Archivo mensual: enero 2017

Brief

Dear boy,

Lamento tener que decírtelo:

has llegado demasiado pronto.

Cogiste el tren que sí era, pero la estación está cerrada,

no puedes pasar.

Nadie puede.

Está todo por hacer, la obra por terminar, los toldos por desplegar, el sol por encender.

Aquí todavía nadie puede estar.

La estación está cerrada por obras; la ciudad entera duerme

esperando su puesta de largo.

Vuelve mañana; o, si lo prefieres, vuélvete

y búscate un rincón donde esperar.

La espera va a ser larga; muchos días lloverá.

Dear boy,

has venido a parar a un país septentrional,

alejado de todo y de todos.

Es un país sitiado por altas cordilleras y, por donde sólo había planicie,

por una interminable muralla.

Ni siquiera sé cómo has logrado llegar hasta aquí; ya es mucho.

¿Qué traes contigo? ¿Un mapa, una brújula, quizás un ejército?

¿O sólo tu mochila y una vieja bicicleta

sobre la que saliste volando porque nadie te dijo que era imposible?

Aquí hace aún más frío, te lo advierto;

casi siempre es invierno, la gente espera dentro,

el hogar siempre está bien caldeado, las flores están en el salón,

y son hermosas guaridas, algunas a orillas del mar,

pero fuera de ellas parece que no hubiera nada;

es un país cuya belleza sólo se aprecia tras algún tiempo;

es la hermosura del marfil monocromo, del diamante que aún no ha sido lavado de su baño de carbón.

Aquí no hay nada para ti; es un destino deplorable; es una tragedia sin ambages

haber venido hasta aquí, para sólo una despedida.

Dear boy,

espera:

no hagas caso de estas señales de peligro,

de las luces rojas, de las negativas, de las admoniciones.

Sé que no entiendes nada de lo que te estoy diciendo,

tu procedencia es otra, has venido guiado por las estrellas.

Wait, don’t go just yet, even if I command you to.

A long winter is upon us, dear boy;

and spring will take forever to come back.

I wonder if I will still be young when it finally is here.

Now we’re here; soon we will be dead.

Can you hear me? Can you hear me at all?

Or have I been by myself all along?

Oh, dear boy,

don’t sing for me, don’t give me that smile;

don’t be so kind; be ugly, be rude. Don’t leave me with a memory that I can’t but cherish

and in doing so, will slowly be the end of me.

Dear boy,

the look in your eyes makes me want to cry.

Dear boy, oh, my dear boy.

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Tu seguro servidor

Echas de menos aquel cojín extragrande que te envolvía entera, de pies a cabeza, por delante y por detrás; tu cuerpo, tu mente, tu alma; lo envolvía todo de ti.

Un cojín enorme, relleno de plumas de paloma blanca; tan enorme, que amortiguaba todos los sonidos, todos los colores, las luces, las sombras; dejaba fuera el mundo, y te dejaba a ti fuera de él. A ti, a ti sola, dentro, en tu mundo, en el mundo caliente y secreto, profundo como las raíces de la vida, como el foso para la caja.

Eras tú y el escaso aire que dejabas que te rodeara. Aquel cojín oscuro, asfixiante, agobiante, era tu caparazón.

Y es verdad que algunas veces te dabas de cabezazos contra él, pero ni siquiera eso tenía ningún efecto; nadie te oía, nada se dejaba sentir. El dolor era tan pequeño que no servía para despertarte de tu sopor; aquel dolor era minúsculo comparado con el que llevabas dentro, en tu mundo secreto y unipersonal, demasiado estrecho para que cupiera nadie más. Tan estrecho era, que hasta tú misma tuviste que encogerte y hacerte mucho más pequeñita para poderlo habitar.

No había allí tormentas, ni vendavales, ni ciclogénesis. No entraba el helor de la nieve, el frío del invierno.

Pero tampoco era jamás de día ni existía allí la luz del sol.

Lograste cultivar flores, eso sí; flores lunares, las más hermosas de todas, las que nacen y crecen de noche, a las que diste tú la luz que llevabas, las que te dieron, a su vez, su luz.

Así pasaron muchos, muchos años; hasta que un día, te atreviste a salir. Diste aquello de lado, pareció no haber existido jamás; si querías recordarlo, tenías que pensar largo rato. Los recuerdos se habían evaporado; no habían conseguido sobrevivir.

Y aquí estás hoy, acordándote de repente de aquel refugio. Qué imperfecto era, pero qué agradable era su calor, qué predecible, qué seguro, qué fiel servidor.

A pesar de que te obligó a replegarte, a retorcerte, a renunciar al espacio que por derecho de nacimiento te correspondía.

A cortarte la respiración con un cuchillo más frío que el hielo y más oscuro que el carbón.

A fingir que nada más existía, sólo tú y tu pequeño y profundo dolor.

Y nadie puede culparte por extrañarlo, porque qué entrañable era, a su manera, aquel caparazón asfixiante y cruel, aquella no-vida. Tan predecible como la pérdida, tan seguro como la muerte.

 

 

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‘El ocupante’, de Sarah Waters

el-ocupante

Sí, algo o alguien ocupa Hundreds Hall. Se manifiesta de forma insospechada, casi tan elegante como en tiempos lo fue la familia Ayres, en forma de crujidos, sombras, quemaduras en paredes y techos y, ocasionalmente, de formas más estridentes.

Y, ¿adivinan?, será el médico, el científico, la persona ajena a la familia, el doctor Faraday quien se convierta en testigo de esos fenómenos. Y, a través de él, nosotros. Pero, ¡ay!, ¿es el buen doctor un testigo y, a la postre, un narrador del que nos podamos fiar?

Reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/el-ocupante.html

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Inside

So it’s true what they say.

It’s true, after all.

I knew this, mind you; I just hadn’t known it for real

in the way that Buddha says -anything you hear is not true until it is true for you

So it is true, now I know-

that beauty is on the inside

beauty is on the inside

beauty is on the inside

and ugliness is too.

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Dorothy

Iba camino de componer la mejor ópera de la historia cuando,

de repente,

se le ocurrió fijarse en su reflejo en un escaparate.

O quizá fue un comentario que oyó de pasada,

que despertó el recuerdo del acoso de sus amigas de la infancia

y su consiguiente ira, tanto tiempo reprimida.

Pensó entonces que ese día había comido demasiado

y entonces nunca llegó a componer esa ópera.

Siguió caminando, pero ya era otra persona.

Se había perdido en medio de Oz,

ya no estaba en su casa.

Ella sólo quería ser libre, eso es lo único que de sí misma recordaba

pero no sabía qué era la libertad.

Sólo una bonita palabra que debía de significar algo magnífico,

algo intangible que implicaba un gentío puesto en pie,

su nombre grabado en placas de oro y expuesto a la vista de todo el mundo,

una entrada en la Enciclopedia Británica,

sus palabras traducidas a decenas de lenguas vivas y muertas

(como esa parte de ella que acababa de morir).

Siguió pensando en la libertad, porque aún la perseguía

y para distraerse del hambre que tenía.

Hasta que, un buen día, lo supo: supo qué era.

Era eso

Era esto de aquí.

Algo tan perfecto y tan banal.

Y entonces, después de tantos años

noches enteras sin dormir, sólo porque sí.

Sin miedo a estropearse y a morir.

Días de comer lo que quería, porque sí

Sin miedo a reventar y a morir,

y sin miedo -aún peor- a odiarse y a querer matarse.

Porque ella podía

Porque puede.

La llave está en su mano

Siempre estuvo,

aquí

y no en el fondo del mar

ni en una oración,

ni en una causa,

ni en un libro,

ni en un gentío puesto en pie, en clamorosa ovación.

Aquí.

En el portal, un número cualquiera

arrancado y arrojado al fondo del mar.

Sus zapatillas rojas

siempre a sus pies.

Los ladrillos de oro

Siempre en sus manos.

Gritó “¡OZ!”,

y ya era, por fin, libre.

En su casa, en su verdadero hogar.

Y claro que ahora era ella;

claro que era más amable, más risueña, más simpática;

claro que el hombre de hojalata y el león cobarde la notaban cambiada,

como si un hada buena se le hubiera posado en medio de la cara.

Porque nadie puede estar contento

con el estómago lleno de polvo y telarañas

gestando algo muerto que

se te va propagando por dentro.

Y todo lo de antes era mentira, pero

una mentira sostenida durante toda una vida

bien podía acabar pareciendo una gran verdad.

Y, aunque ella estaba destinada

a descubrir la fórmula de la

paz en el mundo

de la

cura del cáncer y todos los otros males,

de la

mejor novela jamás escrita,

se creyó aquella colosal mentira.

No pasa nada, Dorothy, por no ser perfecta.

Ven y siéntate entre la gente normal;

acepta el reto de ser uno más,

de librarte de la carga de creerte, día tras día, alguien especial.

Aquí somos muchos,

se está caliente y a gusto,

tenemos galletas y una fuente

de la que manan agua pura y, si lo prefieres, buen café.

Esta es tu verdad, Dorothy, ahora ya la sabes:

que eres como cualquiera

-a pesar de que lleves dentro de ti la sonata más magnífica de la historia-

y así está bien.

FIN

 

 

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Melancolía

Y siempre, al final, al fondo, estás tú,

mi pequeño torrente de lágrimas,

ocultas en la oscuridad, agazapadas, esperando la emoción,

esperando el gatillo, el detonante, la explosión,

que, sin dudarlo, siempre llega.

Territorio colonizado, mil veces explorado, ya no guardas para mí secretos;

he entrado y salido tantas veces del país de la melancolía, que sin mapa ni brújula

y con los ojos vendados, y las manos atadas,

me adentro una vez más, sin dudarlo,

por tus terrenos sembrados de espinas, pero también de pétalos de rosas.

Mi hogar, eres mi hogar;

seguro destino y final de trayecto

después de -una vez más- haber vendido mi alma al peor postor,

haber mendigado comprensión,

haber desafiado a los dioses en nombre de la perdida nobleza de los hombres.

Eres el aroma de la flor de violeta aplastada,

eres el lecho del río que va a dar a la mar.

Eres, sí, el morir; y también eres el renacer.

Eres el desgarro de dejar el tiempo atrás,

y la emoción muchachil de emprender algo ignoto.

Yo soy

el capitán ciego que siempre va con su nave a parar a tu costa,

destrozándola contra tus acantilados, para arrastrarse luego por la arena

y besar la tierra adonde ha vuelto una y mil veces.

Hoy siento este dolor sin nombre ni medida, hoy busco tu consuelo equívoco,

donde espera, conmovida, la promesa de una serenidad añeja,

de la paz que conceden los años y la sabiduría.

Abrázame, melancolía, y guíame a través de esta noche oscura

hacia ese lejano día que

ante mí

me seduce y se escapa.

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