Dorothy

Iba camino de componer la mejor ópera de la historia cuando,

de repente,

se le ocurrió fijarse en su reflejo en un escaparate.

O quizá fue un comentario que oyó de pasada,

que despertó el recuerdo del acoso de sus amigas de la infancia

y su consiguiente ira, tanto tiempo reprimida.

Pensó entonces que ese día había comido demasiado

y entonces nunca llegó a componer esa ópera.

Siguió caminando, pero ya era otra persona.

Se había perdido en medio de Oz,

ya no estaba en su casa.

Ella sólo quería ser libre, eso es lo único que de sí misma recordaba

pero no sabía qué era la libertad.

Sólo una bonita palabra que debía de significar algo magnífico,

algo intangible que implicaba un gentío puesto en pie,

su nombre grabado en placas de oro y expuesto a la vista de todo el mundo,

una entrada en la Enciclopedia Británica,

sus palabras traducidas a decenas de lenguas vivas y muertas

(como esa parte de ella que acababa de morir).

Siguió pensando en la libertad, porque aún la perseguía

y para distraerse del hambre que tenía.

Hasta que, un buen día, lo supo: supo qué era.

Era eso

Era esto de aquí.

Algo tan perfecto y tan banal.

Y entonces, después de tantos años

noches enteras sin dormir, sólo porque sí.

Sin miedo a estropearse y a morir.

Días de comer lo que quería, porque sí

Sin miedo a reventar y a morir,

y sin miedo -aún peor- a odiarse y a querer matarse.

Porque ella podía

Porque puede.

La llave está en su mano

Siempre estuvo,

aquí

y no en el fondo del mar

ni en una oración,

ni en una causa,

ni en un libro,

ni en un gentío puesto en pie, en clamorosa ovación.

Aquí.

En el portal, un número cualquiera

arrancado y arrojado al fondo del mar.

Sus zapatillas rojas

siempre a sus pies.

Los ladrillos de oro

Siempre en sus manos.

Gritó “¡OZ!”,

y ya era, por fin, libre.

En su casa, en su verdadero hogar.

Y claro que ahora era ella;

claro que era más amable, más risueña, más simpática;

claro que el hombre de hojalata y el león cobarde la notaban cambiada,

como si un hada buena se le hubiera posado en medio de la cara.

Porque nadie puede estar contento

con el estómago lleno de polvo y telarañas

gestando algo muerto que

se te va propagando por dentro.

Y todo lo de antes era mentira, pero

una mentira sostenida durante toda una vida

bien podía acabar pareciendo una gran verdad.

Y, aunque ella estaba destinada

a descubrir la fórmula de la

paz en el mundo

de la

cura del cáncer y todos los otros males,

de la

mejor novela jamás escrita,

se creyó aquella colosal mentira.

No pasa nada, Dorothy, por no ser perfecta.

Ven y siéntate entre la gente normal;

acepta el reto de ser uno más,

de librarte de la carga de creerte, día tras día, alguien especial.

Aquí somos muchos,

se está caliente y a gusto,

tenemos galletas y una fuente

de la que manan agua pura y, si lo prefieres, buen café.

Esta es tu verdad, Dorothy, ahora ya la sabes:

que eres como cualquiera

-a pesar de que lleves dentro de ti la sonata más magnífica de la historia-

y así está bien.

FIN

 

 

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4 comentarios

Archivado bajo Poemas

4 Respuestas a “Dorothy

  1. silviazuluaga

    No pasa nada, Dorothy, por no ser perfecta. Pues claro que no, ¿Existe?

    Le gusta a 1 persona

  2. Creo que la perfección es ser tú misma… ¿Eso es lo que descubrió Dorothy? Pero no su verdad. Si tiene la sonata dentro, que la saque.

    Le gusta a 1 persona

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