El árbol milenario reinando en su bosque, que una vez yo vi.

El cielo sobre mi cabeza, tan arriba, como cuando nací;

y en él, mirándonos con el desdén de los seres del Olimpo,

Orión, Alioth, Mizar, Alkaid,

Pléyades, Einath, Híades,

Betelgeuse.

Nombres que digo y olvido, porque mi memoria de ellas no importa nada.

El océano, con sus incontables gotas que sigo intentando meter en el hoyo de la arena.

Con la cual se cuenta, segundo a segundo, mi vida que adelgaza, mi memoria que se engrosa,

y a la vez, se evapora.

Como agua en la atmósfera, como nubes que se forman, descargan y ya no están.

El canto cualquiera de cualquier ruiseñor, grabado en platino y enviado al espacio exterior.

Sólo sonidos, sin conexión con el cuerpo efímero. Sólo sonidos, sin conexión con el hermoso amanecer.

Y el sol, potente y siempre joven, hasta el fin de los tiempos.

Todas las cosas, éstas y muchas más, que continuarán sin mí, sin ninguno de nosotros.

Todas las cosas de cuya eternidad arranco un fragmento millonésimo y lo sujeto en mis manos, mirándolo sin saber qué hacer con él.

Así que lo arrojo al vacío de donde vino, como una sustancia extraterrestre que nos atrae pero nos repele.

Y abro los postigos, entra la luz eterna y fría, incorpórea, inclemente,

ilumina ahora las cosas finitas de cuyo calor y corporeidad ella se alimenta sin preguntar:

nuestra piel, el vello que se eriza, suave como la pelusa de un polluelo recién nacido.

Apenas una luz de color rosado, reverberando en las alas de esa mariposa

que nace y vive hoy, y cree que es para siempre.

Tu sonrisa

tu sonrisa.

Una ocurrencia graciosa que ya nunca recordaremos más.

Los ojos dulces y castaños de mi madre,

sus manos.

Tus manos.

Nuestra pequeña canción mientras paseamos.

La música festiva que nos llega desde lejos, desde muy lejos.

Los animales que pastan y casi, casi, nos saludan.

Ese hombre de blancos cabellos y andar aún juvenil,

esa chica de labios demasiado rojos, casi niña y pronto anciana,

un nuevo día que nace y -muy rápido- muere,

las cosas que nos decimos,

las cosas que nos contamos,

las cosas que compartimos para que todo sea más fácil,

para que el tiempo pese menos,

mientras, todos a una, como miembros de una manada, nos vamos acercando y acercando a…

Todas estas cosas que están aquí sólo mientras estoy yo, un poco más o un poco menos,

cosas breves y fugaces como estelas de cometas

que, como enloquecidos, brillan, dando todo de sí

porque sólo están aquí, ahora, en este momento.

Todas estas cosas que durarán casi lo mismo que mi vida,

y que son mis compañeras, mi bagaje e impedimenta, lo que doy y lo único que me llevo,

todas estas cosas tan efímeras son las cosas que yo amo

y por ellas daría -doy- toda mi vida.

 

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