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La vampira (y III)

Increíblemente, es cierto: pese a que sigue comiendo, está más delgada.

Al cabo de una semana más, no sólo ha desaparecido del todo la hinchazón, sino que -para su mayúscula sorpresa-, vuelve a menstruar.

“Así que, después de todo, no he tenido la menopausia”, se dice.

Otra semana más, y los cabellos grises han disminuido en número, y su cabello ha ganado en brillo y fortaleza, igual que sus uñas y sus dientes.

Han dejado de dolerle los huesos de las rodillas.

La piel que cubre la pelvis ya no tiene cardenales. De hecho, los propios huesos de la coxis ya no le sobresalen. Tampoco los de la espina dorsal. Ni las costillas. Las nalgas se le han llenado agradablemente. En algunos puntos, la piel presenta hoyuelos -“celulitis”, piensa, pero sonríe al pensarlo, no esboza una mueca de asco. El hueco entre los muslos ha desaparecido; la carne se junta con la carne sin dejar ningún resquicio.

Incluso tiene un poco de pecho donde antes había una lisura igual que la de una tabla de planchar. Su vientre se redondea por debajo del ombligo, pero es una redondez bonita, propia del sexo femenino; no le repugna ni hace que salte su odiosa voz interior profiriendo palabras ofensivas y castigadoras; no le hace tener ganas de cortar trozos de su propia carne con unas tijeras. Ahora ese vientre redondeado pide una caricia, le inspira ternura.

Los ojos ya no aparecen mortecinos, ni están circundados de ojeras grises.

Ve su cuerpo de verdad, ve su cara de verdad, no la impostura que se ha obligado a sí misma a habitar durante más años de los que puede recordar. No ve la cárcel de huesos y pellejo con la que se ha identificado hasta considerar que la cárcel era su hogar. Y llora.

No odia su cuerpo ni su cara. Y tampoco siente odio hacia nadie. No siente amargura, no tiene ganas de publicar mensajes llenos de ira y de rabia -ni siquiera aunque sea una ira justificada-. Piensa en su indignación anterior, que la consumía casi tanto como esa hambre salvaje, primitiva, y siente vergüenza, porque era una indignación inservible que sólo reflejaba el odio que sentía hacia sí misma. Ese odio que ahora la ha abandonado.

Por fin, la vampira ha dejado de serlo: por primera vez desde que era una niña, se ve en el espejo.

De repente, se da cuenta de que tiene una tarea pendiente. Por primera vez desde que se encerró en casa, se ducha, se arregla y sale a la calle. Va al hospital donde estuvo ingresada y pregunta por el médico que la atendió. No sabe su nombre, pero da detalles de su ingreso. La recepcionista lo identifica, pero, aunque el doctor está en el hospital, en estos momentos está en quirófano y es imposible de saber cuándo la podrá atender, puede usted volver en otro momento o esperar, aunque puede ir para largo. No me importa, contesta ella; esperaré lo que haga falta.

Se sienta y espera y, en un momento dado, horas después (ya ha anochecido), el médico sale de un área restringida al personal médico. Ella lo reconoce inmediatamente, pero él a ella, no, aunque, por alguna razón, la mira intensamente y ella ve cómo hace esfuerzos por ubicarla. Ella se pone de pie y se le acerca. Le tiende la mano y él se la estrecha sin dejar de mirarla con igual intensidad.

-Usted no se acuerda de mí, pero yo fui su paciente, y quiero darle las gracias porque me ha ayudado a salvarme la vida. Oh, no, no, no me salvó usted, eso lo he hecho yo sola, pero usted me dio el empujón que me faltaba. Por eso, muchas gracias.

Le sonríe, se da la vuelta y se dispone a marcharse, pero el joven médico la llama:

-¡Señorita! Espere, por favor. Dígame, ¿quién es usted? ¿De qué la traté?

Ella le describe su caso con todo detalle, incluso la conversación que tuvieron. La cara de él es puro asombro.

-No, no puede ser. Sí, recuerdo a esa paciente, pero era una señora mayor, era una anciana, y usted… usted es una jovencita encantadora. Sin duda, el cansancio me ha confundido, no puede ser la misma persona… Pero, ¿qué más da? Escuche, mi turno termina dentro de una hora, ¿querría usted hacerme el honor de esperarme y dejar que la invite a tomar algo?

La ahora-ya-no-nomuerta vuelve a sonreír (ahora lo hace con frecuencia). ¿Por qué no? Acepta la invitación y vuelve a sentarse para esperar a su nuevo amigo. Cuando éste sale, ya sin la bata de médico, parece sólo un muchacho joven y lleno de vida, a pesar del cansancio que acumula. Por primera vez, lo ve sonreír, y la sonrisa le borra la fatiga.

Ella pide un refresco de soda. Le sabe delicioso. Charlan, ella no habla de su enfermedad, no habla de nada que suponga un “no”, sólo habla de síes. De lo que le gusta, de lo que piensa, de lo que le interesa.

Un par de meses más y él le propone matrimonio. Ella acepta. Todavía no se ha muerto, todavía su corazón sigue bombeando. Un año más y está embarazada, algo que jamás habría creído posible.

Diez años más y la flor dormida durante tanto tiempo vuelve a abrirse. Le ha dado una generosa prórroga, pero el corazón es lo único cuyo deterioro no ha conseguido revertir. Mientras se siente morir, esa tarde de domingo junto con su familia, todavía le da tiempo de sonreír una última vez.

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La vampira (II)

La vampira ya ha sido egresada. Normalmente, apenas tiene fuerzas para caminar -pese a lo cual saca energías para sus excruciantes marchas de dos o tres horas-, pero esta vez se siente reanimada, paradójicamente plena de vitalidad ahora que va a palmarla en cualquier instante. Va en dirección a su casa. Sólo tiene una cosa en mente, sólo una.

Va al supermercado más cercano. Compra comida, mucha comida. Nada de lechuga, apio, tomate insípido; los odia, los ha odiado más con cada año que pasaba, pero no dejaba de comerlos. Odia especialmente y sobre todas las cosas la avena que se obligaba a sí misma a desayunar todos los días durante décadas. Y las bebidas de soja, de clara de huevo, de almendras; los complejos vitamínicos; los guisos de tofu; el pescado cocido. Nunca más. Tanta privación no le ha servido para nada. Ahora que va a morir, va a morir feliz, al menos. Compra galletas, tabletas de chocolate, litros de helado de varios sabores, bolsas de magdalenas, pizzas -a los cuatro quesos, con atún, con anchoas, con jamón, con aceitunas-, tortillas de patatas -se le ha olvidado cómo se prepara una simple tortilla de patatas-, empanadillas de atún, tartas rellenas de nata, pasteles de chocolate, pollos asados y más cosas que no me acuerdo. Va a casa con toda esa comida. Cierra la puerta, deja las bolsas en el suelo, abre una caja de helado y empieza a comerlo. Luego abre una bolsa de magdalenas y la emprende con ellas. Calienta una pizza y la prueba; está deliciosa. Un aluvión de sensaciones cae sobre ella, la inunda, la arrastra, la embriaga. Está llorando de placer y de gratitud. Ya no recordaba todos esos sabores deliciosos, la sensación de la saliva impregnando cada bocado, la lengua y la boca que acogen ávidas cada nueva porción, el estómago que ruge y se mueve sutilmente, agradecido por ese festín tras tantos años de privaciones y dietas a pan y agua. La vampira sigue llorando y sigue comiendo, sin pensar, sin parar. Es feliz por primera vez en muchos, muchos años. Total, se va a morir, ¿qué más da cuánta grasa tenga el cuerpo frío que ya se empieza a desintegrar? Nada le importa. Está casi muerta y, sin embargo, está más viva que nunca.

No sabe qué hora del día o de la noche es cuando termina toda esa remesa de comida. Los restos de los envases están tirados por el suelo, entre servilletas de papel usadas y algún cubierto (ha comido casi todo con los dedos). Se mete en Internet y, en un abrir y cerrar de ojos, ya ha comprado más comida que le será entregada, prometen, en dos horas, máximo. No puede esperar. Cuando llega su comida, hace exactamente lo mismo: comer, ser feliz, seguir comiendo, seguir siendo feliz. Piensa en las pobres almas que deambulan, famélicas, por los foros de Delgadaperfeccion y Miamigaana, entre otras webs. Las compadece y las desprecia a partes iguales. Ellas, seguramente, morirán desgraciadas, sin el privilegio de ese momento de redención del que ella sí está disfrutando plenamente.

Pasa una semana de orgía gastronómica indescriptible. Es como una luna de miel, como una escapada con un amante al que no se ha visto en años. No se arrepiente de nada. Come con mayor voracidad, temiendo que cada instante sea el último. No deja de sorprenderse al sentir que, en realidad, come con hambre. Después de tanta comida, sigue notando un vacío en el estómago. ¿Cómo es posible? Es porque ha privado tan sádicamente a su cuerpo de toda esa comida, de toda esa energía, durante décadas. Es porque su cuerpo se siente como si acabara de volver de una travesía de cuarenta años por el desierto. Ella jamás lo entenderá cabalmente, así que no lo intenta; simplemente, se deja llevar. Se siente como la reina del mundo.

Finalmente, al séptimo día, descansa; siente que puede descansar, que el vacío que sentía se ha reducido hasta casi desaparecer. Se levanta, lo recoge y lo limpia todo. Ahora quiere dormir, esperar a la muerte. Piensa que, casi seguro, se morirá mientras sueña.

Pero lo que le llega no es la muerte, sino el edema. Cuando se levanta y se mira otra vez en el espejo, sí ve un cuerpo, pero tampoco es el suyo, sino el de una versión hinchada de sí misma, como una muñeca inflable. Todo está dilatado, hasta las cejas, hasta las uñas, todo. La cara está redonda como un globo, los labios lucen gruesos como si se hubiera inyectado bótox. Pero lo peor es la barriga, una barriga enorme, como de embarazada.

En ese momento, por primera vez desde que salió del hospital, vuelve a oír la voz, esa voz que la ha acompañado y atormentado durante décadas. La voz le llama la atención sobre ese “enorme barrigón” y sobre su “cuerpo de vaca estúpida, gorda y fea”. La voz la increpa con gran ira: “¿De verdad crees que porque vayas a morirte pronto tienes derecho a tirar todo por la borda? ¿Qué van a decir en la morgue? ¿Qué pensarán de ti? Pensarán que toda tu vida has sido una glotona sin dignidad ni amor propio. ¿De verdad quieres eso? Eres débil, fea, inútil y estúpida si lo crees así”. Tiene un impulso de echarse a llorar, pero ¿para qué va a llorar? Por primera vez, desoye esa voz. Pega un puñetazo en la mesa. La voz enmudece.

Además, por increíble que parezca, vuelve a tener hambre. Se pone cualquier ropa holgada que encuentra y sale a la calle a por más comida.

Se siente fuerte, llena de energía y de vida. Enciende el ordenador y se mete en los foros. Publica un nuevo mensaje, el mismo en todos:

“Hola a todos/as, queridos míos. Sólo quiero que sepáis que me voy a morir. Mi trastorno se ha comido mi corazón y todo mi cuerpo y ya no voy a aguantar mucho más.”

Debate consigo misma si revelarles que va a morir comiendo y, lo peor de todo, feliz. Resuelve no decirles nada, pues eso automáticamente invalidaría todo lo anterior y también su fama y buen nombre en los foros, cosa que todavía le importa.

A los cinco minutos le llegan las primeras respuestas, que, al cabo de un par de horas, ya suman varias decenas. Las lee todas mientras engulle un bocadillo de calamares.

Los demás usuarios le profesan admiración. “¿Cómo lo has conseguido?”, le preguntan algunos. “¡Enhorabuena!”, le dicen otros. Muchos más callan; ella sabe que la envidian. Ella ha sido la mejor de todos: ha conseguido morir de pura delgadez. Morir siendo puro hueso, nada de grasa ni de músculo, nada de piel, nada de hormonas, nada de cerebro ni de corazón. Sólo hueso, hueso blanco, luminoso y puro.

Por un segundo, mientras el sistema le informa de que sus cuentas han sido canceladas “y esta operación es irreversible”, se pregunta si debería haber advertido a los demás usuarios de que están perdiéndose un montón de ratos felices, pero no lo hace, por dos razones: primera, sabe que no servirá de nada; segunda, no está totalmente segura de estar haciendo lo correcto. Si no tuviera su sentencia de muerte a punto de cumplirse, ¿aceptaría ella con sinceridad esa experiencia, ese placer tantos años vedado? Sabe que no.

Se mira al espejo antes de acostarse, rendida por la actividad a la que está sometiendo a su cuerpo. Sigue igual de hinchada. Se ve y se siente enorme, pero, al mismo tiempo, sigue teniendo hambre.

La vampira sigue comiendo, aunque no tan vorazmente ni tan ansiosamente como al principio, pero ya no siente ansiedad, no tiene miedo; come lo que le apetece cuando le apetece. Intenta no mirarse al espejo, pero no puede evitar hacerlo al menos una vez al día.

Y un día, nota algo muy curioso: el estómago, tan hinchado como un globo hasta ahora, parece haber disminuido. También ha bajado la hinchazón de sus manos, pies, tobillos, muñecas y cara.

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La vampira (I)

La vampira, esta mujer no muerta que vemos ahora, aparenta una edad (indefinida) entre los 30 y los 80. Puede tener más, o menos. Ella no puede saberlo, porque no se ve reflejada en el espejo.

La vampira vive sola. Una vez tuvo marido, pero huyó despavorido y debe de estar vivo en algún sitio, a salvo de ella. Tampoco tiene hijos, y no porque no quisiera, sino porque la mujer vampiro dejó de ser fértil a una edad temprana. Hace también muchos, muchos años de eso. Dejó de ser mujer y empezó a convertirse otra vez en niña, a medida que su cuerpo fue decreciendo, remitiendo y perdiendo partes de sí mismo, renunciando a ellas como peaje obligado para la supervivencia.

Esta mañana, la vampira ha cumplido fielmente con sus rituales de todas las mañanas: se ha levantado, ha hecho la cama con milimétricas precisión y simetría, se ha mirado -sin verse- en el espejo, ha cumplido con sus tareas de higiene personal, se ha pesado y peinado (con mucho cuidado para no arrancarse demasiados cabellos), ha desayunado su tazón de copos de avena, se ha vestido y ha salido a la calle, con las gafas de sol que tapan y a la vez protegen su piel, del color del marfil un poco añoso, y se ha dispuesto a caminar sus dos horas matinales, a buen paso. Lo hace así cada día porque no se ocupa en nada más; desde que le sustituyeron su fragmentada cadera por una de acero tungstenizado, goza -por decir algo- de la invalidez absoluta y puede dedicarse todo el día a su gran pasión, a aquello que ocupa su pensamiento y sus energías minuto a minuto.

Cuando vuelve a casa, está contenta: ha caminado a buen paso y el calor que hace hoy la ha ayudado a sudar un poco más. Pero ahora está ansiosa por cumplir su siguiente ritual. Así pues, sin siquiera cambiarse de ropa ni secarse, enciende su ordenador. El navegador se abre mostrando por defecto sus sitios web habituales; entre ellos hay varios digitales de actualidad, un par de foros, algunas redes sociales de uso común. Su nombre de usuario es el mismo, con variaciones de grafía, en todos ellos: xo_ninfaeterna_xo. Lee algunos nuevos artículos en los foros que frecuenta y donde es colaboradora estrella. Alguien pregunta por formas de esconder a su familia que está haciendo dieta; otra persona quiere saber cómo puede manejar una fiesta de cumpleaños -la suya propia- en la que la “obligarán” a comer alimentos prohibidos. Responde a esas atribuladas almas de poca voluntad. Se siente un poco mejor. Sigue pensando en aquella joven con la que se ha cruzado en el parque, con su cintura bien definida y sus piernas de bailarina. Se enfada consigo misma. “Seguro que se entrena durante horas todos los días”, se consuela.

A continuación, tiene un océano de horas para llenar. Se quedaría más tiempo navegando, pero hoy no hay nada interesante; los foros están muy tranquilos. La mayoría de usuarias son adolescentes o jóvenes en edad escolar o universitaria, y, como estamos en vacaciones de verano, seguramente se han ido fuera con sus familias y éstas les habrán confiscado sus móviles, con lo cual no podrán conectarse.

A la vampira le gustaría tener algún gato, lo ha pensado más de una vez, pero no está dispuesta a asumir la responsabilidad y el rollazo de tener que cuidar de alguien que no sea ella misma. Bastante tiene ya con lo que tiene.

Se quita la ropa y vuelve a pesarse, tiritando de frío. Se mira en el espejo, estudiándose detenidamente de pies a cabeza y deteniéndose en los puntos conflictivos: tobillos, muslos, cintura, caderas, vientre, nalgas, pecho. Luego examina el cuello, lo masajea; se acerca más al espejo y se observa la tez, se arranca algunos pelos de la barbilla, se depila esas incipientes patillas que le crecen tan rápido, pertinaces. ¡Qué horror! Enciende la calefacción, pues en casa no hace calor. Bebe un par de vasos de agua. Se masajea las pantorrillas; los calambres han amainado un poco. Se toma su taza doble de café de media mañana. Qué hacer, qué hacer.

De repente, un dolor indescriptible en el centro de sí misma viene a solucionarle el problema. No necesita pensar en qué va a ocupar su tiempo, pues el cuerpo da un golpe de estado y decide tirarse al suelo y retorcerse sobre sí mismo. El dolor es como una flor que se abre muy veloz e irradia toda su energía hacia todas las células y rincones de su cuerpo. No hay nada más salvo el dolor. A la vampira le da el tiempo justo de alcanzar el teléfono y llamar a emergencias.

Cuando despierta, inmediatamente se percata de que no está muerta, sino en un hospital, intubada y mantenida con vida y a salvo. La flor venenosa de aquel dolor que jamás olvidará se ha cerrado, pero -ella lo intuye y está segura de tener razón- sigue ahí, escondida en su pecho, dispuesta a abrirse en cualquier momento y acabar con ella.

Aprieta el timbre de llamada a la enfermera, que aparece enseguida y avisa al médico que se ocupa de ella. La vampira manipula el mando que gobierna la cama y hace que se eleve el cabezal, dejándola sentada como en una tumbona. El médico es un joven de mirada seria y cansada. La vampira no pierde el tiempo, no es mujer de rodeos, y tantos años de hambre famélica y de torturarse a sí misma le han enseñado el precioso don de la mezquindad.

-Quiero toda la verdad -exige. Y el médico la complace, quizás con el sádico placer de poder ser cruel con una persona cuya vida ha consistido en refinarse en el arte de la crueldad:

-Señora, su corazón es apenas una membrana. Va a reventar en cualquier momento. Nadie puede saber cuándo, pero tendrá suerte si vive más de un mes. Lo siento.

La vampira sigue sin perder el tiempo:

-Deme el alta. Quiero largarme. Si me voy a morir pronto, no pinto nada aquí.

El médico se encoge de hombros y vuelve a complacerla.

(Continuará…)

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Lotería de Navidad

Había un contexto, y sólo uno, en el cual las pesetas superaban con autoridad a los euros: en las cantinelas de la lotería de Navidad. “Doscientoscincuentamillooooneeeesdepeseeeeeeeetaaaaaaaaaaaaaaas” sonaba tan bien, tan consonántico, tan bien silabeado, tan melódico, que era imposible olvidar el estribillo aun después de tantos años.

Tales recuerdos de índole sentimental no perjudicaban, por lo demás, el carácter eminentemente práctico de Marta, quien, puestos a ganar, prefería hacerlo en euros contantes y sonantes.

Y este año va a ganar, seguro. No porque se lo haya dicho ningún vidente de esos que se anuncian y atienden por whatsapp (sobre esto también tiene ella cosas que contar, y lo hará cualquier día de estos, aunque no hoy), sino porque le da el pálpito, porque… porque… porque… porque alguna vez le tiene que tocar algo bueno, ¡leches! Todos los años juega religiosamente a la lotería de Navidad, y nunca hasta ahora le ha tocado nada -bueno, alguna vez el reintegro, pero eso no cuenta, porque luego se lo ha solido jugar a la del Niño, que ése sí, es un agujero negro que se traga cualquier resto de ilusión y de miserables ahorros que les quede a los sufridos jugadores-, y ¿por qué este año sí? Pues no tiene ni idea, pero prefiere no pararse a pensarlo, porque sabe que su pálpito no soportará ni medio segundo bajo el rayo de la razón, y va a ser peor.

Isma y ella juegan con un décimo -Daniel no ha aportado nada, pero pase, también él va en el lote- y cada uno de ellos ha puesto cinco euros para jugar con algunos décimos que han comprado los compañeros en sus respectivas empresas.

Marta se ha sentado en el sofá -son las 8 de la mañana-, con el mando a distancia en una mano, el móvil en el reposabrazos y, en la mano derecha, como si fuera un rosario con cuentas en forma de rectangulitos de papel, el manojo de décimos, entre los cuales se han colado también (todos juntos y revueltos) boletos de rifas y sorteos varios que la gente del pueblo ha ido colocando a los vecinos, tan llenos de buena fe y generosidad en estos entrañables días: una cesta, un fin de semana en un spa de la costa, una cena en el mejor restaurante local, un lote de productos de deporte donados por una tienda del pueblo, etc. El verdadero objeto de culto es, sin embargo, el décimo por antonomasia, el suyo, el de casa. El número al que le va a tocar el Gordo este año ella lo tiene delante de sus ojos: el 84939.

Se prepara un café con leche y se dispone a ver el sorteo. Daniel se despierta al cabo de una hora y ella abandona su puesto sólo para recoger al niño y cambiarlo. En ese momento, los niños de San Ildefonso cantan un premio. El corazón le da un vuelco, pero ¡ah!, es sólo un cuarto premio. A pesar de todo, grandes murmullos en la sala del sorteo y aspavientos varios de los presentadores de la tele. Vuelve con Daniel y le da su chocolate hecho mientras sigue el sorteo. El niño, para variar, parece extrañamente igual de hipnotizado por el mágico ritual que está teniendo lugar ante sus vírgenes ojos.

Sigue pasando el tiempo y cantan un tercer premio, un quinto, incluso -al filo del mediodía ya- cae el segundo. Marta, como quien oye llover; nada de eso le  afecta. A ella le está predestinado el gordo, así de claro.

-Mira, cariño, mira cómo giran los bombos. Pronto saldrá nuestro número. Ocho, cuatro, nueve, tres, nueve.

-Weve -dice Daniel agitando los brazos y moviendo la mano derecha en el sentido de las agujas del reloj y la izquierda en sentido inverso, como siempre hace cuando está contento.

A las doce y veinte, el nerviosismo hace que Marta infrinja una de sus leyes no escritas y se sirve una gran porción del pan de Reyes que ha comprado en el supermercado y que normalmente sólo toma para desayunar.

Como si aquello hubiera sido una ofrenda a las deidades de los juegos de azar, en el mismo momento en que está dando un bocado, la niña con trenzas canta el Gordo.

-¡Cuatrocientosmiiiiiiiiiiiiiiiiil eeeeeeeeeeeeeeeeuroooooooooooooooooos!

A esa niña, según vio en un reportaje, luego le darán pastel de chocolate y una Coca Cola, como premio. A Marta, en cambio, no le van a dar ni flores, porque resulta que el número agraciado es el 79410, que, aparte de la coincidencia del 9 y el 4 -y ni siquiera en el mismo orden-, se parece al suyo como un huevo a la castaña que ella se acaba de pegar. Además, ella nunca ha puesto el pie en Roquetas de Mar ni ha comprado el décimo allí, o sea que ya está todo dicho.

No se lo puede creer.

Por si acaso, se abraza más fuerte a Daniel, que sigue tan impertérrito como antes, girando las manitas como si estuviera imitando las rotaciones de los bombos.

-¡Eeeeeeeuoooooooooooooooooosss! -exclama el niño.

Suena entonces el “Ay del Chiquirritín, chiquirriquitín, metidito entre paja”, que Marta ha seleccionado como sintonía navideña de su móvil.

Es Isma, que la llama aprovechando el recreo en su trabajo.

-¡Oye, chica, que me han tocado cien euros!

-¿Cómo que cien euros?

-Sí, tía, en mi décimo, el que me compré yo. Ay, chica, que no te enteras…

-Ah, es verdad -suspira Marta. Claro, se le olvidaba que Isma, tan fiado de la suerte como el que más, se había querido comprar un décimo por su cuenta y riesgo. Y le había salido bien la jugada, al muy. -Pues enhorabuena, chico. Ah, y asegúrate de que se enteren todos ahí -le aconseja.

Cuelga para no sentirse agobiada por la suerte de Isma.

-Ya me podía haber tocado a mí. Si no son 400.000 euros, al menos que sean cien. ¿No te parece, cariño?

Entonces se acuerda de los boletos de las rifas varias del pueblo, que se efectuaban a la par que la lotería de Navidad. Los agraciados serían los números que coincidieran con los cinco primeros premios de la lotería. Los repasa uno por uno con la ayuda de Internet. Nada, ni siquiera un mísero lote de productos corrientitos de charcutería.

Frustrada, rompe los boletos en pedacitos y los arroja en forma de lluvia de confeti o algo. Daniel aplaude con alborozo.

El sorteo acaba de terminar y ahora toca retransmitir los festejos desde Sort, Roquetas de Mar y los demás lugares donde han caído los premios. Pero primero, publicidad.

Sale en pantalla ahora una familia perfecta de rubios finlandeses jugadores todos de baloncesto en sus respectivas categorías: matrimonio e hijos. La mujer -una vikinga de melena ondulada y ojos azules- embarazada de siete meses y con cuerpo de top model, se dirige a los telespectadores: “Nosotros tenemos una vida perfecta. Tenemos dinero, amor y, sobre todo, salud a raudales. Pero, por si alguna vez la salud nos fallara, confiamos en Curitas, la aseguradora médica líder en todo el mundo. Haga usted lo mismo y será tan feliz como nosotros.”

Claro, piensa Marta. Lo que no dice es que abonarse a Curitas cuesta una pasta gansa. Dicho así, suena como si fuera una ONG.

La indignación le sube como una vaharada roja por la garganta. Tiene que desfogarse y, en vez de soltar una palabrota (se ha prohibido a sí misma hacer semejante cosa con Daniel delante), le pega un mordisco al pan de Reyes.

Entonces, sus dientes topan con algo duro. Lo escupe y lo mira: es una figurita. Representa una princesita que se parece muchísimo a Blancanieves. Una Blancanieves navideña, que se representa adornada con espumillón y sosteniendo una ovejita en los brazos.

Daniel mira la figurita, la señala y exclama:

-¡Amá!

Marta sonríe. Ahora ya no siente indignación, ni se siente frustrada, ni nada de eso. Saca con el móvil una foto de la figurita y se la envía a Isma.

“Mira lo que me ha tocado. Chincha y rabia”.

Apaga la tele y pone en el portátil el disco de villancicos. Daniel y ella se ponen a bailar. La figurita de Blancanieves los mira sonriente desde la mesa.

 

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Acontecimiento planetario

-Vaya resacón tienes, chica -le dijo Marta a su reflejo en el espejo. No era una resaca etílica, sino una informativa: una resaca electoral. Que, a pesar de su nombre, no era de libre elección, sino de obligatoria fatalidad. Se había hecho periodista por muchas razones -ninguna de las cuales recordaba ahora– y estas cosas iban en el (exiguo) sueldo.

Ahora tocaba encender la tele y empaparse con los análisis, debates, conclusiones, inferencias, deducciones, predicciones y entrevistas preparados por las estrellas de los magacines matinales y sus redactores a (exiguo) sueldo. No había elección tampoco en esta cuestión.

Además, se notaba que los políticos alfa del país eran todos hombres e iban a mesa puesta, porque aquel año las elecciones las habían convocado para el domingo día 23 de diciembre, o sea, víspera de Nochebuena. Se notaba que ninguno de los presidenciables pensaba apartarse lo más mínimo de su agenda poselectoral. Para eso ya tenían a sus mujeres.

Aprovechando que Daniel tenía el sueño pesado y hábitos propios de adolescente juerguista, encendió la tele, el portátil y el móvil, todo ello casi en un único gesto. La cocina americana y el minisaloncito-comedor-living se inundaron con la voz de pito de la moderadora de turno. Presentaba un debate poselectoral entre los candidatos a presidente del Partido Pop, del Partido Social Operístico, de Bailemos y Ciutat Dance. Había más líderes y colíderes que habrían querido participar, pero todos no cabían en el plató, y es sabido que una mesa redonda de más de cinco participantes provoca cacofonía y nula inteligibilidad.

Marta consultó las cifras que había apuntado antes de dar la noche por terminada -justo cuando ella y su marido, Isma, habían conseguido que Daniel se durmiera, al filo de la medianoche- y comprobó que no había habido variaciones de última hora: el pastel parlamentario se repartía casi matemáticamente al 20% entre los cuatro partidos en liza. Ergo, cada uno de los cuatro candidatos a presidente veía posibilidades muy serias y factibles de ser investido y tocar la gloria.

En el debate, que ya estaba empezado, los cuatro hombres (todos hombres) tenían cara de cansancio, descolgamiento, palidez, ojeras y rastros de barba afeitada deprisa y corriendo, así que era de presumir que no estaban siendo especialmente brillantes con su oratoria. Uno hablaba de que los demás querían un allegro y su partido prefería el moderato, para “hacer las cosas despacio y bien”; otro decía que, si le dejaban, su partido daría el do de pecho; el tercero recordaba que hacían falta al menos dos para bailar el tango (de un tango a tres o a cuatro no dijo nada, no fuera que la moderadora le preguntara su opinión sobre las orgías), y el cuarto, que no era el mejor dotado en cuestiones de retórica, se limitaba a repetir su eslogan: “Menos samba, más trabajar”.

Así estaba la cosa, o sea, en punto muerto, cuando la presentadora tuvo una idea que ya nunca se sabría si estaba guionizada o fue más bien que se marcó un Günter Schabowski, pero que quedaría para la posteridad. Y fue la cosa que, animada por el ambiente navideño a la par que musical, propuso:

-Oigan, ¿por qué no organizamos un juego de sillas y el que gane será el nuevo presidente del gobierno?

No se sabría jamás qué les pareció de verdad de la buena a los cuatro representantes, pero, por aquello de que un No suena a maldito, poco espiritual y, peor aún, poco popular y enrollado, uno saltó y dijo que sí y ninguno de los demás tuvo lo que hay que tener para negarse. En un pis pas la presentadora los puso a los cuatro en movimiento para apartar la mesa del desayuno-tertulia y colocar tres sillas formando un pequeño corro.

-A ver, compañeros, un poco de música -pidió a alguien que estaba fuera de plano. Enseguida fue obedecida y sonó un villancico. “A Belén, pastores”. Los cuatro candidatos se pusieron a corretear como niños de jardín de infancia.

Fue justo el momento que eligió Daniel para reclamar la presencia de su madre. Marta se debatió un nanosegundo entre su privilegiada posición de espectadora de aquel momento inigualable de la historia del país y su responsabilidad como madre. Ganó, como siempre, la segunda. Dejó todo atrás -la tele, el portátil y el  móvil que ya estaba empezando a zumbar con, no hacía falta mirarlo para saberlo, mensajes de WhatsApp de su jefe y de algunos colegas que querían comentar el histórico y trascendental momento que todos estaban compartiendo- y acudió presurosa a abrazar a Daniel y darle los buenos días.

-Patata -exclamó Daniel al ver a su madre, al tiempo que estiraba los bracitos para ser abrazado.

-Buenos días, mi amor -dijo ella. Abrazó su cuerpecito calentito, todavía con restos de sueño, y le dio un beso muy sonoro. -¿Abrimos la ventana para ver qué día tan bonito hace? ¿Sí?

Daniel apoyó la moción y Marta lo agarró con el brazo izquierdo, mientras con el derecho subía la persiana y dejaba entrar los rayos de sol.

En el momento en que abría la ventana para ventilar un poco la habitación, estalló un petardo y -lo nunca visto- fuegos artificiales iluminaron la ya luminosa mañana del día de Nochebuena. Se empezó a oír un rumor indefinido que fue adquiriendo definición segundo a segundo. En la salita, el teléfono de Marta empezó a sonar. El rumor dejó de serlo y se convirtió en ruido de tumulto. Y es que la calle se estaba empezando a llenar de gente.

Gente de todas las edades, condiciones, humores, estados de salud y de dinero… en fin, todo el mundo mundial estaba saliendo a la calle en tromba. Agitaban banderas, pañuelos, trapos de cocina, incluso había gente con matasuegras y trompetas de juguete. Desde los balcones, quienes no podían corretear por la calle lanzaban lluvias de confeti y serpentinas. Pronto afloraron los primeros globos y balones gigantes de playa que botaban de mano en mano, uniendo a completos desconocidos en una fiesta sin igual.

-Algo acaba de pasar, algo gordo -le dijo Marta a Daniel.

Aquello tenía todo que ver con lo que había sucedido en el programa de televisión, no podía ser otra cosa. Un acontecimiento planetario de dimensiones hasta entonces desconocidas se había producido, de tal modo que había empujado a toda aquella gente a tomar la calle, pero no para protestar, sino para ponerse a festejar y a dar salida a tanta euforia y alegría como sentían. Nadie había visto nunca algo así.

Marta se encaminó hacia la sala con Daniel en brazos. La cara de la presentadora, ahora sonriente, ocupaba la pantalla. Ahora estaba claro que hablaba sin la ayuda del telepronter, y la verdad es que no lo hacía nada mal:

-¡Es un día histórico, señoras y señores! ¡Por primera vez en toda la historia, todos los partidos políticos se han puesto de acuerdo y van a acatar el resultado! ¡Gobernarán todos juntos y revueltos y tomarán las decisiones de forma conjunta y colegiada! ¡No habrá necesidad de votar nada en el congreso porque no habrá votos en contra! ¡Señoras y señores, estamos asistiendo a un momento único en toda la historia del universo! ¡Oigamos ahora al próximo presidente, que será…!

Daniel estaba protestando y de repente su voz había subido varios decibelios, como sólo él sabía hacer cuando quería o no quería algo. En este caso, lo que quería era ver su canal. El canal infantil. Era el canal número 25, su favorito de entre los cuatro temáticos que se sintonizaban en casa.

Marta le dio el mando y el niño, ipso facto, pulsó los dos botoncitos, el del 2 y el del 5, y el televisor pasó a mostrar una escena de “Los osos amorosos”.

Daniel, mágicamente, había dejado de protestar y miraba la pantalla con sonrisa beatífica. Una sonrisa que superaba la de cualquier líder político que saborea las mieles del triunfo.

Marta se concentró en la serie favorita de su hijo. Cuatro osos amorosos jugaban en aquel momento al juego de las sillas.

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Periodista en busca de sentido

Decía la leyenda que la Virgen María en carne mortal se había aparecido a un humilde pastorcillo, y le había hecho saber que aquel lugar perdido para el hombre civilizado, aunque no para Dios, era un lugar mágico, especial. No le había pedido expresamente que edificara allí un templo -los santos y la Virgen jamás piden nada, eso lo hacemos nosotros-, pero eso ya había sido un extra sobrevenido cuando las autoridades eclesiásticas supieron de la historia del pastorcillo, que hizo a todo correr y sin detenerse los ocho kilómetros que separaban el pueblo de aquella masa kárstica, aquel amasijo ascendente de colinas y erupciones de piedra caliza que la Virgen había ungido con su manto.

Lo llamaron Santuario del Espinar, en honor a la maleza en la cual había aparecido envuelta Nuestra Señora.

Quinientos años después, Marta había recorrido aquella carretera -un poco demasiado estrecha y, en cualquier caso, tan retorcida como era posible- infinidad de veces, igual que cualquier nativo de aquel pueblo, pues el antiguo lugar de aparición era hoy un popular santuario, que se erigía al fondo de una explanada no natural, sino edificada por la mano del hombre, a fin de que el santuario pudiera estar adecuadamente rodeado de tres coquetos hotelitos y hospederías, algunos restaurantes con sabor montañés, una tienda de recuerdos y regalos y una oficina de turismo, además de doscientas plazas de aparcamiento. Y sin embargo, aquella asiduidad no aminoraba ni una pizca la probabilidad de taponamiento de oídos y la pereza que le daba tragarse aquellos ocho kilómetros de subida.

Y el objeto de su trabajo le producía dos veces más pereza aún y le daba ganas de empotrar su coche contra el quitamiedos para así poder librarse del rollazo de tener que cubrir el consabido concurso anual de productos hortenses, donde, como en tantas otras cosas en la vida, ganaba aquel que presentaba el ítem más grande.

La gran novedad de este año, y que hacía que su jefe estuviera que no cabía en sí de nervios y que ella misma afrontara la tarea con gran emoción, era que el ámbito, de ser exclusivamente local, había pasado a extenderse a toda la comarca. El jurado había tenido que hacer una preselección, debido al gran número de participantes que se habían presentado, y aun así habían aumentado la lista de finalistas de los tradicionales 20 a 30. El interés noticioso del evento era doble; por un lado, el propio certamen, hito local de indiscutible nombradía y raigambre, y por el otro, y la parte que interesaba de verdad a los medios de comunicación, que se temía que los caseros disconformes con el cambio de universo -muchos de los cuales habían quedado fuera del concurso en la criba inicial- intentaran reventarlo con un acto de boicot muy vistoso. A la redacción habían llegado emails anónimos avisando de ello, e incluso una cuenta anónima en Twitter había tuiteado al respecto.

(Nada de toda esa movida tenía en absoluto nada que ver con el clima preelectoral que se respiraba en todo el país; así lo habían asegurado propios y ajenos. No obstante lo cual, todos en la oficina tenían sus dudas, porque todo tenía todo que ver con el clima pre y postelectoral que se respiraba en todo el país durante todo el año.)

Medios de toda la provincia, incluso algún medio nacional que se preciaba de “dar protagonismo a las pequeñas historias de los pequeños lugares” (así, como suena) habían desplazado equipos al lugar de la gran competición. Incluso se decía que el medio nacional por excelencia iba a enviar a Rosi Barroso en persona, la periodista de televisión de moda. Pero el medio de Marta, currándose “las pequeñas historias” de su pueblo y comarca todos los días del año, tenía a su favor la gran baza de su carácter local, más local que el queso de oveja lacha con denominación de origen que se producía en los caseríos del valle. Por eso, llegaban adonde los demás sólo podían acercarse, por muy nacionales que fueran.

En el caso que nos ocupa, esa ventaja consistía en una ubicación privilegiada desde la cual Marta y su técnico, el becario Iñaki, tenían una vista incomparable y perfectamente panorámica de la explanada donde tendría lugar la exposición y concurso, una especie de plaza de medianas dimensiones encajada entre el pie de un pequeño acantilado y el dique formado por los muros posteriores del santuario soñado por aquel zagalillo que vivió quinientos años atrás. Esa ubicación era el amplio balcón, esculpido directamente en la roca, al cual se accedía desde el refectorio de los frailes franciscanos para cuya hermandad el santuario había sido hogar desde el inicio de su existencia (del santuario, no de la hermandad). Los frailes franciscanos eran como hermanos -de sangre, por añadidura- para los periodistas locales, con los cuales había un sano toma y daca -los periodistas tenían un fichaje estrella en el hermano Diluviano, el fraile meteorólogo, una celebrity en toda la comarca, y a cambio de predicciones gratuitamente radiadas desde el entorno incomparable del Santuario del Espinar, el medio local hacía publicidad de las bondades del calendario, los anuarios, las agendas, las postales y los libros de historia que los franciscanos editaban bajo su propio sello, Ediciones Espinares, SL. Ese buen entendimiento -con su aliciente comercial y todo- había forjado una alianza a prueba del relumbrón de focos de mayor potencia que los del modesto medio local.

-Tú espérame aquí, que voy a anunciarnos -instruyó Marta a su becario, que se quedó, en efecto, al volante del Skoda Roomster que tenían como único coche de empresa a compartir por toda la plantilla.

Fray Telésforo, el fraile que había permanecido al pie del cañón de la recepción y de la centralita casi desde que el santuario se inauguró, allá por 1510, volvió a no reconocer a Marta a pesar de tenerla a dos palmos y a haber mantenido con ella la misma conversación decenas de veces en los últimos años. Marta ya iba preparada para una repetición más -se sabía su parte del diálogo de memoria- y, sin embargo, la aguardaba una sorpresa:

-Buenos días, hermano Telésforo. Venimos a cubrir el concurso. ¿Nos puede anunciar al hermano Patrocinio, por favor? -dijo, refiriéndose al fraile encargado de Relaciones con los Medios y señalando la centenaria centralita que ella siempre había conocido allí. Pero, para su sorpresa, en lugar de echar mano de las clavijas que eran como una extensión de las artríticas manos del hermano Telésforo, éste agarró del mostrador un smartphone, que en aquel momento estaba en modo suspensión pero que volvió a la vida nada más tocarlo el anciente fraile.

-Perdone usted, señorita, disculpe mi lentitud con el tecleo -dijo, mientras sus dedos se desplazaban sobre el teclado virtual a la velocidad de la luz.

-Más despacio, por favor, me estoy mareando. Y, oiga, ¿qué hace usted, no me va a anunciar a fray Patrocinio, que nos estará esperando?

El hermano telefonista levantó la mirada del teléfono y la depositó en Marta como si acabara de ver un ser de otro mundo.

-Es lo que estoy haciendo, señorita. Uso el guasa.¿No ha oído hablar usted del guasa? Es que hoy tenemos aquí un barullo impresionante, señorita, y si intentamos hablar con él a viva voz, dudo mucho que consigamos inteligirnos mutuamente. ¡Ay, cáspita! Ahora no encuentro el chat que tenía abierto…

“Vaya con el frailecillo”, se dijo Marta para su coleto.

-Si me permite… -y, estirando el brazo, se hizo limpiamente con el aparato. En efecto, el buen fray Telésforo había perdido el whatsapp abierto con su congénere y la pantalla mostraba ahora la lista de contactos, que estaba en la A. Marta deslizó el dedo de arriba abajo por la lista alfabética, haciendo que las letras fueran destacándose lumínicamente al contacto con su índice. Adalberto, Hno.; Ambulatorio; Apolonio, Hno.; Ayuntamiento; Bernabé, Hno.; Crispín, Hno.; Crispiniano, Hno.; Dionisio, Hno.; Dios; Diosdado, Hno…. ¡Un momento! Marta volvió atrás. ¿Dios? ¿Qué demonios de nombre de contacto era ése? ¿Sería posible que fuera…? Pero… no, de ninguna manera racional podía ser… Pero, ¿y si…?

Ni corta ni perezosa, hizo clic en el contacto denominado “Dios”. Su memoria fotográfica registró al momento la cifra de nueve dígitos. Se la repitió por lo bajini, para estar completamente segura: seis, seis, seis, siete, cuatro…

En aquel momento, se abrió otra vez la puerta de entrada. Eran fray Patrocinio e Iñaki, departiendo amigablemente.

-¡Ah, vaya con el guasa, sí que es eficaz! -opinó fray Telésforo, desentendiéndose del problema ya resuelto.

Los dos periodistas siguieron a fray Patrocinio hasta el privilegiado lugar de promisión, donde Iñaki instaló su trípode y su cámara.

-Eh, ¿estás bien? ¿Tienes vértigo? -le preguntó Iñaki.

-Ah, no, no pasa nada. Aquella es Rosi Barroso, ¿no? -dijo Marta para despistar, aludiendo a la estrella ascendente de los noticiarios de la cadena nacional. El comentario funcionó para desviar la atención del becario a otra parte. En efecto, estaba distraída desde que había visto el número de Dios en la agenda de fray Telésforo. Aprovechando el momento de privacidad, cogió su propio teléfono y grabó el número memorizado. Lo hizo bajo el nombre “Dios”, sintiéndose un poco ridícula, pero no sabiendo qué otra etiqueta ponerle.

Era verdad que la ubicación era privilegiada; desde allí, no se les escaparía ripio. Se dominaba toda la explanada donde se celebraría el concurso, y, como extra, todos los aledaños donde se habían apostado los medios rivales. Por si eso fuera poco, se controlaban todos los accesos y salidas y las vías de tráfico rodado durante varias decenas de metros, con lo cual ellos serían los primeros en advertir -y grabar- el menor movimiento extraño por tierra, mar o aire por parte de quien quisiera reventar el evento.

Aquella era su gran oportunidad, el gran acontecimiento que podía catapultar la carrera de Marta desde las profundidades abismales de lo local al raso cielo cuajado de estrellas donde merecía figurar. Y sin embargo, su mente estaba lejos de ocuparse de aquel reportaje en ciernes; no podía apartar su pensamiento de…

-Un segundo, tengo que… -dijo, y entró al refectorio y salió de él a continuación, sin darle tiempo a Iñaki de poner la menor objeción.

Con el teléfono en la mano, abrió Whatsapp, buscó el contacto “Dios” y escribió su mensaje con dedos temblorosos.

“Si estás ahí y eres quien parece que eres, me gustaría que me dijeras cuál es el sentido de mi vida.”

Ya está. Lo había escrito. Un segundo después, lo había enviado.

Casi al instante aparecieron las dos tildes azules que confirmaban que su mensaje había sido leído.

Sintiéndose en paz consigo misma, volvió al balcón.

La cosa tardaba en arrancar, a pesar de que todo estaba listo y todos los participantes habían llegado puntualmente. Pasó un rato muy largo y después otro más. Luego, por fin, anunciaron por megafonía que se daba comienzo oficialmente al concurso de quesos y productos hortofrutícolas de la región, donde serían premiados indefectiblemente aquellos productores que aportaran el o los frutos más grandes y hermosotes. Iñaki se puso a lo suyo haciendo planos largos, planos con zoom, picados, panorámicas, barridos y contrapicados artísticos.

Durante todo lo cual (estaba siendo todo muy aburrido y previsible), Marta no pudo dejar de pensar en su mensaje y en lo que podría pasar a continuación. Lo más seguro era que no pasara nada, o quizá que alguien le contestara con una frase amable mientras se partía la caja a su costa. El consuelo era que ella nunca oiría aquellas risas, ni que su interlocutor sabría quién había sido la pazguata que le había enviado aquel estúpido mensaje. Porque, como era bien sabido, hoy día ya nadie creía en Dios ni nad…

-¡Eh, tía, mira eso! -exclamó de pronto Iñaki. Marta salió -más bien, saltó- de su sopor meditabundo. Algo estaba sucediendo, efectivamente: por una carretera vecinal, poco más que un camino de cabras con unas paladas de cemento por encima, se aproximaba una caravana de tractores, Land Rovers y Mobylettes, en medio de una barahúnda de bocinazos, proclamas vociferadas por megafonía, carracas y -Marta casi lo habría jurado- zambombas.

Venían muchos y -sin duda- venían cabreados.

De repente, Marta sintió la vibración del teléfono en el bolsillo. Le echó mano y miró la pantalla: un mensaje de Whatsapp. Un mensaje de… Dios.

La belísona presentación de los caseros en pie de guerra sonó mucho más cerca. La adrenalina, propulsada y bombeada por un corazón acelerado por la emoción, surcó sin freno ni obstáculo las arterias de Marta, que se puso en pie con su cámara de fotos dotada de superobjetivo sujeta como si fuera su propia vida.

El teléfono hizo “ploc” al chocar contra el suelo.

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Bob

Aquel día -y no era el primero-, su jefe le había pedido a Marta que se quedase más tarde de su hora. Ella había podido arreglarlo, sin tener otro remedio. Así que al final, salió casi una hora más tarde. Se metió en su coche sin más dilación, mientras hacía recuento del día: había terminado de redactar aquel tostón de informe que tanto se le resistía, había corregido y mejorado varios emails de su jefe directo y de otros adjuntos, y había dejado apuntadas algunas ideas que dejaría caer en la reunión del día siguiente.

En casa faltaban algunos víveres y artículos domésticos de uso común, o estaban a punto de empezar a faltar, pero aquel día no podía pasarse ya por el supermercado. Tendría que bajar un momento a la carnicería-ultramarinos de emergencia de al lado de casa, a la mañana siguiente. Era todo mucho más caro, pero qué se le iba a hacer.

Antes de sentarse en el coche, tuvo cuidado de coger la bolsa con el traje para el tinte y dejarlo en el maletero. Tampoco podría ir aquella tarde a la tintorería. Al día siguiente todavía andaría a tiempo, porque la reunión era el viernes, y estábamos a miércoles… Habría que pagar un poco más por el servicio exprés, pero se dio por satisfecha; un año atrás ni siquiera había tintorerías que no enviaran todo el género fuera y que, por tanto, tardaran menos de dos días en entregar la ropa de vuelta.

Ya en tránsito, Marta se encontró con algo más de tráfico que cuando salía puntualmente a su hora. Maldijo a su jefe y sus veleidades, pero luego se acordó de su tensión arterial y de su tensión en general y se recordó que de nada servía destilar odio, tenía que destilar amor o, cuando menos, comprensión.

Con un poco de comprensión y un mucho de paciencia, Marta llegó al domicilio de su “arreglo” de aquella tarde: su prima Nita, de 16 años, a la que había prometido un buen soborno si pasaba a recoger una vez más a la guardería a su (de Marta) hijo de 13 meses, Daniel (tenía a todo el mundo prohibidísimo que lo llamaran Dani; si hubiera querido que lo llamaran Dani, argumentaba ella, le habría puesto directamente Dani). Dani no estaba ni medio dormido cuando llegó. Además, la recibió con un chillido y varios manoteos y patadas al aire, como quien deja claro quién es y cuáles son sus preferencias personales. Y eso, pensó Marta, que Nita se dedicaba a echarle un ojo mientras con el otro controlaba la pantalla de su móvil autista; ni besos, ni abrazos, ni juegos colaborativos.

-Son 75.

-La semana pasada me cobraste 50.

-Es el plus por desgaste acumulativo. A este paso voy a empezar a aparentar 19.

-Toma -“pequeña sanguijuela”, dijo-pensó Marta. Era muy generosa (“tonta”). Nita ni siquiera la miró mientras luchaba denodadamente por sentar y atar a Daniel en su sillita. Un día tenía que hablar seriamente con los padres de Nita sobre la educación que le estaban dando.

El coche que usaba Marta para desplazarse al trabajo y del trabajo a casa era un utilitario de tres puertas, que de ninguna manera podía contener la grandeza física de una sillita Maclaren, así que Marta tuvo que dejar el coche aparcado frente a la casa de sus primos e ir caminando hasta su casa mientras empujaba a Daniel en su sillita. Profirió mentalmente la segunda maldición de la tarde, en este caso contra el día que se dejó convencer por el pariento para comprar la Maclaren. El pariento no tenía toda la culpa, había que admitirlo; ella se había dejado arrastrar por la moda y por el prurito de parecer ser tan pija como sus vecinas y compañeras de trabajo. La Maclaren no costaba como un Bugaboo, pero casi; aquello la había hecho parecer aceptablemente pija, ni siquiera 100% pija. Se había quedado a medio camino, ni para ti ni para mí, y eso la hacía sentir aún peor. Maldijo sus mediocres intentos de aparentar; y ya iban tres. “Paz y amor, soy una nube”, se dijo a sí misma la Marta más pacífica y budista.

Eso sí, menos mal que a Daniel le encantaba su silla. Siempre daba buena y expansiva muestra de su conformidad y satisfacción con su Maclaren, haciendo partícipes de ellas a todo viandante que se les cruzara, mediante chilliditos, aspavientos y medias palabras.

“Menos mal que es guapísimo”, pensó Marta para sí una vez más al advertir las miradas de cuantos peatones se cruzaban y eran atraídos por las manifestaciones de alegría de Daniel.

Eso la compensó del hecho de que el niño se estaba poniendo y estaba poniendo la silla como un Ecce Homo manchado de babas de galleta, la misma que Nita le había dado como despedida, sin consultar con la madre; ya se sabe que los adolescentes de ahora son muy autónomos.

Lo bueno de vivir en aquel edificio tan viejo que no tenía ascensor era que Marta estaba así exenta de apuntarse a gimnasio alguno o de hacer aerobic en casa y por su cuenta. Plegar una silla y hacer varios viajes -primero con el niño, luego con la silla y los extras para acarrear compras o cualquier otra cosa- era ideal de la muerte para tonificar todos los músculos del cuerpo y alguno más.

El marido y padre trabajaba de tarde esa semana, como eventual, claro; así pues, Marta y Daniel estaban solos en casa hasta las once, por lo menos.

En ese momento, el tiempo tiene la virtud de espesarse como una sopa de tomate. El tiempo, pero no Marta; Marta se hacía totalmente líquida, como agua del grifo. Aparcar la silla-tirar el bolso sobre el respaldo-dejar las llaves en un sitio alto-dejar la bolsa para el tinte (mierdasemehaolvidadoenelcocheporlocualnossaltamosestepaso)-ponerle el chupete a Daniel-quitarle el abriguito a Daniel intentando que no proteste-quitarme la chaqueta con una mano mientras que con el brazo izquierdo sujeto a Daniel-sacar el tomate del frigorífico para la cena de Daniel-cerrar la persiana de su habitación (con una mano)-quitarle los mocos (con una mano)-cerrar la puerta, que se me había olvidado-arreglar un poco sus sábanas-consolarle para que deje de chillarme en el oído-cambiarle el pañal intentando que llore y se mueva lo menos posible-cambiarle de ropa-ponerle su música favorita (con una mano)-dejarle en el suelo con sus juguetes intentando que llore lo menos posible.

Respirar…

Preparar su ensalada-tostarle el pan pero sin pasarse-darle agua-buscar su chupete, que lo ha tirado-hacerle unas cucamonas para que deje de protestar-vestirle el tapalotodo para que no se ponga perdido el pijama.

Respirar…

Sentarle en la trona (no quiere)-ponerme el delantal porque todavía estoy vestida de calle-sentarle en mi regazo-darle de cenar…

Respirar porque está cenando a gusto y con apetito y por tanto ha dejado de protestar…

Limpiarle la cara y las manos a medida que cena-mierda, me ha agarrado de la manga de la blusa, y es aceite, adiós blusa-no enfadarme porque él no tiene la culpa-soy una nube, soy una nube-quitarle el tapalotodo (con una mano)-tratar de hacer como si no me crispara los  nervios el hecho de que esté absolutamente todo manga por hombro-calentar el biberón-llevarle a la habitación-darle la leche…

… se ha dormido…

Respirar profundamente.

Recoger todo-pasar la bayeta por la mesa-cambiarme-lavarme la cara-quitarme este puto moño que me está dando dolor de cabeza-a ver qué hay para cenar… lata de atún, mayonesa y dos rebanadas de pan de molde: bocadillo de atún-rezar para que no se despierte-seguir rezando-recoger todo-ponerme a fregar-el crío está llorando, dejarlo todo-ponerle el chupete; se calla-reanudar el fregoteo-espray por las paredes y la encimera-escobazo por el suelo…

… y llegó el momento.

Silencio. El tiempo vuelve a su estado normal. Se desespesa, se licúa como pasado por una batidora.

Marta enciende el televisor, baja el volumen,hace zapping. En la uno: debate de actualidad. En la dos: documental sobre la ucronía de qué habría pasado si nunca se hubiera producido el putsch de Múnich. En la tres: informativos. En la cuatro: película, Lo que el viento se llevó. En la cinco: película iraní con subtítulos en farsi. En la seis: debate de actualidad política. En la siete: entrevista a un ministro. En la ocho: concierto de la Filarmónica de Viena.

Marta pasa por todos esos canales y sintoniza ClanTV.

Comienza su programa favorito, su gran secreto, algo que ni el marido sabe: Bob Esponja.

Lo descubrió cuando intentaba calmar a Daniel mediante los dibujos animados y se dio cuenta de que a Daniel (todavía) no le gustaban los dibujos animados.

Pero que ella se estaba riendo un montón con aquella chorrada.

En el episodio de hoy, Bob y Patricio Estrella vuelven al cole después de las vacaciones.

De repente, la vida es maravillosa.

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Talentos ocultos (y V)

Carla y Scott no eran los únicos que recibían el nuevo día como si fuera una fiesta.

En el otro extremo de la ciudad, dos muchachas brindaban con champaña.

–¡Por nosotras!

–¡Por nosotras… y por papá!

Eran pelirrojas, aunque una iba teñida de rubio. Sus cejas, sin embargo, delataban su color natural. Esto habría debido bastar para que hasta un observador poco agudo como Charles Huntington–Whaley pensara aquello de “algo huele a quemado en el norte de Dinamarca”. O en su despacho y en su casa, respectivamente.

Pero él estaba tan obnubilado por la melena rojo pasión de su secretaria, Jackie, y había relacionado tanto ese color con sus más bajos instintos –pues en sus fantasías todo era de ese color, desde la ropa interior de los protagonistas hasta, por supuesto, el pelo de la secretaria salvaje que lo azotaba con su bloc de notas mientras gritaba aquello tan excitante de “El presidente le llama por la línea dos… la línea dos… la línea dos…”– que nunca se le ocurrió relacionarla con las cejas tímidamente rosadas de su humilde criada, Dolly. Tampoco encontró parecido alguno en cierta forma de entornar los ojos, en cierto modo de llevarse la mano a los labios cuando algo las sorprendía o cuando querían acallar algún secreto que pugnaba por salírseles de la boca. Fijarse en eso habría sido pedir demasiado a Huntington–Whaley.

Pero sólo el color del pelo habría debido ser suficiente.

Y había otro dato que debía haberlo puesto sobre la pista, pues el pelo de color rojo no sólo le había procurado placer en esta vida, sino también quebraderos de cabeza. Claro que, para tener esto presente, Huntington–Whaley tendría que haberse remontado al pasado. Y, así como su imaginación, también su memoria era pobre. Por supuesto, no toda la culpa era de su materia cerebral; también había factores psicológicos, como acertadamente habría señalado su entrañable amigo Christopher Travis –que esa mañana iba a llevarse una grata sorpresa; tan grata, que no se le ocurriría otra cosa que cerrar la consulta y telefonear a su querida amiga Rebecca Huntington–Whaley para preguntarle delicadamente cómo se encontraba y ofrecerle asesoramiento profesional, totalmente gratis, por supuesto…–: y es que los ofensores tienden a olvidar la ofensa y al ofendido, mientras que es éste el que carga con la losa del recuerdo del momento aciago, en una operación de escasa lógica y menor justicia, pues, en un mundo ideal, sería el culpable el que no pudiera olvidar jamás el pecado, siendo así que éste le atormentaría para siempre. En cambio, en el caso que nos ocupa, y siguiendo la lógica de lo ilógico –pero tristemente real–, había sido el señor Johnson, padre de dos hijas, Jacqueline y Dorothy, el que se había llevado a la tumba el disgusto y la humillación de haber sido pisoteado por un mocoso con aires de grandeza.

Había sucedido veinte años atrás. Por aquel entonces, Charles Huntington–Whaley era simplemente Chuck Whaley (ni siquiera Charles Huntington, pues eso llegaría después-, secretario del concejal de Obras Públicas de Rathole, Alabama (365 hab.), y aspirante a Algo Grande Que La Vida Me Tiene Reservado. Ese algo grande se situaba sin duda a gran distancia del ayuntamiento de Rathole, pero el siguiente peldaño hacia él estaba a unos metros del pequeño despacho que entonces compartía con otros nueve secretarios. Esos metros eran los que separaban aquel despachito de la alcaldía, a la sazón detentada por Patrick Johnson, un guardaagujas de toda la vida, de los que habían aprendido el oficio por vía familiar, y que se había presentado a alcalde porque quería hacer algo por su pequeña y entrañable comunidad. Naturalmente, ninguno de los cargos públicos de Rathole lo era a tiempo completo; era una cuestión de vocación, una palabra que no figuraba en el diccionario de Chuck Whaley.

Lo que hizo fue muy simple: como sabía que sus conciudadanos jamás votarían a otro candidato que no fuera el viejo y conocido guardaagujas, Chuck Whaley, estudiante de Derecho y Ciencias Políticas, revisó hasta el último albarán que había en el ayuntamiento para encontrar las piedrecillas con las que el alcalde había tropezado. Hasta que encontró una lo bastante significativa: Johnson no había cumplido con los requisitos reglamentarios para aprobar los presupuestos del año en curso.

De esta forma, Whaley presentó una querella contenciosa-administrativa contra Johnson. Con el reglamento en la mano, nadie podía defender a Johnson; éste sólo contaba con el respaldo de todos sus conciudadanos, además de con el sentido común, que le daba la razón; pero eso no fue suficiente, y Johnson fue obligado a renunciar a su cargo. Hubo un asomo de rebelión en el pueblo, pero se apagó espontáneamente. Cuando todo hubo vuelto a la normalidad, Whaley fue investido alcalde.

El guardaagujas se encontró con que sus antiguos compañeros en la labor pública habían tardado muy poco en olvidar aquella afrenta. No sólo eso: habían acabado por dejarse imbuir de la idea de que el honrado Johnson había hecho algo mal.

Había muchas cosas que el honrado guardaagujas y exalcalde podía soportar, pero entre ellas no figuraba la humillación y el oprobio, como sucede con todo hombre bueno que ve embarrado su nombre. Fue más que él. Se hundió. Empezó a ser descuidado en su trabajo de guardaagujas. Fue despedido. Ahora debía acudir diariamente al Ayuntamiento, pero, en lugar de ir al despacho de la alcaldía, debía pasar por la ventanilla para recoger su subsidio de jubilación anticipada. Algunas veces, se cruzaba con antiguos compañeros, que apenas si le saludaban; otras veces incluso veía a Charles Whaley –ahora se hacía llamar Charles– dirigiéndose al que ahora era su despacho.

El viejo Patrick Johnson no se suicidó, pero se fue apagando lentamente, sin hacer mucho ruido. Nadie se sorprendió verdaderamente cuando lo encontraron muerto una mañana. Ah, pero ¿no era ya muy viejo? Y no, su cuerpo no lo era aún.

Jackie y Dolly se quedaron huérfanas de padre a los siete y cinco años, respectivamente. Todo el mundo creyó que eran demasiado pequeñas para darse cuenta, pero ellas sabían que los niños nunca son demasiado pequeños para darse cuenta de las cosas importantes de la vida.

Y ahora, veinte años después de aquello, ambas brindaban con champaña, porque se acababa de cerrar un círculo que había empezado a trazarse tanto tiempo atrás.

Todavía tenían un as en la manga: las fotos de Charles Huntington–Whaley con una joven pelirroja, en actitud comprometedora y nada favorecedora para su campaña de imagen. Ellas creían que no haría falta utilizarlas, pues su enemigo estaba ya acabado.

Sólo había hecho falta escoger la llave adecuada y hacerla girar dentro de la cerradura adecuada.

* * *

Jordan F. Jordan, a bordo del coche patrulla 134, estaba a punto de tomarse su tercer desayuno de la mañana, a pesar de que todavía eran las siete. Sus horarios biológicos estaban completamente trastornados, aunque él ya lo consideraba normal. Su compañera, Laura, había salido hasta la cafetería de al lado para agenciarse un par de cafés y bollitos con los que seguir alegrando aquella mañana de vigilancia. Jordan no podía evitar pensar que no lo estaban haciendo demasiado bien, si es que habían transcurrido ya casi tres horas desde que se dio la orden y todavía no habían encontrado nada. Esto, en cierto modo, era tan inquietante o más que la profusión de hallazgos, de la misma manera que no encontrar un cadáver cuando se tienen motivos para pensar que debe de aparecer uno es la posibilidad más turbadora de todas.

El jefe había sido claro y tajante, como siempre:

–Chicos, quiero que agucéis todos los sentidos que tengáis. Puede que nos estemos enfrentando al asesino de las escamas plateadas. Su descripción es: metro ochenta, 68 kilos, pelo rubio hasta los hombros, ojos verdes, separación entre los incisivos. No lleva pendientes, tatuajes ni ningún signo distintivo. No pertenece a ninguna tribu urbana. Lo más probable es que vista bien, puede que incluso lleve ropa de marca.

Lo único que le había faltado añadir, pero que sin embargo prefería callarse por el momento, era que aquella descripción correspondía a la de Scott Marsalis, hijo menor del juez David P. Marsalis. Pero, después de enterarse de que él también había desaparecido, y conociendo un poco la personalidad apocada de Carla Huntington–Whaley, Kaminski sólo podía señalar a Scott Marsalis como instigador de aquella rocambolesca fuga en medio de la noche.

Todo concordaba: los crímenes, crueles pero refinados, sin demasiada sangre ni mutilaciones o marcas en los cadáveres, que aparecían limpios y en posiciones dignas, normalmente sedentes, delataban un espíritu elegante o convencido de serlo. A aquel tipo no le gustaban los alardes de truculencia. Mataba queriendo dar a entender que lo hacía por una buena causa, y que en el fondo odiaba lo que hacía; lo hacía como una especie de misión. Chalados como aquél había visto Kaminski unos cuantos. Pero, con sangre o sin ella, todos eran repugnantes. La mierda más maloliente de todas. Y aquel espíritu supuestamente fino y elevado correspondía perfectamente al extraño y huidizo hijo del juez Marsalis. ¿Cómo no lo había pensado antes?

Naturalmente, porque estaba cargado de prejuicios. Kaminski tuvo que admitir esto, y hacerlo le supuso una derrota personal.

Pero pudiera ser que todavía no fuera demasiado tarde para Carla.

La pobre.

Estaba pensando en ella y bebiéndose el noveno café –en eso, Kaminski les ganaba por la mano a todos sus subordinados– cuando le informaron de la llamada:

–Jefe, ha llamado el coche 134 pidiendo refuerzos. Parece ser que los han visto camino de la playa. Al sospechoso con una joven. Es muy probable que se trate de la desaparecida.

Kaminski se levantó de su sillón de un salto.

–¡A todas las unidades! ¡A todas las unidades! ¡Diríjanse a la playa!

* * *

Kaminski pretendía liquidar aquel asunto con la máxima discreción. Sin embargo, se trataba de una batalla perdida. Porque no era él el único que, en aquellos momentos, sabía de la operación policial.

En el edificio de la cadena “News Galaxy” existía un pequeño cuarto cuya puerta lucía el cartel de “Prohibido el paso”. Todo el mundo estaba convencido de que era una especie de cuarto oscuro para el revelado de carretes. Tonterías. Se trataba de una salita equipada con los más modernos aparatos de captación de radiofrecuencias. Constantemente, las antenas parabólicas “inteligentes” clavadas en la azotea del rascacielos rastreaban el espectro radioeléctrico y descodificaban todas las señales, enviándolas luego al aparato receptor–lector de aquella salita.

Rosalind Mendoza estaba sentada allí. Era una de los cuatro periodistas de la casa, además del director–jefe del medio, que conocía el verdadero propósito de la sala. Y le sacaba el máximo provecho, ¡vaya si se lo sacaba!

En aquellos momentos, con los auriculares puestos, escuchaba con avidez las instrucciones y las explicaciones que los policías se daban entre sí. Daba igual que utilizaran códigos: Rosalind se sabía los significados de memoria.

–¡Diríjanse a la playa! –oyó. Entonces, se quitó los auriculares y salió disparada de la salita, frotándose mentalmente las manos.

Había conseguido muchas y muy sensacionalistas primicias en toda su carrera, pero ninguna de ellas podría compararse a la que estaba en ciernes.

–¡Rod, coge el equipo!

–¿Adónde vamos? –preguntó el técnico, mentalizado de que podía recibir nuevas órdenes de Rosalind a cualquier hora.

–A la playa. Afila bien tu cámara. Esta vez no puedes fallar.

–¿Alguna vez te he fallado, jefa?

No, Rod era el mejor en su oficio, y eso había que reconocérselo. Más le valía demostrar todo su talento esta vez.

El resultado de todo este cruce de instrucciones, órdenes y explicaciones fue que, a eso de las siete de la mañana, tres grupos de personas diferentes se dirigían a la playa: los policías, por un lado; Rosalind y Rod, del canal de noticias, por otro; y, finalmente, Carla y Scott, protagonistas y causantes del enredo a la par que completamente ajenos a la que se estaba montando a su alrededor. 

De todos modos, y a pesar de que la ilusión embriagaba a Carla y a Scott, no les nublaba la vista ni los sentidos, por suerte para ellos. Fue por eso por lo que se dieron cuenta de que algo raro pasaba. Y es que las calles de la ciudad registraban demasiada actividad policial para las horas que eran y lo tranquilo que parecía presentarse el día. No era extraño oír sirenas de vez en cuando, pero sí lo era oírlas constantemente mientras uno va caminando por la calle. Más que constantemente, de forma ininterrumpida. Y además, en volumen gradualmente ascendente. Esto ya dejaba de ser azar y pasaba a constituir un motivo de preocupación, porque podía querer decir dos cosas: que un criminal iba en la misma dirección que uno, o que el criminal era uno mismo. Y ninguna de las opciones tenía nada de halagüeño.

–Qué extraño todo ese alboroto de sirenas, ¿no?

–Estarán siguiendo a alguien. No te preocupes. Para eso están, ¿no?

–Pero es raro que las oigamos todo el rato. ¡Mira, allí están! Vienen en esta dirección.

–Irán a la playa.

–Sí, es posible. No obstante…

–¿Qué?

–Si algo bueno he sacado de mis viviencias familiares es que lo mejor que puedes hacer es ponerte en lo peor.

–¡Scott…!

–¿Te acuerdas de lo que te dije aquella noche, en la fiesta?

–Sí. Me dijiste que fuera hacia donde quería ir, aprisa, sin distraerme… pero sin llamar la atención.

–Pues tienes que hacer lo mismo ahora. No corras, sobre todo no corras. Eso es muy importante. Éstos son igual que los perros: huelen tu miedo. Si te ven correr, correrán tras de ti, aunque no tengan ni idea de por qué lo hacen. Así que no te pongas nerviosa.

Pero Carla ya lo estaba. Aceleró el paso para igualarlo con el de Scott, pero le resultaba muy difícil seguirle el ritmo, porque él tenía las piernas más largas. De ese modo, sin darse cuenta, acabó corriendo.

Para entonces, ya estaban a un palmo de la playa. Podían verla desde donde estaban. Les separaban apenas unos metros.

Carla lo achacó al esfuerzo. El caso es que las piernas comenzaron a estallarle otra vez. Era como tener alojado un tendido eléctrico en cada una de ellas. Cada vez que daba un paso, la recorrían cientos de miles de chispazos de dolor. Tuvo que apoyarse en el brazo de Scott. Ya no podía reprimir las lágrimas.

–¡No puedo más…!

El acoso de los policías se había hecho evidente ya. Uno de ellos vociferaba:

–¡Deténgase, es una orden! ¡Deténgase y suelte a la chica!

–¡Dios mío, Scott, tenías razón! ¡Vienen a por nosotros… bueno… a por ti!

–¡Imbéciles! Creen que te he secuestrado o algo así… Esto tiene que ser cosa de mi padre… ¡pues no conseguirá lo que se propone! Carla, sé que te duelen mucho las piernas, pero tienes que conseguir llegar hasta la playa. Es lo más importante que hayas hecho en tu vida, ¡créeme! Venga, vamos, apóyate en mí. Yo te ayudaré.

Sujetó a Carla por el brazo izquierdo. Luego, girándose a los coches patrulla que los perseguían, les mostró el dedo corazón de la mano que tenía libre.

Al cabo de medio minuto, los dos peatones llegaron a la arena. Una docena de coches de policía y una camioneta negra con el logotipo de “News Galaxy” pintado en ambos laterales confluyeron en el aparcamiento del malecón. Los coches patrulla formaron una barrera en la que la camioneta de la televisión encontró su primer obstáculo de la mañana. La periodista y el cámara salieron y se pusieron a emitir en directo.

–Estamos asistiendo a una operación policial de máxima importancia. Lo que están presenciando es, ni más ni menos, que la caza y captura del asesino en serie conocido como “asesino de las escamas plateadas”, apodado así por dejar una estela de piel de pescado sobre los cadáveres de cada una de sus víctimas. Todas las pistas apuntan a que la identidad del asesino sea la de alguien muy conocido, no sólo para los habitantes de esta ciudad, sino para muchos norteamericanos de este estado. Se da la circunstancia de que el sospechoso tiene retenida a una de sus víctimas en potencia, la hija menor del conocido congresista Charles Hun…

–¡Apague eso! ¡No puede grabar! –bramó un agente de policía, al tiempo que empujaba a Rosalind y se abalanzaba hacia el cámara, tapando el objetivo con una mano enguantada en negro.

–¡Eh, oiga! ¡Esto es libertad de prensa!

–¡Está interfiriendo en una operación policial, señora! No sé si se da cuenta de que esto puede ocasionarle consecuencias gravísimas.

Rosalind, la periodista más aguerrida de cuantas se hubieran visto en aquella ciudad, sin bajar el micrófono ni la guardia por un segundo, intentó tenazmente hacer valer su libertad de información sobre las razones “de fuerza mayor” que el agente no atinaba a expresar como cabría esperar de un representante de la Ley. Al final, sin embargo, éste hizo buenos sus argumentos recurriendo a la oratoria del férreo brazo de la Ley, que se mostró ciertamente férrea en lo tocante a desmontar por la vía rápida aparatos de imagen y sonido.

–¡Le voy a denunciar, amigo! –advirtió Rosalind cuando vio la cámara tirada en el suelo. Rod se agachó, mesándose los cabellos como un padre que ha dejado caer a su bebé. Comprobó las constantes vitales de la cámara, y suspiró aliviado:

–Todavía está viva. Ésta nos la pagan, Ros, te lo juro.

–Tranquilo. Tenla encendida y enfoca cuando yo te diga, ¿de acuerdo?

–Siempre a tus órdenes, jefa.

Mientras este diálogo en susurros tenía lugar, otra escena de no menor tensión se estaba desarrollando en la arena. Carla y Scott finalmente habían conseguido alcanzarla, tal como los policías querían. Desde allí, no tenían ninguna escapatoria. El ratoncito, en su afán por huir, se había metido él solito en el cepo. Sólo era cuestión de tiempo el que el gato lo cazara.

Carla tenía la cara mojada de sudor, mocos y lágrimas. Sentía que las piernas iban a desintegrársele de un momento a otro. Ahora, el dolor lamía su carne y sus músculos con lenguas de fuego y de acero. Derrotada, se dejó caer sobre la arena. Scott, jadeante, se agachó a su lado y la abrazó. El teniente que estaba al mando de la operación volvió a lanzar su admonición:

–¡Atención! ¡Aléjese de la chica, Marsalis! ¡No intente nada, le tenemos acorralado!

–¡Aún no! ¡Aún no, maldita sea! –masculló Scott.

–No sé por qué te persiguen, Scott, pero no te dejaré solo. Mi padre… mi padre pagará al mejor abogado. No te pasará nada. Yo les explicaré lo que pasó. Nos dejarán tranquilos. Y después de esto, mi padre ya no se meterá más conmigo, porque ya le habré perjudicado todo lo que podía perjudicarle. Nos dejarán en paz. Podremos irnos… a Europa… a Australia… ¡dime adónde quieres ir, y yo iré contigo!

–No hagas más planes disparatados. No nos tienen ni nos tendrán jamás, Carla. Todavía somos libres. Hemos nacido para ser libres. Tú todavía sólo lo intuyes; yo lo sé.

Estaban muy cerca el uno del otro, sentados en la arena cálida mientras el sol se derramaba sobre ellos con todas sus bondades. Carla sólo tenía ganas de llorar contra la injusticia del mundo; pero Scott esbozó una sonrisa. Primero, sólo era un borrón en su cara; luego se ensanchó, y se convirtió en la sonrisa más deslumbrante de todas cuantas ella le había visto. Tenía todo el brillo del cosmos metido en los ojos. Entonces, Carla supo que podía abandonarse a él, porque él estaba en lo cierto y ella se había equivocado.

9. Talentos ocultos

–¿Qué vamos a hacer ahora, Scott?

–Tienes que seguirme un poco más, Carla. Sólo unos metros.

–¿Quieres decir… quieres decir… hasta…?

–Sí. Hasta el agua.

Miraron hacia el horizonte. El mar estaba en calma, como siempre. Por algo lo llamaban el océano pacífico. Con su nombre y su calma, era el mensajero portador de buenas nuevas, de buenos augurios. ¿Cómo tener miedo de un ser tan lleno de bondad?

Carla le tendió ambas manos a Scott y se pusieron de pie. Ahora ya no hacía falta apresurarse: tenían todo el tiempo del mundo. Carla sonrió: por primera vez se sentía segura de sí misma, por primera vez no necesitaba del aplauso o la aprobación de los demás para saber cuál era su lugar, quién era ella. Para afirmarse a sí misma.

–¡Es la última advertencia…! –voceó el teniente, lejos, a sus espaldas.

Entre sí, los policías empezaron a murmurar al comprender lo que estaba pasando.

–¡Están locos! ¡Los dos!

–Jefe, ¿hay alguna posibilidad de que nos estemos confundiendo de tipo?

El teniente, tan confuso como sus hombres, pero sin opción a demostrarlo, se comunicó inmediatamente con Kaminski:

–Señor, están pasando cosas muy raras aquí. Estos dos parecen estar de acuerdo. No creo que el tipo la haya hipnotizado. Parece que ella está siguiéndole por propia voluntad.

Kaminski miraba fijamente el suelo de su despacho. Quería ver una sima abrirse allí mismo, a sus pies.

Por la otra línea, le habían confirmado que un patrullero había abatido a tiros al “asesino de las escamas” cuando estaba a punto de matar a una universitaria.

–Retírense de inmediato. La operación ha terminado.

–Entendido, señor.

El teniente dio la orden de retirada. Aquellas cosas pasaban. Errare humanum est, como decían los romanos, y si un ser humano está dispuesto a impartir justicia, o al menos a intentarlo, debe enfrentarse al hecho de que puede equivocarse. Pero esto no tenía tanta importancia como el mantenerse fiel a unos principios y rectificar con el corazón lleno de humildad.

Además, al fin y al cabo, habían cumplido su misión.

Aquella noche, Kaminski rezó tres padrenuestros y tres avemarías, tal como le había enseñado su abuela polaca. Los caminos del Señor son inescrutables, fue lo último que pensó antes de quedarse dormido.

Pero, antes de que esto sucediera en casa del comisario Kaminski, algo más insólito y más extraordinario –sí, más extraordinario que el que un hombre reconozca su error, pida perdón por él y rece antes de acostarse– tuvo lugar en la playa. Sí, allí donde dejamos a Carla y a Scott.

–Se marchan –le dijo Carla a Scott.

–Se marchan. Coge los trastos y larguémonos –le dijo una cansada Rosalind Mendoza a su operador de imagen y sonido. Pensaba que todavía no eran más que las siete y media de la mañana, y que le quedaba toda una jornada de trabajo por delante. En días como aquel, deseaba ser un ama de casa. Pero luego, siempre se congratulaba de estar donde estaba: ser una estrella del periodismo y cobrar en proporción no es algo que se deba despreciar.

Además, aquel trabajo también tenía sus compensaciones. Porque ser periodista supone tener el privilegio de ver las cosas siempre antes que los demás; de disponer del tiempo y la libertad de prejuicios y opiniones ya formadas suficiente para explorar tranquilamente la realidad en sus diversas facetas. Rosalind conocía diariamente historias reales de gente que vivía, sufría, disfrutaba y hacía cosas. De gente que vivía la vida, en suma. Asistir a ese espectáculo divino era un manjar delicado y rarísimo que a pocos les era dado saborear y que menos aún sabían apreciar en su justo valor. Rosalind era de los elegidos. Y además, la pagaban por hacerlo. Sólo recordar esto servía para llenarla de energía en los días bajos.

Pero es que había más. Porque, en ocasiones, a un periodista, al primer testigo de los hechos desnudos, le es otorgada la gracia de ser testigo de cosas que jamás olvidará. Cosas que se le quedarán grabadas en la memoria del alma y moldearán su actitud ante el mundo cuando se cree que ésta ya no puede cambiar, igual que el agua blanda moldea la dura piedra.

Rosalind estaba a punto de vivir uno de esos momentos de gloria íntima. Lo estaba cuando Rod, su compañero, le palmeó el brazo y balbució:

–Ro… Ros… mira eso… míralo…

Rosalind Mendoza se dio la vuelta y fijó sus cansados ojos en el mar tranquilo. En la playa ya no había ni rastro de los dos jovencitos fugados. En realidad, no había ni rastro de nadie. Tan sólo la arena y el agua, eternos y eternamente vivos. El horizonte seguía siendo una línea que Dios había trazado con regla. Excepto por un detalle.

A lo lejos, dos enormes colas de pez, muy juntas, azules y resplandecientes bajo el sol, se alzaron por un instante y trazaron sendos arcos de gotas inmaculadas. Luego, se sumergieron en el océano para siempre.

FIN

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La lista (14)

, se sintió un poco mejor en la línea zigzagueante habitual de su estado anímico, y la cosa no hizo sino mejorar cuando su padre la condujo de vuelta al campus.

Fue un largo rato jodidamente extraño en compañía de aquel hombre taciturno que la quería; no sabía si más o menos que a su difunta hermana, pero ésta era una pregunta que ella jamás le haría y en la que no solía pensar, sinceramente. Él le echó un par de ojeadas de ceño fruncido, siempre a punto de decir algo o de preguntarlo, pero sin llegar a abrir la boca más que para emitir ruidos articulados de los convencionalmente utilizados en una conversación banal cualquiera. Hablaron un poco de la asignación de Katia, ella le aseguró que tendría suficiente siempre y cuando no se retrasaran en el puntual ingreso de cada mes. Él le aseguró varias veces y de forma enérgica que tal catástrofe no se produciría.

Durante el viaje vibró su teléfono algunas veces, con el sonido indicativo de un nuevo mensaje. El padre hizo un amago de pequeña rebelión, la única en todo aquel tiempo, murmurando entre dientes algo sobre aquellos malditos aparatos modernos, pero la cosa no fue a más.

Era 3, claro, cosa que ella atisbó medio a escondidas cuando pararon para repostar y ella fingió que recogía algo del suelo, pero no tuvo tiempo de leer los mensajes, aunque el corazón le dio un vuelco.

“¿Qué pretende? ¿Qué quiere? ¿No es raro que un chico que acabo de conocer y al que sólo he visto una vez me siga enviando mensajes?”, se preguntó Katia después del vuelco de corazón, aunque lo que realmente quería expresar era esta otra pregunta: “¿Por qué me sigue enviando mensajes a mí? ¿No es raro que un chico que acabo de conocer y al que sólo he visto una vez esté mostrando interés en mí?”

Si le hubiera pedido a su padre opinión sobre este tema, él sin duda le habría respondido que estaba claro: porque ella era dulce, inocente, encantadora y preciosa y sabía esperar al hombre adecuado (cosa, esta última al menos, que a ella le dolería oír, por razones que no hace falta traer a colación).

Si se la hubiera pedido a Laura, que también conocía de vista a ese chico, ella le habría dicho a su vez que estaba claro también para ella: porque los hombres son así, ¿acaso no se lo habían demostrado aquellos otros chicos de tantas correrías nocturnas? ¿Acaso no lo sabía ella misma, Katia, y por eso había escrito aquella especie de velada autoconfesión en la que se echaba a sí misma a la cara nada más que toda la cruda verdad?

-Adiós, cariño, cuídate mucho y no te metas en líos -dijo su padre por fin.

-Adiós, papá -respondió ella con el entusiasmo debido a verlo marchar y a sentirse libre, por fin, una vez más, mientras decidía que tenía que desatar todos los nudos, cada uno una interrogante, referidos a número 3.

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La lista (13)

Le llevó un buen rato dejar constancia por escrito de sus andanzas con el sexo opuesto en aquellos últimos meses, y eso que se saltó toda la parte referente a 2, porque ya la había escrito desde su apartamento del campus.

Lo hizo desde un punto de vista lo más científico posible. Se obligó a sí misma a escribir como si todo aquello le hubiera pasado a otra persona, y se dio cuenta de que así podía hacerlo muchísimo mejor. De hecho, al cambiar de modus cogens pudo parar las lágrimas que amenazaban con estropearle el cutis y, de paso, la moral.

“Menuda tonta estás hecha”, le dijo a aquella otra persona sobre la que estaba escribiendo.

Cuando terminó todavía no tenía sueño, es más, se sentía más espabilada que antes, por lo cual lo leyó todo y aprovechó para editar alguna que otra palabra, pero nada digno de mención. Lo quería en estado puro: sanguinolento, crudo y recién matado, como una chuleta de dos dedos de grosor que es lo más parecido a comer como nuestros antepasados de las cavernas.

Mientras releía, se le ocurrió una “idea genialísima”, como luego se la describiría a Alicia: poner nota a cada una de sus conquistas. Y añadió un apéndice, independiente del texto principal y por tanto constante e indefinidamente revisable y prolongable, en el cual compartimentaba los factores decisivos que habían subido o bajado la calificación de cada candidato a la mejor nota:

“Se ha valorado el físico (estado de conservación general, musculamen, agradabilidad de las facciones, cantidad y calidad del pelo en cabeza y otras partes del cuerpo; además, medición cualitativa y cuantitativa del miembro viril); técnicas amatorias; ingenio y creatividad; personalidad; pertenencia o no a equipos deportivos, calificando siempre al alza la pertenencia; estatus socioeconómico -ante la finitud del espacio de tiempo compartido con los sujetos, se han utilizado como casi únicas variables la generosidad del sujeto a la hora de convidar a la observadora a libaciones alcohólicas, así como, en algunos casos, aspecto, tamaño y fastuosidad generales de sus aposentos-; y vigor durante la práctica, con puntos positivos por hematomas o irritaciones corporales varias ocasionados a la observadora”.

Le pareció que así ya estaba bien.

Al número 1 le puso un ocho.

Al 2, le puso un cero.

Sobre el 3 no escribió nada porque todavía no se habían acostado y no le parecía que unas conversaciones de texto que borraba nada más terminar, por lo sonrojantes, fueran material propio para aquel estudio.

Al número 4, primero, le puso un cinco; se dijo que le habría puesto más, pero era un poco feo y le daba vergüenza admitir que lo había pasado bien con un tipo feo. Aunque luego se acordó de que cumplía el requisito de pertenencia a equipo deportivo y de que, además, era un miembro destacado -y tenía un ídem, el chaval- por lo que le subió la nota a un seis.

Cuando se hubo quedado satisfecha, guardó todo en el pen drive que siempre llevaba enganchado a su llavero, borró del disco duro el cuerpo del delito, apagó todo y volvió a la cama.

Al día siguiente,

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