Archivo mensual: junio 2018

Agua

Yo era fuego cuando nací. Tú, sabiéndolo todo, me hiciste así.

Fui fuego durante muchos años, la mayor parte de mi vida. Años siendo fuego impetuoso, colérico, fuego bravo, desafiante; o fuego fatuo; pero, de cualquier forma y aun en los fracasos, no sabiendo ser otra cosa sino fuego.

Podía arrasar cualquier cosa con sólo tocarla; en cambio, era vulnerable; la tierra podía sofocarme, la lluvia podía ahogarme.

Mi leyenda era un reguero de cenizas y de humo, de restos de un incendio sin objeto, sin sentido.

Hasta que me lanzaste la vida, como una red, como una batalla. Y entonces me hiciste agua.

El fuego fogueado se convierte en agua: mansa, blanda, callada y poderosa; tranquila, transparente, adaptable;

me hiciste un ser de agua, me diste una nueva naturaleza, me obligaste a doblegarme y a ser como tú querías que fuera; como era preciso que fuera.

Me hiciste de agua para que me rindiera, para que abandonara la futil resistencia

y volviera mi mirada a ti, quien me creaste, quien todo lo has creado, que todo lo sabes, que has escrito nuestra historia de principio a final, que acunas el mundo en la cálida oquedad de tu regazo, que nos miras, en silencio compasivo, pareciendo que no intervienes.

Me creaste de una forma, pero me castigaste con la vida para que alcanzara mi verdadera naturaleza y te conociera,

verdaderamente te conociera.

Para que fuera invencible, tuve que ser derrotada mil veces; ahora sé que nada puede superarme.

Y no porque sea más fuerte, ni porque sea más sabia que mis enemigos,

sino porque he aprendido lo único que necesitaba saber: a estar quieta y, a tu lado, conocer que tú eres Dios.

 

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Teenager

Nunca sabrás cuántas cosas has dejado de aprender, sólo por culpa de no querer escuchar.

Ahí, amurallada en tu rincón, te veo y te oigo en tu obstinado silencio de tan fuerte voz, y pienso: es como si tuvieras otra vez quince años.

¡Qué triste ignorancia la del que se ha hecho mayor y finge que no ha crecido!

Por favor, por favor.

Dime ahora, pero sin ira y sin patalear, dime ahora qué es lo que tanto te asusta.

Dímelo y sincérate de una vez.

No te juraré que te vayas a sentir mucho mejor, pero por lo menos superaremos este deja vu.

Y ya sé que es duro crecer, pero, por Dios, nadie lo ha hecho tanto más difícil como tú.

Y ya sé que en tu mente tienes veinte años, pero tu cuerpo ya no te sigue como antes, ya no te obedece como antes.

Y ya sé que da ganas de llorar sentir cómo tu cuerpo es una creciente rebelión, que todo va cuesta arriba, que avanzar ya no es ganar sino batirse en retirada, cada día un poco más, pero, por Dios, créeme, no todo es malo, somos muchos a este lado.

No quieres dejarte llevar por las olas, morir ahogado es una muerte cruel; pero no requiere esfuerzo; es más fácil que luchar por mantener la cabeza sobre el agua, los ojos abiertos, la mente despierta.

Nadas en este mar de inconcreción, de incertidumbre, de inercia; pero a veces oyes a las familias, oyes trinar los pájaros, y te preguntas dónde te equivocaste, cuál fue exactamente el error, de entre tantos errores, que fue el imperdonable.

Quisieras reencarrilar el tren que se perdió; quisieras haberle dado unos guijarros al niño que salió de su casa; pero no lo hiciste. Entonces, él siguió andando por el camino que no era, hasta que se cruzó con el hombre.

Y recuerdas, y el recuerdo es repugnante, pero irresistible.

Y lloras, y odias tu autocompasión, pero, a la vez, es tu alimento.,

Mírate al espejo y empieza por ahí; ése es tu primer frente.

Tantos pensamientos que te atormentan, los recuerdos confusos del ayer, mitificados en tu mente; la memoria siempre es mejor cuando enumera las mentiras.

Vamos ahora, busca un enemigo, fustiga tu amargura y domestícala, arroja esa bola de fuego en cualquier dirección.

Ese es tu sino, tal vez sólo así eres feliz, busca un enemigo.

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Anfibio

Volver a casa: unas vacaciones. Y después, todo lo demás.

Sacar la cabeza del agua, una bocanada de aire, y luego, otra vez, esto: sentirte rodeado por todas partes; por fuera; por dentro. Hasta aprendiste a respirar bajo el agua. Y creíste que eso era vivir.

Salir a tierra: ya no es firme; ya no notas que te sostiene, sino que es correosa, huidiza; dirías que ya no puedes fiarte de ella; no puedes saber que te va a seguir sosteniendo.

Así son todas tus antiguas creencias: de cuando eras tan joven que podías tener fe en lo que quisieras, y más que en ninguna otra cosa, en tu propia vida; en que sería siempre como la vislumbrabas entonces. Y ¿por qué no creerlo? Entonces, era real.

Pero ahora eres tú quien sostiene la tierra.

Sentías todo su peso sobre tus hombros, pero en realidad, son tus pasos los que van construyendo el puente.

No hace falta que veas; la oscuridad es total, pero no guarda secretos; te lo digo yo, que la he visto.

Son tus pies los que sujetan esta precaria parcela de vida, y todo lo que ella alberga.

Tus lágrimas importan a Dios, y si no a Él, importan por sí mismas; por tu coraje; por atestiguar que viviste.

Sigue ahí, pequeño istmo de vida, uniendo mar y tierra, viviendo tu pequeña vida anfibia en la que crees que te limitas a flotar, en la que te preguntas por qué sigues vivo.

Sí; tu existencia es muy pequeña, y sin embargo todo un mundo depende de ella.

Pero cuánto pesa otra noche en vela…

Y qué joven eras hasta hace nada.

 

 

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