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blast from the past

bastante lejano, además.

 

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Definición

La felicidad puede ser, y es, un sentimiento, una emoción, una vivencia, una experiencia, una meta, un sueño, una ilusión, una esperanza, una obsesión.

Pero creo, y ahora puedo decir que creo que sé, que sobre todas las cosas es una decisión.

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Soltarse

En Operación Triunfo, los monitores de canto solían aconsejarles a los vocalistas sin pulir que soltasen el aire de tal o cual manera. Y uno de los principios básicos para conseguir relajarse es aflojar, o, lo que es lo mismo, soltar. Soltar músculos, desfruncir ceños, deshacer gestos que hacemos sin pensar. Cuando lo hacemos de forma consciente, nos damos cuenta de la tensión en la que estábamos. Y es que agarrarse crea tensión. Vivimos agarrados y agarrotados. También a cosas más etéreas: por ejemplo, nos agarramos a momentos, a etapas, a hábitos, a cosas aprendidas que repetimos durante largo tiempo. No sabemos si son lo óptimo a lo que podemos aspirar, pero, por si acaso, nos agarramos a ello porque nos da miedo el cambio.

Soltarse requiere de gran valor.

La infancia es el paraíso perdido, en parte, porque los niños no se aferran nunca. No saben hacerlo y, si les explicáramos en qué consiste y por qué lo hacemos, seguramente no lo entenderían. Les parecería absurdo, porque en realidad lo es.

¿Querer seguir siendo siempre lo que somos ahora, hacer lo que hacemos, mantenernos en esta etapa? ¿Por qué? ¿Querer agarrarse al tiempo, parar el reloj, que nada cambie?

Si los niños supieran lo que es aferrarse, quizá intentarían aferrarse a su infancia. No pasar de la guardería, no salir nunca del ciclo de eterno ocio basado en jugar, comer y dormir. Aprenderían, pero lo aprendido no les serviría de nada, sería un acto vacío de significado, carente de emoción, porque jamás podrían acumular más saberes sobre esos primeros saberes y habilidades básicos de la vida, ya que serían siempre niños. Jamás conocerían la felicidad y la satisfacción personal que dan la autonomía, el proceso de maduración,el uso de razón, el don de la conciencia. No sabrían lo que es equivocarse ni tampoco acertar. Ellos seguirían siempre en ese eterno mes de agosto de la infancia, no exenta de llantos y de miedo, pero carente de profundidad, porque jamás serían conscientes de sí mismos.

Cuando nos aferramos a una etapa de la vida, cuando dejamos que nos supere la pena por la despedida y la melancolía del cierre de algo, actuamos así, retrocediendo un poco a esa seguridad ficticia, queriendo ser niños otra vez.

Tememos encontrarnos con lo que hay al otro lado de esa puerta que ahora vamos a abrir y ese umbral que ahora nos disponemos a cruzar. Nos sentimos cómodos con esta vieja bata y las pantuflas de siempre, con las cien palabras que conocemos, con las cinco melodías que sabemos cantar. El cambio nos produce miedo y cansancio. En realidad, en el fondo del miedo al cambio que experimentamos en la vida repta, susurrante, el miedo a la muerte, que es el cambio supremo. Y una de las razones que me hacen creer que la muerte no es el final de la vida, sino el gran cambio, es precisamente que la vida invierte un montón de tiempo y esfuerzo en entrenarnos para ese momento. No se prepara a alguien a conciencia para nada, para algo que no existe. Un campeón olímpico no se dedica en cuerpo y alma a su disciplina para luego no participar en el campeonato.

Puede que el amable lector sea un sentimental, como yo, y que le cueste despedirse de situaciones, lugares, costumbres o personas que no sólo forman parte de nuestra vida, sino que participan en su dotación de sentido: la relación con aquellas cosas a las que estamos acostumbrados nos define; somos -o creemos ser- aquello que hacemos, somos la persona con la cual los que nos rodean se relacionan, aquélla que ellos ven; somos las rutinas que seguimos; somos los papeles que esas rutinas nos adjudican y nos hacen asumir como nuestra propia piel. Aunque, en el fondo, seamos más que eso o, dicho de otro modo, no seamos nada de eso sino en apariencia. Me recuerdo llorando al comprender que salían de mi vida, para no volver, personas, instituciones, modos de hacer las cosas, maneras de vivir; y, al mismo tiempo, pocos de esos cambios me trajeron situaciones peores que aquella que dejaba; y, cuando el cambio me trajo un estilo de vida que yo no deseaba y que no disfruté, comprendo ahora que era totalmente necesario para convertirme en quien yo iba a ser cuando aquel trance pasara.

La vida es un cambio constante, como todos aprendemos cuando vamos creciendo. Madurez no es amar el momento del cambio, sino aceptarlo como parte connatural de la vida.

A pesar de que nos haga llorar.

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A cara de perro

¿Por qué gente con la que has crecido, con la que prácticamente has nacido (porque ellos figuran en algunos de tus primeros recuerdos -el jardín de infancia, sin venirnos más cerca), con la que incluso te has llevado bien, con la que has intercambiado chistes y bromas, angustias y momentos significativos de la adolescencia, con la que has tenido cierta complicidad generacional, de repente, ahora en la edad adulta, ni te mira a la cara cuando os cruzáis por la calle e, incluso peor que eso, te mira con cara de pocos amigos?

Ni que decir tiene que esa misma gente no sólo no te saluda, sino que, además, hace como si no te conociera de nada y le fueras a reclamar alguna deuda, o algo así.

Es como si, siendo niños, compartiéramos un mundo y, a partir de cierta edad, esté establecido por alguna misteriosa e incomprensible ley de la naturaleza que debamos exiliarnos de ese mundo y empezar a habitar mundos distintos y alejados entre sí. Que tengamos que hacer como si no nos conociéramos de nada, cuando hace nada hemos sido casi casi amigos.

Y yo no soy ninguna crédula ni partidaria especial de la idea de amistad -bueno, de la idea sí; con lo que no comulgo es con la realización de esa idea, pues nunca me ha sucedido y las veces en que he creído que me ha sucedido no ha sido sino un espejismo de amargo final-, la vida me ha hecho así, pero con gente con la que no has tenido ningún desencuentro, pelea ni discusión, ¿por qué no esperar al menos un reconocimiento?

Quizá sea que la edad en la que actualmente estoy nos haga así: adultos responsables, cada uno con su familia y sus deberes, demasiado ocupados, demasiado apremiados para pararnos un momento a concederle al otro ese simple reconocimiento. También puede ser que, inconscientemente, al negar el reconocimiento a ese otro que ha sido casi nuestro amigo tiempo atrás, estemos intentando negar ese pasado nuestro, negar que hemos sido niños y adolescentes, negar que hemos sido inocentes, vulnerables, incautos, locuelos y atolondrados y que hemos hecho tonterías, hemos confiado sin esperar nada a cambio, hemos cometido errores absurdos producto de la inmadurez, nos hemos abierto tal vez demasiado a quien tal vez no lo merecía o no nos estimaba lo suficiente, y hemos dejado que el mundo nos viera así, en nuestra conmovedora juventud.

De cualquier forma, yo no soy así y todavía me sorprende cada vez que me pasa algo como eso, que me ha pasado hoy mismo.

Me pregunto también si cuando seamos todos viejecitos y estemos en el tramo final de la vida, sin tantos protagonismos, sin tantas responsabilidades, siendo otra vez como niños -vulnerables, más inocentes a pesar de ser más resabiados, necesitados de amor, sufrientes, cada vez con menos que perder o siendo conscientes de que al final todos estamos destinados a perder todo lo mundano y que sólo habremos ganado aquello que hemos dado-, seguiremos negando reconocer a quienes han formado parte de nuestra vida, compartiendo tiempo y espacio -en suma, compartiendo mundo, algo que habrá sido exclusivamente nuestro, y que ningún otro grupo de personas de la humanidad pasada o futura ha formado ni formará con nosotros, pues el mundo no sólo es algo que nos contiene, sino que es algo que nosotros hemos hecho-, compartiendo avatares, aventuras, sensaciones, movimientos a gran y pequeña escala, edades y experiencias. Si lo hacemos, sólo estaremos negando una parte de nosotros mismos. Pero algo me dice que no será así, que, viéndole las orejas al lobo, toda esa gente que hace el vacío a los demás querrá volver al hogar, y no querrá hacerlo solo.

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¡Feliz Semana Santa!

Yo felicito la Semana Santa porque es la que yo vivo; no digo ya “celebro”, pues en mi pueblo no se hacen procesiones ni otras celebraciones que las funciones eclesiásticas de costumbre (a las cuales me gusta acudir cuando puedo, pero no siempre ha sido así y tampoco en esos años me refería a esta época como otra cosa que “Semana Santa”).

No felicito a nadie el solsticio ni el equinoccio porque son conceptos que no pertenecen a mi cultura y que, por lo que creo, cuando se utilizan en el medio en el que yo me muevo, ese uso responde más a una reciente convención social que tiene mucho de ideológica que a una costumbre que se haya establecido de forma natural. Dicho en plata (o en cristiano, expresión que viene más a cuento): se hace por la corrección política, para no ofender a los laicos y a los ateos, como si éstos utilizasen habitualmente tales términos o como si celebraran algo que tuviera remotamente que ver con fenómenos puramente naturales y nada más y, por tanto, como si se ofendieran si alguien les felicitara o les deseara una buena Semana Santa. Si algún día me encontrara con algún pagano de creencias y costumbres naturalistas y telúricas, no tendría ningún inconveniente en desearle un feliz tránsito de una estación a otra. Hasta la fecha, nunca se ha dado el caso.

Estas cosas me hacen añorar los tiempos en los que éramos, como sociedad, menos conscientes de otras sociedades, menos “abiertos de miras” quizá, menos “heterogéneos”, menos “eclécticos”, menos “integrados” (aunque no por ello más “apocalípticos”), pero, sin duda alguna, más naturales.

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J%&#R

¿Cómo hacéis?

¿Cómo hacéis los que tenéis hijos para blindaros ante la fealdad y la brutalidad del mundo?

¿Para no llorar cuando leéis y oís determinadas muestras de que hay gente imbécil, embrutecida, estúpida y malvada?

Yo sé que de un tiempo a esta parte me he hipersensibilizado y cosas que antes me entristecían pero que al poco rato podía olvidar ahora directamente me hacen llorar.

Casi todos los días hay un montón de historias tristísimas en los medios. Pero yo me he dado cuenta de que las que más me afectan son aquellas en que se hace daño a seres pequeños, inocentes, delicados, indefensos y completamente expuestos.

Como hoy, por ejemplo, en que he leído una historia espeluznante desde varios puntos de vista,. Al parecer, dos chicos han matado a 72 lechoncitos saltando sobre ellos y aplastándolos. Y todo, para poder jactarse de ello por Whatsapp.

Creo que poder todos de acuerdo en que esa gente no tiene sentimientos, y de que, además, es capaz de hacer cualquier cosa para luego difundirla por todas partes. No sólo eso, sino que hacer daño de forma gratuita a seres que no pueden defenderse y que nada les han hecho les parece una heroicidad, algo de lo que enorgullecerse.

Luego nos extrañamos o nos escandalizamos de que todavía haya casos de bullying que empujen a niños de 11 años al suicidio.

No puedo evitar llorar porque, si antes tenía el corazón a flor de piel, ahora ya no tengo piel, sólo tengo corazón, y cualquier roce le hace una herida, y, a estas alturas, tengo pocas esperanzas de que cicatricen.

Mi instinto me pide proteger a esos seres, sean niños o animales (incluso los vegetales y las plantas que sufren maltrato arbitrario me remueven los sentimientos más primitivos) y como no puedo, sólo me queda la empatía, pero, aunque dicen que es algo bueno y necesario, a veces me gustaría poder arrancármela.

😥

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Saben aquel que dice que era un náufrago en una isla desierta…

Estoy leyendo otro clásico: “Robinson Crusoe”. Sí, esa novela archiconocida por todos y que a nadie le hace falta leer para saber exactamente lo que cuenta: la historia de un inglés que naufraga y llega a una isla desierta, donde consigue sobrevivir y hasta hacerse un esclavo, al que llama Viernes. Lo conocemos todos, ¿verdad que sí?

Pues no. Resulta que esa historia es sólo una parte del libro. Y ni siquiera la mayor parte. El título verdadero del libro es “Vida y extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe, marinero de York, escritas por él mismo”. Y esas “extrañas y sorprendentes aventuras” abarcan mucho más que la vida en la isla y la posterior conversión -como buen inglés- en señor colonial de su propia tierra y de los hombres que llegan a habitarla. Se nos cuenta parte de su vida en Inglaterra, sus relaciones con sus padres, cómo se hace a la mar por primera vez, algunas aventuras que le suceden antes de su naufragio y, una vez novelescamente autorrescatado de su imperio de ultramar, tooooooooooda una segunda parte, una novela en sí misma, donde se nos cuentan otras aventuras de Robinson una vez que ha vuelto a la civilización.

Resulta que el libro que yo pensaba que conocía no lo conozco en absoluto, o lo conozco sólo de oídas o (grrrrrrr) por las películas. Y por eso, al leerlo, no sólo estoy enfrentándome a un libro nuevo; también a mis prejuicios (dicho en un sentido totalmente neutro) sobre él.

A todos nos ha pasado alguna vez algo así: que lo que esperábamos que fuera de una determinada forma, pues la dábamos por conocida antes de conocerla en primera persona, luego ha resultado no ser así.

¿Cuándo os ha pasado a vosotros?

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Poner nombres al tiempo

El mejor propósito de año nuevo es el que empezamos en el año viejo.

¿Que no?

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Stone

Ha muerto Scott Weiland, que, para quienes no lo saben, era el líder de ese grupo que, para quienes no lo vieron o lo vivieron en los 90, era Stone Temple Pilots.

Yo tampoco soy ni he sido nunca grandísima melómana ni, mucho menos, seguidora del grunge, y de sobra está decir que jamás he ido ni se me habría ocurrido ir a un concierto de STP. Pero conocí su música, de pasada, y no puedo decir que varias de sus canciones me hayan sido desconocidas. Incluso algunas me gustaban, como me gustaban cualesquiera otras canciones que escuchaba por la MTV.

El hombre se fue a dormir y parece que ya no despertó. Quién sabe qué pasó, aunque su historial con las drogas nos da una pista que se puede considerar fiable.

Siempre siento cierto asombro infantil cuando oigo que tal o cual persona más o menos famosa y más o menos rica y considerada con mayor o menor éxito dentro del campo que ella ha elegido cultivar ha muerto joven debido a determinadas elecciones -que todos conocemos- en su vida. Elecciones funestas tanto en sí mismas como por las consecuencias que acarrean. Siento asombro porque veo la constatación de que ese éxito no es suficiente, ni siquiera sirve como comienzo, para empezar a llenar de sentido la vida. Y está claro que, cuando uno no tiene vida en sus años, empieza a tomar decisiones que quitan años a su vida. Un suicidio a cámara lenta, un suicidio un poco pasivo pero no del todo, y tan deliberado como siempre es un acto así. Y aunque conscientemente uno no lo sepa, el subconsciente lo sabe todo. Siento asombro, digo, porque a ellos, aparentemente, la suerte les sonríe: lo han conseguido, lo han alcanzado, los astros se alinearon a su favor y, aunque había doscientos mil tipos como ellos, con tanto talento o más, con tantas ganas o más, con tanta ambición o más por triunfar, ninguno de ellos triunfó y ellos, sí.

Me pregunto qué pensarán esas personas cuando se acuestan cada noche. ¿Saben que se juegan a cara o cruz el despertarse mañana? Y si lo saben, ¿les importa algo? ¿Quizá prefieren no despertar?

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Postblog

Rondaba el año 10 de la nueva era. Por si esto fuera -que lo es- pobre contextualización, digamos que por aquel entonces, a pesar de lo mucho rodado, se consideraba que Internet fuera todavía un sustituto que usaba alguna gente que carecía de lo que había que tener en caso de ser persona respetable. Gente que no tenía amigos los buscaba ahí, gente sin vida social se montaba toda una representación para poder tener, si no lo auténtico, al menos un pobre sucedáneo.

Sí, existían los blogs, pero no eran un fenómeno mayoritario. La misma palabra blog casi nunca se usaba y, cuando aparecía en textos, estaba en cursiva. Blog. Incluso se usaba log, a veces. Los que se consideraban modernos y pioneros se abrían una cuenta en Blogspot -siempre e invariablemente en Blogspot- y esperaban a que algún medio convencional -entiéndase: impreso en papel- se hiciera eco de ellos para así tener una columna, un espacio, no sé, algo. Los que no eran susceptibles de llegar tan lejos aspiraban a convertirse en minilíderes de opinión en su círculo inmediato, con un radio mayor o menor. El blog era algo que uno anunciaba -“me he hecho/abierto un blog”- porque, de buenas a primeras, nadie se iba a enterar si no. Así de en pañales estaba la cosa.

Aquí. Porque en otros sitios, era diferente. Ya había blogs usados con relativa holgura y gozando de relativa popularidad. Aunque todavía suscitaban interrogantes, claro. ¿Un blog, y para qué? ¿Para escribir en él qué?, se podía y, casi seguro, se solía preguntar uno. Abrirse un blog era algo que no se veía natural ni, casi, normal. Había que tener en mente un objeto, una meta.

Leiresroom era Leiresroom 1.5, aún no 2.0 pero tampoco 1.0, no vayan a pensar. Por medio de una amiga por correspondencia (extranjera), supo de aquel sitio web de blogs. Pongamos que se llamaba Tengoundiario.web. La amiga tuvo que explicarle a Leiresroom qué era y para qué lo usaban ella y otras amigas. “Para escribir lo que nos pasa o sobre nuestro día”. Y eso, para qué, se preguntaba Leiresroom. Pero, como por aquel entonces se escribía bastante asiduamente con la amiga extranjera, y como cada vez le daba más pereza escribir cartas, y como además parecía algo emocionante eso de ser miembro de un grupo o pandillita, aunque fuera algo virtual, ella aceptó la invitación.

Aquel fue el principio de una experiencia o aventura -que de todo hubo- que duró unos tres intensos años durante los cuales Tengoundiario.web se convirtió en uno de los ejes de la vida de Leiresroom 1.5. Trabó conocimiento y cierto tipo de amistad con blogueros de toda laya, procedencia y condición y escribió religiosamente sobre episodios de su vida, pensamientos, sentimientos, pajas mentales, creación literaria -compartiendo además retazos de su propia creatividad- y cualquier cosa que viniera al caso.

El tiempo siguió pasando, razones varias trajeron el final de aquella experiencia, y, sin que mediara ninguna causa-efecto entre aquello y esto, Leiresroom, ya en una versión mucho más avanzada (madurada es la palabra justa para adjetivar un concepto a caballo entre lo abstracto y lo humano), digamos la 2.9, aterriza en WordPress movida por su motivación de siempre: quiere, necesita escribir. Ahora el contexto es otro: casi todo el mundo, desde el escritor profesional hasta el repartidor de bombonas, tiene un blog; lo que no se sabe muy bien es para qué. Leiresroom llegó a WordPress con la idea de escribir sobre cosas muy concretas: temas de actualidad, comentarios de noticias… y con el viejo objetivo de canalizar hacia fuera su amor por la escritura, dando vía libre a poemas y a impulsos creativos que llevaba toda la vida sofocando o, cuando mejor, mostrando sólo tímidamente. Durante mucho tiempo -años; un año son varios eones, según el cómputo ultraacelerado del tiempo en esta nueva era- no tuvo público alguno, o casi (excepción hecha de una persona muy cercana a ella) y no tuvo retroalimentación. Sus artículos y poemas rara vez tenían visitantes, y perdió la costumbre de mirar el apartado de estadísticas y de visitas, porque el contador siempre estaba a cero (excepción hecha de despistados internautas que aterrizaban en sus páginas por error; a todos se nos ha perdido la brújula y el mapa en esos procelosos océanos de Internet).

Poco a poco, se dio cuenta de que podía seguir otros blogs e interactuar con ellos sistemáticamente. Tampoco de aquí surgió mayor tráfico ni nada de esto supuso diferencias significativas en la woolfiana habitación de Leiresroom. En verdad, no hubo causa y efecto algunos para pasar de esa situación a la que reina en el momento en que son redactadas estas líneas. De repente, la abejita puso su polen en la flor, el repollo dio fruto, se produjo un Big Bang y Leiresroom tenía ¡seguidores! que ¡le dejaban Megustas y comentarios! y con los que ¡interactuaba!

Lo más sorprendente de todo esto fue que, siguiendo esa misteriosa ley científica por la cual el observador provoca la alteración del objeto observado, así el blog de Leiresroom empezó a cambiar y a fundirse con el ambiente que lo rodeaba. Porque Leiresroom se había dado cuenta de que, a pesar de los eones transcurridos, y de la explosión y popularización de los blogs, la gente seguía usándolos mayoritariamente para… bien, no se sabe a ciencia cierta para qué. Digamos que para expresarse a sí misma. Pero no siempre bajo un objetivo concreto, ni para un fin concreto ni sobre una temática bien definida. Tal como sucedía en aquel protoblog, los blogs servían ahora, también, para todo y para nada. Uno publicaba cosas sobre sí mismo, otro sobre cómo había sido su día, aquél sobre su afición favorita, y cosas así.

Y los memes, siempre los memes. Si el protoblog había servido como plataforma rudimentaria de autopsicoanálisis, pudiendo uno descubrir mediante tests online desde qué personaje de Friends hasta qué sabor de batido era, y hacer guiños-llamamientos a otros blogueros, nominándolos a premios y metiéndolos en situaciones de todo tipo, ahora, eones después, tales instrumentos de comunicación seguían gozando de buena salud.

Vuelve a no haber moraleja, porque esto es la vida real. Digamos que, de haber alguna, sería ésta: el ser humano no cambia, y nosotros somos seres humanos, luego nosotros tampoco cambiamos. No, al menos, tanto como nos gustaría suponer.

La madurez seguramente está sobrevalorada.

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