Archivo de la categoría: Poemas

Ayer

Por si a alguien le parece lo contrario, el tiempo no ha pasado.

No parece que fuera ayer.

Porque es ahora mismo cuando me ha parecido notar el olor de aquel antiguo jabón

dulcemente esparcido por el aire, sin agobios ni ahogos,

que reinaba en las tardes de aquel verano perezoso

en que yo tenía dieciséis años, y algo estaba a punto de terminarse

pero yo era feliz.

Como el aroma de aquella santidad,

todo sedimenta,

todo queda

dentro, muy dentro de ti.

Y allí, nunca envejece, se convierte en el milagro que es.

Espera, porque me ha parecido ver

aquella misma luz de entonces

detrás de las suaves colinas, escondiéndose,

jugando con nosotros, acariciándonos,

expandiéndose tranquilamente hacia nuestro destino.

Espera, porque no parece que fuera ayer,

sino que fue ayer.

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Un agujero en la pared

I’m late / I’m late / For a very important date. / No time to say “Hello, Goodbye”. / I’m late, I’m late, I’m late.

 

Vi a alguien.

Un hombre (un muchacho)

de mi edad, que lleva muerto

ya más de un año.

Sin embargo, en mi sueño estaba vivo.

Custodiaba la entrada a un mundo mágico,

Al cual yo tenía que entrar para recuperar algo que había perdido.

Él me franqueó la entrada

(un burdo boquete en un muro de ladrillo)

con mucho sigilo y sin reparo alguno.

Yo le dije: Cuídate mucho.

El me miró con extrañeza (sin duda, no sabiendo que ya estaba muerto)

pero dijo que así lo haría.

El muchacho está (y estaba), ya lo dije, muerto;

pero, en aquel instante, sentí, sin duda

que podía (¡de verdad podía!) salvarlo.

Que había podido salvarlo, de alguna forma, de algún modo

que sólo Dios sabe y que yo no comprendo.

Lo llamé por aquel nombre suyo que casi no recordaba.

“Vuelve, casi no me ha dado tiempo de conocerte.

Vuelve, quiero que seamos amigos”.

Pero él tenía alguna misteriosa prisa,

o un plan mil veces mejor que estar aquí con nosotros.

Así que se escurrió por aquel agujero en la pared

dejándonos a todos atrás.

Qué maravillosas promisiones debe de haber al otro lado…

Algún día lo sabré.

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La vida verdadera

Se ha cometido un crimen, alguien mató tu inocencia;

su cadáver permanece incorrupto en tu interior,

su pequeño fantasma de enormes ojos azules camina a tu lado allí por donde vas.

Sus labios de niña murmuran una palabra:

¡Véngate!

y otra:

¡Recuerda!

Así pasan los días, y, aunque de eso hace ya muchos años, ella sigue ahí:

¡Véngate! ¡Recuerda!

Parece una niña vestida de rosa, y tú la quieres, pero su voz te atormenta.

Quieres dejarla atrás, abandonarla en cualquier esquina, llorar un poco y ¡basta!

Pero, a pesar de tus deseos, sientes que no tienes fuerzas;

toda una vida siendo víctima pesa más que el ansia de libertad.

Hay vida más allá, yo lo sé, he estado allí.

Más allá de las arenas movedizas de la lástima por uno mismo

(¡qué emoción más obscena!),

más allá de la úlcera que nunca termina de sangrar,

más allá todavía de la ira justiciera, de la justa sed de venganza,

hay un lugar donde puedes sentir algo diferente:

puedes sentir la libertad, puedes sentir la paz

de dejar de sentir todas aquellas emociones que te agitan, te invaden,

emociones que te mueven y te manipulan como a un títere.

Emociones que, aunque justificadas, te recuerdan día a día

que no, que todavía no ha terminado, que todavía vives en el pasado,

que suya es todavía la victoria.

Y te juro que el mundo sabe que no fue tu culpa,

el mundo sabe de tu ira,

el mundo sabe que no hiciste nada malo;

ahora te lo recuerdo yo a ti, por si acaso lo dudas

(no, no fue tu culpa; sí, fue horrible; no, no lo merecías);

y eso, y nada más.

Ella llorará y agitará los brazos, llamándote; no debes escuchar.

Tu sufrimiento es ahora un monstruo mayor que el odio que aquel día se llevó lo mejor de ti;

tu sufrimiento es tu veneno, tu dulce somnífero, lo que te ancla a tu niñez, el velo que cubre la vida verdadera, nublándola, alejándola de ti.

Hay vida más allá, y es tu vida,

vive como si nada hubiera pasado;

finge que nada ha pasado, y un día será verdad.

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Círculos en un árbol

Here I was born, and there I died. It was only a moment for you; you took no notice.

Vertigo (Alfred Hitchcock, 1958)

 

Como soldaditos, cogidos de la mano, avanzamos

con una venda en los ojos, los que más; guiando el paso, ocultando el terror, unos pocos,

todos en pos de nuestro destino, algún día lo abrazaremos.

Somos ese círculo del tronco de este árbol milenario, ¿lo ves?

Aquí nacimos, todos juntos, en la misma camada, en el mismo nido;

tantos, que somos extraños los unos para los otros,

pero hermanos, sin saberlo.

Nos dicen que no tengamos miedo, que el paso debe ser firme.

Ocultamos nuestro dolor con el disfraz de la apostura,

adelante, sin vacilar, o vacilando, adelante,

todo esto también ha de pasar, y ahora lo sabemos.

Caminamos hacia nuestra pequeña parcela de eternidad,

un ejército, sí, de ángeles

que vendrá a buscarnos cuando llegue el momento.

Nos llevará hasta ellos y nos elevará una ola estelada de todo lo que habremos creado:

novelas, canciones, risas, lágrimas enjugadas, solaz, consuelo, alivio,

y la onda expansiva del siguiente círculo del árbol.

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Raza de malditos

Qué irónico, qué dudoso honor

constatar la pertenencia a esta raza de malditos,

darte cuenta cuando ya has vivido media vida preguntándote, esperando, soñando, creyendo

siempre en lo mejor para ti así como para el mundo,

y luego, a medida que llegaban los palos y que éstos ganaban en fuerza,

preguntándote, aturdido, ¿cómo? ¿por qué ha sucedido esto? ¿otra vez? ¿qué he hecho mal?

Construir un palacio en lo alto de una montaña, protegido por la selva negra,

clavar tu bandera orgullosa en sus torreones, y fingir luego que ese mundo por el que tanto esperabas

simplemente no existe;

ignorarlo como él te ha ignorado a ti

riéndose de tus anhelos,

rechazando una y otra vez todo lo que tú tenías que ofrecer:

tus dones, las historias que podías contar, una cada noche, para que todos pudieran conciliar el sueño y sentirse seguros.

Tú habías prometido estar ahí, defenderlos a todos con tus palabras, con tus canciones, con tu voz, con tu presencia,

habías prometido llenar de luz cada habitación, hasta expulsar de ella a la última mínima sombra.

Sin embargo, nadie quiso lo que tú ofrecías; a tus llamadas solo seguía el silencio,

y así,

poco a poco, el salón de baile se fue vaciando, el cerco a tu alrededor haciéndose cada vez mayor,

como si fueras sólo una piedra, y ellos, el agua cristalina,

como si tu presencia supurara humores y contagiara enfermedades:

la soledad, la visión, la música, la audición,

los secretos que habrás de llevarte contigo a la tumba, pues nadie los quiere.

Y aun hoy, aunque ya no los añoras, te preguntas por qué ellos son de risa tan fácil,

por qué son tan capaces de cerrar la puerta tras de sí,

qué pócima bebieron que los capacita para el olvido inmediato:

ahora te veo, ahora no te veo

y ya no te recuerdo, es como si nunca hubieras existido.

Quédate con todas tus extrañas palabras, con tus místicas melodías,

guárdate para ti el secreto del universo y de la vida,

no nos describas el rostro de Dios, sus ojos azules tan dulces,

nosotros preferimos estar aquí, bailar hasta el amanecer,

libar el néctar exquisito del olvido

que tú no conoces ni probarás jamás.

Vete, déjanos, vuelve con tu raza de malditos,

duerme el sueño eterno, vaga por los caminos,

aquí nadie te quiere ni te comprenderá jamás.

 

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El sueño olvidado

Y dime, por fin,

si es esto lo que querías, si es esto con lo que ocupabas

el vacío que se supone que debían llenar los sueños,

esas entelequias de las que todo el mundo habla,

esas fantasías de hermosos nombres y elocuentes descripciones.

Al oírles hablar, te preguntabas por el misterio de su exquisita pasión,

por la verdad que transpiraba de cada una de sus palabras.

Porque tú jamás sentiste tal cosa, ni usabas siquiera su mismo lenguaje.

No querías llegar a ninguna parte; querías que te dejaran estar donde querías estar.

No querías ser la primera, sólo querías estar sola y que te permitieran estarlo.

No querías una carrera ni una profesión de relumbrón, tan sólo ver cada día la puesta de sol,

y llegar arriba, para ti, significaba sentarte en la cumbre de la montaña mágica,

ver el cielo, el techo de tu mansión; ver el océano entero alfombrando los suelos,

verte rodeada del jardín de tus sueños.

No querías ser alguien, tan sólo ser tú.

Entendías la frase “morir por las estrellas”; las adorabas, eran tus únicas amigas:

te regalaban cada noche su aroma, la verdadera materia de los sueños, de la vida toda.

Eso era lo que deseabas; ése era tu único sueño, el deseo que formulaste antes de nacer:

estar aquí, ahora, ser tú, porque sabías que ser tú era serlo todo,

ser la vida entera, ser el universo, ser Dios.

Tu libertad lo era todo; pero, al contacto con el sucio mundo, lo olvidaste;

trocaste tu deseo verdadero por los deseos de otros;

dejaste que te imbuyeran su credo: que no importaba tu nombre, tu existencia, tus designios;

que sólo importaba llegar, estar delante, ganar.

Querías preguntarles: llegar ¿adónde? Ganar ¿el qué?

¿Llegar antes que el tiempo? ¿Ganar a la muerte? ¿Qué pretendéis? ¿Estáis locos?

Dime si es esto que ves lo que querías; díselo a quien dejaste atrás, a ti misma;

mira a quien entra aquí, ahora, en esta estación, tan lejos de tu casa,

¿es esta tu figura? ¿son éstas tus manos? ¿Por qué tiemblan?

¿Recuerdas cómo era todo cuando tú eras tú?

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El árbol milenario reinando en su bosque, que una vez yo vi.

El cielo sobre mi cabeza, tan arriba, como cuando nací;

y en él, mirándonos con el desdén de los seres del Olimpo,

Orión, Alioth, Mizar, Alkaid,

Pléyades, Einath, Híades,

Betelgeuse.

Nombres que digo y olvido, porque mi memoria de ellas no importa nada.

El océano, con sus incontables gotas que sigo intentando meter en el hoyo de la arena.

Con la cual se cuenta, segundo a segundo, mi vida que adelgaza, mi memoria que se engrosa,

y a la vez, se evapora.

Como agua en la atmósfera, como nubes que se forman, descargan y ya no están.

El canto cualquiera de cualquier ruiseñor, grabado en platino y enviado al espacio exterior.

Sólo sonidos, sin conexión con el cuerpo efímero. Sólo sonidos, sin conexión con el hermoso amanecer.

Y el sol, potente y siempre joven, hasta el fin de los tiempos.

Todas las cosas, éstas y muchas más, que continuarán sin mí, sin ninguno de nosotros.

Todas las cosas de cuya eternidad arranco un fragmento millonésimo y lo sujeto en mis manos, mirándolo sin saber qué hacer con él.

Así que lo arrojo al vacío de donde vino, como una sustancia extraterrestre que nos atrae pero nos repele.

Y abro los postigos, entra la luz eterna y fría, incorpórea, inclemente,

ilumina ahora las cosas finitas de cuyo calor y corporeidad ella se alimenta sin preguntar:

nuestra piel, el vello que se eriza, suave como la pelusa de un polluelo recién nacido.

Apenas una luz de color rosado, reverberando en las alas de esa mariposa

que nace y vive hoy, y cree que es para siempre.

Tu sonrisa

tu sonrisa.

Una ocurrencia graciosa que ya nunca recordaremos más.

Los ojos dulces y castaños de mi madre,

sus manos.

Tus manos.

Nuestra pequeña canción mientras paseamos.

La música festiva que nos llega desde lejos, desde muy lejos.

Los animales que pastan y casi, casi, nos saludan.

Ese hombre de blancos cabellos y andar aún juvenil,

esa chica de labios demasiado rojos, casi niña y pronto anciana,

un nuevo día que nace y -muy rápido- muere,

las cosas que nos decimos,

las cosas que nos contamos,

las cosas que compartimos para que todo sea más fácil,

para que el tiempo pese menos,

mientras, todos a una, como miembros de una manada, nos vamos acercando y acercando a…

Todas estas cosas que están aquí sólo mientras estoy yo, un poco más o un poco menos,

cosas breves y fugaces como estelas de cometas

que, como enloquecidos, brillan, dando todo de sí

porque sólo están aquí, ahora, en este momento.

Todas estas cosas que durarán casi lo mismo que mi vida,

y que son mis compañeras, mi bagaje e impedimenta, lo que doy y lo único que me llevo,

todas estas cosas tan efímeras son las cosas que yo amo

y por ellas daría -doy- toda mi vida.

 

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Isabel

Siendo ella pequeña, le mataron a su hermano en la guerra.

Muchos años después, siendo yo pequeña, hablaba ella de la muerte con total desparpajo,

como se supone que corresponde a una religiosa.

Era, como se les supone a las religiosas, tenaz y muy recta, sin que la rectitud llegara a ser nunca intransigencia ni cerrilidad.

Sabía muchas palabras, era la reina de los libros en un convento de cuento de hadas.

Y hablaba de la muerte con mucho desparpajo y naturalidad.

Con una sonrisa franca que poco le veíamos; como buen ser humano, tendría sus preocupaciones,

pero morirse un día no era una de ellas.

Intentaba inculcar el amor por la lectura, enseñaba lo mejor que podía,

pero un hatajo de preadolescentes puede poner de los nervios a cualquiera

hasta a la más inteligente y devota hija del Señor.

Me dijo una vez que jamás me olvidaría, ojalá el mal del olvido no le arrancara su promesa ni mi estampa.

¡Qué gran orgullo y qué gratitud, ahora que tampoco soy una niña

y las palabras adquieren su peso y se remansan en mi alma!

Ahora vuelvo la mirada atrás, después de los años locos de mi juventud en los que nada me importaba, y recuerdo, y veo más nítidamente

a aquella pequeña figura de negro, humilde pero orgullosa, que con modestia y con perseverancia me ilustraba;

ella se alza ahora a través de las neblinas del tiempo, reclama su puesto

junto con tantos y tantos seres que una vez quise y no lo supe hasta ahora.

Sonría, hermana, póngase guapa, que en realidad fue usted siempre bien lozana y de buena prestancia.

Cuénteme otra vez la historia de su hermano, aquél que murió tan joven (“bueno, claro, le mataron”), ayúdeme a sobrellevar el frío que a veces la mente me atenaza.

Dirán ahora algunos con suficiencia, “una vida desperdiciada”,

pero ¿cuál de los hijos del hombre, en realidad, decide su destino, elige su vida?

Sonría, hermana, póngase guapa, mire a cámara, que al otro lado la espera Dios.

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Mitología

Así como cada infancia debe tener su mitología,

la mía era aquella mansión semiderruida y, aun así, aparentemente,

todavía habitada.

Cómo podía yo contentarme con aquel espacio, no lo sé;

cómo no imaginar un algo más, cómo hacer que cupieran todos mis sueños

en el tramo mediante aquella caseta abandonada y aquel patio trasero infestado de hierbajos,

pero así era.

Mansión con su lujo avejentado, con su hechura tenebrosa,

sus tejados apuntando en cúspide hacia el cielo,

su fantasma rondando los alrededores, de noche (pienso yo) y de día,

su leyenda (totalmente fantaseada) de seres de ultratumba que habían dejado su impronta

bajo las baldosas destrozadas por el tiempo y la negligencia.

Ese lugar me dio vida, pero también mató nuestra amistad;

si arrancaran de raíz los feos edificios que ahora ocupan su sitio, encontraríamos quizá allí algunos huesos resisentes al tiempo y a las ofensas,

huesos dulces como el recuerdo, cálidos pellejos que reivindican valerosos un ayer que nadie recuerda

salvo yo.

Tu mitología, mi amor, es mucho más hermosa:

un palacio todavía orgulloso y en pie,

un jardín inglés con millones de guijarros que puedes coleccionar,

con su fauna y su flora exuberantes, llenas de vida,

para ti, para ti, sólo para ti.

Con arañitas que podemos ver pero no tocar,

con hormigas que observas durante horas, fascinado por su vida enfebrecida,

con flores cultivadas y otras silvestres,

con árboles y hasta una mesa de piedra donde antes hubo un cenador

para aquellas familias nobles

de cuya sangre no tiene la tuya celos.

Pero es que aún hay más:

porque tu mente maravillosa abarca más, mucho más,

no se contenta con cuatro paredes, ni aunque estén hechas de aire de primavera;

no busca, ni quiere sueños prestados, fantasías caprichosas.

El mundo entero es tu mito, y aun el universo;

tuyo es el cielo, tuya la tierra, allá por donde vayas

rendida a tus pies.

Tú no tendrás que llorar por ninguna soledad impuesta, mi amor.

Tú no; si alguien ha de llorar, que sean los que no te merecen.

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La libertad

No es una sucesión de largas noches de verano sin nada que hacer.

No es bailar hasta el amanecer y abrazar a quien quisieras,

ni evadirte a reinos que no son de este mundo, donde era tan fácil aterrizar como doloroso partir.

No es la foto de una adolescente con un moño informal y una taza de café a las 3 de la madrugada,

ni es tampoco una risa eufórica que a veces sirve para mostrar, pero, las más, para ocultar.

No es enfrentarte al mundo, ni batirte en duelo con cada uno,

no es gritar a los cuatro vientos tonterías épicas,

ni tener diecisiete años para siempre jamás.

Ni siquiera cuando clamabas por todo eso podías creer en tus palabras;

pero no sabías nada mejor; era todo lo que tenías.

Sin embargo, ahora ya has vivido suficiente, ahora ya sabes

que la libertad no es nada de eso, y que nunca la verás por televisión.

Que es

dormir con una sonrisa, aunque la vida te dé sólo lluvia y ventisca;

vivir como si fuera primavera, aunque sea de noche a las cinco y media;

ofrecerle una mano tendida a quien antes te la ha mordido, sólo porque tú puedes ser así de fuerte;

obviar aquello que antes tan rápido te hería y te hacía llorar;

callar y dar media vuelta ante insultos y conatos de ofensa;

vivir como si estuvieras viva, no como si estuvieras muerta;

ensanchar tu mente, aunque tu mundo sea un túnel que termina en callejón sin salida;

verte en el espejo y regalarte un beso,

amarte incondicionalmente, aunque sepas que no has llegado adonde merecías;

morir abrazada a la muerte como si fuera tu amante;

y escribir, escribir, construir tu mundo, hacerlo grande,

mostrar que tú has visto y conoces

la luz, la verdad y la vida

aunque no lo vaya a oír nadie más que tú:

ahora sabes que ésa es la libertad verdadera,

tu deseo desde antes de nacer, tu don, tu gracia, tu sueño y obsesión,

tu misión, tu razón de ser, el eco de tu nombre, la sombra de tu alma,

libertad, naturaleza auténtica que no nace de tu sangre ni morirá en ti con tu cuerpo.

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