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Antes muertos que feos

Todos decimos querer ser unas cosas, pero, en realidad, lo que queremos es otra cosa muy diferente. Y, a base de que millones de individuos repitan querer ser unas cosas pero en realidad no estén engañando a nadie (porque todos nos conocemos a nosotros mismos, y eso es condición suficiente para conocer al prójimo), hemos creado, como sociedad, una narrativa, una imagen, cuya brecha con lo que realmente somos es cada vez mayor. Y lo triste y lo irónico es eso: que no nos engañamos.

Porque todo el mundo dice querer ser una serie de cosas, a saber: inteligente, eficaz, buena persona, generoso, entregado, esforzado, valiente, etc. etc.; pero lo que realmente, de verdad y en el fondo, quiere ser es una sola cosa: guapo.

Guapo o, en su defecto, delgado. O las dos cosas, por qué no.

Si nos miramos en los medios de comunicación, sobre todo en el más plural y versátil de todos, además del más representativo -porque es donde se expresa mayor cantidad de gente-, Internet, veremos claramente que la obsesión por ser bellos es enfermiza. No sólo la gente mantiene y sostiene unos ideales de belleza a los que rinde culto como si fueran divinidades con atributos divinos, sino que desprecia a todo aquel que no intente replicar esos ideales en sí mismo y, por la misma lógica, glorifica a quienes más se acercan a ellos.

La enfermedad va más allá. En realidad, no es que la gente quiera ser bella, porque para ello bastaría con que uno se considerara a sí mismo bello y esté satisfecho consigo mismo. Lo que en realidad quiere es ser considerada bella, a despecho de que lo sea. Ser considerado hermoso es, hoy en día, el punto más alto de la escala de valores mediante la cual uno se mide a sí mismo y es medido. El o la hermoso/a está en la cúspide, se considera que es el ejemplo más acabado de lo bueno de esta civilización. Nadie lo admite, pero es así; porque se suele decir de uno que es inteligente cuando claramente no se puede decir de él que es guapo. O amable, o buena persona, o buen trabajador, o buen padre/amigo/colega. Todos estos calificativos son medallas de consolación. “No es muy guapo, pero es simpatiquísimo”, ¿cuántas veces hemos oído o dicho algo así? Y si en una pareja hay una evidente desigualdad en términos de belleza, siempre se suele considerar que es la persona agraciada la que ha descendido de nivel para hacerle al otro el favor de ser su pareja. ¿O no?

La última expresión de esta manía obsesiva por ser considerados guapos es esa moda de que “todos los cuerpos son bellos”, a despecho de su hechura, tamaño, forma y demás cualidades estrictamente estéticas. Ahora hay modelos gordas (incluso obesas), modelos con diversos defectos físicos, modelos con otro tipo de características de forma y estéticas que hacen que no respondan al canon de belleza al uso. Son modelos que nunca serán top models, pero son reivindicadas en medios de comunicación y por parte de muchos blogueros e internautas. “Ellas también tienen derecho”, se dice. Como si ser guapo fuera un derecho, y no un atributo que depende en gran parte de la lotería genética. No importa que no todo el mundo pueda ser médico, o maestro, o conductor, o tornero, o policía, o fontanero, porque no tiene las cualidades, la valía, la inclinación natural, las aptitudes, la preparación ni la disciplina para serlo; no se reivindica el hipotético derecho de nadie a ser todas esas cosas o cualesquiera otras. Esas profesiones no importan. Como tampoco importa que no todo el mundo tenga lo que hay que tener para investigar la cura del cáncer, por ejemplo. Nadie reivindica el derecho de ser investigador de la cura del cáncer. No interesa; lo que interesa es ser considerados bellos y tener el derecho de ser considerado oficialmente como tal.

Pero no todo el mundo es guapo, ni tiene por qué serlo. Y resultan cansinos y vacuos los mensajes que tanto proliferan ahora, mensajes como “Eres hermoso/a tal como eres” y muchos otros exactamente iguales. Mensajes tan vacíos de contenido real como las pildoritas rosas que administra sin ton ni son la filosofía del optimismo y del sonreír a ultranza, como obligación. Tal como hace unos años se llevaba la obligación de ser risueño y ver el lado positivo siempre y en toda ocasión, ahora se lleva lo de considerarse siempre físicamente perfecto. Lo de amar el propio cuerpo.

Y amar el propio cuerpo es algo hermoso y saludable, pero no es una coartada para hacer del cuerpo y con el cuerpo lo que nos dé la gana. Cuidar algo es señal de que se ama. Abandonar algo a la buena de Dios no es amarlo. Abandonar el propio cuerpo, alimentarlo con lo primero que nos apetezca siempre y en toda ocasión, no usarlo para lo que es, no someterlo a disciplina, todo eso no es amarlo. Negar la realidad e invocar argumentos sin sentido sólo porque no tenemos el espíritu de sacrificio suficiente para hacer el mantenimiento de nuestro cuerpo -nuestra herramienta más preciosa para existir, para conocer la realidad, para experimentarla y para disfrutarla- no es amarlo.

Hay más de una contradicción en la que incurren todos los movimientos de belleza repartida democráticamente y a partes iguales (el principio, más bien el mandato de igualdad es uno de los legados más deleznables de los últimos siglos). Por un lado, que, al considerar dictatorialmente guapo a todo el mundo, de forma escrupulosamente igualitaria y porque sí, en realidad diluyen el concepto de belleza y la vacían de significado. Si todo el mundo es bello, entonces nadie es bello.

También hay quienes abogan por que no hay que cuidarse ni es importante mantenerse en un peso saludable, porque el cuerpo no es tan importante dado que hay muchísimos valores que son definitorios de la persona y que perduran y son los que en realidad pueden cambiar el mundo y etc., y lo que hacen es justamente lo contrario: al despreciar el valor estético y funcional del cuerpo -porque con el deterioro físico evitable, normalmente el achacable a un peso muy por encima o muy por debajo del que es saludable para cada persona, o el achacable a hábitos nocivos adquiridos y sostenidos durante un tiempo considerable- lo que hacen es subrayar su máxima importancia, como hace la zorra de la fábula con las uvas que no pudo conseguir: en realidad sí que me importa el cuerpo, pero, como no es tal como yo quiero y prefiero no hacer nada para cambiar de él las cosas que sí puedo cambiar, voy a hacer como que me importan más otras cosas que están socialmente mejor vistas pero que a mí, en el fondo, me parecen secundarias.

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Matarnos de hambre

Estamos, en apariencia, rodeados de gente triunfadora, famosa, hermosa y delgada sin esfuerzo. Y la sociedad nos invita educadamente a identificar comida con mal, con pecado. Así, “sucumbimos” a la “tentación” del chocolate, o hacemos dieta para “depurar los excesos” de la Navidad, por ejemplo. Estoy más que harta de ver, día sí, día también, en cualquier medio digital que leo a diario, artículos en los que se indica a la gente la necesidad de que se ponga a dieta, de que “coma sano”, de que adelgace. De que se ahorme al modelo de cuerpo único imperante hoy en día; de que sea aséptica, de que no tenga deseos de disfrutar de una comida por el simple hecho de que es un placer; de que vigile lo que come (como si la comida fuera un veneno).

Se nos anima o se nos insta constantemente a ponernos a dieta, a “perder esos odiosos kilos de más” (dando por sentado que esos “kilos de más” son dignos de odio y que en ningún caso esa persona puede querer conservarlos o serle indiferente tenerlos o no), pero cualquier persona que se quiera tomar la molestia de hacer la prueba empírica puede comprobar que hacer dieta con el único objeto de adelgazar o de mantenerse artificialmente delgados no sirve para nada. Bueno, sí: sirve para pasar hambre y privaciones, para perder oportunidades de disfrutar, y para sufrir y hacer sufrir a quienes están alrededor de uno. Por si esto fuera poco, sirve también para que la persona quede alienada con respecto a su cuerpo, para que lo vea como un enemigo, como algo que hay que encorsetar, manipular, manejar a su antojo, castigar y hasta odiar. Se impide crecer y desarrollarse al cuerpo como éste necesita hacerlo, y se lo odia por ser como es. Se posterga el amor y la gratitud al cuerpo, esa increíble máquina que nos mantiene vivos, esa máquina de curación y regeneración, de superación y de fortaleza, esa máquina de supervivencia, al momento en que el cuerpo sea como nosotros queremos que sea. Lo cual, muy probablemente, no sea lo mejor para nosotros.

Y lo más increíble y sensacional es que el cuerpo, cada cuerpo, tiene una horquilla de peso que es la que él naturalmente desea tener, en la que él se siente cómodo y realiza óptimamente todas sus funciones. Y, atención: es muy difícil que el cuerpo engorde más allá de esa horquilla. Sólo lo hace si la persona se pasa el día comiendo incluso sin hambre ni ganas. Esto quiere decir que vivimos inmersos en una mentira perversa y hasta asesina, porque en nombre de esa mentira hay gente que muere de inanición o llega a un punto de locura y de odio a sí misma que prefiere quitarse la vida antes que seguir habitando ese cuerpo maltratado. Pero el cuerpo es una máquina perfecta que, si se le deja funcionar tranquilamente y sin interferencias, se colocará en su peso ideal y además se mantendrá en él durante toda la vida.

Al hacernos conscientes de toda esa trampa en cuyo umbral peligrosamente vivimos, al renunciar a ocupar un espacio disminuido -no ocupamos, luego no somos visibles, luego no molestamos; sé delgado, sé bello, quédate ahí y calla, se nos dice- y al decidir activamente conquistar el espacio que cada uno de nosotros merece y para el cual ha nacido, estamos también ejerciendo una opción política: estamos dándole la espalda a toda esa industria -porque es lo que es- que quiere nuestro dinero y que, para conseguirlo, envenena nuestra mente con mensajes dirigidos a fomentar el odio a nosotros mismos y a nuestros semejantes y a que lleguemos a querer renunciar, en principio, a un poco -un poco de comida, un poco de espacio- y, al final, a todo: felicidad, salud, bienestar, cordura. Renunciar a querer encajar en esos cánones y a vivir en una dieta constante o en un sacrificio constante de tiempo en aras a “la salud física” -pasando un tiempo irrazonable en el gimnasio o haciendo carreras, por ejemplo, en lugar de haciendo cualquier cosa que en realidad deseemos hacer- supone militar en favor de un mundo en el que cabemos todos, en el que todos somos aceptables y aceptados, en el que la talla que vista cada uno no es más que eso, una talla que no significa nada, en la que la báscula no tiene lugar en el cuarto de baño, en el que el aspecto físico es sólo un atributo de la persona y en ningún modo la hace merecedora de aplauso o abucheo; en el que cada uno tiene algo que ofrecer al mundo, pero por lo que es y sabe o puede hacer, no por un físico que es sólo eso y que se va con el tiempo. Un  mundo en el que la belleza nace de dentro de la persona, y desde dentro se desborda y se refleja en su cuerpo, no  al revés.

Y al hacerlo, no sólo nos estaremos ayudando a nosotros mismos, liberándonos de este odioso mátrix, sino también a los demás. Si alguien llama ¡gorda! como insulto a una famosa presentadora que no lo está, lo primero que nos apresuramos a decir es que cómo se puede llamar gorda a fulanita, cuando está estupenda. Ya, pero ¿y si realmente estuviera gorda? ¿Entonces sí sería acreedora a ese insulto? ¿O lo inaceptable es que alguien use la palabra “gorda”, “gordo” para insultar? ¿Es aceptable que la gente se indigne por el presunto gasto en sanidad que produce la obesidad? ¿Es de recibo -y es acaso cierto, debemos preguntarnos ante todo, o quizá una mentira asquerosa y discriminatoria- tragarnos sin cuestionar y también propagar el mensaje, aparentemente bienintencionado, de que la gordura equivale a mala salud y de que uno debe estar delgado porque así estará más sano?

Si tenéis curiosidad por saber qué efectos produce el ayuno prolongado, incluso después de haber terminado, echadle un vistazo a este artículo o a otro cualquiera que hable del Experimento de Inanición de Minnesota. Veréis asimismo que el mejor régimen alimenticio para curarse de una anorexia no es otro que comer de todo, rompiendo así el círculo vicioso de los alimentos “buenos” y “malos”, y que pretender recuperarse “comiendo sano” (es decir, continuando el hábito de proscribir determinados alimentos como “malos”) y limitando la ingesta de calorías no es más que promover la ortorexia y sustituir un desorden alimentario por otro. Tened en cuenta que cualquier dieta o método milagroso que os proponga comer menos de esa cantidad -usualmente 1.000 calorías- en realidad os está proponiendo privar a vuestro cuerpo de la energía que necesita para mantenerse saludable y fuerte, y que 1.000 calorías se considera inanición.

Eso es, ni más ni menos: quieren matarnos de hambre, o, mejor dicho, quieren que nosotros mismos queramos matarnos de hambre y, encima, nos sintamos culpables por no haberlo hecho antes.

¿Es ése el mundo en el que queremos vivir?

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Estupenda

Pues Pablo dice que estoy estupenda, que decía un anuncio de televisión. Lo malo de las mujeres es eso: que no creemos estar estupendas hasta que alguien, preferiblemente hombre, nos lo dice así.

Pero es distinto creerlo, pensarlo, y sentirlo. Sentirlo es lo más, es lo último, y es como estar enamorado: si te preguntas acerca de ello, la respuesta es “No”. Si te preguntas si estás estupenda, si eres magnífica y maravillosa, si estás perfecta tal y como estás, entonces es que no lo estás. Y no lo estás porque no lo sientes, y nada más que por eso.

Y malditas seamos las mujeres, porque somos las mayores machistas del mundo, las más crueles con las mujeres.

Nos hemos constreñido dentro de fajas imposibles, nos hemos moldeado en maniquíes hechos de fideos y decalitros de agua, nada más. Figuritas de cera a las que sólo nos faltaba clavarles agujas en los ojos para completar la viva imagen de la tortura y el maleficio. Así de malas somos. Y tan malas que, cuando vemos pasar a otra mujer en la que vemos las cualidades que nosotros no sentimos como propias -lo cual quiere decir que no nos sentimos ni nos vemos estupendas, porque previamente nos hemos lavado el cerebro con que no lo somos ni lo seremos jamás, porque somos todo lo contrario y siempre lo seremos y por ello nadie nos querrá porque no nos lo merecemos-, la destripamos. No pensemos ni digamos por un momento que los hombres, pobres de ellos, son los culpables de todo este desastre, ni que al criticar a otra mujer estamos reproduciendo nada más cosas que ellos dicen en sus pequeñas y morbosas conversaciones de cuarto de baño o vestuario post-partido de fútbol masculino. Nada de eso. Estamos reproduciendo únicamente lo que nosotras pensamos. Esos comentarios sarcásticos sólo pueden producirlos seres con hormonas femeninas por todos los poros. Porque me tienen harta los ataques a la apariencia física de las mujeres, de cualquier mujer (o las alabanzas, que son cosa distinta de los elogios, puesto que no son más que ataques disfrazados de parabienes). Harta me tienen los que, en un evento social, se fijan en la mejor y peor vestida, en la mejor y peor maquillada, en la que más juventud aparenta, en la que peor ha envejecido… Pero igualmente harta estoy del pensamiento colectivo que obliga a esas mujeres, y a las mujeres anónimas de todos los días, a creer que deben ser y parecer perfectas sólo para salir del mismo punto de partida que los hombres. Odio que me inocularan ese virus cuando no podía defenderme de él, y odio el caldo de cultivo que hizo que ese virus exista hoy.

Hace unos veinte años, la moda canonizó lo que era enfermedad. ¿Se puede concebir algo más perverso? De repente, las chicas teníamos que estar enfermas y parecerlo para ser consideradas guapas y deseables. Niñas en edad de crecer, niñas que estaban dejando de serlo, afrontando el paso crucial a la primera adultez, de repente se encontraban con la negación global y así, a lo bestia, de todo lo que ellas eran, de todo lo que habían visto a su alrededor y consideraban normal, hermoso, saludable. De repente, había que cambiarlo todo; había que abortar ese proceso. Eliminar lo que estaba a punto de nacer, mejor si se hacía antes de que naciera: lo dicho, abortarlo. Ser una niña-mujer. Una niña amujerada, o una mujer infantilizada. A poder ser, alta; alta y espigada, muy espigada. Huesuda, agarrable, maleable; enteca y así, magra, muy magra. Lánguida y estirada como un chicle, disimulando con una sonrisa la cara de hambre, demasiado débil no sólo para protestar, sino también, incluso, para decir algo, cualquier cosa; por ejemplo, “No”. Demasiado débil para pensar.

Así nos hicieron, así nos hemos hecho. Y, según me cuentan, según veo, así parece que seguimos haciéndonos.

Haciéndonos daño.

La cosa seguramente no tiene un remedio total una vez que lo has probado, pero, si uno se hace consciente de ello, ya lo tiene al 99%. Lo cual quiere decir que ése es el gran remedio a la enfermedad que sufre nuestra cabeza, nuestra mente colectiva.

El otro 1% viene de reconocer, de ver la verdadera belleza.

De recuperar nuestro propio espacio. Y no es una metáfora: esta vez estoy hablando del espacio puramente físico. Recuperar el espacio perdido en nuestra ropa, en el autobús, en el trabajo, en las miradas de la gente, en sus cabezas, en nuestra cabeza.

Recuperar el placer (mejor ahora que cuando estemos muertas), recuperar el tiempo perdido, descubrir que hay vida más allá de lo imposible, más allá de todos los Pablos del mundo.

Florecer, quizá de forma tardía, pero, por eso mismo, milagrosa, doblemente maravillosa.

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Lo opuesto a la pobreza

Mucho se habla de los ricos, y no lo suficiente de los pobres. Oh, paradoja: en un tiempo en que los ricos ya no son sistemáticamente adorados y tenidos por una casta superior -al contrario, ahora son objeto de denostación más o menos pública, aunque no se haga lo bastante en los casos en que esa riqueza proviene de malos manejos, de ilegalidades o de prácticas inmorales-; en ese tiempo, en fin, en el que si bien materialmente y personalmente seguimos cegados por las riquezas, reconocemos su incompatibilidad moral con la pobreza… aun así nos ocupamos muchísimo más de los ricos que de los pobres.

Creo que lejos ya queda el esquema mental conformista y comodón por el que culpábamos al sistema de que aún hubiera tantas desigualdades y tanta miseria, pero nosotros mismos nos excluíamos de ese sistema. Ahora tenemos conciencia de que los pobres lo son porque -entre todos- hemos construido un mundo absolutamente injusto, y todos alimentamos esa injusticia, en la medida en que no luchamos más por abolirla.

Pero no nos ocupamos lo bastante en combatir el problema real, ni tampoco dedicamos tanta energía a criticar al rico como en erradicar la pobreza.

Se habla, pues, de lo malos que son los ricos, los que atesoran, los avaros que de la posesión y del dinero han hecho un fin en sí mismo; pero no se habla de quienes nos necesitan, de los pobres. Y, para mí, pobre es todo aquel que no tiene sus necesidades básicas cubiertas con la suficiente holgura para tener una vida digna y, sobre todo, para sentirse él mismo digno, igual a sus semejantes y en igualdad de condiciones para desarrollar sus capacidades y potencialidades. Por eso, los pobres no son sólo aquellos que no tienen qué comer; por supuesto, ésos son los casos más dramáticos, pero no los únicos. Las noticias sobre la crisis nos lo recuerdan: cada día hay más pobres, personas que no llegan a fin de mes o que se las ven y se las desean para conseguirlo; personas que no pueden vivir con plenitud su vida, porque sus necesidades han sido reducidas a su mínima expresión: la pura supervivencia. No veo que haya nada redentor en el hecho de ser pobre; no hay nada hermoso, ni ideal, ni puro, ni deseable en ello. Y la pobreza no es sólo un problema de quien la sufre, sino de todos. Porque o somos parte de la solución o somos parte del problema.

Algunas veces, oigo decir que los artistas deben ser artistas comprometidos. Y se añade que cualquier forma de creación es reaccionaria, clasista y burguesa (en el sentido peyorativo de esa palabra) a menos que sea revolucionario, social y de clase en su temática.

Yo creo que es justamente al contrario: precisamente la obra de creación, cualquiera que sea su índole y su calidad objetiva, es reaccionaria cuando, dirigiéndose a los oprimidos, se arroga el papel de arengarlos, movilizarlos y concienciarlos para la revolución. Porque esa obra de creación (no digamos ya si es una obra de arte) no va a llegar a aquellos a quienes dice querer llegar y mover a la rebelión. Puede ser muy bonito y muy encomiable hacer un poema, una pintura o una ópera que se dirija a los pobres y a los desheredados del mundo, moviéndolos a la revolución, pero ¿a cuántos de ellos va a llegar? Y si llegara a alguno, ¿acaso éste se levantaría por la fuerza del arte? Más allá va aún la obra de creación que pretende hacer estética de algo innatural, inmoral y repugnante como la pobreza, la miseria material y el padecimiento.

Nos puede resultar duro reivindicar la existencia de la belleza, cuando el mundo exterior nos aterra con su fealdad, cuando la maldad campa a sus anchas. Pero hay que reivindicarla. En realidad, lo opuesto a la pobreza es la belleza que trasciende de lo meramente sensorial; la belleza que nos conecta con un mundo humano, igualitario, libre. Porque la belleza y la bondad son la misma cosa, y cada vez que presenciamos una expresión de arte verdadero, estamos presenciando una evocación de esa vida más elevada a la que aspiramos. Por eso, querer hacer del arte lo que nunca puede ser es también imposibilitarle ser aquello que sí puede y debe ser. Y se puede -y se debe- luchar por un mundo mejor, pero sin renunciar a mirar también todo lo bueno y lo hermoso que existe, y encontrar una motivación en ello.

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