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Why are all Christmas tales sad?

“Why are all Christmas tales sad?”, that was the question I randomly read on that printed page. It was a link to some other piece, so I couldn’t read it. But I quickly made up a theory of my own.

One day, about 2,000 years ago, the most precious gift was sent to humankind, in the shape of a baby boy. This baby grew up to be the most exceptional form of existence that has ever been known or will ever be; a portentous giant of kindness, love, faith, humanity, nobility, selflessness, and empathy. It matters little to nothing whether you believe that he was God incarnate, or not (I believe He is). What matters is what people did with this gift that had been given to them.

We all know what they did. They took this shining diamond and they muddied it, kicked it, cracked it and shattered it. Yes, they took this man and they mocked him, humiliated him, beat him, tortured him and finally gave him an agonic, horrendous death for everyone to witness.

He knew this well enough before he came to us. He knew that he was coming to a world full of brutish, arrogant, stupid, violent, egotistic people who wouldn’t know kindness, truth, beauty and purity if they hit them with a sandbag in the face.

Christmas is a happysad time for this reason. Because we are celebrating the birth and the very existence of kindness, truth, beauty and purity, but we also know that they have no chance to thrive in a world that has not changed one bit. We are laughing and dancing because God loves us and has given us a testament of his undying, immense love; but our laughter is hiding the tears from the pain of watching all of that die, crushed by the world. We know that that pain will ensue and that it echoes the same pain that dwells in our heart: that there is no hope for the world to save itself; that if we are to be saved, it will only be because God will forgive us, not because we know any better. The stories written by authors of all times echo this feeling. Those authors, or the people who formed those tales, knew, on perhaps some unconscious level, that Christmas is the reminder of our great failure as a race: our inability to see, and to embrace love.

Come the progress that may -humans producing humans in laboratories, DNA sequences being read and rewritten to perfect the races, men living for centuries-, it is all in vain, and men will be no more than empty shells, biological dolls doomed with self-conscience unless and until they are able to know love. Love for one another, love for all that is good and beautiful, unconditional love for themselves and their kin. Without love, human life is devoid of meaning. Without embracing love and becoming love, humans will always remain the naked monkey trying to make sense of an intrincate, yet simple mystery.

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Cuentos completos de E.A.Poe

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Los Cuentos completos de Poe nos permiten seguir la evolución de este autor en cuanto autor, es decir, en cuanto creador que cultiva diversos estilos, sigue -o finge seguir- determinadas corrientes estilísticas de moda en su época –superándolas en nivel de logro y aportando a la literatura piezas bellísimas en las que se adivina mucho de Poe, la persona, más allá de las morbosidades que cultivaba, tanto por inclinación personal como por –y esto también se desprende de la lectura del libro así como por el conocimiento de su biografía– su sujeción y dependencia económica a las publicaciones que decidían adquirir sus relatos. Respira en estos relatos el Edgar Allan Poe como escritor libre, capaz de imaginar, de viajar al futuro y al pasado para criticar los vicios y las veleidades de su época; de soñar dulces idilios bucólicos; de concebir mundos hermosos, sin iras ni venganzas de ultratumba; de filosofar sobre Dios, su naturaleza y sus mecanismos; en fin, de hacer literatura en estado puro, por la mera razón de la necesidad de escribir que siente un escritor de raza.

Leer la reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/cuentos-completos-5.html

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“Ser feliz en Alaska”

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El tres se suele relacionar con lo místico, con lo elevado en el plano espiritual, y esto se cumple también en el caso de la trilogía santandreana. En Ser feliz en Alaska, Santandreu da un paso más allá (y también más arriba) de donde nos dejó en Las gafas de la felicidad y se adentra en terrenos un poco menos prácticos, menos apegados a la cotidianeidad, y un poco más pertenecientes al imperio de lo ideal, en su doble sentido de concepto relacionado con la idea y de sinónimo de perfecto y deseable. Si en sus dos manuales anteriores Santandreu nos brindaba pequeñas píldoras de aplicación bastante sencilla para evitar terribilizar, aprender a aplicar la bastantidad en nuestra vida y a que Pepe dejara de ponernos de los nervios (porque Pepe no puede ponernos de los nervios, sino que somos nosotros, con nuestro pelmazo discurso interior, quienes nos ponemos de los nervios a nosotros mismos siempre que Pepe hace cualquier cosa que no nos gusta), en Ser feliz en Alaska pone el tejado al edificio y nos invita a completar nuestro entrenamiento y a aprender a ver las cosas de otra manera.

Leer la reseña completa aquí: http://www.librosyliteratura.es/ser-feliz-en-alaska.html

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Hillsborough

El mundo al revés. Imaginemos esto: una persona va a ver un partido de fútbol. Los accesos al estadio son inadecuados para la cantidad de gente que se espera. Los policías encargados de velar por la seguridad no hacen bien su trabajo. Se produce una avalancha humana. Esa persona y decenas más mueren asfixiadas al ser aplastadas contra las vallas que separan el campo de la gradería. De las decenas de ambulancias que esperan fuera, sólo a cuatro se les permite entrar al campo. Son los aficionados los que tienen que socorrer a los heridos, ante la falta de recursos y la movilización insuficiente para una emergencia así. Un día negro.

Se abre una investigación. Al cabo de un tiempo, poco tiempo, el dictamen oficial es que fueron esas personas las culpables de su propia muerte. Nadie cometió ninguna negligencia, nadie es culpable de nada salvo las víctimas. Ninguna de las que murieron puede defenderse ni alegar que se limitaron a seguir las instrucciones de la policía, que nadie les advirtió de que se encaminaban hacia una trampa mortal, una ratonera. No pueden alegar que no eran hooligans, eran sólo aficionados de su equipo que iban a animarlo en un partido de alta rivalidad. Sólo querían participar en una fiesta del fútbol y, después, tomarse unas cervezas. Pero, de repente, son los únicos culpables de haber muerto de forma tan horrible y tan trágica.

Esto lo vemos y lo presenciamos cada día, en nuestra vida y en el mundo que nos acercan las noticias. Historias narradas de una forma tal, o con unas conclusiones tales, que nos inculcan el mensaje que se ha hecho tristemente habitual: “Él/ella se lo buscó”, “Algo haría”, “A quién se le ocurre meterse en esa situación/andar sola de noche/caminar por esa calle/tomar esa decisión”, “No es por disculpar al asesino, pero es que (insertar excusa estúpida y malvada para disculpar al asesino y culpar al asesinado)”, “Dicen que era un raro”, “El niño no hacía nada por socializar con los otros”, “Culpa de ella, por ir provocando”, etc. Excusas, éstas, expresadas y audibles en voz alta en cualquier opinadero de andar por casa, e insinuadas de forma más sutil pero igualmente maliciosa en artículos, textos escritos, tertulias de opinión y demás mentideros de mayor cualificación.

Es la historia torticera de siempre, intensificada y jaleada de modo insólito de un tiempo a esta parte; tanto, que ha adquirido carta de naturaleza y ya es un tópico habitual; si en cualquier debate sobre cualquier tipo de disputa, diferencia, conflagración o querella no hay alguien que entone el “sí, pero”, es que el debate es incompleto, es parcial, es manipulador, es miserable.

Y no. Hay veces en que la justicia está claramente y exclusivamente de un lado, y al otro toca sobrellevar la culpa y, en lo que sería deseable, aceptarla y pedir perdón.

En casos como el de Hillsborough -que, por cierto, ha pasado casi de tapadillo en los medios nacionales que leo habitualmente; puede que yo no haya reparado suficientemente en ello, pero, desde luego, sólo fue trending topic durante un par de horas-, el hecho de que la justicia, aunque tarde, haya llegado me reconcilia en parte con la humanidad; puede que haya esperanza, a pesar de las demoras, de los obstáculos, de las mentiras.

Me pregunto también qué supondrá para esos familiares este veredicto, este punto final. Parece que supone para ellos cierto consuelo y descanso. Espero de verdad que sea así. Es sólo un caso entre muchos, miles, que esperan que se haga justicia; pero, aunque los pasos sean pequeños y lleguen muy espaciados, no debemos dejar de darlos.

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“Los impunes”, de Richard Price

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Una buena novela debe tener como una de sus características la riqueza de matices, la evasión de la coartada fácil del blanco y negro, y, en ese sentido, Los impunes cumple. No es tanto una novela policiaca como un drama sobre policías, con crímenes y dilemas morales y justicieros de fondo. Hay aquí policías arrogantes, policías que se creen -y tal vez han sido- héroes, que -en general, y es importante el matiz- se mueven de acuerdo a unos principios loables, pero no siempre, y el “no siempre” es lo que destaca y nos interesa; también hay policías que se han pasado de la raya y son verdaderamente de temer, policías con graves pecados a sus espaldas y que, sin embargo, son capaces de actos de nobleza y bondad.

Leer la reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/los-impunes.html

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Antes muertos que feos

Todos decimos querer ser unas cosas, pero, en realidad, lo que queremos es otra cosa muy diferente. Y, a base de que millones de individuos repitan querer ser unas cosas pero en realidad no estén engañando a nadie (porque todos nos conocemos a nosotros mismos, y eso es condición suficiente para conocer al prójimo), hemos creado, como sociedad, una narrativa, una imagen, cuya brecha con lo que realmente somos es cada vez mayor. Y lo triste y lo irónico es eso: que no nos engañamos.

Porque todo el mundo dice querer ser una serie de cosas, a saber: inteligente, eficaz, buena persona, generoso, entregado, esforzado, valiente, etc. etc.; pero lo que realmente, de verdad y en el fondo, quiere ser es una sola cosa: guapo.

Guapo o, en su defecto, delgado. O las dos cosas, por qué no.

Si nos miramos en los medios de comunicación, sobre todo en el más plural y versátil de todos, además del más representativo -porque es donde se expresa mayor cantidad de gente-, Internet, veremos claramente que la obsesión por ser bellos es enfermiza. No sólo la gente mantiene y sostiene unos ideales de belleza a los que rinde culto como si fueran divinidades con atributos divinos, sino que desprecia a todo aquel que no intente replicar esos ideales en sí mismo y, por la misma lógica, glorifica a quienes más se acercan a ellos.

La enfermedad va más allá. En realidad, no es que la gente quiera ser bella, porque para ello bastaría con que uno se considerara a sí mismo bello y esté satisfecho consigo mismo. Lo que en realidad quiere es ser considerada bella, a despecho de que lo sea. Ser considerado hermoso es, hoy en día, el punto más alto de la escala de valores mediante la cual uno se mide a sí mismo y es medido. El o la hermoso/a está en la cúspide, se considera que es el ejemplo más acabado de lo bueno de esta civilización. Nadie lo admite, pero es así; porque se suele decir de uno que es inteligente cuando claramente no se puede decir de él que es guapo. O amable, o buena persona, o buen trabajador, o buen padre/amigo/colega. Todos estos calificativos son medallas de consolación. “No es muy guapo, pero es simpatiquísimo”, ¿cuántas veces hemos oído o dicho algo así? Y si en una pareja hay una evidente desigualdad en términos de belleza, siempre se suele considerar que es la persona agraciada la que ha descendido de nivel para hacerle al otro el favor de ser su pareja. ¿O no?

La última expresión de esta manía obsesiva por ser considerados guapos es esa moda de que “todos los cuerpos son bellos”, a despecho de su hechura, tamaño, forma y demás cualidades estrictamente estéticas. Ahora hay modelos gordas (incluso obesas), modelos con diversos defectos físicos, modelos con otro tipo de características de forma y estéticas que hacen que no respondan al canon de belleza al uso. Son modelos que nunca serán top models, pero son reivindicadas en medios de comunicación y por parte de muchos blogueros e internautas. “Ellas también tienen derecho”, se dice. Como si ser guapo fuera un derecho, y no un atributo que depende en gran parte de la lotería genética. No importa que no todo el mundo pueda ser médico, o maestro, o conductor, o tornero, o policía, o fontanero, porque no tiene las cualidades, la valía, la inclinación natural, las aptitudes, la preparación ni la disciplina para serlo; no se reivindica el hipotético derecho de nadie a ser todas esas cosas o cualesquiera otras. Esas profesiones no importan. Como tampoco importa que no todo el mundo tenga lo que hay que tener para investigar la cura del cáncer, por ejemplo. Nadie reivindica el derecho de ser investigador de la cura del cáncer. No interesa; lo que interesa es ser considerados bellos y tener el derecho de ser considerado oficialmente como tal.

Pero no todo el mundo es guapo, ni tiene por qué serlo. Y resultan cansinos y vacuos los mensajes que tanto proliferan ahora, mensajes como “Eres hermoso/a tal como eres” y muchos otros exactamente iguales. Mensajes tan vacíos de contenido real como las pildoritas rosas que administra sin ton ni son la filosofía del optimismo y del sonreír a ultranza, como obligación. Tal como hace unos años se llevaba la obligación de ser risueño y ver el lado positivo siempre y en toda ocasión, ahora se lleva lo de considerarse siempre físicamente perfecto. Lo de amar el propio cuerpo.

Y amar el propio cuerpo es algo hermoso y saludable, pero no es una coartada para hacer del cuerpo y con el cuerpo lo que nos dé la gana. Cuidar algo es señal de que se ama. Abandonar algo a la buena de Dios no es amarlo. Abandonar el propio cuerpo, alimentarlo con lo primero que nos apetezca siempre y en toda ocasión, no usarlo para lo que es, no someterlo a disciplina, todo eso no es amarlo. Negar la realidad e invocar argumentos sin sentido sólo porque no tenemos el espíritu de sacrificio suficiente para hacer el mantenimiento de nuestro cuerpo -nuestra herramienta más preciosa para existir, para conocer la realidad, para experimentarla y para disfrutarla- no es amarlo.

Hay más de una contradicción en la que incurren todos los movimientos de belleza repartida democráticamente y a partes iguales (el principio, más bien el mandato de igualdad es uno de los legados más deleznables de los últimos siglos). Por un lado, que, al considerar dictatorialmente guapo a todo el mundo, de forma escrupulosamente igualitaria y porque sí, en realidad diluyen el concepto de belleza y la vacían de significado. Si todo el mundo es bello, entonces nadie es bello.

También hay quienes abogan por que no hay que cuidarse ni es importante mantenerse en un peso saludable, porque el cuerpo no es tan importante dado que hay muchísimos valores que son definitorios de la persona y que perduran y son los que en realidad pueden cambiar el mundo y etc., y lo que hacen es justamente lo contrario: al despreciar el valor estético y funcional del cuerpo -porque con el deterioro físico evitable, normalmente el achacable a un peso muy por encima o muy por debajo del que es saludable para cada persona, o el achacable a hábitos nocivos adquiridos y sostenidos durante un tiempo considerable- lo que hacen es subrayar su máxima importancia, como hace la zorra de la fábula con las uvas que no pudo conseguir: en realidad sí que me importa el cuerpo, pero, como no es tal como yo quiero y prefiero no hacer nada para cambiar de él las cosas que sí puedo cambiar, voy a hacer como que me importan más otras cosas que están socialmente mejor vistas pero que a mí, en el fondo, me parecen secundarias.

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‘La vuelta del torno’ (‘Otra vuelta de tuerca’)

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Personalmente, tiendo a pensar –y creo que sucede lo mismo con la mayoría de la gente– que lo sencillo suele ser casi siempre lo verdadero, aunque resulte menos sugerente y fascinante que los mundos fantásticos y enrevesados que cada uno pueda montarse en su imaginación. En este caso, lo sensato y razonable es deducir que cuando el señor James compuso esta novella, en realidad pretendía, seguramente, componer una excelente historia de fantasmas en la época victoriana. Historia de fantasmas de gran nivel literario, por cierto que sí; con muchos subtextos, también; que admite dos lecturas tan compatibles como nulamente excluyentes entre sí, por supuesto que claro que sí. Pero de ahí a afirmar que tal personaje es en realidad tal otro y que el destino final de este otro personaje no es el que está claro y meridiano que es cuando leemos el desenlace media un trecho enorme, el mismo que dista de la interpretación y la deducción a partir de textos literarios, por un lado, y la divagación que supone la total pérdida de la referencia de este texto, por el otro.

Leer la reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/la-vuelta-del-torno.html

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Moraleja del patito feo

Este cuento tan tierno y conmovedor -hace llorar tanto como el cuento de Bambi, si no más- me deja con una interrogante o, mejor dicho, suscita en mí, ahora lectora adulta que vuelve a releerlo por enésima vez, pero por primera vez a esta edad que tengo ahora, una interrogante nueva: ¿dónde está el castigo?

Dónde está, pregunto, el castigo a todos aquellos animales que se rieron del patito feo, que lo despreciaron en su época de patito feo. ¿Qué ha sido de ellos? ¿Vinieron a pedirle perdón por haberse mofado de él y por haberlo arrinconado, ostracizado, humillado y acomplejado?

El cuento no dice nada de eso, y ese silencio, pienso yo, no indica más que una cosa: de ellos no se hizo nada digno de mención, no les pasó nada, no se dieron cuenta de nada ni se arrepintieron de corazón de su pasada actitud.

El cuento indica que el patito se fue a vivir a un estanque -algunas versiones apuntan incluso que tal estanque estaba “muy lejos” de la granja donde había nacido y donde después había sufrido el desprecio y el rechazo de sus congéneres; también el silencio sobre la actitud de su madre adoptiva es un silencio ominoso que sólo puede dar a entender una cosa, nada buena- y que allí encontró a sus verdaderos hermanos de sangre, los cisnes. A partir de allí vivió feliz con su verdadera familia, biológica, cultural y de todo. No se dice nada de que los animales de la granja llegaran a saber de su suerte, de su metamorfosis, de su -digámoslo ya- superioridad -Pues ¿qué otra cosa invita a concluir el cuento, sino que ser cisne es superior a ser pato?- y, mucho menos, de que corrieran a pedirle perdón, ni tan siquiera de que intentaran una aproximación servil y aduladora. El cuento -a no ser que haya una versión original que se haya edulcorado posteriormente, como ha sucedido con la mayoría de los clásicos- no dice ni pío ni se preocupa en absoluto por el destino de los demás animales.

Pues yo me quedo con las ganas de saber. ¿Les vino la vuelta en forma de metafórica patada en el culo por parte del señor Karma? ¿Se arrepintieron en algún momento de su desaforado cuatrerismo y de su miopía mental? ¿Lamentaron la oportunidad perdida de hacer un amigo valioso y, por añadidura, físicamente agraciado, además de exótico y elegante? No sabemos.

Y, en cuanto al cisne, ¿cómo vivió él su nueva vida? ¿Alguna vez se acordó de sus antiguos compañeros y -no lo olvidemos- familiares, de aquellos a quienes tuvo por madre y hermanos? Y, si es que sí, ¿con qué sentimiento los recordó? ¿Con añoranza, con ira, con perdón, con ternura, con indiferencia…? Tampoco sabemos. Es más: ¿acaso el cisne volvió un día a la granja para burlarse de su antigua cuadrilla, para restregarles por la cara su éxito en la vida, para repartir culpas, incluso para batirse en plaza pública con quienes le amargaron la infancia? ¿Hubo venganza, en otras palabras? Ni idea, oigan.

Yo creo que este relato queda incompleto sin ese colofón. O a lo mejor es que mi mente me hace buscar desenlaces significativos donde sólo hay meros desenlaces. No lo sé.

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Conectados

Algo que venía yo barruntando se ha visto ratificado por un artículo leído ayer en un periódico cualquiera. Y esto me ha hecho reflexionar. ¿Por qué La patrulla canina es la serie de dibujos animados más de moda?

No es que se hayan puesto todos de acuerdo para que así sea. Y el círculo de cada familia a cuyos hijos La patrulla canina les parece lo más es siempre forzosamente limitado. Los seis grados de separación (o unión) entre dos personas cualesquiera tampoco explican por qué, en un tiempo tan relativamente corto, La patrulla canina se ha convertido en la serie preferida de una inmensa mayoría de niños de varias edades. Y no me sirve la posible respuesta de que es la serie que emiten en determinada franja horaria en la que puede que una mayor cantidad de niños sea susceptible de estar viendo la televisión, porque los niños ven la televisión en varios momentos del día, en todos los cuales siempre hay en antena, en alguna de las muchas cadenas sintonizables y de recepción más o menos generalizada en todos los hogares, algún programa adecuado para ellos y que reúne las cualidades para haber podido ser su favorita; y, sin embargo, no lo es; es una en concreto. ¿Es que los niños se han mensajeado por whatsapp y se han animado unos a otros a ver la serie y a declararla su predilecta? Pues no parece probable tampoco. ¿Será cosa de una campaña de marketing orquestada a tal efecto? Que yo sepa, no. Además, ¿qué interés podrían tener los programadores o responsables de las cadenas para elevar a los altares a esa serie en concreto en detrimento de otra cualquiera?

Lo que sucede con La patrulla canina es lo mismo que sucede con una prenda de ropa en una determinada temporada, una canción o un grupo de música, una novela, una costumbre o moda social o cualquier otro fenómeno de los que calificamos como “de moda”. En realidad, no hay una explicación racional. Recuerdo que, hace ya algunos años, algo me movió a querer leer un determinado libro de los muchos que se ofrecían al lector desde las estanterías de novedades de mi biblioteca local. Aclaro que soy bastante exigente con los libros que escojo a ciegas para leerlos, porque, a fuerza de haber leído lo que yo considero que es bastante, sé de antemano con gran nivel de acierto y probabilidad si un libro equis me va a gustar o no, y casi hasta cómo está escrito y cómo va a terminar. Pues éste lo escogí. Más tarde -subrayo este matiz- me enteré de que era el libro de moda. Se titulaba “Los hombres que no amaban a las mujeres”, de Stieg Larsson. ¿Es que miles -o millones- de personas de todo el mundo se vieron impelidas, como yo, a elegir a ciegas ese libro cuando lo vieron en la estantería -seguramente mucho más nutrida aún que la mía- de su biblioteca local o de su librería habitual?

Hay manifestaciones de otro tipo -de muchos tipos-, como lo muestran todos los pequeños y grandes movimientos sociales y culturales que abarcan a una parte significativa y de peso relativo suficiente en cualquier momento de la historia y que se producen no en forma de círculo concéntrico, sino en forma de pequeñas erupciones que suceden a la vez en distintos lugares, sin que esos lugares estén comunicados de una forma que explique por sí sola esas erupciones.

Lo más increíble es que este fenómeno de coincidencia o de misteriosa simultaneidad es que se manifiesta especialmente entre personas con vínculos de amor o de afecto entre sí. Es entonces donde llega a su máxima expresión. ¿O es que no os ha sucedido nunca encontraros sintiendo lo mismo que una persona muy cercana, sin mediar experiencias compartidas que pudieran explicar las emociones y los sentimientos? ¿O sorprenderos viviendo análogas sensaciones físicas, por ejemplo, algún tipo de dolor localizado en la misma parte del cuerpo -incluso teniendo el mismo tipo de accidentes? ¿O sabiendo por intuición cuándo algo significativo le ha sucedido a la otra persona?

Se pueden aducir distintas explicaciones para estos fenómenos. Una que a mí me gusta es la existencia de una mente común, es decir, una única supermente a la que estamos conectados todos o de la cual somos emanaciones. Como si fuéramos minúsculas neuronitas de un único megacerebro. No todos pensamos y sentimos las mismas cosas al mismo tiempo, eso es inimaginable, pero sí que nos mueven, en ocasiones, iguales querencias, filias, fobias, impulsos y decisiones que no tienen una explicación totalmente racional y a prueba de bomba.

Es cosa de pensárselo la próxima vez que nos encontremos siguiendo una moda sin que nadie nos la haya publicitado.

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‘El silencio de las tierras altas’

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Un mensaje no debería necesitar de varias repeticiones para llegar razonablemente al receptor. Viene esto al hilo de las reflexiones que me ha suscitado la lectura de este extraño, misterioso y sugerente libro titulado El silencio de las tierras altas. No es que haga falta leerlo más de una vez -el nivel de claridad y de oscuridad de sus pasajes y de toda la historia en general no varía a mayor número de lecturas-, pero es, sin embargo, un libro que sí invita a una relectura. A mí me ha pasado, y eso es muy raro; pero este libro lo he vuelto a leer inmediatamente después de acabada la primera lectura. Algo quiere decir eso.

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