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Seres de hielo

Me dejaron salir al mundo, y allí estaban ellos: los seres de hielo.

Ahora eran dueños de todo, habían repoblado países, ciudades, con su civilización.

La disciplina fue su arma de destrucción (y construcción) masiva.

Ordenados como aquellos soldados de terracota, obedeciendo a sus creadores, maldecidos con el amargo don de la eternidad.

Tomad la tierra y sometedla, vivid para siempre.

Sed siempre fríos, incorruptibles, de estremecedora, inmaculada belleza.

Creí que al tacto se desbarataría su firmeza, pero no;

eran seres creados para durar (casi) siempre.

Seiscientos años, setecientos, de vida, sólo por haber obedecido, sólo por portarse bien.

Descansando en urnas aclimatadas, perfectos por siempre jamás, alimentados de agua y de vacío.

Existencias que, cuando finalmente, un lejano día, hayan terminado, será como si nunca hubieran sido, tan leve será su paso por este mundo que un día se les rindió.

Casi tan eviternos como el firmamento, tan gélidos como las hermosas estrellas.

Tan sólo una emoción vibra a veces bajo su férrea epidermis: la envidia que los enferma; el odio por nuestra libertad, nuestro derecho por nacimiento; la libertad de una vida breve y finita.

Seres de hielo que nos envidian y nos temen…

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Aquí

No ha habido mensaje, ni monedas de cuatro perras que me salieran al encuentro, señaladas por el sol tenue pero cómplice.

No ha habido parientes de pascuas a ramos que transmitieran recados que podían ser-podían no ser (según quién los recibiera).

Sólo un día hermoso, con mucha luz

(luz de noviembre, luz que pronto deja paso a la noche; tímido sol del corazón del otoño)

y -quién lo diría- un gran ambiente.

Entre velas y coronas, a ratos, parecía un jardín delicioso,

ideal para una merienda familiar y unos juegos en la hierba antes de ir a cenar.

Nada más.

Todo tan normal, tan de este lado, tan humano.

Bonito, pero vulgar y sin misterio.

Yo esperaba, quizás, otra cosa, pero este año sólo hubo eso.

Al volver sobre mis pasos, en un lugar cualquiera, lejos de allí, caminando sin rumbo fijo,

en el juego entre luces y sombras, creí ver, sin embargo, otra vez tu rostro.

Alguien se acercaba en la penumbra, alguien que caminaba como tú, que era igual que tú.

La luz me cegoó un instante; no podía ser, pero tal vez era.

El momento pasó, sólo fue un juego, una ilusión, un sueño en este día en el que los mundos se unen, las puertas se abren.

Allí… sólo están los recuerdos, los monumentos, las tumbas; pero, en realidad, no hay nadie.

No allí.

 

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La medicina

Al abrir la boca para volver a comer, sabía que estaba a punto de beber el trago más amargo.

y mientras sentía la hiel que bajaba por su garganta, pensó que nunca había sido tan feliz.

Junto con el alimento, se tragó su orgullo, su breve historia infatuada,

sus mentiras, el credo que se había repetido tantas noches y tantos días.

Cerró los ojos, recibió la medicina y dio gracias por ella,

y miró el mundo desde la altura donde estaba:

había llegado a algún lugar,

había llegado a su hogar.

Y pensó:

Caerse. Y seguir.

Fatigarse. Y seguir.

Sentir morir. Y seguir.

Y al final, llegar. Y encontrar con que no hay arriba nada diferente, nada especial.

Con que uno es sólo eso: uno más. Nadie especial.

Ni capitán, ni princesa. Sólo tú, sólo yo. Nacidos para morir, pero antes, para vivir.

Y seguir. Y llegar. Y vivir.

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Peces

Desde hoy, no estoy sola: tengo en casa tres peces.

Me paro a contemplarlos, ¡cómo nadan!, ¡qué bonitos son!

Dos son de un intenso naranja, otro es amarillo y negro.

Dan vueltas y vueltas en su pecera, pero sé que no buscan nada; no son como yo, no son como los seres humanos.

Tan sólo nadan, están ahí; respiran, comen, se mueven, viven hasta que mueren.

No saben que viven, pero son seres vivos, están conmigo, comparten mi espacio, lo llenan.

Hay quien dice que los peces son fríos, no transmiten nada, no puedes abrazarlos, no son terneras ni corderos, no son cachorros ni gatitos, tienen escamas, tienen ojos de pez, boquean, se escurren, no sonríen ni dan lametazos.

Yo también pensaba así; pero ahora sé que me equivocaba.

Ellos también se dejan sentir; cuando entro a la habitación del acuario, a pesar de no verlo, noto su presencia; es como una pequeña y silenciosa onda expansiva; explosiones diminutas de vida;

porque, sí, es la vida la que irradia de ellos, también;

y hace que me sienta menos sola en mi soledad.

Éstos son mis pececitos; ya me he encariñado con ellos, porque me hacen compañía; me recuerdan que estoy viva.

Y esto, creedme, es una gran cosa, sobre todo para alguien que no acostumbra sentirse así.

Cuidar de algo vivo es una cosa muy buena y bonita;

alimentar esa pequeña vida intrascendente pero válida en sí misma;

esa pequeña fuente de vida, como una batería con aletas, que me da un poco de vida también a mí;

porque cuidar de algo vivo es estimular la vida, sumergirte en ella, nadar en ella, respirar vida; mirar peces es mejor que mirar y repasar números todo el día hasta terminar siendo un número más, un significante sin significado, un símbolo, una entidad arbitraria, vaciada de contenido;

ahondar en la vida es lo contrario de ahondar en la muerte, o en la vida vivida a medias;

los peces me sujetan con sus agallas y me empujan fuera de este purgatorio

hacia el agua azul, pura y cristalina, donde se refleja la luz del sol.

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Ni un besito

La vida es ese amante

galán, calavera, bien hablado y un poco osado

que te enamora como pocos y te hace daño como ninguno.

Consigue que le des su corazón, y entonces, es para siempre.

Cuando descubres su juego, piensas que eres joven, que lo olvidarás

pero al final, siempre vuelves, nunca lo puedes abandonar.

Y entonces, la vida, decimos, es ese aventurero gallardo y bizarro

que con un gesto de la mano te arranca las entrañas y después te regala rosas

para que te tapes el desgarrón con sus pétalos.

Y para cuando has valorado y calculado el alcance del desastre

ya te han pasado por encima los años, ya no hay tiempo para rectificar

y además, aunque pudieras, sabes que no lo harías, que siempre a él volverías.

La vida: ese asesino lento, que se toma su tiempo con avaricia

disfrutando mientras te hace pedazos y luego te presenta los restos mortales

en bandeja de plata.

Te hace trabajar como un esclavo, sufrir como un desaforado, llorar todas las lágrimas y alguna más

y al final, encima, se va y te deja para siempre sin mirar atrás,

cruelísimo enemigo.

Ya, mamma, me-w l-habibe
bais’e no más tornarade.
Gar ké faréyo, ya mamma:
¿No un bezyello lesarade?

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Navidad todo el año

Aun siendo pleno verano,

así, en aquel lugar tan aislado, y con tantas luces encendidas,

creí que era Navidad, que era el día de Nochebuena.

Aunque, espera; no, no fue por la iluminación excesiva, ni el trasiego de tanta gente,

tampoco fue por tantas cosas que había a mi alrededor esperando a ser compradas.

Fue algo más misterioso, algo más inexplicable.

Confundí las vidas de los otros con la mía propia,

confundí el pasado con el futuro, olvidando del todo el presente;

por un momento quedé suspendida en una placentera nada, sin juzgar, sin pensar,

una niña eterna, una existencia sin edad.

De repente, por ese momento, no había preocupación ni ansiedad,

tampoco miedo, aprensión ni vergüenza,

dudas, desconfianza ni rencor.

Y, mucho menos, amargura, ira ni resentimiento.

Tan sólo algo que era yo, todo ojos, todo oídos, flotando en medio de la vida,

absorbiéndola toda sin pasarla por el filtro empobrecedor del juicio, de la opinión, del comentario, del prejuicio.

Seguramente es así como la vida es siempre para ti, en cada momento;

una maravilla constante, un asombro ininterrumpido.

Y quizá yo me sentí así porque por un segundo fui como tú;

porque cada segundo te veo venir hacia mí, con los ojos de mi mente:

tú, ese cabrito valiente;

tú, ese príncipe sin miedo

rebosante de amor por el mundo,

capaz de transformar un lunes cualquiera en el día de Navidad.

Como el sol al heliotropo, así te busqué;

como la catedral al silencio,

como la noche al sueño,

como la gasolina al fuego,

así te busco, así te amo.

 

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El verbo

Era un mes de julio, de un año en el que no había llovido, ni se esperaba que lo hiciera;

tocaba entonces que la luna, como mujer que es, sangrara, y que se vistiera de tristes azules;

no se la vería aunque fuera noche de cielo raso.

Tan sólo cabía una noche estrellada, un futuro estrellado.

Era el mes de julio en que todo parecía tocar a su fin;

una complicada tramoya que había aguantado hasta entonces

sin derrumbarse y descubrir aquello que disimulaba.

Todo amenazaba con caer con mucho ruido y mucha máquina,

llevándoselo todo a su paso.

Era el imperio del silencio, y sin embargo yo esperaba una cosa tan sólo.

La única cosa que podía impedir la ruina de todo:

esperaba el verbo

el verbo con que empezó todo,

el verbo que era al principio de todo y que podía regenerarlo todo.

Porque mi vida estaba a punto de terminar,

mi vida se había extinguido, se había marchado presta como un soplo, sin hacer ruido,

y yo ya no tenía más aire, me ahogaba,

cualquier cosa era mejor que otro año sin lluvia, sin vida, sin que nada siguiera sin florecer.

El dolor era mejor que aquel páramo, el dolor era mejor que aquella larguísima, indolora, insípida muerte.

Me marchaba ahora, para siempre, tan lejos, que iba a ser como si jamás hubiera tenido una vida, como si jamás hubiera tenido una patria.

Ni infancia, ni recuerdos, ni juventud, ni, alguna vez, algunos amigos que quizás me quisieron.

Aquel día de verano, yo sólo esperaba el verbo

que me liberara de aquella urdimbre de silencios y mentiras, que rompiera los falsos mantras que me enredaban, las quietudes y soledades que me hundían.

Muchos me vieron, alguno me recordó tal vez.

Y una palabra vuestra habría bastado para sanarme.

Pero ninguno dijo nada, ninguno miró dos veces.

Y así, todo terminó por fin.

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Ayer

Por si a alguien le parece lo contrario, el tiempo no ha pasado.

No parece que fuera ayer.

Porque es ahora mismo cuando me ha parecido notar el olor de aquel antiguo jabón

dulcemente esparcido por el aire, sin agobios ni ahogos,

que reinaba en las tardes de aquel verano perezoso

en que yo tenía dieciséis años, y algo estaba a punto de terminarse

pero yo era feliz.

Como el aroma de aquella santidad,

todo sedimenta,

todo queda

dentro, muy dentro de ti.

Y allí, nunca envejece, se convierte en el milagro que es.

Espera, porque me ha parecido ver

aquella misma luz de entonces

detrás de las suaves colinas, escondiéndose,

jugando con nosotros, acariciándonos,

expandiéndose tranquilamente hacia nuestro destino.

Espera, porque no parece que fuera ayer,

sino que fue ayer.

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Un agujero en la pared

I’m late / I’m late / For a very important date. / No time to say “Hello, Goodbye”. / I’m late, I’m late, I’m late.

 

Vi a alguien.

Un hombre (un muchacho)

de mi edad, que lleva muerto

ya más de un año.

Sin embargo, en mi sueño estaba vivo.

Custodiaba la entrada a un mundo mágico,

Al cual yo tenía que entrar para recuperar algo que había perdido.

Él me franqueó la entrada

(un burdo boquete en un muro de ladrillo)

con mucho sigilo y sin reparo alguno.

Yo le dije: Cuídate mucho.

El me miró con extrañeza (sin duda, no sabiendo que ya estaba muerto)

pero dijo que así lo haría.

El muchacho está (y estaba), ya lo dije, muerto;

pero, en aquel instante, sentí, sin duda

que podía (¡de verdad podía!) salvarlo.

Que había podido salvarlo, de alguna forma, de algún modo

que sólo Dios sabe y que yo no comprendo.

Lo llamé por aquel nombre suyo que casi no recordaba.

“Vuelve, casi no me ha dado tiempo de conocerte.

Vuelve, quiero que seamos amigos”.

Pero él tenía alguna misteriosa prisa,

o un plan mil veces mejor que estar aquí con nosotros.

Así que se escurrió por aquel agujero en la pared

dejándonos a todos atrás.

Qué maravillosas promisiones debe de haber al otro lado…

Algún día lo sabré.

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La vida verdadera

Se ha cometido un crimen, alguien mató tu inocencia;

su cadáver permanece incorrupto en tu interior,

su pequeño fantasma de enormes ojos azules camina a tu lado allí por donde vas.

Sus labios de niña murmuran una palabra:

¡Véngate!

y otra:

¡Recuerda!

Así pasan los días, y, aunque de eso hace ya muchos años, ella sigue ahí:

¡Véngate! ¡Recuerda!

Parece una niña vestida de rosa, y tú la quieres, pero su voz te atormenta.

Quieres dejarla atrás, abandonarla en cualquier esquina, llorar un poco y ¡basta!

Pero, a pesar de tus deseos, sientes que no tienes fuerzas;

toda una vida siendo víctima pesa más que el ansia de libertad.

Hay vida más allá, yo lo sé, he estado allí.

Más allá de las arenas movedizas de la lástima por uno mismo

(¡qué emoción más obscena!),

más allá de la úlcera que nunca termina de sangrar,

más allá todavía de la ira justiciera, de la justa sed de venganza,

hay un lugar donde puedes sentir algo diferente:

puedes sentir la libertad, puedes sentir la paz

de dejar de sentir todas aquellas emociones que te agitan, te invaden,

emociones que te mueven y te manipulan como a un títere.

Emociones que, aunque justificadas, te recuerdan día a día

que no, que todavía no ha terminado, que todavía vives en el pasado,

que suya es todavía la victoria.

Y te juro que el mundo sabe que no fue tu culpa,

el mundo sabe de tu ira,

el mundo sabe que no hiciste nada malo;

ahora te lo recuerdo yo a ti, por si acaso lo dudas

(no, no fue tu culpa; sí, fue horrible; no, no lo merecías);

y eso, y nada más.

Ella llorará y agitará los brazos, llamándote; no debes escuchar.

Tu sufrimiento es ahora un monstruo mayor que el odio que aquel día se llevó lo mejor de ti;

tu sufrimiento es tu veneno, tu dulce somnífero, lo que te ancla a tu niñez, el velo que cubre la vida verdadera, nublándola, alejándola de ti.

Hay vida más allá, y es tu vida,

vive como si nada hubiera pasado;

finge que nada ha pasado, y un día será verdad.

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