Ni un besito

La vida es ese amante

galán, calavera, bien hablado y un poco osado

que te enamora como pocos y te hace daño como ninguno.

Consigue que le des su corazón, y entonces, es para siempre.

Cuando descubres su juego, piensas que eres joven, que lo olvidarás

pero al final, siempre vuelves, nunca lo puedes abandonar.

Y entonces, la vida, decimos, es ese aventurero gallardo y bizarro

que con un gesto de la mano te arranca las entrañas y después te regala rosas

para que te tapes el desgarrón con sus pétalos.

Y para cuando has valorado y calculado el alcance del desastre

ya te han pasado por encima los años, ya no hay tiempo para rectificar

y además, aunque pudieras, sabes que no lo harías, que siempre a él volverías.

La vida: ese asesino lento, que se toma su tiempo con avaricia

disfrutando mientras te hace pedazos y luego te presenta los restos mortales

en bandeja de plata.

Te hace trabajar como un esclavo, sufrir como un desaforado, llorar todas las lágrimas y alguna más

y al final, encima, se va y te deja para siempre sin mirar atrás,

cruelísimo enemigo.

Ya, mamma, me-w l-habibe
bais’e no más tornarade.
Gar ké faréyo, ya mamma:
¿No un bezyello lesarade?

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‘Corrupción policial’, de Don Winslow

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El referente que nos ofrece o propone Winslow es Denny Malone, quien, al comenzar la novela, que no la historia, está en la cárcel. Nos enteramos, acto seguido, de que es un superpoli caído en desgracia; otrora rey de las calles junto con su equipo, un cuerpo selecto de policías con licencia para todo con tal de hacer valer… ¿el qué? ¿La justicia? ¿El imperio de la ley? ¿O su propia ley, sea ésta cual sea? Lo que fuera que hacían valer se nos comienza a describir con pelos y señales, con vívidas escenas y frías pormenorizaciones de los actos que cometían los servidores mejor considerados y más temidos de la ley y del orden, y he aquí -es decir, en los primerísimos compases- donde el lector comienza a sentir que en esta novela va a quedar huérfano de referentes morales, de alter egos ficticios en los que encarnarse para elevarse sobre la sucia y deprimente realidad.

Leer la reseña completa aquí: https://www.librosyliteratura.es/corrupcion-policial-de-don-winslow.html

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‘Muerte de un forense’, de P.D. James

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Con Adam Dalgliesh, que así se llama el detective fetiche de P.D. James, todavía pasa algo más, algo que ya lo sitúa totalmente fuera de todas las posibilidades previstas y ya cultivadas en cuanto a sabuesos de ficción se refiere: a la autora le importa muy poco cómo soluciona él sus casos y, en casi todas las ocasiones, por no decir en todas ellas, en cada novela protagonizada por Dalgliesh, éste llega a saber la verdad porque sí, por una intuición o iluminación repentina, sin que jamás el lector pueda seguir el hilo que lo ha llevado hasta aquélla.

Leer la reseña completa en https://www.librosyliteratura.es/muerte-de-un-forense-de-p-d-james.html

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Navidad todo el año

Aun siendo pleno verano,

así, en aquel lugar tan aislado, y con tantas luces encendidas,

creí que era Navidad, que era el día de Nochebuena.

Aunque, espera; no, no fue por la iluminación excesiva, ni el trasiego de tanta gente,

tampoco fue por tantas cosas que había a mi alrededor esperando a ser compradas.

Fue algo más misterioso, algo más inexplicable.

Confundí las vidas de los otros con la mía propia,

confundí el pasado con el futuro, olvidando del todo el presente;

por un momento quedé suspendida en una placentera nada, sin juzgar, sin pensar,

una niña eterna, una existencia sin edad.

De repente, por ese momento, no había preocupación ni ansiedad,

tampoco miedo, aprensión ni vergüenza,

dudas, desconfianza ni rencor.

Y, mucho menos, amargura, ira ni resentimiento.

Tan sólo algo que era yo, todo ojos, todo oídos, flotando en medio de la vida,

absorbiéndola toda sin pasarla por el filtro empobrecedor del juicio, de la opinión, del comentario, del prejuicio.

Seguramente es así como la vida es siempre para ti, en cada momento;

una maravilla constante, un asombro ininterrumpido.

Y quizá yo me sentí así porque por un segundo fui como tú;

porque cada segundo te veo venir hacia mí, con los ojos de mi mente:

tú, ese cabrito valiente;

tú, ese príncipe sin miedo

rebosante de amor por el mundo,

capaz de transformar un lunes cualquiera en el día de Navidad.

Como el sol al heliotropo, así te busqué;

como la catedral al silencio,

como la noche al sueño,

como la gasolina al fuego,

así te busco, así te amo.

 

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El verbo

Era un mes de julio, de un año en el que no había llovido, ni se esperaba que lo hiciera;

tocaba entonces que la luna, como mujer que es, sangrara, y que se vistiera de tristes azules;

no se la vería aunque fuera noche de cielo raso.

Tan sólo cabía una noche estrellada, un futuro estrellado.

Era el mes de julio en que todo parecía tocar a su fin;

una complicada tramoya que había aguantado hasta entonces

sin derrumbarse y descubrir aquello que disimulaba.

Todo amenazaba con caer con mucho ruido y mucha máquina,

llevándoselo todo a su paso.

Era el imperio del silencio, y sin embargo yo esperaba una cosa tan sólo.

La única cosa que podía impedir la ruina de todo:

esperaba el verbo

el verbo con que empezó todo,

el verbo que era al principio de todo y que podía regenerarlo todo.

Porque mi vida estaba a punto de terminar,

mi vida se había extinguido, se había marchado presta como un soplo, sin hacer ruido,

y yo ya no tenía más aire, me ahogaba,

cualquier cosa era mejor que otro año sin lluvia, sin vida, sin que nada siguiera sin florecer.

El dolor era mejor que aquel páramo, el dolor era mejor que aquella larguísima, indolora, insípida muerte.

Me marchaba ahora, para siempre, tan lejos, que iba a ser como si jamás hubiera tenido una vida, como si jamás hubiera tenido una patria.

Ni infancia, ni recuerdos, ni juventud, ni, alguna vez, algunos amigos que quizás me quisieron.

Aquel día de verano, yo sólo esperaba el verbo

que me liberara de aquella urdimbre de silencios y mentiras, que rompiera los falsos mantras que me enredaban, las quietudes y soledades que me hundían.

Muchos me vieron, alguno me recordó tal vez.

Y una palabra vuestra habría bastado para sanarme.

Pero ninguno dijo nada, ninguno miró dos veces.

Y así, todo terminó por fin.

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El parque

En este parque cabe todo el mundo.

Es así de grande; es como el cosmos en miniatura: los reflejos minúsculos de todo lo jamás creado están aquí.

Sale el sol y llegan los primeros pajarillos, los niños de vacaciones con sus abuelos, comparten entre todos los toboganes y los columpios, los balancines y el suelo acolchado donde unos caen, otros se posan y otros esperan.

Arrojan el tiempo a manos llenas encaramados a los árboles o subidos a los bancos, se quitan las zapatillas a patadas, tienen prisa por vivir, por saber más, por explorarlo todo.

Después llegan los que salen del cole, de todas las edades, empiezan a ocupar sus sitios, los intercambian a veces, pero también ellos son, ya, animales de costumbres.

Hay tilos que dejan su aroma, florecen, nos dicen que ya es verano; también ellos lo aprenderán, año tras año.

Ya saben que aquí hay sitio para todos, y para todo.

Hay sitio para la lluvia y el frío; el parque está desprotegido, pero las vistas son maravillosas; porque en ningún otro lugar de este país hay espacios abiertos como aquí.

Si miras arriba, se ve el cielo entero, con todos sus meteoros, aviones, artefactos, estrellas, iluminaciones.

Esto se puede hacer en primavera y en verano, claro está; también en esos días perezosos de otoño que es como si imitaran un poco la dulzura del junio tardío. Apenas rasca el frío, puede uno fingir que el día va a ser largo.

Es tan inmenso este país de juegos, que puede uno hacer estallar globos llenos de agua sin que a nadie más salpique. Y mojarse los pies (que ya hemos dicho que están descalzos).

Puede ir de paseo por el bosque, observar mariquitas (que de repente alzan un vuelo muy corto y que hacen cosquillas pero nada más), mariposas, pájaros; hasta un loro que se escapó una vez de su casa. Puede colgarse de las ramas de cualquier árbol, fingir que ahí arriba hay una casita de madera.

Uno nunca quiere irse de aquí.

Y cuando en esas tardes de canícula de repente se levanta un poco de aire fresco, y a la hora mágica en que esos árboles han extendido su carpa protectora de sombra por todo el parque, podrías jurar que no hay lugar más delicioso en el mundo entero.

Pero lo mejor es que aquí hay sitio para todos.

Hay sitio para los buenos amigos y los amigos de conveniencia que sólo te quieren por los juguetes que traes; hay sitio para los niños mayores, para los pequeños y para los bebés; para madres, padres, abuelos, abuelas, amigos, primos, toda la parentela y alguno más que por ahí pasaba; el sol sale para todos; también para los que no comparten, ni quieren hacerlo; se aprende aquí a respetar a todos pero a elegir a nuestros amigos.

Por eso uno quiere quedarse aquí para siempre. Montar una casita, una tienda de campaña, jugar con linternas a los misterios y a contar cuentos de miedo, dormir junto a los primeros amigos, empezar a aprender lo que es la vida.

Porque hay sitio para todos. También para mí.

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Ayer

Por si a alguien le parece lo contrario, el tiempo no ha pasado.

No parece que fuera ayer.

Porque es ahora mismo cuando me ha parecido notar el olor de aquel antiguo jabón

dulcemente esparcido por el aire, sin agobios ni ahogos,

que reinaba en las tardes de aquel verano perezoso

en que yo tenía dieciséis años, y algo estaba a punto de terminarse

pero yo era feliz.

Como el aroma de aquella santidad,

todo sedimenta,

todo queda

dentro, muy dentro de ti.

Y allí, nunca envejece, se convierte en el milagro que es.

Espera, porque me ha parecido ver

aquella misma luz de entonces

detrás de las suaves colinas, escondiéndose,

jugando con nosotros, acariciándonos,

expandiéndose tranquilamente hacia nuestro destino.

Espera, porque no parece que fuera ayer,

sino que fue ayer.

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Un agujero en la pared

I’m late / I’m late / For a very important date. / No time to say “Hello, Goodbye”. / I’m late, I’m late, I’m late.

 

Vi a alguien.

Un hombre (un muchacho)

de mi edad, que lleva muerto

ya más de un año.

Sin embargo, en mi sueño estaba vivo.

Custodiaba la entrada a un mundo mágico,

Al cual yo tenía que entrar para recuperar algo que había perdido.

Él me franqueó la entrada

(un burdo boquete en un muro de ladrillo)

con mucho sigilo y sin reparo alguno.

Yo le dije: Cuídate mucho.

El me miró con extrañeza (sin duda, no sabiendo que ya estaba muerto)

pero dijo que así lo haría.

El muchacho está (y estaba), ya lo dije, muerto;

pero, en aquel instante, sentí, sin duda

que podía (¡de verdad podía!) salvarlo.

Que había podido salvarlo, de alguna forma, de algún modo

que sólo Dios sabe y que yo no comprendo.

Lo llamé por aquel nombre suyo que casi no recordaba.

“Vuelve, casi no me ha dado tiempo de conocerte.

Vuelve, quiero que seamos amigos”.

Pero él tenía alguna misteriosa prisa,

o un plan mil veces mejor que estar aquí con nosotros.

Así que se escurrió por aquel agujero en la pared

dejándonos a todos atrás.

Qué maravillosas promisiones debe de haber al otro lado…

Algún día lo sabré.

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La vida verdadera

Se ha cometido un crimen, alguien mató tu inocencia;

su cadáver permanece incorrupto en tu interior,

su pequeño fantasma de enormes ojos azules camina a tu lado allí por donde vas.

Sus labios de niña murmuran una palabra:

¡Véngate!

y otra:

¡Recuerda!

Así pasan los días, y, aunque de eso hace ya muchos años, ella sigue ahí:

¡Véngate! ¡Recuerda!

Parece una niña vestida de rosa, y tú la quieres, pero su voz te atormenta.

Quieres dejarla atrás, abandonarla en cualquier esquina, llorar un poco y ¡basta!

Pero, a pesar de tus deseos, sientes que no tienes fuerzas;

toda una vida siendo víctima pesa más que el ansia de libertad.

Hay vida más allá, yo lo sé, he estado allí.

Más allá de las arenas movedizas de la lástima por uno mismo

(¡qué emoción más obscena!),

más allá de la úlcera que nunca termina de sangrar,

más allá todavía de la ira justiciera, de la justa sed de venganza,

hay un lugar donde puedes sentir algo diferente:

puedes sentir la libertad, puedes sentir la paz

de dejar de sentir todas aquellas emociones que te agitan, te invaden,

emociones que te mueven y te manipulan como a un títere.

Emociones que, aunque justificadas, te recuerdan día a día

que no, que todavía no ha terminado, que todavía vives en el pasado,

que suya es todavía la victoria.

Y te juro que el mundo sabe que no fue tu culpa,

el mundo sabe de tu ira,

el mundo sabe que no hiciste nada malo;

ahora te lo recuerdo yo a ti, por si acaso lo dudas

(no, no fue tu culpa; sí, fue horrible; no, no lo merecías);

y eso, y nada más.

Ella llorará y agitará los brazos, llamándote; no debes escuchar.

Tu sufrimiento es ahora un monstruo mayor que el odio que aquel día se llevó lo mejor de ti;

tu sufrimiento es tu veneno, tu dulce somnífero, lo que te ancla a tu niñez, el velo que cubre la vida verdadera, nublándola, alejándola de ti.

Hay vida más allá, y es tu vida,

vive como si nada hubiera pasado;

finge que nada ha pasado, y un día será verdad.

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Círculos en un árbol

Here I was born, and there I died. It was only a moment for you; you took no notice.

Vertigo (Alfred Hitchcock, 1958)

 

Como soldaditos, cogidos de la mano, avanzamos

con una venda en los ojos, los que más; guiando el paso, ocultando el terror, unos pocos,

todos en pos de nuestro destino, algún día lo abrazaremos.

Somos ese círculo del tronco de este árbol milenario, ¿lo ves?

Aquí nacimos, todos juntos, en la misma camada, en el mismo nido;

tantos, que somos extraños los unos para los otros,

pero hermanos, sin saberlo.

Nos dicen que no tengamos miedo, que el paso debe ser firme.

Ocultamos nuestro dolor con el disfraz de la apostura,

adelante, sin vacilar, o vacilando, adelante,

todo esto también ha de pasar, y ahora lo sabemos.

Caminamos hacia nuestra pequeña parcela de eternidad,

un ejército, sí, de ángeles

que vendrá a buscarnos cuando llegue el momento.

Nos llevará hasta ellos y nos elevará una ola estelada de todo lo que habremos creado:

novelas, canciones, risas, lágrimas enjugadas, solaz, consuelo, alivio,

y la onda expansiva del siguiente círculo del árbol.

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