisa (

Lisa no se ha interesado nunca por la pareja de recién casados del edificio de enfrente. Si lo hubiera hecho, habría visto la evolución de esa pareja, como la vio el personaje de James Stewart (Jeff): de buscar la intimidad a cada momento para hacerse arrumacos y darse besitos todo el rato, a la vida matrimonial rutinaria y estable, con unos cuantos “¡Haaaarrryyy!” por parte de ella cuando necesita algo de él, a lo que él responde, no sin antes esbozar una inevitable mueca de contrariedad. ¿Acabarán los señores Jeff como esa pareja?

Los recién casados

Peor aún: ¿y si acaban como los Thorwald? Aunque también pueden acabar como Stella (Thelma Ritter) y su marido, que siguen felizmente juntos (importante lo de “felizmente”) a pesar de sus consabidas diferencias. O como la pareja que, en las noches de calor, duerme en el balcón, ama a su perrito y se lleva -parece ser- de maravilla, aunque no se les ve hablar ni hacer juntos otra cosa que no sea dormir, huir del chaparrón cuando éste se desata o lamentarse de la muerte de su perrito (hasta que se compran uno nuevo: el vivo, al bollo): no parecen muy apasionados, pero tampoco aburridos el uno del otro.

el matrimonio

Y hasta pueden llegar a cultivar una buena amistad con la señorita Torso y su amado, el soldadito que ha vuelto de permiso; ella sí que sabe lo que es el amor verdadero y seguir su corazón, después de haber sido la reina del baile y haber coqueteado con varios acaudalados y guapos pretendientes.

Señorita Torso

En la secuencia final de “La ventana indiscreta” está la condensación de todas esas historias, y también está esa pregunta abierta, lanzada a la cara de los espectadores con la mala leche que le era tan connatural y tan querida a Alfred Hitchcock: ¿es el principio de una convivencia feliz, o están los dos encarrilados para un desastre seguro, y son todavía en este momento felizmente inconscientes de ello?

La mala baba de nuestro querido director va más allá: en todas las historias de parejas que nos ha ido presentando a través del voyeurismo de Jeff -están ahí todas las variedades de parejas; tanto, que incluso hay no-parejas, como en el caso de la Señorita Corazón Solitario o en el de la artista que está “casada con su escultura”, hasta que decide dejarlo y disfrutar de la vida, con dos- está el germen de lo que puede ser la vida de pareja del espectador. Hitchcock le sirve en bandeja la pregunta, si él se atreve a tomarla: ¿cuál es tu historia, espectador? ¿En qué apartamento vives tú? ¿O tal vez estás haciendo un recorrido por varios de ellos? Tal vez hayas sido como uno de esos novios apasionados y ahora seas la mitad de esa pareja aburrida -aunque conforme con su vida-, o hayas dejado pasar demasiado tiempo y hayas idealizado el amor, como la Señorita Corazón Solitario. En cualquier caso, por favor, no seas como Thorwald, que mira cómo acabó. ¡Con lo fácil que es divorciarse y cada uno por su lado!

Los Thorwald

Quizá “La ventana indiscreta” fuera en su día una obra maestra del suspense, pero, vista con los ojos de hoy, y sin mitificaciones, se da uno fácilmente cuenta de que el suspense ocupa una parte muy pequeña -y de intensidad decreciente- del metraje. En cambio, la sorna pesimista y pelín bastante misógina de Hitchcock sigue conservando todo el mordiente del primer día, pues “La ventana indiscreta” es una buena y desencantada reflexión sobre la vida en pareja y las diversas formas en que la gente busca -y, a veces, hasta encuentra- a su media naranja. Los modelos de relación que nos muestra Hitchcock siguen vigentes y prácticamente abarcan todo el espectro. Mediante su mirada de metomentodo cotilla, el soltero Jeff -que no es tan joven como su asistente personal afirma al principio- tiene la suerte de acceder, de antemano, a todas las posibles conclusiones de su propia historia, y puede así tomar lo que hoy en día se llama “una decisión bien informada”. Pero no es tan pasivo como nos pueda parecer: se aprovecha del carácter sumiso de su novia para enviarla a misiones que acaban siendo casi suicidas, ergo la pone a prueba, y sólo cuando ella supera esa prueba -casi siendo asesinada en el proceso- recibe el visto bueno como candidata a esposa. En cambio, irónicamente, ella piensa que ha sido al revés: ha sido ella quien lo ha “cazado”. Y, bueno, no estamos seguros de cómo ha sido en realidad. El final está abierto, como esa ventana por donde el curiosón espiaba a todo Cristo.

¿Cómo acabaría esa pareja? ¿Qué creen ustedes?

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Esperando a Gromek

Gromek

Gromek no está,

Gromek se fue,

lo arrancaron de los brazos de la vida

un norteamericano y una granjera alemana

con un cuchillo roto, una pala y un horno de cocina,

miren ustedes qué triste final para el hombre superentrenado para todas estas eventualidades.

Lo llaman en vano sus democráticos y populares superiores:

Gromek a la cita no acudirá.

Ya no volverá a la ciudad de Nueva York ni comerá Pete’s Pizza nunca más.

Tampoco usará Gromek jamás la palabra “rudimentario”,

porque a este hombre construido como un estólido armario

lo han obligado a un mutis de emergencia.

Nena, nena, anula tu cita con Gromek para este sábado noche:

su motocicleta no ha de ronronear nunca más junto a tu puerta

ni te llevará a dar un paseo por Berlín en coche.

Nena, oh nena, el fiel y disciplinado Gromek se ha tomado unas vacaciones sine die;

él, tan buen comunista y trabajador, pero de las vueltas de la vida no hay quien se fíe.

La fosa de buena tierra brandemburguesa se tragó su moto y su chupa,

pero nena, oh, nena, Gromek murió con las botas puestas,

no llores al viejo lacayo, no llores al leal esbirro,

son cosas que pasan, Gromek no vendrá y ya está.

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Terminator: un análisis

Toda historia, hasta la aparentemente más trivial, es sin embargo siempre algo más, y lo es incluso a pesar de su creador y de su narrador. Porque, en última instancia, todas hablan de nosotros, todas nos ponen delante un espejo para que nos escrutemos en él y nos reconozcamos, o no. El espejo puede ser oscuro o mostrar a nuestra mirada algo que, a simple vista, no se distingue bien; nuestro rostro siempre está ahí, pero a veces no lo sabemos ver; creemos que lo que estamos mirando es el rostro de otro, o quizá algún paisaje, una nube o un borrón.

No es así; el espejo siempre está dirigido hacia nosotros.

“Terminator” es una de las grandes películas de ciencia-ficción de todos los tiempos. Puede verse, y de hecho es recomendable hacerlo así, como una película sencillamente muy entretenida y, además, inteligente y desafiante. La sinopsis es más o menos ésta: en el futuro, las máquinas han aventajado al hombre en inteligencia, han cobrado consciencia de sí mismas y se han rebelado contra su creador; el mundo está ahora dominado por ellas. El líder de los humanos es un hombre llamado John Connor. Las máquinas, temerosas de él, envían al pasado de 1984 un cyborg o robot (o androide, teorizan algunos) con apariencia humana pero con fuerza, potencia y resistencia mil veces superiores a las del hombre, para matar a la que va a ser la madre de John Connor, antes de que éste sea concebido. La chica vive en Los Ángeles y se da cuenta de que alguien implacable va tras sus pasos, sembrando el caos y el terror allá por donde va. Afortunadamente para ella -y, se supone, para la raza humana-, también le llega un protector, directamente venido desde el futuro para enseñarle a sobrevivir, un hombre llamado Kyle Reese.

 

Terminator

A favor de “Terminator” está el hecho de que la historia es decididamente fantástica, pero está ambientada en el mundo y en la época en la que se rodó el filme y en su contexto más inmediato flotan temas que suscitaban debate en el mundo de 1984: ¿hacia dónde va el progreso? ¿Pueden llegar las máquinas y los ordenadores a superar al hombre? ¿Debemos temer amenaza alguna en ese sentido? ¿Cuán en serio debemos tomarnos la cuestión nuclear; es posible que estalle una guerra nuclear, la definitiva? (Cuestiones que, de una u otra forma, siguen vivas a día de hoy y sin responder). La película se hacía eco de todos estos interrogantes y ofrecía su propia conclusión. Por otro lado, los 80 fueron una época de gran optimismo y alegría de vivir -en comparación con décadas posteriores y también, según dicen, anteriores- y eso se nota en el carácter decididamente lúdico de las películas de esa década. Muchas de las mejores comedias contemporáneas de Hollywood se rodaron entonces, y, de alguna manera, el resto de los géneros eran cosechados con resultados igualmente disfrutables, quizá porque no había pretensiones de profundidad, gravedad o trascendencia tan marcadas como en los realizadores actuales (o en realizadores no necesariamente actuales pero sí contaminados por esa tendencia -quizá se me nota que no soy una gran partidaria de estas aspiraciones, tal vez porque pienso que no es necesario buscar la trascendencia, pues ésta está siempre ahí, como digo, en cada historia que contamos, a poco que queramos escarbar en la superficie).

Enumero todos estos factores porque me interesa subrayar el hecho de que esta película es eminentemente un producto hecho con fines comerciales y sin mayores pretensiones.

Y sin embargo, hay en ella algo más que está ahí, latente; un canto de grillo al que podemos prestar oído, si queremos. Algo que va más allá de las preguntas sin respuesta final sobre el futuro de la tecnología y del hombre que la ha creado, a manos de ella, si se diera el caso; más allá del temor omnipresente al invierno nuclear.

Podemos encontrarlo si fijamos nuestra mirada en el personaje que, teniendo menos de humano (nada) es, sin embargo, el que da título a la película. Es el villano, el destructor, el robot o cyborg sin sentimientos (no puede tenerlos) que tiene sólo un sentido: su misión, grabada en su UCP. El exterminador, no la desvalida Sarah Connor ni el celoso guardián Kyle Reese, ni siquiera la humanidad victimizada por el robot (así, a bulto); el robot terrible es el centro de esta historia y el verdadero protagonista de ella.

Es un fenómeno curioso, y una posición insólita aquella en la que esta película nos invita a colocarnos a nosotros mismos: el personaje sobre el que más quiere llamar nuestra atención es aquel que menos tiene en común con nosotros. No podemos empatizar con él, puesto que no tiene corazón; no es humano.

Sin embargo, también en él, tan opuesto a nosotros, tan aparentemente irreconciliable, podemos encontrar puntos en común, aunque no sean más que los de la frontera que limita al monstruo, a un lado, y a nosotros, al otro.

Se trata de un ser aislado de todo lo que lo rodea. Vive fuera de su tiempo y fuera de su mundo. Parece uno de nosotros, pero no lo es. La gente se aparta de él; provoca terror. Debido a que es una máquina, los códigos sociales e interrelacionales le son completamente ajenos; no los domina ni puede aspirar a ello, por eso su conducta es estrafalaria o escandalosa, según el espectador humano. Por eso, al principio, es objeto de burla y de acoso por parte de quienes lo ven (antes de que se den cuenta de que han elegido mal a su objetivo). En ese momento, se da una curiosa situación de reversión de papeles: la víctima se cobra su venganza, aunque ni ella se vea como víctima, ni pretenda venganza alguna; se limita a ser lo que es.

De hecho, en toda la película, el “exterminador” es el único ser totalmente fiel a sí mismo. Lo es hasta sus últimas consecuencias, como podemos imaginar y como luego la película se encarga de confirmar.

Quizá esperamos, sin admitirlo ni darnos cuenta nosotros mismos, que el Terminator muestre, quizá al final, al menos un poquito de sentimiento humano; tal vez por ósmosis, por contaminación o por aquello de que el roce hace el cariño. No sucederá tal cosa. Es de naturaleza totalmente incorruptible. En ese sentido, se le puede calificar como ese ser puro, fiel a sí mismo hasta el final, que quizá todos aspiramos a ser (vanamente, por supuesto). No se le puede chantajear, ni pretender someter a normas que no sean las suyas propias, ni se puede jugar con él la carta del temor. Es el ser en estado puro. Su existencia tiene un sentido pleno y perfecto. Jamás pierde de vista su misión, y hace cualquier cosa con tal de cumplir sus objetivos vitales. No busca ni necesita la aprobación de nadie.

(Es un robot, ya lo hemos dicho).

Es clara, si se quiere ver, la resonancia bíblica de su nombre: el exterminador, un apelativo que casi llama a otro: “ángel”. ¿Un ángel exterminador? Quizá no tanto eso como, simplemente, un ángel caído: creado aparentemente perfecto, ha caído desde un plano superior a otro inferior, el mundo (comparativamente) subdesarrollado de 1984. Es significativo el hecho de que aparece en la Tierra completamente desnudo y en posición casi fetal. Un nacimiento ominoso que puede simbolizar muchas cosas.

Como ser del futuro y creado por una entidad aparentemente casi omnipotente, el (ángel) caído, Terminator es perfecto: no siente dolor, no actúa de manera irracional ni emoción alguna puede nublar su juicio. Sin embargo, Terminator, paulatinamente y de forma simbólica, va perdiendo partes de su estructura física y deteriorándose de la misma manera en que su superioridad va convirtiéndose en inferioridad y, finalmente, en fracaso de su misión. En última instancia, fracasa porque es demasiado puro, es decir, rígido: no se amolda al mundo que lo rodea ni a quienes lo habitan, no es maleable a ninguna influencia y no comete errores. Fracasa, pues, justamente porque es demasiado perfecto, no hay en él fisuras. Su misión es clara, y la implacabilidad con la que persigue ese objetivo, su fijación con él, es lo que lo hunde. Es impermeable al contexto, sea éste cual sea, y jamás modifica su conducta pues es incapaz de absorber y mucho menos interpretar nuevas claves.

“Terminator” también es, o se puede ver como un psicodrama: el de la incomprensión y la soledad del ser diferente, alguien que, a pesar de ser perfectamente coherente consigo mismo y con su naturaleza, es tan incapaz de verse a sí mismo y saber quién es como el más imperfecto de los hombres. Terminator debe morir porque es un ser condenado a no conocerse jamás a sí mismo. Y quien no se conoce a sí mismo está condenado a perecer, de forma espiritual o literal.

En ese sentido, su parábola (la del robot solo y alienado) es, si bien mucho menos patética, igual de potente en su capacidad de sugerencia que la del hombre solo y alienado: ambos están condenados a desaparecer. Terminator es, en realidad, exterminador de sí mismo: no le queda otro destino que perecer y, además, existir y morir a espaldas del mundo, y es significativo que ése sea su final en todas las entregas de la saga Terminator, aun cuando en sucesivas entregas el Terminator aparece como salvador y no como exterminador: en el fondo, sigue incapacitado para verse a sí mismo.

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Oda a un género

Afortunadamente, el de terror nunca será un género cinematográfico mayoritario. Y digo afortunadamente, porque amo el cine de terror. Me fascina, me intriga, me atrapa, me subyuga, y nunca, nunca me aburre. Por eso, me alegro de que nunca vaya a ser un cine de consumo masivo: porque así, sé que la presión comercial nunca será abrumadora, y que se podrá mantener siempre una buena medida de independencia, de innovación, de atrevimiento, de descaro y de iconoclasia.

(Si bien, aquí urge que distinga entre el cine de terror, que parte de la intención honesta de hacer cine de género, y el pastiche, subproductos basados en explotar la parte más visceral (en el sentido literal) del género y encadenar escenas explícitas de torturas; no en vano en EEUU han merecido el acertado calificativo de torture porn). (Detesto igualmente las mal llamadas comedias de terror, a las que no pienso contribuir ni con una pizquita de publicidad mentando títulos; sólo diré que he soportado el visionado de algunas y, desde luego, tenían tanto de terroríficas como de graciosas, o sea, nada).

Muchas veces me he preguntado por qué, cuando paulatinamente he ido perdiendo el placer que me proporcionaban antes las películas en general, así como mi capacidad de atención hacia ellas, a pesar de todo eso mi interés y mi gusto por el cine de terror se ha mantenido invariable. Quizá sea baldío ponerse analítico con cosas a veces tan irracionales y, en un sentido práctico, tan arbitrarias como son las preferencias y los gustos de cada cual; puesto que, cuando algo nos gusta, nunca es una opción consciente y razonada. Pese a ello, y no habiendo tenido otro conejillo de Indias a mano más que yo misma, tengo varias hipótesis acerca de la raíz de una afición tan incomprendida (si alguien que me lee es un hermano fan, habrá tenido que soportar miradas de extrañeza o algún “¡No sé cómo te puede gustar eso!” cuando salió de ese armario).

Puede que nos guste porque nos conecta directamente y sin la intermediación o barrera del cerebro con el momento en que supimos lo que era el miedo, con nuestros terrores infantiles, con nuestras pesadillas que tan reales parecían, con esa edad, la infancia, tan maravillosa e inocente, sí, pero a la vez tan absolutamente aterradora y de contornos tan difusos; de niños, no sabíamos distinguir entre realidad y ficción, y además, éramos los seres más indefensos y vulnerables del mundo, siempre a expensas de los mayores para protegernos del mundo y de los seres malvados que lo poblaban.

Es casi imposible que nadie recuerde la primera vez que tuvo miedo. Quizá estaba despierto y se acababa de dar cuenta de que su madre no estaba por ningún lado; quizá estaba dormido y veía en sueños a un monstruo, o a una persona real que constituía una amenaza. Tal vez se acababa de despertar de ese mal sueño y estaba a punto de sentir por primera vez el miedo a la oscuridad; o puede ser que simplemente creyera ver cosas que no existían, sin poder precisar si era día o noche, si estaba despierto o todo era un sueño. Es difícil saberlo; la infancia, ya digo, me parece una etapa en la que uno se está configurando y va y viene de determinados territorios que sólo más tarde serán mutuamente excluyentes, como el agua y el aceite.

Es un momento de misterio absoluto, rodeado de incertidumbre, y quizá también de curiosidad. Imagino que habrá muchísima literatura psiquiátrica y psicológica sobre este tema. Pero quizá todos nuestros miedos tomaron cuerpo en ese primer momento, como un mecanismo nuevo que se instauró y que luego sólo nos limitamos a accionar. Una película de terror siempre juega con los miedos más primarios del hombre, evocándolos bajo distintas formas. Así pues, verlos reflejados en una pantalla y bajo la máscara de una ficción puede actuar como psicodrama que nos alivia, ayudándonos a revivir aquel primer momento de terror y a exorcizarlo una y otra vez, con lo cual ganamos terreno a lo irracional y a lo incontrolable de nuestras mentes.

También he leído por ahí otra interesante teoría, según la cual lo que más nos satisface de una película de miedo es la situación de dominio y de control total en que nos sitúa, pues vemos sin ser partícipes de lo que vemos; es, quizá, otra forma de vencer el miedo, al contemplarlo desde un refugio seguro, el de la butaca del cine o el sofá de casa. En ese sentido, no sería más que el placer derivado de intensificar la sensación de sentirnos seguros, bien asentados, cómodos y a salvo en nuestra casa, en nuestras circunstancias y en nuestra realidad; y, yendo más allá, el placer derivado de apreciar más todas esas cosas.

Añado otra posible explicación: la de que nos gusta ver ese tipo de películas porque, simplemente, no nos asustan en lo más mínimo; somos tan realistas, que en ningún momento participamos del juego de la ficción, y siempre somos conscientes de que es el mundo real, con sus seres humanos reales, lo que debe tenernos alertas y activar nuestros instintos de protección, no una fantasía de celuloide ni un cuento contado alrededor de la ancestral hoguera.

Por último, además de todo lo anterior, puede ayudarnos a entender un poco mejor la naturaleza humana, al mostrar sus lados más oscuros.

* * *

Hoy quiero recomendar una película que he tenido la suerte de ver (ya he dicho que el cine de terror es minoritario): Blood river (río de sangre, en inglés; película de EEUU, del 2009 y dirigida por Adam Mason, con un reparto mínimo pero más que suficiente, con tres -para mí- desconocidos pero muy eficaces intérpretes). Es una película del género, aunque también se puede inscribir dentro del thriller-psicológico-con-elementos-sobrenaturales-y-otros-ligeramente-macabros (aunque sólo ligeramente). Como tantas otras, da a entender el advenimiento de lo siniestro desde el primer momento, en el que comparecen los felices y atractivos Summer y Clark, marido y mujer que esperan un hijo y que conducen por el desierto de California para una visita de familia. Es 1969 y no hay teléfonos móviles, Internet ni GPS, por lo cual, cuando se les revienta un neumático y no encuentran el del repuesto, se ven abocados al viaje que cambiará sus vidas y les dará ocasión de hacer la prueba de fuego del hasta que la muerte nos separe… Y no sabemos si la muerte, o la fatalidad, o la mala suerte, o simplemente la anécdota pasajera, o qué, pero algo, vendrá de la mano de ese vaquero que, pese a recorrer las carreteras desérticas a pie, no parece sudar ni una gota, ni parece perder la calma ni su sardónico sentido del humor por nada…

Lo que parecía una segunda luna de miel en la era del amor y la felicidad se convierte en un viaje iniciático y revelador por las carreteras secundarias, casi intransitadas del peso de la conciencia, el desafío de hasta qué punto conocemos -y confiamos- en aquellos que consideramos más cercanos, la inocencia y la culpa, y el silencio contra el enfrentamiento y la expiación.

Es una película que parece un thriller más, pero que delinea muy hábilmente y con mucho acierto la línea entre lo denso y lo espeso, quedándose a salvo en el primero.

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