Raza de malditos

Qué irónico, qué dudoso honor

constatar la pertenencia a esta raza de malditos,

darte cuenta cuando ya has vivido media vida preguntándote, esperando, soñando, creyendo

siempre en lo mejor para ti así como para el mundo,

y luego, a medida que llegaban los palos y que éstos ganaban en fuerza,

preguntándote, aturdido, ¿cómo? ¿por qué ha sucedido esto? ¿otra vez? ¿qué he hecho mal?

Construir un palacio en lo alto de una montaña, protegido por la selva negra,

clavar tu bandera orgullosa en sus torreones, y fingir luego que ese mundo por el que tanto esperabas

simplemente no existe;

ignorarlo como él te ha ignorado a ti

riéndose de tus anhelos,

rechazando una y otra vez todo lo que tú tenías que ofrecer:

tus dones, las historias que podías contar, una cada noche, para que todos pudieran conciliar el sueño y sentirse seguros.

Tú habías prometido estar ahí, defenderlos a todos con tus palabras, con tus canciones, con tu voz, con tu presencia,

habías prometido llenar de luz cada habitación, hasta expulsar de ella a la última mínima sombra.

Sin embargo, nadie quiso lo que tú ofrecías; a tus llamadas solo seguía el silencio,

y así,

poco a poco, el salón de baile se fue vaciando, el cerco a tu alrededor haciéndose cada vez mayor,

como si fueras sólo una piedra, y ellos, el agua cristalina,

como si tu presencia supurara humores y contagiara enfermedades:

la soledad, la visión, la música, la audición,

los secretos que habrás de llevarte contigo a la tumba, pues nadie los quiere.

Y aun hoy, aunque ya no los añoras, te preguntas por qué ellos son de risa tan fácil,

por qué son tan capaces de cerrar la puerta tras de sí,

qué pócima bebieron que los capacita para el olvido inmediato:

ahora te veo, ahora no te veo

y ya no te recuerdo, es como si nunca hubieras existido.

Quédate con todas tus extrañas palabras, con tus místicas melodías,

guárdate para ti el secreto del universo y de la vida,

no nos describas el rostro de Dios, sus ojos azules tan dulces,

nosotros preferimos estar aquí, bailar hasta el amanecer,

libar el néctar exquisito del olvido

que tú no conoces ni probarás jamás.

Vete, déjanos, vuelve con tu raza de malditos,

duerme el sueño eterno, vaga por los caminos,

aquí nadie te quiere ni te comprenderá jamás.

 

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7 comentarios

Archivado bajo Poemas

7 Respuestas a “Raza de malditos

  1. Una bofetada bien dada. Me encanta. Supura odio y desesperanza. Se me quedó la saliva a medio camino de la garganta. Tuve que hacer un esfuerzo para que bajara.

    Le gusta a 1 persona

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