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Rey David

Decidme cielos, si es verdad que yo,

yo que no soy nada, que  no soy nadie

soy el amado de su corazón,

que me ama aquel a quien nadie sabe cómo amar.

Él me ama y quiero gritarle que se equivoca,

que no puede ser todopoderoso ni omnisciente,

que no puede ser omnímodo ni imparcial,

que no puede ser supremo ni absolutamente lleno de gloria, saber, verdad y gracia

porque ha elegido amarme a mí.

A mí que no soy nada y sin embargo lo soy todo,

a mí que soy todas las cosas personas seres y criaturas,

a mí cuyo tiempo de vida no significa nada y se reducirá a la nada en el momento en que exhale mi último aliento,

a mí ha elegido vestir de brillantes y ricos ropajes,

a mí ha elegido colmar la copa de néctar y ambrosía,

a mí me ha ofrecido la mesa llena de manjares y regalos,

a mí ha querido defender de todos los enemigos y hostilidades,

a mí ha dado alas para ser libre, y pies para recorrer la alfombra de pétalos de rosa delante de todos los que me quieren mal,

y a mí ha elegido castigar y hacer caminar por brasas encendidas,

por hielos candentes,

por noches eternas,

para obligarme a recordar que sólo él brinda consuelo,

que sólo él es mi hogar.

Dulce penalidad que a él me ha acercado, bendita sea.

Y ahora no me avergüenza mostrar mis arreos y mis alhajas,

para que sepan todos que es a mí a quien ama,

para que yo sepa que hurtarme a la mirada del mundo es ultraje y ofensa a su nombre.

Sí, mundo, escucha, aunque luego haya de callarme para siempre, atiende este segundo:

él me ama, ya nada más necesito, ya solo nosotros bastamos.

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La soledad es el pasajero que queda en el último autobús que ya vacío se va

mientras yo sigo esperando.

Ésa es la separación suprema.

Por la cual reverberaba, en un eco diabólico, la separación primera.

La soledad es sentir que todo tu mundo, que sólo acababa de empezar, se cae a pedazos a tu alrededor.

Y ver los escombros y oír los cascotes.

La soledad es una niña martirizada por sus iguales.

Muchos años después, resulta que el mundo no acabó entonces, pero sí la inocencia.

Y el dolor más agudo, el dolor de la separación, jamás llegó a mitigarse.

Ahora, la soledad es irme y sentir que nunca llega la hora en la que nos volveremos a reunir.

Es ver tu cara minuto tras minuto, ver la sonrisa que no está ahí ya más.

Es estar contigo y no sentirte cerca.

Pero

La soledad no es estar sola contigo, asomándonos juntos a la hora del lobo.

No es otra noche en vela, por mucho sufrimiento callado que pueda caber en ella.

No es la noche inhóspita, porque tenemos mantas, luz y alimento.

Tampoco el invierno que a todos nos espera, porque nos defenderemos hasta el final.

No es saber que lo que los demás han hecho y hacen no servirá para ti.

No es saber que, sí, también tú has nacido outsider y el mundo lo confirmará.

Porque tu camino ya está hollado y abierto, otros lo estamos surcando para ti.

Aunque el pasado retumbe en el presente, yo te protegeré de él.

Tu historia será diferente.

Nada temas.

Mi vacío sirvió para enseñarme a erigir puentes.

Para ti, todos para ti.

Las llamas quedan atrás, las naves esperan amarradas en el magnífico puerto.

Tú partirás hacia destinos que no soy capaz de imaginar.

Tus miedos son para mí, todos para mí.

Tú saltas, vuelas, pisando seguro sobre el aire solidificado.

Rodeado del aroma a lirios, a azahar, a ámbar y a jazmines.

La soledad no es estar solo, porque tú nunca lo estarás

ángel de carne y sangre hecho sueño,

más leve aún que el propio aire, naciste para volar.

Un puñado de letras forma tu nombre, llave que abre el cofre del tesoro,

la rosa cabalística, la flor de la alquimia divina.

Reinas sobre los escaques de oro y plata, y en un rincón, una figura diminuta que te observa:

mi personaje.

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Mi reseña de “Lobo en la camioneta blanca” ha sido la más leída de la semana en el blog en el que colaboro, Librosyliteratura.es, gracias, en parte, a dos retuits del autor de la novela, John Darnielle.

Ignoro si el autor entiende el español, y, si no es así, espero que se lo hayan traducido de modo fidedigno y que le haya gustado.

Es una sensación rarísima la de saberse leído por el autor del libro que uno ha leído y por el cual se ha entusiasmado. No sé si mi reseña le hace justicia al libro; espero que así se lo haya parecido al autor.

En realidad, estoy comprobando por mí misma y a través de mi persona-cobaya que la observación y el observador transforman el objeto observado, es más, cambian el comportamiento del objeto observado. Uno debería escribir siempre como si nadie más que él fuera a leerlo nunca, y en el momento en que uno se vuelve consciente del público -aunque consista en una única persona, pongamos por caso-, ya no es él mismo, no es natural. Es la misma diferencia que hay entre una foto de una persona que sabe que está siendo fotografiada y una de la misma persona retratada sin ella saberlo. Siempre que hay alguien mirando, leyendo, observando, uno, instintivamente y sin poderlo evitar, comienza a representar. Se representa a sí mismo; representa la idea que él cree que los demás deben (o deberían) tener de uno.

Casi nunca resulta bien y, a pesar de eso, nunca se puede evitar ese comportamiento.

Volviendo al punto de partida, el ser consciente de que mis comentarios pueden ser leídos me ha hecho recapacitar sobre otra cuestión: las valoraciones en las que no he sido tan entusiasta como en el caso del que hablaba al principio de la entrada. No hay muchas, pero alguna ha habido. Estoy pensando en esos artículos o, mejor dicho, estoy pensando en los autores aludidos que hayan podido leerlos. Hipotéticamente, pero esa presencia hipotética ya basta para haber despertado mi muy judeocristiano sentido de culpa.

Hablar de culpa es cargar mucho las tintas. Pero algo de eso hay. No estoy pensando en el autor cuyo nombre está impreso en la portada del libro que he leído. No en el autor fotografiado ad hoc por un fotógrafo profesional, encarnando la imagen que él cree que debe proyectar (o sea, no siendo él mismo). Ni siquiera en el autor escritor del libro. Sino en el autor persona. En el autor hijo de alguien, si quieren ponerse en un extremo. En el autor despojado de su creación. ¿Qué debe de sentir al leer una mala crítica de su obra? Hay muchas formas de sentirse mal, y hay otras muchas de recibir una opinión negativa o peyorativa sobre algo que uno ha hecho. Los hay que reaccionan con indiferencia, con humor, con sarcasmo, con bonhomía. Los hay que utilizan la crítica como lección de la que aprender a corregir lo menos logrado de su forma de hacer las cosas. Luego hay muchos que se sienten dolidos, ofendidos, insultados o heridos en su amor propio. Hay infinidad de reacciones e infinidad de matices a esas reacciones. Pero no creo que haya nadie a quien le guste ser objeto de una opinión menos que halagüeña.

Para quien opina, autor y obra son dos cosas netamente diferenciadas, o deberían serlo. Cuando leemos un libro, casi nunca conocemos al autor, ni lo conoceremos nunca; a lo sumo, adquiriremos de él un conocimiento muy relativo, parcial, modelado por los medios de comunicación y otros factores. Pero para el autor, lógicamente e impepinablemente, su obra es él mismo y, aunque la razón le diga que la opinión se refiere solamente a su obra y no a él, pienso que su parte emocional se duele como si lo hubieran atacado a él personalmente (y, para el caso, hagamos como si una opinión negativa o crítica fuera lo mismo que un ataque).

Pienso eso y me resulta imposible censurar nada ni a nadie. En realidad, ¿de qué sirve hacerle daño a alguien, aunque sea sin querer y aunque en la profesión vaya implícita la aceptación de las reglas del juego? Y además, ¿qué pasa si esa persona no es capaz de hacerlo mejor, si lo ha hecho lo mejor de lo que es capaz de hacerlo? ¿Puede alguien honestamente criticar el producto de su esfuerzo? Puede gustarle más o menos, pero ¿no es mejor que, si no le ha gustado, se guarde su opinión para sí? ¿De qué sirve, en realidad, decirlo y que el otro lo sepa? Se supone que cada uno hace las cosas según su capacidad. ¿Para qué hacer sentir a alguien que no es lo bastante bueno siendo tal como es y haciendo como él entiende que debe hacer las cosas?

Es mucho mejor dar amor. Puede sonar cursi, y de hecho seguramente lo es, pero también es verdad. Dar amor no es sólo abrazar a alguien, es también guardar silencio cuando no hay nada bonito o amable que decir, es respetar las opciones y las aptitudes del otro, es dar por sentado que un desconocido del que se ignora absolutamente todo, o casi todo, también sufre y que hay muchas maneras de atizar ese sufrimiento vital que, en mayor o menor medida, todo ser humano padece y arrostra. No es tan nimio como puede parecer.

La falta de amor, además, tiene un karma instantáneo: en el momento mismo en que se expresa, se vuelve y lo muerde a uno en el trasero. Dudo mucho que la gente que despotrica desde el anonimato internetero contra todo y contra todos se sienta mejor por hacerlo; creo que se siente peor. Las veces en que yo he actuado así en mi vida, cada vez me he sentido peor de lo que lo estaba antes. Lo que nos hace daño no es lo que introducimos en nuestro cuerpo, sino lo que echamos de él.

El mundo está ahíto de desamor. El desamor, como la entropía, va en aumento. Irá en aumento hagamos lo que hagamos; es inherente a la raza humana. Pero basta con contribuir a su aumento lo menos posible. El desamor es el caos, el amor es el cosmos, el orden, la paz. No hay desorden ni alteración en medio de la paz; es otra forma de denominar al estado en el cual todo está donde y como debe estar. Eso es el amor: paz y orden; puede decirse incluso que es limpieza. El polvo y la mugre tienden a expandirse, pero, puestos a elegir, ¿qué es mejor? ¿Ayudar a que su avance sea lo más lento posible, o encogerse de hombros y sumarse al festín de la suciedad porque, total, para lo que yo puedo hacer…?

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Primus inter pares

Lo que veo en ti está ahora en mí.

Por transferencia, por vía infusa, por el poder que se te ha dado.

En ti veo el amor, del que me llenaste a mí.

En ti veo la compasión latente, que florecerá desde su perfecta raíz.

En ti veo el deleite, el saber secreto de los iniciados.

Veo la mirada amplia que acompaña a la risa franca.

Tantas cosas que trajiste para dar, todas para dar.

Y el viejo cántaro, rebosante del vino joven, no se ha roto; es un milagro.

Príncipe de la alegría, que trajiste también, sin embargo, dolor;

pero un dolor sin aristas, un dolor que duele pero no da pena.

Es un dolor que trasciende, el dolor inherente

al hecho de ser humanos.

Porque veo tu mirada también detrás de cada mirada sufriente.

Tras cada mano tendida que suplica, veo la tuya.

Y es que el amor que irradias ha mermado mi coraza, la piel es ahora más fina.

Todo la traspasa.

En carne viva, lo que sea, no me importa; me postro y te adoro.

Hay muchos como tú, pero ninguno es exacto a ti.

Sí: sólo en ti hallo complacencia.

¿Y cómo vivir con tanto dolor?

¿Y cómo vivir con tanto amor?

Pues ninguna otra es verdadera vida.

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Casi aleatorio

Llamémosle B: la persona B es un espécimen típico, por todos conocido y por muchos encarnado. B se desloma prácticamente toda su vida, cumple con las normas establecidas, incluso cuando éstas no merezcan más que una rebelión a hoz y martillo; sigue los patrones sociales de comportamiento y aclimatación al uso; vive una vida sin sobresaltos ni generadora de grandes o pequeñas historias desmenuzables y disfrutables para sus congéneres. Puede que alcance la satisfacción de muchas maneras y en muchos momentos de su vida; sin embargo, usualmente sentirá que algo le falta/falla; dependiendo de su curiosidad, idiosincrasia y capacidad o ganas de profundizar, alguna vez se cuestionará sobre esa falta/falla; indagará fuera y dentro de sí mismo; puede que sufra por ello, incluso de forma refractaria, provocándole ello surcos que cambiarán o desviarán el curso de su existencia. Jamás sabrá, sin embargo, qué es lo que le faltó o dónde falló (porque se adjudicará la responsabilidad, digamos la culpa de lo que calificará como fracaso vital), y eso le acarreará, a su vez, morbosas y masocas fantasías sobre lo que pudo haber sido y no fue, si se hubiera hecho rico, si no hubiera aceptado aquella propuesta, si se hubiera mudado a tal o cual sitio cuando tuvo la ocasión, si en vez de con X se hubiera casado con Z…

La persona C es, por el contrario, alguien que no ha tenido que hacer ningún esfuerzo intelectual, físico, laboral o humano alguno para avanzar en la vida; y, sin embargo, ha llegado lo que comúnmente se diría lejos, alcanzando metas que gente como B sólo pudo soñar, y eso, con timidez. C puede que no tenga ningunos estudios, cualificación meritoria alguna, nada que enseñar, nada que compartir, ninguna aportación significativa que hacer, no ya a la Humanidad, sino a la persona que se le sienta al lado un día cualquiera. C no dejará huella de su paso por el mundo, pero aun así tendrá una vida regalada y, dependiendo de su área de actividad o de influencia, es probable que goce de la admiración de miles, incluso millones de personas.

Y es que la vida no es justa ni injusta; simplemente, es. Sucede, nos sucede, las cosas son así porque son así. No está reconocido de esta manera, porque admitirlo así de forma general desacreditaría inmediatamente décadas de construcción de mensajes, de instituciones, de puestos de trabajo, de campañas, de fondos… destinados a hacernos creer lo contrario: que medrar depende de cada uno, que cada uno obtiene lo que se merece, etcétera. No digo que sea una descreída de todo eso; antes bien, si alguna creencia me queda es que existe la justicia, que cada uno tiene lo que se merece… pero con una segunda parte muy importante: tarde o temprano, en esta vida o en lo que haya después. Muchas veces, lo segundo.

Lo único que tengo claro, a estas alturas, es que la vida, a efectos prácticos y cotidianos, es un ejercicio de aleatoriedad.

(Y no, no lo es, no para mí; no creo en las casualidades, no porque haya leído demasiados libros de autoayuda, sino porque mi experiencia me lo dice así. No estoy aquí, no soy quien soy, no he conocido a todas las personas de mi vida ni he vivido mis vivencias por casualidad, sino por algo que está más allá de mí, no ya comprender, sino siquiera ver en su totalidad; aspirar a ello sería igual que pretender ver la Tierra en su totalidad con una sola mirada. Por eso mismo, a efectos prácticos, impera la ley de la aleatoriedad).

Y, a veces, también es un ejercicio de ironía. Precisamente esa ironía, ese sentido burlón, elegante, sutilmente chistoso de la vida (el chiste es a nuestra costa, se entiende, pero también, quizá, y si somos lo bastante inteligentes, es con nosotros) es otro de los indicios que, si yo fuera atea, quizá me harían sospechar que existe una mente suprema escribiendo derecho con nosotros, los renglones torcidos. Hace algunos años, para reírme de mí misma, y también para distanciarme un poco de tanta intensidad como la que sufría a veces, me imaginaba que mi vida, la vida, era en realidad una sitcom tipo Friends que arrasaba en audiencia en Marte o en Raticulín -aun hoy, no creo que sea una mala base para una meditación-, porque la verdad es que algunos guiones le salían bordados al escritor.

Porque, algunas cosas, si no fueran humor, serían claramente crueldad y ganas de joder. No entendería, si no, por qué a veces la recompensa al esfuerzo y a la ilusión es más esfuerzo, en el mejor de los casos, o ingratitud y vacío, en el peor. O por qué simplemente las cosas muchas veces no salen, no salen, no acaban de salir, por más maneras diferentes en que las abordes. O por qué una y otra vez acaba uno teniendo que enfrentarse a la misma situación, cuando ya la creía resuelta. Y ¿no os ha pasado que a veces, en diferentes etapas de la vida, se os aparecen como duplicados de personas del pasado? Personas exactamente análogas a aquellas otras fantasmagorizadas, exorcizadas ya, que de alguna manera misteriosa se aparecen, de repente, y acaban desempeñando algún papel, trayendo algún mensaje, dejando algún regalito, bueno o malo.

Y luego está la tristeza, claro. Esa tristeza que no es ni buena, ni muy mala; una de la cual hasta te puedes enamorar, o, por lo menos, considerar amiga, porque no es nada empalagosa, ni pesa tanto como una depresión o un bajón, y hasta hace que la música, alguna música suene mejor, más profunda; que la lluvia tenga una belleza y un aroma que hace que, por momentos, quieras que no se acabe nunca y no te importe que la primavera quede tan, pero tan lejos; y que las habitaciones que solo tú ocupas parezcan abarrotadas e incómodas si entra alguien más.

Por increíble que parezca, algunas personas nunca experimentan esa tristeza sin nombre ni causa atribuible a elementos inmediatos, físicos o prácticos.

Aviva ni siquiera quería excitación, aunque él la excitaba por tres. Sólo anhelaba un poco de paz (“Yo también”, decía, con cara de póquer, y ella no podía evitar reírse otra vez), silencio y tranquilidad; ansiaba un pequeño nido sin discusiones, sin estrés, sin preocupaciones. ¿Era demasiado pedir? ¿Era posible en este mundo? ¿Acaso el mismo Dios que le había enviado a Guido también determinaba que jamás hallaría la felicidad en este mundo?

“Diario de una mujer adúltera” –Curt Leviant

Todo lo escribible está escrito: la vida, la muerte y esa pausa entre las dos que es el amor (¿hay algo más en la vida aparte del amor? ¿hay vida que merezca llamarse así, si no hay en ella amor?). Jorge Guillén ya cantó, en sus poemas de aire zen, al gozo esencial de estar vivo, y Shakespeare nos dijo lo que era el amor con sus sonetos, y lo seguirá diciendo, no importa quién o cuántos escriban sobre él después. Y, sin embargo, a todos nos parece sumamente único, irrepetible, lo que nosotros vivimos. Por eso nos sorprendemos, nos enamoramos de nuestras propias vivencias y sentimientos, y queremos inmortalizarlos. Por eso, por ese asombro, necesitamos crear algo que evoque la belleza de ese momento. Digo la belleza, que no la perfección. La perfección existe, pero sólo en el estadio anterior, cuando soñamos con las cosas que anhelamos. La gran excepción es el amor: el amor es perfecto, pero su realización, en la práctica, sólo es perfecta cuando estamos solos y desamorados, incluso amargados; cuando soñamos con el amor. Porque los cuentos y las películas nos han engañado: que nos suceda el amor, descubrir que podemos amar y cuánto podemos amar, no es el colofón de nada; es el principio de todo. Eso no es aleatorio; es un regalo divino. Un desafío, aunque maravilloso, muy arduo, en la práctica. Sin embargo, probablemente nada, ni las reglas del Universo en su realización, ni las de la naturaleza, ni la elegante ironía de la vida, ni siquiera el éxito de nuestro personaje C, tendrían ningún sentido si no fuera por el amor. Es el quinto elemento, la rosa mística, el aura que todo lo abarca y sin la cual nada se puede entender.

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