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Sin hacer ruido

Antes del quebrantamiento es la soberbia, Y antes de la caída la altivez de espíritu.

Proverbios, 16:18

La caída en desgracia no siempre es fragorosa. Hace ruido, sí, pero es un coro de ruidos desparejos, discretos, incluso inaudibles para muchos. Les pasan inadvertidos hasta que se dan cuenta de que todo ha cambiado, de que algo que daban por sentado y por eterno ya no está. La caída en desgracia se suele producir por un proceso casi mediocremente rutinario. Nos imaginamos la decadencia y la desaparición como algo trágico, tremebundo, súbito, que causa un impacto dramático, y resulta que es algo vulgar y aburrido, aunque no por eso menos cargado de significado.

Pero para todos hay un momento de iluminación. Darse cuenta sucede en un instante, y para cada uno será un instante diferente de ese proceso gradual de desmoronamiento. Habrá un momento en que veremos y constataremos que, en efecto, algo está tocando a su fin y es irreversible, y ese algo es irrescatable. Ese momento contiene una gran belleza, la belleza de ser testigos de algo irrevocable, del cumplimiento de un destino o de una fatalidad. Constatamos que la vida sigue su curso a pesar de lo grande que sea aquello que ha caído; cuanto más grande fuera el ídolo, tanto más hermoso es el momento, porque vemos que, a pesar de todo, el mundo realmente no cambia, la naturaleza no cambia, y nosotros no cambiamos; nada es insustituible.

Yo he tenido uno de esos momentos recientemente. El momento se dio en dos movimientos, por así decir; fueron como dos caras de una sola moneda. Y el dios de barro que vi caer fue el periódico con mejor reputación del país. Sí, así es. Yo ya había oído y leído decir a muchos que este periódico, antaño algo más que un periódico, una institución en la vida política, social, institucional de todo un país, un medio que era capaz de modelar el devenir de la historia del país y de influir en sus actores más importantes, estaba en crisis total y que era inevitable su caída en desgracia. Oía chistes, leía noticias sobre los errores -o las malas acciones- que cometieron sus máximos dirigentes y responsables, sobre sus problemas financieros, su errática línea editorial, sus devaneos con partidos políticos y gobiernos de distinto signo para intentar ganarse sus simpatías y mantenerse a flote, sus movimientos empresariales a la desesperada, sus constantes pérdidas de dinero y de lectores y , por consiguiente, de poder; pero, al no ser lectora habitual de ese diario, no era algo que yo misma pudiera constatar. Eran ecos que me llegaban y a los que no daba más importancia ni atraían más mi interés que otras decenas de noticias que oía a diario.

Hasta el pasado fin de semana, en que, leyendo en diagonal ese diario en su formato digital, como hago con otros varios, fui a hacer clic en un reportaje de tema ligero y frívolo, pero no exento de carga humana (claro). El título picó mi curiosidad: se refería a los sex symbols de los años 90 y qué había sido de ellos.

 

Lo que me llamó la atención casi más que el contenido prepotente, ofensivamente frívolo y superpopero del artículo fueron las reprimendas, bien merecidas, por parte de los comentaristas. Y todo ello en su conjunto me iluminó con respecto a la siguiente cuestión: este periódico ha tocado fondo, y sí, es irreversible.

Se trata de un medio de comunicación -uno más, no el único, ni el último, si bien sí el de mayor fama y mejor reputación, malamente dilapidada en estos recientes años- que se creyó por encima del bien y del mal, se creyó a la altura de los grandes ideales de cualquier estado, nación o comunidad y se creyó también, en ocasiones, más poderoso que los propios poderes establecidos. En sus páginas se encontraban firmas muy reputadas -no diremos grandes firmas, pues no todas lo eran y no en todas la reputación era merecida, pero dejémoslo ahí- que pintaban mucho en la política y en el devenir democrático del país, sobre todo en tiempos en los que la democracia no estaba del todo establecida en las mentes ni en el subconsciente colectivo. Y también después de todo eso. Leer ese diario no estaba al alcance de cualquiera, y su manejo del lenguaje era objeto de estudio y de imitación. No cualquiera podía entender un artículo allí publicado.

Y ahora nos encontramos con esto: un vulgar despellejamiento en plaza pública de figuras conocidas, y todo en base a ¿qué? Pues a que están cumpliendo años, ni más ni menos. Al lado de ese reportaje -descuidadamente escrito y con un muy mal entendido sentido del humor- podemos encontrar otros de semejante nivel, y todos esos contenidos, puestos juntos y en el mismo saco, dan una idea exacta de la concepción del mundo que ahora alienta esta versión 2.0 de este periódico: un mundo frívolo, superficial, materialista, consumista, con valores sin raíz, con personas que tienen mucha prisa por llegar no se sabe adónde, que quieren comer en los sitios más selectos, que quieren llevar el móvil más sofisticado, que quieren ser padres fetén pero que se note, y no dar por perdida su juventud ni dejar sus costumbres juveniles aunque hace tiempo que están peinando canas; que están continuamente intentando adelgazar (pero sin esfuerzo), medrar (sin trabajar), que sus hijos sean los mejores (y llevarlos a desfilar por programas de televisión, si se puede). De su concepción de la política, de la justicia social y de lo deseable para el buen devenir de un país mejor ni hablamos. En estos tiempos en los que la arena partitocrática se ha convertido en una fuente más -y entre las más generosas- de historias sentimentales, lúdicas y/o sensacionalistas, los medios -incluido aquél del que hablamos- aventan historias de corrupción de todo tipo según les interese y en la medida en que les interese; se hacen eco de sucesos criminales que son una minúscula gota en un océano que habla de cambios y de estados sociales, psicológicos y económicos verdaderamente alarmantes, pero que nadie se ocupa de analizar y de explicar globalmente. En los foros albergados en los espacios virtuales de estos medios se montan las mismas broncas que en un foro de coches cualquiera, quizá con un lenguaje algo menos barriobajero (o no); es como asistir a una reyerta entre borrachos en un club de rotarios en lugar de en la tasca del barrio, pero, para el caso, es lo mismo.

Recién en los mismos días en que leía ese lamentable reportaje que ensalzaba una vez más el valor intrínseco de la juventud y de la apariencia juvenil y relegaba a la categoría de infamia, crimen o pecado el terrible acto de envejecer (y de aparentarlo), me enteraba de que la decisión estaba tomada: este medio del que hablamos dejará de publicarse en papel y sólo lo hará en Internet. Y me dije que la publicación de noticias sólo en su formato digital va pareja a la sensación, totalmente enrevesada y falsa, de que en lo digital podemos bajar el listón de autoexigencia porque las palabras digitales es como si se las llevara el viento de lo inmediato; hoy hay una cosa en portada y con titulares de cinco columnas, dentro de diez minutos habrá otra cosa y nadie se acordará de lo anterior, a pesar de que en su momento hubiera habido cientos de personas dispuestas a batirse en duelo a garrotazos por llevar la razón sobre el tema en cuestión. La verdad es que es justo al contrario: es lo digital lo que permanece, mientras que el papel sólo queda en unas hemerotecas físicas que ya nadie va a revisar.

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Existe una cosa muy misteriosa, pero muy cotidiana. Todo el mundo participa de ella, todo el mundo la conoce, pero muy pocos se paran a pensar en ella. Casi todos se limitan a tomarla como viene, sin hacer preguntas. Esta cosa es el tiempo.

***

Pero el tiempo es vida, y la vida reside en el corazón.

***

-¿Eres tú la muerte?

El maestro Hora sonrió y calló un rato antes de contestar:

-Si los hombres supiesen lo que es la muerte ya no le tendrían miedo. Y si ya no le tuvieran miedo, nadie podría robarles, nunca más, su tiempo de vida.

***

-Esos relojes no son más que una afición mía. Sólo son reproducciones muy imperfectas de algo que todo hombre lleva en su pecho. Porque al igual que tenéis ojos para ver la luz, oídos para oír los sonidos, tenéis un corazón para percibir, con él, el tiempo. Y todo el tiempo que no se percibe con el corazón está tan perdido como los colores del arco iris para un ciego o el canto de un pájaro para un sordo.

Momo – Michael Ende

La novela Momo, de Michael Ende, es una que todo el mundo debería leer. Trasciende la etiqueta de literatura juvenil. También la de literatura fantástica. Habla de todos, de cualquiera, de cada uno y de lo que hacemos con nuestro tiempo de vida; de cómo, durante nuestra adultez, algunos más temprano y otros más tarde, decidimos trocar nuestro tiempo por dinero. Al hacerlo, no nos damos cuenta de que el dinero, sin tiempo, no sirve para nada; y para menos sirve si no hay amor en nuestra vida. Si tenemos amor, podemos usar el dinero para disfrutar con nuestros seres queridos. Pero si no, tendremos soledad, que es un gran agujero que devora todo lo que se le echa. Devorará también nuestro dinero, que, en cualquier caso, no podrá suplir nada de lo que carecemos.

No es casualidad que la heroína que devuelve a los hombres el tiempo que ellos mismos han vendido a los Hombres Grises -que son creación de los hombres, no lo olvidemos; ellos/nosotros hemos creado unos monstruos que luego nos roban nuestro tiempo, pero sólo porque nosotros accedemos a entregárselo- sea una niña, y que sean los niños los únicos inmunes al embrujo de los Hombres Grises, que fácilmente convencen a todos los adultos.

En realidad, esta preciosa novelita no es sino una exégesis de una cita bíblica, de unas palabras de Jesucristo:

Y dijo: De cierto os digo, que si no os convirtiereis, y fuereis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos.

Mateo 18:3

En Momo tenemos, simplemente, el desarrollo de esa idea.

No es que debamos volver atrás en el tiempo (ni siquiera pretender hacerlo; ése es un grave error), sino que debemos recuperar la inocencia de usar el tiempo en aquello que en ese momento nos llena, nos ocupa y queremos hacer. No se trata de un uso caprichoso ni hedonista, ni de ocio mal entendido. Se trata de no hacer cálculos con nuestro tiempo; de estar en cada momento de forma plena, de habitarlo. De vivir como si no hubiera mañana. Se trata de no intentar acaparar tiempo para canjearlo más adelante, o de no pretender comerciar con él.

En Momo, Michael Ende trata sobre el tiempo por venir, pero nos entregamos con igual fervor a la trampa del tiempo pasado. Otro ejercicio de futilidad. Claro está, no hablamos de cuando evocamos momentos agradables sin ninguna segunda intención, sino de cuando intentamos reescribir el pasado o lo utilizamos para sabotearnos a nosotros mismos y destruir nuestro momento presente.

Los niños son nuestros maestros, igual que Momo lo es para todos los adultos que la rodean. Pasar tiempo con un niño, que es un adulto que todavía conserva la inocencia, por tanto un ser humano sabio, no adulterado, es recordar todo lo olvidado. Los niños nos anclan en el tiempo, impidiendo que nos alejemos y seamos engullidos por la corriente. Nos varan en aguas pacíficas, permitiendo que podamos recordar cómo era asomarnos y vernos reflejados en el agua, o mirar los peces nadar, o jugar con los delfines, o pescar; o estar tumbados en cubierta, tomando el sol, disfrutando de la sensación, sin que estemos constantemente dando a la manivela del pensamiento, rumiando cientos de ideas a la vez. Qué hacer luego, qué hicimos ayer, despachar esto para poder hacer a continuación lo otro. Sin habitar ningún momento, sin estar en ningún lugar verdaderamente. Cuando estamos con niños, podemos fijarnos en el color de sus ojos y su pelo, podemos recordar luego cada juego al que jugamos, cada broma que compartimos, cada anécdota que nos sucedió estando juntos; porque forzosamente estamos concentrados en cada momento. Es el único tiempo que existe para los niños. La inocencia no es otra cosa que desconocer el tiempo, esa construcción humana que tanto daño nos hace.

Nosotros somos barcos a la deriva, los niños son nuestra ancla.

Son ángeles que nos hacen levantar la mirada y ver el cielo y las estrellas, y quizá una luna azul de vez en cuando. Verlos verdaderamente, no sólo fijar la mirada en ellos un momento mientras pensamos en otra cosa. Pues es posible pasar por la vida, una vida larga, sin haber visto realmente nunca jamás ninguna de las cosas hermosas que nos rodean, salvo cuando se ha sido un niño.

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Citas bíblicas: la adversidad

Y Jehová va delante de ti; él estará contigo, no te dejará, ni te desamparará; no temas ni te intimides.

Deuteronomio 31 8

¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

Romanos 8 35-38

 Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti.

Isaías 43 2

La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.

Juan 14 27

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Entonces la mujer de Lot miró atrás, a espaldas de él, y se volvió estatua de sal.

Génesis 19:26

Me gustaría saber cómo se llamaba la mujer de Lot, famosa solamente para la posteridad por ese gesto que todos hacemos continuamente. Es más; hay quien no hace otra cosa en toda su vida adulta, valga decir en su vida con uso de razón y con pasado.

Pero lo ignoro todo sobre ella. Si alguien me sacara de mi ignorancia, tendría más elementos para especular.

No se nos dice qué le pasó a la mujer de Lot después de eso; y me intriga el destino de esa mujer. Para nosotros, no es más importante que esos personajes de relleno que son despachados, matados por el justiciero protagonista del western. Personajes que tenían un nombre, una vida, una familia, quizá.

Pero, siguiendo con la mujer de Lot, no sabemos nada de su alma. Quizá, aunque su cuerpo se convirtiera en sal sólida y fosilizada, quizá ella siguiera viva, para siempre enquistada allí, sin poder avanzar, y ni siquiera sin poder retroceder más. Simplemente allí, en aquel momento. Mirando atrás para siempre.

Entonces, es de suponer que morará con Dios para toda la eternidad.

Pero el Dios en el cual yo creo es amor, es misericordia. Por tanto, puedo formular una hipótesis según la cual la mujer de Lot miró atrás, y convertirse en estatua de sal fue una bendición disfrazada de castigo de ira divina por contravenir Sus órdenes expresas; de esa manera, en esa quietud y esa solidez a prueba de plagas, con su fungible forma humana bien a salvo, la mujer de Lot tuvo una oportunidad que nadie más tiene ni -que yo sepa- ha tenido en lo sucesivo: que el tiempo se detuviera para ella, y quedar flotando fuera de la vida de los hombres para, así, reflexionar acerca de por qué había decidido mirar atrás. ¿Qué era tan importante para que decidiera contravenir nada menos que designios expresados por Dios? Algo debía de haber a sus espaldas, en aquello que dejaba atrás. ¿Qué era?

Si uno se convierte en estatua, los meteoros y la mano del hombre -casi siempre impía y, a diferencia de Dios, inmisericorde- no tendrán efecto reseñable sobre él. Y ¿qué hay imposible para Dios? Nada; por tanto, puedo creer en que Él quisiera mantener el soplo de la vida en el alma de la abandonada mujer de Lot. Tal vez ella, así, acabó por darse cuenta de lo inútil, de lo pernicioso de esa acción, de esa mirada atrás; y en ese momento tal vez Dios le devolviera su naturaleza -más frágil, pero amada por el hombre- de carne y sangre. Tal vez una voz divina le dijo, con ternura: “Ve y no olvides lo que te he enseñado”, y ella echó a andar, alejándose para siempre de Lot, quien la había abandonado a su suerte.

Me pregunto, asimismo, por la visión a la que la mujer estuvo condenada mientras duró su penitencia (o aprendizaje) como estatua. ¿Qué veía? ¿Quizá la destrucción, aún acechante, siempre demasiado cerca? ¿Quizá se había vuelto para mirar, sin lograr ver, algo que creía añorar, y que existía sólo en su cabeza? ¿Qué esperaba, qué buscaba? ¿Qué echaba de menos? O, tal vez, ¿qué enemigo o mal recuerdo, qué dolor secreto materializado en algún episodio de la vida, intentaba controlar con la mirada para asegurarse de que cada vez le ganaba más trecho?

Algunas veces, quizá en su vida posterior, la mujer de Lot deseó convertirse otra vez, por un momento, en estatua; esas veces en que, como humana falible, volvió a mirar atrás y, como aquella primera vez, nunca no encontró nada.

 

P.D.: Edith, claro. Se llamaba Edith. Yo ya lo sabía, pero, hasta que alguien mucho más versado en Historia Sagrada que yo me lo ha recordado, no he caído. Pues a partir de ahora, nunca se me olvidará.

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“Y conoceréis la verdad…”

If only night was day, if only prayers were answered.
Then we would hear God say.
No matter what they tell you, no matter what they do.
No matter what they teach you, what you believe is true.
And I will keep you safe and strong, and sheltered from the
storm.
–Jim Steinman

Si la noche fuera día, si las oraciones tuvieran respuesta,
oiríamos a Dios decir:
Da igual lo que te digan, da igual lo que hagan,
Da igual lo que te enseñen, aquello en lo que tú crees es verdad.
Y yo te mantendré fuerte y a salvo de la tormenta.

En verdad os digo que una de las citas bíblicas incorrectas que más me solivianta oír es ésa que atribuye a Jesucristo la afirmación siguiente: “La verdad os hará libres”.

Poner en Su boca esa frase, con ese final y, sobre todo, con ese principio, es tan veraz como decir que “Pilatos fue crucificado, muerto y sepultado, y al tercer día, resucitó”. En ambos casos, se parafrasea sólo parte de la verdad, pero el resultado es peor que si se hubiera mentido.

Lo cierto es que, según nos dicen las sagradas escrituras, lo que Jesucristo dijo fue más bien esto:

—Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.

-Juan 8:31-32

Claro, pero cogemos lo que nos interesa de cada casa, y lo que nos dificulta o matiza un tantito el mensaje lo dejamos fuera, ¿no?

Y, sin embargo, debería ser claro al primer vistazo que la versión más popular está truncada, porque, de no ser así, seríamos libres siempre, incluso a pesar nuestro y de forma independiente a nuestros actos. Nuestra vida de esclavitud espiritual, moral, social y de cualquier otra especie es el testimonio y recordatorio constante de lo contrario.

Es cierto que, si debemos hacer caso de la Biblia, Jesucristo fue glorioso profeta (además de muchas otras cosas), pero no un gran exégeta, sin duda porque prefería predicar con el ejemplo que con el verbo (a pesar de ser ése su origen). Al margen de chistes malos, lo bueno de esa oscuridad en la que nos quedamos quienes tenemos en la Biblia un faro de nuestra fe es que nos da libertad para imaginar, para ver y verter nuestros propios significados en el Evangelio -una vez más, libertad… ¿no será ése el mayor regalo que Dios nos hizo, más aún que la vida biológica? Porque, ¿qué es la existencia si no hay libertad? Nada que merezca la pena. Sin duda, Dios tuvo muy presente, al enviarnos Su mensaje, que nadie escarmienta en cabeza ajena y que cada hombre iba a necesitar, más que verse retratado, sentirse reflejado y contenido en esas palabras.

La lengua española diferencia entre saber y conocer, y muy acertadamente se nos dice que conoceremos la verdad, no que la sabremos… porque saber una cosa es tenerla en la mente, pero conocerla es hacerla formar parte de ti… así que, según parece, para liberarnos debemos ser uno con la verdad, ser verdaderos, vivir una vida auténtica.

No sé si los doctores de las diversas Iglesias sabrán realmente a qué se refería Jesús cuando habló así, pero alguien me dijo que alguien más le había dicho, o que había leído en alguna parte, que cuando San Juan (el del Apocalipsis) era muy viejo y estaba a punto de morirse, en Grecia, y estaba tan débil y tan decrépito que sus discípulos tenían que llevarlo y traerlo en brazos entre varios de acá para allá; y él, que tenía las capacidades físicas y sensoriales mermadas, parece que les decía constantemente: “Amaos, amaos, amaos…”

O, dicho de otra manera: Conoced la verdad por vosotros mismos.

Amaos los unos a los otros, pero empezad por amaros a vosotros mismos.

No tengo ni idea de cuál es el verdadero mensaje que se nos quiso dejar; pero, para mí, ése es el mensaje. Es el que yo veo.

Conocer la verdad es conocer el amor, y conocer el amor es experimentarlo, y experimentar el amor verdadero tiene como condición indispensable amarse a uno mismo.

Amarse como Él nos ama, es decir, de forma incondicional y por encima de todas las cosas.

Mucha gente malinterpreta este principio (este mandamiento, en realidad). Creen que tiene que ver con la egolatría y la soberbia. En verdad, es su opuesto más opuesto. Yo no conozco a ninguna persona arrogante ni prepotente en la que vea signos de amarse y aceptarse a sí mismo de forma incondicional, sin exigencias, sin reproches, sin odiarse a sí mismo ni intentar forzarse a ser distinto de como es. En mi experiencia, es arrogante quien necesita de la admiración ajena para compensar el poco amor que se tiene a sí mismo.

Nada más duro que aprender a amarse a uno mismo; pero nada más necesario. Es mi lección más difícil y la más importante. Y los frutos se hacen de rogar, pero son los más hermosos; compensan de la dureza de la espera.

En el amor a uno mismo se contienen todas las promesas, todos los parabienes. Y la liberación, el mayor regalo: de la esclavitud de la imagen pública, de las exigencias sin límites, de las comparaciones desventajosas, de la mezquindad con uno mismo, de la envidia, de la inseguridad. También del sentido del ridículo, de la seriedad acartonada y envejecedora, de la rutina y del aburrimiento. De las expectativas con las que lastramos a nuestra propia persona y a otras. De perdernos en ensoñaciones de un futuro que no es futuro, sino inexistencia, irrealidad, fantasía engañadora.

Y muchas más cosas que no se pueden nombrar ni describir cabalmente en ningún idioma.

Todo eso está contenido en el primer mandamiento:

—Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de todos?

Jesús le respondió: —El primer mandamiento, y el más importante, es el que dice así: “Ama a tu Dios con todo lo que piensas y con todo lo que eres.” Y el segundo mandamiento en importancia es parecido a ese, y dice así: “Cada uno debe amar a su prójimo como se ama a sí mismo.” Toda la enseñanza de la Biblia se basa en estos dos mandamientos.

-Mateo 22, 36-40

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Boanerges

Y a Jacobo, hijo de Zebedeo, y a Juan hermano de Jacobo; y les apellidó Boanerges, que es Hijos del trueno.

Marcos 3:17

En verdad que hay muchas cosas que se me cruzan y me encienden la mecha. Todavía (¡y lo que me queda!) soy en exceso permeable a lo que el mundo nos va arrojando a cada paso.

Podría decir que no lo puedo evitar.

En gran medida, estaría diciendo la verdad: No lo puedo evitar.

Y es más: creo que, ante determinadas situaciones e injusticias que se han hecho estructurales (o que ya lo son, debido nada más a que existe el ser humano), uno no lo debe evitar. Uno tiene que enfadarse. Uno tiene que responder con rabia. Es el único reducto del ser humano civilizado, y es, además, la única actitud que yo entiendo en consonancia con la ética: es necesario enfadarse. Lo difícil es discernir ante qué es legítimo y necesario enfadarse y ante qué no. Para hacer la distinción, seguramente hace falta sólo algo de práctica y experiencia de la vida.

Dios no nos creó para que fuéramos sus marionetas. Y Dios nos bendijo con la imperfección. Si nos hubiera querido perfectos, ¿acaso no nos habría creado perfectos? Si somos falibles y no somos, cada uno, un compendio de todas las virtudes, es porque tal fue el designio divino. Somos así porque debemos ser así. Podemos superarnos y mejorar hasta cierto punto.

Dios nos creó iracundos. La iracundia puede ser como la espada de un samurái, un arma noble. O puede ser una guillotina de la cual nosotros somos las primeras víctimas. Si se usa bien, yo creo que sirve para señalarnos aquello que está mal y para querer corregirlo. Puede ser el paso previo a la acción, aunque esa acción no alcance la extensión de esa injusticia que nos ha sublevado; pero siempre nos moverá en la dirección correcta. Si uno no se indigna ante las injusticias, ¿qué otra postura le cabe adoptar? ¿Qué otra postura moral lo azuzará lo suficiente para querer hacer algo al respecto, o para apoyar cualquier movimiento, palabra, o acción que vea proveniente de otros, encaminado a remediar esa injusticia?

Al fin y al cabo, aun en las situaciones -que son muchas- en las que nada podemos hacer, en las que estamos condenados a acabar aceptando que no podemos cambiar nada, al menos podremos ofrecernos el consuelo de la llama de nuestra rebeldía interior, que nos permitirá ser y sentirnos libres, como siempre lo somos en nuestra última soledad.

Se nos ha hecho creer que es propio de virtuosos decir a todo que sí, asistir a todo con aparente complacencia o aceptación callada. No decir, no hablar, no dar un paso al frente, no hacernos sentir. Pero, si no fuimos creados para ser marionetas en un espectáculo cósmico de guiñol, tampoco lo fuimos para ser meapilas ni santurrones, para pasar por la vida comulgando con ruedas de molino.

Aun en los casos en que no tengamos nada que ofrecer, ¿debemos dejarnos llevar al matadero con la cabeza gacha?

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Dolorosa

“Espero alegre la salida, y espero no volver jamás”.

Frida Kahlo

Y dijo Jehová: Raeré los hombres que he criado de sobre la faz de la tierra, desde el hombre hasta la bestia, y hasta el reptil y las aves del cielo: porque me arrepiento de haberlos hecho. Empero Noé halló gracia en los ojos de Jehová.

Génesis 6:7-8

Mientras nosotros estamos aquí, encontrándonos alrededor de este ordenador, millones de personas, en todo el mundo, están causando a otros millones sufrimiento y daño por el mero placer de verlos sufrir. Es decir, que están ejerciendo actos de sadismo, sevicia y tortura.

Y esto viene a cuento de que hoy, otra vez, algo que he visto, leído o algo que ha llegado a mí porque tengo la manía y el defecto de exponerme a todo tipo de contenidos informativos, seguramente más que cualquier persona normal (pero no entremos ahora en eso); algo que estaba ahí, una historia, una foto, un trozo de realidad, me ha impresionado mucho.

En realidad, no es mucho peor que muchas historias, noticias, todas ellas parte del mundo real, que se publican o que simplemente suceden todos los días, pero, por alguna razón, esta imagen, esta historia, hoy, me han llegado.

Pego a continuación el enlace a esta historia, publicada en el blog de Kurioso. Absténganse personas fácilmente impresionables, como yo.

http://kurioso.es/2012/05/22/por-favor-que-alguien-explique-esta-fotografia/

Uno de los argumentos más recurrentes entre los que no creen en Dios es que cómo puede haber Dios si permite que en el mundo pasen tantas cosas como las que describe ese artículo, por poner un ejemplo infinitesimal de la enorme variedad de formas que idea el ser humano para hacer sufrir a sus semejantes. Ese debate está viciado de antemano, y ese argumento no se puede refutar, porque es como intentar que dos personas que hablan idiomas completamente diferentes debatan y se entiendan sobre algo: también aquí, hablamos de fe contra lógica o, mejor dicho, contra hechos o realidades materiales. Cualquier creyente verdadero le dará la razón a quien argumente algo así: en efecto, el mundo invita a no creer en nada más que en lo que presenciamos, que es, mayoritariamente, la maldad humana que ha sembrado su semilla por el mundo, y de la que aún podemos esperar generaciones infinitas de fruto. Y le dirá que si él cree es, precisamente, a pesar de ello; si el mundo invitara a creer en Dios, ya no sería necesaria la fe.

Pero me estoy desviando, aunque sólo un poco.

Tenemos un mundo asqueroso. Y el ser humano no es esencialmente bueno. Ni malo. Algunos seres humanos son mejores que otros. Muchos son malvados. Muchísimos. Quizá hasta la mayoría; no lo sé. Espero no sea así. Pero la cosa es así porque nosotros somos los reyes de la creación. Somos capaces de lo mejor y de lo peor, y nadie nos lo impide, no hay nadie (en el sentido práctico y cotidiano) que nos pueda frenar. Hemos dominado toda la creación y a todas las criaturas. El ser humano, hasta el más estúpido, es un genio: es capaz de sojuzgar cualquier otra criatura, cualquier otra especie. Pero se esmera especialmente en sojuzgar la suya propia.

Y no hay nada que podamos hacer. No podemos hacer nada para ayudar a El Ser Humano, a La Víctima universal. No podemos eliminar lo que no nos gusta. Tampoco rezando se va a arreglar el mundo de la noche a la mañana. Somos los reyes de la creación, el mundo es nuestro para que hagamos con él lo que nos plazca. Es así.

Lo único que podemos hacer es aceptar la maldad, el Mal, como parte del mundo. El Mal nos acompañará mientras vivamos, mientras estemos en este mundo, mientras exista nuestra especie. Y creo que lo único que se pide de nosotros es, no que demos de comer a un millón de seres humanos o, paralelamente, que rescatemos del sufrimiento o de la maldad a un millón de nuestros semejantes. Pero tal vez sí se nos brinda la oportunidad, aunque sólo sea una vez en nuestra vida, de ayudar a una sola persona. Con que hagamos eso ya habremos disminuido un poco el dominio del mal.

Hasta Jehová abjuró en un momento de su propia obra, nos dice la Biblia. No sé lo suficiente, ni mucho menos, para tomarme eso al pie de la letra. Pero sí creo en el misterio infinito de la vida y de la creación. Y creo en la maldad gratuita, aunque no me haga falta creer en ella, porque es algo real. Así como hay una Virgen María que da vida, hay una que llora por el mundo. Una Madre Dolorosa que llora lágrimas preciosas por el puñal que lleva clavado en el corazón.

La madre que llora por la desgracia, la decadencia, la fealdad que existen en el mundo. Esas lágrimas son parte de nuestra vida. Sólo nos queda aceptarlas.

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Rendición-Bendición

¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos.

Mateo 10:29-31

“Ríndete a Mí” . (Bhagavad Gita Cap.18.66)

Pensaba escribir sobre otra cosa hoy, pero ahora me ha salido escribir sobre esto: sobre lo difícil que es soltar.

Porque es muy difícil, ¿verdad? Basta con hacer la prueba una vez. Soltar, soltarse… es lo mismo. No nos gusta sentir que perdemos el control sobre cualquier cosa, ni que decir tiene que sobre nosotros mismos, sobre nuestra vida. ¡Nuestra vida! Tenemos todo el derecho a decidir adónde ir, qué conseguir, por qué luchar, con quién estar, cómo hacer las cosas. Tenemos derecho a planificar todo y llevar a cabo nuestros planes, reloj y calendario en mano. Para algo es nuestra, ¿no?

No. Y sí: es nuestra para vivirla, no es nuestra para controlar lo que pasa en ella y lo que nos pasa a nosotros. Todos somos dueños de nuestro tiempo -hasta cierto punto-, y sin duda alguna somos dueños de elegir en todas las parcelas y aspectos de la vida designados para ser moldeados según nuestra voluntad. No así la parte de ella concomitante con la de los demás, y con el mundo, con la naturaleza, con las fuerzas superiores a las nuestras.

Hay muchas ocasiones en las que, por muy decididos que estemos a hacer una cosa, todo parece confabularse en contra de ese objetivo o esa línea de actuación. De repente, es como si algo que no está a nuestro alcance ni puede ser afectado por nuestras acciones y nuestros deseos, pero sin duda algo inteligente y mucho más resuelto y sabio que nosotros, estuviera desbaratando uno a uno todos los cuidadosos manejos que hacemos para conseguir nuestro propósito. Una vez más, el rico acervo de frases hechas y de giros idiomáticos ha recogido este fenómeno: decimos que algo “no está de Dios”. (Da igual si se sustituye “Dios” por cualquier otra palabra con la que cada uno se sienta más a gusto para designar lo superior a nosotros, lo incontrolable y que nos controla).

A la inversa, muchas de nuestras mayores felicidades provienen de sorpresas que nos da la vida, de situaciones, resultados o éxitos sobrevenidos, sin que nosotros tuviéramos que hacer nada por conseguirlos. Los astros se han dispuesto de una forma especial, guardando una armonía especial en el cielo, y así han sucedido las cosas, de una forma que jamás imaginábamos posible. O el destino, con su fuerza, ha combinado varias probabilidades de 0,000001% para que sucediera aquello que ahora nos ha hecho tan felices. ¡Quién lo iba a decir! Si alguien nos hubiera dicho hace un mes, hace un año, hace quince años, que hoy estaríamos así, nos habríamos reído en su cara!

Por eso decimos que la ficción ha de ser verosímil y convincente, ha de ser perfecta en su encaje de piezas, porque, si no, nos reímos del escritor y lo llamamos cuentista; pero la realidad no precisa de exactitudes ni de perfecciones matemáticas que nosotros le imponemos. Simplemente, es como le da la gana, o, mejor dicho -y esto es en lo que yo creo-, como tiene que ser.

Sea el resultado favorable o adverso, siempre según la vara de medir convencional y mundana, lo cierto es que gran parte del sufrimiento del proceso, por no decir todo él, es completamente gratuito. Nos lo evitaríamos si nos dejáramos llevar.

Esto es lo que no nos gusta, lo que es tan difícil. Nos gusta mandar, y nos gusta pensar que todo está en nuestra mano, que lo controlamos todo, que tenemos poder de decisión sobre todo y que todo se hará según nuestros designios. Cuando no es así, nos resistimos, nos rebelamos. Hay muchísimas formas de ejercer y expresar esa resistencia: nos enfadamos o nos ponemos tristes y nos regodeamos o insistimos en esa tristeza, haciendo que devenga su hermana paupérrima, a saber: la lástima a nosotros mismos y la que deseamos inspirar en los demás; pasamos a la acción, vengándonos de la vida, el destino, la fatalidad, la mala suerte, otras personas, las circunstancias… el agente externo al que culpamos de nuestros males, esforzándonos en planear una respuesta, o en plantar cara a lo que sea que nos ha pasado, negándonos a aceptarlo o emprendiendo acciones de antemano condenadas a no fructificar. Todo ello resulta en una ingente pérdida de tiempo y un derroche de energías. Además, durante todo ese proceso de inane rebelión, nos hemos cargado de negatividad y seguramente no hemos podido hacer nada constructivo con nosotros mismos.

Lo peor es tratar de volver atrás y de rehacer las cosas, esta vez según nuestros planes, o de deshacer lo que ha pasado. No se puede, ninguna de las dos opciones es una opción real. Hay muchas personas que se quedan atascadas en esa rueda maligna, repitiendo episodios de su vida que en realidad no son sino una representación, cada vez más ajada y con menos sentido, de algo que una vez sucedió (o dejó de suceder) y debió haber quedado así; o torturándose con pensamientos y ruminaciones sobre lo que habría pasado si en su momento hubiera hecho esto o dejado de hacer lo otro… O personas que simplemente se ven vaciadas de toda su energía vital, de toda su fuerza interior, y caen enfermas, o se condenan a vivir vidas angustiosas y angustiadas…

Aún está de moda decir que cualquier cosa que nos propongamos la podemos conseguir. Me parece una afirmación verdadera y a la vez falsa, por mal formulada y descontextualizada. Sí podemos conseguir ser felices, ver las cosas de manera positiva para nosotros, amarnos a nosotros mismos y ser amados. Creo que una de las claves para ello es dejarnos llevar por el baile de la vida; no tratar de imponer la música que va a sonar a cada momento; aceptar lo que nos viene dado y que no podemos modificar. Debemos rendirnos, fluir con la vida; no hay otra. No se trata de conformismo, ni de resignación, porque hay muchas cosas en la vida sobre las que sí podemos y, de hecho, debemos actuar con nuestra propia voluntad. Se trata de distinguir cuándo algo ha de ser así, aceptarlo y seguir adelante, a poder ser con alegría y con gratitud, viendo lo positivo que hay en ello y, si es algo que no deseábamos, viendo qué podemos sacar de bueno y qué podemos aprender de ello.

Pero seguir es crucial: adelante, siempre adelante, y sin agachar la mirada.

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