Archivo mensual: julio 2017

El verbo

Era un mes de julio, de un año en el que no había llovido, ni se esperaba que lo hiciera;

tocaba entonces que la luna, como mujer que es, sangrara, y que se vistiera de tristes azules;

no se la vería aunque fuera noche de cielo raso.

Tan sólo cabía una noche estrellada, un futuro estrellado.

Era el mes de julio en que todo parecía tocar a su fin;

una complicada tramoya que había aguantado hasta entonces

sin derrumbarse y descubrir aquello que disimulaba.

Todo amenazaba con caer con mucho ruido y mucha máquina,

llevándoselo todo a su paso.

Era el imperio del silencio, y sin embargo yo esperaba una cosa tan sólo.

La única cosa que podía impedir la ruina de todo:

esperaba el verbo

el verbo con que empezó todo,

el verbo que era al principio de todo y que podía regenerarlo todo.

Porque mi vida estaba a punto de terminar,

mi vida se había extinguido, se había marchado presta como un soplo, sin hacer ruido,

y yo ya no tenía más aire, me ahogaba,

cualquier cosa era mejor que otro año sin lluvia, sin vida, sin que nada siguiera sin florecer.

El dolor era mejor que aquel páramo, el dolor era mejor que aquella larguísima, indolora, insípida muerte.

Me marchaba ahora, para siempre, tan lejos, que iba a ser como si jamás hubiera tenido una vida, como si jamás hubiera tenido una patria.

Ni infancia, ni recuerdos, ni juventud, ni, alguna vez, algunos amigos que quizás me quisieron.

Aquel día de verano, yo sólo esperaba el verbo

que me liberara de aquella urdimbre de silencios y mentiras, que rompiera los falsos mantras que me enredaban, las quietudes y soledades que me hundían.

Muchos me vieron, alguno me recordó tal vez.

Y una palabra vuestra habría bastado para sanarme.

Pero ninguno dijo nada, ninguno miró dos veces.

Y así, todo terminó por fin.

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El parque

En este parque cabe todo el mundo.

Es así de grande; es como el cosmos en miniatura: los reflejos minúsculos de todo lo jamás creado están aquí.

Sale el sol y llegan los primeros pajarillos, los niños de vacaciones con sus abuelos, comparten entre todos los toboganes y los columpios, los balancines y el suelo acolchado donde unos caen, otros se posan y otros esperan.

Arrojan el tiempo a manos llenas encaramados a los árboles o subidos a los bancos, se quitan las zapatillas a patadas, tienen prisa por vivir, por saber más, por explorarlo todo.

Después llegan los que salen del cole, de todas las edades, empiezan a ocupar sus sitios, los intercambian a veces, pero también ellos son, ya, animales de costumbres.

Hay tilos que dejan su aroma, florecen, nos dicen que ya es verano; también ellos lo aprenderán, año tras año.

Ya saben que aquí hay sitio para todos, y para todo.

Hay sitio para la lluvia y el frío; el parque está desprotegido, pero las vistas son maravillosas; porque en ningún otro lugar de este país hay espacios abiertos como aquí.

Si miras arriba, se ve el cielo entero, con todos sus meteoros, aviones, artefactos, estrellas, iluminaciones.

Esto se puede hacer en primavera y en verano, claro está; también en esos días perezosos de otoño que es como si imitaran un poco la dulzura del junio tardío. Apenas rasca el frío, puede uno fingir que el día va a ser largo.

Es tan inmenso este país de juegos, que puede uno hacer estallar globos llenos de agua sin que a nadie más salpique. Y mojarse los pies (que ya hemos dicho que están descalzos).

Puede ir de paseo por el bosque, observar mariquitas (que de repente alzan un vuelo muy corto y que hacen cosquillas pero nada más), mariposas, pájaros; hasta un loro que se escapó una vez de su casa. Puede colgarse de las ramas de cualquier árbol, fingir que ahí arriba hay una casita de madera.

Uno nunca quiere irse de aquí.

Y cuando en esas tardes de canícula de repente se levanta un poco de aire fresco, y a la hora mágica en que esos árboles han extendido su carpa protectora de sombra por todo el parque, podrías jurar que no hay lugar más delicioso en el mundo entero.

Pero lo mejor es que aquí hay sitio para todos.

Hay sitio para los buenos amigos y los amigos de conveniencia que sólo te quieren por los juguetes que traes; hay sitio para los niños mayores, para los pequeños y para los bebés; para madres, padres, abuelos, abuelas, amigos, primos, toda la parentela y alguno más que por ahí pasaba; el sol sale para todos; también para los que no comparten, ni quieren hacerlo; se aprende aquí a respetar a todos pero a elegir a nuestros amigos.

Por eso uno quiere quedarse aquí para siempre. Montar una casita, una tienda de campaña, jugar con linternas a los misterios y a contar cuentos de miedo, dormir junto a los primeros amigos, empezar a aprender lo que es la vida.

Porque hay sitio para todos. También para mí.

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