Isabel

Siendo ella pequeña, le mataron a su hermano en la guerra.

Muchos años después, siendo yo pequeña, hablaba ella de la muerte con total desparpajo,

como se supone que corresponde a una religiosa.

Era, como se les supone a las religiosas, tenaz y muy recta, sin que la rectitud llegara a ser nunca intransigencia ni cerrilidad.

Sabía muchas palabras, era la reina de los libros en un convento de cuento de hadas.

Y hablaba de la muerte con mucho desparpajo y naturalidad.

Con una sonrisa franca que poco le veíamos; como buen ser humano, tendría sus preocupaciones,

pero morirse un día no era una de ellas.

Intentaba inculcar el amor por la lectura, enseñaba lo mejor que podía,

pero un hatajo de preadolescentes puede poner de los nervios a cualquiera

hasta a la más inteligente y devota hija del Señor.

Me dijo una vez que jamás me olvidaría, ojalá el mal del olvido no le arrancara su promesa ni mi estampa.

¡Qué gran orgullo y qué gratitud, ahora que tampoco soy una niña

y las palabras adquieren su peso y se remansan en mi alma!

Ahora vuelvo la mirada atrás, después de los años locos de mi juventud en los que nada me importaba, y recuerdo, y veo más nítidamente

a aquella pequeña figura de negro, humilde pero orgullosa, que con modestia y con perseverancia me ilustraba;

ella se alza ahora a través de las neblinas del tiempo, reclama su puesto

junto con tantos y tantos seres que una vez quise y no lo supe hasta ahora.

Sonría, hermana, póngase guapa, que en realidad fue usted siempre bien lozana y de buena prestancia.

Cuénteme otra vez la historia de su hermano, aquél que murió tan joven (“bueno, claro, le mataron”), ayúdeme a sobrellevar el frío que a veces la mente me atenaza.

Dirán ahora algunos con suficiencia, “una vida desperdiciada”,

pero ¿cuál de los hijos del hombre, en realidad, decide su destino, elige su vida?

Sonría, hermana, póngase guapa, mire a cámara, que al otro lado la espera Dios.

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Mitología

Así como cada infancia debe tener su mitología,

la mía era aquella mansión semiderruida y, aun así, aparentemente,

todavía habitada.

Cómo podía yo contentarme con aquel espacio, no lo sé;

cómo no imaginar un algo más, cómo hacer que cupieran todos mis sueños

en el tramo mediante aquella caseta abandonada y aquel patio trasero infestado de hierbajos,

pero así era.

Mansión con su lujo avejentado, con su hechura tenebrosa,

sus tejados apuntando en cúspide hacia el cielo,

su fantasma rondando los alrededores, de noche (pienso yo) y de día,

su leyenda (totalmente fantaseada) de seres de ultratumba que habían dejado su impronta

bajo las baldosas destrozadas por el tiempo y la negligencia.

Ese lugar me dio vida, pero también mató nuestra amistad;

si arrancaran de raíz los feos edificios que ahora ocupan su sitio, encontraríamos quizá allí algunos huesos resisentes al tiempo y a las ofensas,

huesos dulces como el recuerdo, cálidos pellejos que reivindican valerosos un ayer que nadie recuerda

salvo yo.

Tu mitología, mi amor, es mucho más hermosa:

un palacio todavía orgulloso y en pie,

un jardín inglés con millones de guijarros que puedes coleccionar,

con su fauna y su flora exuberantes, llenas de vida,

para ti, para ti, sólo para ti.

Con arañitas que podemos ver pero no tocar,

con hormigas que observas durante horas, fascinado por su vida enfebrecida,

con flores cultivadas y otras silvestres,

con árboles y hasta una mesa de piedra donde antes hubo un cenador

para aquellas familias nobles

de cuya sangre no tiene la tuya celos.

Pero es que aún hay más:

porque tu mente maravillosa abarca más, mucho más,

no se contenta con cuatro paredes, ni aunque estén hechas de aire de primavera;

no busca, ni quiere sueños prestados, fantasías caprichosas.

El mundo entero es tu mito, y aun el universo;

tuyo es el cielo, tuya la tierra, allá por donde vayas

rendida a tus pies.

Tú no tendrás que llorar por ninguna soledad impuesta, mi amor.

Tú no; si alguien ha de llorar, que sean los que no te merecen.

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Poesía completa de Cavafis

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En efecto, tenemos la gran oportunidad de disfrutar de la poesía completa de Constantino Cavafis, de la cual sus llamados poemas canónicos, siendo los más conocidos y los más difundidos, son solamente una parte. En esta edición de Bádenas de la Peña está todo lo que podamos desear leer de Cavafis, sus originales en griego y su traducción al español, con comentarios –que contribuyen muchísimo a arrojar más luz sobre poemas que requieren de conocimientos de la cultura y la historia grecolatinas para su completo disfrute–, bibliografía, detallada biografía de Cavafis y una introducción que por sí sola ya es un estudio en miniatura, a la par que glosa y ensayo de presentación, de la vida, obra, psicología y voz poética de Cavafis.

Reseña completa: http://www.librosyliteratura.es/poesia-completa-de-cavafis.html

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La libertad

No es una sucesión de largas noches de verano sin nada que hacer.

No es bailar hasta el amanecer y abrazar a quien quisieras,

ni evadirte a reinos que no son de este mundo, donde era tan fácil aterrizar como doloroso partir.

No es la foto de una adolescente con un moño informal y una taza de café a las 3 de la madrugada,

ni es tampoco una risa eufórica que a veces sirve para mostrar, pero, las más, para ocultar.

No es enfrentarte al mundo, ni batirte en duelo con cada uno,

no es gritar a los cuatro vientos tonterías épicas,

ni tener diecisiete años para siempre jamás.

Ni siquiera cuando clamabas por todo eso podías creer en tus palabras;

pero no sabías nada mejor; era todo lo que tenías.

Sin embargo, ahora ya has vivido suficiente, ahora ya sabes

que la libertad no es nada de eso, y que nunca la verás por televisión.

Que es

dormir con una sonrisa, aunque la vida te dé sólo lluvia y ventisca;

vivir como si fuera primavera, aunque sea de noche a las cinco y media;

ofrecerle una mano tendida a quien antes te la ha mordido, sólo porque tú puedes ser así de fuerte;

obviar aquello que antes tan rápido te hería y te hacía llorar;

callar y dar media vuelta ante insultos y conatos de ofensa;

vivir como si estuvieras viva, no como si estuvieras muerta;

ensanchar tu mente, aunque tu mundo sea un túnel que termina en callejón sin salida;

verte en el espejo y regalarte un beso,

amarte incondicionalmente, aunque sepas que no has llegado adonde merecías;

morir abrazada a la muerte como si fuera tu amante;

y escribir, escribir, construir tu mundo, hacerlo grande,

mostrar que tú has visto y conoces

la luz, la verdad y la vida

aunque no lo vaya a oír nadie más que tú:

ahora sabes que ésa es la libertad verdadera,

tu deseo desde antes de nacer, tu don, tu gracia, tu sueño y obsesión,

tu misión, tu razón de ser, el eco de tu nombre, la sombra de tu alma,

libertad, naturaleza auténtica que no nace de tu sangre ni morirá en ti con tu cuerpo.

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Punto de fuga

Casi es de día; cierras los ojos y ves las farolas de la calle, mil veces vistas, su luz ambarina tiñendo de caramelo el agua de la lluvia

que cae.

Noches y más noches sin poder dormir; escuchando, espiando, fantaseando, pensando.

Desfilan delante de tus ojos, encarnados en humanoides, en fila india, todos tus miedos,

presentes, pasados y futuros.

With the lights out, they’re less dangerous.

Ahora no se trata solo de ti.

E imaginas que este momento se pudiera eternizar. Que la ciudad se pudiera conservar siempre así,

en este estado de duermevela, tan cálido, en el momento en que la mañana aún no ha roto

y todo es pura promisión, y no pasa nada por quedarte un rato más aquí tumbada.

Pero ahora no se trata sólo de ti. Tú eres sólo un figurante.

El protagonista es él, que duerme a tu lado, dulce y feliz.

Te dan ganas de agarrarte a este instante, de explotarlo, de salir volando.

Ven, mi amor, dejémoslo todo atrás.

Vamos a Canadá, a Australia; paraísos de libertad, cielos abiertos, nadie nos reconocerá jamás.

Vamos a Aruba, Barbados, Catay.

Alejémonos de todo.

En un barquito, alejémonos los dos.

Y tú, no cambies jamás;

te prometo que yo nunca me moriré.

Pero habla, dime tu respuesta ahora,

que el sol, celoso de nosotros, ya nos acecha.

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Mecenas

Poderoso señor, mi mecenas, mi benefactor, daos a conocer cuanto antes, por favor.

Cada vez se hace más patente la necesidad de vuestro amparo, de vuestra merced.

Compasivo y sensible caballero, entrad en mi vida, bendecidme con vuestra generosidad.

Yo os brindaré cuanto tengo: mi mucho o poco arte, mi conversación, mis canciones.

Cantaré y alabaré vuestro nombre del uno al otro confín, mientras tenga voz y pluma.

Ni en Roma, ni en Florencia, ni en el papado, ni en ningún imperio ni condado

habrá habido otro como vos; yo me aseguraré de que todos lo sepan.

Os lo suplico, buen señor, presentaos, elegidme; no os defraudaré.

Permitidme soltar la carga de este mundo hostil,

libradme, con vuestro gran poder, de tanta fealdad, de tanta vacuidad.

Dadme la oportunidad de ser libre, de vivir

sin cuidarme de tantas vulgaridades, de tantas mezquindades

sin tener que sacrificar mi tiempo de vida en nombre de tanta vileza.

Dadme la gracia de poder alzar mi voz, de cantar, de denunciar, de clamar, de elogiar,

viviendo la vida que siempre soñé, ensalzando la belleza, volando por encima de lo material, de lo vulgar, de aquello que no perdurará,

siendo dichosa en mi búsqueda de lo inmortal, de lo espiritual.

Venid, poderoso y gran señor mecenas, no me dejéis arrastrarme más.

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The one

Me viste, te conocí y me enamoré.

Me besaste por primera vez y ya no pensé en nada más.

Fue a los quince años de mi edad.

Me dijiste que no habría nadie más;

nadie más que tú.

Y tenías razón; yo no podía pensar en nadie más.

Sigue un día más, sigue sólo un día más. Olvida el resto.

Les enseñaremos quiénes somos; el mundo será nuestro.

Tu beso me clavó, me paralizó en el suelo; tu contacto me perdió.

Tu caricia en mi clavícula, apenas una brisa sobre mis costillas, tus labios en mis omóplatos, en mi esternón;en mis vértebras, afiladas como cuchillos, como las horas que pasaban sin sentir…

Cada vez más afiladas.

Sobre mi piel, las huellas de tus dedos: tatuajes de tu amor.

Masajeabas mis sienes, enmarcando mi cráneo de huesos blancos, puros; nuestra música sonaba; mi pensamiento se nublaba.

Atenazabas mi pelo, del que yo tan orgullosa estaba; hebras finísimas quedaban en tus manos: mi ofrenda.

Y tu verdad susurrada:

No hay nadie más. Baby, you’re the one.

Mi único deseo: complacerte.

Tardes enteras sin salir de mi habitación, las persianas echadas, fotos rotas en el suelo, un teléfono al que nadie contestó jamás.

Llamaban a mi puerta, yo prefería compartir contigo mi oscuridad por ti creada.

Tú eras mi único amor, yo era tu escultura, tu obra.

Así, otro día que se iba escurriendo lentamente; la vida que pasaba al otro lado de mi ventana.

Las persianas echadas, tu aliento sobre mi nuca, la dulzura de tus promesas, el odio que nos vivificaba. ¿Qué era, al lado de eso, todo lo demás? ¿Qué me podía importar?

Ahora ya no siento nada, pero todavía recuerdo el eco de tu voz, tu tacto frío, la vida que me quitabas, y yo que con alegría de fanática te la daba.

No hay nada más. Baby, you’re the one.

Lo que soy ahora, tú lo creaste; es todo por ti

todo es culpa tuya.

Fue a los quince años de mi edad.

 

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Un lugar propio

Toda mujer (o al menos ésta) necesita un lugar para ella, un lugar que sienta propio. Un lugar como una iglesia, aunque sea pequeñita y recóndita, aunque sólo le dé el sol en una esquina, pero donde ella, su alma, pueda resonar libremente.

Un lugar especial donde colocar, uno junto al otro, apretados, revueltos, sujetándose unos a otros, sus libros (¡tantos libros!), sus fotos (pocas fotos), algún objeto decorativo (bien elegido; no le gusta lo barroco), su orden, su desorden.

Un lugar que pueda llamar suyo, que pueda sentir suyo.

Yo todavía no lo he encontrado, me pregunto si algún día lo encontraré.

Tal vez sí, y entonces lo sabré (espero).

Tal vez no, y tendré que conformarme con vivir de prestado, con ocupar sitios que no son míos.

Es una solución como otra cualquiera.

Me conformo así, a estas alturas… con lo difícil que es vivir siendo poeta.

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‘Caída libre’ de Nina Sadowsky

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Caída libre es una de esas novelas de corte policíaco y criminal que se publican de refilón, en edición de bolsillo, sin grandes campañas de marketing que las avalen y las conviertan en “el thriller del año” (incluso estando a principios de año, como a veces sucede… Cosas de la mercadotecnia). Esto tiene su lado bueno, y es que se leen por genuina curiosidad, no por haber sido inducidos por la publicidad y las comparaciones con los fenómenos editoriales de otros años; y, al ser así, normalmente se han elegido por iniciativa propia, sin que nadie nos haya convencido de ello. Pero la ventaja más importante que ofrece esta discreción a la hora de aterrizar en las estanterías reales o virtuales de las librerías es que no existe ninguna expectativa hipertrofiada que nos haga esperar encontrarnos con el libro de nuestra vida.

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‘En busca de la paz’, de Osho

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Con los libros de Osho sucede una cosa curiosa, y es que, aunque todos vengan a decir exactamente lo mismo, cada uno de ellos se lee como si fuera totalmente distinto y original, y conserva la frescura de un mensaje nuevo. Quizá ello se deba a que, tanto en su momento como ahora, la sociedad occidental está necesitada y hambrienta de leves toques de atención, de señales en el camino que la ayuden a reconducir su atención hacia lo esencial, en lugar de hacia lo accidental, como hacemos por defecto. Tomemos como ejemplo este En busca de la paz que hoy nos ocupa.

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