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¡Pásalo!

Ayer, la biblioteca local seguía estando tranquila. El curso escolar ya ha terminado para la mayoría (creo) y parece que eso se nota en el trasvase de gente de los templos del estudio y la lectura obligada a los de la estampa típica de la diversión estival, a poder ser chapoteante. En efecto, había muchísima más gente bañándose o remojándose los pies o tomando el sol en la presa que pasando el rato en la biblioteca (lo sé porque también estuve en la presa).

Puestos a elegir, o sin ponerse a ello, siempre ha sido y en el futuro seguirá siendo dificilísimo pillarme dándome un chapuzón o agotando mi tiempo de ocio, cualquiera que sea la duración total de éste, en una presa o cerca de cualquier cuerpo acuático natural, quizá a excepción de una playa en la cual tenga opción de estar el rato suficiente -para mí, dos horas, si no me canso antes y tengo cómo volver a casa (ésa es otra)- y luego marcharme a toda prisa. Y, al contrario: con frecuencia voy a la biblioteca, muchas veces para tomar prestado un libro o devolver uno, pero se me conoce por haber utilizado la biblioteca como lugar de evasión, relajo mental y terapia silenciosa, allá en la época en que buscaba algo más e intuía la meditación, pero aún no me había dado de bruces con ella; el silencio, la belleza sabia y ordenada creada por manos humanas, la blancura de las paredes, el recogimiento de sus rincones y su terraza para la lectura… debía yo de intuir la correlación entre todo eso y lo que vendría después -o lo que hubo antes, vaya usted a saber.

El simple estar entre libros, sin necesidad de leerlos -sin necesidad, diré más, de que me gusten esos libros concretos-, es hoy para mí aún una necesidad casi orgánica. Hoy, cuando el mundo tal como lo conocemos nos parece a cada segundo a punto de sanseacabarse, viene bien recogerse un minuto, reducir el ritmo, darnos cuenta de que la historia de la humanidad es una historia llena de historias, y de que todas son ínfimas, y la nuestra, también; y, además, de que todas las personas que han escrito todos estos libros son personas que han vivido para contar su historia. Un libro es la obra de un superviviente; es un testamento vital.

Volviendo a la disyuntiva entre piscina (o pantano) y biblioteca (o sillón de leer), no voy a plantearlo como dialéctica, porque no hay tal y, además, sería una contraposición absurda y simplista. Sí dire, pero, que me encantaría ver a la gente tan entusiasmada, tan impaciente y tan amigablemente en disputa -¡eh, ese libro lo he visto yo primero!- por llenar las bibliotecas, por tomar libros prestados, por intercambiárselos, por hacerse con un libro, por recomendarse lecturas entre ellos, por “picarse” de forma sana entre ellos por los libros que unos y otros han leído o dejado de leer, como la veo por ir a la playa y darse el primer remojón, ponerse morenos, comprarse un helado en el chiringuito, saltar desde el trampolín o desde el saledizo de las rocas. Nunca lo he visto, y temo que nunca lo veré. Sólo digo que me gustaría ver ese día, nada más.

Me gustaría que la gente leyera más. Creo necesario que la gente lea más. Un libro nos hace más inteligentes, y la inteligencia es a la vez espada y escudo. Un libro nos enseña lengua, vocabulario, ortografía, puntuación y sintaxis. Un libro nos hace pensar; aun los libros malos lo hacen, porque ejercer el sentido crítico también es pensar, es practicar el discernimiento. Un mal libro nos puede ayudar a darnos cuenta de que, en la vida, van a intentar engañarnos, darnos gato por liebre, contarnos milongas. También puede enseñarnos que, si otros han conseguido que les escuchen y que les hagan caso, nosotros podemos conseguirlo también.

Por favor, leed; leed algo, lo que sea, pero leed, y no dejéis de hacerlo el resto de vuestra vida, y decidle lo mismo a vuestros hijos.

¡Pásalo!

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La biblioteca, la última ágora

Es muy conocido, pero por si acaso: en su novela antiutópica “Fahrenheit 451“, Ray Bradbury esboza una fábula sobre un régimen totalitario que ha proscrito los libros, y tiene un cuerpo de orden público específicamente dedicado a pegar fuego a todos ellos. 451ºF es la temperatura a la que arden.

Hoy en día, esa fábula no sólo está vigente, sino que la amenaza es aún más real, más cercana y con mayores visos de cumplirse.

Digo esto porque ayer estaba convocado un acto que nunca será titular de portada en ningún medio informativo: una concentración ante la Biblioteca Nacional, con el objetivo de dar cuerpo a la Marea Amarilla a favor de una mayor dotación económica (o, por lo menos, para que no se recorte la que hay) para las bibliotecas públicas.

Existe, además, otro ataque contra las bibliotecas públicas o, lo que es lo mismo, contra el libre flujo de la información y de la cultura: el canon por préstamo de documentos.

Las bibliotecas, los libros, el soporte papel, está más vivo que nunca y es más necesario que nunca para preservar la palabra, el saber acumulado, la cultura, la información, la experiencia, la emoción… todo eso junto para lo cual la lectura es el único vehículo posible. Porque, imagínense: si un régimen totalitario cualquiera puede destruir fácilmente el papel, ¿con cuánta mayor facilidad puede destruir los canales de información más modernos, los que han surgido con las nuevas tecnologías? ¿Cuánto más frágil es Internet, el mundo virtual, la nube (en sus propios nombres acuñados advierte de su naturaleza inestable, irreal), que ni siquiera es tangible ni sólido? A diferencia de los personajes amantes y defensores de los libros de “Fahrenheit 451”, que escondían los volúmenes, los escamoteaban y los pasaban y leían en secreto, nosotros jamás podremos poner a salvo la información de un medio tan etéreo.

Etéreo y voluble, totalmente a merced de un gesto. Tan sencillo como sacar una clavija de su enchufe y apagar un aparato, por grande y complejo que éste sea. Tan arbitrario y tan fácil como decretar el cierre de un sitio web, por ejemplo. De la noche a la mañana, la información ya no está. ¿A qué temperatura arden los nodos, los bits, los bytes, el flujo invisible de esta telaraña colosal?

Y ni siquiera hace falta un intento de dominio deliberado del medio: basta con un simple accidente, como un virus que se carga el disco duro o directamente convierte nuestro ordenador en un vegetal para que desaparezca todo lo que en él teníamos almacenado. Esto nos recuerda lo frágil que es el nuevo medio mayoritario de manejo de información, y, una vez más, lo insustituible que es el viejo y confiable papel.

Además, las bibliotecas son todavía hoy uno de los pocos reductos en que prácticamente todo el mundo, de forma independiente a su clase social o su nivel adquisitivo, puede surtirse de información, cultura y entretenimiento, aumentando así su bagaje personal, ése que nadie te puede quitar nunca y que será lo único que te lleves de todas partes. Son, por tanto, un espacio seguro para la creación, para el pensamiento, para el cambio.

Por favor, mantengamos vivas las bibliotecas, y sigamos confiando en nuestro amigo el libro.

2 comentarios

5 de febrero de 2012 · 22:01