Tu seguro servidor

Echas de menos aquel cojín extragrande que te envolvía entera, de pies a cabeza, por delante y por detrás; tu cuerpo, tu mente, tu alma; lo envolvía todo de ti.

Un cojín enorme, relleno de plumas de paloma blanca; tan enorme, que amortiguaba todos los sonidos, todos los colores, las luces, las sombras; dejaba fuera el mundo, y te dejaba a ti fuera de él. A ti, a ti sola, dentro, en tu mundo, en el mundo caliente y secreto, profundo como las raíces de la vida, como el foso para la caja.

Eras tú y el escaso aire que dejabas que te rodeara. Aquel cojín oscuro, asfixiante, agobiante, era tu caparazón.

Y es verdad que algunas veces te dabas de cabezazos contra él, pero ni siquiera eso tenía ningún efecto; nadie te oía, nada se dejaba sentir. El dolor era tan pequeño que no servía para despertarte de tu sopor; aquel dolor era minúsculo comparado con el que llevabas dentro, en tu mundo secreto y unipersonal, demasiado estrecho para que cupiera nadie más. Tan estrecho era, que hasta tú misma tuviste que encogerte y hacerte mucho más pequeñita para poderlo habitar.

No había allí tormentas, ni vendavales, ni ciclogénesis. No entraba el helor de la nieve, el frío del invierno.

Pero tampoco era jamás de día ni existía allí la luz del sol.

Lograste cultivar flores, eso sí; flores lunares, las más hermosas de todas, las que nacen y crecen de noche, a las que diste tú la luz que llevabas, las que te dieron, a su vez, su luz.

Así pasaron muchos, muchos años; hasta que un día, te atreviste a salir. Diste aquello de lado, pareció no haber existido jamás; si querías recordarlo, tenías que pensar largo rato. Los recuerdos se habían evaporado; no habían conseguido sobrevivir.

Y aquí estás hoy, acordándote de repente de aquel refugio. Qué imperfecto era, pero qué agradable era su calor, qué predecible, qué seguro, qué fiel servidor.

A pesar de que te obligó a replegarte, a retorcerte, a renunciar al espacio que por derecho de nacimiento te correspondía.

A cortarte la respiración con un cuchillo más frío que el hielo y más oscuro que el carbón.

A fingir que nada más existía, sólo tú y tu pequeño y profundo dolor.

Y nadie puede culparte por extrañarlo, porque qué entrañable era, a su manera, aquel caparazón asfixiante y cruel, aquella no-vida. Tan predecible como la pérdida, tan seguro como la muerte.

 

 

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