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‘Tabú’, de Ferdinand von Schirach

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Sí, el de “Crímenes”.

Una novela para los que gustan de dar mil vueltas a razones que son una sinrazón; de hacerse preguntas que jamás, ni ellos ni nadie, van a poder contestar: ¿Qué es el arte? ¿Qué es la belleza? ¿Qué es la realidad, y qué, la verdad? ¿Y si la verdad resulta no gustarnos? ¿Qué es la culpa?

Leed esta novela si buscáis respuestas, pero no esperéis encontrarlas aquí. O sí.

 

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Lo opuesto a la pobreza

Mucho se habla de los ricos, y no lo suficiente de los pobres. Oh, paradoja: en un tiempo en que los ricos ya no son sistemáticamente adorados y tenidos por una casta superior -al contrario, ahora son objeto de denostación más o menos pública, aunque no se haga lo bastante en los casos en que esa riqueza proviene de malos manejos, de ilegalidades o de prácticas inmorales-; en ese tiempo, en fin, en el que si bien materialmente y personalmente seguimos cegados por las riquezas, reconocemos su incompatibilidad moral con la pobreza… aun así nos ocupamos muchísimo más de los ricos que de los pobres.

Creo que lejos ya queda el esquema mental conformista y comodón por el que culpábamos al sistema de que aún hubiera tantas desigualdades y tanta miseria, pero nosotros mismos nos excluíamos de ese sistema. Ahora tenemos conciencia de que los pobres lo son porque -entre todos- hemos construido un mundo absolutamente injusto, y todos alimentamos esa injusticia, en la medida en que no luchamos más por abolirla.

Pero no nos ocupamos lo bastante en combatir el problema real, ni tampoco dedicamos tanta energía a criticar al rico como en erradicar la pobreza.

Se habla, pues, de lo malos que son los ricos, los que atesoran, los avaros que de la posesión y del dinero han hecho un fin en sí mismo; pero no se habla de quienes nos necesitan, de los pobres. Y, para mí, pobre es todo aquel que no tiene sus necesidades básicas cubiertas con la suficiente holgura para tener una vida digna y, sobre todo, para sentirse él mismo digno, igual a sus semejantes y en igualdad de condiciones para desarrollar sus capacidades y potencialidades. Por eso, los pobres no son sólo aquellos que no tienen qué comer; por supuesto, ésos son los casos más dramáticos, pero no los únicos. Las noticias sobre la crisis nos lo recuerdan: cada día hay más pobres, personas que no llegan a fin de mes o que se las ven y se las desean para conseguirlo; personas que no pueden vivir con plenitud su vida, porque sus necesidades han sido reducidas a su mínima expresión: la pura supervivencia. No veo que haya nada redentor en el hecho de ser pobre; no hay nada hermoso, ni ideal, ni puro, ni deseable en ello. Y la pobreza no es sólo un problema de quien la sufre, sino de todos. Porque o somos parte de la solución o somos parte del problema.

Algunas veces, oigo decir que los artistas deben ser artistas comprometidos. Y se añade que cualquier forma de creación es reaccionaria, clasista y burguesa (en el sentido peyorativo de esa palabra) a menos que sea revolucionario, social y de clase en su temática.

Yo creo que es justamente al contrario: precisamente la obra de creación, cualquiera que sea su índole y su calidad objetiva, es reaccionaria cuando, dirigiéndose a los oprimidos, se arroga el papel de arengarlos, movilizarlos y concienciarlos para la revolución. Porque esa obra de creación (no digamos ya si es una obra de arte) no va a llegar a aquellos a quienes dice querer llegar y mover a la rebelión. Puede ser muy bonito y muy encomiable hacer un poema, una pintura o una ópera que se dirija a los pobres y a los desheredados del mundo, moviéndolos a la revolución, pero ¿a cuántos de ellos va a llegar? Y si llegara a alguno, ¿acaso éste se levantaría por la fuerza del arte? Más allá va aún la obra de creación que pretende hacer estética de algo innatural, inmoral y repugnante como la pobreza, la miseria material y el padecimiento.

Nos puede resultar duro reivindicar la existencia de la belleza, cuando el mundo exterior nos aterra con su fealdad, cuando la maldad campa a sus anchas. Pero hay que reivindicarla. En realidad, lo opuesto a la pobreza es la belleza que trasciende de lo meramente sensorial; la belleza que nos conecta con un mundo humano, igualitario, libre. Porque la belleza y la bondad son la misma cosa, y cada vez que presenciamos una expresión de arte verdadero, estamos presenciando una evocación de esa vida más elevada a la que aspiramos. Por eso, querer hacer del arte lo que nunca puede ser es también imposibilitarle ser aquello que sí puede y debe ser. Y se puede -y se debe- luchar por un mundo mejor, pero sin renunciar a mirar también todo lo bueno y lo hermoso que existe, y encontrar una motivación en ello.

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Ni puertas, ni cerraduras, ni cerrojos

“Lock up your libraries if you like, but there is no gate, no lock, no bolt that you can set upon the freedom of my mind.”
Virginia Woolf, A Room Of One’s Own

Siendo la libertad un anhelo natural -quizá el más exigente de todos, el primero de todos, el que da origen a todos los demás- y siendo como es una utopía, ¿cuál es tu forma particular de hacerte libre?

No lo sé, pero puede que el arte y todas las formas de creación humana espontánea y sincera no sean más que un intento de hacernos libres en un mundo que nunca nos permite serlo.

El medio es hostil; nada nos invita a la creatividad; antes bien el mundo nos pone mil trabas. El mundo moderno es deprimente, prosaico y amazacotado. De tan práctica y orientada, nuestra forma de vida ha acabado siendo nuestro enemigo. Nada fluye realmente; todo tiende a remansarse, el agua de la vida se estanca, forma lagos de quietud en los que nada nuevo puede nacer.

Sin embargo, no sólo se coartan (coartamos) las expresiones lúdicas, hermosas, de nuestra creatividad; también vamos reprimiendo la expresión natural de quienes realmente somos. Nos metemos en corsés imposibles, acabamos siendo lo que los demás esperan, o lo que los demás creen que somos. Al final, somos actores que acaban creyendo ser su personaje; perdemos la razón en el proceso.

La verdad es ésta: hemos nacido, todos, para ser libres.

Por desgracia, la realidad construida por nosotros mismos sólo nos permite serlo hasta cierto punto, lo cual quiere decir que no nos lo permite en absoluto. Media libertad, cierta libertad, mucha libertad, es lo mismo que nula libertad.

Viktor Frankl aprendió -y para ello hubo de pasar por la experiencia de ser prisionero en un campo de concentración nazi- que hay un reducto de libertad que nada ni nadie nos puede arrebatar jamás: está en nuestra mente. Dentro de nosotros mismos, podemos ser libres; podemos elegir cómo procesar, cómo gestionar y qué respuesta dar a todo lo que nos pasa (o lo que nos hacen). Y podemos elegir también mantener el lazo con nosotros mismos; ser siempre conscientes de quiénes somos, de qué pensamos y sentimos. Y esa verdad siempre saldrá a nuestro encuentro: cuando no queremos mirarla, nos asaltará al final de la fiesta, al final de la jornada de trabajo, al final de las distracciones del día, cuando apaguemos las luces y estemos a solas en la noche con nosotros mismos.

Crear puede ser esa forma de respirar libertad. Pero nunca será más que un medio. Y tampoco debemos caer en el error de pensar que la libertad se nos dará, que vendrá de la mano de personas, entidades, proyectos, lugares físicos, acciones; ni siquiera de aprendizajes ni experiencias. Es, sencillamente, algo que somos y que debemos tener presente a cada momento.

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